jueves, 23 de abril de 2026

Atusparia

 


Cree la protagonista de Atusparia que «no hay que inventar las utopías de cero, las utopías de los vencidos siempre han estado ahí para quien quiera tomarlas». En su novela, Gabriela Wiener nos cuenta el proceso político de una mujer que adopta el nombre de un líder indígena del siglo XIX. Ella forma parte de ese sector de la población peruana, sin duda amplio, que en la historia reciente de su país vive en tierra de nadie, entre límites forjados a lo largo de la historia, en un momento además violento y repleto de incertidumbres. Se compromete políticamente y vive con intensidad los debates, los encuentros y desencuentros, las luchas internas, a veces violentas con la irrupción de las guerrillas, opta ella por la vía política y acaba siendo candidata a la presidencia, siendo víctima de maquinaciones e intrigas.

El trasfondo de la novela está en esa izquierda que contempla la caída del Muro de Berlín, la desaparición de la URSS y sus satélites, la acción virulenta de Sendero Luminoso, que se vuelve un obstáculo sanguinario para la izquierda transformadora, una izquierda que vive envuelta en cismas, discusiones, juegos de artificios que no llevan a ninguna parte, intentos de pureza ideológica o de lo contrario, consensos y mezcolanzas de proyectos, desistimientos de objetivos, clamores por unidades a cualquier precio o nuevas disensiones que tienden otra vez a los cismas. Los últimos años del siglo XX fue en cierto modo un clamor en el desierto para la izquierda, en un momento en que se vaticinó que la historia daba a su fin, el capitalismo había triunfado e incluso podía quitarse la careta de la preocupación social porque nada le hacía contrapeso. Surge así el neoliberalismo, un salto más en el capitalismo tardío que saca de sus prácticas las políticas sociales, todo debía estar en manos del mercado, incluso lo que hasta hace bien poco se concebía como derechos. Milei lo ha dejado claro: la educación no es un derecho, en absoluto. O lo que es lo mismo: quien quiera instrucción que se la pague. Como por el camino hemos disminuido las ayudas sociales, ya sabemos quiénes podrán estudiar bajo su mandato.

Es un fenómeno mundial: el eje se ha desplazado tanto a la derecha que incluso la socialdemocracia parece hoy revolucionaria. De socialcomunista tachan algunos al gobierno de coalición español, formado por el PSOE -un mero repaso a las políticas de este partido en los últimos cuarenta años deja claro su aceptación y defensa del capitalismo- y Sumar -pura socialdemocracia su programa-, mientras las grandes empresas siguen ganando dinero a espuertas, sin que se las haya tocado un ápice de su capital privado, sin atreverse más que de un modo tímido, cuasi vergonzante, a tasar sus beneficios, sin haber intervenido el mercado de la vivienda, sólo medidas que son más bien tiritas para afrontar los precios exagerados, aplicando, es cierto, algunas medidas de ayuda social, sin duda importantes, pero que quedan ensombrecidas por la crisis que se avecina, tan amenazante.

Mientras, la izquierda de esta izquierda socialdemócrata que parece radical en este nuevo panorama político está prácticamente desaparecida, quedan algunos grupúsculos que claman otra vez en el desierto, apenas hay unos pocos focos en Francia, en América Latina, pero sin apenas fuerza, en un momento en el que hasta los sandinistas, una esperanza roja en los ochenta, son hoy una caricatura ridícula alrededor de un egocéntrico Daniel Ortega.

Malos tiempos para la izquierda, podríamos decir, a pesar de los cantos de sirena o de ese llamamiento en España de Gabriel Rufián por unir «a las izquierdas», en una pirueta extraña por su parte, de los pactos con la derecha catalana y la independencia hace apenas diez años a querer encabezar un proyecto estatal que parece más bien un intento de salvar los muebles, aunque es indudable que la amenaza de la extrema derecha, con sus debates inanes y el retroceso que conllevaría, marca una variable a tener en cuenta.

En América algunos gobiernos progresistas ejercen sus gobiernos en contra de esa marea neoliberal. Pero sin duda nada tiene que ver con el trasfondo que vemos en la novela de Gabriela Wiener. Ese tiempo ha pasado. O tal vez no, la pobreza y la amenaza de la guerra siguen allí, la explotación de los más débiles o las políticas imperiales continúan presentes en la realidad, la vida sigue sombría en un mundo de beneficios y ganancias para unos pocos; la cuestión es cómo lo afrontamos, cómo lo vivimos.  Asunción Grass, el personaje de Atusparia que ejerce de contrapeso de la protagonista afirma: «la literatura es donde se vuelve a juzgar la historia, donde se reabre el expediente. ¿Un libro puede ser llave, abrir un calabozo?»

