jueves, 12 de mayo de 2022

El Bellas Artes donostiarra

 


Tal vez sea el sino de los tiempos, aunque me parece más bien que se debe a un proceso de transformación de las ciudades que tiene detrás una elección humana, por tanto una decisión política y económica, un tipo de decisión que muchas veces se plantea como si estuviera amparada en algo ajeno a cualquier voluntad, el hado por ejemplo o el mercado (algo que a veces resulta tan etéreo como el destino, ¿qué es el mercado y, sobre todo, quién es el mercado?), incluso se atribuye a la inevitabilidad de los tiempos, pero que son opciones que pudieran tener alternativas, que son frutos al final de relaciones de poder nunca igualitarias, sobre todo las que tienen que ver con las fuerzas económicas y que ahora mismo deciden sobre el futuro de sociedades enteras y, en este caso, de ciudades.

El hecho es que el edificio de Bellas Artes de San Sebastián, en el punto de encuentro de las calles Prim y Urbieta, pasará a ser un hotel de la cadena Hilton. El ayuntamiento ha aceptado el acuerdo entre la cadena hotelera tan prestigiosa y la empresa SADE, actual propietaria del inmueble.

El edificio en cuestión, conocido como el Bellas Artes de San Sebastián, se planificó y construyó en 1914. Lo proyectó el arquitecto Ramón Cortázar. Su función fue la de un cine, de hecho es uno de los edificios más antiguos destinado a tal fin en el País Vasco. Se inauguró el 13 de septiembre de 1914. En 1943 hubo una modificación que planificó el arquitecto Ignacio Mendizábal, se reformó la cúpula y el interior, y el Bellas Artes de San Sebastián pasó a ser también un teatro. Tuvo 1.400 localidades. Cumplió con ambas funciones, la de cine y la de teatro, hasta 1982, cuando se realizó la última proyección, el 11 de abril en concreto. Se utilizó durante un tiempo como local de ensayo para la Orquesta Sinfónica de Euskadi. El edificio llama la atención por su belleza, incluso el Gobierno Vasco barajó la posibilidad de catalogarlo como bien cultural.

No podemos olvidar que San Sebastián – Donosti es la sede desde 1953 de uno de los festivales de cine más importantes del mundo. Por tanto, este edificio ha servido perfectamente a la sociedad donostiarra y sin duda a los visitantes que la frecuentaron cuando cumplió su función de cine y teatro, se encuadraba bastante bien con la vida comunitaria, incluso ha seguido siendo una infraestructura cultural de la que se han aprovechado toda la ciudad y sus visitantes.  



Mientras tanto, la vida ha cambiado no poco en este rincón del País Vasco. La industria sigue teniendo un peso enorme, a la que se ha incorporado nuevas tecnologías y nuevos sectores de producción, pero también ha ganado mucho terreno los servicios y, más en San Sebastián, pero no sólo en esta ciudad, el turismo. De hecho, parece que aquí se está tomando el mismo rumbo de algunas otras ciudades, el de apostar sobre todo por el turismo. Es innegable que puede ser una fuente de ingresos y crea puestos de trabajo, lo que es a todas luces positivo, pero no parece que lo sea el efecto en el conjunto de la sociedad local al organizar la ciudad en torno a los visitantes, a los turistas, y no tanto alrededor de la población local, que se le desplaza del centro urbano y en ocasiones se le excluye del disfrute del mismo. Ejemplos hay, no muy lejos incluso.

El que un edificio como el de Bellas Artes abandone definitivamente su función cultural para pasar a ser una infraestructura más para el turismo muestra claramente una tendencia. Tendrá sin duda sus defensores, pero no son pocos quienes ven –vemos– en esta transformación algo preocupante, un modelo social excluyente. Excluyente, además, para los habitantes de la propia ciudad, que pierden en este caso un edificio de los denominados emblemático. Son cosas del mercado, dirán, pero incluso Adam Smith planteaba la necesidad de una mano invisible que moldeara las consecuencias más adversas de la economía.

