martes, 15 de febrero de 2022

Rascacielos

 


Es el nuevo proyecto megalómano anunciado a bombo y platillo a orillas del Nervión, la salida a concurso del solar para la construcción de un rascacielos residencial en Barakaldo, en ese terreno ganado a la industria, junto a la ría, y que se suma al proyecto de nuevo barrio en la isla de Zorrozaurre, a poquísimos kilómetros, ya en Bilbao, y un poco más allá, hacia el sur, a la reforma del barrio de San Francisco, aprovechando las obras en la Estación de Abando, pospuesta una y otra vez al retrasarse la llegada del AVE a la Comunidad Autónoma Vasca. En el caso de Barakaldo, se trata de un edificio de 21 pisos que dispondrá de 121 viviendas, plazas de aparcamiento y varios locales comerciales y cuyo proyecto lo refrendó el ayuntamiento en 2020.

Reconozco que no me gustan los rascacielos, en general los edificios enormes que tienden a deshumanizar las calles, a colocarnos a los seres humanos en la más absoluta pequeñez, casi en la invisibilidad. Cuando vemos fotos de ciudades repletas de rascacielos apenas apreciamos a las personas, no las vemos, quedan invisibles ante el esplendor de los edificios, como si la ciudad no fuese para sus habitantes sino al revés, estos quedan reducidos a meros apéndices de las construcciones titánicas, como decorados, como ornamentos que se han de adaptar a un modo de estar y de ser, rascacielos ya presentes en Bilbao, la Torre Iberdrola, por ejemplo, que se eleva retadora, a la vista de todos, reafirmando su poderío de cristal.

No es casualidad por otro lado que todos los regímenes autoritarios que en la historia han sido opten por esta estética urbana del edificio grandioso y deshumanizador, el estalinismo o el fascismo, en todas sus variantes, se pusieron a construir bloques altos y poderosos, reflejo de su propia exaltación e inhumanidad. El capitalismo tardío, con tantas ínfulas como ostentación, repite esquemas.  

No niego que algunos de estos edificios grandiosos están dotados en ocasiones de belleza. Ahí están las catedrales, por ejemplo, repletos de hermosura, de pulcritud y magnificencia. Pero no están construidas para el recogimiento y la paz interior, sino para aterrarnos por nuestra frágil insignificancia, es la peor imagen arquetípica del Dios del Antiguo Testamento el que volvió a los nuevos templos, el que parece esperarnos en esos inmensos espacios donde todo nos recuerda nuestra pequeñez. Los rascacielos surten el mismo efecto, nos reducen a la mínima expresión, nos encierran en un rincón insignificante de su estructura colosal.

Bilbao quiere adaptarse a ese modelo de ciudad esplendorosa, luminosa. Ha dejado atrás el modelo industrial, ya no está rodeada e invadida de fábricas y talleres, las fachadas ya no están sucias de contaminación. Se abrieron las calles a parques amplios y jardines aptos para el paseo y el descanso, incluso en barrios periféricos y marginales, como Otxargoaga o Txurdinaga. Por un momento nos creímos que la ciudad optaba por un modelo más humano que sus dimensiones, además, favorecían, cambios que también adoptaban las ciudades de su periferia, como Barakaldo. Pero no, es el modelo de parque temático el que se va imponiendo y en el que vale mucho más el continente que el contenido, que se muestra vanidosa, una ciudad para el mero disfrute insustancial, una ciudad siempre en vacaciones para diversión asegurada del visitante.

