miércoles, 5 de julio de 2017

Desilusiones viajeras

«¡Singular y lamentable alma del viajero! En vez de alimentarse de realidades lógicas, vive de fantasmagóricas esperanzas y sufre inevitables desilusiones. Lo que no corresponde a su egoísmo sentimental le causa tristeza incurable». Son palabras de Enrique Gómez Carrillo, escritor guatemalteco afincado en Francia, amigo de Rubén Darío con quien colabora, se relaciona también entre otros con Paul Verlaine, con Jean Moréas, con Oscar Wilde, toda una generación de escritores que proyectan otra mirada a lo real.

Viaja, entre varios lugares, a Grecia en busca de las esencias del pasado, de la historia, que espera poder reconocer durante su viaje. No puede menos que sentir cierta desilusión: las cosas no son como se las esperaba, encuentra no el orientalismo con que se había imaginado topar en cada esquina, sino con algo distinto. «Atenas es occidental -afirmará- como una ciudad de Francia, como una ciudad de España».

Escribirá sus impresiones en su libro La Grecia eterna, recuperado por la Editorial Renacimiento en el 2010. Se trata de un bello libro de viajes, cuando había viajeros curiosos y observadores, en la línea de una tradición romántica y posromántica que parece acentuarse a lo largo del siglo XIX. Hay libros muy hermosos de este género. Victor Hugo recorre varios rincones de Europa próximos a Francia y escribirá bellísimas descripciones de sus parajes. Antonio dos Santos Rocha, uno de los pioneros de la arqueología en Portugal y en toda Europa, viaja por Andalucía y la describirá con especial finura y afecto. El príncipe polaco Félix Lichnowsky hará lo propio tras su viaje por Portugal en 1842, en su libro Portugal, Recordações do Ano de 1842. Robert Louis Stevenson, por su parte, recorrió parajes más lejanos y por tanto exóticos, los describió tanto en su obra de ficción como en libros y relatos de viajes.

No sabemos si Víctor Hugo, si António dos Santos Rocha, si el Príncipe Lichnowsky o si Robert Louis Stevenson poseen algo de esa tristeza incurable de la que habla Gómez Carrillo por no encontrar en el lugar de destino aquello con que se habían imaginado, puede que no, su visión no es de sorpresa, de vaga decepción, al contrario, se aprecia no poca admiración por lo que van descubriendo. Pero puede también que su admiración oculte cierta sorpresa por no hallar lo que pensaban. Otros viajeros son más analíticos, como Georges Borrow, que hará un retrato pertinaz sobre esa España a la que pretende evangelizar regalando traducciones del Nuevo Testamento, y es un buen cronista de un país y de unos años que son de virulenta batalla entre lo nuevo y lo viejo, entre conceptos de sociedad enfrentados, como son el liberalismo y el carlismo en liza a lo largo del siglo XIX.

Mientras, hay descripciones horribles, eurocentristas avant la lettre, repletas de tópicos y prejuicios, como las de un joven Gustave Flaubert que recorre el Mediterráneo oriental y que le inspirarán algunos relatos y narraciones, pero quien no pasará a la historia como fino observador de paisajes, y mucho menos de observador del otro.

El viajero del siglo XIX -aún más el del XX, sobre todo el de su segunda mitad, o el actual- no es como el viajero de épocas anteriores, que posee una faceta de descubridor más acentuada, sobre todo cuando se despoja de una visión del mundo demasiado estricta y que va cambiando a medida que se topa con un mundo más plural de lo que pensaba la sociedad en la que vive. Quizá quienes mantienen ese espíritu durante el XIX son los científicos -Humboltd o Darwin, por ejemplo- que observan la realidad de un modo no muy diferente a los viajeros portugueses que dan la vuelta a África por mar y alcanzan Asia donde se enfrentan a culturas tan diferentes, la de India, Mongolia, China o Japón.

Y todos esos viajeros son diferentes a los actuales porque hoy poseemos una imagen más concreta de otros países, de otros parajes, los hemos contemplado una y mil veces en fotografías, en reportajes, en películas. Los medios de comunicación tal vez hayan diluido algo el factor sorpresa, la sensación de descubrimiento que se tiene la primera vez que uno pisa tierra diferente. Hay, es verdad, los olores, las sensaciones visuales al contemplar esos otros parajes, el estar allí, aunque hay muy pocos rincones del mundo del que no tengamos ahora una imagen en la retina. Y también el habitante de otros lugares posee una imagen más o menos formada de Europa, como los europeos y todos los habitantes del mundo la tenemos de Estados Unidos, aunque nunca hayamos estado. Eso elimina ese afán de descubrir nuevas visiones, aunque eso sí puede añadir mayor interés por conocer lo otro. También los prejuicios, los estereotipos y los tópicos son hoy diferentes a los que poseían quienes antaño emprendían largos y lejanos viajes.

