domingo, 30 de agosto de 2026

Pepe Gutiérrez

 



De obrero ilustrado lo calificó hace unos días Marc Casanovas en un obituario aparecido en Viento Sur. No estaba equivocado: José Gutiérrez era en efecto un obrero ilustrado, uno de esos obreros ansiosos de saber y de saberes que tanto habría enorgullecido a Rosa Luxemburgo, a quien molestaba que se tratara a los trabajadores como almas simples o bobaliconas, incapaces de comprender la complejidad de la vida y de la realidad. Sobre todo, le irritaba a la revolucionaria germano-polaca que dicha actitud paternalista brotara entre los dirigentes revolucionarios con pretensiones de guías de las masas acríticas, a todas luces una tentación peligrosa tan presente entre las vanguardias leninistas de todo tipo y condición.

José Gutiérrez, Pepe Gutiérrez como se le llamaba, tuvo muy en cuenta, sin duda, el rapapolvos que soltó Rosa Luxemburgo a quienes minusvaloraban las capacidades de las masas, él mismo se ofreció como ejemplo de que un obrero, una trabajadora, cualquier joven de clase popular podía superar los límites que le imponía el sistema: supo desde muy pronto la necesidad de ser culto, de adentrarse en la cultura como herramienta no de empoderamiento, que se dice hoy, a todas luces una fórmula equívoca y errónea, sino de emancipación. Su pretensión era ser culto, no de un modo elitista, no quería pertenecer a un núcleo intelectual orgulloso y mimado, a una academia que diera esplendor al sistema, al (des)orden del mundo, sino que partía de considerar la cultura como una herramienta de comprensión de sí mismo y de la realidad que nos envuelve.

También fue un revolucionario que revoloteó entre las ondulaciones y serpenteos de los años sesenta, que observó los vericuetos vitales, intelectuales y tácticos de la época, pero también de los lustros que siguieron a las hazañas del momento. La revolución no pudo ser, no se asaltaron los cielos, aunque no es del todo cierto, Mayo del 68 cambió muchas mentalidades, en los países capitalistas pero también al otro lado del muro. Quizá el éxito de aquella revolución no radicó tanto en la toma del poder por la clase obrera, toma del poder para destruirlo, no se olvide lo que tantas veces se ha olvidado, sino en la capacidad de cambiar la vida, las percepciones, los sentimientos y las preocupaciones de las gentes que conformamos la clase trabajadora y satélites varios que la envuelven. Porque se trata también de cambiar la vida.

Sea lo que fuere, la revolución con la que se comprometió quedó a todas luces en la periferia, condenada a ser poco más que una nota al pie de página, pero nota importante, qué duda cabe, y a veces muy acertada para comprender, para saber, para no quedarnos de nuevo ahora otra vez en la periferia, aunque los tiempos no están para muchas alegrías ni esperanzas. No decidió abandonar, pese a todo, mantuvo su militancia, pero se dedicó en la medida de lo posible, con todas sus fuerzas, a recuperar la memoria, tanto de su tradición, la del POUM, la de los militantes a los que él conoció y con los que habló largo y tendido, como la de otros ámbitos. No hubo en su acercamiento ni juicios de valor, ni alardeos de superioridad moral, ni críticas feroces, la vida al final tampoco es eso, sino reconocer en su amplitud a quienes estuvieron antes que nosotros.



Dejó un buen puñado de libros, Retratos poumistas o Retratos en rojo y negro, entre otros, o sus introspecciones sobre personalidades fundamentales en el siglo anterior: Trotsky, Georges Orwell o Víctor Serge. También tuvo ocasión de retratarse a sí mismo, en sus Memorias de un bolchevique andaluz, una forma amena de presentarse, de explicarse, sin ánimo egocéntrico, sino como quien te cuenta la vida en un momento dado, en un café o en una sobremesa, con toda la ironía de la que fue capaz, la vida de un andaluz más en Cataluña y su visión de unos tiempos extraños. Todos lo son, por cierto.

Pero lo que más me llama la atención era esa concepción ya comentada antes de la cultura como algo fundamental para afrontar la realidad. La suya fue una cultura libresca, en efecto, pero también de diálogo, de intercambio, de matices y contrastes. Da la impresión de que esta cultura del libro está modificándose. Por no decir desapareciendo, que según algunos es una percepción de viejuno. Pero algo está pasando, y no para bien, salta a la vista. Además, entramos en un momento que da miedo. El eco atronador del muera la inteligencia resuena otra vez en las calles de Ceuta, de Minsk o de Washington. Quizá esa ansia de Pepe Gutiérrez por ser culto para ser libre sea ahora mismo lo más revolucionario. Aunque es una frase hecha, por muy real que resulte.   

viernes, 21 de agosto de 2026

Soldados


 

En 1985 publicaba Francisco González Ledesma su novela Soldados. Se trata de una novela negra, subgénero en el que el escritor mostraba siempre una enorme maestría al tiempo que retrataba una sociedad que a todas luces no resultaba tan idílica como a esas alturas se nos mostraba desde las instituciones y los medios de comunicación. En ella, uno de sus personajes, en un momento dado, reflexiona sobre esas nuevas tecnologías que en aquella época empezaban a ocupar un lugar importante en la sociedad, quizá en apariencia no tan central, pero sí fundamental. Las máquinas saltaban de las fábricas, del ámbito industrial, a otros sectores y ocupaban incluso la cotidianidad de los ciudadanos, volviéndose fundamentales en sus vidas.