Quizá esa arma cargada de futuro de la que hablaba Gabriel Celaya no cambie el mundo. Pero ayuda a comprenderlo, que ya es mucho en estos malos tiempos, una literatura que nos habla de los vencidos, que nos refleja frente a los cantos de sirena.

sábado, 11 de abril de 2026

Los símbolos


 

«Nada nace de lo que no existe». Lo dice Epicuro en su epístola a Heródoto y, como si pretendiera incidir en la visión de las cosas humanas de su destinatario, el historiador griego, añade: «El universo siempre fue tal como ahora es, y que siempre será así, puesto que no hay nada en que transformarse».

Qué duda cabe de que la segunda afirmación deja un poso de fatalidad si la aplicamos a la realidad humana, a la historia de las diferentes sociedades que componen el mundo, y sin duda lo confirmamos si lanzamos una mirada hacia lo que ocurre ahora mismo, a esas guerras que se extienden, no sin los viejos clichés con que se siguen legitimando los genocidios, las tiranías e incluso las actividades turbias de las democracias decadentes, promovidas por los nuevos sofistas y que han persistido, empeño nefasto, como hasta hace bien poco incluso en países desarrollados, cultos y ejemplares, en esta misma Europa orgullosa, por ejemplo, que se erigen en modelo pero que no puede ocultar bajo sus alfombras lujosas el horror de los crímenes habidos.

Nada nace de la nada, todos los efectos tienen sus causas y todas las causas producen sus efectos.

Aunque le pongamos una fachada ornamentada o redactemos discursos elogiosos, intuimos que detrás no hay nada nuevo, «nada nuevo bajo el sol» en palabras atribuidas al Rey Salomón, no muy distantes en su sentido a las del filósofo griego.

Lo aplicamos a cualquier época y a cualquier lugar, no dejamos de sentir en ocasiones que la realidad es una sucesión de causas y efectos sin remedio, eslabones sin más objeto que mantener la cadena de la historia, quién sabe si sucesión sempiterna o dirigida a un inevitable final de los tiempos.

¿De dónde vienen, por ejemplo, las corrupciones y corruptelas que vuelven a ser tema central en los debates políticos españoles, si es que alguna vez se ha dejado de hablar de corrupción en España? Comienzan dos juicios que afectan a los dos partidos principales en España y se juntan a otro, el del Clan de los Pujol, proceso que está debida y sospechosamente silenciado en los medios de comunicación y en las mesas de los tertulianos mediáticos. ¿De qué son efectos tales casos?¿Hay algo connatural a la historia del país?¿Es específica del actual periodo de democracia, una vez asentada la transición, no en vano todos las etapas habidas han acabado con casos escandalosos y se reproducen además en cada comunidad autónoma, con mayor o menor intensidad?¿Podemos remontarnos a otros momentos de la historia reciente del país?

A la espera de una historia general de la corrupción en España, es plausible acudir a una novela cuasi olvidada del escritor catalán Francisco González Ledesma, Los símbolos. En ella vuelve a describir la Barcelona de los barrios pobres, la de la miseria y la de las resistencias, la de los callejones miserables en los que convivían personas muy peculiares, muchos de ellos retratados por el autor, la de los rincones en los que confluyeron revolucionarios, desalmados, apolíticos, prostitutas, ladronzuelos, buscavidas, chaperos, obreros, modistas, taberneros, artistas; por ahí anduvieron también Jean Genet, Víctor Serge o Georges Orwell.

En su novela, González Ledesma nos habla también de la otra cara de la moneda, la de una burguesía vencedora de la guerra y que vuelve a sus negocios, siempre bajo la protección de un Estado, da igual quien gobierne y bajo cualquier régimen, al fin y al cabo todos ellos logran calmar los temores de esa burguesía a los peligros de la revuelta, de la revolución, del caos. Es esa burguesía que gusta presentarse como innovadora, liberal, culta y europea, pero que no le hace ascos, como se refleja en la novela, al franquismo. Se adapta a cualquier cosa para sacar adelante los negocios.

Y por supuesto en la novela la corrupción está presente en forma de acuerdos turbios, de artimañas empresariales, de tejemanejes, de intereses y artificios. Lo descrito en Los símbolos, publicada en 1987, bien pudiera ser la antesala de nuevos negocios realizados hoy.

