miércoles, 22 de julio de 2020

Juan Marsé


Este último fin de semana murió Lucio Urtubia y al poco de escribir sobre él llegaba la noticia de la muerte de Juan Marsé. No creo que se conocieran, a lo sumo es posible que el escritor supiera de la vida y andanzas del navarro insurrecto que puso en jaque nada menos que al principal banco del mundo y puede que el albañil libertario fuese lector de las novelas del autor, pero no lo sabemos con certeza, sólo lo podemos intuir.

Sea lo que fuere, Urtubia hubiera podido inspirar a la perfección a Marsé, quien le hubiese podido borrajear en cualquiera de esos personajes misteriosos que volvían de las penumbras de la historia y reaparecían por las calles del Guinardó, de la Salut o de la zona norte de Gracia, si Urtubia hubiera sido barcelonés. Claro que el optimismo del navarro no cuadraba mucho con ese fatalismo que se respira en las novelas del escritor, esa indolencia fruto del desencanto y de la derrota que poseen esos personajes trágicos, pero palpables como la vida misma, antiguos resistentes derrotados, pero no del todo vencidos; ese decaimiento se opone a la fuerza de la voluntad del activista que incluso en la vejez clamaba por la insurrección. Pero estoy convencido que, pese a todo, ambos, Urtubia y Marsé, hubiesen hecho buenas migas y charlarían largo y tendido de lo que fue.

Porque a eso se dedicó en buena medida Marsé, a escribir sobre lo que fue, a contemplar los tonos que persistían en el gris imperante, a escuchar los ecos que perduraban por calles y plazas, en cines que ya no existen, pero cuyos nombres resuenan todavía, perviven aún, como los diálogos que se escucharon en ellos o las palabras escritas en las novelas de un escritor encomiable. Desde luego, Barcelona no es la ciudad que fue, ha cambiado, no me parece que a mejor. Esa ciudad acabó siendo otra cosa, una triste caricatura de sí misma que para colmo, ahora, se ve afectada por la distopía de este presente tan desolador. Pero sólo es mi opinión, no creo que importe mucho. Siento, en todo caso, no ser optimista como Urtubia. No están los tiempos para ello, me temo. Me hubiera gustado saber qué habría opinado Marsé al respecto.

Por otro lado, no me gusta escribir panegíricos ni hablar de los escritores recién muertos en términos generales, sobre todo cuando sus obras me gustan y las releo de tanto en tanto. Se corre el peligro de caer en la cursilería o de repetir tópicos al uso. Por ejemplo: nos quedan sus novelas, lo cual es cierto, no digo que no, pero lo que ocurre es que Marsé fue además uno de esos escritores que huían de las bambalinas, un escritor meticuloso que sabía que la literatura es algo que requiere rigor, trabajo, compromiso y experimentación. Que exigía al lector mantener la tensión y reescribirse la novela a medida que la leía. En esta sociedad del espectáculo, cuando la literatura, para colmo, no parece importar mucho, es importante también qué tipo de escritor se es. Aunque me parece también que los escritores deberían pasar más desapercibidos. O ser como se mostraba Marsé, sin pedantería ni petulancia, un tanto distante tal vez, aunque siempre presto a hablar de libros y de escritores.

No obstante, fue también un escritor que se movió junto a otros autores e intercambió conocimiento y experiencia. Hablamos del grupo de Barcelona, escritores que partieron de una concepción realista y construyeron vertiginosos juguetes literarios. Además, supieron ser amigos, esa amistad que les vinculó unos a otros, Marsé y Gil de Biedma, Marsé y Vázquez Montalbán, Marsé y Carlos Barral. Fue Carlos Barral quien ejerció de maestro de ceremonias y atrajo a su vez a escritores y amigos de otros lugares: Juan García Hortelano, Agustín González, Juan Benet, García Márquez, Vargas llosa, entre tantos otros.

Hubo también desencuentros, pero de lo malo siempre es mejor no hablar.

