miércoles, 14 de abril de 2021

Eibar, 14 de abril de 1931

 


Eibar sigue siendo hoy una pequeña ciudad situada en Guipúzcoa, justo a un lado de esa línea tan fina que divide esta provincia de su vecina Vizcaya. Limita con Ermua, de hecho sus cascos urbanos se tocan y podrían ser una única ciudad, pero pertenecen a dos provincias distintas. Ambas ciudades son principalmente fabriles, con un proletariado muy activo y militante desde que se iniciara la industrialización de la zona. Se la reconoce hoy como uno de los pilares del socialismo vasco, de un socialismo combativo y muy diferente al de otros lugares del Estado. Durante mucho tiempo Eibar fue la sede de la Sociedad Cooperativa Alfa, que fabricaba máquinas de coser y cuya gestión estaba en manos de los propios trabajadores; no fue la única experiencia cooperativa de la ciudad y promovido desde la UGT, aunque sí la más importante. También se desarrolló, es verdad, la fabricación de armas, de hecho se conoce Eibar también como la ciudad armera, lo que no quita a que su proletariado sea uno de los más comprometidos del país con su propia emancipación.

Sin duda ese carácter reivindicativo y socialista resultó esencial para que el de Eibar fuese uno de los primeros ayuntamientos en proclamar la IIª República, hace de ello noventa años. De las elecciones municipales que se celebraron el 12 de abril resultó un pleno compuesto por 10 concejales del PSOE, 8 republicanos y uno del Partido Nacionalista Vasco. Los 14.000 habitantes que tenía entonces la ciudad, justo la mitad de los que tiene hoy, participaron activamente en aquellas elecciones y buena parte de la vecindad acudió la madrugada del 14 de abril a la plaza frente al Consistorio, hasta ese día llamada Plaza de Alfonso XIII, para apoyar la constitución del nuevo Ayuntamiento. Fue a las seis de la mañana, bien temprano, cuando se constituyó en la Casa Consistorial la Sesión Pública presidida por el candidato a alcalde, Alejandro Tellería, y a la media hora el nuevo consistorio proclamó la República y el Teniente de Alcalde, Juan de los Toyos, de filiación socialista, izó la bandera republicana en la fachada, mientras en la plaza, que pasó a llamarse Plaza de la República –hoy se denomina Plaza Untzaga–, se escuchaba el Himno de Riego, el Gernikako Arbola e incluso La Internacional.



Hay que decir no obstante que a esa hora las cosas todavía no estaban claras, ni en Eibar ni en toda España. Los resultados electorales habían dejado claro el deseo de cambio, sobre todo en las capitales principales, y faltaba poco más o menos dos horas para que el General Sanjurjo, director por entonces de la Guardia Civil, se presentara en Madrid en la casa de Miguel Maura, donde se hallaba reunido desde bien temprano parte del denominado Comité Revolucionario, formado por varios de los prohombres progresistas del país –sí, todos eran hombres, en un momento en que las mujeres estaban a punto de ganar mayores cuotas de intervención social–, y se pusiera a las órdenes de tal institución. La Comisión proclamó la República y pasado el mediodía se izaron sendas banderas tricolores en los Ayuntamientos de Barcelona y de Madrid, también en muchos otros municipios. Alfonso XIII abdicó y salió al anochecer del Palacio Real por una puerta secreta que daba al Campo del Moro, camino al exilio.

¿Por qué entonces se adelantó el ayuntamiento de una pequeñísima ciudad vasca en tan solemne proclamación?

Se cuenta que en la Casa Consistorial eibarresa se presentó un emisario de los círculos políticos centrales para comentar algo que estaba a esa altura en boca de todos: «Se está preparando la República». La hora tan temprana, sin duda intempestiva, el deseo de cambio o cualquier otro motivo llevó a que el Alcalde y el resto de los concejales entendieran otra cosa: «Se está proclamando la República». Nadie fue consciente del cambio de sentido o no se quiso aclarar el mismo, el hecho es que el pleno municipal proclamó la República para entusiasmo de sus protagonistas directos y de la población que atendía en la plaza.



Se redactó y aprobó un Acta de Proclamación de la República, que reunía medidas simbólicas, por ejemplo el citado cambio de nombre de la plaza, pero también hubo medidas prácticas que reflejaban la tensión enorme con que se vivía en aquel momento, como la orden de que la Guardia Civil permaneciese en el cuartel de Eibar o el desarme del Somatén local.

Hubo además otras localidades que se adelantaron en la proclamación republicana, ciudades a su vez pequeñas, como Jaca o Sahagún, también alguna capital de provincia, como Vigo, donde hay quien sostiene que incluso su proclamación fue anterior a la de Eibar. Sea lo que fuere, Eibar ha quedado en el imaginario colectivo como el inicio de una oleada de proclamaciones municipales. Tal vez contribuyera a ello el acto oficial del 3 de mayo de 1931 que llevó a Eibar a Largo Caballero, al socialista vasco Indalecio Prieto, Ministro de Hacienda, al bilbaíno Miguel de Unamuno, Presidente del Consejo de Instrucción Pública, y a Queipo de Llanos, que en aquel momento se había mostrado fiel a la República, conspirando cinco años después contra ella. Acudieron a Eibar para rendirle un homenaje por su actitud cívica.

