domingo, 26 de mayo de 2024

Hidalguía

 


Hay una mirada crítica, tal vez amarga, en el Capitán Alatriste sobre el país en que nació y al que sirvió. Puede que sea reflejo de la visión de su autor, Arturo Pérez-Reverte, un fino observador de los entresijos de España, pese a que no siempre estoy conforme con sus conclusiones, aunque le correspondería a él aclarar si los comentarios desabridos que aparecen en sus novelas son aplicables a la España actual, con los que, me temo, sí que estoy de acuerdo, o al menos me parecen aplicables, aunque es más bien opinión mía. O mejor dicho, impresión. La España de hogaño tiene mucho de la de antaño, persisten muchos de los males de entonces, como si fuera imposible romper con los mismos o al menos reformarlos, darles la vuelta, trasformar un país, una sociedad, enmendar desajustes, mejorar capacidades, perfeccionar instrucciones, como procuraron en no pocas ocasiones muchos ilustres a lo largo de la historia.

Pero al final se impone una realidad al referirse al país del Capitán Alatriste, la de «aquella tierra donde le había tocado vivir: cainita, cruel, deslumbradora en el gesto de grandeza estéril, pero indolente y ruin en lo cotidiano» (Pureza de sangre). En definitiva, «desde siempre, ser lúcido y español aparejó gran amargura y poca esperanza», que es la idea que se impone, la sospecha de la invariabilidad de un rumbo colectivo, la de un país repleto de descomedimientos y corrupciones. No caben aquí, parece ser, hechos diferenciales, la imagen idílica que algunos han querido dar, por ejemplo, de la sociedad catalana no se corresponde con la realidad, no quedará al final más remedio que enfrentarse a las muchas tinieblas en la gestión de la cosa pública en Cataluña, aun cuando se acuda a la épica, la de los últimos años ha sido excesiva, para legitimar objetivos que de pronto quedan en entredicho por exceso de gestualidad. Y de poca veracidad en el caso de bastantes declaraciones.

A nadie se le escapa que el de España es un Estado que no ha podido, o tal vez no hayan querido algunos, afrontar las consecuencias de una corrupción desatada que afecta a todos los ámbitos, desde el de las obras públicas al fútbol, desde la vivienda a los festejos del rincón más recóndito, todo ello adicionado por pura vulgaridad, chulería digna de los jaques, en su acepción coloquial, que se cruzan con el famoso soldado de los Tercios de Flandes. Parece que cada etapa ha heredado lo más siniestro de la anterior. Tampoco es posible escaparse a los juegos de artificio con que se intenta encumbrar los discursos y tapar las vergüenzas, algo que se acentúa en periodo electoral, pero de la que también hemos sido testigos estos días en el choque con el presidente Milei, quien no dista mucho, por cierto, de las formas españolas más broncas.

Quizá sea mero hablar por hablar, incapaces de atravesar el zaguán y entrar en el edificio colectivo del Estado porque intuimos que detrás de la fachada no hay nada, es mero decorado, pura apariencia, como de la que hace gala al hidalgo que aparece en El Lazarillo y que vive de mostrarse decoroso cuando lo que hay es escurridizo por el vacío real. Los hidalgos de hogaño gritan y claman por una decencia que no sabemos muy bien en qué consiste, reclaman medidas tajantes, contra la inmigración, por ejemplo, algo común a otros países, se desgañitan algunos por expulsar a los ilegales a quienes asocian a la delincuencia, pero nada dicen de los que trabajan a destajo en la recogida de frutas y legumbres, que esto afectaría la buena marcha de algunos sectores. O miran tales hidalgos hacia otro lado cuando en las Baleares, en Canarias, en San Sebastián o en Barcelona se empieza a clamar contra las consecuencias de un turismo cuasi industrial que es mera fachada, detrás sólo hay precariedad y precios inasumibles, ni siquiera se han repartido las ganancias generadas.

Demasiadas ruedas de molino que no son gigantes, sino frágiles trapiches.

