viernes, 21 de agosto de 2026

Soldados


 

En 1985 publicaba Francisco González Ledesma su novela Soldados. Se trata de una novela negra, subgénero en el que el escritor mostraba siempre una enorme maestría al tiempo que retrataba una sociedad que a todas luces no resultaba tan idílica como a esas alturas se nos mostraba desde las instituciones y los medios de comunicación. En ella, uno de sus personajes, en un momento dado, reflexiona sobre esas nuevas tecnologías que en aquella época empezaban a ocupar un lugar importante en la sociedad, quizá en apariencia no tan central, pero sí fundamental. Las máquinas saltaban de las fábricas, del ámbito industrial, a otros sectores y ocupaban incluso la cotidianidad de los ciudadanos, volviéndose fundamentales en sus vidas.

Anuncia el personaje en cuestión que estamos entrando en una nueva civilización. Afirma que no queda lugar para los jóvenes porque estamos ante un mundo de robots y señala de inmediato que «(E)llos nos quitarán el trabajo, nos enseñarán cómo movernos y nosotros nos tendremos que amoldar a su lenguaje, no ellos al nuestro». Concluye que el ser humano nunca antes había aceptado ser tan esclavo de las máquinas, que hasta ese momento habían sido nuestros brazos, pero se convertían en nuestro cerebro, incluso nuestra lengua (página 170 de Soldados, edición de Plaza y Janés).

Ni imaginaba el autor hasta qué punto iba a ser cierto su presagio. Sin duda, tendría muy en cuenta la novela de Georges Orwell 1984, muy presente durante la escritura de Soldados por la coincidencia del año, y parecía que la distopía del escritor británico empezaba a ser una realidad a ojos de quienes estaban más atentos a los cambios sociales. Pero no era tan evidente entonces, era una mera posibilidad, se percibían algunos síntomas de ese mundo nuevo tecnologizado, pero las sociedades estaban a tiempo de no sucumbir de la manipulación que entrañaban las nuevas máquinas. Aunque, a decir verdad, la manipulación era la misma, no se trataba realmente de un cambio, sólo que se disponía de herramientas más afiladas. En todo caso, no se veía posible ese dominio absoluto de las nuevas tecnologías, esa dependencia humana de la máquina. Se confiaba tal vez en el raciocinio, en la capacidad humana de pensarse y mantener su libertad.

Poco más de cuarenta años después la serie británica The Capture nos pone en otro escenario, no muy distinta al apuntado por el escritor catalán y con la novela de Orwell como fondo, como marco de esta nueva civilización.

 Hoy la tecnología lo ocupa todo, toma decisiones, deja que los algoritmos establezcan los criterios de lo que tiene o no interés, determina los límites de la realidad y, sobre todo, como señala el personaje de soldados, ya no es una herramienta de análisis en nuestra evaluación de lo real, nuestros brazos, sino que se ha convertido en nuestro cerebro. La llamada Inteligencia Artificial añade una variable más en este proceso social hacia una nueva sociedad. Aunque sería mejor decir que no es la sociedad la que ha cambiado, sino que los mecanismos de poder, de división social, de control y de normalización de los discursos de clase se vuelven más punzantes y sutiles. No sólo hablamos de filfas que se expanden con rapidez y suma facilidad, sino que la percepción de la realidad está ya establecida de antemano y será difícil escapar a lo que nos muestran las pantallas. Modificadas a voluntad, como nos sugiere la mencionada serie británica.

Es el mundo descrito por Orwell. La realidad, incluso, supera la verdad.



Estamos además en un mundo en guerra, otra vez, aunque quizá nunca lo dejamos de estar después de 1945, sólo que los países europeos no estábamos tan cercanos o en apariencia tan implicados. El gobierno de Georges Bush nos metió en la guerra de Irak en 2003, lo ilustra aquella famosa foto de Las Azores con tres mandatarios en actitud engreída y chulesca, y las filfas creadas y divulgadas a la velocidad de la luz, Putin invadió Ucrania, con un uso tecnológico nuevo tanto bélico como propagandístico, y ahora la guerra por el control de Ormuz parece estancada, en ella el uso de la nueva propaganda parece más burdo, no da la impresión de que el mandatario actual norteamericano sea muy refinado a la hora de tergiversar la realidad.

Incluso en la cuestión de Ceuta se tilda de invasores y ocupantes a los desarrapados del mundo, en este caso de África, algo exagerado sin duda, por mucho que los utilice el régimen marroquí.

Guerra y nuevas tecnologías no parecen tampoco una buena combinación. Para colmo, la crítica a lo que hay se restringe hoy a ámbitos muy periféricos. Se impone una única mirada posible a la realidad, amparada por las tecnologías, sin permitir discrepancias que se ven como traiciones el mero hecho de defenderlas, cuando no de tonterías o mero intelectualismo. No es nuevo, pero parece más categórico, menos rebatible. La ocurrente frase atribuida a Alfonso Guerra, «el que se mueve no sale en la foto», resulta hoy más actual que nunca. Hemos de mantenernos quietos, estáticos, disciplinados como buenos soldados. Somos soldados y clientes en este capitalismo global, las dos condiciones esenciales.

A muchos no nos da la sensación de que sea muy prometedora esta civilización hipertecnologizada. Cosa de viejunos tal vez. Aunque tampoco cabe, para qué engañarnos, mucha nostalgia de lo que fue, de lo que fuimos.

 

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