En todo caso, el que tanto ayuntamiento se uniese a tales proclamas enlazaba en cierto modo con el cantonalismo de la Primera República Española, una experiencia de poder local que acabó en un verdadero barullo, pero que debamos recordar cuando hoy se habla tanto de municipalismo y le damos además importancia a la España Vaciada, que adopta formas nuevo de intervención pública.



En cuanto a la IIª República Española, sabemos que acabó mal. Tuvo claroscuros, decepcionó no poco a parte de la población, pero también hubo aspectos que debemos recordar, como el empeño por la instrucción pública y la extensión de la cultura, o los primeros pasos de la emancipación de la mujer y de la igualdad de los ciudadanos. Cuarenta años después del inicio de la guerra (in)civil, se restauró la monarquía, el nieto de Alfonso XIII fue proclamado rey, durante una transición hoy muy cuestionada, como lo está la propia monarquía que ha acabado decepcionando y que ha puesto otra vez sobre la mesa la cuestión de monarquía o república. No es que el tema sea hoy central en el panorama patrio, ante el listado de problemas graves, ni el ser una república o una monarquía cambie mucho la política de un país, pero sí resulta algo fuera de lugar en estos tiempos que corren que la jefatura del Estado se herede y que los habitantes del país seamos súbditos, suena cuanto menos añejo. Pero puestos a cuestionar, yo iría tal vez más lejos, a los cimientos de un modelo social que no parece muy justo. Pero esto es otra historia, quizá.

 

 

 

domingo, 11 de abril de 2021

Ciudades Disney

 


Hace unos días la escritora Edurne Portela hablaba sobre Bilbao y la Margen Izquierda en un espacio radiofónico en el que participa regularmente y, a partir de la rememoración de ese territorio suyo natal, se refirió con evidente tono crítico a la transformación de muchas ciudades en los últimos años.  Ciudades Disney las denominó. La expresión me gustó. Va más allá incluso que la calificación más clásica de parques temáticos, tal vez porque realza el sentido juerguístico al que han tendido estas ciudades en los últimos años, abandonando ya muchas de ellas su poderío industrial o comercial para convertirse en meros destinos turísticos, sin que ni siquiera haya un fin serio para ir a ellas, importa bien poco lo temático, cualquier atractivo histórico o arquitectónico que pudieran poseer, el carácter renacentista de Venecia, por ejemplo, sino que se va a las ciudades Disney simple y llanamente a divertirse, a pasar veladas de fiesta desenfadada y repleta de excesos alcohólicos, entre otros.

Imposible resulta no pensar estos días en Madrid y las escenas penosas de cientos de jóvenes europeos, franceses sobre todo, dedicados a faire la fête en sus calles, mientras que el Alcalde y la Presidenta de la Comunidad, en un intento hasta ridículo de irse por la tangente, recordaban el atractivo cultural de la capital española, en busca de una justificación más bien bobalicona ante tanto despropósito, lo que además resulta patético cuando la población española sufre las limitaciones de movimiento como consecuencia de la pandemia.

Claro que no es algo actual esto de las grandes ciudades transformadas en centros turísticos, más bien al contrario: la pandemia paró en seco un proceso en el que no pocas ciudades estaban ya muy adelantadas. Barcelona nos llevaba a todos la delantera en esto de ser una Ciudad Disney, un lugar de asueto para miles de turistas que habían ocupado muchos de sus barrios hasta vaciarlos de su vecindad de toda la vida o, cuando todavía seguían en ellos, debían convivir los vecinos con noches de farra, pura juerga atronadora que duraba muchas veces hasta bien iniciada la mañana, esto además a lo largo de todo el año. Incluso el barullo político del último decenio pareció incorporarse al parque temático como un atractivo turístico más, para los turistas mejor informados, sin molestar mucho a la Ciudad Disney en que se habían convertido barrios enteros como los de La Barceloneta o Gracia.



En este sentido, coincidí un primero de mayo a la mitad de la pasada década con una manifestación por la tarde de grupos de izquierda más o menos radical que acabó en disturbios, cuando avanzaba la misma por una amplia avenida que circunda el barrio del Born, una de las joyas arquitectónicas de la ciudad. Los turistas contemplaban desde algunas esquinas apartadas las carreras de los manifestantes perseguidos por furgonas policiales y los destrozos en las cristaleras de varias entidades bancarias, mientras ascendía el humo de una barricada ardiendo y se escuchaba de  vez en cuando el sonido seco de las armas de proyectiles foam. A mi lado un turista francés junto a dos niños, sus hijos deduje, contemplaba el espectáculo, maravillado a todas luces. C´est la Barcelonne libertaire, me dijo emocionado, sin tener muy claro yo si él era consciente de que aquello no se trataba de una representación de cuando la ciudad era conocida como la Rosa de Fuego en los ambientes anarquistas, sino que estaba ocurriendo de verdad.