Qué hacer ante este panorama, nos preguntamos, sin que parezca que haya respuestas satisfactorias. Hubo no pocos reformistas, afrancesados, avanzados, renovadores, incluso en nuestra época algunos asaltadores de cielos que se han quedado en la práctica de parches que no resuelven apenas nada, lo que aumenta la sensación de impotencia, aun cuando late la impresión de que el gigante pudiera tener los pies de barro, sólo que nadie osa decir que el rey está desnudo.  

Al final, no parece posible desasirse del fatalismo de Diego Alatriste, pese al tiempo que nos separa, en su caso jugándose la vida por intereses ajenos por medio de una idea de fidelidad que ahora puede resultar desfasada, aunque no es mejor nuestra acomodo pasivo, nuestra mirada no menos altiva y engreída que sólo oculta nuestra misma impotencia.

domingo, 28 de abril de 2024

Abril

 


Joaquín Sabina nos pregunta en su canción, del mismo título que el primer verso aquí citado, «Quién me ha robado el mes de abril / Lo guardaba en el cajón / donde queda el corazón». La creó para la película Sinatra (1988), del director Francesc Betriu, con Alfredo Landa como protagonista, en la que la atmósfera general de la misma, al igual que la de la canción, era triste, melancólica, lo era al fin y al cabo el fracaso que se cuenta en la cinta, como lo fue en gran medida la década de los ochenta, una década triste y melancólica que acabó ya con la convicción de que la realidad de un país, hablamos de España, pero sin duda lo podríamos extrapolar a cualquier otro, era la que era, no la que se creía o se esperaba unos años antes. Desencanto lo llamaron.

Tal vez sea el mes de abril, tan alegórico, el que nos impregna de tristeza y melancolía. Comienza la primavera, pero hay algo en el renacer de la naturaleza, Deméter conviviendo de nuevo con Perséfone por unos meses, que sabemos repetitivo, nos angustia el final ya previsto, no hay sorpresa posible, lo que nos obliga a aprehender lo real con intensidad inusitada, intuimos que saldremos desencantados y volveremos a una rutina que carece de sentido.

Mucha melancolía ha rodeado el quincuagésimo aniversario de la Revolución de los Claveles, abarrotadas las calles de Lisboa, como no podía ser menos, y quién sabe si muchos de quienes vivieron la jornada en aquel ahora lejano 1974 esperaban recordar la efemérides en la atmósfera actual de desencanto. No era esto lo que entonces esperaban muchos de ellos. Es la misma sensación que sentirán hoy muchos nicaragüenses que albergaron cinco años después de la revolución portuguesa la esperanza de un nuevo país, esperanza truncada al final de los ochenta, desaliento absoluto hoy viendo los derroteros del sandinismo de hogaño.

También fue en abril cuando asesinaron a Martin Luther King, un cuatro de abril que resultó en gran medida un final brusco de un movimiento amplio, justo, sereno sin perder su radicalidad. Irrita que cincuenta y seis años después de su asesinato sigamos hablando de violencia racista en los Estados Unidos, y también en otros muchos países, y clama al cielo que volvamos a oír discursos malintencionados y mentirosos sobre inmigrantes, incluso en países como España, que tanto sabe de emigraciones y huidas.

Fue también en abril, a mediados, cuando se proclamó la República española que albergó, como lustros después la revolución de los claveles o el sandinismo, no pocas esperanzas en un país que pocos años de democracia hubo gozado en su historia más reciente. «¡No es esto, no es esto!», clamaría desde el conservadurismo Ortega y Gasset, aunque desde la izquierda también la decepción fue notable ante los acontecimientos en los breves años de existencia de la República, cuyo trágico final abortó de un modo tan trágico la necesidad de plasmar las ansiadas conquistas sociales. Lo que vino después fue a todas luces mucho peor.

