viernes, 25 de septiembre de 2026

El espíritu del 45

 


En 2013 Ken Loach nos ofreció su documental El espíritu del 45. En él nos habla de la esperanza que surgió en Gran Bretaña después de la segunda guerra mundial, al brotar en el país un empeño colectivo de mejora y progreso como respuesta a una pregunta que se impuso tras aquel conflicto: ¿qué será de nosotros?

Veintisiete años antes, al acabar la otra gran guerra, el panorama en el país no sólo resultaba desolador, las consecuencias del enfrentamiento bélico eran trágicas en términos humanos y sociales, sino que empeoró a todas luces el día a día de millones de personas. Durante los años veinte y treinta la pobreza se extendió por una gran parte de calles y campos. El Reino Unido, no se olvide, era un imperio que se expandía por todo el mundo, pero su clase trabajadora vivía en la pura miseria. Quienes trabajaban padecían un sistema de absoluta pobreza, con sueldos bajos y unas relaciones sociales clasistas que no brindaban ninguna posibilidad de mejora a obreros, mineros, campesinos o trabajadores de los servicios. El desempleo era altísimo. La población en general, los hijos de la noche, estaba abandonada a su suerte mientras la aristocracia y la burguesía aprovechaba las ventajas que les otorgaba un capitalismo imperialista voraz.

Como parque de la pobreza era conocido una plaza donde se hallaba una casa de empeños. Hombres y mujeres de clase obrera se hacinaban ante ella para obtener unas pocas libras y así poder subsistir apenas unos días, a la espera de un empleo o de un nuevo empeño. Gran Bretaña poseía una tradición sindical combativa, pero en aquellos años no parecía posible obtener la más mínima prebenda de unas élites poderosas que eran dueñas de medio mundo.

Por ello la incertidumbre se impuso tras la segunda guerra mundial, se temió la repetición de lo acaecido tras la otra guerra y la pregunta reflejaba una cuita profunda en la sociedad, ¿qué será de nosotros?

Sin embargo, la movilización enorme que había requerido la guerra demostraba que las cosas podían ser de otra manera. El gobierno había organizado un ejército que se enfrentó al nazismo en los campos de batalla. Fue necesario también forjar una retaguardia que garantizara la resistencia de una población atacada y afectada por los bombardeos, pero también hubo que cambiar la producción y las formas de trabajo para que el país no se viniera abajo. Las mujeres se incorporaban a las fábricas y a los servicios, al igual que los desempleados no aptos para la guerra. También los habitantes de las colonias, personas de otras etnias, de otras lenguas y otros hábitos, se agregaban al esfuerzo colectivo de mantener vivo un país.

Así que, al acabar la guerra, otra preguntó se añadió a la anterior: si se había creado este espíritu colectivo en tiempos de guerra, ¿por qué no mantenerlo en tiempos de paz?

Ese fue el espíritu del 45 del que salieron reforzados los laboristas. El laborismo era una corriente política muy particular de la Gran Bretaña adherido a las corrientes socialistas y socialdemócratas europeas, vinculada estrechamente a la clase trabajadora y al sindicalismo británico y que en aquel momento habló directamente de socialismo. Querían construir en las islas una sociedad socialista. Claro que no se cuestionaban abiertamente las instituciones de clase, ni la monarquía ni el parlamentarismo estuvieron en su punto de mira. Pero el laborismo defendió un sistema público que debía convertirse en fundamental para el país.

Los laboristas ganaron ampliamente las primeras elecciones tras la guerra y a partir de ahí se reforzó el Sistema Nacional de Salud, se nacionalizaron los ferrocarriles y las minas, se estableció un sistema de vivienda que garantizó que toda la población accediera a una vivienda digna a un precio asequible, aumentaron los salarios y también los subsidios para las personas que perdían su empleo. La clase obrera participó incluso de estas mejoras a través de sus sindicatos.

Todo esto lo explica magníficamente Ken Loach en El espíritu del 45 a través de sus protagonistas, los políticos que participaron de la experiencia, también los de la oposición, así como los analistas y los sindicalistas, incluso muchos de quienes vivieron ese tiempo y fueron testigos y partícipes de aquellos logros.