El autor le confesó a su editor que la novela fue un ajuste de cuentas con sus fantasmas del pasado, los de la posguerra, su forma de poner orden en su memoria, en los recuerdos de esa Barcelona que supo describir a través de sus libros. Pero qué duda de que aquel instante de la ciudad no deja de ser un eslabón más en la historia de la ciudad, del país. Por mucho que hayan cambiado los tiempos y Barcelona sea hoy más bien un parque temático para deleite de turistas y de ejecutivos de las ferias. A pesar también de que se haya querido olvidar esa Barcelona canalla que González Ledesma conoció y describió, o a lo sumo se pretenda presentar como parte del espectáculo actual, por deferencia a artistas e historiadores. Todo sigue teniendo al fin ese aroma a pétalos de rosa de los salones burgueses de toda la vida.

 

domingo, 5 de abril de 2026

Cartas

 


Vivian Gornick nos habla con nostalgia del tiempo de los «epistológrafos», los que, como ella, como sus amigos, escribían cartas. No tanto por decisión ni por necesidad, sino como forma de vida. A través de las epístolas, de su escritura silente y apasionada, sus escribientes se posicionaban en el mundo, ordenaban las ideas, poseían el tiempo y los espacios abiertos que describían con lentitud, se transmitían unos a otros esa visión de las cosas como experiencia de vida que había que compartir, volvían en común lo que eran percepciones individuales y así se avanzaba en una reflexión comunitaria, enriquecedora, social.

En el capítulo «Escribir cartas» del libro Mirarse de frente, publicado por Sexto Piso, la autora neoyorquina cita a Philip Larkin, que rememora ese mismo mundo de «epistológrafos» en el que «las cartas se reciben con avidez y se entregaban con fidelidad».

«Escribir una carta es estar a solas con mis pensamientos ante la presencia evocada de otra persona», nos dice la escritora, y con ello nos habla de la soledad, del silencio, de la comunicación como formas de sociabilidad que se han perdido en este mundo contemporáneo y de prisas sin sentido, en el que todo pasa con rapidez, los medios de comunicación nos cuentan los hechos al momento, de inmediato, abundan los directos, el tono acucioso, algo bronco y tremebundo, y al instante los olvidan para recoger nuevos hechos que adoptan la misma presteza.

Del mismo modo que Zweig vio desparecer un mundo y surgir otro, Vivian Gornick describe ese cambio del que es testigo. Hay nostalgia, en efecto, la sensación de que lo que brota es a todas luces peor, algo sin duda terrible en quien, como la autora, aspira a una sociedad distinta, mejor. Pero en esos detalles se ve que algo falla y empeora. Claro que es algo propio del paso de las generaciones que van pasando apreciar que las nuevas generaciones se plantean las cosas peor y tal vez no sea tanto la valoración negativa que le damos a las nuevas expresiones lo que importe, sino el hecho de que sólo son diferentes. Ya ocurría incluso en la Grecia clásica. En definitiva, se trata de algo propio de viejunos que van viendo que lo suyo se diluye en el presente y añora entonces lo que fue. Así lo podemos considerar en cierto modo.

Pero es cierto que se han dejado de escribir cartas, en parte por la aparición de nuevos canales de comunicación más inmediatos. También hemos dejado, parece ser, de hablar, de charlar plácidamente, lo menciona Vivian Garnick en su capítulo. Hubo un tiempo de reuniones vespertinas en pueblos y barrios, de charlas de vecindades que compartían impresiones, describían hechos, recuerdos y vivencias. Ya apenas se habla así en nuestras ciudades y pueblos, tal vez en los bares y cafés, pero sin duda ocurre de otra manera, ya no existen las antiguas tertulias, aquellas que nos describía Cansinos Assens en su La novela de un literato, a todas luces una larga epístola en el que nos describe lo que fueron aquellos encuentros. Intercambiar visiones de la vida, es lo que se hacían en los mismos. Era justo esto lo que se daba en Bissau, al anochecer, cuando en el barrio de Antula la gente me describía cosas del país, se hablaba de la vida, no tan diferente a lo que ocurría en otros lares. Sólo cambian los detalles, la esencia es igual en todas partes.

