viernes, 25 de septiembre de 2026

El espíritu del 45

 


En 2013 Ken Loach nos ofreció su documental El espíritu del 45. En él nos habla de la esperanza que surgió en Gran Bretaña después de la segunda guerra mundial, al brotar en el país un empeño colectivo de mejora y progreso como respuesta a una pregunta que se impuso tras aquel conflicto: ¿qué será de nosotros?

Veintisietes años antes, al acabar la otra gran guerra, el panorama en el país no sólo resultaba desolador, las consecuencias del enfrentamiento bélico eran trágico en términos humanos y sociales, sino que empeoró a todas luces el día a día de millones de personas. Durante los años veinte y treinta la pobreza se extendió por una gran parte de calles y campos. El Reino Unido, no se olvide, era un imperio que se expandía por todo el mundo, pero su clase trabajadora vivía en la pura miseria. Quienes trabajaban padecían un sistema de absoluta pobreza, con sueldos bajos y unas relaciones sociales clasistas que no brindaban ninguna posibilidad de mejora a obreros, mineros, campesinos o trabajadores de los servicios. El desempleo era altísimo. La población en general, los hijos de la noche, estaba abandonada a su suerte mientras la aristocracia y la burguesía aprovechaba las ventajas que les otorgaba un capitalismo imperialista voraz.

Como parque de la pobreza era conocido una plaza donde se hallaba una casa de empeños. Hombres y mujeres de clase obrera se hacinaban ante ella para obtener unas pocas libras y así poder subsistir apenas unos días, a la espera de un empleo o de un nuevo empeño. Gran Bretaña poseía una tradición sindical combativa, pero en aquellos años no parecía posible obtener la más mínima prebenda de unas élites poderosas que eran dueñas de medio mundo.

Por ello la incertidumbre se impuso tras la segunda guerra mundial, se temió la repetición de lo acaecida tras la otra guerra y la pregunta reflejaba una cuita profunda en la sociedad, ¿qué será de nosotros?

Sin embargo, la movilización enorme que había requerido la guerra demostraba que las cosas podían ser de otra manera. El gobierno había organizado un ejército que se enfrentó al nazismo en los campos de batalla. Fue necesario también forjar una retaguardia que garantizara la resistencia de una población atacada y afectada por los bombardeos, pero también hubo que cambiar la producción y las formas de trabajo para que el país no se viniera abajo. Las mujeres se incorporaban a las fábricas y a los servicios, al igual que los desempleados no aptos para la guerra. También los habitantes de las colonias, personas de otras etnias, de otras lenguas y otros hábitos, se agregaban al esfuerzo colectivo de mantener vivo un país.

Así que, al acabar la guerra, otra preguntó se añadió a la anterior: si se había creado este espíritu colectivo en tiempos de guerra, ¿por qué no mantenerlo en tiempos de paz?

Ese fue el espíritu del 45 del que salieron reforzados los laboristas. El laborismo era una corriente política muy particular de la Gran Bretaña adherido a las corrientes socialistas y socialdemócratas europeas, vinculada estrechamente a la clase trabajadora y al sindicalismo británico y que en aquel momento habló directamente de socialismo. Querían construir en las islas una sociedad socialista. Claro que no se cuestionaban abiertamente las instituciones de clase, ni la monarquía ni el parlamentarismo estuvieron en su punto de mira. Pero el laborismo defendió un sistema público que debía convertirse en fundamental para el país.

Los laboristas ganaron ampliamente las primeras elecciones tras la guerra y a partir de ahí se reforzó el Sistema Nacional de Salud, se nacionalizaron los ferrocarriles y las minas, se estableció un sistema de vivienda que garantizó que toda la población accediera a una vivienda digna a un precio asequible, aumentaron los salarios y también los subsidios para las personas que perdían su empleo. La clase obrera participó incluso de estas mejoras a través de sus sindicatos.

Todo esto lo explica magníficamente Ken Loach en El espíritu del 45 a través de sus protagonistas, los políticos que participaron de la experiencia, también los de la oposición, así como los analistas y los sindicalistas, incluso muchos de quienes vivieron ese tiempo y fueron testigos y partícipes de aquellos logros.

Pero la historia, es sabido, no es un proceso en línea recta, hay avances y también retrocesos, varían las mentalidades y las ideas dominantes, se da una batalla intensa en el ámbito de las relaciones de poder y lo que establece el orden de las cosas de pronto se modifica y cambia, se destruyen las conquistas y se da un retroceso evidente, se pierde lo ganado, se empeora y se olvida que hubo tiempos mejores.