Porque sin duda perdura en el viajero un empeño de confrontarse a los prejuicios, a los estereotipos y a los tópicos, sean los viajeros de otras épocas, con más preconceptos por carecer de imágenes y sugestiones visuales, sean los de hogaño, donde se impone un modelo de información más detallado, pero también sujeto a elementos ideológicos más disimulados. Pero el viajero busca resolver ese conflicto -el de su mirada frente a la realidad, teniendo muy presente la afirmación aquí también muy aplicable de Anaïs Nin: «vemos las cosas no como son, sino como somos»- con atención y dotes de análisis, y esto es tal vez lo que le diferenciará del turista, que se mueve por otras motivaciones más mercantiles.

No en vano se nos habla del turismo como una importante fuente de ingresos e incluso como una industria. Es consecuencia de una cultura de masas que se ha impuesto de un modo global y que convierte el mundo en un espectáculo al que acudimos no para descubrir nada, sino para saciar la satisfacción de contemplar lo que esperamos. Pero ojo, no es que la diferencia entre un viajero y un turista parta de la consideración del primero como parte de una élite -élite cultural, social o de clase- frente al segundo, más chabacano y populachero, sino de actitud frente al hecho del viaje.

No obstante, algo no funciona cuando cambian algunas ciudades y determinados parajes en beneficio del acomodo que no es ni siquiera del turista, sino de esas industrias del turismo que buscan el beneficio rápido y fácil. Con ello se convierten esas ciudades en un decorado de cartón piedra, un parque temático de sí mismas. Las inevitables desilusiones y la tristeza incurable de las que nos habla Gómez Carrillo perduran, ya no tanto en los turistas más convencionales, sino en quienes buscan otra cosa en sus destinos, aunque no sea tampoco lo que encuentren.

sábado, 24 de junio de 2017

La Europa idílica

El 28 de julio de 1914 un joven nacionalista serbio, Gavrilo Princip, asesinó en Sarajevo al archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero de la corona del Imperio Austrohúngaro. Comienza entonces una guerra cuya repercusión y consecuencias motivarán que se le dé el calificativo de mundial. Será la primera de las dos guerras que recibirán tal consideración, pues al poco de su declarado final, en 1918, en concreto veintiún años después, comenzará otra con efectos aún más devastadores. De hecho, se podría decir que ese atentado de Sarajevo cierra una cierta etapa de paz en Europa, la Europa de la belle epoque, y abre un largo periodo de violencia: en 1917, aún no acabado el primero de esos conflictos, estalla la Revolución Soviética que a su vez conllevará una guerra civil en territorio ruso durante varios años, Alemania vive un periodo de tensión y conflicto social violento que amenaza la estabilidad de la República de Weimar y que dará paso, en 1933, al régimen nazi, uno de los más criminales de la historia, durante esos años treinta se afianza en la URSS un régimen de opresión y terror cuya punta de lanza fueron los denominados Procesos de Moscú, por su parte España inicia en 1936 una guerra civil cruenta que fue la antesala de la segunda guerra mundial, iniciada en 1939 como consecuencia del expansionismo alemán y que terminó en 1945.

Suele afirmarse que en 1945, tras el final de la guerra, se dio paso a un nuevo periodo de paz y estabilidad en Europa. Claro que no es tanto así: perduraban en la Europa del Sur tres países ─España, Grecia y Portugal─ con regímenes dictatoriales que hunden sus raíces en el fascismo de los años treinta y que se mantienen sobre la base de la represión y la socialización del miedo hasta su final, a mediados de la década de los setenta, mientras que en el este europeo varios países se construyen a imagen del autoritarismo estalinista surgido en la URSS hasta que se derrumba ese modelo tras la caída del Muro de Berlín, en 1989. Después, como si se cerrara un círculo de violencia en Europa, estalla en 1991 un conflicto violento, en realidad una serie de guerras cruentas, en la antigua Yugoslavia, con uno de sus epicentros en Sarajevo, la misma ciudad del atentado que motivó la primera guerra en suelo europeo.

Por tanto, no es cierto esa imagen que se tiene a veces, efecto de la propaganda o de una memoria colectiva que selecciona y edulcora los hechos de la historia, de una Europa en paz y tranquilidad frente a un mundo, al resto del mundo mejor dicho, donde abundan las guerras y las dictaduras, por tanto los desplazados y los refugiados, los perseguidos y los condenados por sus ideas o sus disidencias. Europa fue también a lo largo de todo el siglo XX, como lo fue antes, en toda su historia, a lo largo de todos los siglos, escenario de una serie de conflictos, fue territorio de conflicto, por mucho que se imponga una idea hegemónica de paraíso sistémico en la tierra, modelo a seguir y también enemigo a batir por corrientes intolerantes y autoritarias del resto del mundo.

Incluso se podría incluir aquí, para rebatir tal idea, tal idealización, las conexiones de esa idílica Europa en conflictos fuera de sus propios límites territoriales, pero sería largo de contar, sin duda, y daría motivos a una luenga discusión. Sea lo que fuere, esa Europa que se pretende fortaleza ─incluso en cierto sentido literal, por el modo de protegerse de las oleadas migratorias externas─ no ha sido en absoluto un territorio de paz y concordia. Es más, el régimen nazi, por mencionar uno de los más sanguinarios entre los habidos, guarda notables similitudes con otros genocidios que en el mundo ha habido, con la práctica de unos campos de exterminio que, como muy bien apunta el escritor Primor Levi, no se les puede calificar tan sólo de campos de concentración, más suave si cabe en su acepción, porque el objetivo de estos, como el nombre indica, es almacenar prisioneros, con todos los efectos perturbadores en la conciencia colectiva que pudieran tener, mientras que, por el contrario, en aquellos se da un paso más al pretender destruirlos, exterminarlos, diferencia que de partida tiene su importancia.

