jueves, 6 de agosto de 2026

Corrección

 



En 2019 el director y guionista Ben Chanan nos ofreció una trepidante serie de tres temporadas, The capture, en la que la comisaria Rachel Carey se enfrenta a una distopia política y tecnológica. Procedente de un departamento de lucha antiterrorista, Rachel Carey pasa a dirigir el departamento de homicidios y al investigar la desaparición y muerte de una abogada en apariencia a manos de Shaun Emery, un oficial del ejército británico al que se acusa previamente de asesinar a un talibán a sangre fría en Afganistán, de cuyo proceso judicial sale absuelto, descubre que el sistema público de cámaras de vigilancia de Londres está distorsionado por la aplicación de un plan denominado Corrección.

Este sistema consiste en crear imágenes falsas de videovigilancia para establecer pruebas fehacientes cuando las reales no resulten suficientes en los procesos penales y así condenar a los investigados y acusados, en especial a los terroristas que amenazan la estabilidad del país. Para sus defensores más acérrimos, Corrección supone un medio para garantizar la seguridad y defender la democracia, para asegurar el éxito de las investigaciones criminales y apuntalar las sentencias que defiendan el orden y a la ciudadanía. Apenas un puñado de agentes, una élite, controla la viabilidad de este sistema y se sirven de él para mantener el control y el orden. El empleo de la inteligencia artificial en la distorsión de las imágenes e incluso, se verá en la tercera temporada, en la gestión de las investigaciones en curso supondrá un peligro con repercusiones en el funcionamiento político del Estado, en este caso Gran Bretaña.

Rachel Carey se empeñará en actuar contra la aplicación de este sistema, para ello se integrará en el núcleo de la inteligencia británica, en una acción vertiginosa con un final tan ostentoso como inquietante. A veces puede parecer demasiado espectacular lo que se cuenta en la serie, tanto que puede parecer inverosímil, un verdadero delirio, pero no podemos olvidar que lo que se nos cuenta no es otra cosa que un marco de flagrante manipulación de la realidad y aquí, mucho nos tememos, resulta aplicable la máxima atribuida a Óscar Wilde: la realidad supera la ficción. Al fin y al cabo, el lector de 1984 o de Un mundo feliz pudo pensar en su momento que aquellas distopías nunca podrían volverse reales y aquí estamos.

La serie deja, más en este tiempo de filfas, medias verdades, bernardinas reactualizadas, opiniones sin base alguna, pensamiento ínfimo o impotencia política, un remusguillo a conspiración permanente contra lo que nada puede hacerse. El final de la serie, habrá que verlo, acentúa esta idea de que todo está perdido y de que no hay alternativa posible. Nada nuevo bajo el sol, la serie parece amparar este viejo axioma bíblico. Y si salimos de la ficción y nos trasladamos a un escenario real, por ejemplo Ceuta en esta mitad del verano, nos damos cuenta de que, como en The capture, no podemos estar seguros de nada, salvo de que estamos ante un nuevo capítulo de esta infamia que es la historia, y más en concreto la historia reciente.

En tiempos de pensamiento débil tendemos a dividir el mundo en buenos y malos, reiteramos el viejo discurso del nosotros y el ellos, acudimos otra vez al principio sofista de atribuir verdades y justicias según nuestra propia conveniencia y nos damos cuenta por fin de que nada es lo que parece. Y por poder ser, puede incluso que aceptemos la conspiración que rodea lo sucedido: que no sólo estemos ante una acción desesperada de una población sin futuro —impecable el análisis de Al Mounadil-a en Inprecor— o que los Estados, todos, incluidas nuestras democracias tan modélicas, utiliza a la población, la propia o la ajena, como armas arrojadizas —recuérdese que España y otros países de la UE comenzaron a exigir visados a los bolivianos el 1 de abril de 2007, justo un año después de que el presidente Evo Morales decidiera nacionalizar el gas de Bolivia, sin que nadie vinculara públicamente ambos hechos, mera casualidad—, sino que Marruecos actúe confiado por sus buenas relaciones con Israel, molesto por la actitud del gobierno español ante lo sucedido en Gaza, y Estados Unidos, ese mismo gobierno español fue blanco de las iras caprichosas de su mandatario.



Claro que pensar esto puede ser mera fabulación, mientras que parte de la oposición política española, candidato a la presidencia incluido, se ha presentado en Ceuta para tachar de invasores a los desarrapados del mundo y acusar al régimen marroquí de utilizar a su población contra la soberanía española, lo que puede ser cierto en parte, pero sin mencionar los negocios en marcha entre ambos países, venta de armas incluida, y las cesiones del Gobierno español, el Sahara Occidental por ejemplo, que esa misma oposición no critica en absoluto.

Mientras tanto, las cámaras apuntan hacia las calles de Ceuta. Sus grabaciones son el mensaje. Como en The capture, nuestra percepción nos puede llevar a dudar de lo que ocurre realmente en ellas. Nada nuevo, por otro lado: la realidad como mera construcción siempre al servicio del poder.

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