A partir de los ochenta el conservadurismo ganó terreno y se introdujeron tesis neoliberales que abogaban por reducir la intervención pública a lo mínimo en la economía, privatizando la producción y también, con el tiempo, aquellos ámbitos de la vida cotidiana, como la vivienda, que se fue convirtiendo no en un derecho o en un requisito de una vida digna, como establecieron las constituciones y leyes progresistas de unos años antes, sino que se volvió abiertamente un bien de consumo, una inversión, una forma de negocio y de enriquecimiento, a costa eso sí de los ciudadanos, reducidos a meros rehenes del negocio porque todo el mundo necesita un lugar donde vivir.



Además, toda esa izquierda laborista que consiguió mejorar las condiciones de vida de los trabajadores se adhirió a esa política liberal, dejó atrás un discurso obrero para adoptar unos cánones de clase media, más mediocre que mediana. Un ministro español socialista dio a finales de los ochenta el titular: «el que no se hace rico es porque no quiere». Lo aplicó a España, pero se podía decir para toda Europa.  

Hoy esa mentalidad especuladora neoliberal se ha normalizado entre nosotros. Se ha olvidado el espíritu del 45. En España sólo se llegó a conocer de perfil, unos pocos años, casi unos pocos meses. El triunfo del PSOE en 1982 causó la sensación de que íbamos a conocer algo parecido a lo que había ocurrido en Reino Unido casi cuarenta años antes. Pero duró poco la ilusión, se mejoró sin duda, se venía de donde se venía, pero pronto se adoptaron los nuevos valores del neoliberalismo, el enriquecimiento rápido, y de este modo de la clase media nacieron los nuevos ricos, a todas luces más ridículos, su expresión qué duda cabe más patética, y la fiesta se dio de bruces con sucesivas crisis, ya iniciado el siglo XXI.

Al igual que en Gran Bretaña, en España las ciudades luminosas ocultan sus miserias, la precariedad de una gran parte de la clase obrera, la ruina de la autodenominada clase media, los precios inasumibles de la vivienda, la pobreza entre bambalinas, los desahucios, la sensación de no poder cambiar nada, las luchas identitarias que van a lo suyo, reivindicaciones aisladas, divididas, incluso confrontadas, el aislamiento y una sensación de derrota colectiva que los lemas patrióticos no ocultan. El propio Ken Loach ha reflejado en sus otras cintas este estado de cosas. Hubo, sí, reacciones honrosas, la lucha de los mineros contra Thatcher o las protestas en las plazas españolas, pero la derrota estaba servida.

En este panorama, el desahucio de una anciana de un piso en el centro de Madrid se ha convertido en el símbolo de estos tiempos. Las protestas en las calles han avergonzado a un gobierno autoproclamado como progresista que muy lejos anda del espíritu del 45 y cuya única baza, parece ser, es que la alternativa es peor. Y lo es, no cabe ninguna duda.

viernes, 18 de septiembre de 2026

Miradas

 


En 2016 Daniel Calparsoro nos propuso en su película Cien años de perdón la historia de un atraco a un banco. Asistimos a lo que parece un plan clásico y bien organizado cuyo objetivo es el botín contenido en las cajas de seguridad. Sin embargo, ya desde el principio asistimos a una serie de entresijos que convierte lo que iba a ser un robo en una maraña de secretos políticos y mercantiles que se mueven tras una cotidianidad que oculta no pocas miserias. Lo vamos descubriendo después de saber, al inicio de la película, que existe una lista de despidos de trabajadores de la entidad bancaria y hay unos clientes con problemas en sus préstamos y en sus hipotecas que les van enredar la vida hasta volverla insoportable.

Pero esas desgracias cotidianas, graves de por sí, cada una de ellas con una historia detrás sin duda dignas de ser narradas, no llegan a desviar la atención sobre el núcleo central de la cinta que se halla en esa caja de seguridad en la que un político importante ha guardado una memoria con documentación clave y comprometida. El robo es en realidad una forma de desviar lo que es el objetivo real del atraco: conseguir toda esa documentación, que no se pueda llegar a emplear algún día contra intereses políticos del partido gobernante, que el escándalo de la corrupción no salte otra vez más a las primeras páginas de los medios de comunicación, que una vez más no veamos como las malas prácticas políticas se vuelven normales en un sistema con demasiadas cosas que ocultar.

