domingo, 30 de agosto de 2026

Pepe Gutiérrez

 



De obrero ilustrado lo calificó hace unos días Marc Casanovas en un obituario aparecido en Viento Sur. No estaba equivocado: José Gutiérrez era en efecto un obrero ilustrado, uno de esos obreros ansiosos de saber y de saberes que tanto habría enorgullecido a Rosa Luxemburgo, a quien molestaba que se tratara a los trabajadores como almas simples o bobaliconas, incapaces de comprender la complejidad de la vida y de la realidad. Sobre todo, le irritaba a la revolucionaria germano-polaca que dicha actitud paternalista brotara entre los dirigentes revolucionarios con pretensiones de guías de las masas acríticas, a todas luces una tentación peligrosa tan presente entre las vanguardias leninistas de todo tipo y condición.

José Gutiérrez, Pepe Gutiérrez como se le llamaba, tuvo muy en cuenta, sin duda, el rapapolvos que soltó Rosa Luxemburgo a quienes minusvaloraban las capacidades de las masas, él mismo se ofreció como ejemplo de que un obrero, una trabajadora, cualquier joven de clase popular podía superar los límites que le imponía el sistema: supo desde muy pronto la necesidad de ser culto, de adentrarse en la cultura como herramienta no de empoderamiento, que se dice hoy, a todas luces una fórmula equívoca y errónea, sino de emancipación. Su pretensión era ser culto, no de un modo elitista, no quería pertenecer a un núcleo intelectual orgulloso y mimado, a una academia que diera esplendor al sistema, al (des)orden del mundo, sino que partía de considerar la cultura como una herramienta de comprensión de sí mismo y de la realidad que nos envuelve.

También fue un revolucionario que revoloteó entre las ondulaciones y serpenteos de los años sesenta, que observó los vericuetos vitales, intelectuales y tácticos de la época, pero también de los lustros que siguieron a las hazañas del momento. La revolución no pudo ser, no se asaltaron los cielos, aunque no es del todo cierto, Mayo del 68 cambió muchas mentalidades, en los países capitalistas pero también al otro lado del muro. Quizá el éxito de aquella revolución no radicó tanto en la toma del poder por la clase obrera, toma del poder para destruirlo, no se olvide lo que tantas veces se ha olvidado, sino en la capacidad de cambiar la vida, las percepciones, los sentimientos y las preocupaciones de las gentes que conformamos la clase trabajadora y satélites varios que la envuelven. Porque se trata también de cambiar la vida.

Sea lo que fuere, la revolución con la que se comprometió quedó a todas luces en la periferia, condenada a ser poco más que una nota al pie de página, pero nota importante, qué duda cabe, y a veces muy acertada para comprender, para saber, para no quedarnos de nuevo ahora otra vez en la periferia, aunque los tiempos no están para muchas alegrías ni esperanzas. No decidió abandonar, pese a todo, mantuvo su militancia, pero se dedicó en la medida de lo posible, con todas sus fuerzas, a recuperar la memoria, tanto de su tradición, la del POUM, la de los militantes a los que él conoció y con los que habló largo y tendido, como la de otros ámbitos. No hubo en su acercamiento ni juicios de valor, ni alardeos de superioridad moral, ni críticas feroces, la vida al final tampoco es eso, sino reconocer en su amplitud a quienes estuvieron antes que nosotros.



Dejó un buen puñado de libros, Retratos poumistas o Retratos en rojo y negro, entre otros, o sus introspecciones sobre personalidades fundamentales en el siglo anterior: Trotsky, Georges Orwell o Víctor Serge. También tuvo ocasión de retratarse a sí mismo, en sus Memorias de un bolchevique andaluz, una forma amena de presentarse, de explicarse, sin ánimo egocéntrico, sino como quien te cuenta la vida en un momento dado, en un café o en una sobremesa, con toda la ironía de la que fue capaz, la vida de un andaluz más en Cataluña y su visión de unos tiempos extraños. Todos lo son, por cierto.