En el País Vasco no somos ajenos a estos procesos. Pamplona durante los sanfermines y San Sebastián por ser la joya urbanística en la Comunidad Autónoma Vasca, al mismo nivel si cabe que Biarritz, en el País Vasco Francés, son ya destinos turísticos, Ciudades Disney aunque tal vez en menor medida que otras ciudades europeas. Pero iban en camino cuando comenzó la pandemia, como ya lo había empezado a andar Bilbao, que dejaba atrás en gran medida su carácter mercantil e industrial para dejarse seducir por los cantos de sirena del turismo masivo, de momento más concentrado en las inversiones culturales realizadas en la ciudad.

El parón ha sido enorme y a las consecuencias más graves, la de los fallecidos y afectados por la enfermedad, con efectos para estos últimos desconocidos de momento, hay que sumar una crisis económica que está produciendo no pocos sinsabores e incertidumbres a una parte importante de la población. Sin embargo, nadie parece dudar que cuando esto pase se vaya a retomar los proyectos de antaño. En Bilbao son sobre todo dos a corto plazo: el plan de reforma de Zorrozaurre que transformará esta isla en la parte norte de la ciudad, en medio de la Ría, antaño zona de fábricas y talleres, además de casas humildes; y el cubrimiento de las vías de tren entre el apeadero de Zabalburu y la Estación de Abando, con ocasión de la llegada del AVE, que parece que se va a retrasar de nuevo. Se aprovechará esta obra para llevar a cabo una transformación urbanística en toda regla y que afectará sobre todo al distrito de San Francisco, donde vive una población anciana, antiguos trabajadores de las empresas y minas de la zona, y emigrante, que conviven ahora mismo con nuevos locales modernos y pretendidamente alternativos.



No obstante, no parece que Bilbao vaya a convertirse en una Ciudad Disney toda ella, aunque sólo sea porque todavía existen otras actividades económicas bien presentes en la zona y porque buena parte de los barrios de la ciudad conservan ese carácter obrero de antaño, como Santutxu, Atxuri, Bolueta, La Peña, San Adrían, Zorroza, Otxargoaga, Txurdinaga, Rekalde o Urribari, sin ese pedigrí de la parte llana de la ciudad. Lo cual no quita a que uno pueda encontrar lugares atractivos en ellos, amplios y ecológicos, pero sin que de momento las empresas del turismo y del ocio masivo se hayan planteado trastocar tales barrios. Aunque eso sí, se proyecta una ampliación de la autovía sur que puede afectar la zona verde cercana a La Peña, Bolintxu, con un enorme valor ecológico, plan que ya ha provocado las quejas de parte de la ciudadanía (http://www.supersurez.info/).

La Margen Izquierda forma parte del Gran Bilbao, cuatro ciudades pegadas entre sí y de enorme concentración urbana. Sufrieron especialmente la reconversión industrial de los años ochenta y ahora parece mejorar ese aspecto caliginoso de antaño, aunque una mera ojeada a su aspecto indica bien a las claras sus orígenes proletarios. Es de todo ello de lo que hablaba Edurne Portela, sin duda con algo de añoranza por el tiempo que se fue, pero también con la esperanza de que mejore, sin por ello convertirse en una Ciudad Disney. Esperémoslo al menos.

viernes, 2 de abril de 2021

Fútbol y Patria

 


Sin duda resulta injusto o desfasado, pero no puedo evitar sentir un tedio profundo cuando escucho juntas las palabras fútbol y patria. Me retrotraen a otra época, a unos tiempos rancios, a una realidad tejida a golpe de pasiones que no acabo de entender, al fin y al cabo el espectáculo del fútbol me aburre apenas iniciadas las primeras carreras detrás del balón y en cuanto a la patria, me parece que su mero enunciado sólo sirve para llamar a la guerra contra otras patrias y en las que mueren personas, la mayoría trabajadoras, estudiantes, personas sencillas que no puedo ni quiero tener por enemigas.

Claro que no debiera ser así, lo sé. Hace poco más de dos lustros, comienzo a datar mi vida en lustros, incluso en decenios, vi enteros varios partidos de la Copa Mundial de Sudáfrica gracias a la insistencia de un amigo, Mahmoud, aficionado a este deporte y con quien gocé de varios encuentros en la terraza veraniega de un bar mientras me explicaba él con gracia los detalles de los movimientos que los jugadores realizaban para lograr el deseado gol y la victoria de uno de los dos equipos. Resultó apasionante el partido entre España y Portugal para el cual Mahmoud reunió a la mesa a españoles y portugueses. No quise ver, sin embargo, el partido final de la competición en la que ya entraban en juego no pocas arengas patrióticas que me producían dentera. En todo caso, creo que fue la única vez que vi tantos partidos seguidos y además enteros sin sentir ningún sopor. Llegué incluso a entender la filosofía de este deporte, la de once jugadores que actúan en común, cada uno con sus funciones asignadas y en completa igualdad e importancia todas ellas, un ejercicio de solidaridad grupal que millones de personas ejecutan todos los días, aun cuando el balompié profesional tenga ese sesgo millonario y elitista que no elimina, sin embargo, ese carácter grupal tan constructivo.