No llegamos a conocer los detalles contenidos en esa memoria. No es necesario. La elipsis no molesta porque el espectador conoce muy bien el contexto en el que se desarrolla la vida política actual en las democracias avanzadas al que se refiere la película, un hilo de corrupciones, negocios turbios, intereses inconfesables, acuerdos discretos de repartos de comisiones, utilización de lo público con fines privados, decisiones sobre cuestiones públicas que favorecen negocios particulares. Da igual lo que describa toda esa documentación: ya estamos habituados a un sinfín de casos, nos hemos acostumbrado tanto que ni siquiera es necesario su descripción, no aporta nada a estas alturas de nuestra historia.

Podemos incluso asumir, una vez más, que la realidad supera la ficción.



Porque la realidad nos dota de casos suficientes como para imaginar lo que hay en esa elipsis, para rellenar ese vacío sin ningún esfuerzo; tampoco nos escandalizaría además saber lo que pudieran contener esos archivos, no lo necesitamos conocer, tal es la gravedad de la situación real, una corrupción que se ha vuelto ya parte del paisaje político, nada sorprende, hemos dado carta de naturaleza al clientelismo en la política, a los peajes que hay que pasar en la gestión pública, a que se fundan los intereses privados con los públicos.   

Tiene razón José Ovejero cuando nos dice en Los ángeles feroces que la realidad contiene hechos difuminados cuya importancia depende de cómo nos los cuentan, hasta el punto de que la realidad, al igual que el pasado, no es otra cosa que eso mismo, lo que nos cuentan, sin que sirvan siquiera las percepciones personales. En su novela, la historia viene enmarcada en un paisaje postapocalíptico que no llega a sorprendernos, como ocurre en la película de Calparsoro con la corrupción. tal vez porque nos describe lo que ya estamos viviendo.

El contexto determina el modo como el receptor recibe el mensaje, suscita en gran medida el grado como nos sorprende, nos escandaliza o nos cuestionamos la realidad. Daniel Calparsoro se permite la elipsis de los contenidos de la documentación guardada porque los espectadores, a estas alturas, estamos curados de espanto mientras que José Ovejero no tiene que acentuar los detalles del apocalipsis porque muchos de ellos forman parte ya de nuestro entorno. Lo describe con la misma normalidad con la que lo vivimos.

En este sentido, nos podemos preguntar si recibimos hoy del mismo modo la descripción de la distopia descrita por Georges Orwell en 1984 que sus lectores de 1949, cuando se publicó la novela. Es verdad que esos primeros lectores habían vivido el nazismo y la guerra, conocían también el control férreo y obsesivo del estalinismo. Sin embargo, a pesar de ello, los peligros descritos en la novela no estaban seguramente tan presentes en sus vidas, la manipulación y el control de la sociedad eran a todas luces más un peligro que una realidad. O quizá no lo percibieran del mismo modo que nosotros, que asistimos a un modelo más sutil en lo que a control se refiere.

Puede que lo asumamos también como la corrupción que no escandaliza. Corrupción y manipulación forman parte del paisaje, es la normalidad de nuestra época. Incluso los debates sobre las varias corruptelas actuales en las instituciones parecen un programa de entretenimiento más, un Gran Hermano televisivo como divertimento un tanto zafio, pero divertimento al fin, algo que hace gracia, que nos causa indiferencia. Como ese anuncio sobre la IA que acelera el transhumanismo y que no nos causa extrañeza ninguna. 

domingo, 30 de agosto de 2026

Pepe Gutiérrez

 



De obrero ilustrado lo calificó hace unos días Marc Casanovas en un obituario aparecido en Viento Sur. No estaba equivocado: José Gutiérrez era en efecto un obrero ilustrado, uno de esos obreros ansiosos de saber y de saberes que tanto habría enorgullecido a Rosa Luxemburgo, a quien molestaba que se tratara a los trabajadores como almas simples o bobaliconas, incapaces de comprender la complejidad de la vida y de la realidad. Sobre todo, le irritaba a la revolucionaria germano-polaca que dicha actitud paternalista brotara entre los dirigentes revolucionarios con pretensiones de guías de las masas acríticas, a todas luces una tentación peligrosa tan presente entre las vanguardias leninistas de todo tipo y condición.

José Gutiérrez, Pepe Gutiérrez como se le llamaba, tuvo muy en cuenta, sin duda, el rapapolvos que soltó Rosa Luxemburgo a quienes minusvaloraban las capacidades de las masas, él mismo se ofreció como ejemplo de que un obrero, una trabajadora, cualquier joven de clase popular podía superar los límites que le imponía el sistema: supo desde muy pronto la necesidad de ser culto, de adentrarse en la cultura como herramienta no de empoderamiento, que se dice hoy, a todas luces una fórmula equívoca y errónea, sino de emancipación. Su pretensión era ser culto, no de un modo elitista, no quería pertenecer a un núcleo intelectual orgulloso y mimado, a una academia que diera esplendor al sistema, al (des)orden del mundo, sino que partía de considerar la cultura como una herramienta de comprensión de sí mismo y de la realidad que nos envuelve.

