domingo, 1 de mayo de 2022

La peregrina

 


La Edad Media no ha gozado casi nunca de buena fama. A lo medieval se le atribuye una pátina de oscurantismo, miseria, aculturación y salvajismo, incluso hoy se tacha de medieval ciertas prácticas turbias y a determinadas instituciones que intentan mantener prebendas y privilegios sustentados por la fuerza, aun cuando se acuda a la tradición para legitimarlas o revestirlas de normalidad, ¿acaso normatividad? A todas luces, fue durante el periodo del Renacimiento, conscientes los cenáculos de poder de los cambios en Europa y del inicio de nuevos tiempos, cuando se comenzó a dar una imagen negativa de esos siglos posteriores a la crisis del Imperio Romano, una época funesta, sostuvieron, de barbarie e incultura.

Nada más injusto, desde luego, que esa visión sesgada. Primero, porque es un periodo demasiado largo el que calificamos de Edad Media, varios siglos en los que hubo de todo, momentos crueles –¿pero qué tiempos no los posee?¿Podemos desde nuestro presente atribuir a otras épocas lo peor de la civilización cuando hemos tenido lo que hemos tenido, sin ir más lejos en los últimos cien años?– y momentos de no poco esplendor. Pero luego porque muchos aspectos sociales, culturales e incluso cotidianos proceden de esa época, no podemos entender la música o la literatura, por ejemplo, sin el aporte de lo medieval, pero también la arquitectura, la constitución de los pueblos, siempre dinámico, o el ocio tienen sus bases en esa, calificada, noche de los tiempos, sin darse cuenta de que es en la noche donde surgen los sueños y remoza la creatividad. Hasta el amor fue un invento del siglo XI, plena Edad Media según nuestros cómputos, un invento además en el que jugó un papel fundamental la literatura.

Claro que ha habido también quienes han investigado y escrito sobre esa época, y han logrado transmitir una imagen más fidedigna. Algunos historiadores han ido mucho más allá de la mera difusión de datos de las estructuras políticas y las batallas, se han ocupado de las mentalidades y de la vida cotidiana en campiñas y ciudades que mantenían o recuperaban su vigor, cuando se fortalecieron las rutas que atravesaban Europa. Jacques Le Goff o Georges Duby son los más conocidos de esta escuela. Pero es en los estudios literarios donde a todas luces mejor se puede entender las mentalidades, si se comprende los símbolos y las claves que siempre contienen las palabras. En este ámbito, el aporte de Basilio Losada como catedrático de literatura ha sido fundamental, nadie como él ha sabido explicar, por ejemplo, las Cantigas Galaico-Portuguesas y mostrar todo el mundo que había detrás o hablar de cómo por los caminos de Europa se transmitieron valores y códigos, representaciones y alegorías que se han mantenido hasta nuestros días, cuando parece que nuevamente todo empieza a mudar de nuevo.

En 1999 Basilio Losada publica su novela La Peregrina, un relato que surge de una Cántiga de Santa María, la numerada como la 268, que escribiera Alfonso X el Sabio, Rey de Castilla, cuya lengua literaria fue la galaicoportuguesa, y que el catedrático aprovecha para mostrarnos aquel mundo de caminos y lenguas diversas, de reflexiones existenciales no muy distantes a las que podamos tener hoy, una búsqueda de sentidos a la existencia y a la muerte, sin duda la gran reflexión de todos los tiempos, todo ello coreado por encuentros y desencuentros, despedidas y nostalgias, risas que conviven con nostalgias, y una complicidad estrecha, conmovedora, entre un bufón y una princesa tullida.

Todo está en esta novela, un conocimiento profundo del mundo medieval que, sin embargo, no ha entorpecido el hilo de un relato bello, intenso. Creo que la novela está hoy descatalogada, me temo que el ámbito del libro está también afectado por las prisas y la fiebre de novedades del mundo contemporáneo, también es cierto que han pasado más de veinte años, pero sin duda quien pueda leerla hoy va a entender algo más ese mundo que, sin embargo, no ha cambiado tanto en lo fundamental.

No hay comentarios:

Publicar un comentario