Acaba abril, robado o no, y el ambiente bronco se intensifica de nuevo en España. Más bien, no hemos salido de él. Sobra sin duda mucha épica tan artificial como postiza, demasiada gestualidad sin contenido. Imposible no sentirse como Antonio Castro, el personaje interpretado por Alfredo Landa, que hoy recorrería el Raval barcelonés con el mismo desánimo, aun cuando el paisanaje nos parezca tan diferente a esos años ochenta.

domingo, 24 de marzo de 2024

Tambores de guerra

 


En su ensayo Homenaje a Cataluña, Georges Orwell escribió: «Una de las facetas más desagradables de la guerra es que los gritos, las mentiras y el odio provienen siempre de personas que no están combatiendo». El escritor sabía de lo que hablaba. El siglo en el que vivió fue el de las guerras ―¿y qué siglo no lo fue?―, el de los genocidios y la barbarie, pero también el de la propaganda con fines evidentes, salvo para quien no quisiera verlo, por desgracia una inmensa mayoría que sólo pudo darse cuenta de ello, cuando se daba, mucho tiempo después. Era la evidencia de una enorme manipulación vil e interesada.

El ensayo mencionado lo escribió tras su experiencia en España durante los primeros meses de guerra civil. Su objetivo era ejercer de reportero en el conflicto, pero acabó incorporándose a las milicias del POUM. Fue testigo de la persecución ejercida contra este partido y contra el anarquismo, dirigida en gran medida desde Moscú y llevada a cabo por el PCE y el PSUC. Stalin y su aparato político habían declarado a su vez la guerra a cualquier disidencia comunista que no defendiera la dictadura instaurada en la URSS, en especial a los partidarios de Trotsky. El POUM, recuérdese, era una de las organizaciones revolucionarias que denunciaba abiertamente los procesos de Moscú y la política estalinista de convivencia con las potencias capitalistas. No podemos olvidar que pocos años después la URSS firmaría el Pacto Molotov – Ribbentrop de no agresión con la Alemania nazi.

Orwell, compartiendo las colectivizaciones a pesar de todo y apoyando la construcción de una sociedad libre y alternativa que se estaba dando en parte de España, pudo asistir a las consecuencias terribles que la guerra española, como cualquier otra guerra, tuvo para la población civil. Mientras, quienes instigaron aquel conflicto y se beneficiaron de él, quienes realizaron grandes declaraciones de principios y llamaron a las armas, todos ellos, no fueron a morir por lo que clamaban, sólo pedían matar.

Imposible no olvidar esa escena de Senderos de Gloria, de Stanley Kubrick, en la que un general visita una trinchera y pregunta a cada soldado con que se cruza, soldado sin duda de origen humilde, un trabajador o un campesino antes de su alistamiento, si había matado a muchos alemanes, esto es, a muchos soldados enemigos, ellos también de origen humilde, trabajadores o campesinos antes de su alistamiento. Sin duda, un general alemán de visita en una trinchera opuesta estaría preguntando también a sus soldados si habían matado a muchos franceses, para luego, al igual que el general francés, volver a su cómodo despacho para organizar la guerra.



En otro de sus libros, en la novela 1984, Orwell lleva a uno de los personajes a escribir sobre la utilización de la guerra para crear unanimidades, prohibir las disidencias y legitimar las políticas restrictivas. También para imponer lo que hoy se denomina la economía de guerra.

De eso saben mucho, por desgracia, ucranianos y rusos, israelís y palestinos, al igual que muchas otras poblaciones que sufren los efectos de la guerra, unas guerras decididas en despachos y gestionadas en foros internacionales, bendecidas con discursos gloriosos y generadoras de pingües beneficios a la industria armamentística. Nada que no sepamos ya. Aunque muchos, aun sabiéndolo, muestran su furor patriótico, justifican las masacres, muchas veces como respuesta a otras masacres, y claman por un orden surgido de las puntas de las escopetas y el sonido de las bombas. Hay poca gloria en esta imagen.

Mientras tanto, a finales de febrero, Ursula von der Leyen, flamante Presidente de la Comisión Europea hablaba de la posibilidad de que la guerra se pudiera extender a territorio europeo, convertido en escenario bélico, para gloria de intereses particulares en la Unión Europea y en la Rusia de Putin, intereses de unos pocos. Emmanuel Macron también habló de un escenario parecido. Aumentan las partidas dedicadas a gastos militares en los presupuestos de los Estado europeos, también en los de Rusia, incluso se oyen voces reclamando mayor presencia en los ejércitos nacionales. Tambores de guerra en toda regla, una guerra a la que no irán ni Ursula von der Leyen, ni Emmanuel Macron, ni Putin, ni los Ministros de defensa correspondientes, ni mucho menos los propietarios, directivos y accionistas de las industrias armamentísticas.

