jueves, 29 de julio de 2021

Portugalete

 


En un poema dedicado al Nervión Miguel de Unamuno escribe: «(…) los siglos por tu cauce resbalaron / llevándose la historia / hacia el olvido». De allí, como afirmara Heráclito, que no pueda cruzarse un mismo río dos veces porque ni sus aguas ni quienes cruzan son los mismos. En este caso, según el profesor tan polémico y polemista, es el cauce del Nervión lo que barre la historia con el movimiento persistente de sus aguas, a veces hacia el mar, a veces hacia el interior, hasta poco más allá del Puente de San Antón de Bilbao, movimientos que son caprichos de las mareas que van marcando las horas, efecto de la luna, dicen. Es el tiempo por tanto lo que nos vuelve distintos y todo lo transforma en olvido.

Resulta tal vez una anotación muy oportuna cuando estamos a las puertas del septingentésimo aniversario de la fundación de la Villa de Portugalete, reconocimiento este que le vino de la mano de Doña María Díaz de Haro, décima Señora de Vizcaya. Hoy, el Ayuntamiento prepara las conmemoración de estos 700 años, quién sabe si con un alarde excesivo de ostentación y puro pavoneo institucional, las Instituciones tienden siempre a una mayor gloria de sí mismas, da igual quien ocupe los sillones. Es su naturaleza. Aunque hay instituciones e instituciones, que también es verdad, y en el mientras tanto algo se podrá recordar, si el olvido no es ya inevitable, irremediable o definitivo, y los fastos dan lugar a rememorar el pasado y hablar del presente con cierta apertura de miras. O de los tiempos presentes, que me da que hay varios al mismo tiempo y cabe que contradictorios ente sí, como múltiples son las interpretaciones del pasado, más variados y contradictorios cuando más cercano sea.

En todo caso, al margen de agasajos y ceremonias, cabe siempre recorrer las calles de esa parte vieja de Portugalete, un barrio de aspecto añejo, cuasi medieval, por lo demás no hay otro lugar igual en toda la Margen Izquierda. Son calles estrechas, apenas un puñado, silenciosas, apacibles, todo un lujo es pasearlas por las mañanas o por la noche. Hubo un tiempo que concentraron en buena medida el copeo de la zona, ahora ya menos, las modas vuelven efímeras las costumbres, pero tal desplazamiento de los hábitos permite disfrutar ese tono de otros tiempo, de otras épocas.



En una esquina del barrio, la estatua de Lope García de Salazar parece vigilar que se mantengan las esencias de la ciudad antaño portuaria y de paso protege los subterráneos que, dicen, existe por debajo de la ciudad vieja. Fue por otro lado uno de los primeros en recopilar la historia de Vizcaya, al tiempo que banderizo, uno de los principales en aquellas guerras que asolaron Vasconia en tiempos medievales prerrenacentistas. José Manuel Aparicio escribió una novela sobre tales hechos, quizá algún día pueda explicarnos los detalles más escabrosos de la época, no hemos perdido interés por lo más siniestro del ser humano.

Si bajamos las calles empinadas, llegamos a la ría, falta ya poco para que el Nervión desemboque en el Abra, el Puente Colgante parece anunciarlo, y en ese muelle hubo balnearios y se levantaron edificio burgueses, incluso la Villa se inició a mediados del siglo XIX en esa actividad tan actual que es el turismo. Hubo un núcleo burgués en Portugalete, sin duda heredera de actividades portuarias y mercantiles muy anteriores, la cada mayor importancia de Bilbao, sin embargo, menguó su poder. Aun así, de Portugalete era Víctor Chávarri, uno de los principales empresarios de la industrialización de Vizcaya, vinculado a los Altos Hornos. Claro que esa burguesía incipiente e industrial pasó al otro lado de la ría y se afincó, como sus correligionarios bilbaínos, en Getxo.



Portugalete, como ocurrió a toda la Margen Izquierda, se proletarizó y pronto emergieron barrios para los muchos obreros y sus familias, atraídos por la industria del hierro y por las minas cercanas. Sufrió los efectos de la guerra (in)civil. Conoció los años de miseria y represión. Emergió algo en los sesenta, no sin problemas ni momentos de desasosiego. Hubo tiempos de crisis y reconversión, una cierta decadencia económica y social, el flagelo de la droga, el desencanto agridulce de la transición, y cuando llegó la transformación de Bilbao como foco posmoderno, la villa jarrillera quedó un tanto ensombrecida por la cercanía de la Villa principal.