Pero lo que más me llama la atención era esa concepción ya comentada antes de la cultura como algo fundamental para afrontar la realidad. La suya fue una cultura libresca, en efecto, pero también de diálogo, de intercambio, de matices y contrastes. Da la impresión de que esta cultura del libro está modificándose. Por no decir desapareciendo, que según algunos es una percepción de viejuno. Pero algo está pasando, y no para bien, salta a la vista. Además, entramos en un momento que da miedo. El eco atronador del muera la inteligencia resuena otra vez en las calles de Ceuta, de Minsk o de Washington. Quizá esa ansia de Pepe Gutiérrez por ser culto para ser libre sea ahora mismo lo más revolucionario. Aunque es una frase hecha, por muy real que resulte.   

viernes, 21 de agosto de 2026

Soldados


 

En 1985 publicaba Francisco González Ledesma su novela Soldados. Se trata de una novela negra, subgénero en el que el escritor mostraba siempre una enorme maestría al tiempo que retrataba una sociedad que a todas luces no resultaba tan idílica como a esas alturas se nos mostraba desde las instituciones y los medios de comunicación. En ella, uno de sus personajes, en un momento dado, reflexiona sobre esas nuevas tecnologías que en aquella época empezaban a ocupar un lugar importante en la sociedad, quizá en apariencia no tan central, pero sí fundamental. Las máquinas saltaban de las fábricas, del ámbito industrial, a otros sectores y ocupaban incluso la cotidianidad de los ciudadanos, volviéndose fundamentales en sus vidas.

Anuncia el personaje en cuestión que estamos entrando en una nueva civilización. Afirma que no queda lugar para los jóvenes porque estamos ante un mundo de robots y señala de inmediato que «(E)llos nos quitarán el trabajo, nos enseñarán cómo movernos y nosotros nos tendremos que amoldar a su lenguaje, no ellos al nuestro». Concluye que el ser humano nunca antes había aceptado ser tan esclavo de las máquinas, que hasta ese momento habían sido nuestros brazos, pero se convertían en nuestro cerebro, incluso nuestra lengua (página 170 de Soldados, edición de Plaza y Janés).

Ni imaginaba el autor hasta qué punto iba a ser cierto su presagio. Sin duda, tendría muy en cuenta la novela de Georges Orwell 1984, muy presente durante la escritura de Soldados por la coincidencia del año, y parecía que la distopía del escritor británico empezaba a ser una realidad a ojos de quienes estaban más atentos a los cambios sociales. Pero no era tan evidente entonces, era una mera posibilidad, se percibían algunos síntomas de ese mundo nuevo tecnologizado, pero las sociedades estaban a tiempo de no sucumbir a la manipulación que entrañaban las nuevas máquinas. Aunque, a decir verdad, la manipulación era la misma, no se trataba realmente de un cambio, sólo que se disponía de herramientas más afiladas. En todo caso, no se veía posible ese dominio absoluto de las nuevas tecnologías, esa dependencia humana de la máquina. Se confiaba tal vez en el raciocinio, en la capacidad humana de pensarse y mantener su libertad.

Poco más de cuarenta años después la serie británica The Capture nos pone en otro escenario, no muy distinta al apuntado por el escritor catalán y con la novela de Orwell como fondo, como marco de esta nueva civilización.

 Hoy la tecnología lo ocupa todo, toma decisiones, deja que los algoritmos establezcan los criterios de lo que tiene o no interés, determina los límites de la realidad y, sobre todo, como señala el personaje de soldados, ya no es una herramienta de análisis en nuestra evaluación de lo real, nuestros brazos, sino que se ha convertido en nuestro cerebro. La llamada Inteligencia Artificial añade una variable más en este proceso social hacia una nueva sociedad. Aunque sería mejor decir que no es la sociedad la que ha cambiado, sino que los mecanismos de poder, de división social, de control y de normalización de los discursos de clase se vuelven más punzantes y sutiles. No sólo hablamos de filfas que se expanden con rapidez y suma facilidad, sino que la percepción de la realidad está ya establecida de antemano y será difícil escapar a lo que nos muestran las pantallas. Modificadas a voluntad, como nos sugiere la mencionada serie británica.

Es el mundo descrito por Orwell. La realidad, incluso, supera la verdad.