También fue un revolucionario que revoloteó entre las ondulaciones y serpenteos de los años sesenta, que observó los vericuetos vitales, intelectuales y tácticos de la época, pero también de los lustros que siguieron a las hazañas del momento. La revolución no pudo ser, no se asaltaron los cielos, aunque no es del todo cierto, Mayo del 68 cambió muchas mentalidades, en los países capitalistas pero también al otro lado del muro. Quizá el éxito de aquella revolución no radicó tanto en la toma del poder por la clase obrera, toma del poder para destruirlo, no se olvide lo que tantas veces se ha olvidado, sino en la capacidad de cambiar la vida, las percepciones, los sentimientos y las preocupaciones de las gentes que conformamos la clase trabajadora y satélites varios que la envuelven. Porque se trata también de cambiar la vida.

Sea lo que fuere, la revolución con la que se comprometió quedó a todas luces en la periferia, condenada a ser poco más que una nota al pie de página, pero nota importante, qué duda cabe, y a veces muy acertada para comprender, para saber, para no quedarnos de nuevo ahora otra vez en la periferia, aunque los tiempos no están para muchas alegrías ni esperanzas. No decidió abandonar, pese a todo, mantuvo su militancia, pero se dedicó en la medida de lo posible, con todas sus fuerzas, a recuperar la memoria, tanto de su tradición, la del POUM, la de los militantes a los que él conoció y con los que habló largo y tendido, como la de otros ámbitos. No hubo en su acercamiento ni juicios de valor, ni alardeos de superioridad moral, ni críticas feroces, la vida al final tampoco es eso, sino reconocer en su amplitud a quienes estuvieron antes que nosotros.



Dejó un buen puñado de libros, Retratos poumistas o Retratos en rojo y negro, entre otros, o sus introspecciones sobre personalidades fundamentales en el siglo anterior: Trotsky, Georges Orwell o Víctor Serge. También tuvo ocasión de retratarse a sí mismo, en sus Memorias de un bolchevique andaluz, una forma amena de presentarse, de explicarse, sin ánimo egocéntrico, sino como quien te cuenta la vida en un momento dado, en un café o en una sobremesa, con toda la ironía de la que fue capaz, la vida de un andaluz más en Cataluña y su visión de unos tiempos extraños. Todos lo son, por cierto.

Pero lo que más me llama la atención era esa concepción ya comentada antes de la cultura como algo fundamental para afrontar la realidad. La suya fue una cultura libresca, en efecto, pero también de diálogo, de intercambio, de matices y contrastes. Da la impresión de que esta cultura del libro está modificándose. Por no decir desapareciendo, que según algunos es una percepción de viejuno. Pero algo está pasando, y no para bien, salta a la vista. Además, entramos en un momento que da miedo. El eco atronador del muera la inteligencia resuena otra vez en las calles de Ceuta, de Minsk o de Washington. Quizá esa ansia de Pepe Gutiérrez por ser culto para ser libre sea ahora mismo lo más revolucionario. Aunque es una frase hecha, por muy real que resulte.   

viernes, 21 de agosto de 2026

Soldados


 

En 1985 publicaba Francisco González Ledesma su novela Soldados. Se trata de una novela negra, subgénero en el que el escritor mostraba siempre una enorme maestría al tiempo que retrataba una sociedad que a todas luces no resultaba tan idílica como a esas alturas se nos mostraba desde las instituciones y los medios de comunicación. En ella, uno de sus personajes, en un momento dado, reflexiona sobre esas nuevas tecnologías que en aquella época empezaban a ocupar un lugar importante en la sociedad, quizá en apariencia no tan central, pero sí fundamental. Las máquinas saltaban de las fábricas, del ámbito industrial, a otros sectores y ocupaban incluso la cotidianidad de los ciudadanos, volviéndose fundamentales en sus vidas.

Anuncia el personaje en cuestión que estamos entrando en una nueva civilización. Afirma que no queda lugar para los jóvenes porque estamos ante un mundo de robots y señala de inmediato que «(E)llos nos quitarán el trabajo, nos enseñarán cómo movernos y nosotros nos tendremos que amoldar a su lenguaje, no ellos al nuestro». Concluye que el ser humano nunca antes había aceptado ser tan esclavo de las máquinas, que hasta ese momento habían sido nuestros brazos, pero se convertían en nuestro cerebro, incluso nuestra lengua (página 170 de Soldados, edición de Plaza y Janés).