Sin embargo, Europa ha logrado imponer esa visión idílica de sí misma como un paraíso sistémico, gracias en buena medida a unas mejoras materiales que desde luego no se pueden desdeñar, aun cuando se hayan puesto en peligro por políticas de recortes, pero en absoluto se puede deducir por ello una superioridad moral y sistémica frente al mundo, y sin desdeñar en absoluto los logros y el reconocimiento de unos derechos y unas libertades civiles que a todas luces se deben mantener y extender, pero no por ello deja de ser a su vez fuente de violencia y de notables iniquidades. En todo caso, Europa comparte con el resto de continentes ser también territorio de conflictos y escenario de horrores, pero a veces se dan juicios de valor que rozan el desdén, por no calificarlos de racismo evidente, y que denota la imagen que se pretende dar de sí misma. Hace unos días, con ocasión del atropello intencionado ante una mezquita londinense que produjo un muerto y varios heridos, cometido después de otros atropellos que se calificaron sin la menor duda de actos terroristas, y lo fueron desde luego, un importante diario europeo calificaba aquel en su titular como «ataque de venganza contra los musulmanes de Londres», y con eso se trazaba una línea que procede del clásico nosotros y ellos, con un evidente posicionamiento moral. Partir de esta visión ─ellos atentan, nosotros nos vengamos─ ayuda poco a entender en que punto estamos, sobre todo porque quienes atentan y quienes se vengan son apenas una parte del nosotros y ellos. Porque frente a aquellos, hay una inmensa mayoría que viven y sufren los conflictos, algunos en un silencio y en ocasiones indiferencia que pueden llegar a ser cómplices.

Llegados a este punto, la pregunta es obvia: qué hacen, qué hacemos, el resto de la población, cómo reaccionamos los europeos ante los conflictos que ocasionamos, dentro o fuera de nuestras fronteras, y cómo reaccionan, por ejemplo, quienes habitan en países árabes, por referirnos a un conflicto actual, ante los atentados cruentos, execrables, tan injustos hacia sus víctimas, cometidos además en nombre de toda la comunidad.

Una respuesta nos la proporciona el antes mencionado Primo Levi, cuando acude en su libro testimonio de los campos de exterminio Si esto es un hombre a Eugen Kogon, que afirmó: «¿Qué saben los alemanes acerca de los campos de concentración? A más del hecho concreto de su existencia, casi nada, y aún hoy saben poco. Indudablemente, el método de mantener rigurosamente secretos los detalles del sistema terrorista, indeterminando así la angustia y por ende haciéndola mucho más honda se mostró eficaz». Pocas líneas después añade: «Y, sin embargo… y sin embargo, no había un alemán que no supiese de la existencia de los campos, o que no los considerase sanatorios». Dos son por tanto los mecanismos: por un lado, el secreto de los detalles, bien no haciéndolos públicos, bien a través de un mecanismo más actual, más propio de una tecnología mucho más desarrollada, manteniendo tales detalles ocultos bajo capas de exceso de información, con los mismos efectos que el secreto o la censura; por el otro, un mecanismo de cada uno de nosotros de reducir la gravedad y las dimensiones de las acciones del nosotros, aplicando eufemismos como ese calificativo de venganza a lo que es un atentado, calificativo que, por otro lado, el otro lado también podría emplear para propia justificación.


Convivimos con el horror, lo incluimos en nuestra cotidianidad y de este modo vivimos sin sucumbir al espanto. Si el ojo humano pudiera contemplar todo el mal sobre la faz de la tierra, sería imposible vivir, afirma la Torah. Primo Levi lo muestra en su Trilogía de Auschwitz, los prisioneros se enfrentan a todo el horror, saben dónde se hallan, pero son capaces de crear una realidad cotidiana que les permite confrontar el mal. Otro superviviente de los campos de exterminio, Elie Wiesel, comenta no sin sorpresa cómo muchos prisioneros sobreviven al horror y se suicidan una vez liberados, incluso años después, cuando todo parece haberse dejado atrás. Es como una coraza que nos mantiene fuera de peligro, pero de la que nos despojamos cuando salimos del conflicto y no asumimos el discurso dulcificado del poder político cuando crea la imagen de una Europa modélica y en paz. 

miércoles, 14 de junio de 2017

Daniel Sueiro: «Corte de Corteza»

Nos lo indica Fernando Ángel Moreno en su prólogo a Corte de Corteza: las novelas ambientadas en el futuro no tratan realmente del futuro. Pero, además, aplicándolo a la ciencia ficción, este género -si es que existen los géneros más allá de su interés académico- no tiene tampoco como tema la ciencia, sino su repercusión en la realidad descrita, su influencia en lo colectiva y también en lo individual, y su analogía con el presente, sus consecuencias en la sociedad para la cual se escribe y también para la del futuro. De allí que la visión, por ejemplo, de Blade Runner, la gran película de Ridley Scott, deje siempre que la vemos, incluso cuando repetimos, una sensación agridulce provocada por la duda de que Rick Deckard, y a lo mejor también cada uno de nosotros, sea en realidad un replicante, lo que cuestiona toda la existencia, nuestro sentido de humanidad, nuestro concepto de libertad, de responsabilidad y personalidad, la vida entera en definitiva.