Puedo incluso llegar a reconocer la importancia del deporte como elemento vital de y en la sociedad, un ejercicio sano y con ese componente solidario en los deportes colectivos. En Bilbao, por ejemplo, se fomentó la práctica del deporte en general ya a finales del siglo XIX, Manuel Aranaz Castellanos fue uno de sus impulsores principales, y con el salto al siglo XX nacía el Athletic Club de Bilbao en pleno centro de la Villa, en el Café García, sito en el número 8 de la Gran Vía Lope de Haro, justo delante del Café Lyon d´Or, reflejando ambos lugares el inicio de una época gloriosa tanto deportiva como literaria en una ciudad en plena expansión. Nada que haya nacido en un Café puede ser malo.

Sin embargo, el fútbol ha servido y sirve a finalidades políticas ajenas a la actividad en sí misma, aparte de la componente económica ya mencionada, con la correspondiente creación de una élite profesional que actúa más con fines individuales y de enorme especulación añadida, con jugadores estrellas que mueven millones ellos solos. Pero sobre todo con fines políticos y de defensa del Estado que me chirrían enormemente. Más ahora, cuando cada vez le deseo menos un Estado a nadie. No en vano, el fútbol muchas veces emula la guerra, refleja un choque entre territorios, eso sí, de otro modo, mucho más pacífico y desde luego sería mejor dirimir los conflictos en estadios de fútbol que en campos de batalla.

Si el fútbol me aburre al poco de iniciarse, la patria da un paso adelante y me deja por completo frío. No porque yo adquiera, ni lo pretenda, la condición de ciudadano del mundo, fórmula hueca que nada significa, sino porque considero que los lazos identitarios no pueden ni deben circunscribirse a un ordenamiento jurídico soberano, en un mundo además en el que la sociedad y su organización política son más y más complejos, hasta el punto de arrinconarme en un rincón desde el cual resulta cada vez más difícil entender los mecanismos sociales y sobre todo las relaciones de poder.



Estamos inmersos en la Final de la Copa del Rey que se pospuso el año pasado por el tema de la pandemia y en el que participan dos equipos vascos, el Athletic de Bilbao y la Real Sociedad. El partido se celebra la víspera del Aberri Eguna (el Día de la Patria Vasca), las calles por las que me muevo se han llenado de banderas rojiblancas, algunas pocas son de la Real, pero no se prevén rivalidades violentas, esta vez ganamos todos, Bai edo Bai (sí o sí). La afición lo invade todo, las fachadas y los balcones, las vitrinas de las tiendas, la de los bares, las portadas de los diarios, las conversaciones en la calle y en los programas de radio. Se anuncian programas especiales tanto en radios como en televisión. Es casi una cuestión de país, todo un país entero pendiente del partido. Se ha llegado a decir incluso que es la antesala perfecta para la celebración patriótica al día siguiente.

Se vuelve entonces imposible que no sienta todo ese tedio que me producen ambas palabras juntas, fútbol y patria. Sé que es injusto, no estamos en aquellos tiempos rancios de proclamas y fidelidades únicas. Cabe la indiferencia y vivir ajeno al espectáculo, lo que sin duda haré, cuando ni siquiera me queda la opción de que Mahmoud, que vive lejos, me acompañe a ver el partido y me lo explicara como el aficionado brillante e irónico que es él.

lunes, 29 de marzo de 2021

Bilbao vista desde Artxanda

 


Un barco se encalla en el Canal de Suez y la actividad comercial se ve por ello afectada. Cientos de barcos se quedan bloqueados, sin poder continuar viaje y retrasando la entrega de los materiales transportados. Algunas de las empresas del sector se plantean retomar la antigua ruta, la que da la vuelta a África, lo cual no reduce los retrasos y además encarece los costes de transporte. Mientras, muchas empresas esperan la arribada de sus materiales no sin cierta zozobra: su actividad está ya perjudicada por esta situación, incluso la ponen en peligro, en un momento ya de por sí complicado.

Es un nuevo ejemplo de la fragilidad de nuestro sistema económico, un ejemplo que denota el absurdo de unas bases tan endebles: estamos hablando de un barco encallado que ha puesto en jaque la actividad. La pandemia ya dejó claro desde sus inicios, hace poco más de un año, la fragilidad absoluta de nuestros sistemas sociales, de nosotros mismos insertados en sociedades calificadas de complejas, ahora esto lo eleva al absurdo: un barco encallado, apenas una gota de agua, nada que ver con la gravedad de una enfermedad, el mero aleteo de una mariposa, que dirían algunos.

Construimos símbolos de fortaleza: grandes edificios, rascacielos singulares, nuevas arquitecturas con formas novedosas y soberbias, avenidas amplias, museos sorprendentes, polideportivos y estadios que adquieren el calificativo de catedrales, cuando las catedrales, las iglesias en general, han dejado de ser centros referenciales en la vida colectiva. La arquitectura refleja en gran medida las relaciones de poder y el modo en que se relacionan las sociedades, por tanto es normal que se expresen mediante símbolos y que lo enuncien con claridad en nuestros sistemas, sobre todo en etapas de cambio, cuando tal vez se haya podido cuestionar el orden de las cosas. Sin duda un canal como el de Suez es también otro símbolo de toda esta grandiosidad de nuestro tiempo.



