domingo, 24 de marzo de 2019

Mundo cultural, mundo extraño


Parece extraño: la cultura ha desaparecido del debate público, pero al mismo tiempo hay una cantidad enorme de pequeñas iniciativas, actos en barrios, en ciudades pequeñas, reuniones para recitar poemas, para discutir sobre novelas, para escuchar música, para ver y debatir sobre películas. No incluyo aquí las grandes infraestructuras como museos o centros culturales, anunciadas a bombo y platillo, porque tienen bastante intencionalidad turística, sino a los planes culturales tendentes a crear una cierta cotidianidad. Claro que no es del todo cierto, lo reconozco, existen ayudas a la creación, es verdad, y a programas culturales, aun cuando sirvan en parte para justificar la inversión en esas infraestructuras mencionadas. Pero lo cultural no forma parte del debate político, no hay referencias en los partidos políticos de cara a las elecciones, por ejemplo. Ni ha habido en las instituciones públicas grandes ponencias al respecto. Aunque puede que sea mejor así, de este modo nos evitamos la tentación del dirigismo.

Al mismo tiempo, durante el cambio de siglo vimos como las editoriales entraban en una fase de concentración empresarial y hubo un momento en el que parecía que un determinado grupo iba a poseer una mayoría de editoriales españolas, muchas de ellas editoriales míticas de los sesenta y setenta. Lo mismo ocurrió con las librerías, muchas de ellas comenzaron a cerrar no sólo porque se estancaban las ventas –en un país en el que se publica bastante, en los últimos años se han alcanzado y superado los 80.000 títulos, casi un 20% de ellos literarios–, sino porque los alquileres subieron en exceso, sobre todo en los centros urbanos, donde se concentran las editoriales más grandes, y tuvieron que ceder sus espacios a las cadenas de la moda o a restaurantes de comida rápida, que parecen bien insertados en el mundo capitalista actual. Sin embargo, al mismo tiempo han comenzado a surgir pequeñas editoriales, algunas han crecido o estabilizado en el mercado, y también librerías nuevas que se dispersan en las ciudades y se basan muchas veces en la especialización.

Esto aumenta esa sensación de extrañeza. Por un lado, es fácil tender al pesimismo, incluso al fatalismo más profundo (hay que incluir aquí a los índices tan bajos de lectura, la dispersión de ofertas, la confusión entre ocio y cultura, una cierta dejadez en los planes de estudios de ciertas asignaturas), pero, por otro lado, se aprecia un resurgir del interés por acudir e intervenir en actos culturales de tamaño más bien pequeño, próximo, muy alejados a esas grandes infraestructuras a veces inhumanas, interés sobre cosas que son, por ahora, de minorías, amplias pero minorías al fin y al cabo, lo cual permite mantener cierta esperanza: tal vez no todo esté perdido. Claro que también podría tratarse de una remontada antes de la desaparición definitiva de este modelo cultural. Desaparición o quizá cambio de paradigmas, para ser más exactos y puede que menos derrotistas.

Bilbao, una ciudad mediana del norte, puede ser un ejemplo de ello. Hay las grandes cadenas de libros –Elkar o La Casa del Libro– que llevan años ofreciendo libros e interviniendo en la actividad cultural y comparten el espacio con otras librerías que, por fortuna, se han mantenido a pesar de todo –librería Cámara, por ejemplo, tradicional, de las pocas librerías donde aún se puede consultar lo bueno que sale a la venta– y las nuevas librerías de nuevo formato –las librerías Anti y Louise Michel–, todo ello junto a un sinfín de pequeñas librerías que se van extendiendo aquí y allá, a veces incorporando papelería por aquello de asegurarse unos mínimos ingresos para sobrevivir, pero que buscan el fomento de la lectura y de la literatura. Tengo que citar la librería Guantes, en Portugalete, por hablar de una que tengo próxima.

Pero también hubo sus bajas. Entre ellas, una de las más destacadas y que se recuerda estos días es la librería Verdes, que estuvo situada en pleno centro de la ciudad, en la calle Correros del Casco Viejo, a pocos metros del Teatro Arriaga. La librería Verdes la abrió Emeterio Verdes en 1906. En 1973 dos empleados de la misma, Javier Escudero y Asun Zuloaga, se hicieron cargo de ella, dándole nuevos impulsos y compromisos, sobre todo con la cultura vasca y la literatura en euskara. Eran años bastante revueltos, ya se sabe, arriesgados –sufrieron un atentado en julio de 1980, reivindicado por la extrema derecha–, pero la escritora Laura Mintegi recuerda que era «un espacio de libertad». Ruper Ordorika, por su parte, rememoraba estos días que en esa librería la sección de poesía era la más abundante de Bilbao. Cerró en 2005 y este año se le vuelve a recordar, incluso con cierta añoranza, cuando la cultura en lengua vasca se está recuperando poco a poco y puede ofrecer ahora mismo un espacio enorme y variado.