Quienes van a la guerra, esto es, a morir y a matar, en vez de sus ardores guerreros, lo que tendrían que hacer es no ir a la batalla, como en aquel cuento de Émile Zola en el que los soldados de los dos bandos, tras soñar con campas bañadas en sangre, deciden no ir a matarse al despertar.

domingo, 25 de febrero de 2024

Peregrinación del Alpha

 


El novelista colombiano Juan Cárdenas recupera en su novela Peregrino Transparente la figura de Manuel Ancízar. En 1850 y 1851 formó parte de la Comisión Corográfica que recorrió algunos territorios de Colombia con el objeto de recopilar datos etnográficos y naturales con los que conocer la realidad del país y establecer las bases identitarias del mismo. Redactó un informe que recibió el nombre de Peregrinación del Alpha por las provincias del norte de la Nueva Granada.

No en vano, tal iniciativa se llevó a cabo en pleno siglo XIX, poco más de treinta años después de que los territorios del Virreinato de la Nueva Granada se independizaran de España y cuando en los países europeos se consolidaban los procesos de creación de sus Estados, procesos iniciados tres siglos antes. Se volvió imprescindible en Europa la necesidad de establecer valores comunes y unas señas de identidad que homogeneizaran las sociedades de cada uno de los países. Surgió así el concepto de Volkgeist o espíritu del pueblo, muy propio del nacionalismo romántico que procuró dar el espaldarazo final a los Estados por medio de un ideal nacional.

Si esto ocurría en Europa, parecía urgir más en países recién independizados y que no habían vivido los procesos internos de consolidación que hubo en Europa. Además, eran y en gran medida siguen siendo países en formación en los que existe una enorme pluralidad interior. Juan Cárdenas le hace decir a su personaje Manuel Ancízar que «Trescientos años de conquista y cuarenta de libertad política e industrial han pasado por allí sin dejar huella», por ello la necesidad del inventario de la Comisión Corográfica para poner las bases de una nación.

Claro que es difícil estableces incluso hoy cuáles son los límites de ese término, Nación, más cuando en su nombre, o en el de Patria, sinónima sin duda, se han cometido verdaderas barbaridades y hay quien sigue dispuesto a morir, y peor aún a matar, en defensa de esencias patrias. Incluso los países europeos, en principio más homogéneos, poseen hoy una pluralidad y diversidad interior que cuestiona las esencias del Volkgeist, pero por contra, en un momento de crisis o de incertidumbre, vuelven los discursos patrióticos o nacionalistas en la vieja Europa.

Hay algo bello en el recorrido que realizan los personajes de la novela de Juan Cárdenas, una visión de la realidad que sirve para confrontarse a la vida. No es casualidad que se produzca en la novela una reflexión sobre el arte y las tecnologías, reflejo de la realidad, pues es el siglo XIX un momento de auge pictórico, de consolidación del artefacto novelístico y de aparición de la industrialización en el mundo, con sus nuevos aparatos, técnicas y tecnologías, confrontación más intensa si cabe cuando convive con comunidades que están en otra fase cultural e histórica, más próxima a la tierra y al mito. Da miedo pensar hacia dónde va ese mundo. De hecho, hay un narrador en la novela que habla desde el presente, que conoce los más de cien cincuenta años posteriores al del viaje de Manuel Ancízar y sus colaboradores, y que denota no poca fatalidad.



Hay entre ese viaje de Manuel Ancízar y nosotros un siglo XX que no ha sido en absoluto modélico, que ha sido a todas luces el de la barbarie, el del nazismo y la exaltación racial, el de la guerra de los Balcanes, con la ruptura de Yugoslavia, el de la exaltación de la nación y la opresión del otro por vía del colonialismo. El conflicto de Palestina hoy no deja de ser una rémora del siglo pasado, con sus consecuencias sangrientas y unos protagonistas que, parece ser, no han sabido aprender de la historia propia y ajena.

