martes, 23 de junio de 2026

Anatomía de un instante

 


Javier Cercas se pregunta en Anatomía de un instante si la ética política no es en sí misma un oxímoron. Todos somos conscientes, salvo los ingenuos, de que todo Estado, cualquiera que sea su orientación o sus (pretendidos) principios, está basado en la violencia, en la arbitrariedad, en gran medida en la injusticia. Del conflicto en su seno, de las luchas de poder y de la dialéctica de los intereses particulares dependerán las líneas maestras de quien ejerza el poder. O los poderes, porque en una sociedad contemporánea, con su complejidad, son a todas luces varios los poderes existentes, se solapan entre ellos, se muestran o se esconden con desfachatez o impunidad, con descaro o con discreción.

Fue en 2009 cuando apareció este libro, Anatomía de un instante, que describe y analiza los hechos acaecidos durante la transición y que desembocaron en aquel 23 de febrero de 1981, cuando un grupo de guardias civiles irrumpieron en el pleno que debía elegir al sustituto de Adolfo Suarez. Javier Cercas da vueltas alrededor de varias fotos fijas que quedaron grabadas de aquella larga jornada, la de un Parlamento tomado por sorpresa, la de Suárez o Carrillo inmóviles en sus escaños mientras zumbaban las balas, la de Gutiérrez Mellado enfrentado a los guardias civiles, las de un teniente-coronel amenazante, las de un país paralizado, incapaz de reaccionar, temeroso, las de un Rey que se dirige al país en la madrugada. Javier Cercas nos da varias claves de los hechos, nos habla de los diversos personajes con un papel fundamental en aquellas horas, va perfilando una trama que, es cierto, si no estuviera grabada, si no hubiera quedado en el recuerdo de quienes lo escucharon por la radio o vieron después las imágenes, pensaríamos hoy que es pura ficción.

El autor, de quien conocemos su trayectoria progresista, no lo oculta, tenemos sus libros, hemos leído no pocos artículos, leer su obra es siempre una discusión honesta a través de sus escritos, agradable, grata, confirma en gran medida lo que muchos pensamos, que no fue un golpe duro, que quien decidió los pasos a dar buscaba más un pronunciamiento, una reordenación del mapa político, no una vuelta atrás, sólo unos pocos ingenuos de aquel bando se creyeron la dialéctica bravucona de salvar no sabemos qué, y en cierto modo el libro reafirma un discurso institucional, ensalza a los protagonistas, pese a sus claroscuros. Claro que nadie es siempre el mismo. Como el río cuyas aguas no son siempre las mismas, aunque siga siendo río, cambiaron a lo largo de su trayectoria. Y tampoco es que Cercas nos dé una imagen edulcorada de los protagonistas, permite que tengamos nuestras valoraciones, las mantengamos, las perfilemos, las modifiquemos incluso.

Al mismo tiempo nos recuerda que ningún hecho surge de la nada, nada sale de la nada, podemos remontarnos hacia atrás en elementos previos que explican muchas cosas, así no podemos dar una fecha fija que fuese el origen absoluto del 23 febrero, siempre podemos remontarnos hacia atrás, tampoco acabó con el juicio y las sentencias y los recursos. Después del 2009, cuando apareció Anatomía de un instante, supimos cosas que sin duda cambian nuestra perspectiva de los protagonistas de aquel momento. Que justifican tal vez que la ética política sea un oxímoron. Que lima muchas de las apreciaciones de aquel instante. Pensar sobre aquel hecho cuarenta y cinco años después es cambiar lo que sin duda se pensó nada más sucedido.

Resulta por tanto inevitable preguntarse si la sociedad actual es la misma que la de entonces. A todas luces no, en absoluto. Han pasado muchas cosas. Aunque el Estado autonómico siga estando en candelero hoy, con ese capítulo entre el absurdo y el histrionismo que fue el procés, que tan bien delinea una novela, Catalanes todos, de Javier Pérez Andújar. La crisis económica afecta a millones de personas, a pesar de que la macroeconomía no vaya mal. Descubrimos que el Rey, que pudo ser firme en aquel instante con su defensa de la legalidad vigente, escondía a la vez vericuetos no tan honrosos. Y se conserva mal que bien una democracia basada en el oxímoron mencionado.