Las novelas ambientadas en el futuro o la ciencia ficción nos exhortan a reflexionar sobre la propia vida, la de los lectores y por tanto receptores de los relatos encuadrados en tales clasificaciones. De ahí que 1984, Un mundo feliz o El talón de hierro, por hablar de tres títulos reconocidos e importantes que se encuadran en el futuro, que son a su vez distopías enunciadoras de un mundo tremendo, angustioso, nos induzcan a plantear la realidad circundante, la de los momentos en que se publicaron, y la nuestra hoy, cuando han pasado lustros desde su publicación y podemos percibir hasta qué punto sus autores, Georges Orwell, Aldous Huxley y Jack London, respectivamente, no estaban tan desencaminados.

Hay por tanto un elemento de crítica o reflexión social en este tipo de obras, una reflexión sobre los modelos de sociedad y la incorporación del individuo a las mismas, sea de un modo consciente o no la voluntad de retratar de un modo crítico la sociedad inmediata. Pero además Daniel Sueiro, el autor de Corte de Corteza, es un escritor que se inicia en los años cincuenta, junto a autores como Sánchez Ferlosio, Ángel Crespo, Ignacio Aldecoa, Ana Maria Matute, Alfonso Sastre, Carmen Martin Gaite o Medardo Fraile, por citar algunos nombres entre otros muchos, que comienzan a publicar a mediados del siglo pasado, en la década de los cincuenta, con el recuerdo aún de una guerra civil que duele en lo más profundo pero que se quiere superar para asumir una cotidianidad que no se acaba muy bien de concebir. Es también un grupo de autores que escriben tras un tremendismo literario que antecede a esa etiqueta de realismo social que se les da y que muestra en gran medida una realidad hiriente y complicada.

Pero en estos autores existe también una apuesta estilística de renovación, de experimentación en el estilo, cuya expresión más extrema pudiera ser Carlos Edmundo de Ory, pero que lo poseen todos en una mayor o menor medida, siendo su estilo un aspecto muy importante de su narrativa. El estilo a veces frío, a veces intenso, a veces articulado, como si en ocasiones fuera un informe, de la novela de Sueiro recuerda el de otro contemporáneo del autor, Luis Martín-Santos, que en Tiempo de silencio nos habla de un médico y científico que se enfrenta a la investigación en un país poco dado a las elucubraciones médico-científicas. Claro que la novela de Martín-Santos se desarrolla en la misma época en que la escribe, a inicios de los sesenta, mientras que la novela de Sueiro, escrita a finales de esa misma década, nos remite a un futuro indeterminado, lo cual quizá no sea casual.

Corte de Corteza no sólo es una acronía, un relato fuera del tiempo o en un futuro no concretado, también es a la vez una distopia y una utopía, según se mire, o sea un no-lugar o un lugar formado por múltiples lugares y tiempos, que referencias hay al pasado y a otros lugares. Digo que puede ser distopía y utopía porque en ella se enfrentan una utopía científica, la de la capacidad de asumir y superar grandes retos, avanzar, desarrollar procesos inimaginables, y una distopía social, porque aquellos inciden en la realidad sin que signifiquen, contra lo que pudiera pensarse si nos atenemos sólo a los avances científicos, desarrollo social, no conllevan realmente mejoras en la sociedad, a veces muy al contrario: la ciencia avanza, si, una barbaridad, pero ello se traduce en tremendos procesos sociales y profundas cuitas personales provocados por tales avances, no siempre asumibles, con frecuencia negativos o determinantes en la vida de las personas por poseer un aspecto limitador.

La novela se publicó en 1969, tras ganar el Premio Alfaguara 1968, un año de revueltas en Europa y dos años después de que el doctor Christiaan Barnard y su equipo realizaran, en condiciones de semiclandestinidad, el primer trasplante de corazón de la historia. Por tanto, el debate sobre los límites de la medicina fue intenso y sin duda hubo defensores, pero también detractores y dudas éticas respecto a tales experiencias médicas. Cincuenta años después las ciencias -y no digamos la tecnología- se han desarrollado de un modo brutal, han creado a su vez mayores dudas, hasta el punto de tenerse que desplegar una nueva disciplina, la bioética, que analiza en gran medida el alcance ético de la actividad científica.

De ahí que haya sido muy oportuna la publicación de la novela, relegada a cierto olvido, por parte de la editorial Salto de Página en 2012. No en vano, si la experiencia narrada se produjera en la realidad y en nuestros días, provocaría los mismos debates éticos que se plantean en el libro y que también se dan en torno a otras prácticas médicas permitidas por los referidos avances.