Consiguió por lo demás convertir parte de una ciudad en un personaje más. Subir o bajar por la Carretera del Carmelo cuando la has visto reflejada en algunas de sus novelas permite sentirla de otra manera. Aunque tampoco es necesario conocerla. Es lo que tiene la experiencia literaria, lo enriquecedor de la literatura. No otra cosa aporta Marsé: además de unos relatos formidables con un dominio magnífico del lenguaje, podemos adentrarnos por una época. Afirmaba Marx que había aprendido más de la sociedad en las novelas de Balzac que en los tratados de sociología o de economía. En el caso de Marsé, podemos adentrarnos por la historia de los cincuenta y sesenta, una posguerra difícil en que se estaban reestableciendo mal que bien cierta normalidad, cualquier cosa que sea esto.

Por lo demás, se puede hablar largo y tendido de él y de su obra. Estos días se ha escrito bastante. Pérez Reverte ha recordado que lo calificó de clásico vivo, y es acertado, siempre  y cuando no asociemos lo clásico con el divismo, nada más lejos en el caso de Marsé. Otros muchos escritores, críticos y editores han hablado de él. Queda leerlo, con atención, seguro que no decepciona a quien se acerque a él por vez primera. Resulta muy recomendable, por cierto, conocer esa parte de Barcelona, que no fueron nunca las más centrales, con sus novelas como guía, pese a los cambios, pese al tiempo.


domingo, 19 de julio de 2020

Lucio Urtubia


La muerte de Lucio Urtubia, este último 18 de julio, nada menos, puede llevarnos a pensar que desaparece tal vez el último de una serie de activistas que se dio a lo largo del siglo XX, herederos a su vez de una muy larga e intensa tradición revolucionaria, y que no parece que esté surgiendo ahora, cuando tan necesaria sería. Combativo, valiente, entregado, al igual que él hubo un grupo de militantes que tuvieron muy claro su compromiso, se entregaron a la labor de la emancipación humana con arrojo, asumiendo sus propias contradicciones, con independencia y con plena libertad. 

Uno se da cuenta al escucharle en alguna entrevista que dio, apenas un puñado, justo esto, que fue un hombre libre, sobre todo un hombre libre. Da un poco de grima que en este descenso a los infiernos en que nos hallamos ahora mismo, viendo cómo se construye una distopía a nuestro alrededor, perdamos la referencia de alguien que puso en jaque a los poderosos, y su enfrentamiento con el principal banco del mundo, el First National City Bank of New York, debería difundirse más, contarse incluso en los colegios, donde parece prepararse a los jóvenes de nuestros días en la filosofía del es lo que hay.

Existe un documental Lucio, de Aitor Arregi y José María Goenaga, que cuenta al detalle esa batalla legal con el banco que acabó en una ardua negociación extrajudicial en la que el banco no tuvo más remedio que ceder ante un hombre modesto, un albañil, alguien no muy dado a la oratoria y a los análisis profundos, pero que tenía muy claro su papel y su compromiso profundo con la emancipación de todos los seres humanos. De paso, el documental nos va contando su vida, desde sus orígenes pobres en Cascante, un pueblo de la Ribera Navarra, su paso por el servicio militar, su rebeldía y su huida a París en 1954, donde comenzó una militancia intensa, hasta la creación en la capital francesa del Espacio Louise Michel. Conoció a Quico Sabaté, al Ché Guevara, a muchos otros hombres y mujeres cuyos nombres no conocemos, pero que deberíamos tener presentes, sobre todo en este presente tan extraño.

Sin duda, fue continuador de todos los que combatieron por la libertad, generación tras generación. Por desgracia, buena parte de esas experiencias acabaron bastante mal, también en nombre de la libertad, de la justicia y de la equidad se cometieron verdaderas tropelías, pero aún hay experiencias como las de Lucio Urtubia, basadas en la dignidad humana y, en su caso, consciente de que el valor de la vida es absoluto. De ahí ese terror con que reconoce afrontar las expropiaciones en sucursales bancaria ante la posibilidad de matar a alguien.