Pero puede que sea todo vana nostalgia. O quizá sea la sensación de haber perdido demasiado por el camino, un efecto de lo que no ha podido ser, la melancolía por lo que no se ha dado, sin necesidad de comparar, un simple echar de menos. Justo esto, dicen, es la saudade, la sodade que cantaba Cesárea Évora, cadencia de toda nostalgia que pasa ineludiblemente de una generación a otra.

jueves, 12 de marzo de 2026

Requiem de guerra

 


«¿Qué fúnebres tañidos se ofrendan / para estos que mueren como ganado? / sólo la ira monstruosa de los cañones… / … y el rápido tartamudeo de los rifles / pueden escupir una apresurada plegaria». Son palabras que aparecen en el Réquiem de guerra, el libreto de Benjamín Britten para la Misa de Difuntos con que se reconsagró en 1962 la Catedral de Coventry. El edificio quedó destruido durante un bombardeo el 14 de noviembre de 1940, en aquella guerra infame, aunque todas las guerras lo son, que produjo millones de víctimas y destruyó medio mundo.

Nadie mejor que el músico británico para ese encargo: pacifista reconocido, antibelicista convencido, se negó a participar en las matanzas, se enfrentó a la maquinaria de guerra, se declaró objetor de conciencia en 1942, tras regresar al Reino Unido después de una estancia en Estados Unidos, y fue blanco de no pocas críticas por su posición contraria a tomar las armas contra los soldados del otro lado, ciudadanos que no eran su enemigo, en absoluto. En aquel momento se recuperaron no pocas proclamas para enaltecer el espíritu bélico. «Dulce et decorum est pro patria mori», había escrito Horacio varios siglos antes, lema esculpido en los frontispicios mentales de las naciones, emblema de los patriotas de todo cuño, sobre todo de aquellos que envían a otros a matar y a morir, «dulce y honorable es morir por la patria», algo que otro británico, el poeta Wilfred Owen, no dudó en calificar de vieja mentira. Supo de lo que hablaba: él mismo acabó muriendo en Francia el 4 de noviembre de 1918, apenas unos días antes del armisticio, durante una batalla, soldado consciente a medida que combatía del mal de las armas. El compositor lo homenajeó al trasladar a su Requiem de guerra algunos de sus poemas, de ese modo unieron los dos conflictos mundiales, ambos en un mismo siglo, hasta el punto de que hay quien piensa que en realidad se trato de un mismo conflicto.

Ambas guerras se calificaron de mundiales, se extendieron ciertamente por casi todo el mundo y participaron, de un modo u otro, buena parte de los Estados del planeta. Además, el desarrollo de la tecnología dio lugar a nuevos instrumentos y nuevas herramientas de muerte: aviación, submarinos, gases mortíferos, bombas cada vez más potentes, armas de mayor alcance. Por si no fuera poco, toda la población se volvió objetivo militar, blanco de unas matanzas que buscaban expandir el terror. Se crearon métodos bien dispuestos para la muerte organizada. Los campos de concentración en Alemania fueron la cumbre de un sistema metódico de asesinato masivo, tan crueles como la experimentación de las dos bombas atómicas lanzadas contra dos ciudades japonesas por los Estados Unidos, por hablar de dos ejemplos brutales, quizá los dos que han quedado más grabados en la memoria colectiva, pero sin duda no fueron los únicos. El Ejército Soviético, el primero en entrar en Berlín, no dudó en emplear prácticas bien crueles mientras liberaba a la población alemana.

 «Dulce et decorum est pro patria mori». No pocos escritores pusieron en palabras, es cierto, la justificación de la guerra. Las loas a los emperadores con sus gloriosas gestas, el ideal caballeresco, tan embellecido por las buenas intenciones, las crónicas de las batallas, el embeleso por los nuevos señores de la guerra, la exaltación romántica de la patria, hasta llegar a nuestros tiempos democráticos, en los que se legitiman las guerras con los discursos justificadores de las matanzas actuales. También con la mentira como instrumento bélico, es evidente. Y descarado. ¿Quién se cree hoy que el objetivo sea liberar a la población iraní en esta nueva fase de locura masiva? No ha pasado tanto tiempo de las armas de destrucción masiva alegadas para bombardear Irak. Y apenas unas semanas de la lucha antiterrorista que se arguyó para arrasar Gaza mientras se delineaban planes de inversiones turísticas en la región.

Estamos de nuevo en un tiempo de sofistas: se confunde la verdad con la conveniencia, la libertad con los intereses.

