viernes, 5 de abril de 2019

Silencios


Siguiendo con el tema de este pasado reciente que en España centra bastante el debate público actual, hay que decir que no es sólo cosa de España, sino que en mayor o menor medida en todos los países, incluido los europeos, entre ellos los de más amplia tradición democrática, se han tenido en algún que otro momento que enfrentar a sus fantasmas y ajustar cuentas o por lo menos establecer un reconocimiento de un pasado nada pacífico y mucho menos cómodo. No son pocas las veces que las asociaciones de memoria alegan que lo que ocurre en España no ocurre en Alemania o en Italia, por ejemplo, ni siquiera en Portugal, donde no hay fundaciones que recuerden a los respectivos dictadores, y es cierto, pero lo es por una diferencia a todas luces sustancial: en esos países hubo procesos de ruptura, ya sea por vía de una derrota bélica rotunda, ya sea por procesos políticos que rompieron el marco político dictatorial. Lo mismo se puede aplicar a los regímenes estalinistas del Este europeo, que desaparecieron de la noche a la mañana, aun cuando en algunos casos los jerarcas y burócratas estalinistas supieron y pudieron amoldarse a los nuevos tiempos.

Claro que ha habido algunos casos en Europa en los que el proceso de memoria o rehabilitación del pasado no ha sido tan fácil y ha tenido que pasar muchos años para que algunas cuestiones salieran a la luz. Francia, por ejemplo, ha sido uno de estos casos y hablar del Gobierno de Vichy –el régimen de Vichy–, instaurado por el mariscal Pétain, no fue cómodo por esos estrechos lazos con el nazismo que entrañó una colaboración criminal, ignominiosa para la cuna de la declaración de derechos. Incluso es un tema incómodo en la principal fuerza de extrema derecha francesa. Porque hubo un gobierno de Vichy que colaboró con los nazis y hubo también una sociedad que no tuvo problemas en asumir algunas medidas que afectaron a miles de ciudadanos franceses judíos o en menor medida gitanos, aunque el número de afectados no le quite tampoco trascendencia a otros genocidios.

En 2010 la directora de cine y documentalista Roselyn Bosch, hija por cierto de un anarquista español refugiado en Francia, presentaba su película La Rafle (La Redada) en la que narra la operación llevada a cabo en 1942 por la gendarmería francesa, en colaboración con el ejército alemán, de arresto, detención, concentración y envío a campos de exterminio en el este de Europa de judíos franceses. La pretensión inicial era detener a 27 391 personas, se arrestaron al final a 13 152. Hubo, en efecto, actos de rechazo, de resistencia o de protesta por parte de la sociedad civil, incluso por parte de algunos miembros de la gendarmería –cuerpo militar, recuérdese, por ello con un sistema disciplinario más severo y jerárquico–, con gestos de inacción que ayudaron en algunas fugas, pero también hubo apoyos claro a ese antisemitismo velado que recuerda al caso Dreyfus, ocurrido cuarenta y cinco años antes. La decisión de esa redada supuso un sometimiento consciente a la política nazi, un ejemplo más de un gobierno que atentaba contra el discurso francés republicano y de ciudadanía más tradicional.

Tras la guerra se tomaron medidas contra algunos colaboracionistas, siendo uno de los casos más destacados el de Louis-Ferdinand Céline, escritor que también expresó claramente sus posiciones antisemitas, pero en general se intentó menguar la acción de la Francia colaboracionista, desde luego no mayoritaria en la sociedad, pero muy influyente en sectores del poder. Ha costado bastante, en todo caso, poder reflejar esa situación en Francia, de allí que se pueda entender hasta cierto punto que en España la cuestión de la memoria, pero sobre todo de las víctimas de fusilamientos masivos o de la represión del franquismo, no se haya desarrollado tampoco con la normalidad deseada y se pueda rehabilitar por lo menos a quienes los sufrieron. No es fácil cuando lo que hubo en los años setenta fue una transición, más bien una recomposición del Estado, en la que se cambiaba por completo el modelo político sin tocar muchas de sus estructuras, de allí que el reclamo de rehabilitación de los condenados, fusilados y represaliados bajo el franquismo se tome como venganza contra quienes ejercieron la represión y que nunca fueron sancionados por ello.

Este estado de cosas en España queda reflejado en el documental El Silencio de otros, realizado el año pasado por Almudena Carracedo y Robert Bahar, que muestra bien a las claras los constantes obstáculos, incluso administrativos, para avanzar en la cuestión de dar nombre a los sin nombres. Se optó por el silencio, un silencio que se transmite generación tras generación. Se ha asumido respecto al Estado de entonces que no se le derrotó, que se establecieron bases nuevas con los mimbres de esa época tan larga, pero clama al cielo que el silencio sea siempre el de los otros, aun cuando ciertas cosas no merecerían tanto ruido, por ejemplo que cada cual pueda dar sepultura a sus muertos, a sus lamentos.   

lunes, 1 de abril de 2019

1 de abril de 1939


Cuando acaba la guerra civil española, el primero de abril de 1939, el mapa político del nuevo régimen estaba dibujado de un modo diferente a como lo estaba tres años antes, cuando aún se estaba preparando el golpe a la República. El 20 de abril de 1937 se impone el Decreto de Unificación, por el cual se crea una sola organización política, fusionando la Falange España y la Comunión Tradicionalista en una sola organización, la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, y disolviendo también otras tendencias que apoyaban al bando nacional, como la derecha republicana –una parte importante de la CEDA–, los monárquicos partidarios de la línea isabelina o un sector amplio de la burguesía catalana y catalanista, temerosa de la revolución y enemiga de las colectivizaciones.