Por su parte, Paco Cerdá nos habla en un capítulo de su libro El Peón de Pedro Sánchez Martínez que resiste en el maquis junto a Ramón Vila, Caracremada, abatido este el 7 de agosto de 1963, aquel se enterará durante el primer año de reclusión en el penal de Burgos. A diferencia de Lucio Urtubia, Pedro Sánchez Martínez opta por mantener la violencia revolucionaria en el maquis, un conjunto de guerrilleras que se van diluyendo poco a poco, perdurando algunos núcleos hasta entrados los sesenta. El último maquis fue José Castro Veiga, O Piloto, que murió en un enfrentamiento con la Guardia Civil en 1965, cuando ya habían pasado veintiséis años del final de la Guerra Civil y estaba surgiendo en el país una nueva generación de opositores a la dictadura.

Son en gran medida hombres y mujeres que lograron confrontarse a sus circunstancias, superarlas, abordar la vida y conducirla por las sendas que consideraron oportunas. Reproducen aquellos patrones atribuidos a los héroes en el mundo clásico, aunque los tenemos ante nosotros, tremendamente humanos.

Podemos estar o no de acuerdo con sus posiciones, diferimos sobre todo con quienes defienden y practican la violencia –a menudo quienes están dispuestos a morir por una causa lo están también a matar por ella–, pero no hay duda de que hay algo en Lucío Urtubia que resulta admirable, sugerente, más en un momento como éste, cuando estamos abocados a un mundo que no gusta en absoluto, una sociedad disciplinaria en el que hay cada vez menos sitio para la crítica, el pensamiento y la voluntad de emancipación (no es baladí que se extienda cada vez más el término empoderamiento frente al de emancipación, mucho más nítido y atractivo, dice mucho del mundo que se está construyendo, basado de un modo obsesivo en el poder).

En una de las últimas entrevistas, concedida a Jordi Évole, al afrontar el presente mantiene la bandera de una crítica radical, no sólo política, también vital, rememorando aquel movimiento libertario que durante el siglo XIX y buena parte del XX no sólo no se quedaba en la crítica al sistema, sino que iba más allá, a la vida entera, individual y colectiva. «¿Qué se puede ser hoy en día? No se puede ser otra cosa que anarquista», afirma convencido. Mientras, echamos una mirada a este presente tan desalentador.

miércoles, 15 de julio de 2020

Caminos de eternidad


Continuando con el tema de la distopía en que nos hallamos, no sé si una lectura de la novela Pedro Páramo en este contexto actual, relacionándola con lo que hemos vivido y vivimos todavía, puede aumentar la sensación de desasosiego, de zozobra y tribulación, de darnos cuenta de «lo lejos que está el cielo de nosotros», de hallarnos, como Colama, «sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno».

Hubo un momento, durante lo peor de la pandemia, en aquellas «horas llenas de espanto», al menos en este rincón del mundo, en que se dio paso, en medio de todo aquel desconcierto, a un discurso optimista, incluso épico, saldremos adelante, se nos dijo, saldremos mejores, se afirmó, en lo personal y en lo colectivo. Se dio la imagen de que la lucha contra la pandemia, asimilada incluso a una batalla bélica cuasi heroica, iba a reforzar los lazos entre los ciudadanos, vía la cita diaria de aplauso a los sanitarios. Pero todo eso ha quedado ahora mismo en el olvido, el mismo olvido del que habla Juan Rulfo en su novela, como si se pudiera aplicar hoy aquello de que «cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace», pero en nuestro caso olvidando el motivo del suspiro.

De pronto, lo importante volvió a ser la inmediata recuperación de la actividad de antes, una actividad económica y lúdica que entrañaba ser de nuevo productivos y consumir a manos llenas, a dejar de lado incluso el debate sobre el carácter público o privado de la sanidad y su gestión. Se abrieron las terrazas y las playas en la costa. Incluso hubo elecciones en algunos territorios sin que de los resultados se deduzca una voluntad de cambio, más bien al contrario, se mantienen viejas apuestas, las que ya existían, salvo quizá en Francia, con mayor peso del ecologismo político, aunque bien pudiera ser un mero espejismo por la altísima abstención.

