Pierre Lemaitre nos
ofrece en su trilogía los hijos del
desastre un buen retrato de época, el periodo entre el final de la gran
guerra y el inicio de la segunda guerra mundial. Como cualquier otro país,
Francia se debate entre una crisis inherente al espejismo que es todo sistema, con
unas relaciones de poder que no disimulan una profunda miseria moral, y la
grandeza, la grandeur, con que intenta
presentarse al mundo y ensalzarse a sí misma como sociedad. En medio, sus
personajes intentan salir adelante, no son héroes, tampoco unos gañanes
absolutos, no son congruentes o uniformes, sino que actúan como seres rectos en
ocasiones, disipados a veces, influidos sin duda, o reflejo tal vez, de un
mundo que desde luego nunca es como debiera ni como desearíamos. Hasta qué
punto actúan determinados por la realidad, cualquier cosa que sea esto de la
realidad, o son así por sí mismo, inevitable preguntárselo.
Forman la trilogía tres
novelas, Au delá, là-haut (Nos vermos allá arriba), Couleurs de l´incendie (Los
colores del incendio) y Miroir de nos
peines (Espejo de nuestras penas),
y están publicadas en francés por la editorial Albin Michel y en castellano por
Salamandra. Con una prosa ágil, asistimos a la vorágine de unos años y a unas
tramas que no nos dejan indiferentes, atrapan sin duda e interpelan las tres
novelas a pensarnos como sociedad, a reconocer los lazos estrechos, no siempre
evidentes, pero reales, entre vida individual y vida colectiva.
Al lector español sin duda
le sonarán no pocas de las cuestiones planteadas, los ecos de ciertos debates
siguen vigentes hoy, como ecos de hechos que se reproducen en cualquier tiempo
y en cualquier lugar, pero que además se dan con no poca tenacidad aquí y
ahora. Porque la trilogía tiene como trasfondo, como tema importante, como
escenario incluso, el de la corrupción, una corrupción generalizada y que
Pierre Lemaitre nos muestra en muchos ámbitos, el político, el empresarial, el
del ejército, el de la vida cotidiana incluso. A todas luces en España se sabe
mucho de ello, de corrupción, da la impresión de que el país entero se asienta
sobre una tremenda maquinaria corrupta y que no parece fácil desmontar. Además
España creó la picaresca, esa traslación de la corrupción a lo cotidiano, las
corruptelas del día a día, forma propia y muy particular de buscarse la vida.
No sabemos si la
corrupción es algo que forma parte de eso que llaman la naturaleza de los
pueblos, inherente a ciertas sociedades, enraizada como una característica más,
casi una institución. Sin duda, corrupciones y corruptelas han existido y
existen en todos los países, quizá es incluso algo congénito a cualquier
relación de poder, aunque cuesta imaginarlas en sociedades que consideramos más
éticas. Claro que, en esta visión de las sociedades, la mirada desvirtúa no
poco la realidad, aquí también se aplica aquello de ver según somos. O como pretendemos
que sean. Recuérdese que un país como Alemania, centro de filosofía, de ética,
baluarte de la música y de la civilidad, país al que atribuimos, no sin razón,
el don de la eficacia, llevó a cabo uno de los mayores genocidios conocido, con
un régimen ignominioso donde la corrupción se volvió incluso norma. De ello no
ha pasado aún cien años y parece que volvemos a las andadas.
Incluso en el actual
debate fiscal en España hay un claro eco de la corrupción. No se plantea de
modo explícito, pero sin duda no pocos tenemos en cuenta el festín de
corrupción desencadenada en todo el país a lo largo de lustros. Ni siquiera hay
que estar muy al tanto de la actualidad para saber de lo que hablamos, España
casi como un queso Gruyere de envilecimiento desenfrenado. Del que por cierto
no está exento Cataluña, donde aquí también impera una vieja imagen que intenta
marcar diferencias. Pero ahí está el clan de los Pujol, por dar un ejemplo, hay
más, para demostrarnos que no hay imagen que valga, que la realidad es tozuda
en desmentir hechos diferenciales, que al fin y al cabo hay un poso de igualdad
entre los pueblos. Un universal.
Hay una lectura
sociopolítica de Los hijos del desastre,
las tres novelas son un espejo de las sociedades europeas del siglo XX a partir
de un caso particular, con ecos que nos alcanzan hoy, es imposible no
reflexionar tras su lectura sobre nuestro modelo político y económico, sobre la
naturaleza de las cosas. Sus personajes se mueven en un mundo ávido, vehemente,
que los arrastra. Pierre Lemaitre, no obstante, no los juzga, nos los muestra
tal cual, del modo como se producen los hechos, sin justificarlos, legitimarlos ni
inculparlos, allá cada cual para deducir lo que haría en sus circunstancias. Lo
que sí nos muestra, y eso ya de por sí una toma de postura, es una realidad con
demasiados claroscuros sobre el que tenemos que reflexionar. O tal vez asumir.
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