La primera guerra mundial, no obstante, produjo al mismo tiempo una conciencia pacifista activa y militante. Vera Brittain vivió también de cerca el horror de la guerra. Herman Hesse se negó a ser cómplice de nuevo de la maquinaria del terror. Dietrich Bonhoeffer reflexionó sobre el mal desde el interior de la bestia. Al igual que Benjamín Britten, se enfrentaron a sus propios países, lo que vuelve más heroico su gesto. Es fácil oponerse a guerras lejanas; lo difícil es la resistencia interna, la oposición desde dentro, la del puñado de pacifistas y objetores israelís, la de los palestinos que se oponen al fundamentalismo, la de los iraníes que propugnan otro sistema político realmente emancipador y que poco tiene que ver con los cantos de sirena de quienes los bombardean. Y sin duda es mucho más realista, como cuenta la película Feliz Navidad (2005), que los soldados enemigos jueguen al fútbol e intercambien recuerdos a que se maten en el campo de batalla.

 

domingo, 22 de febrero de 2026

Impostura

 


Escribe José Ovejero en relación con la novela Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, que su función «(…) no es tanto contar la verdad como mostrar una visión que nos haga poner en tela de juicio las interpretaciones que conocíamos hasta ahora, ayudándonos, una vez más, a desaprender, al revelarnos la probable impostura en la que se basa la historia de toda nación» (“Cormac McCarthy: «Meridiano de sangre»” en La ética de la crueldad). Algo de esto consigue Daniel Guzmán en su última película, La deuda (2025), esa historia de Lucas y María que nos estremece por su dureza, por la crueldad en la que se envuelve esa necesidad de supervivencia a la que ambos se enfrentan y que, tal como indica José Ovejero, nos revela la impostura en que se desarrolla la vida cotidiana, en este caso la del momento actual.

Madrid se vuelve el escenario de esta historia tremenda de unos marginados, de todos esos nadie ocultos tras las fachadas del centro, el centro de Madrid como el de cualquier otra ciudad, rodeados de la opulencia de una capital, de cualquier capital, cuyos gerentes muestran con orgullo como consecuencia de sus políticas, la ciudad de la libertad, proclaman en el caso de Madrid, la libertad de tomarse unas cañas, atribuyéndose el dinamismo de la ciudad, mientras que los responsables del gobierno central, por su parte, de tendencia distinta, se enaltecen de los logros sociales habidos, reales sin duda alguna, pero diluidos en las consecuencias más nefastas del mercado, al que no le tocan una coma.

La belleza de las calles o de los edificios antiguos y modernos o el dinamismo de las avenidas ocultan en la realidad la angustia que tan bien se retrata en esta película. Tal es en buena medida la función de la literatura y del cine, o una de las funciones, la de un arte basado en una crueldad ética que José Ovejero define como «aquella que en lugar de adaptarse a las expectativas del lector las desengaña y al mismo tiempo lo confronta con ellas. Es ética en el sentido de que pretende una transformación del lector».

Lucas, interpretado por el propio Daniel Guzmán, y María, interpretada por Rosario García, que circunstancias que no conocemos han juntado en un piso del centro de la ciudad y sufren las consecuencias de la gentrificación, de la conversión de nuestras urbes en meros parques temáticos, intentan evitar su desahucio, salvar lo único que tienen y sobrevivir en medio de la pobreza, de un sistema económico y una sociedad que vuelven invisibles a quienes no se ajustan a este modelo social de nuevo cuño. No tienen dinero, sólo hay una pensión de jubilación más bien magra y la propiedad del apartamento a punto de perderse. Lucas malvive en la más absoluta precariedad, no sin terror por lo que se le viene encima, a él y a María, a la que intenta salvar, con una culpa evidente en sus gestos, en sus actos, sin duda reprochables, antiéticos, o tal vez éticos si nos atenemos a esa misma crueldad que le envuelve.

Al verlos en su historia, no podemos olvidar los muchos Lucas y Marías que poblaron las calles de España y de tantos otros países durante la crisis del 2008. Los vimos esperar a que sacaran de los supermercados y de los restaurantes las sobras que les alimentaría por unos pocos días. Los vimos desahuciados porque la crisis repentina causada por el mercado, el eufemismo que se empleó para referirse a los especuladores, les dejó sin dinero para afrontar las hipotecas o los alquileres. Los vimos agobiados ya a mediados de mes porque los salarios no cubrían las necesidades, demasiado mes para el final del sueldo, se repetía durante las protestas del 15M.

