viernes, 18 de septiembre de 2026

Miradas

 


En 2016 Daniel Calparsoro nos propuso en su película Cien años de perdón la historia de un atraco a un banco. Asistimos a lo que parece un plan clásico y bien organizado cuyo objetivo es el botín contenido en las cajas de seguridad. Sin embargo, ya desde el principio asistimos a una serie de entresijos que convierte lo que iba a ser un robo en una maraña de secretos políticos y mercantiles que se mueven tras una cotidianidad que oculta no pocas miserias. Lo vamos descubriendo después de saber, al inicio de la película, que existe una lista de despidos de trabajadores de la entidad bancaria y hay unos clientes con problemas en sus préstamos y en sus hipotecas que les van enredar la vida hasta volverla insoportable.

Pero esas desgracias cotidianas, graves de por sí, cada una de ellas con una historia detrás sin duda dignas de ser narradas, no llegan a desviar la atención sobre el núcleo central de la cinta que se halla en esa caja de seguridad en la que un político importante ha guardado una memoria con documentación clave y comprometida. El robo es en realidad una forma de desviar lo que es el objetivo real del atraco: conseguir toda esa documentación, que no se pueda llegar a emplear algún día contra intereses políticos del partido gobernante, que el escándalo de la corrupción no salte otra vez más a las primeras páginas de los medios de comunicación, que una vez más no veamos como las malas prácticas políticas se vuelven normales en un sistema con demasiadas cosas que ocultar.

No llegamos a conocer los detalles contenidos en esa memoria. No es necesario. La elipsis no molesta porque el espectador conoce muy bien el contexto en el que se desarrolla la vida política actual en las democracias avanzadas al que se refiere la película, un hilo de corrupciones, negocios turbios, intereses inconfesables, acuerdos discretos de repartos de comisiones, utilización de lo público con fines privados, decisiones sobre cuestiones públicas que favorecen negocios particulares. Da igual lo que describa toda esa documentación: ya estamos habituados a un sinfín de casos, nos hemos acostumbrado tanto que ni siquiera es necesario su descripción, no aporta nada a estas alturas de nuestra historia.

Podemos incluso asumir, una vez más, que la realidad supera la ficción.



Porque la realidad nos dota de casos suficientes como para imaginar lo que hay en esa elipsis, para rellenar ese vacío sin ningún esfuerzo; tampoco nos escandalizaría además saber lo que pudieran contener esos archivos, no lo necesitamos conocer, tal es la gravedad de la situación real, una corrupción que se ha vuelto ya parte del paisaje político, nada sorprende, hemos dado carta de naturaleza al clientelismo en la política, a los peajes que hay que pasar en la gestión pública, a que se fundan los intereses privados con los públicos.   

Tiene razón José Ovejero cuando nos dice en Los ángeles feroces que la realidad contiene hechos difuminados cuya importancia depende de cómo nos los cuentan, hasta el punto de que la realidad, al igual que el pasado, no es otra cosa que eso mismo, lo que nos cuentan, sin que sirvan siquiera las percepciones personales. En su novela, la historia viene enmarcada en un paisaje postapocalíptico que no llega a sorprendernos, como ocurre en la película de Calparsoro con la corrupción. tal vez porque nos describe lo que ya estamos viviendo.

El contexto determina el modo como el receptor recibe el mensaje, suscita en gran medida el grado como nos sorprende, nos escandaliza o nos cuestionamos la realidad. Daniel Calparsoro se permite la elipsis de los contenidos de la documentación guardada porque los espectadores, a estas alturas, estamos curados de espanto mientras que José Ovejero no tiene que acentuar los detalles del apocalipsis porque muchos de ellos forman parte ya de nuestro entorno. Lo describe con la misma normalidad con la que lo vivimos.

En este sentido, nos podemos preguntar si recibimos hoy del mismo modo la descripción de la distopia descrita por Georges Orwell en 1984 que sus lectores de 1949, cuando se publicó la novela. Es verdad que esos primeros lectores habían vivido el nazismo y la guerra, conocían también el control férreo y obsesivo del estalinismo. Sin embargo, a pesar de ello, los peligros descritos en la novela no estaban seguramente tan presentes en sus vidas, la manipulación y el control de la sociedad eran a todas luces más un peligro que una realidad. O quizá no lo percibieran del mismo modo que nosotros, que asistimos a un modelo más sutil en lo que a control se refiere.

Puede que lo asumamos también como la corrupción que no escandaliza. Corrupción y manipulación forman parte del paisaje, es la normalidad de nuestra época. Incluso los debates sobre las varias corruptelas actuales en las instituciones parecen un programa de entretenimiento más, un Gran Hermano televisivo como divertimento un tanto zafio, pero divertimento al fin, algo que hace gracia, que nos causa indiferencia. Como ese anuncio sobre la IA que acelera el transhumanismo y que no nos causa extrañeza ninguna.