Pero la historia, es sabido, no es un proceso en línea recta, hay avances y también retrocesos, varían las mentalidades y las ideas dominantes, se da una batalla intensa en el ámbito de las relaciones de poder y lo que establece el orden de las cosas de pronto se modifica y cambia, se destruyen las conquistas y se da un retroceso evidente, se pierde lo ganado, se empeora y se olvida que hubo tiempos mejores.

A partir de los ochenta el conservadurismo ganó terreno y se introdujeron tesis neoliberales que abogaban por reducir la intervención pública a lo mínimo en la economía, privatizando la producción y también, con el tiempo, aquellos ámbitos de la vida cotidiana, como la vivienda, que se fue convirtiendo no en un derecho o en un requisito de una vida digna, como establecieron las constituciones y leyes progresistas de unos años antes, sino que se volvió abiertamente un bien de consumo, una inversión, una forma de negocio y de enriquecimiento, a costa eso sí de los ciudadanos, reducidos a meros rehenes del negocio porque todo el mundo necesita un lugar donde vivir.



Además, toda esa izquierda laborista que consiguió mejorar las condiciones de vida de los trabajadores se adhirió a esa política liberal, dejó atrás un discurso obrero para adoptar unos cánones de clase media, más mediocre que mediana. Un ministro español socialista dio a finales de los ochenta el titular: «el que no se hace rico es porque no quiere». Lo aplicó a España, pero se podía decir para toda Europa.  

Hoy esa mentalidad especuladora neoliberal se ha normalizado entre nosotros. Se ha olvidado el espíritu del 45. En España sólo se llegó a conocer de perfil, unos pocos años, casi unos pocos meses. El triunfo del PSOE en 1982 causó la sensación de que íbamos a conocer algo parecido a lo que había ocurrido en Reino Unido casi cuarenta años antes. Pero duró poco la ilusión, se mejoró sin duda, se venía de donde se venía, pero pronto se adoptaron los nuevos valores del neoliberalismo, el enriquecimiento rápido, y de este modo de la clase media nacieron los nuevos ricos, a todas luces más ridículos, su expresión qué duda cabe más patética, y la fiesta se dio de bruces con sucesivas crisis, ya iniciado el siglo XXI.

Al igual que en Gran Bretaña, en España las ciudades luminosas ocultan sus miserias, la precariedad de una gran parte de la clase obrera, la ruina de la autodenominada clase media, los precios inasumibles de la vivienda, la pobreza entre bambalinas, los desahucios, la sensación de no poder cambiar nada, las luchas identitarias que van a lo suyo, reivindicaciones aisladas, divididas, incluso confrontadas, el aislamiento y una sensación de derrota colectiva que los lemas patrióticos no ocultan. El propio Ken Loach ha reflejado en sus otras cintas este estado de cosas. Hubo, sí, reacciones honrosas, la lucha de los mineros contra Thatcher o las protestas en las plazas españolas, pero la derrota estaba servida.

En este panorama, el desahucio de una anciana de un piso en el centro de Madrid se ha convertido en el símbolo de estos tiempos. Las protestas en las calles han avergonzado a un gobierno autoproclamado como progresista que muy lejos anda del espíritu del 45 y cuya única baza, parece ser, es que la alternativa es peor. Y lo es, no cabe ninguna duda.

viernes, 18 de septiembre de 2026

Miradas

 


En 2016 Daniel Calparsoro nos propuso en su película Cien años de perdón la historia de un atraco a un banco. Asistimos a lo que parece un plan clásico y bien organizado cuyo objetivo es el botín contenido en las cajas de seguridad. Sin embargo, ya desde el principio asistimos a una serie de entresijos que convierte lo que iba a ser un robo en una maraña de secretos políticos y mercantiles que se mueven tras una cotidianidad que oculta no pocas miserias. Lo vamos descubriendo después de saber, al inicio de la película, que existe una lista de despidos de trabajadores de la entidad bancaria y hay unos clientes con problemas en sus préstamos y en sus hipotecas que les van enredar la vida hasta volverla insoportable.