 

domingo, 1 de mayo de 2022

La peregrina

 


La Edad Media no ha gozado casi nunca de buena fama. A lo medieval se le atribuye una pátina de oscurantismo, miseria, aculturación y salvajismo, incluso hoy se tacha de medieval ciertas prácticas turbias y a determinadas instituciones que intentan mantener prebendas y privilegios sustentados por la fuerza, aun cuando se acuda a la tradición para legitimarlas o revestirlas de normalidad, ¿acaso normatividad? A todas luces, fue durante el periodo del Renacimiento, conscientes los cenáculos de poder de los cambios en Europa y del inicio de nuevos tiempos, cuando se comenzó a dar una imagen negativa de esos siglos posteriores a la crisis del Imperio Romano, una época funesta, sostuvieron, de barbarie e incultura.

Nada más injusto, desde luego, que esa visión sesgada. Primero, porque es un periodo demasiado largo el que calificamos de Edad Media, varios siglos en los que hubo de todo, momentos crueles –¿pero qué tiempos no los posee?¿Podemos desde nuestro presente atribuir a otras épocas lo peor de la civilización cuando hemos tenido lo que hemos tenido, sin ir más lejos en los últimos cien años?– y momentos de no poco esplendor. Pero luego porque muchos aspectos sociales, culturales e incluso cotidianos proceden de esa época, no podemos entender la música o la literatura, por ejemplo, sin el aporte de lo medieval, pero también la arquitectura, la constitución de los pueblos, siempre dinámico, o el ocio tienen sus bases en esa, calificada, noche de los tiempos, sin darse cuenta de que es en la noche donde surgen los sueños y remoza la creatividad. Hasta el amor fue un invento del siglo XI, plena Edad Media según nuestros cómputos, un invento además en el que jugó un papel fundamental la literatura.

Claro que ha habido también quienes han investigado y escrito sobre esa época, y han logrado transmitir una imagen más fidedigna. Algunos historiadores han ido mucho más allá de la mera difusión de datos de las estructuras políticas y las batallas, se han ocupado de las mentalidades y de la vida cotidiana en campiñas y ciudades que mantenían o recuperaban su vigor, cuando se fortalecieron las rutas que atravesaban Europa. Jacques Le Goff o Georges Duby son los más conocidos de esta escuela. Pero es en los estudios literarios donde a todas luces mejor se puede entender las mentalidades, si se comprende los símbolos y las claves que siempre contienen las palabras. En este ámbito, el aporte de Basilio Losada como catedrático de literatura ha sido fundamental, nadie como él ha sabido explicar, por ejemplo, las Cantigas Galaico-Portuguesas y mostrar todo el mundo que había detrás o hablar de cómo por los caminos de Europa se transmitieron valores y códigos, representaciones y alegorías que se han mantenido hasta nuestros días, cuando parece que nuevamente todo empieza a mudar de nuevo.

En 1999 Basilio Losada publica su novela La Peregrina, un relato que surge de una Cántiga de Santa María, la numerada como la 268, que escribiera Alfonso X el Sabio, Rey de Castilla, cuya lengua literaria fue la galaicoportuguesa, y que el catedrático aprovecha para mostrarnos aquel mundo de caminos y lenguas diversas, de reflexiones existenciales no muy distantes a las que podamos tener hoy, una búsqueda de sentidos a la existencia y a la muerte, sin duda la gran reflexión de todos los tiempos, todo ello coreado por encuentros y desencuentros, despedidas y nostalgias, risas que conviven con nostalgias, y una complicidad estrecha, conmovedora, entre un bufón y una princesa tullida.