La epidemia, sin embargo, sigue ahí, hay rebrotes que inducen a nuevas medidas disciplinarias, se intenta responsabilizar en ciertas conductas la difusión de los contagios, olvidando otras causas, siempre acusando al comportamiento individual que legitima nuevas medidas disciplinarias, en un bucle que no parece tener fin y que causa mayor incertidumbre. Es difícil entender la realidad, una realidad además calificada de compleja, más cuando ésta se mueve en ámbitos complicados para el común de la población, que no conocemos las repercusiones médicas de cada acto o cada medida. Aunque algunas de las medidas no se están tomando con criterio médico, más bien con un criterio de gestión social, incluso político. A veces lo que ocurre nos remite más a otras novelas, Un mundo feliz o 1984, lo que desde luego no hace mucha gracia. Recuérdese aquello de que la realidad supera la ficción.

Quizá sea verdad que no hay que desconfiar del poder ni caer en alarmismos, puede que esta manía de ponerlo todo en solfa sea exagerada y responda más bien a viejos esquemas caducos de resistencia a toda autoridad. Puede ser, pero no cabe duda de que uno aprende en la historia a dudar de todo orden y de toda lógica, pero sobre todo de aquellos valores hegemónicos y verdades absolutas que se extienden por doquier y asumimos como medios normales de comprender lo que nos envuelve.

Al fin y al cabo, en cada generación surge alguien que pone el dedo en la llaga de la normalidad. Otra cosa es que se le haga caso o su doctrina acabe alimentando nuevos sistemas disciplinarios, algunos ciertamente distópicos. Parece algo inevitable, si acudimos a la historia. Generación tras generación, se va avanzando por el tiempo sin que alcancemos la utopía, el progreso, el reino de Dios o los Campos Elíseos, todo pasa a una velocidad desorbitada y cuando nos damos cuenta hemos visto cruzar nuestros días para siempre.

De uno de los personajes de Pedro Páramo se dice que «vive tan de prisa que a veces se me figura que va jugando carreras con el tiempo. Acabará por perder, ya lo verá usted». Durante la cuarentena muchos hemos visto el tiempo detenerse, sin que ahora, pese a todo, a pesar de las buenas intenciones, podamos mantener ese ritmo, tal vez lo que más añoremos de ese momento. Lo que nos hará perder.


lunes, 6 de julio de 2020

La hermosa vida en tiempos de distopía


Continuamos avanzando en la nueva distopía, a la que llaman, en esa neolengua empleada por el discurso oficial, nueva normalidad, fórmula esta que suena a oxímoron y que resulta incluso cuanto menos inquietante. 

Ya hemos hablado alguna vez de ello, del impacto en el lenguaje y en la vida de los modelos disciplinarios, del reflejo que se da de la realidad tanto en los enunciados como en los discursos, conformados a partes iguales por amonestaciones apocalípticas y soflamas sobre lo renovada que será la sociedad que surja de la epidemia, lo distintos que seremos cada uno de nosotros, a todas luces, nos dicen, mucho mejores. Claro que surgen rebrotes y no está claro si la realidad de la epidemia nos volverá al encierro, a las limitaciones de nuestros movimientos, a la línea dura de esta distopía.

Ante tales rebrotes, se pone el acento en las reuniones lúdicas, en las fiestas un tanto alocadas e irresponsables de los más jóvenes, en las calles repletas de consumidores ociosos y animados en bares y terrazas. Claro que éste no ha sido el caso en Lérida y Huesca, tal vez tampoco en el norte de Galicia, poco se habla por lo demás de los rebrotes en las islas baleares una vez abiertas sus fronteras al turismo europeo. Sabemos que el lenguaje no es inocente ni neutral, siempre se vuelve campo de batalla, más cuando se emplea una retórica épica repleta de palabras con evocación bélica. Además, ya están decididas las responsabilidades.

Alguna vez habrá que plantearse el lenguaje como herramienta de transmisión de la realidad o de ocultación de la misma, o como medio para profundizar en la vida, más en un país de grandes patriotismos pero pocos cuidados por el idioma.

Mientras, se nos recuerda, la idea ahora mismo es recuperar –reconstruir– la actividad económica, a veces parece que da más miedo lo que se nos viene encima en la economía que las consecuencias de la pandemia. Es cierto que ésta ha producido un terremoto en la actividad laboral y económica, innegable, aquí y en cualquier lugar del planeta, pero tal vez lo que debamos plantearnos es construir una sociedad donde prime la vida, no los beneficios, frente a un modelo en el que, después de semanas de cuarentena y de noticias de la grave situación sanitaria, se ha desmontado el estado de alarma a toda velocidad porque primaban los intereses económicos.