Sin duda es un reflejo de una tendencia. Puede que en realidad no sea del todo así, que esa sensación de final de época no responda a nada en concreto. Se habla mucho de eso, del cambio de paradigmas, de transformación del modelo social, y quizá sólo sea mero humo. Aunque la idea de que todo siga igual tampoco anima mucho, la verdad. Ya veremos.  

viernes, 15 de marzo de 2019

Stico


En 1985 Jaime de Armiñán realizaba una película en la que un catedrático emérito de derecho romano, Leopoldo Contreras, interpretado por Fernando Fernán Gómez, con problemas económicos y un más que notable hastío por su cotidianidad, se ofrecía a un antiguo alumno, en ese momento abogado afamado y próspero, Gonzalo Bárcena, interpretado por Agustín González, como esclavo según las normas legales del antiguo sistema romano. Sería la solución a sus muchos problemas existenciales, algo además que beneficiaría a ambos, al primero porque vería así el final de su situación apesadumbrada y al segundo porque contaría con un hombre cultivado, con un conocimiento jurídico y clásico enorme, un buen preceptor y consejero para él y para su familia. El abogado, aun cuando admira y estima a su antiguo maestro, rechaza al principio esa propuesta, pero la insistencia del catedrático emérito y el deseo de ayudarle le lleva al final a aceptarla.

De este modo, aplicando las reglas sobre la esclavitud del derecho romano, Leopoldo Contreras renuncia a su libertad y se convierte en esclavo bajo el nombre de Stico, y así Gonzalo Bárcena pasa a tener la domenica potestas sobre él, un dominio pleno sobre su persona, su cuerpo y su vida, y todas las posesiones que pudiera tener el catedrático pasan también a su propiedad. Esta situación no sólo le crea una situación incómoda a él y a su familia, sino que le acaba produciendo verdaderos problemas cuando ese estado de cosas particular pasa a conocerse por la opinión pública. Pero no le resulta tan fácil cambiar tal situación, las normas de manumisión por las que se extinguen los vínculos entre amo y esclavos no son tan sencillas de aplicar.

Stico se estrena en un año importante para España: ese mismo año, en junio, el país firmaba, junto a Grecia y a Portugal, el tratado de adhesión a la Comunidad Económica Europea, la actual Unión Europea, que se formalizaría a los pocos meses, el 1 de enero de 1986. Ello conllevó no sólo que se afianzaran definitivamente los cambios políticos de la transición, en gran medida fue el final de tal periodo, sino que se iniciara también una profunda reforma de la economía y del mundo del trabajo. Era un proceso, se dijo, de modernización enorme, de adaptación a esa Europa próspera y democrática de la que España había estado durante mucho tiempo separada y para lo cual hubo que adaptar un sinfín de leyes. Entre ellas, las laborales, pero también muchas otras que tenían que ver con la cotidianidad de la población.

En aquellos años ochenta, por tanto, comienzan los primeros cambios legales que afectan a las relaciones laborales. No se debe de olvidar que España venía de una larga dictadura y de una relativa expansión económica, en la década de los sesenta, en la que el país deja atrás la penuria de la posguerra, gracias a una mejora económica generalizada y a las transferencias de la emigración española en Europa. Se desarrolló entonces una legislación laboral sin duda paternalista enmarcada en una visión empresarial que se pretendía armoniosa, decían, para patronos y trabajadores. La crisis de los setenta rompe en parte tal idílica visión, había leyes que amparaban a la clase trabajadora, sí, pero saltaba a la vista que no había tanta armonía entre las clases. La adaptación a Europa requería cambiar esa legislación laboral y comenzar una nueva fase de relaciones laborales, en un momento, además, en que se comenzaba a cuestionar el Estado de bienestar.

Es casualidad –o no–, pero en aquella década de los ochenta también se liberaliza el mercado de la vivienda.

Los noventa fueron también un momento de expansión económica que se adentró en el primer decenio del siglo XXI, por ello tal vez las sucesivas reformas laborales, siempre en clave de absoluta liberalización y desmontaje de todo el sistema de relaciones laborales existente hasta entonces, no contaron con mucha oposición ni sindical ni política. Dominaba el neoliberalismo. Se cuestionó la visión reformista de la gestión pública. La expansión no iba a tener freno. La construcción y el clásico turismo se volvieron las bases de la nueva economía española. Y quien osaba cuestionar tanta maravilla y tanto optimismo era de inmediato acusado de agorero, negador de lo evidente o, peor, nostálgico de ideales añejos pasados de moda.