Porque lo que plantea Daniel Sueiro en Corte de Corteza es un trasplante de cerebro, nada menos, que pase un cerebro sano de un cuerpo moribundo a un cuerpo sano cuyo cerebro se halla extinto, en muerte cerebral. Será el primer cuerpo, el moribundo, el que se da por muerto, será sobre él que se redactará un certificado de defunción y se le entierra con todas sus consecuencias legales, pero ese cerebro sigue poseyendo sus recuerdos, sus valoraciones, su ética incluso, tan diferentes todos ellos a los recuerdos recreados por los propios sentidos del cuerpo receptor. ¿Quién es al final la persona resultante? Es evidente que la ley dice una cosa, ese cerebro insertado en un cuerpo ajeno pasa a vivir, a intentarlo al menos, la vida de éste, pero los propios médicos no lo tienen claro, tampoco la persona resultante, y no es casualidad que, una vez realizada con éxito la operación, se le llame indistintamente con los nombres de las dos personas interconectadas, Adam y David.


No hay una conclusión, Daniel Sueiro no elabora una tesis, sino que deja entrever varias opciones ante lo que sucede. Eso sí, resulta evidente el caos en que vive el nuevo ente envuelto en grandes dudas de identidad y que la medicina o la ley no parecen saber dirimir. Para él esa revolución médico científica plantea grandes interrogantes, no siempre fáciles de responder.

lunes, 5 de junio de 2017

El frágil horror

El pasado 24 de mayo se realizó en el puerto de Santurce un acto de homenaje y recuerdo de aquellos niños de la guerra que ochenta años atrás salieron de la localidad vizcaína hacia Gran Bretaña o hacia la URSS. El representante del Gobierno vasco, Josu Erkoreka, afirmó que aquellos niños, algunos de ellos presentes, ya ancianos, en la conmemoración, sufrieron un «episodio duro y dramático» y abogó por «un mañana mejor y más justo» en el que no haya ni «ni guerras ni personas refugiadas». Vicente Cañada, uno de aquellos niños que embarcó en Santurce, fue más concreto y se refirió a los refugiados de hoy, en particular a los sirios, que viven una situación parecida. «Nosotros estuvimos en tal situación ─afirmó─ y creo que debemos solidaridad a estas personas. España no sé si cumple con esa solidaridad, pero debería ser así».

Hay imágenes de toda aquella oleada de refugiados españoles en Europa y en América Latina, miles de personas que huyeron de la violencia de la guerra y también, después, de una represión que amenazó las vidas de muchas personas. A los pocos meses de acabada la guerra civil, comenzó la segunda guerra mundial, que también produjo miles de desplazados. Sin embargo, aquellos primeros refugiados españoles, al igual que hoy los sirios, sufrieron también en muchos casos una política insolidaria en Europa, no así en América Latina, con centros de internamiento en condiciones penosas que nos vienen a la memoria cuando contemplamos los mismos centros en Grecia o en Turquía. Es como si la historia estuviese condenada a repetirse una y otra vez. Y hasta puede que los argumentos de entonces para tanta ignominia se parezcan a los que se lanzan hoy con idéntica e interesada parsimonia.

Sin duda, si queremos conocer en la medida de lo posible, nosotros que no somos refugiados ni nuestras vidas están tan directamente amenazadas, lo que sintieron aquellos españoles que salieron con lo puesto, podríamos preguntarles a los sirios de hoy, a los sudaneses, a los kurdos, a los ciudadanos que han de buscar asilo al escapar de todos los conflictos armados o de las dictaduras que en el mundo hay. Existe una línea invisible que liga a todos esos hombres y mujeres. No obstante, aun cuando las experiencias sean similares, también es cierto que cada caso es particular, único, intransferible, a pesar de los paralelismos y las afinidades.

Como lo son las experiencias de las víctimas de las guerras, la de los concentrados en los campos de concentración nazis, por ejemplo, sean judíos, gitanos o perseguidos de cualquier etnia o ideología. Todas esas víctimas sufrieron un mismo horror, pero cada horror, con toda su crueldad, es diferente. No se trata de buscar quien sufrió más y quien sufrió menos, el sufrimiento no admite gradaciones, hay una base común para todos, pero luego están los detalles, detalles que convierten cada experiencia en única, lo que comporta que el ejercicio de la memoria sea tan importante, sobre todo cuando un conflicto, como hoy el de Colombia, con su propia oleada de desplazados y de muertos, parece dar a su fin.

En este sentido, la literatura permite una aproximación singular, permite expresar esa infrahistoria de la que hablaba Unamuno, esa franja que está por debajo de la Historia y que permite contemplar la realidad, a veces con más precisión y crudeza que los grandes tratados. El escritor italiano Primo Levi escribió buena parte de su obra rememorando esa experiencia de los campos de concentración que él conoció y a la que nos traslada en sus relatos.