Estamos además en un mundo en guerra, otra vez, aunque quizá nunca lo dejamos de estar después de 1945, sólo que los países europeos no estábamos tan cercanos o en apariencia tan implicados. El gobierno de Georges Bush nos metió en la guerra de Irak en 2003, lo ilustra aquella famosa foto de Las Azores con tres mandatarios en actitud engreída y chulesca, y las filfas creadas y divulgadas a la velocidad de la luz, Putin invadió Ucrania, con un uso tecnológico nuevo tanto bélico como propagandístico, y ahora la guerra por el control de Ormuz parece estancada, en ella el uso de la nueva propaganda parece más burdo, no da la impresión de que el mandatario actual norteamericano sea muy refinado a la hora de tergiversar la realidad.

Incluso en la cuestión de Ceuta se tilda de invasores y ocupantes a los desarrapados del mundo, en este caso de África, algo exagerado sin duda, por mucho que los utilice el régimen marroquí.

Guerra y nuevas tecnologías no parecen tampoco una buena combinación. Para colmo, la crítica a lo que hay se restringe hoy a ámbitos muy periféricos. Se impone una única mirada posible a la realidad, amparada por las tecnologías, sin permitir discrepancias que se ven como traiciones el mero hecho de defenderlas, cuando no de tonterías o mero intelectualismo. No es nuevo, pero parece más categórico, menos rebatible. La ocurrente frase atribuida a Alfonso Guerra, «el que se mueve no sale en la foto», resulta hoy más actual que nunca. Hemos de mantenernos quietos, estáticos, disciplinados como buenos soldados. Somos soldados y clientes en este capitalismo global, las dos condiciones esenciales.

A muchos no nos da la sensación de que sea muy prometedora esta civilización hipertecnologizada. Cosa de viejunos tal vez. Aunque tampoco cabe, para qué engañarnos, mucha nostalgia de lo que fue, de lo que fuimos.

 

jueves, 6 de agosto de 2026

Corrección

 



En 2019 el director y guionista Ben Chanan nos ofreció una trepidante serie de tres temporadas, The capture, en la que la comisaria Rachel Carey se enfrenta a una distopia política y tecnológica. Procedente de un departamento de lucha antiterrorista, Rachel Carey pasa a dirigir el departamento de homicidios y al investigar la desaparición y muerte de una abogada en apariencia a manos de Shaun Emery, un oficial del ejército británico al que se acusa previamente de asesinar a un talibán a sangre fría en Afganistán, de cuyo proceso judicial sale absuelto, descubre que el sistema público de cámaras de vigilancia de Londres está distorsionado por la aplicación de un plan denominado Corrección.

Este sistema consiste en crear imágenes falsas de videovigilancia para establecer pruebas fehacientes cuando las reales no resulten suficientes en los procesos penales y así condenar a los investigados y acusados, en especial a los terroristas que amenazan la estabilidad del país. Para sus defensores más acérrimos, Corrección supone un medio para garantizar la seguridad y defender la democracia, para asegurar el éxito de las investigaciones criminales y apuntalar las sentencias que defiendan el orden y a la ciudadanía. Apenas un puñado de agentes, una élite, controla la viabilidad de este sistema y se sirven de él para mantener el control y el orden. El empleo de la inteligencia artificial en la distorsión de las imágenes e incluso, se verá en la tercera temporada, en la gestión de las investigaciones en curso supondrá un peligro con repercusiones en el funcionamiento político del Estado, en este caso Gran Bretaña.

Rachel Carey se empeñará en actuar contra la aplicación de este sistema, para ello se integrará en el núcleo de la inteligencia británica, en una acción vertiginosa con un final tan ostentoso como inquietante. A veces puede parecer demasiado espectacular lo que se cuenta en la serie, tanto que puede parecer inverosímil, un verdadero delirio, pero no podemos olvidar que lo que se nos cuenta no es otra cosa que un marco de flagrante manipulación de la realidad y aquí, mucho nos tememos, resulta aplicable la máxima atribuida a Óscar Wilde: la realidad supera la ficción. Al fin y al cabo, el lector de 1984 o de Un mundo feliz pudo pensar en su momento que aquellas distopías nunca podrían volverse reales y aquí estamos.

La serie deja, más en este tiempo de filfas, medias verdades, bernardinas reactualizadas, opiniones sin base alguna, pensamiento ínfimo o impotencia política, un remusguillo a conspiración permanente contra lo que nada puede hacerse. El final de la serie, habrá que verlo, acentúa esta idea de que todo está perdido y de que no hay alternativa posible. Nada nuevo bajo el sol, la serie parece amparar este viejo axioma bíblico. Y si salimos de la ficción y nos trasladamos a un escenario real, por ejemplo Ceuta en esta mitad del verano, nos damos cuenta de que, como en The capture, no podemos estar seguros de nada, salvo de que estamos ante un nuevo capítulo de esta infamia que es la historia, y más en concreto la historia reciente.