Anuncia el personaje en cuestión que estamos entrando en una nueva civilización. Afirma que no queda lugar para los jóvenes porque estamos ante un mundo de robots y señala de inmediato que «(E)llos nos quitarán el trabajo, nos enseñarán cómo movernos y nosotros nos tendremos que amoldar a su lenguaje, no ellos al nuestro». Concluye que el ser humano nunca antes había aceptado ser tan esclavo de las máquinas, que hasta ese momento habían sido nuestros brazos, pero se convertían en nuestro cerebro, incluso nuestra lengua (página 170 de Soldados, edición de Plaza y Janés).

Ni imaginaba el autor hasta qué punto iba a ser cierto su presagio. Sin duda, tendría muy en cuenta la novela de Georges Orwell 1984, muy presente durante la escritura de Soldados por la coincidencia del año, y parecía que la distopía del escritor británico empezaba a ser una realidad a ojos de quienes estaban más atentos a los cambios sociales. Pero no era tan evidente entonces, era una mera posibilidad, se percibían algunos síntomas de ese mundo nuevo tecnologizado, pero las sociedades estaban a tiempo de no sucumbir a la manipulación que entrañaban las nuevas máquinas. Aunque, a decir verdad, la manipulación era la misma, no se trataba realmente de un cambio, sólo que se disponía de herramientas más afiladas. En todo caso, no se veía posible ese dominio absoluto de las nuevas tecnologías, esa dependencia humana de la máquina. Se confiaba tal vez en el raciocinio, en la capacidad humana de pensarse y mantener su libertad.

Poco más de cuarenta años después la serie británica The Capture nos pone en otro escenario, no muy distinta al apuntado por el escritor catalán y con la novela de Orwell como fondo, como marco de esta nueva civilización.

 Hoy la tecnología lo ocupa todo, toma decisiones, deja que los algoritmos establezcan los criterios de lo que tiene o no interés, determina los límites de la realidad y, sobre todo, como señala el personaje de soldados, ya no es una herramienta de análisis en nuestra evaluación de lo real, nuestros brazos, sino que se ha convertido en nuestro cerebro. La llamada Inteligencia Artificial añade una variable más en este proceso social hacia una nueva sociedad. Aunque sería mejor decir que no es la sociedad la que ha cambiado, sino que los mecanismos de poder, de división social, de control y de normalización de los discursos de clase se vuelven más punzantes y sutiles. No sólo hablamos de filfas que se expanden con rapidez y suma facilidad, sino que la percepción de la realidad está ya establecida de antemano y será difícil escapar a lo que nos muestran las pantallas. Modificadas a voluntad, como nos sugiere la mencionada serie británica.

Es el mundo descrito por Orwell. La realidad, incluso, supera la verdad.



Estamos además en un mundo en guerra, otra vez, aunque quizá nunca lo dejamos de estar después de 1945, sólo que los países europeos no estábamos tan cercanos o en apariencia tan implicados. El gobierno de Georges Bush nos metió en la guerra de Irak en 2003, lo ilustra aquella famosa foto de Las Azores con tres mandatarios en actitud engreída y chulesca, y las filfas creadas y divulgadas a la velocidad de la luz, Putin invadió Ucrania, con un uso tecnológico nuevo tanto bélico como propagandístico, y ahora la guerra por el control de Ormuz parece estancada, en ella el uso de la nueva propaganda parece más burdo, no da la impresión de que el mandatario actual norteamericano sea muy refinado a la hora de tergiversar la realidad.

Incluso en la cuestión de Ceuta se tilda de invasores y ocupantes a los desarrapados del mundo, en este caso de África, algo exagerado sin duda, por mucho que los utilice el régimen marroquí.

Guerra y nuevas tecnologías no parecen tampoco una buena combinación. Para colmo, la crítica a lo que hay se restringe hoy a ámbitos muy periféricos. Se impone una única mirada posible a la realidad, amparada por las tecnologías, sin permitir discrepancias que se ven como traiciones el mero hecho de defenderlas, cuando no de tonterías o mero intelectualismo. No es nuevo, pero parece más categórico, menos rebatible. La ocurrente frase atribuida a Alfonso Guerra, «el que se mueve no sale en la foto», resulta hoy más actual que nunca. Hemos de mantenernos quietos, estáticos, disciplinados como buenos soldados. Somos soldados y clientes en este capitalismo global, las dos condiciones esenciales.

A muchos no nos da la sensación de que sea muy prometedora esta civilización hipertecnologizada. Cosa de viejunos tal vez. Aunque tampoco cabe, para qué engañarnos, mucha nostalgia de lo que fue, de lo que fuimos.