Bilbao no ha sido ajena a estos procesos. En los años sesenta del siglo XIX comenzaba su expansión física y simbólica. Se construían los edificios emblemáticos de las grandes corporaciones. Se abría una arteria principal, la Gran Vía Lope de Haro, que cruzaba Abando de lado a lado. A los cien años justos del inicio de tal expansión, a finales de los años sesenta del siglo XX, se construía la Torre Banco de Vizcaya en la plaza Circular, al principio de la Gran Vía, un rascacielos que se podía ver desde casi cualquier rincón de la ciudad, e incluso fuera de ella. Había que dejar muy claro quien mandaba, la preponderancia de algunos sectores, el poder que instauraba en la sociedad en ciernes y que a todas luces se mantendría en los años venideros.

Pero Bilbao como centro mercantil e industrial entró en crisis en los años ochenta del siglo pasado, esos años en los que los dos protagonistas de la película El pico deambulaban en busca de su dosis venenosa, en los que el terrorismo insertó también su ponzoña en las venas de la ciudad y los disturbios estuvieron a flor de piel, en la que la desesperanza se adueñaba de las calles y la decadencia tuvo mil caras y se reflejó en cientos de vidas cotidianas, atenazadas por la falta de expectativas. No obstante, aquella etapa de cambio no podía perder el poder de lo simbólico, la batalla se daba también en el ámbito del simbolismo. Por eso se levantaron nuevos edificios y se abrieron con vistosidad nuevas zonas urbanas.



Contemplada desde Artxanda, Bilbao ofrece en primer plano un nuevo rascacielos, el de Iberdrola, el Museo Guggenheim, las Bibliotecas Universitarias, el Campo de fútbol de San Mamés, el Palacio Euskalduna, el Puente de la Salve y otros edificios situados en una zona amplia, luminosa, pero sobre todo poderosa.

Bilbao nada tiene que ver con aquella ciudad que entre 1860 y 1990 se mostró enérgica y vigorosa, salvo durante la posguerra, tan deprimente. Unamuno, a quien le gustaba contemplar la villa desde Miribilla, una zona muy diferente a lo que es en la actualidad, le costaría reconocer la ciudad y quién sabe si no se mostraría, de contemplarla, crítico con lo que viese hoy y con los hábitos de sus ciudadanos. Me cuesta compartir ahora mismo las frases hechas que se lanzan con intención animosa y que señalan que saldremos reforzados y mejores de la pandemia. Creo que ya tenemos entre nosotros esa distopía que hasta ahora, para muchos, era apenas una perspectiva diseñada en la mente de algunos escritores. Ahora se delinea cada vez con más claridad. No olvidemos por otro lado que algunas de las mercancías que guarda el barco encallado en el Canal de Suez tienen Bilbao como destino, una mera anécdota quizá, pero que muestra bien a las claras que no es ajena a esos aleteos tan lejanos.

 

 

lunes, 22 de marzo de 2021

El Bilbao de «El Pico»

 


Con motivo del fallecimiento de Eloy de la Iglesia hace justo quince años, el programa Historia de Nuestro Cine de TVE emitió el pasado viernes 19 de marzo la película El Pico, una de las más conocidas del director guipuzcoano y que está muy vinculada a Bilbao y a su área metropolitana. La cinta narra una historia de amistad entre dos jóvenes drogadictos, su cotidianidad y también su relación con los padres respectivos, todo ello en un entorno a todas luces decadente, la de una ciudad y una sociedad que estaba sufriendo una profunda crisis social y política, pero sobre todo una verdadera hecatombe con la droga y sus efectos tan nocivos.

Estrenada en 1983, bien podemos considerar que ese mismo año fue el de los hechos que narra, un año desde luego bastante complicado por todo lo que heredaba de las etapas anteriores y también por lo que se iniciaba: ETA estaba en plena acción, el año anterior al del estreno asesinó a 41 personas y en 1983 fueron tres personas más las asesinadas; surgía también el GAL, heredero de los grupos parapoliciales y de extrema derecha que actuaron durante la transición, y que comenzó su macabra andadura con el crimen escabroso de Lasa y Zabala o el secuestro de Segundo Marey en el País Vasco Francés, que para colmo nada tenía que ver con quienes este grupo decía combatir; las dudas sobre los métodos policiales añadían mayor crispación social; y por último, por si todo esto fuera poco, ese año comenzaba una reconversión industrial que dejó sin trabajo a miles de personas y que desoló tanto Bilbao como las comarcas de la Margen Izquierda y de la Zona Minera.