Todo está en esta novela, un conocimiento profundo del mundo medieval que, sin embargo, no ha entorpecido el hilo de un relato bello, intenso. Creo que la novela está hoy descatalogada, me temo que el ámbito del libro está también afectado por las prisas y la fiebre de novedades del mundo contemporáneo, también es cierto que han pasado más de veinte años, pero sin duda quien pueda leerla hoy va a entender algo más ese mundo que, sin embargo, no ha cambiado tanto en lo fundamental.

viernes, 25 de marzo de 2022

Íconos del desencanto

 


Ha muerto Luis Roldán, pero inmersos como estamos en un nuevo ensayo del fin del mundo la noticia apenas ha tenido alguna repercusión mediática. Incluso puede que ya nadie se acuerde de Luis Roldán, aun cuando su persona estuvo durante mucho tiempo en las primeras páginas de los diarios y se convirtió en buena medida en un ícono del final de una época, la del desencanto, la de la asunción de un estado político que terminaba con las esperanzas colectivas de construir un país nuevo, más justo y libre, más imaginativo y original, la normalidad era eso, los negocios turbios tras las bambalinas de los grandes gestos y gestas, ya del todo institucionalizados, disuelta la fiesta en la calle y las reivindicaciones sonoras, a partir de entonces íbamos a ir definitivamente siempre a la contra, contra las guerras sucesivas, contra los atentados, contra las leyes laborales más y más restrictivas, contra la globalización precarizadora.

Desde la llegada del PSOE al gobierno, cuando terminó formalmente la transición y se inició el desencanto, ocupó varios cargos políticos, entre ellos el de Gobernador del Gobierno en Navarra, pero fue el de Director General de la Guardia Civil el que le dio mayor fama. Mala fama, por precisar. Por cierto, en su haber está el que fuese el primer civil en ocupar tal cargo, con lo que se afianzaba la desmilitarización del poder político. Pero en todo lo demás su paso por el puesto supuso abrir la caja de los truenos para un gobierno al que le pesaban demasiado las diferentes corruptelas, baraterías y hedores varios. Lo que le siguió no fue desde luego mejor, pero eso no justifica ni embellece lo anterior.

Ante la apertura de los procedimientos judiciales por diversos delitos de carácter económico, se dio a la fuga en 1994, desapareciendo durante algunos meses. Reapareció en 1995, cuando se le detuvo en el aeropuerto de Bangkok, una detención extraña por poco clara, rodeada de aspavientos un tanto histriónicos que ya permanecieron definitivamente en la política española hasta nuestros días, lo histriónico como característica del teatro político hispano. Forma parte de esas casualidades cuanto menos curiosas, pero Manuel Vázquez Montalbán, que escribió una novela a partir del personaje y sus circunstancias, Roldán, ni vivo ni muerto, murió en ese mismo aeropuerto en 2003. No extraña que le inspirara al escritor barcelonés una novela, tampoco fue el único en escribir sobre Luis Roldán, los autores Ignacio Miquel Eced y Fernando Sánchez Dragó se ocuparon de él en sendos textos, Francisco Ibánez lo caracterizó para un capítulo de Mortadelo y Filemón, el álbum Corrupción a mogollón, y Alberto Rodríguez realizó la película El hombre de las mil caras, en la que Carlos Santos le encarnó.

Sí, podemos considerarlo un ícono de aquel momento, un símbolo del desencanto de un país y de toda una sociedad, en un espectáculo que hubiera podido ser distinto, pero que fue lo que fue. No he podido evitar pensar en otro ícono de la época, Jon Manteca, el Cojo Manteca, cuyas fotos rompiendo a muletazos material urbano se volvieron, como se dice ahora, virales. Desde luego, no se conocieron, estaban en mundos muy diferentes, aunque puede que se cruzasen alguna vez por Madrid, cada uno en su lugar, sin mezclarse, representando ambos esa tristeza del final de los tiempos que se va repitiendo con tanta frecuencia ahora mismo.