Una leyenda urbana indica que en Portugalete hay una plétora de escritores, afianzados y potenciales, que tiras una piedra y surge un sinfín de literatos, cronistas, poetas y en general gentes prestas a la prosa y al verso. No estaría tan seguro de su exactitud, hay un poco de todo, tampoco creo que sea muy diferente a otros lugares, aunque es ciudad de mar y suelen tender éstas al relato, a contar historias y añoranzas varias, a rememorar batallitas y anecdotarios. Suele hablarme mucho de ello Mari Carmen Azkona, con grandes dosis de escepticismo y autoridad, puede que sea la persona que más sabe de Portugalete y de sus historias rutinarias, a veces sostengo que es también quien marca el paso en la villa. Claro que me habla de un modo tan sutil que a veces me pregunto si no será todo tan etéreo como es ella misma, como es al fin Portugalete, una villa que aparece y desaparece entre la niebla durante las amanecidas.

 

sábado, 24 de julio de 2021

Atxuri

 


Lo escribió Francisco Umbral y uno intuye que en gran medida es así: «Cualquier sitio es el paraíso con sólo parar el reloj». Claro que hay lugares que ayudan, hay barrios, rincones y esquinas en los que ocurre con más facilidad, que el reloj se pueda parar o al menos sea posible paliar el paso terrible de las horas, todas hieren, la última mata, y que se roce el paraíso, que es a todas luces un lugar sin tiempo o con tiempo pausado, como una tarde veraniega de domingo, con sus sombras, su calor tórrido, su brisa suave, sus lluvias repentinas de estío y su nunca pasar nada, pero también con su carga melancólica, todo hay que decirlo, antesala de cierta plenitud.

Un barrio como el de Atxuri es, en este sentido, una invitación a dejar el reloj en casa o no tenerlo a la vista, con ese aspecto tan etéreo que insinúa una desaparición repentina y no sé si algo fantasmal en el caso hipotético de que ocurriera. Incide sin duda que sea tan pequeño, apenas unas pocas calles muy cortas, ni diez minutos se tarda en atravesarlas, o que se encuentre encajonado entre el Casco Viejo al sur, Santutxu a medida que se empinan las calles, a la izquierda, y el Nervión, justo en ese punto donde deja de ser ría para convertirse en río, si uno avanza en dirección contraria a la del mar.


Es un barrio pequeño, con una vecindad compuesta por lo que en otras épocas se calificaba de proletaria, ahora muy extrema en lo generacional: o personas mayores que son memoria viva de Bilbao o muy joven, con esa agonía de la juventud por asomarse a la vida; pero extrema también en los orígenes de sus habitantes, locales muchos de ellos, tanto payos como gitanos, pero a donde han llegado también inmigrantes de países lejanos. En todo caso, es una vecindad discreta, no parece que salgan todos sus habitantes a la vez, ni siquiera se juntan al mismo tiempo en la Plaza de la Encarnación, epicentro de la sociabilidad barrial, tanto por su Iglesia, muy dada a los conciertos sacros o legos, como por los bares, que mantienen su misma función de siempre, tampoco en el parque que hay junto al claustro, ascendiendo ya hacia Santutxu, contorneado éste por la calle llamada República de Begoña, recuerdo de territorialidades añejas. El único sitio donde podemos encontrar a veces mucha gente es en el Paseo de los Caños, que parte de Atxuri hacia Bolueta y La Peña, pero aquí acuden sin duda habitantes de otras zonas de Bilbao, sobre todo de las que lo circundan.



Barrio exiguo, por tanto, barrio de bolsillo que contiene sin embargo algunos edificios de los que pasan por emblemáticos. Ya en su misma antesala, en esa Plaza de los Santos Juanes, donde se hallaban las albercas que proporcionaban agua al pequeño Bilbao mercantil de siglos atrás, hoy se encuentra la Iglesia de San Antón, la del escudo de la Villa, frente a la cual hay un edificio de pretensión neoclásica, el Instituto Emilio Campuzano, pero que fue primero el Hospital de Bilbao y de Caridad hasta 1908, pasó a ser Museo de Bellas Artes hasta 1945 y, por último, el instituto de formación profesional que es hoy, más acorde con el carácter trabajador de los barrios del sur. A tiro de piedra está la Iglesia de la Encarnación, entre gótico y renacentista, con su claustro de los dominicos detrás, pero también la Escuela Maestro García Rivero y la estación de Atxuri, la de los antiguos Ferrocarriles Vascongados, hoy Eusko Tren, reconvertida en taller de los tranvías urbanos, aunque hay quien reclama que se convierta en museo del ferrocarril, en un momento en que corremos el peligro de que se carguen las vías férreas, los caminos de hierro que tejen en la Comunidad Autónoma Vasca una tela de araña, en beneficio del AVE, tan aparente y exhibicionista como tal vez un tanto superfluo.