Al fin y al cabo, no deja de ser cierto: «el patriotismo es el último recurso de un canalla», cita esta que se atribuye a Samuel Johnson, escritor del siglo XVIII, que no conoció por tanto lo que vino después, y que intuía que detrás de los discursos nacionalistas hay intereses económicos y sin duda una zona obscura que se pretende ocultar, aunque a nadie se le escapa que hay mucho de eso, de canallismo, de corrupción, de infamia, en los procesos en los que se exageran los gestos en busca de una épica fuera de toda realidad.

Es difícil saber si hubiera podido ser otra la historia del mundo. Como con las vidas individuales, no cabe volver atrás e intentar reformular los hechos, remendando lo que no ha salido bien. Es lo que hay, aquí viene de perlas esta expresión, la historia al fin y al cabo no se puede cambiar. Aprender de ella es una posibilidad que de momento no parece viable. Se cae en los mismos errores.

 

sábado, 20 de enero de 2024

Normalidad

 


Orwell nos muestra en 1984 un mundo atroz dominado por el control absoluto, la vacuidad, el empobrecimiento cultural y educativo, la manipulación del lenguaje, la imposibilidad de poseer herramientas críticas para entender la realidad, la violencia física contra quien discrepa y es disidente, el terror en definitiva.

Claro que a menudo ese terror parece inocuo. Se integra en la cotidianidad, se normaliza o se normativiza ―no hay diferencia― y nos convierte en dóciles habitantes de una realidad cuanto menos anómala y monstruosa. Hubo personas que vivieron bajo las dictaduras fascistas o estalinistas al margen de las persecuciones, las torturas, los procesos judiciales manipulados, el control férreo de la sociedad, llevaban incluso una vida feliz, ajenas al horror, bien porque no lo supieran ―sólo quien se mueve percibe las cadenas, que dijera Rosa Luxemburgo―, no lo quisieran saber o se mostraran indiferentes. Si no te metías en problemas, vivías tranquilo, hay quien lo afirma y lo cree. Pero no meterse en problemas era no tener ideas, ideas discrepantes, se entiende, ideas diferentes a las estipuladas, una religión distinta o ninguna, otro modo de asumir la producción o las jerarquías, cualquier pensamiento o creencia que no estuviera aceptada por el poder, y de este modo admitir como único remedio la desigualdad, los privilegios de unos pocos, fingir no ver la represión, aceptarlo por omisión, mirar en definitiva hacia otro lado. Era el equivalente al no te metas que tanto se extendió también entre otras dictaduras. También ocurría, y ocurre, en las situaciones de violencia social hegemónica, el silencio impuesto ante las acciones terroristas, por ejemplo, cuando los partidarios de quien ejercía, y ejercen, tal violencia dominan la calle.

Es la banalización del mal. El responsable de permitir el tráfico ferroviario alega que tal era su misión, la de autorizar el paso de los trenes, sin que fuera cosa suya que los vagones transportasen herramientas fabriles, alimentos o prisioneros destinados a los campos de concentración, ya fueran éstos judíos, comunistas, gitanos o discapacitados. Además, era todo esto legal. Como funcionario, cumplía con la legalidad y con su función. Claro que en sus circunstancias tampoco es fácil, ni siquiera exigible, ser un héroe, en el caso de ser consciente de las consecuencias de su trabajo, podría acabar siendo también víctima de tales procedimientos si se atreviera a ser consecuente.