Así que es imposible no simpatizar con Lucas. Es el antihéroe del que habla José Ovejero en el mismo capítulo referido al principio: «(…) ese personaje más cercano al lector que el héroe clásico porque comparte sus defectos y sus miedos». Tampoco tiene esta vez alternativas o canales de reivindicación. Lucas, como nosotros, está solo, lo estamos nosotros, los nadie, solos del todo, porque otros canalizaron las protestas y las luchas hacia un posibilismo institucional o en unos abrazos con quienes eran parte del problema, mero espejismo que acabó rompiendo toda esperanza.

Quizá la crisis actual no se nos aparezca tan extrema como la de hace tres lustros, pero sigue siendo tanto o más cruel porque nos vuelve más solitarios, más impotentes en lo colectivo, más culpables. Ya no nos creemos los cantos de sirena, ni siquiera necesitamos atarnos al mástil para evitar su seducción, hemos dejado de creer en sus intenciones. Estamos además convencidos de que es peor lo que está por venir.

Puede que la película de Daniel Guzmán contribuya a esa necesidad de desaprender. Nos deja un poso de desaliento, pero también nos habla de ese hilo rojo que nos vincula con los demás, que crea cercanías, complicidades, alientos, tan necesarios todos ellos, tan precisos e imprescindibles, tanto que los deberíamos sin duda recomponer, aunque luego todo salga mal.

martes, 20 de enero de 2026

Miradas


 

Parece mentira a estas alturas la irrupción de tanta bestia parda. Surgen de pronto y de lo más siniestro de nuestras sociedades los que no ocultan su odio racial, su rechazo al otro, al que posee una tonalidad de piel diferente o un fenotipo que no concuerda con un nosotros de límites difusos, al que habla idiomas que no son el oficial, el nuestro, o profesa otras creencias y tiene distintos hábitos, come de otra forma, ambiciona una vida mejor o huye de la guerra, de la opresión, de los desastres naturales.

Las redes sociales han dado carta blanca a tales tipejos. Que se vuelvan a sus países, dicen; remigración, claman. Se organizan en partidos y se envalentonan. Asocian inmigración y delincuencia. Poco les importa que los veamos temprano en los buses o en los trenes, camino al trabajo, o por la tarde, de vuelta a sus casas. Que oigamos sus idiomas y sus acentos en las muchas obras de nuestras ciudades. No quieren saber que en las provincias en los que estos racistas de nuevo cuño abundan miles de personas recogen fresas, lechugas, cerezas, tomates, una buena parte de ellos sin residencia legal, cobrando sueldos míseros. Lo llevan en los genes, llegan a decir, su maldad y su inferioridad, sólo quieren vivir de las ayudas, afirman, sustituirnos, apoderarse de lo nuestro, delinquir. Es un supremacismo que desdibuja la realidad.

A veces se muestran benévolos, la benevolencia de quien se siente superior, y aclaran no ser racistas, aceptan al buen inmigrante, al que se asimila a nuestras costumbres, se olvida de su cultura, aunque nunca acabará siendo de los nuestros, salvo que tengan fortuna, los árabes ricos que viven en Marbella, no son moros, los latinoamericanos millonarios del barrio de Salamanca, no son panchos, los negros que juegan en nuestros equipos de fútbol. Tampoco a quienes tachan de terroristas a los musulmanes parece molestarles que la Liga Española se juegue por unos días en Arabia Saudí. Puede que haya en realidad más aporafobia que racismo.

Mientras, nuestras ciudades se llenan de diversidad. Claro que a veces la convivencia no es sencilla. Se levantan muros por ambas partes, hay miradas de desconfianza u otras que cosifican: ¿quién recogerá las cosechas o acompañará a nuestros mayores? «Pedimos trabajadores y llegaron personas», escribió Max Frisch hace más de cincuenta años cuando en Suiza se intentó expulsar a… italianos. Eso sí, a quienes pretendieron tal barbaridad no parecía molestarle los rasgos étnicos de quienes ingresaban en sus bancos sus buenos capitales. Suiza lava más blanco fue el título de un ensayo del sociólogo Jean Ziegler sobre la maquinaria bancaria de su país. Y claro, entre esas personas que nos llegan también hay indeseables.