Podemos preguntarnos si la sociedad española sería hoy tan pasiva de tener que enfrentarse a un reto parecido. Es verdad que hubo un 15m de movilizaciones tan necesarias, en un momento en que la sociedad desarrollada y del bienestar parecía derrumbarse a pedazos. Pero muy pronto ese movimiento de protesta se llevó de nuevo al redil institucional, de vuelta a la desmovilización. Quizá más que pasividad causada por el temor o el miedo tengamos que hablar de desencanto, esa palabra que surgió a mediados de los ochenta, cuando los hechos del 23F se diluyeron en algo parecido a la ficción, un vago recuerdo, apenas un instante, y que podemos seguir empleando hoy, desencanto por ser meros testigos de la historia.

sábado, 23 de mayo de 2026

Calladita

 


«Pedimos mano de obra y llegaron personas». Lo dijo el escritor suizo Max Frisch en 1965 al referirse a la cosificación de los inmigrantes que llegaban a su país en aquella época y a los que se trataba como meros objetos, cuasi mercancías. Los argumentos a favor y en contra de aquella inmigración no debían de ser muy distintos a los que se emplean hoy en España, desde hace varios lustros receptora de inmigrantes.

Frente a los comentarios, a todas luces falsos o cuanto menos exagerados, de que las personas procedentes de otros continentes vienen a delinquir o a aprovecharse de los servicios sociales, todos ellos, además, o que desvirtúan las culturas locales, como si éstas fueran estáticas desde hace siglos, quienes apoyan la inmigración, o proyectan al menos una mirada positiva, se refieren a ella en términos económicos: ocupan los inmigrantes los puestos de trabajo que los españoles no asumen, las peores labores, las actividades más duras, las peor pagadas, contribuyen con sus cotizaciones a la caja común, cuando están regularizados, son en definitiva un elemento de mejora en la economía.  

Ambas posiciones deshumanizan claramente a la persona que cambia de país, que parte de su lugar de origen por necesidad económica, para mantener a sus familias, para enviar dinero y mejor la situación de los suyos, y a veces también de su entorno más inmediato, o por persecución política o social, para salvar la vida, o en los últimos lustros por la crisis medioambiental que afecta a sus regiones, se habla incluso de refugiados climáticos. Y sí, a veces caen en la marginalidad, en actividades delictuosas. Se les oculta detrás de una máscara lingüística, se habla de inmigrantes, no de personas que se trasladan a otros países; se habla de menas, no de menores o incluso niños que llegan sin padres o tutores, solos. Son inadaptados o mano de obra. Delinquen, se aprovechan de nuestro Estado social o son trabajadores que, imaginamos, sólo trabajan y ahorran, sea de un modo legal o no, en la economía sumergida, sin más vida que enviar sus remesas de dinero, encerrados en sus barrios, casi guetos, apartados de la clase trabajadora local.

Pero son personas las que llegan.



El director Miguel Faus nos ofrece en su película Calladita (2023) un retrato magnífico de lo que hablamos. Ana, interpretada por Paula Grimaldo, trabaja desde hace poco para una familia burguesa catalana. La familia la lleva a su casa de vacaciones, lujosa, a pasar el verano a su servicio. A que se ocupe de la casa, de la comida, de la vida cotidiana, de aquellas labores secundarias, subalternas. De su trabajo va a depender no sólo la continuidad de su puesto después del verano, sino también que se gestionen sus papeles de residencia. Parte de su sueldo se irá a Colombia, a contribuir a que su hermana pequeña pueda estudiar en la universidad.

La pareja burguesa, Andrea y Pedro, interpretados por Ariadna Gil y Luis Bermejo, la tratan bien, al menos eso parece. Al igual que sus dos hijos jóvenes, Claudia y Jacobo, interpretados por Violeta Rodríguez y Pol Hermoso, al principio muestran hacia ella no poca familiaridad, incluso la llevan una tarde a un recorrido en yate. Eso sí, Ana sigue vistiendo su vestido de las faenas, no se vaya a olvidar de sus funciones, las cuales se le recuerdan constantemente, que tiene que mantener la casa ordenada, perfecta, más cuando hay fiestas, ella ha de cumplir durante todo el día las faenas encomendadas, sin poder salir. Eso sí, todo por su bien.