No ha perdido Atxuri ese carácter de arrabal de aquel Bilbao que sólo se extendía, hace apenas dos siglos, por lo que hoy se conoce como las Siete Calles y el Bilbao Viejo, al otro lado de la ría, embrión del barrio canalla de San Francisco. El resto eran campas, caseríos y pequeños poblados cuyo destino fue incorporarse a la ciudad mercantil e industrial. Atxuri era en la Edad Media Ibeni y tal vez sea la zona de la ciudad que menos se ha modificado a lo largo de la historia. O al menos es la impresión que da a primera vista.



La transformación del Bilbao actual en ciudad posmoderna de servicios y turismo no ha alcanzado a Atxuri ni a los barrios del sur. Es difícil que Bilbao se convierta toda ella en ciudad cartón – piedra, como ha ocurrido a otras ciudades vendidas ahora como mero escenario turístico o caricaturas de sí mismas. Lo industrial pesa mucho, se distingue en el propio aspecto de sus barrios, incluso en esta época postindustrial en que estamos. Atxuri conserva esa quietud que insinúa el paraíso porque parece que el reloj, en efecto, se ha detenido. Conserva ese sabor de domingo por la tarde, de melancolía y espera vana del porvenir. Es un rincón idóneo para quien no teme las incandescencias ni que todo desaparezca de pronto en esa neblina que es el tiempo.

miércoles, 14 de julio de 2021

Repélega

 


No he podido dejar de recordar, cuando he cruzado de nuevo Repélega, el breve poema de Karmelo C. Iribarren: «La vida sigue –dicen–/ pero no siempre es verdad. / A veces la vida no sigue. / A veces sólo pasan los días». Me ha venido a la cabeza no porque el barrio posea ese tono un tanto melancólico que se desprende del poema, o tal vez sí, haya en él algo de melancolía, una melancolía de domingo por la tarde, pero en todo caso lo he recordado porque cuando uno atraviesa las calles de Repélega es fácil que acabe sintiendo que la vida y el tiempo transcurren por sendas separadas, que podemos dejar atrás las páginas del calendario, pero siempre habrá algo que se mantendrá intacto en algunos rincones de la realidad, ni siquiera los detalles someros indicarán apenas nada distinto en el fondo, ni los coches actuales aparcados en la calle, ni el material del asfalto, ni la ropa de los transeúntes podrá cambiar tal impresión de quietud, es más, reafirmará que todo lo superficial al final carece de importancia y se imponen de pronto ciertas geografías que sugieren una vaga perpetuidad, entonces los días pasan sin que parezca que la vida siga.

Repélega es una tierra de nadie en la Margen Izquierda, una zona de frontera, un lugar fijo en el tránsito del tiempo. De pronto uno se da de bruces con sus tres poblados o comunidades de casas baratas, casas bajas de clara raigambre proletaria. Imposible olvidar que estamos en una zona que fue netamente industrial, aun cuando ya no queden fábricas ni talleres a la vista, todo lo más un edificio abandonado, antiguo taller, a las puertas de este barrio cuando se viene desde el centro de Portugalete.



Dos de dichas comunidades se crearon como iniciativas obreras, cooperativas de viviendas fruto de un proletariado activo, diligente, con capacidad de incidir en los medios de vida, en la propia existencia individual y colectiva. Trabajadores de los Altos Hornos de Vizcaya, de Construcción La Naval y de Babcock & Wilcox formaron dos sociedades cooperativas cercanas la una de la otra: Villanueva y El Progreso, en 1924 y 1930 respectivamente, con cierto aire a proyecto de falansterio que se quedó a medias, aportando en su momento, eso sí, vivienda y algunos servicios comunes.