 

domingo, 13 de marzo de 2022

Alain Krivine

 


Ha muerto en París Alain Krivine, uno de los protagonistas del Mayo francés, continuador de las luchas por la emancipación social y humana que ha habido a lo largo de los tiempos, y que mantuvo toda su vida ese tesón por pretender otro modelo de sociedad. La Historia, que a veces parece poseer un humor macabro, quiso que en sus últimos días fuera testigo del inicio de un nuevo capítulo de la tensión en Ucrania, de donde procedía su familia, judía, que huyó de la región fronteriza con Polonia debido a los progroms, tan crueles como injustos, que victimizaban a las personas por su origen y que tanto se repitieron en varias épocas, dándonos a veces la sensación de la imposibilidad de cualquier empeño por otro mundo posible.

Aun así, mantuvo su tesón revolucionario, aun cuando se diluyera el sesentayochismo y el mundo adoptara otros derroteros e incluso pareciera que el capitalismo más neoliberal hubiera ganado la batalla. Al menos la ganó durante un tiempo, y nos ha dejado un escenario harto sombrío, sin duda. Tuvo la ironía de titular su repaso autobiográfico de la época que le tocó vivir con un sarcástico Ça te passera avec l´âge (“se te pasará con la edad”). A él no se le pasó, aun cuando viera debilitarse su corriente política, el trotskismo, y asistiera a numerosos fracasos organizativos. Mantuvo no obstante un cierto humanismo marxista, no sé si a algunos este concepto le chirriara por completo, que quizá se revistiera de un cierto pesimismo, quién sabe, ante la realidad de los últimos años. Claro que para mantener el tesón revolucionario, como él, hay que ser un optimista histórico y creer con firmeza en la fuerza de la voluntad y de las propias convicciones, no todos lo poseemos y nos decantamos muchas veces por una mínima resistencia ante un mundo con el que nos resulta imposible identificarnos.

Tuvo como compañeros de batallas y de debates a Daniel Bensaid y a Ernest Mandel, los tres fueron las caras visibles de una IVª Internacional que intentó mantener en alto la bandera de la revolución. Fueron exigentes en sus análisis, pero al mismo tiempo intentaron aprehender lo esencial de nuevas reivindicaciones y de nuevas formas de resistencia. Se solidarizaron con la revolución de los claveles portuguesa, que puso fin a una dictadura y a la guerra colonial en África. Alain Krivine, dos años después, en 1976, pocos meses después de la muerte del General Franco, hizo acto de presencia en Madrid para apoyar a quienes pretendían que los cambios no fueran superficiales, de mero tocador. La policía le retuvo y se le expulsó de España, acusado de fomentar tácticas revolucionarias. Regresaría en otras ocasiones, ya sin los marcajes de ese aparato represivo.

Su corriente hoy se halla en gran medida diluida en una amalgama anticapitalista, reivindicativa, aunque me temo que minoritaria y puede que algo desorientada. Claro que no son tiempos de dogmatismos. Una vez más estamos en uno de esos momentos en los que parece que haya que empezar de nuevo, partir de cero para confrontarse con los peligros de siempre, la guerra, la precariedad, el autoritarismo, la miseria. Las amenazas están latentes, pero esta vez las alternativas al (des)orden de este mundo brillan por su ausencia o parecen situadas en un rincón de la historia, sin posibilidad de intervención alguna. No sé si es bueno que así sea. Esta vez la sensación que nos domina a muchos es la de que estamos realmente ante una catástrofe y que tal vez hubiera sido bueno al menos haber hecho algún caso a quienes en algún momento mostraron un camino.

viernes, 11 de marzo de 2022

Cultura rusa

 


Cancelan un curso sobre Dostoievski en la Universidad de Milán como consecuencia de la invasión rusa de Ucrania. Al mismo tiempo, la Filmoteca de Andalucía suspende la proyección de Solaris de Andrei Tarkovsky por la misma razón. Incluso, lo informaba el diario ABC hace pocos días, se propuso derribar una estatua del escritor ruso en Florencia, aunque el alcalde de la ciudad, en una reacción cuanto menos honrosa, se opone. «Hay que parar a Putin, no la cultura rusa», afirmó con toda la razón.