En tiempos de pensamiento débil tendemos a dividir el mundo en buenos y malos, reiteramos el viejo discurso del nosotros y el ellos, acudimos otra vez al principio sofista de atribuir verdades y justicias según nuestra propia conveniencia y nos damos cuenta por fin de que nada es lo que parece. Y por poder ser, puede incluso que aceptemos la conspiración que rodea lo sucedido: que no sólo estemos ante una acción desesperada de una población sin futuro —impecable el análisis de Al Mounadil-a en Inprecor— o que los Estados, todos, incluidas nuestras democracias tan modélicas, utiliza a la población, la propia o la ajena, como armas arrojadizas —recuérdese que España y otros países de la UE comenzaron a exigir visados a los bolivianos el 1 de abril de 2007, justo un año después de que el presidente Evo Morales decidiera nacionalizar el gas de Bolivia, sin que nadie vinculara públicamente ambos hechos, mera casualidad—, sino que Marruecos actúe confiado por sus buenas relaciones con Israel, molesto por la actitud del gobierno español ante lo sucedido en Gaza, y Estados Unidos, ese mismo gobierno español fue blanco de las iras caprichosas de su mandatario.



Claro que pensar esto puede ser mera fabulación, mientras que parte de la oposición política española, candidato a la presidencia incluido, se ha presentado en Ceuta para tachar de invasores a los desarrapados del mundo y acusar al régimen marroquí de utilizar a su población contra la soberanía española, lo que puede ser cierto en parte, pero sin mencionar los negocios en marcha entre ambos países, venta de armas incluida, y las cesiones del Gobierno español, el Sahara Occidental por ejemplo, que esa misma oposición no critica en absoluto.

Mientras tanto, las cámaras apuntan hacia las calles de Ceuta. Sus grabaciones son el mensaje. Como en The capture, nuestra percepción nos puede llevar a dudar de lo que ocurre realmente en ellas. Nada nuevo, por otro lado: la realidad como mera construcción siempre al servicio del poder.

lunes, 13 de julio de 2026

Sin destino


 

Llama la atención en la novela Sin Destino, de Imre Kertész, la actitud conformista de su protagonista y de su entorno ante los acontecimientos. Estamos en los años duros de la guerra mundial, cuando la maquinaria criminal nazi ya se ha expandido por Europa y millones de personas, sean judías o gitanas, comunistas o disidentes, europeos o incluso alemanes, son víctimas de un régimen cuya naturaleza perversa e inmoral, a esas alturas de la historia, era de sobras conocida y no pasaba, no debería pasar, desapercibida a los ojos indiferentes del mundo.

No obstante, la conducta del joven protagonista, de su familia y de su entorno tampoco parece afectado por lo evidente, hay una inercia dócil, sumisa, resignada ante el poder y ante la maldad que rige el mundo, como si los ojos fueran incapaces de mirar cara a cara el mal, como si a pesar de lo innegable habría que mantener la compostura, aceptar el (des)orden del mundo, conservar una idea más bien vaga de dignidad personal que no contempla la rebeldía, la disidencia, la distancia respecto a una realidad que resulta insoportable, pero que hemos normalizado y normativizado.

Se dice incluso sin tapujos: hay que confiar en el poder, pese a todo, «comportarnos con dignidad ante la autoridad», poseer una «actitud intachable» en el trabajo, aunque este trabajo sea impuesto y obligatorio para los judíos o para cualquiera de los colectivos perseguidos y afectados, segregada la población por criterios arbitrarios, caprichos demenciales de gerifaltes obscenos.

Hay que estar incluso agradecidos por la sopa, pura bazofia, que se les da en el campo de concentración, cuando el protagonista acaba en uno, allí donde se siente en algún momento incluso bien tratado, a pesar de todo; al fin y al cabo, llega a reconocer que mira alrededor «como si se tratara de un juego», porque, qué duda cabe, parece pensar, que si «nosotros colaboramos, todo se resolverá». Al fin y al cabo, «¿qué es lo que habríamos podido hacer?»