El otro foco es el poblado «Babcock & Wilcox», auspiciado por esta empresa mucho tiempo después de fundarse las dos cooperativas, ya en la década de los cincuenta, en otras circunstancias, otro momento, otra página del calendario, pero una vida que se mantiene intacta. Esta última, en todo caso, es mayor que las anteriores, ocupa un espacio más grande, pero hay una estructura semejante. Late sin duda una misma mentalidad obrera tanto en los años veinte como en los cincuenta, aun cuando en medio hayan pasado tantas cosas, pero persiste una conciencia de clase de la que ahora apenas guardamos un recuerdo, diluidos como estamos en las pretensiones más aparentes que reales de una clase media muy difícil de definir, tal vez por inexistente en realidad. Aun así, no hay ese aspecto tan forzado, tan cartón piedra, de otras zonas residenciales y que parecen delineadas en exceso, presuntuosas por presumidas.



Los tres núcleos están ahora mismo junto a bloques de viviendas más convencionales, más propios de finales de los cincuenta y de los sesenta, pero hay también a su lado mucho espacio abierto, parques a los que se suman nuevos proyectos que sin duda le darán al lugar un mayor toque residencial. No hay planes, ni espero que se fragüen, de sustituirlos por esos bloques enormes y fríos que se están levantando por otros lugares de la Margen Izquierda. De hecho, se les considera conjunto monumental, lo que da cierta seguridad a su pervivencia.

Perderse por Repélega es detener un poco la vida, aun cuando pasen los días y nos produzca no poca ansiedad el paso desaforado del tiempo. Podemos creer por un momento que el lugar haya sido siempre así, aunque no lo haya sido en realidad y hubiera otrora caseríos dispersos por toda esta zona. No queda ahora ningún recuerdo de aquel pasado campesino y carlista, defensor de los fueros de Vizcaya, la zona se fue transformando con el salto al siglo veinte a base de fábricas y talleres, con un proletariado local, los propios caseros o personas de otras zonas cercanas, pero también gentes arribadas de otros lugares. Hasta 1933 esa zona dependía de Santurce, pero ese año Repélega, Rivas y una parte de la margen norte del río Galindo se incorporaron a Portugalete, más cercano.



El paseante atento, el flâneur más observador, sin duda se contagiará de silencio y soledad, pero sobre todo de algo que persiste en su atmósfera desde hace tiempo. Es verdad, muchas cosas han cambiado, los días pasan. No es tan seguro, sin embargo, que la vida siga, aunque sin duda seguirá, de otra forma, pero sigue, aunque puede que no a la par que el transcurso del tiempo.

jueves, 8 de julio de 2021

El Paseo de los Caños

 


Escribió Baudelaire en su poema El cisne que «(…) la forme d´une ville / Change plus vite, hélas ! que le cœur d´un mortel». Nadie que sea mínimamente observador lo podrá negar, la ciudad siempre cambia sin que nosotros, muchas veces, lo percibamos a buenas y primeras, sin duda porque el corazón de cualquier mortal siempre es más lento o tal vez disponga de menos tiempo y porque nos vamos amoldando a los cambios externos, pudiendo olvidar muchos detalles de lo que dejamos atrás, por ejemplo rincones de la ciudad, calles o lugares que de pronto se nos vienen a la cabeza desde cobijos ignotos de nosotros mismos. Por tanto, sin dejar que esos cambios exteriores incidan en el proceso de cambio interior, inevitable al fin porque el tiempo y la experiencia, que es sustancialmente tiempo, lo harán posible.

Somos acomodaticios. No siempre permitimos que la nostalgia nos invada. Yo al menos lo evito: nunca añorar lo vivido, desde luego sin olvidarlo, sería imposible en circunstancias normales, aun cuando haya tentaciones de borrado, qué duda cabe, pero con la convicción siempre de que no vale la pena ese sentimiento de añoranza que a menudo tiende a la melancolía. Además hay momentos colectivos trágicos, épocas adversas que sin duda cada cual catalogará según le haya ido en ellas, pero que como experiencia colectiva no son para echar cohetes, y muchas veces podemos apreciar huellas aún pegadas a ciertos rincones de la memoria, como el hollín.

Quienes como Baudelaire gusten de andar por las calles de una ciudad, los flâneurs atentos que recorren esquinas y barrios de una ciudad sin razón aparente, las descubren con facilidad. Toda ciudad es siempre un magnífico palimpsesto y a veces intuimos entre las últimas letras escritas en el papiro aquellas que quedaron raspadas.



Es una imagen, la del palimpsesto, que se me viene a la cabeza cuando recorro el Paseo de los Caños, ya sea desde Atxuri a Bolueta o viceversa, o cruzando al otro lado del río, porque aquí el Nervión ha dejado de ser ría, al barrio de La Peña.