Es evidente que el catetismo en Europa ha llegado a la universidad y a los gestores culturales, algo que sin duda muchos intuíamos, efecto tal vez del Plan Bolonia, del desvío de atención individual consecuencia de las redes sociales y las nuevas tecnologías o de la reducción del nivel cultural y educativo generalizado.

Creo que no hay que argumentar mucho la estupidez de tales medidas. Saltan a la vista por sí mismas y todo indica que los gobernantes rusos no se van a poner a temblar ni, menos aún, van a modificar su decisión criminal de arrasar con Ucrania porque en el resto de Europa nos dé por no leer a los autores rusos o por no ver cine ruso. Peor para ellos, pensarán en el mejor de los casos. Porque sospecho que ellos tampoco son de muchas lecturas. Estoy convencido de que si lo fueran, unos y otros, sus políticas serían diferentes, tal vez mejores. Aunque tampoco estoy del todo seguro de que sea así, muchos de los jerarcas nacionalsocialistas eran personas cultivadas, en un país de notable desarrollo filosófico, y eso no redujo la perversión de sus políticas genocidas.

La guerra de Ucrania es una más de las muchas guerras que ha habido en Europa, todas ellas criminales, sin que conozcamos de momento todas sus consecuencias, sin duda terribles, pero que de momento nos está mostrando algunas características de esta Europa que se pretende maravillosa pero que a todas luces no lo es tanto.

A lo comentado sobre cancelaciones y suspensiones, hay que ver también la subida avariciosa en muchos casos de productos y servicios, algunos afectados realmente por la guerra, otros en cambio responden a otras razones semiocultas, pero lo que llama la atención es cómo se argumentan y el descaro de ciertas razonamientos. El señor Borrell traslada a los ciudadanos el boicot al gas ruso, que se apaguen las calefacciones, nos pide, como si los Estados o ciertos negocios no tuvieran ningún papel ni responsabilidad alguna. Se han cuidado bastante en no aplicar a algunos bancos rusos el boicot del sistema Swift, casualmente aquellos que mantienen ciertos negocios con la UE, el pago por el gas, por ejemplo, o las exportaciones de productos de lujo, que no se han incluido en el boicot. Mientras, se abren fronteras a los refugiados ucranianos, no seré yo quien lo critique, me parece imprescindible anteponer las necesidades básicas de las personas, su vida y su seguridad en primer lugar, a cualquier otra consideración, pero chirría que no haya sido así con las víctimas de otras guerras –los sirios o los afganos, por ejemplo, a estos últimos los hemos olvidado con suma rapidez– o a quienes emigran por necesidad, que también debería considerarse su situación.



El rechazo a la guerra, por otro lado, se vuelve viral, muchas instituciones y entidades muestran su oposición, el Athletic de Bilbao y el Barça exhibieron una pancarta al inicio de un partido, No a la guerra, pero olvidaron que unas pocas semanas antes jugaron la supercopa en Arabia Saudí, país que está bombardeando el Yemen. Con armamento construido en la verde Euskal Herria, por cierto. Como indica el lema de una campaña contra el negocio de las armas, la guerra empieza aquí. Y si no empieza, se contribuye.

Todo lo cual no exime a Putin y su gobierno de la responsabilidad de sus actos, de la invasión de un país, de la muerte de muchos de sus ciudadanos, y de paso de no pocos rusos que conforman sus ejércitos. Pero tampoco hay que confiar en discursos heroicos que denotan más bien la necesidad de épicas patrióticas, aun menos cuando ni siquiera estamos ante una fina elaboración discursiva, sino que prima lo cateto, puro y duro. Estamos quizá ante un final de época, en esa tristeza del fin de unos tiempos en los que al menos las palabras tenían un valor, o servían para disimular, como se acabó ese mundo esteticista que pintó Stalisnav Yulianovich Zhukovsky, un paisaje europeo sensible y delicado. Otra guerra mató a este pintor. Una de esas muchas guerras que hubo en Europa, tan detestables, crueles y odiosas todas ellas como las que se dan en cualquier otro lugar.