Sólo al final surge el enfado ante la experiencia, la toma de conciencia de la naturaleza de las cosas, el odio por lo vivido y, sin duda, por haber sido en cierto modo cómplice por omisión de una maquinaria odiosa. Hemos leído no pocos testimonios de lo acaecido, hemos sabido de aquellos trenes de la muerte que condujeron a miles de personas a los campos de concentración, personas sumisas y obedientes que no parecían reaccionar ante lo que estaba pasando, aunque no pocos tomaron la decisión de escapar de los trenes aprovechando un despiste en su vigilancia, y hemos sabido, peor aún, de los cómplices de aquel transporte criminal, la complicidad de los soldados que vigilaban, de los trabajadores de los trenes, de los funcionarios que gestionaban el transporte, de los testigos que callaban, no sentían, no protestaban o, peor aún, justificaban o compartían una política repugnante, como si vivir fuera vivir asumiendo el mal.

Nos hemos preguntado no pocas veces por qué no se rebelaron. Aunque nos tendríamos que ver en tales circunstancias para conocer nuestra reacción. Porque además en este presente es también clamoroso el silencio ante no pocas tragedias, tiranías y políticas contrarias a los principios básicos de una convivencia digna, y hay también quien no sólo calla, sino que legitima los desastres actuales.

Imre Kertész ha empleado la literatura para clamar en este desierto del silencio ante el horror. Vivió las experiencias descritas por el protagonista de Sin destino. Formó parte del grupo de autores del holocausto, los que vivieron de primera mano el horror de la historia europea, otros escritores posteriores lo han querido contar, algunos con una capacidad tremenda de conmocionar al lector. Ahí está Maddi y las fronteras, de Edurne Portela con esos capítulos finales en los que describe el viaje en esos trenes de la muerte con un detallismo que estremece.

Del holocausto, de los campos de concentración, de aquel nazismo insoportable se ha hablado hasta la saciedad. Sin embargo, a pesar de los testimonios, abundantes e incuestionables, el mundo sigue conviviendo con el horror y mirando hacia otro lado. Se siguen legitimando muertes, guerras, tiranías, genocidios y necropolíticas cotidianas, como si el mal fuera el único escenario posible de nuestras vidas.

martes, 23 de junio de 2026

Anatomía de un instante

 


Javier Cercas se pregunta en Anatomía de un instante si la ética política no es en sí misma un oxímoron. Todos somos conscientes, salvo los ingenuos, de que todo Estado, cualquiera que sea su orientación o sus (pretendidos) principios, está basado en la violencia, en la arbitrariedad, en gran medida en la injusticia. Del conflicto en su seno, de las luchas de poder y de la dialéctica de los intereses particulares dependerán las líneas maestras de quien ejerza el poder. O los poderes, porque en una sociedad contemporánea, con su complejidad, son a todas luces varios los poderes existentes, se solapan entre ellos, se muestran o se esconden con desfachatez o impunidad, con descaro o con discreción.

Fue en 2009 cuando apareció este libro, Anatomía de un instante, que describe y analiza los hechos acaecidos durante la transición y que desembocaron en aquel 23 de febrero de 1981, cuando un grupo de guardias civiles irrumpieron en el pleno que debía elegir al sustituto de Adolfo Suarez. Javier Cercas da vueltas alrededor de varias fotos fijas que quedaron grabadas de aquella larga jornada, la de un Parlamento tomado por sorpresa, la de Suárez o Carrillo inmóviles en sus escaños mientras zumbaban las balas, la de Gutiérrez Mellado enfrentado a los guardias civiles, las de un teniente-coronel amenazante, las de un país paralizado, incapaz de reaccionar, temeroso, las de un Rey que se dirige al país en la madrugada. Javier Cercas nos da varias claves de los hechos, nos habla de los diversos personajes con un papel fundamental en aquellas horas, va perfilando una trama que, es cierto, si no estuviera grabada, si no hubiera quedado en el recuerdo de quienes lo escucharon por la radio o vieron después las imágenes, pensaríamos hoy que es pura ficción.

