«¿Qué
fúnebres tañidos se ofrendan / para estos que mueren como ganado? / sólo la ira
monstruosa de los cañones… / … y el rápido tartamudeo de los rifles / pueden
escupir una apresurada plegaria». Son palabras que aparecen en el Réquiem de
guerra, el libreto de Benjamín Britten para la Misa de Difuntos con que se
reconsagró en 1962 la Catedral de Coventry. El edificio quedó destruido durante
un bombardeo el 14 de noviembre de 1940, en aquella guerra infame, aunque todas
las guerras lo son, que produjo millones de víctimas y destruyó medio mundo.
Nadie
mejor que el músico británico para ese encargo: pacifista reconocido,
antibelicista convencido, se negó a participar en las matanzas, se enfrentó a
la maquinaria de guerra, se declaró objetor de conciencia en 1942, tras
regresar al Reino Unido después de una estancia en Estados Unidos, y fue blanco de no
pocas críticas por su posición contraria a tomar las armas contra los soldados
del otro lado, ciudadanos que no eran su enemigo, en absoluto. En aquel momento
se recuperaron no pocas proclamas para enaltecer el espíritu bélico. «Dulce
et decorum est pro patria mori», había escrito Horacio varios siglos antes,
lema esculpido en los frontispicios mentales de las naciones, emblema de los
patriotas de todo cuño, sobre todo de aquellos que envían a otros a matar y a
morir, «dulce y honorable es morir por la patria», algo que otro británico, el
poeta Wilfred Owen, no dudó en calificar de vieja mentira. Supo de lo que
hablaba: él mismo acabó muriendo en Francia el 4 de noviembre de 1918, apenas
unos días antes del armisticio, durante una batalla, soldado consciente a
medida que combatía del mal de las armas. El compositor lo homenajeó al
trasladar a su Requiem de guerra algunos de sus poemas, de ese modo unieron los dos conflictos mundiales, ambos en un mismo siglo, hasta el punto de que
hay quien piensa que en realidad se trato de un mismo conflicto.
Ambas
guerras se calificaron de mundiales, se extendieron ciertamente por casi todo
el mundo y participaron, de un modo u otro, buena parte de los Estados del
planeta. Además, el desarrollo de la tecnología dio lugar a nuevos instrumentos
y nuevas herramientas de muerte: aviación, submarinos, gases mortíferos, bombas
cada vez más potentes, armas de mayor alcance. Por si no fuera poco, toda la
población se volvió objetivo militar, blanco de unas matanzas que buscaban
expandir el terror. Se crearon métodos bien dispuestos para la muerte
organizada. Los campos de concentración en Alemania fueron la cumbre de un
sistema metódico de asesinato masivo, tan crueles como la experimentación de
las dos bombas atómicas lanzadas contra dos ciudades japonesas por los Estados
Unidos, por hablar de dos ejemplos brutales, quizá los dos que han quedado más
grabados en la memoria colectiva, pero sin duda no fueron los únicos. El
Ejército Soviético, el primero en entrar en Berlín, no dudó en emplear
prácticas bien crueles mientras liberaba a la población alemana.
«Dulce et decorum est pro patria mori».
No pocos escritores pusieron en palabras, es cierto, la justificación de la
guerra. Las loas a los emperadores con sus gloriosas gestas, el ideal
caballeresco, tan embellecido por las buenas intenciones, las crónicas de las
batallas, el embeleso por los nuevos señores de la guerra, la exaltación
romántica de la patria, hasta llegar a nuestros tiempos democráticos, en los
que se legitiman las guerras con los discursos justificadores de las matanzas
actuales. También con la mentira como instrumento bélico, es evidente. Y
descarado. ¿Quién se cree hoy que el objetivo sea liberar a la población iraní
en esta nueva fase de locura masiva? No ha pasado tanto tiempo de las armas de
destrucción masiva alegadas para bombardear Irak. Y apenas unas semanas de la
lucha antiterrorista que se arguyó para arrasar Gaza mientras se delineaban
planes de inversiones turísticas en la región.
Estamos
de nuevo en un tiempo de sofistas: se confunde la verdad con la conveniencia,
la libertad con los intereses.
La
primera guerra mundial, no obstante, produjo al mismo tiempo una conciencia
pacifista activa y militante. Vera Brittain vivió también de cerca el horror de
la guerra. Herman Hesse se negó a ser cómplice de nuevo de la maquinaria del
terror. Dietrich Bonhoeffer reflexionó sobre el mal desde el interior de la
bestia. Al igual que Benjamín Britten, se enfrentaron a sus propios países, lo
que vuelve más heroico su gesto. Es fácil oponerse a guerras lejanas; lo
difícil es la resistencia interna, la oposición desde dentro, la del puñado de
pacifistas y objetores israelís, la de los palestinos que se oponen al
fundamentalismo, la de los iraníes que propugnan otro sistema político
realmente emancipador y que poco tiene que ver con los cantos de sirena de
quienes los bombardean. Y sin duda es mucho más realista, como cuenta la
película Feliz Navidad (2005), que los soldados enemigos jueguen al
fútbol e intercambien recuerdos a que se maten en el campo de batalla.