Claro que tampoco me resulta ahora mismo muy evidente qué alternativas hay, hubo intentos de construir otros sistemas, otros mundos posibles, otras formas de producir, y algunas de ellas acabaron en modelos crueles e inhumanos. Otras distopías.

Pero esto no quita a percibir que la gran cuestión de nuestra época, lo apunta Marina Garcés en algunos de sus escritos, es la vida vivible, y me temo que ahora mismo eso no está en ninguna agenda política.

Este tema siempre me lleva a recordar una película, The Straigt Story (“Una historia verdadera”, la titularon en España), de 1999, en la que se narra el viaje de Alvin Straight, un anciano norteamericano que recorre cientos de kilómetros en un cortacésped para visitar a su hermano, con quien no se hablaba desde hacía años, enfermo del corazón. El viaje lo lleva a cabo lentamente, con muchas paradas por el camino y encuentros con personas que va conociendo, con las que conversa, no hay prisa en sus movimientos ni en su forma de hablar. Es la defensa de ese movimiento slow que defiende una vida desacelerada, menos compleja, sin duda nada preocupada por el crecimiento económico, empresarial y tecnológico. En paralelo, hay quien defiende el decrecimiento como teoría económica.

Mientras bosquejo todo esto, no deja de resonar en mi cabeza una canción, una de las canciones más bellas en castellano, «Dadme la vida que amo», del donostiarra Rafael Berrio, recientemente fallecido. En ella se alega el deseo de una vida diferente, no rutinaria, una vida osada, intensa, renovada cada día.

Una vida hermosa que, me temo, no cabe en la nueva normalidad, en la distopía que vivimos.



sábado, 27 de junio de 2020

Los santos inocentes


Con ocasión de los cinco años de emisión del programa Historia de nuestro cine, de RTVE, se propuso a sus espectadores que eligieran cuáles eran las tres mejores películas españolas. En primer lugar resultó Los santos inocentes, de Mario Camus, presentada y estrenada en 1984, basada en la novela homónima de Miguel Delibes. Sus dos protagonistas masculinos, Alfredo Landa, que interpretaba a Paco el bajo, y Paco Rabal, en el papel de Azarías, obtuvieron varios galardones, por ejemplo en el Festival de Cannes, donde la película fue bien acogida. Llama la atención que Alfredo Landa estaba rompiendo en aquel momento ese cliché de actor de comedias con un ligerísimo tono sicalíptico, landismo se llamó, y empezó a reconocérsele su capacidad de adaptación a otro tipo de papeles y películas, a lo que contribuyó bastante Los santos inocentes. Paco Rabal, por su parte, se alejaba del galán que interpretó en muchas cintas para abordar un papel a todas luces difícil.

Tanto la película como el libro muestran la vida en un cortijo durante los años sesenta, pero sin duda se podía situar en muchos otros momentos de la historia social española, donde el sometimiento de los campesinos, criados e incluso lugareños a la nobleza local era absoluto, incluso estaba interiorizado y formaba parte del carácter de aquellas gentes. El régimen franquista mantuvo esa situación clasista, casi estamental, aun cuando en algún momento se empeñara vagamente en darle un barniz progresista, como lo muestra la escena en el que se invita a algunos de los labriegos a firmar para fingir que el régimen se ocupaba de dar una mínima instrucción.

No obstante, en los años sesenta, los reflejados en la película, muchos hijos de labriegos, criados y aldeanos abandonaron el campo y emigraron a las ciudades, en busca de una vida mejor, lejos de esa servidumbre del campo. Salvo Madrid, Asturias, Vizcaya y Barcelona, España era un país en el que predominaban hasta esos años la agricultura y la ganadería, hubo entonces un cambio productivo muy importante, lo que contribuyó aparentemente a cercenar unas relaciones que rozaban la de los siervos de otras épocas. De hecho, las relaciones que se muestran en Los santos inocentes no varían mucho de las que aparecen en Gone with the wind (“Lo que el viento se llevó”), aunque esta película, ya lo hablamos, tiende a la añoranza de unos tiempos que no volverán, lo que no ocurre con la cinta española. 