El autor, de quien conocemos su trayectoria progresista, no lo oculta, tenemos sus libros, hemos leído no pocos artículos, leer su obra es siempre una discusión honesta a través de sus escritos, agradable, grata, confirma en gran medida lo que muchos pensamos, que no fue un golpe duro, que quien decidió los pasos a dar buscaba más un pronunciamiento, una reordenación del mapa político, no una vuelta atrás, sólo unos pocos ingenuos de aquel bando se creyeron la dialéctica bravucona de salvar no sabemos qué, y en cierto modo el libro reafirma un discurso institucional, ensalza a los protagonistas, pese a sus claroscuros. Claro que nadie es siempre el mismo. Como el río cuyas aguas no son siempre las mismas, aunque siga siendo río, cambiaron a lo largo de su trayectoria. Y tampoco es que Cercas nos dé una imagen edulcorada de los protagonistas, permite que tengamos nuestras valoraciones, las mantengamos, las perfilemos, las modifiquemos incluso.

Al mismo tiempo nos recuerda que ningún hecho surge de la nada, nada sale de la nada, podemos remontarnos hacia atrás en elementos previos que explican muchas cosas, así no podemos dar una fecha fija que fuese el origen absoluto del 23 febrero, siempre podemos remontarnos hacia atrás, tampoco acabó con el juicio y las sentencias y los recursos. Después del 2009, cuando apareció Anatomía de un instante, supimos cosas que sin duda cambian nuestra perspectiva de los protagonistas de aquel momento. Que justifican tal vez que la ética política sea un oxímoron. Que lima muchas de las apreciaciones de aquel instante. Pensar sobre aquel hecho cuarenta y cinco años después es cambiar lo que sin duda se pensó nada más sucedido.

Resulta por tanto inevitable preguntarse si la sociedad actual es la misma que la de entonces. A todas luces no, en absoluto. Han pasado muchas cosas. Aunque el Estado autonómico siga estando en candelero hoy, con ese capítulo entre el absurdo y el histrionismo que fue el procés, que tan bien delinea una novela, Catalanes todos, de Javier Pérez Andújar. La crisis económica afecta a millones de personas, a pesar de que la macroeconomía no vaya mal. Descubrimos que el Rey, que pudo ser firme en aquel instante con su defensa de la legalidad vigente, escondía a la vez vericuetos no tan honrosos. Y se conserva mal que bien una democracia basada en el oxímoron mencionado.

Podemos preguntarnos si la sociedad española sería hoy tan pasiva de tener que enfrentarse a un reto parecido. Es verdad que hubo un 15m de movilizaciones tan necesarias, en un momento en que la sociedad desarrollada y del bienestar parecía derrumbarse a pedazos. Pero muy pronto ese movimiento de protesta se llevó de nuevo al redil institucional, de vuelta a la desmovilización. Quizá más que pasividad causada por el temor o el miedo tengamos que hablar de desencanto, esa palabra que surgió a mediados de los ochenta, cuando los hechos del 23F se diluyeron en algo parecido a la ficción, un vago recuerdo, apenas un instante, y que podemos seguir empleando hoy, desencanto por ser meros testigos de la historia.

sábado, 23 de mayo de 2026

Calladita

 


«Pedimos mano de obra y llegaron personas». Lo dijo el escritor suizo Max Frisch en 1965 al referirse a la cosificación de los inmigrantes que llegaban a su país en aquella época y a los que se trataba como meros objetos, cuasi mercancías. Los argumentos a favor y en contra de aquella inmigración no debían de ser muy distintos a los que se emplean hoy en España, desde hace varios lustros receptora de inmigrantes.

Frente a los comentarios, a todas luces falsos o cuanto menos exagerados, de que las personas procedentes de otros continentes vienen a delinquir o a aprovecharse de los servicios sociales, todos ellos, además, o que desvirtúan las culturas locales, como si éstas fueran estáticas desde hace siglos, quienes apoyan la inmigración, o proyectan al menos una mirada positiva, se refieren a ella en términos económicos: ocupan los inmigrantes los puestos de trabajo que los españoles no asumen, las peores labores, las actividades más duras, las peor pagadas, contribuyen con sus cotizaciones a la caja común, cuando están regularizados, son en definitiva un elemento de mejora en la economía.  