Pero Ana es también una chica joven con una vida propia y unos deseos de experimentar y de vivir. Conoce a Gisela, con quien sale a escondidas a fiestas, a divertirse, a vivir en definitiva.

A medida que transcurre la cinta, vemos que las relaciones no son tan cordiales. Que hay explotación, estereotipos que rigen las relaciones sociales, incluso abusos. Que esa burguesía catalana, tan moderna y culta, tan guapa, es en el fondo igual que cualquier otra burguesía que pone las cosas en su lugar y a cada uno en su sitio. Por mucho que haya un discurso integrador, o lo hubo hasta hace bien poco, con un discurso que distribuía incluso nacionalidades, les acogemos, parecían decir, los integramos, los consideramos de los nuestros, catalanes como nosotros, como si ser colombiano o extremeño fuera un punto inferior, pero eso sí, sin olvidar que puesto ocupa cada cual en el orden social.

Sin duda, no será muy diferente en cualquier otro lugar de España, con una burguesía que tiene muy claro que tras la fachada hay un férreo sistema de jerarquías bien engrasado. Pero en los últimos años el racismo y la xenofobia ha desbordado el debate público. Se proclama la necesidad de una ordenación de la inmigración. Los más extremos claman por la expulsión generalizada, como si eso no afectara la economía real. Los más moderados repiten hasta la saciedad que los inmigrantes benefician la economía y muchos se han adaptado al país de destino. Todos pretenden en realidad que, como Ana, cada persona que venga se quede en su rincón, calladita.

jueves, 23 de abril de 2026

Atusparia

 


Cree la protagonista de Atusparia que «no hay que inventar las utopías de cero, las utopías de los vencidos siempre han estado ahí para quien quiera tomarlas». En su novela, Gabriela Wiener nos cuenta el proceso político de una mujer que adopta el nombre de un líder indígena del siglo XIX. Ella forma parte de ese sector de la población peruana, sin duda amplio, que en la historia reciente de su país vive en tierra de nadie, entre límites forjados a lo largo de la historia, en un momento además violento y repleto de incertidumbres. Se compromete políticamente y vive con intensidad los debates, los encuentros y desencuentros, las luchas internas, a veces violentas con la irrupción de las guerrillas, opta ella por la vía política y acaba siendo candidata a la presidencia, siendo víctima de maquinaciones e intrigas.

El trasfondo de la novela está en esa izquierda que contempla la caída del Muro de Berlín, la desaparición de la URSS y sus satélites, la acción virulenta de Sendero Luminoso, que se vuelve un obstáculo sanguinario para la izquierda transformadora, una izquierda que vive envuelta en cismas, discusiones, juegos de artificios que no llevan a ninguna parte, intentos de pureza ideológica o de lo contrario, consensos y mezcolanzas de proyectos, desistimientos de objetivos, clamores por unidades a cualquier precio o nuevas disensiones que tienden otra vez a los cismas. Los últimos años del siglo XX fue en cierto modo un clamor en el desierto para la izquierda, en un momento en que se vaticinó que la historia daba a su fin, el capitalismo había triunfado e incluso podía quitarse la careta de la preocupación social porque nada le hacía contrapeso. Surge así el neoliberalismo, un salto más en el capitalismo tardío que saca de sus prácticas las políticas sociales, todo debía estar en manos del mercado, incluso lo que hasta hace bien poco se concebía como derechos. Milei lo ha dejado claro: la educación no es un derecho, en absoluto. O lo que es lo mismo: quien quiera instrucción que se la pague. Como por el camino hemos disminuido las ayudas sociales, ya sabemos quiénes podrán estudiar bajo su mandato.

Es un fenómeno mundial: el eje se ha desplazado tanto a la derecha que incluso la socialdemocracia parece hoy revolucionaria. De socialcomunista tachan algunos al gobierno de coalición español, formado por el PSOE -un mero repaso a las políticas de este partido en los últimos cuarenta años deja claro su aceptación y defensa del capitalismo- y Sumar -pura socialdemocracia su programa-, mientras las grandes empresas siguen ganando dinero a espuertas, sin que se las haya tocado un ápice de su capital privado, sin atreverse más que de un modo tímido, cuasi vergonzante, a tasar sus beneficios, sin haber intervenido el mercado de la vivienda, sólo medidas que son más bien tiritas para afrontar los precios exagerados, aplicando, es cierto, algunas medidas de ayuda social, sin duda importantes, pero que quedan ensombrecidas por la crisis que se avecina, tan amenazante.