martes, 15 de febrero de 2022

Rascacielos

 


Es el nuevo proyecto megalómano anunciado a bombo y platillo a orillas del Nervión, la salida a concurso del solar para la construcción de un rascacielos residencial en Barakaldo, en ese terreno ganado a la industria, junto a la ría, y que se suma al proyecto de nuevo barrio en la isla de Zorrozaurre, a poquísimos kilómetros, ya en Bilbao, y un poco más allá, hacia el sur, a la reforma del barrio de San Francisco, aprovechando las obras en la Estación de Abando, pospuesta una y otra vez al retrasarse la llegada del AVE a la Comunidad Autónoma Vasca. En el caso de Barakaldo, se trata de un edificio de 21 pisos que dispondrá de 121 viviendas, plazas de aparcamiento y varios locales comerciales y cuyo proyecto lo refrendó el ayuntamiento en 2020.

Reconozco que no me gustan los rascacielos, en general los edificios enormes que tienden a deshumanizar las calles, a colocarnos a los seres humanos en la más absoluta pequeñez, casi en la invisibilidad. Cuando vemos fotos de ciudades repletas de rascacielos apenas apreciamos a las personas, no las vemos, quedan invisibles ante el esplendor de los edificios, como si la ciudad no fuese para sus habitantes sino al revés, estos quedan reducidos a meros apéndices de las construcciones titánicas, como decorados, como ornamentos que se han de adaptar a un modo de estar y de ser, rascacielos ya presentes en Bilbao, la Torre Iberdrola, por ejemplo, que se eleva retadora, a la vista de todos, reafirmando su poderío de cristal.

No es casualidad por otro lado que todos los regímenes autoritarios que en la historia han sido opten por esta estética urbana del edificio grandioso y deshumanizador, el estalinismo o el fascismo, en todas sus variantes, se pusieron a construir bloques altos y poderosos, reflejo de su propia exaltación e inhumanidad. El capitalismo tardío, con tantas ínfulas como ostentación, repite esquemas.  

No niego que algunos de estos edificios grandiosos están dotados en ocasiones de belleza. Ahí están las catedrales, por ejemplo, repletos de hermosura, de pulcritud y magnificencia. Pero no están construidas para el recogimiento y la paz interior, sino para aterrarnos por nuestra frágil insignificancia, es la peor imagen arquetípica del Dios del Antiguo Testamento el que volvió a los nuevos templos, el que parece esperarnos en esos inmensos espacios donde todo nos recuerda nuestra pequeñez. Los rascacielos surten el mismo efecto, nos reducen a la mínima expresión, nos encierran en un rincón insignificante de su estructura colosal.

Bilbao quiere adaptarse a ese modelo de ciudad esplendorosa, luminosa. Ha dejado atrás el modelo industrial, ya no está rodeada e invadida de fábricas y talleres, las fachadas ya no están sucias de contaminación. Se abrieron las calles a parques amplios y jardines aptos para el paseo y el descanso, incluso en barrios periféricos y marginales, como Otxargoaga o Txurdinaga. Por un momento nos creímos que la ciudad optaba por un modelo más humano que sus dimensiones, además, favorecían, cambios que también adoptaban las ciudades de su periferia, como Barakaldo. Pero no, es el modelo de parque temático el que se va imponiendo y en el que vale mucho más el continente que el contenido, que se muestra vanidosa, una ciudad para el mero disfrute insustancial, una ciudad siempre en vacaciones para diversión asegurada del visitante.