Pero lo más tremendo que uno descubre entre líneas en su obra es la aparente cotidianidad, en su sentido de normalidad, con que se vivió todo ese horror. Los relatos cortos de Pretérito Perfecto, reunidos en español en el volumen de la editorial Península con el título Lilit y otros relatos, muestran la tragedia de un modo que aparenta naturalidad, algunas de las historias nos parecen incluso afables, aunque a poco que entrelineemos nos damos cuenta de lo que hay detrás. Y lo que hay es el riesgo de banalizar el mal, de lo que tanto hablaría Hannah Arendt o la silente complicidad de la buena gente, que diría Martin Luther King.

A todas luces es el efecto buscado por Primo Levi, que trasciende todo aquel horror y nos lo extiende a todos, a su generación, pero también a las generaciones que le antecedieron y a las que le siguieron, hasta hoy. No hay escapatoria. Advierte: «(…) también nosotros nos hemos dejado deslumbrar por el poder y el dinero de tal forma que hemos olvidado nuestra fragilidad esencial: hemos olvidado que todos nos hallamos encerrados en un ghetto, que el ghetto está precintado, que fuera del recinto se encuentran los señores de la muerte, y que no muy lejos de él nos está esperando el tren».


domingo, 28 de mayo de 2017

Miradas de Plinio

Reflexiona Plinio: «A pesar de tanta mole, de tanto humo amarillo y crecimiento, a pesar de tanta improvisación y caos maquinado por locos y negociantes, todavía conservaba Madrid algo de aspecto clásico, de su estampa a lo Eduardo Vicente. Cúpulas de las viejas iglesias, la mole gris olvidada del Palacio Real, los viejos tejados con chimenea y boardillas del XIX. Torres con veletas, ringlas de árboles y el sol de siempre que hiere los vidrios más altos al huir. El Madrid de 1936, desde lejos tiene aspecto de ciudad provinciana, entre castellana y oriental, con no sé qué pobreza mal disimulada. No dominan los grandes edificios particulares oxidados con la pátina del tiempo. Falta arquitectura de solera. No se aprecia un trazado racional y clásico. Sobre viviendas deficientes y medianas, destaca el vuelo de las iglesias y la altura superdesarrollada de un palacio o edificio oficial. Aspecto de pueblo menestral o medianamente acomodado que no tuvo capacidad ni poder para alzarse más arriba de las torres (…)».

Esta meditada observación de Plinio, sobrenombre con que se conoce a Manuel González, jefe de la policía municipal de Tomelloso, aparece en la novela Las hermanas coloradas, con la que Francisco García Pavón gana el premio Nadal en 1969. En ella, el intuitivo policía viaja a Madrid para buscar a dos antiguas vecinas de Tomelloso residentes en la capital y tanto la investigación como el descubrimiento del misterio nos lleva a perfilar un suceso que se entrelaza con la historia reciente de España, acabada la guerra treinta años atrás, y un presente que parece ya alejado de todo aquello, pero que tal vez, en esa mirada de Plinio, no lo está tanto. Es una reflexión que nos traslada a las conversaciones de Andrés Hurtado con su tío el doctor Iturrioz, descritas por Baroja, tan pesimistas ellas, referidas a la fatalidad y al sometimiento de un país que no pierde su mentalidad de esclavo. El paisaje no varía, edificios oficiales e iglesias gigantescas que anonadan los hogares particulares y que recuerdan en todo momento donde está cada cual.

Sin embargo, por aquellos años Max Aub viaja por España tras treinta años de exilio y él sí ve cambios, tal vez porque pretende reencontrarse con la España que él dejó y que ya no existe, o existe sólo en su cabeza y en las cabezas de la mayoría de los exiliados que quisieran regresar y toparse con el mismo país, el mismo pueblo, y continuar la historia allí donde la dejaron, como si no hubiera habido guerra ni hubieran pasado todos esos años.

Pero si hoy paseáramos por Madrid y leyéramos esa meditación de Plinio, ¿sentiríamos o no algo parecido a lo que sintió el policía, acaso no tendríamos un pálpito semejante, que los edificios oficiales, ahora de bancos y empresas más que de administraciones públicas o de iglesias, dominan a base de superponerse a la ciudadanía, una ciudadanía a la que aún hoy carece de «capacidad ni poder para alzarse más arriba de las torres»?

Da grima atender hogaño a los debates públicos y percibir un sabor añejo porque poco han variado los temas a discutir. Desesperanza la falta de alternativas o lo rápido que se encauzan las energías emancipatorias que en España a veces, muy pocas veces a decir verdad, brotan resueltas, decididas, pero que resultan un espejismo en el que nadie cree a ciencia cierta. ¿Tienen acaso razón Andrés Hurtado y su tío? Tampoco Max Aub, en este sentido, parece entusiasmado por la nueva sociedad española, acaso él mismo vencido por afrontar que pertenece a una España que ya no es.