Nadie vio que aquel milagro expansionista descansaba también sobre miles de trabajadores en precario creados por las sucesivas reformas laborales, porque la imagen que se impuso fue la del sueño de una clase media cuasi opulenta y sobre todo radiante de su paraíso adosado. Nadie vio que en aquel país con la mayor red de alta velocidad ferroviaria había zonas en las que el ferrocarril se demoraba –y se demora– horas para atravesar apenas doscientos kilómetros o en las que comenzaban a fallar los trenes de cercanía, cuando los había. O que los precios de la vivienda, comprada o alquilada, alcanzaba niveles imposibles.

Nadie lo vio entonces, hasta que estalló la gran crisis y saltó a la luz una situación dramática que perdura todavía, aun cuando la intenten ocultar bajo una sucesión de banderas patrióticas, de distintas patrias. Hay un hilo, un hilo que une aquel año de 1985 con el presente, un hilo con sucesivos nudos. Cierto: no todo lo que envuelve ese hilo es negativo. Pero cada nudo representa un empeoramiento, de eso no cabe ninguna duda. Ahora un político, tal vez sin pensárselo dos veces, lanza una idea, que las mujeres extranjeras sin residencia legal en España puedan retrasar su expulsión si donan a sus hijos e hijas a la adopción. Seguro que no se lo pensó dos veces al formular la propuesta de un nuevo nudo en ese hilo. Pero la propuesta me ha hecho recordar aquella película, Stico, en la que una persona renuncia a su libertad porque cree que de esclavo va a estar mejor.

viernes, 8 de marzo de 2019

Lo que importa a la gente


Creo que es la última muletilla de moda en el ámbito político que, me temo, se escuchará mucho durante las campañas electorales múltiples a la que nos enfrentamos (y que padecemos): lo que importa a la gente.

Hace un tiempo apenas se escuchaba, pero la bancada de Podemos la ha rescatado del baúl de las expresiones-tipo, acusando la distancia, a veces enorme, entre discurso político-institucional y preocupaciones de la calle, de la sociedad. Esa distancia existe, no digo que no, y de tal distancia se pueden desprender muchos análisis y conclusiones sobre el modelo político imperante.

Claro que puede ser una visión deformada de la realidad y no sea tan grande la distancia, sino que sea más bien un problema de discurso, de tratamiento. De lenguaje, en definitiva. En todo caso, mucho me temo que esa muletilla, lo que importa a la gente, peca en gran medida de un paternalismo extremo con el cual Podemos, y en general todas las organizaciones políticas, pues todas la han recogido, tratan a la población. Porque lo que están diciendo es que ellos están allí para tratar y solucionar en la medida de lo posible lo que importa a la gente, pero sin la gente, porque tal tratamiento es únicamente institucional (o institucionalizado). Uno esperaba de los partidos convencionales que tal fuera su actitud, hay problemas allí fuera que la institución debe solventar y solucionar, pues para eso son los representantes del pueblo, representan a la soberanía popular o nacional. Pero es Podemos quien la ha recuperado, lo que importa a la gente, olvidando que esta organización surgió al albur del 15M, del clamor del no nos representan y la pretensión de la nueva política.

Al margen del debate político, que al final interesa poco, reconozco que por cierta desgana (desafecto lo llaman), el que sea una muletilla marca hasta qué punto el lenguaje es indicativo de lo que se es en gran medida. Dime cómo hablas y te diré quién eres. Aunque no siempre es así, el lenguaje resulta forzado en ocasiones porque el hablante se oculta tras él. Al igual que con la ropa que se escoge cada día, uno quiere dar una imagen de sí mismo con el lenguaje. Claro que incluso así es posible entonces darse una idea de la persona que se es. Eso se refleja muchas veces, por ejemplo, en las novelas, al acudir a los diálogos que son siempre complicados porque no siempre se acierta con el estilo de los personajes, y entonces no resultan del todo verosímiles, aunque hay autores que consiguen diálogos realmente acertados, bien construidos. Ejemplo de ello, antiguos además, son La Celestina, de Fernando de Rojas, o El Lazarillo de Tormes, anónimo por voluntad de su autor, que reflejaron con el lenguaje una forma de ser y una mentalidad de época.