Mientras, la izquierda de esta izquierda socialdemócrata que parece radical en este nuevo panorama político está prácticamente desaparecida, quedan algunos grupúsculos que claman otra vez en el desierto, apenas hay unos pocos focos en Francia, en América Latina, pero sin apenas fuerza, en un momento en el que hasta los sandinistas, una esperanza roja en los ochenta, son hoy una caricatura ridícula alrededor de un egocéntrico Daniel Ortega.

Malos tiempos para la izquierda, podríamos decir, a pesar de los cantos de sirena o de ese llamamiento en España de Gabriel Rufián por unir «a las izquierdas», en una pirueta extraña por su parte, de los pactos con la derecha catalana y la independencia hace apenas diez años a querer encabezar un proyecto estatal que parece más bien un intento de salvar los muebles, aunque es indudable que la amenaza de la extrema derecha, con sus debates inanes y el retroceso que conllevaría, marca una variable a tener en cuenta.

En América algunos gobiernos progresistas ejercen sus gobiernos en contra de esa marea neoliberal. Pero sin duda nada tiene que ver con el trasfondo que vemos en la novela de Gabriela Wiener. Ese tiempo ha pasado. O tal vez no, la pobreza y la amenaza de la guerra siguen allí, la explotación de los más débiles o las políticas imperiales continúan presentes en la realidad, la vida sigue sombría en un mundo de beneficios y ganancias para unos pocos; la cuestión es cómo lo afrontamos, cómo lo vivimos.  Asunción Grass, el personaje de Atusparia que ejerce de contrapeso de la protagonista afirma: «la literatura es donde se vuelve a juzgar la historia, donde se reabre el expediente. ¿Un libro puede ser llave, abrir un calabozo?»

Quizá esa arma cargada de futuro de la que hablaba Gabriel Celaya no cambie el mundo. Pero ayuda a comprenderlo, que ya es mucho en estos malos tiempos, una literatura que nos habla de los vencidos, que nos refleja frente a los cantos de sirena.

sábado, 11 de abril de 2026

Los símbolos


 

«Nada nace de lo que no existe». Lo dice Epicuro en su epístola a Heródoto y, como si pretendiera incidir en la visión de las cosas humanas de su destinatario, el historiador griego, añade: «El universo siempre fue tal como ahora es, y que siempre será así, puesto que no hay nada en que transformarse».

Qué duda cabe de que la segunda afirmación deja un poso de fatalidad si la aplicamos a la realidad humana, a la historia de las diferentes sociedades que componen el mundo, y sin duda lo confirmamos si lanzamos una mirada hacia lo que ocurre ahora mismo, a esas guerras que se extienden, no sin los viejos clichés con que se siguen legitimando los genocidios, las tiranías e incluso las actividades turbias de las democracias decadentes, promovidas por los nuevos sofistas y que han persistido, empeño nefasto, como hasta hace bien poco incluso en países desarrollados, cultos y ejemplares, en esta misma Europa orgullosa, por ejemplo, que se erigen en modelo pero que no puede ocultar bajo sus alfombras lujosas el horror de los crímenes habidos.

Nada nace de la nada, todos los efectos tienen sus causas y todas las causas producen sus efectos.

Aunque le pongamos una fachada ornamentada o redactemos discursos elogiosos, intuimos que detrás no hay nada nuevo, «nada nuevo bajo el sol» en palabras atribuidas al Rey Salomón, no muy distantes en su sentido a las del filósofo griego.

Lo aplicamos a cualquier época y a cualquier lugar, no dejamos de sentir en ocasiones que la realidad es una sucesión de causas y efectos sin remedio, eslabones sin más objeto que mantener la cadena de la historia, quién sabe si sucesión sempiterna o dirigida a un inevitable final de los tiempos.