Quizá la mirada no es nunca hacia fuera, sino hacia dentro, vemos lo que hay dentro de cada uno y no lo que está fuera, del mismo modo que la belleza habita en los ojos que observan, no en los objetos observados. La cuestión es si resulta posible compartir las miradas. 

lunes, 8 de mayo de 2017

Letras y mundos

Ahora que no sólo se coloca la asignatura de literatura en un borde de los planes de estudio de la enseñanza obligatoria y la convierten en un apéndice de la asignatura de lengua o, directamente, se elimina, como ha ocurrido al parecer con la literatura universal de entre las asignaturas troncales, es buen momento para preguntarse qué incidencia e influencia reales tiene la literatura en nuestra sociedad contemporánea o en cualquier época pasada. No me refiero a la intervención de los escritores tipo Émile Zola con su «J´accuse» o Sartre, altavoz en la mano, clamando por la revolución, sino el papel de las obras en la cotidianidad social, planteando cuestiones claves para el debate público y privado, cambiando valores o introduciendo nuevas fórmulas y modos de sentir.

La cosa va más allá de ser un mero ente referencial con relación a la visión de una sociedad o de un sector social, no se trata de que los españoles puedan dividirse entre quijotescos o sanchos, esto es, idealistas o realistas con tendencia al fatalismo, o que atribuyamos cierto bovarismo a la cotidianidad de cierto tipo de esposas atribuladas por el ostracismo burgués (o de clase media hoy), por dar un par de ejemplos, sino que se trata de saber hasta qué punto la literatura sirve para algo más que para lo que parece que se atribuye en la actualidad, un mero entretenimiento, una oferta más del ocio, repartido entre múltiples posibilidades que nos brinda la sociedad de consumo (¿del espectáculo?).

Tal vez sea una pregunta que haya que formularse ahora mismo, en otras épocas no había tanto motivo, aunque puede que la perspectiva del tiempo edulcore mucho el pasado, lo idealice y uno tienda siempre a echar pestes del tiempo que le ha tocado en suerte y desear vagamente haber vivido en otra época. Sin embargo, parece hoy difícil que una novela (o una película, por hablar de una formato narrativo actual) como La Cabaña del Tío Tom, de Harriet Beecher Stowe, pudiera incidir tanto en una polémica social, como lo fue el mencionado relato, en el debate sobre la esclavitud en los Estados Unidos, novela que fue sobre todo determinante para la toma de postura de muchos de sus lectores ante algo tan degradante como fue dicha institución. Tampoco es que no haya ninguna repercusión, es verdad, muchas veces una novela o una película permite fijar un debate, como ocurría en aquel mítico programa de la televisión pública española, La Clave. Pero a todas luces no es lo mismo.

Porque no parece haber hoy una gran incidencia de lo literario en la sociedad. Pero la hubo. El escritor francés La Rochefoucauld afirmó «que pocos se enamorarían si no hubiesen oído hablar del amor», y con ello se estaba refiriendo a la invención del amor como invento literario, que lo fue, en el sentido referido, aun cuando nos pueda parecer algo extraño, que la literatura haya creado, forjado y determinado algo tan cotidiano como el amor. Hoy nos parece normal que el amor guíe a las parejas y forma parte del ideal con que crece casi todo el mundo en Occidente. Pero nada más descabellado durante mucho tiempo que el que una pareja se amase. Hablamos de un amor que no es ágape, ni fraternal, sino que nos referimos a eso que hoy entendemos por amor que incluye la atracción, más vinculado a Eros, y un sentimiento que va más allá del afecto, que era lo que como mucho las relaciones de pareja. Porque a lo sumo eso era lo que debía existir, un maritatis affectio, en esa relación establecida entre dos personas, un hombre y una mujer, y que unía riqueza y dominio, propiedades y poder.

Este envoltorio material(ista) del matrimonio ha sido lo normal (y lo normativizado) durante siglos y en cierto modo lo sigue siendo hoy en gran parte del planeta, aunque es evidente que hoy la hegemonía de los valores es más global por obra y gracia del consumo de masas, e inserto en él el ocio y los productos culturales (porque la cultura se ha vuelto una industria).

Esta institución matrimonial, reflejo de un modelo social, político y jurídico imperante, permitió en el siglo XII a los poetas provenzales que jugaran en sus escritos con una modalidad nueva de amor, heredero de otros formatos, menos convencionales, más libres. La atracción carnal ─que nada tenía que ver con el matrimonio─ se une al sentimiento amoroso y se le da un formato que refleje la sociedad de su tiempo. El poeta corteja a la dama, su domina o dueña, esto es, le hace la corte, porque de lo que se trata es de utilizar el sistema medieval existente, el de la corte ─las cortes de los reyes, tan lejanas, pero también, a pequeña escala, las cortes señoriales o feudales─ para abrir una brecha allí donde la institución del matrimonio no llegaba, a lo sentimental. De este modo, aquello que se rechaza para el matrimonio, según Andreas el Capellán en su Arte Honeste Amandi, esto es, el amor carnal, se establece para el amor de lonh, lo que Gaston Paris denominó siglos después amor cortés, porque imita a la institución.