La noche del 26 de agosto de 1983 Bilbao quedó devastada por unas inundaciones tremendas. Llegaron a caer seiscientos litros de agua por metro cuadrado. En Atxuri, en una calle corta que da a la Plaza de la Encarnación, es posible ver a la altura de un primer piso la marca de hasta donde llegó el agua. El mismo cauce del río cambió en ese tramo. La ciudad entera quedó afectada, pero sobre todo las zonas junto al Nervión.

Bastante tiempo atrás hubo ahí unos Jardines de Los Caños, con sus verjas y sus puertas, un lugar a la vieja usanza, sin duda, aunque degradado. Las losas del jardín quedaron ocultas bajo caminos de barro y piedra. También hubo una isla, la de San Cristobal, de la que muy poca gente guarda hoy recuerdo. Pero mucho tiempo atrás incluso, hará más de cuatrocientos años, de la parte más alta de Atxuri, siempre junto al Nervión, salían los caños que proveían a Bilbao tanto de agua potable como de agua para la limpieza de la ciudad, la conducían hasta unas albercas que había entre el muelle de Ibeni, la plaza de los Santos Juanes y la calle Ronda. La muralla de la ciudad en esa zona ya había desaparecido, comenzaban algunas mudanzas en la pequeña ciudad mercantil.



Sin duda los cambios a lo largo de los últimos cuatrocientos años anteriores fueron muy lentos si los comparamos con lo que ocurrió en 1983 y los cambios profundos que a partir de entonces se desencadenaron, dejando de ser la ciudad industrial y algo emponzoñada que era entonces. Además Bilbao estaba en un momento complicado, recién acabado formalmente el periodo de la transición, pero con la violencia política y social a flor de piel, en una crisis económica profunda y a las puertas de una reconversión muy dura a lo que se sumaba la droga recorriendo no pocos barrios y dejando una estela de desolación enorme.

En este contexto, aquellas inundaciones resultaron a todas luces traumáticas, ahondaron en la sensación de caos, de desaliento y postración, como si la ciudad sufriera un castigo cósmico. Nadie podía imaginar entonces el cambio de rumbo hacia el Bilbao de hoy, una ciudad más luminosa, más centrada en los servicios y en los atractivos arquitectónicos, con un deseo de atraer a los turistas, tal vez con menos glamour que San Sebastián, pero no por ello menos ansiosa de notoriedad, una transformación que continuará, sospecho, después de la pandemia. Muchos somos críticos hacia este nuevo modelo de ciudad, más superficial y clasista, me temo, más de cartón piedra y menos real. Pero eso no supone que añore el Bilbao de entonces, el de finales del franquismo y primer decenio posterior, un momento durante mucho tiempo ensalzado como modelo de cambio político, como ingeniería social.


Cada vez estoy más convencido de que aquellos años de transición, no fueron como nos contaron, tan modélicos y ejemplares. Tampoco resultó ser una etapa sencilla para una gran parte de la población. Desde luego, para quienes defienden la democracia liberal, con sus instituciones y su jerarquía constitucional, ya sea por convicción, que los hay, ya sea por adaptación, supervivencia o mero oportunismo, que también los hubo, la cosa salió bien, España pasó de una dictadura impuesta tras una guerra (in)civil bastante cruenta a una democracia liberal, que tiene muchos claroscuros, que no a todos satisface plenamente, que está creando demasiadas injusticias, pero desde luego, visto lo visto, es mejor que todo lo conocido, pese a las muchísimas carencias. Quedan sin embargo demasiadas cosas ocultas, como esas losas y esos caños bajo los nuevos caminos del paseo bilbaíno.

lunes, 28 de junio de 2021

El Bullón

 


Son barrios en los que, por su situación de límite municipal, parece darse en ellos una cierta confrontación entre lo urbano y la naturaleza, pero se trata de una naturaleza en gran medida domesticada. En algunos casos se han construido parques, como el que hay en el barrio de la Florida de Portugalete o, más evidente aún, el que hay frente a los barrios de Rivas, junto a Repélega, o de Las Kanporras, en Sestao. En otros casos ese tránsito entre lo urbano y la campestre se da de otra manera, sin tanto decoro, de un modo brusco, aunque tal brusquedad posee también algo de artificio, parece forzado. Mejor dicho, insinuado. Al fin y al cabo eso del urbanismo no tiene nada de natural, es mera construcción, en todos los sentidos de la palabra. Muchas veces, las más, hay detrás una voluntad política o mercantil. Nada se produce porque sí, está claro.