Pero, sin duda, si nos remitimos a otras épocas de la historia, encontremos un mismo modelo de servidumbre, las diferencias sólo son de nomenclaturas jurídicas. Suele decirse que los cambios en los últimos sesenta años se han acelerado de un modo brutal hasta el punto que cualquiera de los personajes de Los santos inocentes, si viajara en el tiempo doscientos o trescientos años atrás, apenas notaría diferencias, mientras que si el viaje fuese a la actualidad, todo les resultaría diferente.

Pero no sé hasta qué punto ese sometimiento tan interiorizado perdura aún en un país como España. Es cierto que en los años sesenta y setenta se reforzó el movimiento obrero, las luchas en fábricas, la oposición al franquismo, y que muchas de esas personas que emigraron a las ciudades desde el campo, con mentalidades de servidumbre no muy diferentes a las reflejadas en la película, se comprometieron con movimientos vecinales y barriales muy activos, con el correspondiente cambio de mentalidad individual. La historia de la transición fue no sólo la de los pactos entre direcciones políticas, sino que también se compuso de un activismo amplio y plural.

No obstante, a veces da la impresión de que perdura ese sometimiento, anda todavía interiorizado entre muchos trabajadores y entre generaciones actuales más jóvenes habituadas a las macjobs, a la precariedad, a la política de es lo que hay, cuya alternativa es la emigración. Lo saben a la perfección quienes se han dedicado y se dedican a actividades sindicales en las empresas actuales, lo difícil que resulta movilizar a un personal que no pone en peligro sus puestos de trabajo por muy precarios que sean y los miedos que desata cualquier actividad sindical.

De hecho, se ha comentado en alguna ocasión, sorprende en muchos países europeos, con más años de democracias consolidadas y de organización social y un alto grado de movilización en la defensa de derechos laborales y sociales, la enorme pasividad en España en los momentos de mayores restricciones. Seguro que hay razones sociológicas que expliquen tal situación, las desconozco, pero uno no puede dejar de pensar, al volver a ver Los santos inocentes, que haya algún tipo de mentalidad colectiva heredada que mantenga ciertas reacciones sociales en cada individuo.

Quizá, si el cine funciona como espejo colectivo, la elección de esta película como la mejor película española no haya sido algo gratuito, aparte la calidad obvia de la misma y el trabajo de sus actores. Claro que no sé si cabe un ejercicio de psicoanálisis colectivo o todo en mi opinión se deba al inicio del verano o a los efectos sociales de una pandemia que lo ha trastocado todo.

viernes, 19 de junio de 2020

Recordar el presente


¿Cómo recordaremos la pandemia?¿Qué evocará cuando se rememore?¿Se mantendrá la misma retórica cuasi bélica –lo peor está por llegar, es una guerra, de hecho, hubo incluso presencia militar en muchas ruedas de prensa en España, junto a responsables sanitarios, además  todos esos héroes y heroínas del momento que lo han dado todo, los sanitarios, los trabajadores de las tiendas, las fuerzas de seguridad,–, el tremendismo acuciante –nada será igual–, se habló pero sobre todo se habla aún de reconstrucción, o por el contrario dominará el discurso –el relato– de estas dos últimas semanas, las terrazas, los viajes, las vacaciones, las playas, dos presidentes autonómicos reuniéndose felices y esperanzados en la demarcación que separa una comunidad de otra, nada será igual, pero se vuelve a producir, a consumir, regresamos al mismo modelo que dejamos atrás, a copiar cada detalle aun cuando sigamos llevando mascarillas y no nos juntemos mucho, como recuerdo de algo tremendo y desconocido?

Todo indica que por el momento gana esta segunda interpretación de la realidad, aunque salta a la vista que no hemos pasado el bache.

Por otro lado, ¿habrá algún escritor o algún cineasta que convierta el covid19 y su contexto en materia narrativa? Ya ha habido algún intento de producir ficción de esta realidad. Ha salido también algún escrito reflexivo publicado con rapidez. Pero, ¿quedará el recuerdo de algo?¿O será tal vez materia para el olvido?

