En
1985 publicaba Francisco González Ledesma su novela Soldados. Se trata
de una novela negra, subgénero en el que el escritor mostraba siempre una
enorme maestría al tiempo que retrataba una sociedad que a todas luces no
resultaba tan idílica como a esas alturas se nos mostraba desde las
instituciones y los medios de comunicación. En ella, uno de sus personajes, en
un momento dado, reflexiona sobre esas nuevas tecnologías que en aquella época
empezaban a ocupar un lugar importante en la sociedad, quizá en apariencia no
tan central, pero sí fundamental. Las máquinas saltaban de las fábricas, del
ámbito industrial, a otros sectores y ocupaban incluso la cotidianidad de los
ciudadanos, volviéndose fundamentales en sus vidas.
Anuncia
el personaje en cuestión que estamos entrando en una nueva civilización. Afirma
que no queda lugar para los jóvenes porque estamos ante un mundo de robots y
señala de inmediato que «(E)llos nos quitarán el trabajo, nos enseñarán cómo
movernos y nosotros nos tendremos que amoldar a su lenguaje, no ellos al
nuestro». Concluye que el ser humano nunca antes había aceptado ser tan esclavo
de las máquinas, que hasta ese momento habían sido nuestros brazos, pero se
convertían en nuestro cerebro, incluso nuestra lengua (página 170 de Soldados,
edición de Plaza y Janés).
Ni
imaginaba el autor hasta qué punto iba a ser cierto su presagio. Sin duda,
tendría muy en cuenta la novela de Georges Orwell 1984, muy presente durante
la escritura de Soldados por la coincidencia del año, y parecía que la
distopía del escritor británico empezaba a ser una realidad a ojos de quienes
estaban más atentos a los cambios sociales. Pero no era tan evidente entonces,
era una mera posibilidad, se percibían algunos síntomas de ese mundo nuevo
tecnologizado, pero las sociedades estaban a tiempo de no sucumbir de la
manipulación que entrañaban las nuevas máquinas. Aunque, a decir verdad, la
manipulación era la misma, no se trataba realmente de un cambio, sólo que se
disponía de herramientas más afiladas. En todo caso, no se veía posible ese
dominio absoluto de las nuevas tecnologías, esa dependencia humana de la
máquina. Se confiaba tal vez en el raciocinio, en la capacidad humana de
pensarse y mantener su libertad.
Poco
más de cuarenta años después la serie británica The Capture nos pone en
otro escenario, no muy distinta al apuntado por el escritor catalán y con la
novela de Orwell como fondo, como marco de esta nueva civilización.
Hoy la tecnología lo ocupa todo, toma
decisiones, deja que los algoritmos establezcan los criterios de lo que tiene o
no interés, determina los límites de la realidad y, sobre todo, como señala el
personaje de soldados, ya no es una herramienta de análisis en nuestra
evaluación de lo real, nuestros brazos, sino que se ha convertido en nuestro
cerebro. La llamada Inteligencia Artificial añade una variable más en este
proceso social hacia una nueva sociedad. Aunque sería mejor decir que no es la
sociedad la que ha cambiado, sino que los mecanismos de poder, de división
social, de control y de normalización de los discursos de clase se vuelven más
punzantes y sutiles. No sólo hablamos de filfas que se expanden con rapidez y
suma facilidad, sino que la percepción de la realidad está ya establecida de
antemano y será difícil escapar a lo que nos muestran las pantallas.
Modificadas a voluntad, como nos sugiere la mencionada serie británica.
Es
el mundo descrito por Orwell. La realidad, incluso, supera la verdad.
Estamos
además en un mundo en guerra, otra vez, aunque quizá nunca lo dejamos de estar
después de 1945, sólo que los países europeos no estábamos tan cercanos o en
apariencia tan implicados. El gobierno de Georges Bush nos metió en la guerra
de Irak en 2003, lo ilustra aquella famosa foto de Las Azores con tres
mandatarios en actitud engreída y chulesca, y las filfas creadas y divulgadas a
la velocidad de la luz, Putin invadió Ucrania, con un uso tecnológico nuevo
tanto bélico como propagandístico, y ahora la guerra por el control de Ormuz
parece estancada, en ella el uso de la nueva propaganda parece más burdo, no
da la impresión de que el mandatario actual norteamericano sea muy refinado a la hora de
tergiversar la realidad.
Incluso
en la cuestión de Ceuta se tilda de invasores y ocupantes a los desarrapados
del mundo, en este caso de África, algo exagerado sin duda, por mucho que los
utilice el régimen marroquí.
Guerra
y nuevas tecnologías no parecen tampoco una buena combinación. Para colmo, la
crítica a lo que hay se restringe hoy a ámbitos muy periféricos. Se impone una
única mirada posible a la realidad, amparada por las tecnologías, sin permitir
discrepancias que se ven como traiciones el mero hecho de defenderlas, cuando
no de tonterías o mero intelectualismo. No es nuevo, pero parece más categórico,
menos rebatible. La ocurrente frase atribuida a Alfonso Guerra, «el que se
mueve no sale en la foto», resulta hoy más actual que nunca. Hemos de
mantenernos quietos, estáticos, disciplinados como buenos soldados. Somos
soldados y clientes en este capitalismo global, las dos condiciones esenciales.
A
muchos no nos da la sensación de que sea muy prometedora esta civilización hipertecnologizada. Cosa
de viejunos tal vez. Aunque tampoco cabe, para qué engañarnos, mucha nostalgia
de lo que fue, de lo que fuimos.

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