En
2016 Daniel Calparsoro nos propuso en su película Cien años de perdón la
historia de un atraco a un banco. Asistimos a lo que parece un plan clásico y
bien organizado cuyo objetivo es el botín contenido en las cajas de seguridad.
Sin embargo, ya desde el principio asistimos a una serie de entresijos que
convierte lo que iba a ser un robo en una maraña de secretos políticos y
mercantiles que se mueven tras una cotidianidad que oculta no pocas miserias.
Lo vamos descubriendo después de saber, al inicio de la película, que existe
una lista de despidos de trabajadores de la entidad bancaria y hay unos
clientes con problemas en sus préstamos y en sus hipotecas que les van enredar
la vida hasta volverla insoportable.
Pero esas desgracias cotidianas,
graves de por sí, cada una de ellas con una historia detrás sin duda dignas de
ser narradas, no llegan a desviar la atención sobre el núcleo central de la
cinta que se halla en esa caja de seguridad en la que un político importante ha
guardado una memoria con documentación clave y comprometida. El robo es en
realidad una forma de desviar lo que es el objetivo real del atraco: conseguir
toda esa documentación, que no se pueda llegar a emplear algún día contra
intereses políticos del partido gobernante, que el escándalo de la corrupción
no salte otra vez más a las primeras páginas de los medios de comunicación, que
una vez más no veamos como las malas prácticas políticas se vuelven normales en
un sistema con demasiadas cosas que ocultar.
No llegamos a conocer los detalles
contenidos en esa memoria. No es necesario. La elipsis no molesta porque el
espectador conoce muy bien el contexto en el que se desarrolla la vida política
actual en las democracias avanzadas al que se refiere la película, un hilo de
corrupciones, negocios turbios, intereses inconfesables, acuerdos discretos de
repartos de comisiones, utilización de lo público con fines privados,
decisiones sobre cuestiones públicas que favorecen negocios particulares. Da
igual lo que describa toda esa documentación: ya estamos habituados a un sinfín
de casos, nos hemos acostumbrado tanto que ni siquiera es necesario su descripción,
no aporta nada a estas alturas de nuestra historia.
Podemos incluso asumir, una vez
más, que la realidad supera la ficción.
Porque la realidad nos dota de
casos suficientes como para imaginar lo que hay en esa elipsis, para rellenar
ese vacío sin ningún esfuerzo; tampoco nos escandalizaría además saber lo que
pudieran contener esos archivos, no lo necesitamos conocer, tal es la gravedad
de la situación real, una corrupción que se ha vuelto ya parte del paisaje
político, nada sorprende, hemos dado carta de naturaleza al clientelismo en la
política, a los peajes que hay que pasar en la gestión pública, a que se fundan
los intereses privados con los públicos.
Tiene razón José Ovejero cuando nos
dice en Los ángeles feroces que la realidad contiene hechos difuminados
cuya importancia depende de cómo nos los cuentan, hasta el punto de que la
realidad, al igual que el pasado, no es otra cosa que eso mismo, lo que nos
cuentan, sin que sirvan siquiera las percepciones personales. En su novela, la
historia viene enmarcada en un paisaje postapocalíptico que no llega a
sorprendernos, como ocurre en la película de Calparsoro con la corrupción. tal
vez porque nos describe lo que ya estamos viviendo.
El contexto determina el modo como
el receptor recibe el mensaje, suscita en gran medida el grado como nos
sorprende, nos escandaliza o nos cuestionamos la realidad. Daniel Calparsoro se
permite la elipsis de los contenidos de la documentación guardada porque los
espectadores, a estas alturas, estamos curados de espanto mientras que José
Ovejero no tiene que acentuar los detalles del apocalipsis porque muchos de
ellos forman parte ya de nuestro entorno. Lo describe con la misma normalidad
con la que lo vivimos.
En este sentido, nos podemos
preguntar si recibimos hoy del mismo modo la descripción de la distopia
descrita por Georges Orwell en 1984 que sus lectores de 1949, cuando se
publicó la novela. Es verdad que esos primeros lectores habían vivido el
nazismo y la guerra, conocían también el control férreo y obsesivo del
estalinismo. Sin embargo, a pesar de ello, los peligros descritos en la novela
no estaban seguramente tan presentes en sus vidas, la manipulación y el control
de la sociedad eran a todas luces más un peligro que una realidad. O quizá no
lo percibieran del mismo modo que nosotros, que asistimos a un modelo más sutil
en lo que a control se refiere.
Puede que lo asumamos también como
la corrupción que no escandaliza. Corrupción y manipulación forman parte del
paisaje, es la normalidad de nuestra época. Incluso los debates sobre las
varias corruptelas actuales en las instituciones parecen un programa de
entretenimiento más, un Gran Hermano televisivo como divertimento un tanto
zafio, pero divertimento al fin, algo que hace gracia, que nos causa indiferencia.
Como ese anuncio sobre la IA que acelera el transhumanismo y que no nos causa
extrañeza ninguna.
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