La película recoge a la perfección toda esa decadencia, nos la transmite en cada uno de sus fotogramas. Vemos una ciudad de tonos apagados, con tendencia al gris y a una luz tenue, con edificios y rincones urbanos que reconocemos hoy, pero cuya mugre de entonces es el reflejo de un estado de ánimo que transmite decaimiento, deja entrever la falta de perspectivas de aquel momento. No en vano, los años ochenta supusieron el final de una época dorada de la Bilbao industrial y mercantil, la que había atraído a miles de personas en busca de trabajo y que convirtió una pequeñísima ciudad provinciana en una urbe potente y activa, con su potencial burgués, la de las grandes familias, los clanes industriales y económicos, pero también con un movimiento obrero que supo y pudo reivindicar mejoras con huelgas y organización, al tiempo que no perdía su horizonte emancipatorio.

Hubo, en medio de los dos grandes bloques sociales, un Bilbao canalla que se movía por La Palanca, por el Barrio de San Francisco, en el que compartían espacio los señoritos bilbaínos y el proletariado deseoso de olvidar las jornadas largas de trabajo, esa zona luminosa en los año veinte, pero que en los ochenta fue el epicentro de la droga, que se expandió por todo el País Vasco.



El enfrentamiento se refleja por todas partes, como vemos en la propia película: entre los compañeros de la academia donde estudian los dos protagonistas, Paco Torrecuadrada, interpretado por José Luis Manzano, y Urko Aramendía, interpretado por Javier García, pero sobre todo por sus dos padres situados en los extremos del conflicto, uno comandante de la Guardia Civil y el otro parlamentario de la izquierda abertzale. En el medio, toda una serie de matices entre los que nos faltan los sin nadie, los que no ocupan ningún lugar ni lo pretenden, víctimas silenciosas pero bien reales. La falta de trabajo, de perspectivas de vida, se menciona como un elemento que preocupa, y vemos a esas víctimas anónimas arrinconándose en plazas, parques, puentes o antros donde esperan no sabemos muy bien qué, apenas encontrar un pequeño hueco donde pasar un rato sin pensar mucho en el caos que les rodea.

Puede que durante la década de los ochenta Bilbao fuera una urbe en estado terminal. Moría un modelo de ciudad. No era poca la gente que en aquel momento no veía que se pudiera renacer de las cenizas. De hecho, muchos se marcharon de Bilbao, de Barakaldo, de Sestao. Se cerraron empresas por todas partes. ETA aplicó una cruenta teoría que denominó socialización del sufrimiento aun a sabiendas de que sus métodos no llevaban a ninguna parte y la posibilidad de una transformación social se diluía a pasos forzados, casi como humo, lo que daba la razón a quienes, en medio de ese campo de batalla, no creían en nada y buscaban los paraísos artificiales y eventuales, esa paz que en algún momento se dice en la película que encuentran los dos protagonistas.



Pero eso pasó. Murió un modelo de ciudad y se empezó a pergeñar otro distinto, más colorido, de una modernidad que tendía, a veces daba esa sensación, a reproducir las mismas bilbainadas pero con un toque más contemporáneo y exhibicionista. No sé hasta qué punto esta película, las del cine quinqui en general, se nos han quedado lejanas, añejas, incluso inverosímiles, con apenas interés para un puñado de espectadores atentos a lo marginal o a un vago testimonio histórico que hurga en la miseria. Al fin y al cabo, de aquella misma época es la moda de los jóvenes más pudientes por aventurarse por barrios marginales en busca de émulos de Jean Genet. No creo en todo caso que sea un envejecimiento inocente. Tal vez se busque tal efecto: en este ejercicio de embellecimiento del pasado no se desea siquiera el testimonio de un sector de derrotados sin heroicidad, invisibles, afectados por un malditismo que en algún momento tenía cierto atractivo, pero que ahora no cabe en este mundo de superficialidad y esteticismo. Claro que la pandemia ha frenado en seco este mundo perfecto que se estaba construyendo también en este rincón de Vasconia.

sábado, 13 de marzo de 2021

Nuevos tiempos

 


Ya se ha dicho: la historia de la humanidad es la historia de su violencia. Del mismo modo, la historia del País Vasco lo ha sido también, una historia de violencia desatada el siglo pasado y también el anterior con sus tres guerras carlistas y sus conflictos sociales, incluso podríamos remontarnos a los gramonteses y beaumonteses durante el Renacimiento o a la lucha medieval de los banderizos.

Resulta extraño, pero la violencia más cercana en el tiempo y de la que ha pasado apenas unos pocos años parece ahora mismo materia sobre todo de novelistas, sin duda quienes resultan más certeros a la hora de atrapar el ambiente real de aquellos años, tan ajenos por su parte los discursos oficiales, los de los estamentos políticos, intentando unos establecer un relato, otros sacar partido aún hoy de una cruenta, injusta e injustificada socialización del sufrimiento que nos convirtió a todos en víctimas potenciales o colaterales, otros no queriendo pasar página, detrás de cualquier disidencia está siempre el terrorismo, sin tocar, eso sí, otras violencias que existieron o se permitieron mientras se proclamaba (se proclama) que en democracia no hay lugar para la violencia, y otros que desean pasar página y hacer tabla rasa, tentación de un oasis mientras a nuestro alrededor, en el resto del mundo, brotan incidentes fruto del malestar de estos nuevos tiempos, quizá no tan nuevos en realidad.

