En
2013 Ken Loach nos ofreció su documental El espíritu del 45. En él nos
habla de la esperanza que surgió en Gran Bretaña después de la segunda guerra
mundial, al brotar en el país un empeño colectivo de mejora y progreso como
respuesta a una pregunta que se impuso tras aquel conflicto: ¿qué será de
nosotros?
Veintisietes
años antes, al acabar la otra gran guerra, el panorama en el país no sólo
resultaba desolador, las consecuencias del enfrentamiento bélico eran trágico
en términos humanos y sociales, sino que empeoró a todas luces el día a día de
millones de personas. Durante los años veinte y treinta la pobreza se extendió
por una gran parte de calles y campos. El Reino Unido, no se olvide, era un
imperio que se expandía por todo el mundo, pero su clase trabajadora vivía en
la pura miseria. Quienes trabajaban padecían un sistema de absoluta pobreza,
con sueldos bajos y unas relaciones sociales clasistas que no brindaban ninguna
posibilidad de mejora a obreros, mineros, campesinos o trabajadores de los
servicios. El desempleo era altísimo. La población en general, los hijos de la
noche, estaba abandonada a su suerte mientras la aristocracia y la burguesía
aprovechaba las ventajas que les otorgaba un capitalismo imperialista voraz.
Como
parque de la pobreza era conocido una plaza donde se hallaba una casa de
empeños. Hombres y mujeres de clase obrera se hacinaban ante ella para obtener
unas pocas libras y así poder subsistir apenas unos días, a la espera de un
empleo o de un nuevo empeño. Gran Bretaña poseía una tradición sindical
combativa, pero en aquellos años no parecía posible obtener la más mínima prebenda
de unas élites poderosas que eran dueñas de medio mundo.
Por
ello la incertidumbre se impuso tras la segunda guerra mundial, se temió la
repetición de lo acaecida tras la otra guerra y la pregunta reflejaba una cuita
profunda en la sociedad, ¿qué será de nosotros?
Sin
embargo, la movilización enorme que había requerido la guerra demostraba que
las cosas podían ser de otra manera. El gobierno había organizado un ejército
que se enfrentó al nazismo en los campos de batalla. Fue necesario también
forjar una retaguardia que garantizara la resistencia de una población atacada y
afectada por los bombardeos, pero también hubo que cambiar la producción y las
formas de trabajo para que el país no se viniera abajo. Las mujeres se
incorporaban a las fábricas y a los servicios, al igual que los desempleados no
aptos para la guerra. También los habitantes de las colonias, personas de otras
etnias, de otras lenguas y otros hábitos, se agregaban al esfuerzo colectivo de
mantener vivo un país.
Así
que, al acabar la guerra, otra preguntó se añadió a la anterior: si se había
creado este espíritu colectivo en tiempos de guerra, ¿por qué no mantenerlo en
tiempos de paz?
Ese
fue el espíritu del 45 del que salieron reforzados los laboristas. El laborismo
era una corriente política muy particular de la Gran Bretaña adherido a las
corrientes socialistas y socialdemócratas europeas, vinculada estrechamente a
la clase trabajadora y al sindicalismo británico y que en aquel momento habló
directamente de socialismo. Querían construir en las islas una sociedad socialista.
Claro que no se cuestionaban abiertamente las instituciones de clase, ni la
monarquía ni el parlamentarismo estuvieron en su punto de mira. Pero el laborismo
defendió un sistema público que debía convertirse en fundamental para el país.
Los
laboristas ganaron ampliamente las primeras elecciones tras la guerra y a
partir de ahí se reforzó el Sistema Nacional de Salud, se nacionalizaron los
ferrocarriles y las minas, se estableció un sistema de vivienda que garantizó
que toda la población accediera a una vivienda digna a un precio asequible,
aumentaron los salarios y también los subsidios para las personas que perdían
su empleo. La clase obrera participó incluso de estas mejoras a través de sus
sindicatos.
Todo
esto lo explica magníficamente Ken Loach en El espíritu del 45 a través
de sus protagonistas, los políticos que participaron de la experiencia, también
los de la oposición, así como los analistas y los sindicalistas, incluso muchos
de quienes vivieron ese tiempo y fueron testigos y partícipes de aquellos
logros.
Pero
la historia, es sabido, no es un proceso en línea recta, hay avances y también
retrocesos, varían las mentalidades y las ideas dominantes, se da una batalla
intensa en el ámbito de las relaciones de poder y lo que establece el orden de
las cosas de pronto se modifica y cambia, se destruyen las conquistas y se da
un retroceso evidente, se pierde lo ganado, se empeora y se olvida que hubo
tiempos mejores.
A
partir de los ochenta el conservadurismo ganó terreno y se introdujeron tesis
neoliberales que abogaban por reducir la intervención pública a lo mínimo en la
economía, privatizando la producción y también, con el tiempo, aquellos ámbitos
de la vida cotidiana, como la vivienda, que se fue convirtiendo no en un
derecho o en un requisito de una vida digna, como establecieron las
constituciones y leyes progresistas de unos años antes, sino que se volvió
abiertamente un bien de consumo, una inversión, una forma de negocio y de
enriquecimiento, a costa eso sí de los ciudadanos, reducidos a meros rehenes
del negocio porque todo el mundo necesita un lugar donde vivir.
Además,
toda esa izquierda laborista que consiguió mejorar las condiciones de vida de
los trabajadores se adhirió a esa política liberal, dejó atrás un discurso
obrero para adoptar unos cánones de clase media, más mediocre que mediana. Un
ministro español socialista dio a finales de los ochenta el titular: «el que no
se hace rico es porque no quiere». Lo aplicó a España, pero se podía decir para
toda Europa.
Hoy
esa mentalidad especuladora neoliberal se ha normalizado entre nosotros. Se ha
olvidado el espíritu del 45. En España sólo se llegó a conocer de perfil, unos
pocos años, casi unos pocos meses. El triunfo del PSOE en 1982 causó la
sensación de que íbamos a conocer algo parecido a lo que había ocurrido en
Reino Unido casi cuarenta años antes. Pero duró poco la ilusión, se mejoró sin
duda, se venía de donde se venía, pero pronto se adoptaron los nuevos valores
del neoliberalismo, el enriquecimiento rápido, y de este modo de la clase media
nacieron los nuevos ricos, a todas luces más ridículos, su expresión qué duda
cabe más patética, y la fiesta se dio de bruces con sucesivas crisis, ya iniciado
el siglo XXI.
Al
igual que en Gran Bretaña, en España las ciudades luminosas ocultan sus miserias,
la precariedad de una gran parte de la clase obrera, la ruina de la autodenominada
clase media, los precios inasumibles de la vivienda, la pobreza entre
bambalinas, los desahucios, la sensación de no poder cambiar nada, las luchas
identitarias que van a lo suyo, reivindicaciones aisladas, divididas, incluso
confrontadas, el aislamiento y una sensación de derrota colectiva que los lemas
patrióticos no ocultan. El propio Ken Loach ha reflejado en sus otras cintas
este estado de cosas. Hubo, sí, reacciones honrosas, la lucha de los mineros contra
Thatcher o las protestas en las plazas españolas, pero la derrota estaba
servida.
En
este panorama, el desahucio de una anciana de un piso en el centro de Madrid se
ha convertido en el símbolo de estos tiempos. Las protestas en las calles han
avergonzado a un gobierno autoproclamado como progresista que muy lejos anda
del espíritu del 45 y cuya única baza, parece ser, es que la alternativa es
peor. Y lo es, no cabe ninguna duda.