No hay que olvidar que estamos en la época de la prisa. Todo pasa con excesiva velocidad temporal. De pronto, desaparece la información de los incidentes raciales en Estados Unidos. ¿Se han diluido o se ha dejado de hablar de ello, de repente, y lo que ayer fue noticia hoy no interesa a nadie? Ya nadie se acuerda de la estúpida polémica alrededor de Gone with the wind (“Lo que el viento se llevó”) ni sabemos en qué ha quedado. Mientras tanto, poco a poco, las principales cadenas de televisión diversifican su programación, incluso ha vuelto el fútbol.

Puede que en algunos meses, si no se dan rebrotes tan agudos como el vivido ahora, el tema se vaya disipando, como nadie se acuerda ya del terrorismo islámico –parece que hayan pasado mucho tiempo de los bolardos que nos protegían de acciones de fanáticos aislados–, de la guerra de Siria ya no se habla –¿sigue o ha habido el fin de los enfrentamientos cruentos entre facciones?– y sólo la llegada desperdigada de alguna patera nos recuerda el tema de la inmigración más brutal, aquella en que miles de personas arriesgan su vida por el sueño europeo.

Michel Goldhaber profundizó una idea sugerida por Herbert Simon y habló de la economía de la atención, que se produce cuando es tan intenso el volumen de información que recibimos que nos bloquea, nos incapacita para entender, sucumbimos al efecto de un mar de datos por el que acabamos sin prestarle atención a nada. Marina Garcés escribe sobre la impotencia que produce esta situación. «Lo sabemos todo y no podemos nada», nos dice.

Parece algo pensado y planificado: en vez de ocultar información, lo que crea recelos y potencia ideas conspiranoides, se opta justo por lo contrario, el exceso de información muchas veces mezclada con opinión y sobre la que se da una y mil vueltas en debates sempiternos. Ha ocurrido con la pandemia actual: se ha hablado tanto, se ha discutido tanto, se han planteado tantas aclaraciones y aserciones, que al final nadie comprende nada, por mucho que se hable una y otra vez sobre ello, y muchos optamos por la información mínima, la justa para seguir las recomendaciones sanitarias generales. Hay que tener en cuenta además que era una cuestión médica, científica, ante lo que muchos estamos incapacitados para entender más allá de lo fundamental, analfabetismo científico del que somos responsables quienes la padecemos, desde luego, pero que ha incidido en la angustia que producía tanta impotencia.

¿Nos acordaremos de todo esto?¿Lo olvidaremos?¿Se mantendrá la retórica que tanto parece necesitarse colectivamente, puede que potenciada por los poderes públicos? Es innegable el dolor que ha producido la pandemia, un gran número de afectados, muertos, demasiado muertos, angustia excesiva entre los contagiados por cómo iban a salir de este mal, entrega de los sanitarios, temor entre los colectivos que siguieron trabajando, miedo ante el futuro económico. Pero da la impresión de que de pronto alguien dio un puñetazo sobre la mesa y pasamos a hablar de cómo disfrutar en las terrazas. La vida sigue, nos dicen. Corresponde ahora entrar en la nueva normalidad. A saber cómo será esta nueva distropía.


jueves, 11 de junio de 2020

Lo que el viento se llevó


En medio de las protestas en Estados Unidos y en buena parte del mundo por el asesinato de George Floyd, nos encontramos con que la plataforma HBO Max ha anunciado estos días su intención de retirar de su catálogo la película Gone with the wind (“Lo que el viento se llevó”), un clásico del cine en toda regla, por ofrecer cierta idealización de la esclavitud y algunos estereotipos racistas. Afirman que con el tiempo la volverán a incorporar, añadiéndosele los correspondientes comentarios que sitúen la película en su contexto. Al mismo tiempo, Marta Kauffman, una de las creadoras de la serie Friends, muy popular en los años noventa, pedía disculpas públicas por no haber reflejado la diversidad racial de la sociedad norteamericana.

