Parece
mentira a estas alturas la irrupción de tanta bestia parda. Surgen de pronto y de
lo más siniestro de nuestras sociedades los que no ocultan su odio racial, su
rechazo al otro, al que posee una tonalidad de piel diferente o un fenotipo que
no concuerda con un nosotros de límites difusos, al que habla idiomas que
no son el oficial, el nuestro, o profesa otras creencias y tiene
distintos hábitos, come de otra forma, ambiciona una vida mejor o huye de la
guerra, de la opresión, de los desastres naturales.
Las
redes sociales han dado carta blanca a tales tipejos. Que se vuelvan a sus países,
dicen; remigración, claman. Se organizan en partidos y se envalentonan. Asocian
inmigración y delincuencia. Poco les importa que los veamos temprano en los
buses o en los trenes, camino al trabajo, o por la tarde, de vuelta a sus
casas. Que oigamos sus idiomas y sus acentos en las muchas obras de nuestras
ciudades. No quieren saber que en las provincias en los que estos racistas de
nuevo cuño abundan miles de personas recogen fresas, lechugas, cerezas,
tomates, una buena parte de ellos sin residencia legal, cobrando sueldos
míseros. Lo llevan en los genes, llegan a decir, su maldad y su inferioridad,
sólo quieren vivir de las ayudas, afirman, sustituirnos, apoderarse de lo
nuestro, delinquir. Es un supremacismo que desdibuja la realidad.
A
veces se muestran benévolos, la benevolencia de quien se siente superior, y
aclaran no ser racistas, aceptan al buen inmigrante, al que se asimila a
nuestras costumbres, se olvida de su cultura, aunque nunca acabará siendo de
los nuestros, salvo que tengan fortuna, los árabes ricos que viven en Marbella,
no son moros, los latinoamericanos millonarios del barrio de Salamanca, no son
panchos, los negros que juegan en nuestros equipos de fútbol. Tampoco a quienes
tachan de terroristas a los musulmanes parece molestarles que la Liga Española
se juegue por unos días en Arabia Saudí. Puede que haya en realidad más aporafobia
que racismo.
Mientras,
nuestras ciudades se llenan de diversidad. Claro que a veces la convivencia no
es sencilla. Se levantan muros por ambas partes, hay miradas de desconfianza u
otras que cosifican: ¿quién recogerá las cosechas o acompañará a nuestros
mayores? «Pedimos trabajadores y llegaron personas», escribió Max Frisch hace
más de cincuenta años cuando en Suiza se intentó expulsar a… italianos. Eso sí,
a quienes pretendieron tal barbaridad no parecía molestarle los rasgos étnicos
de quienes ingresaban en sus bancos sus buenos capitales. Suiza lava más
blanco fue el título de un ensayo del sociólogo Jean Ziegler sobre la
maquinaria bancaria de su país. Y claro, entre esas personas que nos llegan
también hay indeseables.
Hablando
de Suiza, sería bueno volver a ver la película Un franco, 14 pesetas
(2006) del director Carlos Iglesias sobre trabajadores españoles en aquel país.
Sin duda, como suele ocurrir, la realidad supera la ficción. En los años
sesenta miles de españoles emigraron. En 1971 Roberto Bodegas realizó la película
Españolas en París, un drama con ciertos toques costumbristas que refleja
el desarraigo de esa emigración. Las bestias pardas nos contarán que no es lo
mismo, nada que ver con lo que tenemos ahora, una idealización de nuestros
emigrantes que olvida lo parecidos que son a menudo los procesos migratorios. O
los del asilo, el que sufrieron tantos españoles después de la guerra incivil
no muy diferentes a los que vienen huyendo de otras guerras.
Acercarse
a la diversidad étnica en una ciudad no resulta fácil. No es difícil en este
sentido dejarse llevar por tópicos, estereotipos, buenas intenciones, corrección
política o parcialidad. Lo consigue sin embargo Arantxa Echevarría que nos
propuso en 2023 la película Chinas, una mirada casi de antropóloga sobre
la comunidad china en un barrio de Madrid y las dificultades en la
cotidianidad. Nos muestra el conflicto en la familia oriental cuyos padres
sacrificados viven con tensión una realidad que les aísla, les desarraiga y les
golpea en lo emocional, mientras la hija mayor, Claudia, interpretada por Xing
Ye, sufre por estar entre dos mundos en los que no acaba de integrarse ni ser
aceptada. Ni siquiera parece aceptarse a sí misma. Su madre, rigurosa, vive
sólo para el bazar, apenas habla español y mira con desconfianza a sus
clientes, incluso a Amaya, interpretada por Carolina Yuste, que compra por la
noche en su tienda y se encariña con la hija pequeña, Lucía, interpretada por
Daniela Shiman Yang.
Al
mismo tiempo asistimos al conflicto en otra familia, la de Sol (Leonor Watling)
y Julián (Pablo Molinero) que adoptan a Xiang (Elia Qiu), llevados por no poca
idealización de cómo educarla, creando otro conflicto por lo que se es, no se
es y las miradas de cada cual. Tal vez percibamos en algún momento que los
rasgos físicos, los fenotipos, no determinan una identidad cultural.
La
mirada de Arantxa Echevarría es como un bisturí que nos abre los interiores de
los grupos étnicos. Lo consigue también en Carmen y Lola (2018) con
respecto a la comunidad gitana y el conflicto que una determinada orientación
sexual crea entre sus miembros. No hay juicio de valor, sólo se muestra ese conjunto
de creencias, hábitos y emociones en los que a menudo nos categorizamos los humanos
y que nos superan, en un sufrimiento difícil de afrontar.