Ni imaginaba el autor hasta qué punto iba a ser cierto su presagio. Sin duda, tendría muy en cuenta la novela de Georges Orwell 1984, muy presente durante la escritura de Soldados por la coincidencia del año, y parecía que la distopía del escritor británico empezaba a ser una realidad a ojos de quienes estaban más atentos a los cambios sociales. Pero no era tan evidente entonces, era una mera posibilidad, se percibían algunos síntomas de ese mundo nuevo tecnologizado, pero las sociedades estaban a tiempo de no sucumbir a la manipulación que entrañaban las nuevas máquinas. Aunque, a decir verdad, la manipulación era la misma, no se trataba realmente de un cambio, sólo que se disponía de herramientas más afiladas. En todo caso, no se veía posible ese dominio absoluto de las nuevas tecnologías, esa dependencia humana de la máquina. Se confiaba tal vez en el raciocinio, en la capacidad humana de pensarse y mantener su libertad.

Poco más de cuarenta años después la serie británica The Capture nos pone en otro escenario, no muy distinta al apuntado por el escritor catalán y con la novela de Orwell como fondo, como marco de esta nueva civilización.

 Hoy la tecnología lo ocupa todo, toma decisiones, deja que los algoritmos establezcan los criterios de lo que tiene o no interés, determina los límites de la realidad y, sobre todo, como señala el personaje de soldados, ya no es una herramienta de análisis en nuestra evaluación de lo real, nuestros brazos, sino que se ha convertido en nuestro cerebro. La llamada Inteligencia Artificial añade una variable más en este proceso social hacia una nueva sociedad. Aunque sería mejor decir que no es la sociedad la que ha cambiado, sino que los mecanismos de poder, de división social, de control y de normalización de los discursos de clase se vuelven más punzantes y sutiles. No sólo hablamos de filfas que se expanden con rapidez y suma facilidad, sino que la percepción de la realidad está ya establecida de antemano y será difícil escapar a lo que nos muestran las pantallas. Modificadas a voluntad, como nos sugiere la mencionada serie británica.

Es el mundo descrito por Orwell. La realidad, incluso, supera la verdad.



Estamos además en un mundo en guerra, otra vez, aunque quizá nunca lo dejamos de estar después de 1945, sólo que los países europeos no estábamos tan cercanos o en apariencia tan implicados. El gobierno de Georges Bush nos metió en la guerra de Irak en 2003, lo ilustra aquella famosa foto de Las Azores con tres mandatarios en actitud engreída y chulesca, y las filfas creadas y divulgadas a la velocidad de la luz, Putin invadió Ucrania, con un uso tecnológico nuevo tanto bélico como propagandístico, y ahora la guerra por el control de Ormuz parece estancada, en ella el uso de la nueva propaganda parece más burdo, no da la impresión de que el mandatario actual norteamericano sea muy refinado a la hora de tergiversar la realidad.

Incluso en la cuestión de Ceuta se tilda de invasores y ocupantes a los desarrapados del mundo, en este caso de África, algo exagerado sin duda, por mucho que los utilice el régimen marroquí.

Guerra y nuevas tecnologías no parecen tampoco una buena combinación. Para colmo, la crítica a lo que hay se restringe hoy a ámbitos muy periféricos. Se impone una única mirada posible a la realidad, amparada por las tecnologías, sin permitir discrepancias que se ven como traiciones el mero hecho de defenderlas, cuando no de tonterías o mero intelectualismo. No es nuevo, pero parece más categórico, menos rebatible. La ocurrente frase atribuida a Alfonso Guerra, «el que se mueve no sale en la foto», resulta hoy más actual que nunca. Hemos de mantenernos quietos, estáticos, disciplinados como buenos soldados. Somos soldados y clientes en este capitalismo global, las dos condiciones esenciales.

A muchos no nos da la sensación de que sea muy prometedora esta civilización hipertecnologizada. Cosa de viejunos tal vez. Aunque tampoco cabe, para qué engañarnos, mucha nostalgia de lo que fue, de lo que fuimos.

 

jueves, 6 de agosto de 2026

Corrección

 



En 2019 el director y guionista Ben Chanan nos ofreció una trepidante serie de tres temporadas, The capture, en la que la comisaria Rachel Carey se enfrenta a una distopia política y tecnológica. Procedente de un departamento de lucha antiterrorista, Rachel Carey pasa a dirigir el departamento de homicidios y al investigar la desaparición y muerte de una abogada en apariencia a manos de Shaun Emery, un oficial del ejército británico al que se acusa previamente de asesinar a un talibán a sangre fría en Afganistán, de cuyo proceso judicial sale absuelto, descubre que el sistema público de cámaras de vigilancia de Londres está distorsionado por la aplicación de un plan denominado Corrección.

