Llama
la atención en la novela Sin Destino, de Imre Kertész, la actitud
conformista de su protagonista y de su entorno ante los acontecimientos.
Estamos en los años duros de la guerra mundial, cuando la maquinaria criminal
nazi ya se ha expandido por Europa y millones de personas, sean judías o
gitanas, comunistas o disidentes, europeos o incluso alemanes, son víctimas de
un régimen cuya naturaleza perversa e inmoral, a esas alturas de la historia, era
de sobras conocida y no pasaba, no debería pasar, desapercibida a los ojos indiferentes
del mundo.
No
obstante, la conducta del joven protagonista, de su familia y de su entorno tampoco
parece afectado por lo evidente, hay una inercia dócil, sumisa, resignada ante
el poder y ante la maldad que rige el mundo, como si los ojos fueran incapaces
de mirar cara a cara el mal, como si a pesar de lo innegable habría que
mantener la compostura, aceptar el (des)orden del mundo, conservar una idea más
bien vaga de dignidad personal que no contempla la rebeldía, la disidencia, la
distancia respecto a una realidad que resulta insoportable, pero que hemos normalizado
y normativizado.
Se
dice incluso sin tapujos: hay que confiar en el poder, pese a todo, «comportarnos
con dignidad ante la autoridad», poseer una «actitud intachable» en el trabajo,
aunque este trabajo sea impuesto y obligatorio para los judíos o para
cualquiera de los colectivos perseguidos y afectados, segregada la población
por criterios arbitrarios, caprichos demenciales de gerifaltes obscenos.
Hay
que estar incluso agradecidos por la sopa, pura bazofia, que se les da en el
campo de concentración, cuando el protagonista acaba en uno, allí donde se
siente en algún momento incluso bien tratado, a pesar de todo; al fin y al cabo,
llega a reconocer que mira alrededor «como si se tratara de un juego», porque,
qué duda cabe, parece pensar, que si «nosotros colaboramos, todo se resolverá».
Al fin y al cabo, «¿qué es lo que habríamos podido hacer?»
Sólo
al final surge el enfado ante la experiencia, la toma de conciencia de la
naturaleza de las cosas, el odio por lo vivido y, sin duda, por haber sido en
cierto modo cómplices por omisión de una maquinaria odiosa. Hemos leído no
pocos testimonios de lo acaecido, hemos sabido de aquellos trenes de la muerte
que condujeron a miles de personas a los campos de concentración, personas
sumisas y obedientes que no parecían reaccionar ante lo que estaba pasando, aunque
no pocos tomaron la decisión de escapar de los trenes aprovechando un despiste en
su vigilancia, y hemos sabido, peor aún, de los cómplices de aquel transporte
criminal, la complicidad de los soldados que vigilaban, de los trabajadores de
los trenes, de los funcionarios que gestionaban el transporte, de los testigos
que callaban, no sentían, no protestaban o, peor aún, justificaban o compartían
una política repugnante, como si vivir fuera vivir asumiendo el mal.
Nos
hemos preguntado no pocas veces por qué no se rebelaron. Aunque nos tendríamos
que ver en tales circunstancias para conocer nuestra reacción. Porque además en
este presente es también clamoroso el silencio ante no pocas tragedias, tiranías
y políticas contrarias a los principios básicos de una convivencia digna, y hay
también quien no sólo calla, sino que legitima los desastres actuales.
Imre
Kertész ha empleado la literatura para clamar en este desierto del silencio
ante el horror. Vivió las experiencias descritas por el protagonista de Sin destino.
Formó parte del grupo de autores del holocausto, los que vivieron de primera
mano el horror de la historia europea, otros escritores posteriores los han querido
contar, algunos con una capacidad tremenda de conmocionar al lector. Ahí está Maddi
y las fronteras, de Edurne Portela con esos capítulos finales en los que
describe el viaje en esos trenes de la muerte con un detallismo que estremece.
Del
holocausto, de los campos de concentración, de aquel nazismo insoportable se ha
hablado hasta la saciedad. Sin embargo, a pesar de los testimonios, abundantes
e incuestionables, el mundo sigue conviviendo con el horror y mirando hacia
otro lado. Se siguen legitimando muertes, guerras, tiranías, genocidios y
necropolíticas cotidianas, como si el mal fuera el único escenario posible de
nuestras vidas.