En este sentido, el concepto gente aparece con frecuencia en castellano, en el castellano de España, en expresiones del tipo muletilla. De más tiempo que el de lo que importa a la gente es Lo que pensará la gente, uno de los temas, por cierto, de El Lazarillo, pues el narrador y protagonista de la novela escribe el libro, que es una carta autobiográfica, por los muchos comentarios que lo envuelven. Lo que pensará la gente. Se lo dicen los padres a los hijos y a las hijas para que atenúen sus actos no por sí mismos, sino por la opinión ajena. Es el reflejo de una sociedad demasiado atenta a la imagen, a lo que pensarán de sí los demás y, en gran medida, para evitar las consecuencias represivas en una sociedad como la española, tan proclive a un poder terrenal obsesionado por imponer reglas homogéneas y bien fijas a sus habitantes. Está presente esa preocupación, lo que pensará la gente, en Nada, de Carmen Laforet. Es un temor social, pero también político y religioso. De ahí también que el autor de El Lazarillo, en una época en que lo político y lo religioso se daban más la mano que ahora, se ocultara tras el anonimato, que es también un lenguaje, en un momento en que la autoría ya era importante, sin duda no quería sufrir las consecuencias de un libro que apuntaba ciertos aspectos de la sociedad.

El lenguaje es al final, como casi todo, un campo de batalla. El problema es cuando nos quedamos en el lenguaje como el único ámbito para cambiar las cosas. Porque el lenguaje no cambia la realidad, sólo la refleja. Y por tanto reflejará una realidad distinta cuando las cosas cambien. En un día como hoy imposible no referirse al lenguaje inclusivo o no inclusivo que se ha vuelto central en el debate de la igualdad y la separación entre hombres y mujeres. Que el lenguaje es machista, salta a la vista, y también es importante visibilizar a través del lenguaje la presencia de las mujeres en muchos ámbitos, pero no es un problema de lenguaje –o sólo de lenguaje–, sino de modelo social en el que, por cierto, clama al cielo que persistan aspectos como la diferencia salarial, que me parece una barbaridad que exista aún. Por mucho que se diga portavoza o lideresa no va a cambiar las diferencias de salario o de acceso a ciertos puestos, sobre todo en ciertos ámbitos menos elitistas. Es de Perogrullo, pero no siempre parece claro. Por suerte, la mayoría del movimiento feminista lo tiene claro. No me parece que sea tanto así en las instituciones, allí donde tanto se debate sobre lo que importa a la gente.

miércoles, 27 de febrero de 2019

Cultura y tiempos modernos


En una entrevista realizada estos días en el programa Iflandia, de Radio Euskadi, el escritor Juan Manuel de Prada mostraba su pesimismo ante el panorama cultural actual. El cine, afirmaba, carece de calidad, la literatura es una actividad más y más marginalizada, y lo mismo se podría decir de las demás actividades culturales. No sé si es por mi parte cosa de la edad esto de sentirse fatalista ante lo que nos envuelve, pero me he sentido identificado con esas palabras. También es cierto que cada generación que va dejando tras de sí una mayor amplitud de tiempo, es decir, que empieza a tener una historia y una biografía a sus espaldas, tiende de forma inevitable a sentirse desolada, ocurría ya en la Grecia clásica. Puede que sea así por propia frustración, por un sentimiento íntimo de fracaso porque las cosas no han ido como se deseaba o por la insuficiencia o relatividad de los éxitos, ante lo cual lo que se intenta es disimular tales deficiencias con cantos de sirena sobre la fatalidad del mundo o, también ocurre, sobre las carencias de las generaciones más jóvenes.

Claro que hay síntomas, síntomas objetivos, que denotan que todo ese pesimismo tiene tal vez una base, un fundamento que decían antaño. Lo cultural ocupa cada vez menos espacio en nuestras sociedades. No hay más que ver, ahora que estamos en vorágine electoral, lo poco que se habla de planes culturales, en los programas y promesas partidistas lo cultural es apenas una línea más ornamental que real cuando aparece, cada vez menos. Se confunde ya de un modo absoluta ocio y cultura, y así lo encuadran muchos medios de comunicación que no lo separan, denotando un criterio más que lamentable de que la cultura es en gran medida un entretenimiento más. Y cuando se plantea alguna cuestión cultural es en forma de grandes infraestructuras que busca más la rentabilidad inmediata, vía atractivo turístico.

Pero además, como estamos en un modelo social donde se prima lo inmediato y lo superficial, la imagen que se proyecta de la creación es algo fútil, incluso frívolo. Abundan los concursos de cantantes o de cocineros –démosle a la cocina también una faceta artística o cultural– en los que se muestra una actividad artística como algo entretenido, mientras se concursa, siempre entre risas y pasatiempos, sin hablar nunca del estudio que hay en cualquier actividad de estas, un estudio rutinario, paciente y esforzado que da algún fruto a veces, pero a lo mejor no siempre desemboca, ni tiene por qué, en un éxito social.