¿Cómo será la violencia del mañana, de ya mismo porque el futuro está en construcción aquí y ahora? Una película mexicana concluida en 2019 y estrenada hace unos meses, Nuevo Orden, nos viene a marcar la senda por donde nos encaminamos posiblemente. Su guionista y director, Michel Franco, nos muestra una revuelta desatada sin mucho sentido, una mera explosión de rabia que no persigue cambio alguno ni revolución, de la que ni siquiera conocemos el motivo, se desencadena y así refleja las disensiones de la sociedad actual, y el Estado reacciona, sí, pero mostrando que tal vez toda esa violencia, contra quienes afirman que en la democracia no cabe la violencia, es en realidad lo que reactiva cualquier modelo social, y a mayor complejidad social y mecanismos disciplinarios más violencia normativizada que al final afecta a todos los individuos, aunque esto no significa equidistancia ni neutralidad, todos padecen la violencia, sin duda, pero algunos legitiman con ella sus cuotas de poder y la normalizan, y obtienen notables ventajas de la misma.

Sea lo que fuere, Nuevo Orden no sólo causa zozobra al mostrarnos la realidad que se nos viene encima, sino que vemos en ella aspectos que nos recuerdan bastante lo que tenemos ya entre nosotros, la regularización de la vida cotidiana, por ejemplo, que ha venido de la mano de la pandemia. 

Hay que tener en cuenta, en esta realidad nuestra, que en algunos momentos incluso se ha querido establecer paralelismos entre las medidas sanitarias y la guerra, que es el acto de violencia más extremo sin duda y lo que cambia más la cotidianidad, y vimos el año pasado en las ruedas de prensa en las que se explicaba el día a día de la pandemia a un alto grado militar, gestionando junto a médicos y científicos las explicaciones de la situación, sin que muchos entendiéramos el porqué de su presencia, por muy loable que pudiese ser la labor del ejército, que se encuadraba en un apoyo a los cuidados sanitarios.



Ahora, por si no fuera poco, el FMI contempla la posibilidad de estallidos sociales, de revueltas tal como se reflejan en la película mexicana mencionada y de las que los incidentes vividos en España a raíz del encarcelamiento de un rapero han sido, tal vez, un adelanto. No se trata de una violencia revolucionaria dirigida a cambiar el orden de las cosas, ni de una violencia partidista, muy propias de la historia de la humanidad, incluso esa democracia que se presenta como escenario donde no cabe la violencia nació de un momento cruento, recuérdese, sino que todo apunta hoy a una rabieta socializada de enorme envergadura. Desde luego, tampoco esto es nuevo, lo hemos visto en Londres o en ciudades norteamericanas por motivos raciales la mayoría de las veces.

Claro que a la hora de tener en cuenta sus efectos poco importa que la violencia tenga o no un objetivo. Al final sólo produce desgracia y enriquecimiento para los mercaderes de armas. Algunos de ellos vascos, por cierto. Lo que nos lleva a plantearnos el sentido de las revoluciones, muchas de las cuales, para colmo, han creado realidades monstruosas y distópicas. ¿Significa esto que tengamos que aceptar el (des)orden del mundo? Desde luego no. Nada más lejos que justificar la actitud de quienes tienden a la neutralidad, a la equidistancia, a no tomar partido o aceptar lo existente, guste o no. Dante los coloca en la Divina Comedia a las puertas del infierno, ni siquiera son dignos de entrar en él.

Mientras tanto, me llama la atención que en las calles vascas se viva al margen de esos presagios amenazantes. Uno cruza sus calles, sus plazas, sus rutas campestres y sus bidegorris y parece que nunca se vivieron malos tiempos, ya lo he comentado alguna vez. Es como una necesidad de olvido a pie de calle, que se ocupen de ello quienes escriban novelas o quienes redactan discursos institucionales, como si tras la tormenta la calma ocultara los restos del diluvio y no dejase ver las nubes en lontananza.

 

miércoles, 3 de marzo de 2021

Vitoria, 3 de Marzo

 


La historia de la humanidad es en gran medida la historia de su violencia. Al menos así se ha estudiado durante mucho tiempo: a partir de sus guerras, sus expansiones nunca pacíficas, sus dominios no exentos de explotación y saqueo, sus relaciones de poder. Por suerte, se va imponiendo otra forma de acercarse a los hechos históricos más próxima a otras perspectivas, a la cultura o a la cotidianidad, por ejemplo, lo que nos permite otra visión de la realidad. Sin embargo, la violencia sigue siendo el factor más determinante, en lo que más nos solemos fijar, más cuando el debate actual vuelve a centrarse en el uso de la violencia y en quién está legitimado para emplearla.

El País Vasco no ha estado exento de ello. El territorio vasco ha sido el escenario de una violencia en ocasiones tremenda. Si nos limitamos a los últimos dos siglos, ahí tenemos las consecuencias de la guerra de independencia, las guerras carlistas, las primeras huelgas y su represión, la explotación en las relaciones laborales, la guerra civil, la dictadura, el terrorismo y una transición que, contra la imagen idílica ahora tan cuestionada, no ha sido desde luego pacífica. Y hablamos aquí de la violencia generalizada, sin mencionar la que afecta a colectivos específicos.

