domingo, 11 de octubre de 2026

La belleza por venir


 

En su libro Rebelión y anarquía. El joven Víctor Serge, Claudio Albertani comparte su impresión de que, tras unos hechos adversos, «(…) Serge pasó el resto de su vida «huyendo» de aquellas trágicas experiencias y que lo hizo principalmente a través de la literatura». La literatura se vuelve así en zona de refugio, de introspección, gracias a la cual se llega a comprender en gran medida lo que uno es y lo que a uno le rodea. Tal vez también contribuya a reconstruir la realidad, troceada ante nosotros, imposible contemplar el mundo en su conjunto, tal cual es, quizá porque, como insinúa el Talmud, no resistiríamos emocionalmente su visión.

Víctor Serge, belga de origen ruso, vivió en la primera mitad del siglo XX y actuó como un revolucionario honesto, reflexivo, buscando una coherencia personal y social no siempre fácil de encontrar, esperanzado en todo momento en alcanzar una sociedad diferente, sin las ataduras de la opresión y de la explotación, deseoso de un mundo libre para seres humanos libres. Militó durante su juventud en el movimiento anarquista, entre corrientes que debatían con pasión, que a veces se enfrentaban entre sí y que sufrían una represión intensa de quienes no querían ceder su poder y mucho menos perder sus privilegios. La primera gran guerra mostró a todas luces la monstruosidad de la que era capaz el capitalismo en su afán de expandir los beneficios de unos pocos, aunque por desgracia no sería la única vez en que la crueldad del militarismo se imponía de un modo tan atroz. Aún hoy perdura este mal.

Pero en medio de aquel infierno surgió la Revolución y Víctor Serge marchó al país de los soviets, atraído por las perspectivas de una nueva sociedad. Le sedujo lo que vio. Aunque sin duda asistió a escenas brutales e implacables que chocaban con los principios y los fines de quien ansiaba la emancipación humana. El proceso revolucionario tuvo excesos, la Revolución no huele a rosas, sugirió alguna vez Lenin, lo que no convenció a Rosa Luxemburgo, la primera crítica desde el movimiento revolucionario de ciertos giros y actuaciones autoritarias. Presagiaba sin duda lo que iba a venir: un régimen represivo, tiránico, en el que la clase trabajadora no conseguiría emanciparse de la explotación y de las relaciones de poder.

Víctor Serge mantuvo sin embargo su confianza en un futuro de libertad, en cambiar las estructuras del Estado por un sistema emancipador. Como lo sostuvo también su amigo Andreu Nin. O como su admirado Trotsky. Ambos fueron, por cierto, víctimas del aparato estalinista en que sucumbió el proceso revolucionario. Ambos eran también lectores apasionados; sin duda, como le pasaba a Víctor Serge, huían en cierto modo a través de la literatura de las experiencias trágicas que conocieron. O intentaban comprender por medio de la literatura esa realidad que les envolvía.

Sin duda Trotsky hablaría mucho de literatura en aquel barco que salió de Cádiz el 31 de diciembre de 1916 rumbo a Nueva York y en el que coincidió con el polifacético Arthur Cravan, poeta y boxeador, sobrino de Oscar Wilde, y que buscaba la belleza, una belleza que se podía incluso encontrar en aquel mundo trágico al que asistían no sin angustia. No sabemos si durante aquel viaje, en cualquiera de sus conversaciones con el revolucionario ruso, afirmó aquello de que «los imbéciles sólo ven la belleza en las cosas bellas», pero de decírselo no dudo de que Trotsky le entendería a la perfección. Muchos años después, instalado ya en Coyoacán, recordaría a aquel compañero de viaje que sin duda algo le influiría en la percepción de la belleza, aunque él ya la buscaba en la literatura, en el arte, en los murales de Diego Rivera, en los cuadros de Frida Kahlo, en las conversaciones con los próximos, en la cotidianidad de aquella casa que era su refugio y su observatorio del mundo, y sobre todo aspiraba a la belleza en un futuro que sería socialista y emancipador. Sin belleza no es posible la revolución, podría haber pensado en algún momento.

Puede que hoy no nos planteemos del mismo modo ese horizonte de emancipación. Quizá tenga razón Santiago López-Petit al escribir que «Nosotros ya no podemos ver ese sentido liberador en la historia, ese avanzar de derrota en derrota hacia una victoria final. Para nosotros la historia no tiene sentido, lo que no quiere decir evidentemente que sea ininteligible» (Prólogo al libro Luchas autónomas en los años sesenta). Tal vez porque, como él mismo afirma, el objetivo no es tanto el futuro, que no deja de ser un espacio temporal inconcreto, sino la vida misma convertida en nuestro campo de batalla.

Algo de eso hay en esta lucha actual por la vivienda, la vehemencia de que la vida sea realmente nuestra y no parte del mercado, de que la ciudad sea espacio de convivencia y comunidad, no una plaza donde todo se compra y todo se vende. En definitiva, un lugar en el que confluyan los proyectos personales y colectivos. Hay quien pueda ver una repetición del 15M de hace tres lustros. Nadie puede saberlo, aunque en absoluto sería deseable que desembocara todo esto otra vez en las instituciones, en los gobiernos, en los cargos, en los discursos, en las proclamas. A todas luces la belleza no está en ellos, sino en las esquinas, en las plazas. Sin duda esté también la inspiración para la literatura que nos salve de la realidad tan gris en que vivimos.