Lo cultural como un decorado más o menos bonito. La cultura como un entretenimiento del que podemos desentendernos con facilidad. Pero al mismo tiempo, cuando más se ignora la importancia de la cultura, más allá de lo referido, un pasatiempo o las infraestructuras faraónicas, más personas parecen dedicarse a esto de la escritura, de la música, del cine, de las artes en general. No sé si es por la expansión de la educación o por esa sensación de que cualquier actividad cultural es fácil, según se aprecia en las pantallas televisivas. Tal vez, como nos recordaba un profesor, hay mucha gente que va de artista sin serlo. Claro que no es un fenómeno tan nuevo: en su momento hubo los intelectuales a la violeta.

Tampoco es que uno defienda un criterio trascendente de la cultura en el que se deba ante todo sufrir para elevarse a los grados más altos de sapiencia y sabiduría. Pero sí que hay que saber para dedicarse a ello. Por tanto, como en cualquier labor u ocupación, hay un trabajo, un esfuerzo para avanzar en cualquiera de estas actividades. Lo de las musas no suele funcionar. Si alguna vez llegan, su influencia es inocua si antes no ha habido un esfuerzo detrás. Algo que no parece muy viable en una sociedad en que todo se debe realizar sin apenas esforzarse.

Sea lo que fuere, en la cultura siempre hay un elemento de análisis de la realidad, un elemento que permite la crítica. No siempre van ligadas, cultura y crítica, pero qué duda cabe de que la crítica es posible si se poseen elementos de análisis, y tales elementos los suele aportar la cultura, aunque sea en forma de mirada disonante. Y esto es lo que siempre teme el poder, cualquier tipo de poder, incluido el que adopta las formas más democráticas. De allí que las distopías hayan contemplado siempre que la cultura se convierta en el principal enemigo de la tiranía o de la manipulación política, se detesta por tanto esa manía molesta de pensar que pone en peligro el orden establecido. Por eso los artistas se convierten en los enemigos de las dictaduras reales. Ray Bradbury contempló una sociedad, en Fahrenheit 451, en la que los libros estaban prohibidos y se quemaban aquellos volúmenes que existiesen aún.

Pero hay otras formas sutiles de acabar con la cultura o de neutralizarla y que algunas distopías han recogido. Georges Orwell hablaba en 1984 de la neolengua, con la que se simplificaba el idioma y se denominaba las cosas de otra forma para darle otro sentido a la realidad. Aldous Huxley, por su parte, planteaba en Un mundo feliz el manejo de las emociones para que el ciudadano sintiera de forma acorde al conjunto de la sociedad. Hoy tenemos la corrección política, sobre todo en el lenguaje, y también vemos un cine y en menor medida una literatura –será porque se lee menos– basada solamente en sentimientos, una narrativa emocional que se queda a flor de piel.

Parece que los poderes van optando por esto último. Lo de la represión es costoso y sucio, resulta mucho más viable que la cultura sea algo banal, inane, algo que se practica en los ratos libres, a lo sumo un mero pasatiempo para los domingos por la mañana.  

domingo, 17 de febrero de 2019

«Muchos años después»

En la película «Selfie» Víctor García León nos habla de la nadería política y social de nuestro tiempo, de cómo el debate público se ha convertido en un mero espectáculo sin sentido, una mera foto para el consumo rápido e insustancial, para que echemos unas risas, nada más, entre colegas, aunque el espectáculo lo podrá ver, eso sí, redes sociales mediante, todo el mundo, verán nuestras carcajadas y sonrisas en los selfies continuos, porque en gran medida es a todo el mundo a quien acabamos dirigiéndonos, fijando así la regla general de la alegría que hemos de mostrar de un modo acrítico y siguiendo unas normas creadas quién sabe por quien y que nos inducen a que tengamos que sonreír en todo momento, en todas las fotos, siempre, porque lo que importa es la apariencia, aparentar una actitud ante el mundo, ante los demás, ante nosotros mismos. 

Nada se fija entonces en esta realidad tan aparente y ornamentada. No olvidemos, como indica la expresión de moda, tan recurrente ahora, que estamos construyendo un relato. Ya no se trata por tanto de entender el mundo, interpretarlo, articular una opinión, dialogar, convencer mediante el discurso y el debate, por medio de un sentido del raciocinio todo lo vago que se quiera, o dejarnos convencer por las apreciaciones ajenas, si es que lo consideramos oportuno, sino de elaborar un relato a medida sobre la realidad, convencernos de su verosimilitud, coincida o no con lo real, porque de lo que se trata es de mantener el espectáculo vivo, un espectáculo que, por propia lógica con los relatos establecidos, se compone de monólogos que lanzamos en múltiples formatos, aunque siempre como mensajes en botellas lanzadas a la mar. No esperamos ninguna réplica, en parte porque en internet los mensajes se han multiplicado hasta el infinito, como infinitos son los selfies que se envían por doquier. 