El Bullón se encuadra en este último caso.

Se encuentra al final de Santurce, hacia el interior, no en el frente marítimo, donde ya está en marcha la renovación urbanística con esos edificios modernos recién construidos, muy ventajosos en lo que a aprovechamiento energético se refiere y sin duda en comodidades y amplitud, pero tan poco atractivos y tan anodinos, visto uno vistos todos. Están ahí, en la línea marítima, pero podrían estar en cualquier otro sitio. De hecho, se han levantado edificios idénticos también en el centro de Santurce o en otras localidades de la Margen Izquierda, al verlos uno no puede reconocerse en un barrio en concreto. El Bullón, en cambio, es otra cosa, mantiene las casas bajas, unifamiliares varias de ellas, algunas parecen caseríos, pero tirando más bien a los característicos de Las Encartaciones, donde se mezcla lo vizcaíno con lo cántabro. También hay edificios de pisos, humildes, muy propios de esas primeras urbanizaciones que acogieron a los obreros de los talleres y fábricas cercanos. Fue la Margen Izquierda, recuérdese, zona industrial por excelencia y a donde arribaron miles de personas de aquí y de allá ya desde finales del siglo XIX y a lo largo del XX, hasta que llegaron los ochenta y la reconversión.


Al igual que en todo el País Vasco, los ochenta fueron años de crisis y vicisitudes aquí también. Desempleo, drogas, depresión, imposible no recordar cientos de historias siniestras, desasosegantes, en todo Santurce, en el barrio de las Viñas, lindante al Bullón, en particular, aunque se suele hablar muy poco ahora mismo de esta época. A partir de los noventa todo fue cambiando. Hablan de esplendor económico, de auge urbanístico, incluso de milagro. Fue más acelerado sin duda en otras zonas del Estado, en el Mediterráneo por ejemplo, donde la construcción devino el motor económico, junto al turismo. El País Vasco ha mantenido todavía la industria, de un modo menor a años anteriores, pero qué duda cabe que los cantos de sirena de la nueva económica neoliberal y los sectores emergentes llegaron hasta aquí. Ha desaparecido en parte mentalidad obrera, los discursos de clase, incluso los proyectos emancipadores de transformación de la sociedad se redujeron a formatos posmodernos, si no se diluyeron por completo. Nos hemos despojado sin duda de dogmatismos más bien rancios, pero ha vencido una mentalidad de clase media bastante vacua y desde luego sin ningún ánimo emancipador.

Puede parecer que El Bullón hubiese resistido a estos nuevos tiempos y se mantuviera como otrora, ajeno a las renovaciones. Sin embargo, hace tiempo que se proyectaron sobre este espacio unos planes urbanísticos que no se han llevado a cabo, pero que ahora se rescatan de las gavetas, una vez la pandemia se va mal que bien superando y se recuperan los viejos proyectos de conversión urbanística. Da la sensación, además, de que se ha dejado degradar la zona para justificar la operación urbanística que vuelve a estar sobre la mesa desde hace pocos meses.

Yo no conocí El Bullón hasta hace unos meses. Di con él casi por casualidad, en algunos paseos de domingo por la tarde. He ido preguntando aquí y allá sobre este barrio, he hablado con gente que sabe de los planes urbanísticos o que conoce la zona. Tengo la impresión de que va a durar poco tal como está, y si bien no creo que haya que mantener la degradación urbana allá donde la haya, me temo que sea inevitable que esta esquina barrial esté condenada a desaparecer y surja otra cosa, sospecho que una zona fría y distinta que no merezca siquiera el nombre de barrio. Dicen que son los tiempos. Pero más bien son otros intereses.

sábado, 19 de junio de 2021

La ría y el tiempo

 


Miramos la ría y comentamos que por fin parece que salimos de ésta, de una pandemia que nos ha trastocado la vida durante dos años. Van reduciendo restricciones y aumenta, al menos en esta parte del mundo, el número de vacunados. El presidente Sánchez anuncia que la mascarilla no será obligatoria en espacios abiertos a partir del último domingo de junio y habla de no sé qué alegría de la vida, la joie de vivre, fundamento de nuestro modo de vivir. Dice algo así, o parecido, no he estado muy atento.