Este sistema consiste en crear imágenes falsas de videovigilancia para establecer pruebas fehacientes cuando las reales no resulten suficientes en los procesos penales y así condenar a los investigados y acusados, en especial a los terroristas que amenazan la estabilidad del país. Para sus defensores más acérrimos, Corrección supone un medio para garantizar la seguridad y defender la democracia, para asegurar el éxito de las investigaciones criminales y apuntalar las sentencias que defiendan el orden y a la ciudadanía. Apenas un puñado de agentes, una élite, controla la viabilidad de este sistema y se sirven de él para mantener el control y el orden. El empleo de la inteligencia artificial en la distorsión de las imágenes e incluso, se verá en la tercera temporada, en la gestión de las investigaciones en curso supondrá un peligro con repercusiones en el funcionamiento político del Estado, en este caso Gran Bretaña.

Rachel Carey se empeñará en actuar contra la aplicación de este sistema, para ello se integrará en el núcleo de la inteligencia británica, en una acción vertiginosa con un final tan ostentoso como inquietante. A veces puede parecer demasiado espectacular lo que se cuenta en la serie, tanto que puede parecer inverosímil, un verdadero delirio, pero no podemos olvidar que lo que se nos cuenta no es otra cosa que un marco de flagrante manipulación de la realidad y aquí, mucho nos tememos, resulta aplicable la máxima atribuida a Óscar Wilde: la realidad supera la ficción. Al fin y al cabo, el lector de 1984 o de Un mundo feliz pudo pensar en su momento que aquellas distopías nunca podrían volverse reales y aquí estamos.

La serie deja, más en este tiempo de filfas, medias verdades, bernardinas reactualizadas, opiniones sin base alguna, pensamiento ínfimo o impotencia política, un remusguillo a conspiración permanente contra lo que nada puede hacerse. El final de la serie, habrá que verlo, acentúa esta idea de que todo está perdido y de que no hay alternativa posible. Nada nuevo bajo el sol, la serie parece amparar este viejo axioma bíblico. Y si salimos de la ficción y nos trasladamos a un escenario real, por ejemplo Ceuta en esta mitad del verano, nos damos cuenta de que, como en The capture, no podemos estar seguros de nada, salvo de que estamos ante un nuevo capítulo de esta infamia que es la historia, y más en concreto la historia reciente.

En tiempos de pensamiento débil tendemos a dividir el mundo en buenos y malos, reiteramos el viejo discurso del nosotros y el ellos, acudimos otra vez al principio sofista de atribuir verdades y justicias según nuestra propia conveniencia y nos damos cuenta por fin de que nada es lo que parece. Y por poder ser, puede incluso que aceptemos la conspiración que rodea lo sucedido: que no sólo estemos ante una acción desesperada de una población sin futuro —impecable el análisis de Al Mounadil-a en Inprecor— o que los Estados, todos, incluidas nuestras democracias tan modélicas, utiliza a la población, la propia o la ajena, como armas arrojadizas —recuérdese que España y otros países de la UE comenzaron a exigir visados a los bolivianos el 1 de abril de 2007, justo un año después de que el presidente Evo Morales decidiera nacionalizar el gas de Bolivia, sin que nadie vinculara públicamente ambos hechos, mera casualidad—, sino que Marruecos actúe confiado por sus buenas relaciones con Israel, molesto por la actitud del gobierno español ante lo sucedido en Gaza, y Estados Unidos, ese mismo gobierno español fue blanco de las iras caprichosas de su mandatario.



Claro que pensar esto puede ser mera fabulación, mientras que parte de la oposición política española, candidato a la presidencia incluido, se ha presentado en Ceuta para tachar de invasores a los desarrapados del mundo y acusar al régimen marroquí de utilizar a su población contra la soberanía española, lo que puede ser cierto en parte, pero sin mencionar los negocios en marcha entre ambos países, venta de armas incluida, y las cesiones del Gobierno español, el Sahara Occidental por ejemplo, que esa misma oposición no critica en absoluto.