No es de extrañar por consiguiente que los conceptos duren bien poco, apenas unos pocos telediarios, y aquello de las nuevas políticas se diluya con rapidez, ya nadie se acuerda, sólo cambian los protagonistas políticos, pero luego todo sigue más o menos igual. En apenas unos pocos años hemos visto cambiar por completo la clase política, calificada durante unos meses como casta, pero hablo sólo de los protagonistas, no de las políticas, dominadas éstas por el mero posibilismo, mientras los viejos dinosaurios aparecen para opinar, tal vez con la intención de que no los olvidemos del todo, tan rápido pasan las imágenes en las pantallas televisivas.   

Puede sin embargo que nada sea nuevo, que siempre haya sido así, un mero absurdo, una nadería. Claro que hubo momentos más sesudos, más profundos en los análisis, tal vez más trascendentes o por lo menos con más sentido de la trascendencia que se andaba buscando con ahínco, aunque eso no quita a que al final todo resulte cuando menos ridículo. No es de extrañar, apenas es un detalle, que haya quien hable en este cuasi decenio tan intenso de una segunda transición, iniciada aquel 15 de Marzo de 2011, qué lejos queda, con la que se rememora aquella primera transición, o la Transición, con mayúscula, en la que todo parecía posible, o al menos tan posible como permitían las circunstancias.  


José Antonio Gabriel y Galán termina en 1990 la que será ya su última novela, Muchos años después, un retrato de época, de esa transición cuyo eje es la muerte del dictador y que abrirá un periodo de grandes expectativas, pero también de enormes decepciones, las mismas decepciones que irán dominando a los dos protagonistas, Silverio y Julián, los irán forjando hasta transformarlos en personajes tétricos, absurdos, aunque puede que siempre lo hayan sido, tétricos y absurdos, por mucho que en un primer momento se tomen muy en serio a sí mismos. Sea lo que fuere, los autores acaban adoptando la misma actitud que la sociedad en general, una actitud basada en la decepción y en la extrañeza, en ese desencanto que sirvió a Jaime Chávarri para titular su reportaje sobre los Panero, los tres hermanos hablando de su padre y convertidos ellos mismos en un símbolo generacional. Ese desencanto que vivió también el propio Gabriel y Galán, que confesaba ser «lo contrario de un triunfador», según cuenta Juan Cruz en un artículo de 1994, al poco de morir el escritor. 


Porque estamos hablando de una generación que se pretendió heroica, y lo fue de algún modo, pero que tuvo que tragar con las decepciones y las renuncias, o del absurdo de su trascendencia, en el caso de los dos protagonistas de la novela. La generación de una época que construyó verdaderos antihéroes al convertir el desencanto en puro pasotismo, que es lo que vivieron muchas personas ante aquellos nuevos tiempos que al final no fueron ni de lejos lo que esperaban. Si el desencanto de los escritores, de los activistas, de los pensadores, de los artistas de aquel momento se reflejó en los hermanos Panero, el pasotismo quedó r
eflejado en el Cojo Manteca, un ser que vivía en los arrabales de la realidad y que fue blanco de las cámaras y de los telediarios durante las protestas universitarias de los ochenta, verdadero protagonista del momento, quedando en un segundo plano los motivos de las protestas, aquellas primeras reformas universitarias, de la enseñanza y laborales. 


Es un desencuentro con la realidad que nos saca de la propia realidad. En 1978 José Antonio Gabriel y Galán publica un libro de poemas con el título Un país como éste no es el mío, un título muy expresivo, el de una sensación de extrañeza, de extrañamiento intenso que aleja de la pertenencia a un país, a una sociedad. Unos años antes Max Aub tuvo la misma sensación, la de no pertenecer a un país que había considerado el suyo pero con el que se dio de bruces al regresar. Sin duda, si nos retrotrajéramos en el tiempo, encontraríamos el mismo sentimiento en muchas personas, señal inequívoca de que nada ha cambiado en realidad, y que el sentimiento descrito al principio, el de la extrañeza ante este tiempo de selfies y sonrisas, no es nada nuevo, se repite una y otra vez ante la decepción por la imposibilidad de cambiar nada. 

domingo, 10 de febrero de 2019

«Selfie»


Del daguerrotipo al selfie hay una larga senda que refleja un cambio en la percepción colectiva e individual. Es como si cada fotografía particular, según su formato y estilo, nos indicara información de la sociedad que la envuelve, por lo menos tanta información como sobre las personas o los objetos fotografiados. En este sentido, los daguerrotipos nos muestran una sociedad sobria, adusta, seria, lo que indica que da mucho valor a la responsabilidad, a asentar la propia imagen de un modo incluso solemne y, en gran medida, a dar un paso más por medio de una nueva tecnología en esa pulsión de trascendencia que nace de la conciencia de la propia muerte: la persona que aparece en un daguerrotipo pretende a todas luces que se le recuerde con una actitud hierática y digna.