Ambas posiciones deshumanizan claramente a la persona que cambia de país, que parte de su lugar de origen por necesidad económica, para mantener a sus familias, para enviar dinero y mejor la situación de los suyos, y a veces también de su entorno más inmediato, o por persecución política o social, para salvar la vida, o en los últimos lustros por la crisis medioambiental que afecta a sus regiones, se habla incluso de refugiados climáticos. Y sí, a veces caen en la marginalidad, en actividades delictuosas. Se les oculta detrás de una máscara lingüística, se habla de inmigrantes, no de personas que se trasladan a otros países; se habla de menas, no de menores o incluso niños que llegan sin padres o tutores, solos. Son inadaptados o mano de obra. Delinquen, se aprovechan de nuestro Estado social o son trabajadores que, imaginamos, sólo trabajan y ahorran, sea de un modo legal o no, en la economía sumergida, sin más vida que enviar sus remesas de dinero, encerrados en sus barrios, casi guetos, apartados de la clase trabajadora local.

Pero son personas las que llegan.



El director Miguel Faus nos ofrece en su película Calladita (2023) un retrato magnífico de lo que hablamos. Ana, interpretada por Paula Grimaldo, trabaja desde hace poco para una familia burguesa catalana. La familia la lleva a su casa de vacaciones, lujosa, a pasar el verano a su servicio. A que se ocupe de la casa, de la comida, de la vida cotidiana, de aquellas labores secundarias, subalternas. De su trabajo va a depender no sólo la continuidad de su puesto después del verano, sino también que se gestionen sus papeles de residencia. Parte de su sueldo se irá a Colombia, a contribuir a que su hermana pequeña pueda estudiar en la universidad.

La pareja burguesa, Andrea y Pedro, interpretados por Ariadna Gil y Luis Bermejo, la tratan bien, al menos eso parece. Al igual que sus dos hijos jóvenes, Claudia y Jacobo, interpretados por Violeta Rodríguez y Pol Hermoso, al principio muestran hacia ella no poca familiaridad, incluso la llevan una tarde a un recorrido en yate. Eso sí, Ana sigue vistiendo su vestido de las faenas, no se vaya a olvidar de sus funciones, las cuales se le recuerdan constantemente, que tiene que mantener la casa ordenada, perfecta, más cuando hay fiestas, ella ha de cumplir durante todo el día las faenas encomendadas, sin poder salir. Eso sí, todo por su bien.

Pero Ana es también una chica joven con una vida propia y unos deseos de experimentar y de vivir. Conoce a Gisela, con quien sale a escondidas a fiestas, a divertirse, a vivir en definitiva.

A medida que transcurre la cinta, vemos que las relaciones no son tan cordiales. Que hay explotación, estereotipos que rigen las relaciones sociales, incluso abusos. Que esa burguesía catalana, tan moderna y culta, tan guapa, es en el fondo igual que cualquier otra burguesía que pone las cosas en su lugar y a cada uno en su sitio. Por mucho que haya un discurso integrador, o lo hubo hasta hace bien poco, con un discurso que distribuía incluso nacionalidades, les acogemos, parecían decir, los integramos, los consideramos de los nuestros, catalanes como nosotros, como si ser colombiano o extremeño fuera un punto inferior, pero eso sí, sin olvidar que puesto ocupa cada cual en el orden social.

Sin duda, no será muy diferente en cualquier otro lugar de España, con una burguesía que tiene muy claro que tras la fachada hay un férreo sistema de jerarquías bien engrasado. Pero en los últimos años el racismo y la xenofobia ha desbordado el debate público. Se proclama la necesidad de una ordenación de la inmigración. Los más extremos claman por la expulsión generalizada, como si eso no afectara la economía real. Los más moderados repiten hasta la saciedad que los inmigrantes benefician la economía y muchos se han adaptado al país de destino. Todos pretenden en realidad que, como Ana, cada persona que venga se quede en su rincón, calladita.

jueves, 23 de abril de 2026

Atusparia

 


Cree la protagonista de Atusparia que «no hay que inventar las utopías de cero, las utopías de los vencidos siempre han estado ahí para quien quiera tomarlas». En su novela, Gabriela Wiener nos cuenta el proceso político de una mujer que adopta el nombre de un líder indígena del siglo XIX. Ella forma parte de ese sector de la población peruana, sin duda amplio, que en la historia reciente de su país vive en tierra de nadie, entre límites forjados a lo largo de la historia, en un momento además violento y repleto de incertidumbres. Se compromete políticamente y vive con intensidad los debates, los encuentros y desencuentros, las luchas internas, a veces violentas con la irrupción de las guerrillas, opta ella por la vía política y acaba siendo candidata a la presidencia, siendo víctima de maquinaciones e intrigas.

