Cree
la protagonista de Atusparia que «no hay que inventar las utopías de
cero, las utopías de los vencidos siempre han estado ahí para quien quiera
tomarlas». En su novela, Gabriela Wiener nos cuenta el proceso político de una
mujer que adopta el nombre de un líder indígena del siglo XIX. Ella forma parte
de ese sector de la población peruana, sin duda amplio, que en la historia
reciente de su país vive en tierra de nadie, entre límites forjados a lo largo
de la historia, en un momento además violento y repleto de incertidumbres. Se
compromete políticamente y vive con intensidad los debates, los encuentros y
desencuentros, las luchas internas, a veces violentas con la irrupción de las
guerrillas, opta ella por la vía política y acaba siendo candidata a la
presidencia, siendo víctima de maquinaciones e intrigas.
El
trasfondo de la novela está en esa izquierda que contempla la caída del Muro de
Berlín, la desaparición de la URSS y sus satélites, la acción virulenta de
Sendero Luminoso, que se vuelve un obstáculo sanguinario para la izquierda
transformadora, una izquierda que vive envuelta en cismas, discusiones, juegos
de artificios que no llevan a ninguna parte, intentos de pureza ideológica o de
lo contrario, consensos y mezcolanzas de proyectos, desistimientos de
objetivos, clamores por unidades a cualquier precio o nuevas disensiones que
tienden otra vez a los cismas. Los últimos años del siglo XX fue en cierto modo
un clamor en el desierto para la izquierda, en un momento en que se vaticinó
que la historia daba a su fin, el capitalismo había triunfado e incluso podía
quitarse la careta de la preocupación social porque nada le hacía contrapeso.
Surge así el neoliberalismo, un salto más en el capitalismo tardío que saca de
sus prácticas las políticas sociales, todo debía estar en manos del mercado,
incluso lo que hasta hace bien poco se concebía como derechos. Milei lo ha
dejado claro: la educación no es un derecho, en absoluto. O lo que es lo mismo:
quien quiera instrucción que se la pague. Como por el camino hemos disminuido
las ayudas sociales, ya sabemos quiénes podrán estudiar bajo su mandato.
Es
un fenómeno mundial: el eje se ha desplazado tanto a la derecha que incluso la
socialdemocracia parece hoy revolucionaria. De socialcomunista tachan algunos
al gobierno de coalición español, formado por el PSOE -un mero repaso a las
políticas de este partido en los últimos cuarenta años deja claro su aceptación
y defensa del capitalismo- y Sumar -pura socialdemocracia su programa-,
mientras las grandes empresas siguen ganando dinero a espuertas, sin que se las
haya tocado un ápice de su capital privado, sin atreverse más que de un modo
tímido, cuasi vergonzante, a tasar sus beneficios, sin haber intervenido el
mercado de la vivienda, sólo medidas que son más bien tiritas para afrontar los
precios exagerados, aplicando, es cierto, algunas medidas de ayuda social, sin
duda importantes, pero que quedan ensombrecidas por la crisis que se avecina,
tan amenazante.
Mientras,
la izquierda de esta izquierda socialdemócrata que parece radical en este nuevo
panorama político está prácticamente desaparecida, quedan algunos grupúsculos
que claman otra vez en el desierto, apenas hay unos pocos focos en Francia, en
América Latina, pero sin apenas fuerza, en un momento en el que hasta los
sandinistas, una esperanza roja en los ochenta, son hoy una caricatura ridícula
alrededor de un egocéntrico Daniel Ortega.
Malos
tiempos para la izquierda, podríamos decir, a pesar de los cantos de sirena o
de ese llamamiento en España de Gabriel Rufián por unir «a las izquierdas», en
una pirueta extraña por su parte, de los pactos con la derecha catalana y la
independencia hace apenas diez años a querer encabezar un proyecto estatal que
parece más bien un intento de salvar los muebles, aunque es indudable que la
amenaza de la extrema derecha, con sus debates inanes y el retroceso que
conllevaría, marca una variable a tener en cuenta.
En
América algunos gobiernos progresistas ejercen sus gobiernos en contra de esa
marea neoliberal. Pero sin duda nada tiene que ver con el trasfondo que vemos
en la novela de Gabriela Wiener. Ese tiempo ha pasado. O tal vez no, la pobreza
y la amenaza de la guerra siguen allí, la explotación de los más débiles o las
políticas imperiales continúan presentes en la realidad, la vida sigue sombría
en un mundo de beneficios y ganancias para unos pocos; la cuestión es cómo lo
afrontamos, cómo lo vivimos. Asunción
Grass, el personaje de Atusparia que ejerce de contrapeso de la
protagonista afirma: «la literatura es donde se vuelve a juzgar la historia,
donde se reabre el expediente. ¿Un libro puede ser llave, abrir un calabozo?»
Quizá
esa arma cargada de futuro de la que hablaba Gabriel Celaya no cambie el mundo.
Pero ayuda a comprenderlo, que ya es mucho en estos malos tiempos, una
literatura que nos habla de los vencidos, que nos refleja frente a los cantos
de sirena.






