En
2019 el director y guionista Ben Chanan nos ofreció una trepidante serie de
tres temporadas, The capture, en la que la comisaria Rachel Carey se
enfrenta a una distopia política y tecnológica. Procedente de un departamento
de lucha antiterrorista, Rachel Carey pasa a dirigir el departamento de
homicidios y al investigar la desaparición y muerte de una abogada en
apariencia a manos de Shaun Emery, un oficial del ejército británico al que se
acusa previamente de asesinar a un talibán a sangre fría en Afganistán, de cuyo
proceso judicial sale absuelto, descubre que el sistema público de cámaras de
vigilancia de Londres está distorsionado por la aplicación de un plan
denominado Corrección.
Este
sistema consiste en crear imágenes falsas de videovigilancia para establecer
pruebas fehacientes cuando las reales no resulten suficientes en los procesos
penales y así condenar a los investigados y acusados, en especial a los
terroristas que amenazan la estabilidad del país. Para sus defensores más acérrimos,
Corrección supone un medio para garantizar la seguridad y defender la
democracia, para asegurar el éxito de las investigaciones criminales y
apuntalar las sentencias que defiendan el orden y a la ciudadanía. Apenas un
puñado de agentes, una élite, controla la viabilidad de este sistema y se
sirven de él para mantener el control y el orden. El empleo de la inteligencia
artificial en la distorsión de las imágenes e incluso, se verá en la tercera
temporada, en la gestión de las investigaciones en curso supondrá un peligro
con repercusiones en el funcionamiento político del Estado, en este
caso Gran Bretaña.
Rachel
Carey se empeñará en actuar contra la aplicación de este sistema, para ello se
integrará en el núcleo de la inteligencia británica, en una acción vertiginosa
con un final tan ostentoso como inquietante. A veces puede parecer demasiado
espectacular lo que se cuenta en la serie, tanto que puede parecer inverosímil,
un verdadero delirio, pero no podemos olvidar que lo que se nos cuenta no es
otra cosa que un marco de flagrante manipulación de la realidad y aquí, mucho
nos tememos, resulta aplicable la máxima atribuida a Óscar Wilde: la realidad
supera la ficción. Al fin y al cabo, el lector de 1984 o de Un mundo
feliz pudo pensar en su momento que aquellas distopías nunca podrían volverse
reales y aquí estamos.
La
serie deja, más en este tiempo de filfas, medias verdades, bernardinas reactualizadas,
opiniones sin base alguna, pensamiento ínfimo o impotencia política, un remusguillo
a conspiración permanente contra lo que nada puede hacerse. El final de la
serie, habrá que verlo, acentúa esta idea de que todo está perdido y de que no
hay alternativa posible. Nada nuevo bajo el sol, la serie parece amparar este
viejo axioma bíblico. Y si salimos de la ficción y nos trasladamos a un escenario
real, por ejemplo Ceuta en esta mitad del verano, nos damos cuenta de que, como
en The capture, no podemos estar seguros de nada, salvo de que estamos
ante un nuevo capítulo de esta infamia que es la historia, y más en concreto la
historia reciente.
En
tiempos de pensamiento débil tendemos a dividir el mundo en buenos y malos,
reiteramos el viejo discurso del nosotros y el ellos, acudimos otra vez al principio
sofista de atribuir verdades y justicias según nuestra propia conveniencia y nos
damos cuenta por fin de que nada es lo que parece. Y por poder ser, puede
incluso que aceptemos la conspiración que rodea lo sucedido: que no sólo
estemos ante una acción desesperada de una población sin futuro —impecable el análisis
de Al Mounadil-a en Inprecor— o que los Estados, todos, incluidas
nuestras democracias tan modélicas, utiliza a la población, la propia o la
ajena, como armas arrojadizas —recuérdese que España y otros países de la UE
comenzaron a exigir visados a los bolivianos el 1 de abril de 2007, justo un
año después de que el presidente Evo Morales decidiera nacionalizar el gas de Bolivia,
sin que nadie vinculara públicamente ambos hechos, mera casualidad—, sino que Marruecos
actúe confiado por sus buenas relaciones con Israel, molesto por la actitud del
gobierno español ante lo sucedido en Gaza, y Estados Unidos, ese mismo gobierno
español fue blanco de las iras caprichosas de su mandatario.
Claro
que pensar esto puede ser mera fabulación, mientras que parte de la oposición
política española, candidato a la presidencia incluido, se ha presentado en
Ceuta para tachar de invasores a los desarrapados del mundo y acusar al régimen
marroquí de utilizar a su población contra la soberanía española, lo que puede
ser cierto en parte, pero sin mencionar los negocios en marcha entre ambos
países, venta de armas incluida, y las cesiones del Gobierno español, el Sahara
Occidental por ejemplo, que esa misma oposición no critica en absoluto.
Mientras
tanto, las cámaras apuntan hacia las calles de Ceuta. Sus grabaciones son el
mensaje. Como en The capture, nuestra percepción nos puede llevar a dudar
de lo que ocurre realmente en ellas. Nada nuevo, por otro lado: la realidad
como mera construcción siempre al servicio del poder.
No hay comentarios:
Publicar un comentario