«Pedimos
mano de obra y llegaron personas». Lo dijo el escritor suizo Max Frisch en 1965
al referirse a la cosificación de los inmigrantes que llegaban a su país en aquella
época y a los que se trataba como meros objetos, cuasi mercancías. Los argumentos
a favor y en contra de aquella inmigración no debían de ser muy distintos a los
que se emplean hoy en España, desde hace varios lustros receptora de
inmigrantes.
Frente
a los comentarios, a todas luces falsos o cuanto menos exagerados, de que las personas
procedentes de otros continentes vienen a delinquir o a aprovecharse de los
servicios sociales, todos ellos, además, o que desvirtúan las culturas locales,
como si éstas fueran estáticas desde hace siglos, quienes apoyan la inmigración,
o proyectan al menos una mirada positiva, se refieren a ella en términos
económicos: ocupan los inmigrantes los puestos de trabajo que los españoles no
asumen, las peores labores, las actividades más duras, las peor pagadas,
contribuyen con sus cotizaciones a la caja común, cuando están regularizados,
son en definitiva un elemento de mejora en la economía.
Ambas
posiciones deshumanizan claramente a la persona que cambia de país, que parte
de su lugar de origen por necesidad económica, para mantener a sus familias,
para enviar dinero y mejor la situación de los suyos, y a veces también de su
entorno más inmediato, o por persecución política o social, para salvar la
vida, o en los últimos lustros por la crisis medioambiental que afecta a sus
regiones, se habla incluso de refugiados climáticos. Y sí, a veces caen en la
marginalidad, en actividades delictuosas. Se les oculta detrás de una máscara
lingüística, se habla de inmigrantes, no de personas que se trasladan a otros
países; se habla de menas, no de menores o incluso niños que llegan sin padres
o tutores, solos. Son inadaptados o mano de obra. Delinquen, se aprovechan de
nuestro Estado social o son trabajadores que, imaginamos, sólo trabajan y
ahorran, sea de un modo legal o no, en la economía sumergida, sin más vida que
enviar sus remesas de dinero, encerrados en sus barrios, casi guetos, apartados
de la clase trabajadora local.
Pero
son personas las que llegan.
El
director Miguel Faus nos ofrece en su película Calladita (2023) un
retrato magnífico de lo que hablamos. Ana, interpretada por Paula Grimaldo,
trabaja desde hace poco para una familia burguesa catalana. La familia la lleva
a su casa de vacaciones, lujosa, a pasar el verano a su servicio. A que se
ocupe de la casa, de la comida, de la vida cotidiana, de aquellas labores
secundarias, subalternas. De su trabajo va a depender no sólo la continuidad de
su puesto después del verano, sino también que se gestionen sus papeles de
residencia. Parte de su sueldo se irá a Colombia, a contribuir a que su hermana
pequeña pueda estudiar en la universidad.
La
pareja burguesa, Andrea y Pedro, interpretados por Ariadna Gil y Luis Bermejo, la
tratan bien, al menos eso parece. Al igual que sus dos hijos jóvenes, Claudia y
Jacobo, interpretados por Violeta Rodríguez y Pol Hermoso, al principio muestran
hacia ella no poca familiaridad, incluso la llevan una tarde a un recorrido en yate.
Eso sí, Ana sigue vistiendo su vestido de las faenas, no se vaya a olvidar de
sus funciones, las cuales se le recuerdan constantemente, que tiene que
mantener la casa ordenada, perfecta, más cuando hay fiestas, ella ha de cumplir
durante todo el día las faenas encomendadas, sin poder salir. Eso sí, todo por
su bien.
Pero
Ana es también una chica joven con una vida propia y unos deseos de experimentar
y de vivir. Conoce a Gisela, con quien sale a escondidas a fiestas, a
divertirse, a vivir en definitiva.
A
medida que transcurre la cinta, vemos que las relaciones no son tan cordiales.
Que hay explotación, estereotipos que rigen las relaciones sociales, incluso abusos.
Que esa burguesía catalana, tan moderna y culta, tan guapa, es en el
fondo igual que cualquier otra burguesía que pone las cosas en su lugar y a
cada uno en su sitio. Por mucho que haya un discurso integrador, o lo hubo hasta
hace bien poco, con un discurso que distribuía incluso nacionalidades, les
acogemos, parecían decir, los integramos, los consideramos de los nuestros, catalanes
como nosotros, como si ser colombiano o extremeño fuera un punto inferior, pero
eso sí, sin olvidar que puesto ocupa cada cual en el orden social.
Sin
duda, no será muy diferente en cualquier otro lugar de España, con una burguesía
que tiene muy claro que tras la fachada hay un férreo sistema de jerarquías
bien engrasado. Pero en los últimos años el racismo y la xenofobia ha desbordado
el debate público. Se proclama la necesidad de una ordenación de la
inmigración. Los más extremos claman por la expulsión generalizada, como si eso
no afectara la economía real. Los más moderados repiten hasta la saciedad que los
inmigrantes benefician la economía y muchos se han adaptado al país de destino.
Todos pretenden en realidad que, como Ana, cada persona que venga se quede en
su rincón, calladita.