Qué distinto a los selfies, tan banales e intrascendentes, tan anclados en una necesidad de mostrarse a los demás felices y ocurrentes, pero siempre sin gravedad y trascendencia. Nadie se hace un selfie en un momento importante y serio, porque se huye de cualquier mensaje profundo y de cualquier comunicación que vaya más allá de la mera expresión alegre o narcisista. El selfie es la expresión idónea en una sociedad que se pretende opulenta, rica, competitiva e individualista/individualizadora. El mensaje de quien se hace un selfie es palpable: aquí estoy yo y qué feliz que soy. Y el receptor del selfie asume que allí está el modelo a seguir, la actitud más idónea, lo que se ha de ser y cómo se ha de vivir. Poco importa que refleje o no la pura realidad. Es incluso capaz de morir por un buen ángulo.

Entre el daguerrotipo y el selfie, las fotografías han ido cambiando, han ido dejando atrás la sobriedad adusta que reflejaba la normatividad de las costumbres y se han mostrado más y más alborozadas a medida que se despojaban de reflexión y acudían a la mera satisfacción del instante vivido. De las fotografías grupales –las de la familia, la clase del colegio, las orlas universitarias– hemos visto como disminuían poco a poco el número de los fotografiados –el grupo de amigos, las parejas, los hijos– hasta llegar al selfie, donde sólo hay un protagonista, el yo absoluto –yo en un paisaje, yo ante un plato delicioso, yo en un acto político, festivo, musical, yo con un famoso–,un yo que es además el eje central de la fotografía. Y resalta ese yo porque sin duda está enmarcado en la más absoluta nadería, a la que pertenece también porque en el fondo no hay nada que contar ni que trascender, en consecuencia gana la mera presencia del yo, aun cuando ese yo acentúe esa nada e incluso asuma que esa imagen suya ni siquiera vaya a durar en el recuerdo tras una primera percepción. Durará lo que dure la sonrisa.

Es curioso, tanto en el daguerrotipo como en el selfie suele haber sólo una persona en primer plano, pero qué diferente que resulta el mensaje, la actitud, nuestra propia visión de lo que vemos. Ante el daguerrotipo reflexionamos. Ante el selfie sonreímos. No es lo mismo, en absoluto.

Puede que algo de todo esto tuviera presente Víctor García León cuando dirigió su película «Selfie», presentada en 2017 y que nos habla de la caída a los infiernos de un joven de familia bien, Borja, interpretado por Santiago Alverú, un pijo al uso, a cuyo padre, exministro, se le detiene y se le envía a prisión por múltiples causas relacionadas con la corrupción. Embargados sus bienes, el joven Borja ve entonces como se le rompe el orden en el que vivía, de bases efímeras bien a las claras: encuentra el vacío de los suyos, de su propia madre que parece seguir viviendo en la inopia, de su hermana que va a lo suyo, de su novia con quien ya no mantiene tal noviazgo, de su mundo de máster en el que de repente ya no tiene cabida. Acude al otro lado de la balanza político-social, a ese mundo reivindicativo de los movimientos emergentes tras el mítico 15M (hoy tan olvidado), el del «no nos representan» y la rabia álgida por una realidad que sigue haciendo aguas por todas partes. Parece que encuentra allí una acogida que no ha tenido entre los suyos. Borja pretende integrarse en ese magma social alternativo, procura mantener la alegría ante la pantalla, el selfie debe continuar, como el espectáculo que es, aunque tampoco ese mundillo alterno es lo que parece, no en vano ese pequeño grupo en que se integra está liderado por una ciega, Macarena, interpretada por Macarena Sanz, todo un símbolo del desconcierto en que se mueve toda esa nueva política.

 En la película ambos mundos se mueven como si no fueran en realidad conscientes de la situación. El mundo del que proviene Borja continúa con sus reuniones, sus mítines, sus gestos enaltecidos, un tanto artificiosos, como si todo ese episodio de corrupción y mala praxis no fuera con ellos, mientras que el mundo al que acude Borja actúa como si el lema otro mundo es posible tuviera un significado real, no fuera un mero gesto muy propio del selfie que se hacen sus partidarios en los mítines y encuentros, la más pura nadería de quien en el fondo sabe que nada se puede hacer ya, que la tesitura está entre destruir ese sistema putrefacto o integrarse en él, pese al mal olor. Todo apunta a que los de la nueva política han optado por esto último, puede que hasta con la razón que les da la imposibilidad de cualquier alternativa y la falta de valor de los sujetos políticos para poner toda la carne en el asador de la revolución. La realidad, cómo no, supera la ficción, y lo que hemos visto después del año de presentación de la película podría ser a la perfección una continuación de la misma, con un Borja y una Macarena que siguen sonriendo ante la cámara, aunque ya son más los instantes en que se sientan en las escaleras de cualquier rincón de Lavapiés en la más absoluta desolación.