¿De dónde vienen, por ejemplo, las corrupciones y corruptelas que vuelven a ser tema central en los debates políticos españoles, si es que alguna vez se ha dejado de hablar de corrupción en España? Comienzan dos juicios que afectan a los dos partidos principales en España y se juntan a otro, el del Clan de los Pujol, proceso que está debida y sospechosamente silenciado en los medios de comunicación y en las mesas de los tertulianos mediáticos. ¿De qué son efectos tales casos?¿Hay algo connatural a la historia del país?¿Es específica del actual periodo de democracia, una vez asentada la transición, no en vano todos las etapas habidas han acabado con casos escandalosos y se reproducen además en cada comunidad autónoma, con mayor o menor intensidad?¿Podemos remontarnos a otros momentos de la historia reciente del país?

A la espera de una historia general de la corrupción en España, es plausible acudir a una novela cuasi olvidada del escritor catalán Francisco González Ledesma, Los símbolos. En ella vuelve a describir la Barcelona de los barrios pobres, la de la miseria y la de las resistencias, la de los callejones miserables en los que convivían personas muy peculiares, muchos de ellos retratados por el autor, la de los rincones en los que confluyeron revolucionarios, desalmados, apolíticos, prostitutas, ladronzuelos, buscavidas, chaperos, obreros, modistas, taberneros, artistas; por ahí anduvieron también Jean Genet, Víctor Serge o Georges Orwell.

En su novela, González Ledesma nos habla también de la otra cara de la moneda, la de una burguesía vencedora de la guerra y que vuelve a sus negocios, siempre bajo la protección de un Estado, da igual quien gobierne y bajo cualquier régimen, al fin y al cabo todos ellos logran calmar los temores de esa burguesía a los peligros de la revuelta, de la revolución, del caos. Es esa burguesía que gusta presentarse como innovadora, liberal, culta y europea, pero que no le hace ascos, como se refleja en la novela, al franquismo. Se adapta a cualquier cosa para sacar adelante los negocios.

Y por supuesto en la novela la corrupción está presente en forma de acuerdos turbios, de artimañas empresariales, de tejemanejes, de intereses y artificios. Lo descrito en Los símbolos, publicada en 1987, bien pudiera ser la antesala de nuevos negocios realizados hoy.

El autor le confesó a su editor que la novela fue un ajuste de cuentas con sus fantasmas del pasado, los de la posguerra, su forma de poner orden en su memoria, en los recuerdos de esa Barcelona que supo describir a través de sus libros. Pero qué duda de que aquel instante de la ciudad no deja de ser un eslabón más en la historia de la ciudad, del país. Por mucho que hayan cambiado los tiempos y Barcelona sea hoy más bien un parque temático para deleite de turistas y de ejecutivos de las ferias. A pesar también de que se haya querido olvidar esa Barcelona canalla que González Ledesma conoció y describió, o a lo sumo se pretenda presentar como parte del espectáculo actual, por deferencia a artistas e historiadores. Todo sigue teniendo al fin ese aroma a pétalos de rosa de los salones burgueses de toda la vida.

 

domingo, 5 de abril de 2026

Cartas

 


Vivian Gornick nos habla con nostalgia del tiempo de los «epistológrafos», los que, como ella, como sus amigos, escribían cartas. No tanto por decisión ni por necesidad, sino como forma de vida. A través de las epístolas, de su escritura silente y apasionada, sus escribientes se posicionaban en el mundo, ordenaban las ideas, poseían el tiempo y los espacios abiertos que describían con lentitud, se transmitían unos a otros esa visión de las cosas como experiencia de vida que había que compartir, volvían en común lo que eran percepciones individuales y así se avanzaba en una reflexión comunitaria, enriquecedora, social.

En el capítulo «Escribir cartas» del libro Mirarse de frente, publicado por Sexto Piso, la autora neoyorquina cita a Philip Larkin, que rememora ese mismo mundo de «epistológrafos» en el que «las cartas se reciben con avidez y se entregaban con fidelidad».