María de Champaña, hija de Leonor de Aquitania, cuando la poesía provenzal se había extendido por buena parte de Europa ─Fernando Fernán Gómez escribió una novela, El mal amor, sobre la llegada a un señorío fronterizo entre Castilla y Aragón de tal sentimiento novedoso─, encargó a Chretien de Troyes que escribiera las normas del amor cortés, lo que el escritor cumplió con su Tratactus de amore. De este modo, surge un sentimiento amoroso nuevo que brota creada por la literatura, la expanden los poetas y pronto los prosistas, e incluso lo institucionalizan los propios escritores. ¿Sería hoy posible algo así?

martes, 2 de mayo de 2017

«Tiempo sin aire»

¿En qué momento podemos afirmar que un conflicto social, un conflicto que causa dolor y sufrimiento, un conflicto que provoca pérdidas irreparables, resquemores, odios y desesperanzas se cierra de forma definitiva? En España hablamos aún de la guerra civil, de sus víctimas y de sus consecuencias, que aún despiertan encendidos debates y heridas, demasiadas heridas, cuando van desapareciendo las generaciones que vivieron la guerra, no así la larga dictadura que la siguió, aunque empieza a quedar también lejos en el tiempo. Si hablamos de Colombia, el proceso de pacificación está recién iniciado y nadie sabe a ciencia cierta cuando lo podremos cerrar, no los actos de guerra en sí, ya en la práctica inexistentes, sino la batalla más difícil, la de zanjar los odios y diferencias, la del perdón y la reconciliación, la de las víctimas que se enfrentan a su situación de maneras diversas, a veces muy opuestas.

Estos días, mientras se conmemoraba el octogésimo aniversario del bombardeo de Guernica, se entregaba el XIII Premio por la Paz y la Reconciliación al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, y al líder de las FARC, Rodrigo Londoño “Timochenko”, otorgado por el Ayuntamiento de Guernica y Luno, el Museo de la Paz de Guernica, la Fundación Gogoratuz y la Fundación Pública Casa de Cultura. Los dos conflictos, la guerra civil española y el conflicto colombiano, unidos cuando también se habla desde hace tiempo de cómo afrontar el fin de la violencia en el País Vasco, en los tres casos centrados en el tema de las víctimas, tan hiriente y polémico a la vez, cuando en gran medida tampoco está claro el mismo concepto de víctima.

Hay, es evidente, las víctimas directas, las que han vivido sumergidas en la violencia, bien porque la han sufrido en propias carnes, han muerto o han quedado heridos, bien porque han participado de forma activa en ella, han tomado parte de actos violentos, causantes de sufrimiento, sí, pero también, en cierto modo, en grados diferentes, víctimas de esa misma violencia que generan. Hay quienes incluso se convierten en ambos tipos, son víctimas de la violencia ajena pero también de los actos violentos que generan. Los son también, de forma incuestionable, los familiares de quienes intervienen en un conflicto armado, ya sea como receptor de violencia -víctima física- ya sea como generador de actos violentos.

De todo esto nos habla la película «Tiempo sin aire», de los directores Samuel Martín Mateos y Andrés Luque Pérez, realizada en 2015, cuando se estaba ya negociando el proceso de paz colombiano y faltaba pocos meses para la adopción de los acuerdos entre el Gobierno de Colombia y las FARC, una de las guerrillas del conflicto. Nos narra la historia de María (Juana Acosta), enfermera que pierde a su marido, asesinado por la guerrilla, y a su hija de catorce años, violada por paramilitares y aparentemente asesinada por ellos, y que sale del país con su hijo pequeño hacia España con la idea obsesiva de vengarse de un mercenario español (Félix Gómez), para lo que contará con la ayuda inestimable del psicólogo del colegio donde estudia el hijo, Gonzalo, interpretado por Carmelo Gómez.

Asistimos a la ardua labor de María, que busca por todos los medios posibles a ese mercenario a quien ha visto frente a frente, le ha visto los ojos, crueles y sin piedad, pero al que vemos también a lo largo de la película como ese muchacho por completo normal, tierno, enamorado de su pareja, interpretada por Adriana Ugarte, pareja que va a ser víctima al ser golpeada por un conflicto lejano del que además no sabe nada. Es una búsqueda la de María a todas luces obsesiva, invadida por un odio ilimitado que le mantiene, lo dirá en algún momento, viva, lo único que le da sentido a la vida, una vida en la que no cabe aparentemente el perdón y la reconciliación, algo de lo que se habla mucho en los procesos de paz, fundamental para que la paz sea de verdad y no un mero escenario sin actos violentos, que ya sería importante, pero no es suficiente. Pero asistiremos a un proceso interno de María, en compañía en algún momento de la esposa del mercenario, ambas en busca también de una verdad sobre la que reconstruir su espacio vital.


Se trata de una historia de venganza, pero en el que cabe hablar también de duelo y de perdón, en la que hay también sus secretos, sus partes ocultas, aquello que no se cuenta, que cuesta sacar, que se va descubriendo, cuando se descubre, muy poquito a poco. Se trata de un relato que afecta a Colombia, pero que hubiera podido ocurrir en toda España durante la guerra civil, en el País Vasco hasta hace poco más de cinco años, u hoy en Siria, en Iraq, del mismo modo que ocurrió en los Balcanes o en tantos y tantos lugares. Una vez más lo local se convierte en universal y es atemporal. Condición humana, dirán algunos, no sin bastante razón.