Mientras tanto, las cámaras apuntan hacia las calles de Ceuta. Sus grabaciones son el mensaje. Como en The capture, nuestra percepción nos puede llevar a dudar de lo que ocurre realmente en ellas. Nada nuevo, por otro lado: la realidad como mera construcción siempre al servicio del poder.

lunes, 13 de julio de 2026

Sin destino


 

Llama la atención en la novela Sin Destino, de Imre Kertész, la actitud conformista de su protagonista y de su entorno ante los acontecimientos. Estamos en los años duros de la guerra mundial, cuando la maquinaria criminal nazi ya se ha expandido por Europa y millones de personas, sean judías o gitanas, comunistas o disidentes, europeos o incluso alemanes, son víctimas de un régimen cuya naturaleza perversa e inmoral, a esas alturas de la historia, era de sobras conocida y no pasaba, no debería pasar, desapercibida a los ojos indiferentes del mundo.

No obstante, la conducta del joven protagonista, de su familia y de su entorno tampoco parece afectado por lo evidente, hay una inercia dócil, sumisa, resignada ante el poder y ante la maldad que rige el mundo, como si los ojos fueran incapaces de mirar cara a cara el mal, como si a pesar de lo innegable habría que mantener la compostura, aceptar el (des)orden del mundo, conservar una idea más bien vaga de dignidad personal que no contempla la rebeldía, la disidencia, la distancia respecto a una realidad que resulta insoportable, pero que hemos normalizado y normativizado.

Se dice incluso sin tapujos: hay que confiar en el poder, pese a todo, «comportarnos con dignidad ante la autoridad», poseer una «actitud intachable» en el trabajo, aunque este trabajo sea impuesto y obligatorio para los judíos o para cualquiera de los colectivos perseguidos y afectados, segregada la población por criterios arbitrarios, caprichos demenciales de gerifaltes obscenos.

Hay que estar incluso agradecidos por la sopa, pura bazofia, que se les da en el campo de concentración, cuando el protagonista acaba en uno, allí donde se siente en algún momento incluso bien tratado, a pesar de todo; al fin y al cabo, llega a reconocer que mira alrededor «como si se tratara de un juego», porque, qué duda cabe, parece pensar, que si «nosotros colaboramos, todo se resolverá». Al fin y al cabo, «¿qué es lo que habríamos podido hacer?»

Sólo al final surge el enfado ante la experiencia, la toma de conciencia de la naturaleza de las cosas, el odio por lo vivido y, sin duda, por haber sido en cierto modo cómplice por omisión de una maquinaria odiosa. Hemos leído no pocos testimonios de lo acaecido, hemos sabido de aquellos trenes de la muerte que condujeron a miles de personas a los campos de concentración, personas sumisas y obedientes que no parecían reaccionar ante lo que estaba pasando, aunque no pocos tomaron la decisión de escapar de los trenes aprovechando un despiste en su vigilancia, y hemos sabido, peor aún, de los cómplices de aquel transporte criminal, la complicidad de los soldados que vigilaban, de los trabajadores de los trenes, de los funcionarios que gestionaban el transporte, de los testigos que callaban, no sentían, no protestaban o, peor aún, justificaban o compartían una política repugnante, como si vivir fuera vivir asumiendo el mal.

Nos hemos preguntado no pocas veces por qué no se rebelaron. Aunque nos tendríamos que ver en tales circunstancias para conocer nuestra reacción. Porque además en este presente es también clamoroso el silencio ante no pocas tragedias, tiranías y políticas contrarias a los principios básicos de una convivencia digna, y hay también quien no sólo calla, sino que legitima los desastres actuales.

Imre Kertész ha empleado la literatura para clamar en este desierto del silencio ante el horror. Vivió las experiencias descritas por el protagonista de Sin destino. Formó parte del grupo de autores del holocausto, los que vivieron de primera mano el horror de la historia europea, otros escritores posteriores lo han querido contar, algunos con una capacidad tremenda de conmocionar al lector. Ahí está Maddi y las fronteras, de Edurne Portela con esos capítulos finales en los que describe el viaje en esos trenes de la muerte con un detallismo que estremece.

Del holocausto, de los campos de concentración, de aquel nazismo insoportable se ha hablado hasta la saciedad. Sin embargo, a pesar de los testimonios, abundantes e incuestionables, el mundo sigue conviviendo con el horror y mirando hacia otro lado. Se siguen legitimando muertes, guerras, tiranías, genocidios y necropolíticas cotidianas, como si el mal fuera el único escenario posible de nuestras vidas.

martes, 23 de junio de 2026

Anatomía de un instante

 


Javier Cercas se pregunta en Anatomía de un instante si la ética política no es en sí misma un oxímoron. Todos somos conscientes, salvo los ingenuos, de que todo Estado, cualquiera que sea su orientación o sus (pretendidos) principios, está basado en la violencia, en la arbitrariedad, en gran medida en la injusticia. Del conflicto en su seno, de las luchas de poder y de la dialéctica de los intereses particulares dependerán las líneas maestras de quien ejerza el poder. O los poderes, porque en una sociedad contemporánea, con su complejidad, son a todas luces varios los poderes existentes, se solapan entre ellos, se muestran o se esconden con desfachatez o impunidad, con descaro o con discreción.