Hablando de Suiza, sería bueno volver a ver la película Un franco, 14 pesetas (2006) del director Carlos Iglesias sobre trabajadores españoles en aquel país. Sin duda, como suele ocurrir, la realidad supera la ficción. En los años sesenta miles de españoles emigraron. En 1971 Roberto Bodegas realizó la película Españolas en París, un drama con ciertos toques costumbristas que refleja el desarraigo de esa emigración. Las bestias pardas nos contarán que no es lo mismo, nada que ver con lo que tenemos ahora, una idealización de nuestros emigrantes que olvida lo parecidos que son a menudo los procesos migratorios. O los del asilo, el que sufrieron tantos españoles después de la guerra incivil no muy diferentes a los que vienen huyendo de otras guerras.

Acercarse a la diversidad étnica en una ciudad no resulta fácil. No es difícil en este sentido dejarse llevar por tópicos, estereotipos, buenas intenciones, corrección política o parcialidad. Lo consigue sin embargo Arantxa Echevarría que nos propuso en 2023 la película Chinas, una mirada casi de antropóloga sobre la comunidad china en un barrio de Madrid y las dificultades en la cotidianidad. Nos muestra el conflicto en la familia oriental cuyos padres sacrificados viven con tensión una realidad que les aísla, les desarraiga y les golpea en lo emocional, mientras la hija mayor, Claudia, interpretada por Xing Ye, sufre por estar entre dos mundos en los que no acaba de integrarse ni ser aceptada. Ni siquiera parece aceptarse a sí misma. Su madre, rigurosa, vive sólo para el bazar, apenas habla español y mira con desconfianza a sus clientes, incluso a Amaya, interpretada por Carolina Yuste, que compra por la noche en su tienda y se encariña con la hija pequeña, Lucía, interpretada por Daniela Shiman Yang.

Al mismo tiempo asistimos al conflicto en otra familia, la de Sol (Leonor Watling) y Julián (Pablo Molinero) que adoptan a Xiang (Elia Qiu), llevados por no poca idealización de cómo educarla, creando otro conflicto por lo que se es, no se es y las miradas de cada cual. Tal vez percibamos en algún momento que los rasgos físicos, los fenotipos, no determinan una identidad cultural.

La mirada de Arantxa Echevarría es como un bisturí que nos abre los interiores de los grupos étnicos. Lo consigue también en Carmen y Lola (2018) con respecto a la comunidad gitana y el conflicto que una determinada orientación sexual crea entre sus miembros. No hay juicio de valor, sólo se muestra ese conjunto de creencias, hábitos y emociones en los que a menudo nos categorizamos los humanos y que nos superan, en un sufrimiento difícil de afrontar.

martes, 6 de enero de 2026

Imágenes


 

El escritor Carlos Monsiváis escribió en un capítulo por él redactado de Historia general de México que «al cine van las mayorías no a divertirse, sino a aprender a ser mexicanos, no van a soñar sino a verse y a representarse un país a su imagen». No cabe ninguna duda de que con frecuencia intentamos parecernos a la imagen de nosotros mismos que creemos ver reflejados en los medios de comunicación, pero sobre todo en las películas o en las series que, con una cierta vocación costumbrista, procuran dictar, establecer o extender unos modos de vida determinados con los que la población general se identifican de un modo u otro e intentan imitar.

Sin duda hay mucho de ello en esa percepción de sí mismos como clase media que se da en amplios sectores de la población española, cada vez más. Muchos trabajadores, los beneficiarios sobre todo de convenios logrados tras años de luchas obreras y que se traducen en salarios no sólo dignos, sino elevados, en definitiva, una buena parte de la clase trabajadora en algún momento de los últimos lustros, se encuadran según las encuestas en la clase media cuando se le preguntan a qué clase pertenecen. Ya no es la manera como te ganas la vida lo que te lleva a integrarte en la clase trabajadora, en la burguesía o en otro segmento, clase media incluida, cualquier cosa que sea ésta, sino es la cuantía que percibes o cierto bienestar material del que disfrutas lo que va a determinar dicha percepción. No en vano el actual presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, socialdemócrata, usa a menudo en sus discursos la coletilla clase media trabajadora, creando un espacio en el que confluyen una parte importante del mundo del trabajo, la pequeña burguesía y el funcionariado. Y hay algo de lo anterior, decía, porque sin duda a esta percepción ha contribuido no poco ciertas películas que narran una cotidianidad exenta de conflictos sociales, pero sobre todo series que se emitieron en el cambio de siglo.

Dos destacaron en este proceso de autopercibimiento por su notable éxito: Médico de familia, que se emitió entre 1995 y 1999, y Los Serrano, en emisión entre 2003 y el 2008. En ambas series las familias respectivas habitaban en sendas urbanizaciones de viviendas adosadas, la de estos últimos incluso podía considerarse un chalet, justo cuando el país entraba en un periodo de bonanza en el que la construcción devino uno de los pilares de la economía española, sueño clasemediero que se transformó en pesadilla el mismo año en que acabó la emisión de Los Serrano, con un estallido brutal de lo que se denominó burbuja inmobiliaria.