 Se interioriza el pánico. El novelista albanés Ismaíl Kadaré consigue transmitir en algunas de sus libros este mecanismo perverso por el que cualquier ciudadano, incluido aquel que podría considerarse privilegiado, acaba inseguro, atemorizado, aterrado incluso por un desliz involuntario. En una de sus novelas se cuenta una anécdota ínfima, la de un funcionario de un ministerio que de modo fortuito da un pisotón a un miembro de la delegación china, en pleno periodo de cooperación y hermanamiento entre la China de Mao y la Albania que rompe con el Pacto de Varsovia, se declara radicalmente estalinista y por ende necesita salir de su repentino aislamiento económico. El funcionario pasa un buen tiempo pidiendo disculpas y explicando que no había ninguna intencionalidad en su traspiés, asustado además por las versiones que pudiera haber de su pisotón inintencionado. Son las versiones, murmuraciones, habladurías y chismes varios que se dan en su última novela, Tres minutos. Sobre el misterio de la llamada de Stalin a Pasternak, donde se narra la llamada de Stalin a Pasternak a raíz de la caída en desgracia del poeta Ósip Mandelstam, tres minutos de conversación telefónica que sirvió para crear una atmósfera turbia de sospecha y miedo, además de los muchos rumores que se extendieron por los círculos literarios rusos.  

La cuestión es si más allá de las dictaduras, si en los sistemas con procedimientos democráticos, podría darse mecanismos similares. De hecho, no pocos de los métodos descritos en 1984 se están dando en la actualidad en nuestras democracias, a la vez que sigue el poder acudiendo a las verdades y a los valores hegemónicos, de los que no se puede discrepar, hay una presión social enorme que acusa y menosprecia a los disidentes, a lo que se añade una sensación de impotencia que parte de la idea de imposibilidad de políticas distintas a las proclamadas como únicas, ya no digamos de transformar la sociedad. Hay que tragar con una realidad infame, genocidios incluidos ante nuestros ojos, la inevitabilidad de lo grotesco, cuando no de la política de la muerte. Los responsables del tráfico de trenes siguen alegando la legalidad vigente y la normalidad de sus consecuencias para seguir firmando los pases de los vagones. Da igual lo que transporten.

lunes, 1 de enero de 2024

1984

 


De haber sido real la novela y no una ficción, estaríamos en este 2024 que hoy iniciamos en el cuadragésimo aniversario de un incidente tan turbador como inquietante sufrido por el funcionario Winston Smith. Al escribir su historia, supo Georges Orwell trazar en 1984 la cotidianidad y las contradicciones de un empleado público que cumplía en el Ministerio de la Verdad con la misión de adaptar los vaticinios del poder a la realidad, o tal vez la realidad a los vaticinios del poder, en todo caso adecuar la información, las previsiones y los balances a lo que ocurría, o lo que es lo mismo, dibujar o desdibujar esta realidad, mostrar en todo momento que el Partido acertaba siempre, que conseguía diseñar por completo la sociedad, convertida más en una serie de escenarios en provecho del poder, en beneficio de sus intereses, que en algo existente, sin importar que fuesen reales o no los contenidos de tales escenarios ficticios. En definitiva, la misión de construir la realidad o, como lo diríamos hoy, en una expresión que quizá provocase en el autor británico a la vez hilaridad y abatimiento por haber acertado en sus peores presagios, establecer un relato.

En 1984, escrito entre 1947 y 1949, fecha de su publicación, o sea, al poco de acabada la guerra mundial, cuando comenzó la expansión de la URSS y se mantenían tanto en Portugal como en España regímenes fascistas, Georges Orwell pretendía advertirnos de los peligros siempre latentes del autoritarismo y su perversa maquinaria social. Mostró bien a las claras la capacidad de manipular la realidad mediante el uso perverso del lenguaje, los cambios en la percepción de la realidad, la creación de mecanismos de control, la propia aceptación de la población de todos los cánones de opresión –no en vano, varios lustros después, Malcolm X diría que los medios de comunicación podían conseguir que se amara al opresor. Y si nos lo advertía en ese momento Orwell, cuando el nazismo acababa de derrotarse, es porque veía vigentes aún los peligros del autoritarismo.

El régimen distópico que nos describe 1984 posee rasgos del estalinismo, en plena expansión, y del nazismo, vencido. No hay que olvidar que durante unos pocos años rigió el Pacto Ribbentrop – Mólotov, firmado en agosto de 1939, un pacto de no agresión entre la URSS y Alemania. Aun cuando se trataba de dos regímenes muy diferentes entre sí, con visiones, mentalidades y prismas incluso contradictorios, compartían estructuras autoritarias y medidas que podían intercambiarse de un país a otro sin que notásemos la diferencia. Es cierto en todo caso que para escribir 1984, resulta aún más evidente en otra de sus novelas, Rebelión en la Granja, el autor pensara en el autoritarismo estalinista, aunque sólo sea por una serie de detalles que apreciamos en la novela y que nos recuerdan lo que ocurría en la URSS y el ambiente de terror y de control expandido en todos los ámbitos sociales del imperio del Zar rojo.