Fue en 2009 cuando apareció este libro, Anatomía de un instante, que describe y analiza los hechos acaecidos durante la transición y que desembocaron en aquel 23 de febrero de 1981, cuando un grupo de guardias civiles irrumpieron en el pleno que debía elegir al sustituto de Adolfo Suarez. Javier Cercas da vueltas alrededor de varias fotos fijas que quedaron grabadas de aquella larga jornada, la de un Parlamento tomado por sorpresa, la de Suárez o Carrillo inmóviles en sus escaños mientras zumbaban las balas, la de Gutiérrez Mellado enfrentado a los guardias civiles, las de un teniente-coronel amenazante, las de un país paralizado, incapaz de reaccionar, temeroso, las de un Rey que se dirige al país en la madrugada. Javier Cercas nos da varias claves de los hechos, nos habla de los diversos personajes con un papel fundamental en aquellas horas, va perfilando una trama que, es cierto, si no estuviera grabada, si no hubiera quedado en el recuerdo de quienes lo escucharon por la radio o vieron después las imágenes, pensaríamos hoy que es pura ficción.

El autor, de quien conocemos su trayectoria progresista, no lo oculta, tenemos sus libros, hemos leído no pocos artículos, leer su obra es siempre una discusión honesta a través de sus escritos, agradable, grata, confirma en gran medida lo que muchos pensamos, que no fue un golpe duro, que quien decidió los pasos a dar buscaba más un pronunciamiento, una reordenación del mapa político, no una vuelta atrás, sólo unos pocos ingenuos de aquel bando se creyeron la dialéctica bravucona de salvar no sabemos qué, y en cierto modo el libro reafirma un discurso institucional, ensalza a los protagonistas, pese a sus claroscuros. Claro que nadie es siempre el mismo. Como el río cuyas aguas no son siempre las mismas, aunque siga siendo río, cambiaron a lo largo de su trayectoria. Y tampoco es que Cercas nos dé una imagen edulcorada de los protagonistas, permite que tengamos nuestras valoraciones, las mantengamos, las perfilemos, las modifiquemos incluso.

Al mismo tiempo nos recuerda que ningún hecho surge de la nada, nada sale de la nada, podemos remontarnos hacia atrás en elementos previos que explican muchas cosas, así no podemos dar una fecha fija que fuese el origen absoluto del 23 febrero, siempre podemos remontarnos hacia atrás, tampoco acabó con el juicio y las sentencias y los recursos. Después del 2009, cuando apareció Anatomía de un instante, supimos cosas que sin duda cambian nuestra perspectiva de los protagonistas de aquel momento. Que justifican tal vez que la ética política sea un oxímoron. Que lima muchas de las apreciaciones de aquel instante. Pensar sobre aquel hecho cuarenta y cinco años después es cambiar lo que sin duda se pensó nada más sucedido.

Resulta por tanto inevitable preguntarse si la sociedad actual es la misma que la de entonces. A todas luces no, en absoluto. Han pasado muchas cosas. Aunque el Estado autonómico siga estando en candelero hoy, con ese capítulo entre el absurdo y el histrionismo que fue el procés, que tan bien delinea una novela, Catalanes todos, de Javier Pérez Andújar. La crisis económica afecta a millones de personas, a pesar de que la macroeconomía no vaya mal. Descubrimos que el Rey, que pudo ser firme en aquel instante con su defensa de la legalidad vigente, escondía a la vez vericuetos no tan honrosos. Y se conserva mal que bien una democracia basada en el oxímoron mencionado.

Podemos preguntarnos si la sociedad española sería hoy tan pasiva de tener que enfrentarse a un reto parecido. Es verdad que hubo un 15m de movilizaciones tan necesarias, en un momento en que la sociedad desarrollada y del bienestar parecía derrumbarse a pedazos. Pero muy pronto ese movimiento de protesta se llevó de nuevo al redil institucional, de vuelta a la desmovilización. Quizá más que pasividad causada por el temor o el miedo tengamos que hablar de desencanto, esa palabra que surgió a mediados de los ochenta, cuando los hechos del 23F se diluyeron en algo parecido a la ficción, un vago recuerdo, apenas un instante, y que podemos seguir empleando hoy, desencanto por ser meros testigos de la historia.