Miramos la ría, llena de hierbajos y ramas de árboles arrastradas tras las riadas y las tormentas de estos días. Tal vez se esté pecando de optimismo. Aún hay contagios y buena parte de los habitantes del planeta no están vacunados.

En todo caso, imposible no preguntárselo: ¿Cómo será nuestro mundo tras la pandemia?

Ha habido frases con gran contenido épico: saldremos más fuertes, lo seremos: mucho más fuertes, todo va a ir mejor. No hemos estado exentos de épica, me temo. La ha habido, y mucho, en estos meses, toda una tendencia bastante ridícula que busca incorporar una epopeya falsa en la descripción de los acontecimientos, los de un presente que tiende más bien a la mediocridad y al sin sentido. Claro que hubo gravedad en lo que pasó. Ha sido una pandemia, al fin y al cabo, con todo lo que esto supone. Hubo algún momento en que, sin embargo, se habló de la pandemia como de una guerra. Incluso en las ruedas de prensa para compartirnos el parte diario de la enfermedad hubo presencia de un portavoz militar, como en las películas norteamericanas sobre arribadas repentinas de naves extraterrestres.

No quiero caer en una superficialidad frívola sobre lo ocurrido, ni siquiera en la forma de tratar la enfermedad desde el poder, pero creo que con tanta comparación bélica lo que se frivoliza es la guerra, justo cuando estamos en el octogésimo cuarto aniversario de la toma de Bilbao por parte del bando nacional, en la guerra (in)civil, tras bombardeos atroces, batallas cruentas y una opresión terrible, repleta de fusilamientos, juicios sumarísimos, españoles exiliados y otros que fueron perseguidos, encarcelados. Claro que hasta lo de aquella guerra empieza a parecer un decorado lejano.



En todo caso, en este final de la pandemia, si es que realmente estamos saliendo de ella, hay algo que no se entiende muy bien, demasiadas prisas por aparentar normalidad. Demasiadas alegrías frente al tremendismo de unos meses atrás. Los intereses económicos mandan. Hay que producir. Hay que consumir. Hay que volver a lo de antes. Mientras, miramos la ría, tan importante en este rincón de Vasconia, tan importante en la economía de Bilbao y de la Margen Izquierda, tan alabada por escritores. Don Miguel de Unamuno escribió no poco sobre la ría. También Rafael Sánchez Mazas. Con intensidad, ambos.

Hace unos días me comentaba Patxi Iturregi, autor que ha escrito sobre esta misma ría y antiguo marino, que los barcos ya no van a poder llegar a Bilbao con los cambios del espacio urbano. Recuerdo cuando todavía algunos mercantes descargaban en los muelles en pleno Bilbao. Ya no hay rastros de esa zona portuaria ni de las atarazanas en la zona de Erandio o de Deusto. Ahora está el Guggenheim, las bibliotecas universitarias, los paseos junto a la ría, nada que ver con el mundo industrial y portuario de entonces. En el muelle de Uribitarte han colocado, eso sí, una escultura dedicada a las sirgueras, aquellas mujeres que tiraban de las embarcaciones mediante unas sirgas, de allí su nombre. Mari Carmen Azkona escribió sobre ellas, de un modo sentido y emotivo, como ella escribe, y fue cuando me habló la primera vez que fui consciente de la situación de estas mujeres. La escultura es de Dora Salazar, bonito testimonio por su parte, desde luego, sin embargo no sé si hay algo de frivolidad en el homenaje, no por parte de la escultora, sino de una contextualización que no explica el trabajo muchas veces inhumano de aquel momento. Todo está quedando tan bonito en este Bilbao reformado y posmoderno que nos olvidamos de muchas cosas, de ese mundo del trabajo brutal y precario, de la vida de miles de personas en las minas, en las industrias, en los astilleros, en los puertos, hacinadas muchas de ellas en los barrios obreros del sur de la ciudad o de las ciudades de la margen izquierda, al norte, condiciones de trabajo y de vida que ha creado ese producto/objeto/bien de consumo que es hoy Bilbao.



En una sociedad con mentalidad de clase media, parece ser, no cabe hablar mucho de antiguas humillaciones ni de riquezas creadas con jornadas muy duras de trabajo y de vida. La estatua de las sirgueras se incorpora al paisaje, sin más mensaje.