Una película gallega refleja a la perfección aquella crisis: Los fenómenos (2014) de Alfonso Zarauza. Formidable es el diálogo que mantienen Lobo (Luis Tosar) y Neneta (Lola Dueñas) en el que ella, al reencontrarse con su excompañero tras un tiempo separados, mientras no puede pagar su hipoteca y se cierne el correspondiente desahucio, lo que ocurría a miles de familias en Estado en el tiempo del relato, le recrimina a él no vivir en la realidad. La respuesta de Lobo deja claro que quien estaba fuera de la realidad era ella al pretender, en su precariedad vital, vivir como la hipotética e hipotecada clase media.

Un político socialdemócrata de aquel momento, José Blanco, al analizar aquella crisis tan acerba, puso el titular del periodo de esplendor previo: «Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades». Fue una expresión que se repitió hasta la saciedad, se volvió un tópico, una frase hecha, una estupidez supina, al fin y al cabo se fomentó ese modelo desde las instituciones, los medios de comunicación, los agentes sociales y económicos, y la mayoría de los economistas afirmaron que la opulencia no podía revertir, que habíamos entrado en el mejor de los mundos y no había marcha atrás. Aquella imagen ideal que se integró en el imaginario político hasta volverse parte de una sociedad instituyente fue objeto de sátira cuando todo se vino abajo en una formidable cinta, también de 2014, dirigida por Isaki Lacuesta: Murieron por encima de sus posibilidades.



El filósofo hispano-colombiano Jesús Martín-Barbero contrapone, al reflexionar sobre el fenómeno urbano a partir de Bogotá, dos formas de mirar y dos modelos de ciudad, pues es la ciudad, al fin y al cabo, la que marca las miradas y las socializa: la ciudad mediada y la ciudad virtual. La ciudad mediada emerge a partir de la imagen que da el cine de las urbes, transforma incluso el modo de percibirse. Ya no hay una mirada opresiva de la vida urbana, por tanto de las clases sociales, sino se tiende a una cierta luminosidad. En palabras de Walter Benjamín, cita Martín-Barbero, «con el primer plano se ensancha el espacio y bajo el retardador se alarga el movimiento». Nueva York es, a todas luces, la ciudad más beneficiada de esta mirada cinematográfica. Frente a ella, la ciudad virtual, en la que las redes audiovisuales inciden de otra manera y hay una nueva diagramación de los espacios e intercambios urbanos. Hay una mayor diseminación en la ciudad. Las pantallas fragmentan nuestras vidas, hasta el punto de que estamos ante nuevos modos de estar juntos. La ciudad virtual no requiere que estemos juntos, actuamos juntos de otra manera. Las etiquetas sociales se modifican de nuevo, inciden en la manera de percibirse. Quienes hemos conocido la vida antes de esta revolución tecnológica tendemos a pensar que todo es peor. Puede que sin embargo sea un error de apreciación o de esa lógica perversa que acusa a lo que viene después de nosotros de pura decadencia.

¿En qué incide todo esto en la mediada percepción de clase media?

La crisis del 2008 precarizó aún más la vida. Aunque la etiqueta clase media se sigue empleando de una manera extendida. Esa clase media trabajadora, sin embargo, sufre el coste de la vida, aun cuando sus salarios hayan mejorado. Trabajan de un modo precario, aun cuando se reforman, nos dicen, las leyes laborales en beneficio de la mayoría. Una serie de 2024, Los años nuevos, de Rodrigo Sorogoyen, muestra la vida de los clasemedieros actuales. Ya no viven en viviendas adosadas ni en chalets, como los de hace un cuarto de siglo, sino en apartamentos que otrora fueron de clase obrera, hogaño han perdido la clasificación social; comparten piso, no con la familia feliz, sino con amigos o con gente de paso; son profesionales, pero sus trabajos apenas les permite la opulencia exhibida por la generación anterior, ya viven peor que sus padres.

Sin embargo, las encuestas indican que se mantiene esa percepción de clase media. Cosas de las representaciones, sin duda. O de esta vida descritas al detalle en la última serie citada y cuyo título, los años nuevos, es toda una declaración de intenciones del tiempo en que estamos.