Hay otras ciudades que nos llevan la delantera en este proceso. Algunas ya ni siquiera son ciudades de verdad, sino meros parques temáticos en las cuales incluso sus procesos políticos responden a esa lógica del espectáculo. La pandemia no parece que haya abierto los ojos y nos demos cuenta de que algo fallaba en lo que estábamos construyendo y siendo. Todo ha quedado en el mero gesto superficial, en el aplauso ilusionante de las ocho al personal sanitario para luego darnos igual que haya despidos o precarización en su sector: el espectáculo debe continuar, se debe retomar la economía, hay que construir rascacielos y barrios para mostrar, bien delineados, en los que poder estar solo en compañía. Son los tiempos, dicen. La nueva normalidad.

domingo, 6 de febrero de 2022

El sueño de Zola

 


Escribió Zola un cuento en el que los soldados de los dos ejércitos que a la mañana siguiente se iban a enfrentar en una batalla que se presagiaba cruenta soñaron con un campo encharcado de su propia sangre. Cuando despertaron, decidieron no cumplir con su misión, no salir al combate, no matar al soldado enemigo tras el que había un hombre –eran hombres, entonces, los que acudían a tales actos– contra el que nada tenían en realidad y con el que, sin duda, compartían muchas cosas, más, muchas más, de los que afirmaban los discursos grandilocuentes de las patrias y las civilizaciones. Esto último lo muestra a la perfección la película de Christian Carion, Joyeux Noël (2005), que narra un hecho real sucedido en la Nochebuena de 1914, cuando los soldados franceses, alemanes y británicos optaron por confraternizar esa noche y compartir recuerdos, sentimientos y amistad, para horror de sus mandos, que no iban a la batalla, pero organizaban la guerra, nada menos, encomendados para ello por los gobernantes y así defender intereses económicos y comerciales que barnizaban con palabras solemnes.

Es buen momento este para recordar tanto el relato como la película, cuando en Europa vuelven a sonar tambores de guerra. Rusia, Estados Unidos y los países de la OTAN han comenzado a desplegar tropas mientras se negocia, dicen, para evitar un desenlace sangriento, y lo que andan negociando son cuestiones políticas que afectan a Ucrania y así no resolverlas, añaden, en el campo de batalla. Ya viene de antiguo aquello de que la guerra es la continuación de la política por otros medios, lo afirmaba von Clausewitz a principios del siglo XIX, la guerra como acto político, aunque Foucault le dio la vuelta y sostuvo que en realidad era la política la continuación de la guerra y el derecho su fuente de legitimación.

Si al final se evita la guerra, se venderá como un logro diplomático y político, se repartirán medallas y seguirá la deslocalización de la guerra fuera de las fronteras europeas, como se ha venido haciendo desde la II Guerra Mundial, salvo durante el conflicto de los Balcanes. Aun cuando se barnicen los conflictos existentes con discursos, palabras y razones ideológicas o teológicas, no dejan de reflejar el choque de intereses económicos, tampoco ocultan ya los beneficios comerciales que suponen algunas de estas guerras. Parte del instrumental bélico que emplea Arabia Saudí en el Yemen sale de fábricas ubicadas en España, en cuyas empresas matrices participan financieramente bancos y grandes cuentas, y de paso se obtienen notables comisiones. Tal material sale de los puertos de Santander y de Bilbao, este último bien cerca de donde vivo y escribo.

Sin duda, la mejor manera para acabar con las guerras, tal vez la única, la que sería más viable y eficaz, sería que los soldados se negaran a combatir. «Je ne suis pas sur terre / pour tuer des pauvres gens», escribió Boris Vian en su letra de canción Le deserteur, una carta dirigida al Presidente ante la llamada a filas para ir a la guerra, y que es toda una declaración de intenciones: ninguno estamos en este mundo para matar a pobre gente que le ha tocado luchar en el otro bando. Se intentó: las dos internacionales obreras existentes a principio del siglo XX, y al mismo tiempo muchas otras organizaciones de todo tipo, filosóficas, cristianas, filantrópicas, clamaron por la desobediencia y la deserción. No salió bien, hubo quien se dejó llevar por los cantos de sirena patrióticos, quien fue porque no tenía más opción, porque es lo que correspondía, por falta de alternativas o de planteamientos ante la realidad. Una pena: hubiese sido interesante comprobar si los mandos militares y los miembros de los Consejos de Gobierno hubieran sustituido ellos mismos a quienes desertaban.