Imagino que guarda relación está reacción del mundo audiovisual con los incidentes estos días, causados por un asesinato que añade una víctima más causada por una actuación policial cuanto menos cuestionable y desde luego más real que cualquiera de sus representaciones en el cine o en alguna serie. Hay tras tal reacción una actitud tal vez vergonzante del racismo, lo que a primera vista puede parecer positivo: denota que, frente al aparente auge del racismo y la xenofobia, cada vez más personas, entidades y empresas quieren dejar claro su actitud firme contra tales lacras. Sin embargo, estamos una vez más ante un mero parche que no busca solucionar los problemas, sino remendarlos para sentirnos cómodos en nuestra atalaya moral.

En este sentido, los creadores de la serie Los Simpsons anunciaron, hace ya algún tiempo, su intención de retirar de la serie al personaje Apu, el tendero indio que trabaja a todas horas, y también se alegó que se estereotipaba a toda una población inmigrante, cuando una de las gracias de la serie son los clichés sociales que nos confrontan a visiones simplistas de la sociedad.

Pero más allá de estas reacciones en sí mismas, lo que tenemos delante una vez más es el espinoso tema de lo políticamente correcto, aquello que se debe mostrar o no y, en caso de mostrar, cómo ha de hacerse para no herir sensibilidades. Es un debate no muy diferente al de ciertos colectivos en España que reclaman a la Real Academia de la Lengua Española que elimine de su diccionario algunas acepciones porque resultan ofensivas. Ocurre en concreto con la entrada gitano y con algunos términos referentes a la mujer que revelan un claro machismo. La Academia alega que el diccionario recoge los usos de las palabras, sin entrar en disquisiciones valorativas y optando por catalogar tal uso como ofensivo o discriminatorio.

Es absolutamente cierto: el racismo o el machismo son males sociales, pero están en la sociedad que es donde hemos de combatirlo, la lengua no deja de ser un reflejo de ese mal, pero no es la culpable, no por eliminar las acepciones hirientes vamos a eliminar el problema, por desgracia no es tan fácil la solución. Ni tan mágica.

Ante estas decisiones, peticiones y disculpas, nos podemos formular algunas preguntas: ¿Debe una obra actual reflejar la pluralidad de la sociedad en que se enmarque?¿Es absolutamente obligatorio que así sea?¿Si una obra no contempla la cuota de minorías de todo tipo, es por ello racista, machista o patriarcal?¿Los personajes de una novela o de una película o una serie han de ser una copia exacta de los diferentes grupos humanos existentes?¿Han de actuar y reflejar con absoluta fidelidad los valores dominantes?¿Resultaría hiriente plantear un conflicto que afectase la igualdad o pudiera entenderse como un alegato de la marginación?¿Debemos limitar al acceso a obras de otros tiempos y que muchas veces reflejan posiciones a todas luces rechazables hoy?

Asumir hoy el criterio de lo políticamente correcto es aceptar una censura peligrosa, que coarta e infantiliza. Pero parece que la sociedad ha optado por emplear eufemismos y por redecorar el pasado para que podamos mantener nuestras posiciones presentes sin la incomodidad de nuestras propias contradicciones. Por lo demás, buscamos con ello simplificar los mensajes y renunciar al ejercicio de entender una obra, interpretando su contexto, contemplando el conflicto en toda su amplitud. Lo políticamente correcto, en definitiva, supone el triunfo de una visión facilona de la realidad, ya sea en nuestro presente, ya sea en nuestro pasado. Ese es el objetivo: establecer relatos que no nos compliquen la vida, que nos apacigüe ante una historia y un presente que no son fácilmente asumibles.

Puede que la película Gone with the wind (“Lo que el viento se llevó”) sea un alegato nostálgico de los Estados Confederados, de una sociedad esclavista de caballeros sureños que rememore la felicidad sobre campos de algodón y unos esclavos leales a sus amos y felices en su estado, pero sin duda lo escandaloso fue que la actriz Hattie McDaniel, que interpretara a Mammy, tuviera que sentarse aparte en la gala de los Oscar de 1939 por el hecho de ser negra y a pesar de que se le concedió el galardón, el primero que se daba a una persona negra. Lo escandaloso es que pasados ochenta años de todo ello aún tengamos que estar protestando por el racismo y sus crímenes, sin que parezca que se vaya a combatir ninguna de las políticas que los fomenten.