 

jueves, 6 de agosto de 2026

Corrección

 



En 2019 el director y guionista Ben Chanan nos ofreció una trepidante serie de tres temporadas, The capture, en la que la comisaria Rachel Carey se enfrenta a una distopia política y tecnológica. Procedente de un departamento de lucha antiterrorista, Rachel Carey pasa a dirigir el departamento de homicidios y al investigar la desaparición y muerte de una abogada en apariencia a manos de Shaun Emery, un oficial del ejército británico al que se acusa previamente de asesinar a un talibán a sangre fría en Afganistán, de cuyo proceso judicial sale absuelto, descubre que el sistema público de cámaras de vigilancia de Londres está distorsionado por la aplicación de un plan denominado Corrección.

Este sistema consiste en crear imágenes falsas de videovigilancia para establecer pruebas fehacientes cuando las reales no resulten suficientes en los procesos penales y así condenar a los investigados y acusados, en especial a los terroristas que amenazan la estabilidad del país. Para sus defensores más acérrimos, Corrección supone un medio para garantizar la seguridad y defender la democracia, para asegurar el éxito de las investigaciones criminales y apuntalar las sentencias que defiendan el orden y a la ciudadanía. Apenas un puñado de agentes, una élite, controla la viabilidad de este sistema y se sirven de él para mantener el control y el orden. El empleo de la inteligencia artificial en la distorsión de las imágenes e incluso, se verá en la tercera temporada, en la gestión de las investigaciones en curso supondrá un peligro con repercusiones en el funcionamiento político del Estado, en este caso Gran Bretaña.

Rachel Carey se empeñará en actuar contra la aplicación de este sistema, para ello se integrará en el núcleo de la inteligencia británica, en una acción vertiginosa con un final tan ostentoso como inquietante. A veces puede parecer demasiado espectacular lo que se cuenta en la serie, tanto que puede parecer inverosímil, un verdadero delirio, pero no podemos olvidar que lo que se nos cuenta no es otra cosa que un marco de flagrante manipulación de la realidad y aquí, mucho nos tememos, resulta aplicable la máxima atribuida a Óscar Wilde: la realidad supera la ficción. Al fin y al cabo, el lector de 1984 o de Un mundo feliz pudo pensar en su momento que aquellas distopías nunca podrían volverse reales y aquí estamos.

La serie deja, más en este tiempo de filfas, medias verdades, bernardinas reactualizadas, opiniones sin base alguna, pensamiento ínfimo o impotencia política, un remusguillo a conspiración permanente contra lo que nada puede hacerse. El final de la serie, habrá que verlo, acentúa esta idea de que todo está perdido y de que no hay alternativa posible. Nada nuevo bajo el sol, la serie parece amparar este viejo axioma bíblico. Y si salimos de la ficción y nos trasladamos a un escenario real, por ejemplo Ceuta en esta mitad del verano, nos damos cuenta de que, como en The capture, no podemos estar seguros de nada, salvo de que estamos ante un nuevo capítulo de esta infamia que es la historia, y más en concreto la historia reciente.

En tiempos de pensamiento débil tendemos a dividir el mundo en buenos y malos, reiteramos el viejo discurso del nosotros y el ellos, acudimos otra vez al principio sofista de atribuir verdades y justicias según nuestra propia conveniencia y nos damos cuenta por fin de que nada es lo que parece. Y por poder ser, puede incluso que aceptemos la conspiración que rodea lo sucedido: que no sólo estemos ante una acción desesperada de una población sin futuro —impecable el análisis de Al Mounadil-a en Inprecor— o que los Estados, todos, incluidas nuestras democracias tan modélicas, utiliza a la población, la propia o la ajena, como armas arrojadizas —recuérdese que España y otros países de la UE comenzaron a exigir visados a los bolivianos el 1 de abril de 2007, justo un año después de que el presidente Evo Morales decidiera nacionalizar el gas de Bolivia, sin que nadie vinculara públicamente ambos hechos, mera casualidad—, sino que Marruecos actúe confiado por sus buenas relaciones con Israel, molesto por la actitud del gobierno español ante lo sucedido en Gaza, y Estados Unidos, ese mismo gobierno español fue blanco de las iras caprichosas de su mandatario.



Claro que pensar esto puede ser mera fabulación, mientras que parte de la oposición política española, candidato a la presidencia incluido, se ha presentado en Ceuta para tachar de invasores a los desarrapados del mundo y acusar al régimen marroquí de utilizar a su población contra la soberanía española, lo que puede ser cierto en parte, pero sin mencionar los negocios en marcha entre ambos países, venta de armas incluida, y las cesiones del Gobierno español, el Sahara Occidental por ejemplo, que esa misma oposición no critica en absoluto.

Mientras tanto, las cámaras apuntan hacia las calles de Ceuta. Sus grabaciones son el mensaje. Como en The capture, nuestra percepción nos puede llevar a dudar de lo que ocurre realmente en ellas. Nada nuevo, por otro lado: la realidad como mera construcción siempre al servicio del poder.