En
su libro Rebelión y anarquía. El joven Víctor Serge, Claudio Albertani
comparte su impresión de que, tras unos hechos adversos, «(…) Serge pasó el
resto de su vida «huyendo» de aquellas trágicas experiencias y que lo hizo
principalmente a través de la literatura». La literatura se vuelve así en zona
de refugio, de introspección, gracias a la cual se llega a comprender en gran
medida lo que uno es y lo que a uno le rodea. Tal vez también contribuya a reconstruir
la realidad, troceada ante nosotros, imposible contemplar el mundo en su
conjunto, tal cual es, quizá porque, como insinúa el Talmud, no resistiríamos
emocionalmente su visión.
Víctor
Serge, belga de origen ruso, vivió en la primera mitad del siglo XX y actuó como
un revolucionario honesto, reflexivo, buscando una coherencia personal y social
no siempre fácil de encontrar, esperanzado en todo momento en alcanzar una
sociedad diferente, sin las ataduras de la opresión y de la explotación,
deseoso de un mundo libre para seres humanos libres. Militó durante su juventud
en el movimiento anarquista, entre corrientes que debatían con pasión, que a
veces se enfrentaban entre sí y que sufrían una represión intensa de quienes no
querían ceder su poder y mucho menos perder sus privilegios. La primera gran
guerra mostró a todas luces la monstruosidad de la que era capaz el capitalismo
en su afán de expandir los beneficios de unos pocos, aunque por desgracia no sería
la única vez en que la crueldad del militarismo se imponía de un modo tan
atroz. Aún hoy perdura este mal.
Pero
en medio de aquel infierno surgió la Revolución y Víctor Serge marchó al país
de los soviets, atraído por las perspectivas de una nueva sociedad. Le sedujo
lo que vio. Aunque sin duda asistió a escenas brutales e implacables que
chocaban con los principios y los fines de quien ansiaba la emancipación humana.
El proceso revolucionario tuvo excesos, la Revolución no huele a rosas, sugirió
alguna vez Lenin, lo que no convenció a Rosa Luxemburgo, la primera crítica
desde el movimiento revolucionario de ciertos giros y actuaciones autoritarias.
Presagiaba sin duda lo que iba a venir: un régimen represivo, tiránico, en el
que la clase trabajadora no conseguiría emanciparse de la explotación y de las
relaciones de poder.
Víctor
Serge mantuvo sin embargo su confianza en un futuro de libertad, en cambiar las
estructuras del Estado por un sistema emancipador. Como lo sostuvo también su
amigo Andreu Nin. O como su admirado Trotsky. Ambos fueron, por cierto,
víctimas del aparato estalinista en que sucumbió el proceso revolucionario.
Ambos eran también lectores apasionados; sin duda, como le pasaba a Víctor
Serge, huían en cierto modo a través de la literatura de las experiencias
trágicas que conocieron. O intentaban comprender por medio de la literatura esa
realidad que les envolvía.
Sin
duda Trotsky hablaría mucho de literatura en aquel barco que salió de Cádiz el
31 de diciembre de 1916 rumbo a Nueva York y en el que coincidió con el
polifacético Arthur Cravan, poeta y boxeador, sobrino de Oscar Wilde, y que
buscaba la belleza, una belleza que se podía incluso encontrar en aquel mundo
trágico al que asistían no sin angustia. No sabemos si durante aquel viaje, en
cualquiera de sus conversaciones con el revolucionario ruso, afirmó aquello de
que «los imbéciles sólo ven la belleza en las cosas bellas», pero de decírselo
no dudo de que Trotsky le entendería a la perfección. Muchos años después,
instalado ya en Coyoacán, recordaría a aquel compañero de viaje que sin duda algo
le influiría en la percepción de la belleza, aunque él ya la buscaba en la
literatura, en el arte, en los murales de Diego Rivera, en los cuadros de Frida
Kahlo, en las conversaciones con los próximos, en la cotidianidad de aquella
casa que era su refugio y su observatorio del mundo, y sobre todo aspiraba a la
belleza en un futuro que sería socialista y emancipador. Sin belleza no es posible
la revolución, podría haber pensado en algún momento.
Puede
que hoy no nos planteemos del mismo modo ese horizonte de emancipación. Quizá
tenga razón Santiago López-Petit al escribir que «Nosotros ya no podemos ver
ese sentido liberador en la historia, ese avanzar de derrota en derrota hacia
una victoria final. Para nosotros la historia no tiene sentido, lo que no
quiere decir evidentemente que sea ininteligible» (Prólogo al libro Luchas
autónomas en los años sesenta). Tal vez porque, como él mismo afirma, el
objetivo no es tanto el futuro, que no deja de ser un espacio temporal
inconcreto, sino la vida misma convertida en nuestro campo de batalla.
Algo
de eso hay en esta lucha actual por la vivienda, la vehemencia de que la vida
sea realmente nuestra y no parte del mercado, de que la ciudad sea espacio de
convivencia y comunidad, no una plaza donde todo se compra y todo se vende. En
definitiva, un lugar en el que confluyan los proyectos personales y colectivos.
Hay quien pueda ver una repetición del 15M de hace tres lustros. Nadie puede
saberlo, aunque en absoluto sería deseable que desembocara todo esto otra vez
en las instituciones, en los gobiernos, en los cargos, en los discursos, en las
proclamas. A todas luces la belleza no está en ellos, sino en las esquinas, en
las plazas. Sin duda esté también la inspiración para la literatura que nos
salve de la realidad tan gris en que vivimos.