Pero esas desgracias cotidianas, graves de por sí, cada una de ellas con una historia detrás sin duda dignas de ser narradas, no llegan a desviar la atención sobre el núcleo central de la cinta que se halla en esa caja de seguridad en la que un político importante ha guardado una memoria con documentación clave y comprometida. El robo es en realidad una forma de desviar lo que es el objetivo real del atraco: conseguir toda esa documentación, que no se pueda llegar a emplear algún día contra intereses políticos del partido gobernante, que el escándalo de la corrupción no salte otra vez más a las primeras páginas de los medios de comunicación, que una vez más no veamos como las malas prácticas políticas se vuelven normales en un sistema con demasiadas cosas que ocultar.

No llegamos a conocer los detalles contenidos en esa memoria. No es necesario. La elipsis no molesta porque el espectador conoce muy bien el contexto en el que se desarrolla la vida política actual en las democracias avanzadas al que se refiere la película, un hilo de corrupciones, negocios turbios, intereses inconfesables, acuerdos discretos de repartos de comisiones, utilización de lo público con fines privados, decisiones sobre cuestiones públicas que favorecen negocios particulares. Da igual lo que describa toda esa documentación: ya estamos habituados a un sinfín de casos, nos hemos acostumbrado tanto que ni siquiera es necesario su descripción, no aporta nada a estas alturas de nuestra historia.

Podemos incluso asumir, una vez más, que la realidad supera la ficción.



Porque la realidad nos dota de casos suficientes como para imaginar lo que hay en esa elipsis, para rellenar ese vacío sin ningún esfuerzo; tampoco nos escandalizaría además saber lo que pudieran contener esos archivos, no lo necesitamos conocer, tal es la gravedad de la situación real, una corrupción que se ha vuelto ya parte del paisaje político, nada sorprende, hemos dado carta de naturaleza al clientelismo en la política, a los peajes que hay que pasar en la gestión pública, a que se fundan los intereses privados con los públicos.   

Tiene razón José Ovejero cuando nos dice en Los ángeles feroces que la realidad contiene hechos difuminados cuya importancia depende de cómo nos los cuentan, hasta el punto de que la realidad, al igual que el pasado, no es otra cosa que eso mismo, lo que nos cuentan, sin que sirvan siquiera las percepciones personales. En su novela, la historia viene enmarcada en un paisaje postapocalíptico que no llega a sorprendernos, como ocurre en la película de Calparsoro con la corrupción. tal vez porque nos describe lo que ya estamos viviendo.

El contexto determina el modo como el receptor recibe el mensaje, suscita en gran medida el grado como nos sorprende, nos escandaliza o nos cuestionamos la realidad. Daniel Calparsoro se permite la elipsis de los contenidos de la documentación guardada porque los espectadores, a estas alturas, estamos curados de espanto mientras que José Ovejero no tiene que acentuar los detalles del apocalipsis porque muchos de ellos forman parte ya de nuestro entorno. Lo describe con la misma normalidad con la que lo vivimos.

En este sentido, nos podemos preguntar si recibimos hoy del mismo modo la descripción de la distopia descrita por Georges Orwell en 1984 que sus lectores de 1949, cuando se publicó la novela. Es verdad que esos primeros lectores habían vivido el nazismo y la guerra, conocían también el control férreo y obsesivo del estalinismo. Sin embargo, a pesar de ello, los peligros descritos en la novela no estaban seguramente tan presentes en sus vidas, la manipulación y el control de la sociedad eran a todas luces más un peligro que una realidad. O quizá no lo percibieran del mismo modo que nosotros, que asistimos a un modelo más sutil en lo que a control se refiere.

Puede que lo asumamos también como la corrupción que no escandaliza. Corrupción y manipulación forman parte del paisaje, es la normalidad de nuestra época. Incluso los debates sobre las varias corruptelas actuales en las instituciones parecen un programa de entretenimiento más, un Gran Hermano televisivo como divertimento un tanto zafio, pero divertimento al fin, algo que hace gracia, que nos causa indiferencia. Como ese anuncio sobre la IA que acelera el transhumanismo y que no nos causa extrañeza ninguna.