Y es que todo pasa con una rapidez estrepitosa y, como la sonrisa o el recuerdo de un selfie, lo olvidamos en un plisplás. En apenas unos años las nuevas políticas se han vuelto añejas. La fiesta ha durado bien poco y apenas ha asomado más allá de las terrazas propias, aun cuando algunos insistan en mantener la música bien alta, para que la oigamos y se nos mantenga el ánimo bailongo, aunque lo que muchos ansiamos sobre todo es un poco más de silencio. Más silencio por favor, aunque no para pensar, sino para descansar de tanto esfuerzo por sonreír ante el selfie recién olvidado y olvidarnos de paso de nosotros mismos.

martes, 5 de febrero de 2019

Cibernética Esperanza


Cecilio Olivero Muñoz
Cibernética Esperanza
Senzala Colectivo Editorial

«Todo ocurre por una razón que no entendemos», afirma el narrador del relato en un momento dado, cuando ya tenemos una idea clara del camino recorrido por el protagonista, Casimiro Oquendo Medrado. Tal vez por ello, porque se nos escapa el porqué de las cosas, lo que motiva los hechos y quizá el sentido de la vida, no hay excusas o voluntad de justificarse, simple y llanamente hay una descripción de escenas que componen una vida, unos retazos que se van sucediendo de un modo aleatorio.

Tampoco hay por parte del protagonista un acto desesperado de rebeldía, no se rebela, no lanza una diatriba contra su vida ni por los hechos que se producen en ella, no hay un grito de angustia por todo ese sinsentido que le envuelve a él, a su narrador, pero también a su autor y en definitiva a todos nosotros, lectores y no lectores. Si le encierran en un centro psiquiátrico, vale; si le dan el alta y lo sacan de ahí, también vale. Así es la vida, al fin y al cabo. La vida de ahora, hay que precisar. A veces somos meras piezas de un rompecabezas que desconocemos y el componedor del rompecabezas va ensamblando las piezas que tampoco tienen un lugar único en el conjunto.

Por ello quizá haya que leer este libro -¿Novela?¿Colección de relatos o de retazos que tienen sus independencia narrativa respecto al conjunto?¿Biografía?¿Confesión?¿Tratado de la realidad? Hay que recordar que estamos en el tiempo de la no definición–, porque muestra una nueva actitud ante la vida, ya no es el grito ante Dios o ante la Historia, es simple y llanamente la descripción de lo que ocurre sin más, ni siquiera hay un objetivo, o puede que el objetivo sea la propia escritura. Ya que no podemos entender la razón de las cosas, escribimos y leemos porque sí, sin más, sin ni siquiera la intención de buscar un cierto orden.

Estamos ante un nuevo modo de entender la realidad y por ende la escritura. La tecnología, sin duda, ha cambiado la forma de mirar y de sentir, nos ha individualizado aún más, pero no para ayudarnos a determinar más el yo, sea esto lo que fuere, sino para aumentar más nuestra soledad, la desnudez de nuestras vidas, la impotencia ante tanto caos. Sí, nos seguimos relacionando, es verdad que nos reunimos con otras personas para hablar de libros, de política o de fútbol, nos casamos, nos liamos, nos divorciamos, formamos familias u otras formas de relación o acabamos buscando salidas terapéuticos –psiquiatras, psicólogos, escritura, reflexión, arte–, como se ha hecho toda la vida, pero ahora todo es de forma diferente. Tal vez lo que nos falta es lo antes referido, el acto de rebeldía, ese acto de miedo o de revuelta de Caín ante su destino que, sin embargo, asume. Ya no creemos ni en la revolución, ni en la democracia, ni en la tribu, ni en nada. Estamos solos con nuestra propia soledad. Quizá nunca la soledad fue tan evidente como en nuestra época, cuando vivimos en grandes ciudades y tomamos el metro junto a miles de personas, pero cada cual atiende sólo a su teléfono multifunciones. Cibernética soledad.

Tal vez por ello hay que leer este libro, el personaje que deambula por sus páginas es un reflejo de lo que somos, y esto es lo que une el relato a una luenga tradición, la de la literatura como espejo. Mientras, no es baladí, el título nos brinda la existencia de alguna esperanza pese a todo, aunque sea una esperanza cibernética.