Hoy hace 45 años se produjo uno de esos hechos que sacudió al País Vasco y a todo el Estado. El 3 de marzo de 1976, iniciándose por tanto esa transición que intentaba trocar un Estado autoritario por uno democrático a partir de pactos entre facciones en el poder y de una parte importante de la oposición, la policía desalojó la iglesia vitoriana de San Francisco de Asís, en el barrio obrero de Zaramaga. Dentro se celebraba una asamblea, en un día en que se llevó a cabo una huelga general seguida masivamente. Como consecuencia del desalojo violento, cinco personas murieron y más de ciento cincuenta resultaron heridas. En 2018 el director de cine Víctor Cabaca rodó una película que recordaba tales hechos, Vitoria, 3 de marzo, con guion de Héctor Armada y Juan Ibarrondo.

Desde luego, no fue la única movilización obrera que se produjo en el País Vasco o en el conjunto de España. Era un momento de crisis económica y de cambio institucional, cuyo futuro no resultaba siempre evidente. Para una parte de quienes ocupaban cargos en el aparato de Estado franquista, los cambios tenían que ver más con una adaptación a las exigencias del Mercado Común, antecesora de la Unión Europea, para el ingreso de España, no tanto con unas convicciones democráticas sinceras. Aunque desde luego hubo entre aquellos prohombres del régimen (prohombres porque la mayoría eran hombres) quienes sí que vieron también necesario un cambio de régimen, que deseaban democrático, siempre y cuando ello no supusiera una ruptura, tal como había ocurrido en la vecina Portugal.

Sin embargo, el proceso no fue fácil. Aquella crisis económica intensa creó una enorme inestabilidad social, con numerosas huelgas tanto laborales como políticas. Los dos principales partidos de izquierda, anteriores a la dictadura, el PSOE y el PCE, parecían comprometidos con la transición, pero nadie, a ciencia cierta, conocía realmente la influencia real de ambos ni la capacidad de otras fuerzas políticas que fueron apareciendo en aquellos años finales de la dictadura o su incidencia en los sindicatos. Tampoco se sabía qué peso podría tener la CNT, otra de las organizaciones históricas que ya se había pronunciado contra todo pacto. En el País Vasco, además, estaba la lucha nacional, con varias organizaciones armadas. A esto se debía añadir la presencia de sectores inmovilistas dentro del régimen y que no iban a ponerlo fácil. Surgió además un terrorismo de extrema derecha.



En este contexto, los sucesos de Vitoria, a poco más de tres meses de la muerte del dictador y cuando apenas se había movido nada de la maquinaria del Estado, fue un momento de tensión sin igual. La reacción de la policía no se alejó en absoluto del funcionamiento represivo propio de una dictadura, con la consecuencia fatal en vidas humanas, lo que parecía decantar la balanza a favor de quienes sostenían en la oposición que nada iba a cambiar y que sólo cabía una acción radical, rupturista y revolucionaria frente al inmovilismo del aparato del Estado.

Llegarían en aquellos años otros actos violentos. No fue la Transición ni de lejos un modelo pacífico tan ejemplar como nos quisieron mostrar, aunque el proceso continuó hasta el actual sistema democrático, no sabemos si pleno o no, siempre mejorable en todo caso, aun cuando una vez culminado el proceso de cambio, hacia mediados de los ochenta, continuaron presentes flecos de aquellos años, de la dictadura inclusive, como fue el terrorismo de ETA, el de la extrema derecha o actuaciones del Estado bastante cuestionables.



Hoy, a raíz de los disturbios en varias ciudades españolas, se vuelve a repetir que la violencia no cabe en el debate político, un objetivo a todas luces deseable, pero sin que podamos eludir que la violencia, desgraciadamente, forma parte de las relaciones de poder que se da siempre en cualquier sistema humano complejo, a veces de forma evidente, otras de un modo más sutil. Las administraciones públicas muchas veces, en ese afán declarado de establecer un relato, esto es, de dar una interpretación única de la historia, va construyendo un memorial que pretende mantener el recuerdo. En el caso de los hechos de Vitoria, se ha decidido, a raíz de este aniversario, levantar en la propia Iglesia de San Francisco de Asís un Centro Memorial de las Víctimas del 3 de Marzo, no sé muy bien si en consonancia con la labor que realiza la Asociación 3 de Marzo, que reúne a víctimas, familiares y amigos de quienes sufrieron aquellos hechos (http://www.martxoak3.org/) y que realiza sus propios actos de recuerdo.

Tal vez necesitemos que desde el cine y la literatura se afronte más esta historia reciente en el País Vasco y en España, como ya está ocurriendo. Sin duda la visión aportada desde este ámbito sea más certera de lo que se da, me temo, en otros foros, más atentos a intereses políticos y a establecer esos relatos que a todas luces se pretenden únicos.