«Escribir una carta es estar a solas con mis pensamientos ante la presencia evocada de otra persona», nos dice la escritora, y con ello nos habla de la soledad, del silencio, de la comunicación como formas de sociabilidad que se han perdido en este mundo contemporáneo y de prisas sin sentido, en el que todo pasa con rapidez, los medios de comunicación nos cuentan los hechos al momento, de inmediato, abundan los directos, el tono acucioso, algo bronco y tremebundo, y al instante los olvidan para recoger nuevos hechos que adoptan la misma presteza.

Del mismo modo que Zweig vio desparecer un mundo y surgir otro, Vivian Gornick describe ese cambio del que es testigo. Hay nostalgia, en efecto, la sensación de que lo que brota es a todas luces peor, algo sin duda terrible en quien, como la autora, aspira a una sociedad distinta, mejor. Pero en esos detalles se ve que algo falla y empeora. Claro que es algo propio del paso de las generaciones que van pasando apreciar que las nuevas generaciones se plantean las cosas peor y tal vez no sea tanto la valoración negativa que le damos a las nuevas expresiones lo que importe, sino el hecho de que sólo son diferentes. Ya ocurría incluso en la Grecia clásica. En definitiva, se trata de algo propio de viejunos que van viendo que lo suyo se diluye en el presente y añora entonces lo que fue. Así lo podemos considerar en cierto modo.

Pero es cierto que se han dejado de escribir cartas, en parte por la aparición de nuevos canales de comunicación más inmediatos. También hemos dejado, parece ser, de hablar, de charlar plácidamente, lo menciona Vivian Garnick en su capítulo. Hubo un tiempo de reuniones vespertinas en pueblos y barrios, de charlas de vecindades que compartían impresiones, describían hechos, recuerdos y vivencias. Ya apenas se habla así en nuestras ciudades y pueblos, tal vez en los bares y cafés, pero sin duda ocurre de otra manera, ya no existen las antiguas tertulias, aquellas que nos describía Cansinos Assens en su La novela de un literato, a todas luces una larga epístola en el que nos describe lo que fueron aquellos encuentros. Intercambiar visiones de la vida, es lo que se hacían en los mismos. Era justo esto lo que se daba en Bissau, al anochecer, cuando en el barrio de Antula la gente me describía cosas del país, se hablaba de la vida, no tan diferente a lo que ocurría en otros lares. Sólo cambian los detalles, la esencia es igual en todas partes.

Pero puede que sea todo vana nostalgia. O quizá sea la sensación de haber perdido demasiado por el camino, un efecto de lo que no ha podido ser, la melancolía por lo que no se ha dado, sin necesidad de comparar, un simple echar de menos. Justo esto, dicen, es la saudade, la sodade que cantaba Cesárea Évora, cadencia de toda nostalgia que pasa ineludiblemente de una generación a otra.

jueves, 12 de marzo de 2026

Requiem de guerra

 


«¿Qué fúnebres tañidos se ofrendan / para estos que mueren como ganado? / sólo la ira monstruosa de los cañones… / … y el rápido tartamudeo de los rifles / pueden escupir una apresurada plegaria». Son palabras que aparecen en el Réquiem de guerra, el libreto de Benjamín Britten para la Misa de Difuntos con que se reconsagró en 1962 la Catedral de Coventry. El edificio quedó destruido durante un bombardeo el 14 de noviembre de 1940, en aquella guerra infame, aunque todas las guerras lo son, que produjo millones de víctimas y destruyó medio mundo.

Nadie mejor que el músico británico para ese encargo: pacifista reconocido, antibelicista convencido, se negó a participar en las matanzas, se enfrentó a la maquinaria de guerra, se declaró objetor de conciencia en 1942, tras regresar al Reino Unido después de una estancia en Estados Unidos, y fue blanco de no pocas críticas por su posición contraria a tomar las armas contra los soldados del otro lado, ciudadanos que no eran su enemigo, en absoluto. En aquel momento se recuperaron no pocas proclamas para enaltecer el espíritu bélico. «Dulce et decorum est pro patria mori», había escrito Horacio varios siglos antes, lema esculpido en los frontispicios mentales de las naciones, emblema de los patriotas de todo cuño, sobre todo de aquellos que envían a otros a matar y a morir, «dulce y honorable es morir por la patria», algo que otro británico, el poeta Wilfred Owen, no dudó en calificar de vieja mentira. Supo de lo que hablaba: él mismo acabó muriendo en Francia el 4 de noviembre de 1918, apenas unos días antes del armisticio, durante una batalla, soldado consciente a medida que combatía del mal de las armas. El compositor lo homenajeó al trasladar a su Requiem de guerra algunos de sus poemas, de ese modo unieron los dos conflictos mundiales, ambos en un mismo siglo, hasta el punto de que hay quien piensa que en realidad se trato de un mismo conflicto.