El trasfondo de la novela está en esa izquierda que contempla la caída del Muro de Berlín, la desaparición de la URSS y sus satélites, la acción virulenta de Sendero Luminoso, que se vuelve un obstáculo sanguinario para la izquierda transformadora, una izquierda que vive envuelta en cismas, discusiones, juegos de artificios que no llevan a ninguna parte, intentos de pureza ideológica o de lo contrario, consensos y mezcolanzas de proyectos, desistimientos de objetivos, clamores por unidades a cualquier precio o nuevas disensiones que tienden otra vez a los cismas. Los últimos años del siglo XX fue en cierto modo un clamor en el desierto para la izquierda, en un momento en que se vaticinó que la historia daba a su fin, el capitalismo había triunfado e incluso podía quitarse la careta de la preocupación social porque nada le hacía contrapeso. Surge así el neoliberalismo, un salto más en el capitalismo tardío que saca de sus prácticas las políticas sociales, todo debía estar en manos del mercado, incluso lo que hasta hace bien poco se concebía como derechos. Milei lo ha dejado claro: la educación no es un derecho, en absoluto. O lo que es lo mismo: quien quiera instrucción que se la pague. Como por el camino hemos disminuido las ayudas sociales, ya sabemos quiénes podrán estudiar bajo su mandato.

Es un fenómeno mundial: el eje se ha desplazado tanto a la derecha que incluso la socialdemocracia parece hoy revolucionaria. De socialcomunista tachan algunos al gobierno de coalición español, formado por el PSOE -un mero repaso a las políticas de este partido en los últimos cuarenta años deja claro su aceptación y defensa del capitalismo- y Sumar -pura socialdemocracia su programa-, mientras las grandes empresas siguen ganando dinero a espuertas, sin que se las haya tocado un ápice de su capital privado, sin atreverse más que de un modo tímido, cuasi vergonzante, a tasar sus beneficios, sin haber intervenido el mercado de la vivienda, sólo medidas que son más bien tiritas para afrontar los precios exagerados, aplicando, es cierto, algunas medidas de ayuda social, sin duda importantes, pero que quedan ensombrecidas por la crisis que se avecina, tan amenazante.

Mientras, la izquierda de esta izquierda socialdemócrata que parece radical en este nuevo panorama político está prácticamente desaparecida, quedan algunos grupúsculos que claman otra vez en el desierto, apenas hay unos pocos focos en Francia, en América Latina, pero sin apenas fuerza, en un momento en el que hasta los sandinistas, una esperanza roja en los ochenta, son hoy una caricatura ridícula alrededor de un egocéntrico Daniel Ortega.

Malos tiempos para la izquierda, podríamos decir, a pesar de los cantos de sirena o de ese llamamiento en España de Gabriel Rufián por unir «a las izquierdas», en una pirueta extraña por su parte, de los pactos con la derecha catalana y la independencia hace apenas diez años a querer encabezar un proyecto estatal que parece más bien un intento de salvar los muebles, aunque es indudable que la amenaza de la extrema derecha, con sus debates inanes y el retroceso que conllevaría, marca una variable a tener en cuenta.

En América algunos gobiernos progresistas ejercen sus gobiernos en contra de esa marea neoliberal. Pero sin duda nada tiene que ver con el trasfondo que vemos en la novela de Gabriela Wiener. Ese tiempo ha pasado. O tal vez no, la pobreza y la amenaza de la guerra siguen allí, la explotación de los más débiles o las políticas imperiales continúan presentes en la realidad, la vida sigue sombría en un mundo de beneficios y ganancias para unos pocos; la cuestión es cómo lo afrontamos, cómo lo vivimos.  Asunción Grass, el personaje de Atusparia que ejerce de contrapeso de la protagonista afirma: «la literatura es donde se vuelve a juzgar la historia, donde se reabre el expediente. ¿Un libro puede ser llave, abrir un calabozo?»

Quizá esa arma cargada de futuro de la que hablaba Gabriel Celaya no cambie el mundo. Pero ayuda a comprenderlo, que ya es mucho en estos malos tiempos, una literatura que nos habla de los vencidos, que nos refleja frente a los cantos de sirena.