No obstante, no se debe caer en la simplificación, Georges Orwell no escribía desde una posición anticomunista, el suyo no era un alegato a favor de las estructuras democrática-burguesas, su posición antiautoritaria partía de una perspectiva socialista revolucionaria y libertaria, tal era su militancia. Su compromiso era sobre todo contra el autoritarismo, pero no había neutralidad ni era ajeno a la emancipación de los explotados y los desfavorecidos, claro que siendo siempre consciente de la naturaleza del poder, de todo poder, del que siempre se ha de desconfiar, aun cuando lo ejerzan los nuestros.

Y sabía bien de lo que hablaba.

Porque Georges Orwell, simpatizante en aquel momento de una pequeña organización marxista antiautoritaria británica, el Partido Laborista Independiente, había acudido en diciembre de 1936 a España a luchar en las filas del POUM contra el fascismo. Ambos partidos formaban parte de una pléyade de organizaciones y corrientes que desde la izquierda radical se mostraban críticos con la URSS y se oponían a los Procesos de Moscú de mediados de los años treinta. El POUM era unos de los partidos más activos y fuertes a la izquierda del comunismo estalinista. Además, uno de sus principales dirigentes, Andreu Nin, había estado muy vinculado a Trotsky tras la Revolución soviética, lo cual entrañó que fuera blanco de las iras de Stalin. Lo que explica en gran medida lo ocurrido en España y de lo que Georges Orwell fue testigo directo. Se salvó por los pelos, como quien dice, de ser él también víctima de las purgas en las calles de Barcelona por parte de las direcciones del PCE y del PSUC, por aquel entonces satélites de Moscú, y escribió un testimonio emocionado y amargo de esos días terribles en un libro titulado Homenaje a Cataluña.

Por tanto, 1984 es una denuncia del peligro del autoritarismo, cualquiera que sea el adjetivo que lo acompañe.



Pero el autoritarismo no es sólo un método de opresión por la fuerza, es también un modelo de represión muchas veces más sinuoso y sutil que parte de la manipulación del lenguaje, de los miedos colectivos y de nuevas formas en el sempiterno control social para imponer un consenso que no da cabida a las disidencias y ni siquiera al pensamiento contrastado. Ahora el poder autoritario no se mancha tanto las manos con sangre, incluso ha aprendido a emplear otros métodos más sibilinos.

El filósofo francés Michel Onfray ha logrado exponer de un modo detallado las características del autoritarismo a partir de la exposición de Orwell en esta novela y lo aplica a un contexto en apariencia distinto. Da incluso un paso más y recoge en su ensayo Théorie de la dictadure la tendencia actual a un modelo autoritario de nuevo cuño, o tal vez no tan nuevo, y sus pérfidos mecanismos a un contexto en apariencia democrático, el de la Europa de Maastricht que se convierte en el gran exponente del uso de tales mecanismos orwellianos sin necesidad de acudir al terror, buscando incluso la anuencia de los oprimidos. Llama la atención, y da que pensar, pero sobre todo que temer, que muchas de las características deducidas de la novela las veamos hoy aplicadas en el denominado Jardín Europeo, así lo ha calificado algún gestor de la Unión Europea. Por no faltar, ni faltan los escenarios de guerra fuera de las fronteras, en este caso las europeas, que sirven de consenso interno y que sirven para pretender mantener las hegemonías a las que el Imperio cree tener derecho.  Sus conclusiones son demoledoras y no pierden peso unos años después. Deja la misma inquietud que provoca asistir al deambular de Winston Smith en los estrechos márgenes del autoritarismo avanzado por Orwell. Asusta no poco comprobar que nuestra sociedad actual posee muchos de los aspectos descritos en su novela.