Miramos la ría y hablamos de que se va acabando la pandemia, parece ser, y se retoman viejos proyectos urbanísticos: la reforma de Zorrotzaurre, la isla al norte de Bilbao donde se pone en marcha un viejo proyecto urbanístico que transformará la zona; la obras en las vías de tren en su último tramo, la de la estación de Abando, aprovechando la llegada del AVE y con lo que se pretende también una reforma profunda en el barrio de San Francisco, barrio otrora lúdico y un tanto canalla, hoy variopinto, de inmigración y un tanto marginal, pero apetitoso por estar en el centro de la ciudad, a orillas de la ría, casi cuando el Nervión empieza a dejar de serlo, ría, para volverse un río, más allá del puente de San Antón.

Son los tiempos que pasan. Es lo que dicen.

 

viernes, 11 de junio de 2021

Feria del Libro de Bilbao

 


Odete Semedo, poeta de Guinea Bissau y sin duda una de las escritoras más interesantes de África, se refiere en algunos de sus poemas a ese vínculo emocional, afectivo, entre las palabras y los sentimientos. Son las palabras las que adquieren una relación intensa con nosotros, con nuestro universo de valores y símbolos, con los afectos. Lo relaciona también con el idioma de la creación, cuando son varios, como es su caso, los idiomas hablados.

De ahí que la literatura haya adquirido desde épocas lejanas un lugar preponderante y que sea básica para poner orden ya nos sólo en nuestro interior, como individuos, sino también en la comunidad. Porque las palabras poseen fuerza y entonan la realidad que nos rodea. Nos vemos reflejados en los relatos que las palabras conforman, proyectan también un hilo rojo con nuestros contemporáneos y con nuestros antecesores. Mario Vargas Llosa lo explica de un modo formidable en su novela El hablador.

Claro que se afianza la impresión de que la literatura ya no tiene tanta importancia en nuestra sociedad actual, donde domina lo audiovisual, y que además nuestra sociedad se rige más por el espectáculo y por lo comercial. Aunque es posible también que se sigan contando historias mediante esos nuevos formatos.

Tal vez sea cosa de la edad, pero sin embargo uno no deja de pensar que, pese a todo, o por ello mismo, se tiende a la mera superficialidad y que detrás de la fachada cada vez hay menos contenido.

Asistir estos días a la Feria del Libro de Bilbao me ha dado esta sensación de hecatombe en el ámbito cultural. Es verdad que se ha intentado recuperar una cierta normalidad, perdida por la situación vivida desde el año pasado, pero también se me ha vuelto más evidente que el ambiente cultural no ha podido escapar a cierto gregarismo, a una estrechez elitista, a una tendencia a simplificar contenidos, a nos asumir nuevos retos literarios, a huir de la experimentación, a reducir riesgos, quien sabe si para no menguar los beneficios editoriales, y esto ocurría, me parece a mí, ya mucho antes de la pandemia.

Aunque esto no es del todo cierto, hay pequeñas editoriales que están asumiendo estos retos, aun cuando sea a costa de no crearse grandes expectativas económicas. Surgen también proyectos alrededor de algunas librerías que, con toda su modestia, llevan a cabo una intensa gestión cultural que rompe con esa sensación de sequía que uno cree ver en esta contemporaneidad tan poco atractiva. Son proyectos muy locales. En mi entorno inmediato puedo hablar de la librería Guantes de Portugalete o la librería Libreramente de Barakaldo.

Claro que esto no impide cierto fatalismo, pura proyección quizá de un estado de ánimo.



Llama la atención la cantidad de libros que se publican todos los años y la aparición por doquier de escritores, justo cuando, como se ha dicho, la literatura cada vez pinta menos en nuestra sociedad, incide bastante menos, si es que alguna vez tuvo de verdad influencia, y lo que parece dominar el panorama es un tipo de literatura ociosa, de entretenimiento. Tal vez no sea malo, que haya más gente escribiendo que acceda a la edición. Nos lleva a tener que ser, eso sí, más selectivo y a no dejarnos llevar por cantos de sirena comerciales, al mero marketing editorial, en el que hemos caído en gran medida.

Mientras, la Feria de Libro se vuelve un punto de encuentro. Desde luego, está lejos de ser como otras ferias más importantes. Pero hay presentaciones de libros, pocos debates literarios, todo hay que decirlo, ninguno en la práctica, y mucho colegueo entre escritores y prensa. Comienza a hacer calor en este Bilbao preveraniego. Dan ganas de aprovechar para leer en algunos de los bancos cercanos, en El Arenal.