Escribe
José Ovejero en relación con la novela Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy,
que su función «(…) no es tanto contar la verdad como mostrar una visión que nos
haga poner en tela de juicio las interpretaciones que conocíamos hasta ahora,
ayudándonos, una vez más, a desaprender, al revelarnos la probable impostura en
la que se basa la historia de toda nación» (“Cormac McCarthy: «Meridiano de sangre»”
en La ética de la crueldad). Algo de esto consigue Daniel Guzmán en su
última película, La deuda (2025), esa historia de Lucas y María que nos
estremece por su dureza, por la crueldad en la que se envuelve esa necesidad de
supervivencia a la que ambos se enfrentan y que, tal como indica José Ovejero,
nos revela la impostura en que se desarrolla la vida cotidiana, en este caso la
del momento actual.
Madrid
se vuelve el escenario de esta historia tremenda de unos marginados, de todos
esos nadie ocultos tras las fachadas del centro, el centro de Madrid
como el de cualquier otra ciudad, rodeados de la opulencia de una capital, de
cualquier capital, cuyos gerentes muestran con orgullo como consecuencia de sus
políticas, la ciudad de la libertad, proclaman en el caso de Madrid, la libertad
de tomarse unas cañas, atribuyéndose el dinamismo de la ciudad, mientras que
los responsables del gobierno central, por su parte, de tendencia distinta, se
enaltecen de los logros sociales habidos, reales sin duda alguna, pero diluidos
en las consecuencias más nefastas del mercado, al que no le tocan una coma.
La
belleza de las calles o de los edificios antiguos y modernos o el dinamismo de
las avenidas ocultan en la realidad la angustia que tan bien se retrata en esta
película. Tal es en buena medida la función de la literatura y del cine, o una
de las funciones, la de un arte basado en una crueldad ética que José Ovejero
define como «aquella que en lugar de adaptarse a las expectativas del lector
las desengaña y al mismo tiempo lo confronta con ellas. Es ética en el sentido
de que pretende una transformación del lector».
Lucas,
interpretado por el propio Daniel Guzmán, y María, interpretada por Rosario
García, que circunstancias que no conocemos han juntado en un piso del centro
de la ciudad y sufren las consecuencias de la gentrificación, de la conversión
de nuestras urbes en meros parques temáticos, intentan evitar su desahucio, salvar
lo único que tienen y sobrevivir en medio de la pobreza, de un sistema
económico y una sociedad que vuelven invisibles a quienes no se ajustan a este
modelo social de nuevo cuño. No tienen dinero, sólo hay una pensión de
jubilación más bien magra y la propiedad del apartamento a punto de perderse. Lucas
malvive en la más absoluta precariedad, no sin terror por lo que se le viene
encima, a él y a María, a la que intenta salvar, con una culpa evidente en sus
gestos, en sus actos, sin duda reprochables, antiéticos, o tal vez éticos si
nos atenemos a esa misma crueldad que le envuelve.
Al
verlos en su historia, no podemos olvidar los muchos Lucas y Marías que poblaron
las calles de España y de tantos otros países durante la crisis del 2008. Los
vimos esperar a que sacaran de los supermercados y de los restaurantes las
sobras que les alimentaría por unos pocos días. Los vimos desahuciados porque la
crisis repentina causada por el mercado, el eufemismo que se empleó para
referirse a los especuladores, les dejó sin dinero para afrontar las hipotecas
o los alquileres. Los vimos agobiados ya a mediados de mes porque los salarios
no cubrían las necesidades, demasiado mes para el final del sueldo, se
repetía durante las protestas del 15M.
Así
que es imposible no simpatizar con Lucas. Es el antihéroe del que habla José
Ovejero en el mismo capítulo referido al principio: «(…) ese personaje más
cercano al lector que el héroe clásico porque comparte sus defectos y sus
miedos». Tampoco tiene esta vez alternativas o canales de reivindicación. Lucas,
como nosotros, está solo, lo estamos nosotros, los nadie, solos del
todo, porque otros canalizaron las protestas y las luchas hacia un posibilismo
institucional o en unos abrazos con quienes eran parte del problema, mero
espejismo que acabó rompiendo toda esperanza.
Quizá
la crisis actual no se nos aparezca tan extrema como la de hace tres lustros, pero
sigue siendo tanto o más cruel porque nos vuelve más solitarios, más impotentes
en lo colectivo, más culpables. Ya no nos creemos los cantos de sirena, ni siquiera
necesitamos atarnos al mástil para evitar su seducción, hemos dejado de creer
en sus intenciones. Estamos además convencidos de que es peor lo que está por
venir.
Puede
que la película de Daniel Guzmán contribuya a esa necesidad de desaprender. Nos
deja un poso de desaliento, pero también nos habla de ese hilo rojo que nos
vincula con los demás, que crea cercanías, complicidades, alientos, tan necesarios
todos ellos, tan precisos e imprescindibles, tanto que los deberíamos sin duda
recomponer, aunque luego todo salga mal.