Ambas guerras se calificaron de mundiales, se extendieron ciertamente por casi todo el mundo y participaron, de un modo u otro, buena parte de los Estados del planeta. Además, el desarrollo de la tecnología dio lugar a nuevos instrumentos y nuevas herramientas de muerte: aviación, submarinos, gases mortíferos, bombas cada vez más potentes, armas de mayor alcance. Por si no fuera poco, toda la población se volvió objetivo militar, blanco de unas matanzas que buscaban expandir el terror. Se crearon métodos bien dispuestos para la muerte organizada. Los campos de concentración en Alemania fueron la cumbre de un sistema metódico de asesinato masivo, tan crueles como la experimentación de las dos bombas atómicas lanzadas contra dos ciudades japonesas por los Estados Unidos, por hablar de dos ejemplos brutales, quizá los dos que han quedado más grabados en la memoria colectiva, pero sin duda no fueron los únicos. El Ejército Soviético, el primero en entrar en Berlín, no dudó en emplear prácticas bien crueles mientras liberaba a la población alemana.

 «Dulce et decorum est pro patria mori». No pocos escritores pusieron en palabras, es cierto, la justificación de la guerra. Las loas a los emperadores con sus gloriosas gestas, el ideal caballeresco, tan embellecido por las buenas intenciones, las crónicas de las batallas, el embeleso por los nuevos señores de la guerra, la exaltación romántica de la patria, hasta llegar a nuestros tiempos democráticos, en los que se legitiman las guerras con los discursos justificadores de las matanzas actuales. También con la mentira como instrumento bélico, es evidente. Y descarado. ¿Quién se cree hoy que el objetivo sea liberar a la población iraní en esta nueva fase de locura masiva? No ha pasado tanto tiempo de las armas de destrucción masiva alegadas para bombardear Irak. Y apenas unas semanas de la lucha antiterrorista que se arguyó para arrasar Gaza mientras se delineaban planes de inversiones turísticas en la región.

Estamos de nuevo en un tiempo de sofistas: se confunde la verdad con la conveniencia, la libertad con los intereses.

La primera guerra mundial, no obstante, produjo al mismo tiempo una conciencia pacifista activa y militante. Vera Brittain vivió también de cerca el horror de la guerra. Herman Hesse se negó a ser cómplice de nuevo de la maquinaria del terror. Dietrich Bonhoeffer reflexionó sobre el mal desde el interior de la bestia. Al igual que Benjamín Britten, se enfrentaron a sus propios países, lo que vuelve más heroico su gesto. Es fácil oponerse a guerras lejanas; lo difícil es la resistencia interna, la oposición desde dentro, la del puñado de pacifistas y objetores israelís, la de los palestinos que se oponen al fundamentalismo, la de los iraníes que propugnan otro sistema político realmente emancipador y que poco tiene que ver con los cantos de sirena de quienes los bombardean. Y sin duda es mucho más realista, como cuenta la película Feliz Navidad (2005), que los soldados enemigos jueguen al fútbol e intercambien recuerdos a que se maten en el campo de batalla.

 

domingo, 22 de febrero de 2026

Impostura

 


Escribe José Ovejero en relación con la novela Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, que su función «(…) no es tanto contar la verdad como mostrar una visión que nos haga poner en tela de juicio las interpretaciones que conocíamos hasta ahora, ayudándonos, una vez más, a desaprender, al revelarnos la probable impostura en la que se basa la historia de toda nación» (“Cormac McCarthy: «Meridiano de sangre»” en La ética de la crueldad). Algo de esto consigue Daniel Guzmán en su última película, La deuda (2025), esa historia de Lucas y María que nos estremece por su dureza, por la crueldad en la que se envuelve esa necesidad de supervivencia a la que ambos se enfrentan y que, tal como indica José Ovejero, nos revela la impostura en que se desarrolla la vida cotidiana, en este caso la del momento actual.