Hay otras ciudades que nos llevan la delantera en este proceso. Algunas ya ni siquiera son ciudades de verdad, sino meros parques temáticos en las cuales incluso sus procesos políticos responden a esa lógica del espectáculo. La pandemia no parece que haya abierto los ojos y nos demos cuenta de que algo fallaba en lo que estábamos construyendo y siendo. Todo ha quedado en el mero gesto superficial, en el aplauso ilusionante de las ocho al personal sanitario para luego darnos igual que haya despidos o precarización en su sector: el espectáculo debe continuar, se debe retomar la economía, hay que construir rascacielos y barrios para mostrar, bien delineados, en los que poder estar solo en compañía. Son los tiempos, dicen. La nueva normalidad.

domingo, 6 de febrero de 2022

El sueño de Zola

 


Escribió Zola un cuento en el que los soldados de los dos ejércitos que a la mañana siguiente se iban a enfrentar en una batalla que se presagiaba cruenta soñaron con un campo encharcado de su propia sangre. Cuando despertaron, decidieron no cumplir con su misión, no salir al combate, no matar al soldado enemigo tras el que había un hombre –eran hombres, entonces, los que acudían a tales actos– contra el que nada tenían en realidad y con el que, sin duda, compartían muchas cosas, más, muchas más, de los que afirmaban los discursos grandilocuentes de las patrias y las civilizaciones. Esto último lo muestra a la perfección la película de Christian Carion, Joyeux Noël (2005), que narra un hecho real sucedido en la Nochebuena de 1914, cuando los soldados franceses, alemanes y británicos optaron por confraternizar esa noche y compartir recuerdos, sentimientos y amistad, para horror de sus mandos, que no iban a la batalla, pero organizaban la guerra, nada menos, encomendados para ello por los gobernantes y así defender intereses económicos y comerciales que barnizaban con palabras solemnes.

Es buen momento este para recordar tanto el relato como la película, cuando en Europa vuelven a sonar tambores de guerra. Rusia, Estados Unidos y los países de la OTAN han comenzado a desplegar tropas mientras se negocia, dicen, para evitar un desenlace sangriento, y lo que andan negociando son cuestiones políticas que afectan a Ucrania y así no resolverlas, añaden, en el campo de batalla. Ya viene de antiguo aquello de que la guerra es la continuación de la política por otros medios, lo afirmaba von Clausewitz a principios del siglo XIX, la guerra como acto político, aunque Foucault le dio la vuelta y sostuvo que en realidad era la política la continuación de la guerra y el derecho su fuente de legitimación.

Si al final se evita la guerra, se venderá como un logro diplomático y político, se repartirán medallas y seguirá la deslocalización de la guerra fuera de las fronteras europeas, como se ha venido haciendo desde la II Guerra Mundial, salvo durante el conflicto de los Balcanes. Aun cuando se barnicen los conflictos existentes con discursos, palabras y razones ideológicas o teológicas, no dejan de reflejar el choque de intereses económicos, tampoco ocultan ya los beneficios comerciales que suponen algunas de estas guerras. Parte del instrumental bélico que emplea Arabia Saudí en el Yemen sale de fábricas ubicadas en España, en cuyas empresas matrices participan financieramente bancos y grandes cuentas, y de paso se obtienen notables comisiones. Tal material sale de los puertos de Santander y de Bilbao, este último bien cerca de donde vivo y escribo.

Sin duda, la mejor manera para acabar con las guerras, tal vez la única, la que sería más viable y eficaz, sería que los soldados se negaran a combatir. «Je ne suis pas sur terre / pour tuer des pauvres gens», escribió Boris Vian en su letra de canción Le deserteur, una carta dirigida al Presidente ante la llamada a filas para ir a la guerra, y que es toda una declaración de intenciones: ninguno estamos en este mundo para matar a pobre gente que le ha tocado luchar en el otro bando. Se intentó: las dos internacionales obreras existentes a principio del siglo XX, y al mismo tiempo muchas otras organizaciones de todo tipo, filosóficas, cristianas, filantrópicas, clamaron por la desobediencia y la deserción. No salió bien, hubo quien se dejó llevar por los cantos de sirena patrióticos, quien fue porque no tenía más opción, porque es lo que correspondía, por falta de alternativas o de planteamientos ante la realidad. Una pena: hubiese sido interesante comprobar si los mandos militares y los miembros de los Consejos de Gobierno hubieran sustituido ellos mismos a quienes desertaban.