Madrid se vuelve el escenario de esta historia tremenda de unos marginados, de todos esos nadie ocultos tras las fachadas del centro, el centro de Madrid como el de cualquier otra ciudad, rodeados de la opulencia de una capital, de cualquier capital, cuyos gerentes muestran con orgullo como consecuencia de sus políticas, la ciudad de la libertad, proclaman en el caso de Madrid, la libertad de tomarse unas cañas, atribuyéndose el dinamismo de la ciudad, mientras que los responsables del gobierno central, por su parte, de tendencia distinta, se enaltecen de los logros sociales habidos, reales sin duda alguna, pero diluidos en las consecuencias más nefastas del mercado, al que no le tocan una coma.

La belleza de las calles o de los edificios antiguos y modernos o el dinamismo de las avenidas ocultan en la realidad la angustia que tan bien se retrata en esta película. Tal es en buena medida la función de la literatura y del cine, o una de las funciones, la de un arte basado en una crueldad ética que José Ovejero define como «aquella que en lugar de adaptarse a las expectativas del lector las desengaña y al mismo tiempo lo confronta con ellas. Es ética en el sentido de que pretende una transformación del lector».

Lucas, interpretado por el propio Daniel Guzmán, y María, interpretada por Rosario García, que circunstancias que no conocemos han juntado en un piso del centro de la ciudad y sufren las consecuencias de la gentrificación, de la conversión de nuestras urbes en meros parques temáticos, intentan evitar su desahucio, salvar lo único que tienen y sobrevivir en medio de la pobreza, de un sistema económico y una sociedad que vuelven invisibles a quienes no se ajustan a este modelo social de nuevo cuño. No tienen dinero, sólo hay una pensión de jubilación más bien magra y la propiedad del apartamento a punto de perderse. Lucas malvive en la más absoluta precariedad, no sin terror por lo que se le viene encima, a él y a María, a la que intenta salvar, con una culpa evidente en sus gestos, en sus actos, sin duda reprochables, antiéticos, o tal vez éticos si nos atenemos a esa misma crueldad que le envuelve.

Al verlos en su historia, no podemos olvidar los muchos Lucas y Marías que poblaron las calles de España y de tantos otros países durante la crisis del 2008. Los vimos esperar a que sacaran de los supermercados y de los restaurantes las sobras que les alimentaría por unos pocos días. Los vimos desahuciados porque la crisis repentina causada por el mercado, el eufemismo que se empleó para referirse a los especuladores, les dejó sin dinero para afrontar las hipotecas o los alquileres. Los vimos agobiados ya a mediados de mes porque los salarios no cubrían las necesidades, demasiado mes para el final del sueldo, se repetía durante las protestas del 15M.

Así que es imposible no simpatizar con Lucas. Es el antihéroe del que habla José Ovejero en el mismo capítulo referido al principio: «(…) ese personaje más cercano al lector que el héroe clásico porque comparte sus defectos y sus miedos». Tampoco tiene esta vez alternativas o canales de reivindicación. Lucas, como nosotros, está solo, lo estamos nosotros, los nadie, solos del todo, porque otros canalizaron las protestas y las luchas hacia un posibilismo institucional o en unos abrazos con quienes eran parte del problema, mero espejismo que acabó rompiendo toda esperanza.

Quizá la crisis actual no se nos aparezca tan extrema como la de hace tres lustros, pero sigue siendo tanto o más cruel porque nos vuelve más solitarios, más impotentes en lo colectivo, más culpables. Ya no nos creemos los cantos de sirena, ni siquiera necesitamos atarnos al mástil para evitar su seducción, hemos dejado de creer en sus intenciones. Estamos además convencidos de que es peor lo que está por venir.

Puede que la película de Daniel Guzmán contribuya a esa necesidad de desaprender. Nos deja un poso de desaliento, pero también nos habla de ese hilo rojo que nos vincula con los demás, que crea cercanías, complicidades, alientos, tan necesarios todos ellos, tan precisos e imprescindibles, tanto que los deberíamos sin duda recomponer, aunque luego todo salga mal.