Pese a la idea de que lo que debilitó al bando republicano fue la división de sus fuerzas políticas frente a la unión de las fuerzas que apoyaron el levantamiento, lo cierto es que muy pronto surgieron las divisiones en este bloque nacional. El Decreto de Unificación se había aprobado sin la consulta de las direcciones de los grupos políticos afectados, muchos de cuyos cuadros ni siquiera conocían tal pretensión. Manuel Hedilla fue uno de los dirigentes, en su caso de la Falange, que nada más conocido el proyecto se mostró contrario y se opuso con fuerza al mismo. El 25 de abril, cinco días después de la aprobación del Decreto de Unificación, el régimen lo detiene y se le condena en dos causas respectivamente a cadena perpetua y a la pena de muerte. La mediación de Pilar Primo de Rivera y de Ramón Serrano Suñer le ayudan a que se le conmute la pena de muerte.

Su puesta en libertad en 1941, casi por sorpresa, fue la moneda de cambio para contentar a las «camisas viejas» de la Falange cuando estalla la denominada crisis de mayo de 1941, en la que hay una serie de nombramientos, destituciones y cambios en la cúpula del poder que parece no satisfacer a ninguna de las corrientes en liza, incluidos los carlistas que ya empezaron a ver que el régimen se decantaba poco a poco por la línea isabelina, tras un tiempo de deshojar la margarita. En todo caso, los gestos del régimen no evitaron que se materializaran nuevas disidencias, como las de Dionisio Ridruejo o las de Antonio Tovar, que formaban parte de los segmentos culturales e intelectuales que habían apoyado y apoyaron en ese momento al Régimen.

De hecho fue Dionisio Ridruejo, que llevaba un tiempo distanciado del Régimen, algo que empezó a materializarse en el 41 de forma evidente, mediante una carta, incluso, dirigida a Franco en que mostraba abiertamente su rechazo a cómo iban las cosas en España, quien formuló que lo que había en el denominado bando nacional no era unidad, al menos unidad política, sino disciplina militar. De hecho, planteó, el ejército español que se levantó contra la República se quedó sin Estado –lo normal es que todo Estado constituya un ejército que lo sustente–, siendo ese ejército quien, al vencer, construye un Estado a imagen de sus propios intereses, con lo cual, al final, las fuerzas políticas no fueron más que meros títeres del poder militar y que sirvieran para legitimar ideológicamente el nuevo régimen.

Dionisio Ridruejo formaba parte de ese ambiente cultural y literario, él era poeta, que estaban en el bando nacional pero que, al igual que el profesor Antonio Tovar, comenzaron a alejarse del régimen. Ambos estaban en la Dirección General de Prensa y ambos perdieron su puesto al publicar en el diario Arriba un artículo firmado por Ridruejo y aprobado por Tovar en que se mostraban sus discrepancias ante la crisis de mayo de 1941. No fueron los únicos entre la intelectualidad y los autores, un ambiente de desilusión y distancia se impuso entre muchos escritores y pensadores de aquel momento, que además no habían perdido sus vínculos personales con los autores del exilio. Leopoldo Panero dirigía por entonces la revista Escorial y participaba en la tertulia retomada del Café Lyon, junto a Luís Rosales, Gerardo Diego, Luis Felipe Vivanco o Manuel Machado, entre otros. Entre 1945 y 1947 residió en Londres, donde dirigía el Instituto Español y frecuentó a Luis Cernuda, tal como describió mucho tiempo después su esposa Felicidad Blanc en Espejo de sombras.

En Barcelona la editorial Destino se fue convirtiendo en una referencia cultural que empezó a dar voz a escritores no tan marcados ideológicamente, con una pretensión de apertura política evidente. Esta editorial nace en el marco del Semanario Destino, afín a la Falange y en el que colaboran José Vergés Matas y el escritor Ignacio Agustí Peypoch. Ambos se marcharon de Cataluña al iniciar la guerra y tras un breve paso por el extranjero se integraron en el bando nacional y pasaron a trabajar en la revista mencionada, de la que Ignacio Agustí fue director. Fue Carlos Godó quien les ayudó a comprar la cabecera de la revista y trasladarla a Barcelona, ya con el proyecto de fundar una editorial con el mismo nombre, junto a Joan Teixidó Comes, en 1942.

La disidencia se mantuvo incluso años después. José Luis López Aranguren era un profesor de ética de la Universidad Complutense de Madrid en los años sesenta que ya había formado parte de ese grupo de autores cada vez más distantes del régimen. En 1965 participó junto a Enrique Tierno Galván y Agustín García Calvo en una serie de actos por la libertad de asociación, por lo que fueron los tres expedientados y expulsados de la universidad. En Barcelona, el profesor de estética, José María Valverde, afiliado en su época de estudiante en el Sindicato Español Universitario, de carácter falangista, renunció a su puesto en la universidad y salió del país, tras recordar que «sin ética no hay estética». Por otro lado, es importante tenerlo en cuenta, Valverde estuvo vinculado a un catolicismo que estaba muy lejos de aquella Iglesia próxima al poder, pilar del mismo y en muchos momentos propagandista de la España reconquistada.

El régimen que surgió de aquella guerra, en todo caso, duró hasta el 75, con la muerte del dictador y demasiados claroscuros por el camino. Es evidente que este periodo de tiempo no se ha superado aún, se sigue debatiendo cuestiones que afectaron a miles de personas, entre otras a las miles de víctimas que desaparecieron o quedaron enterradas en cunetas. El régimen, por otro lado, escribió su interpretación de la historia que no tuvo tan en cuenta las disidencias internas, que las tuvo. No hay duda de que lo que vino después a aquel 1 de abril de 1939 no satisfizo a muchos de quienes, por ideales o conveniencias, lo apoyaron. Quizá sea algo universal, todo sistema acaba defraudando a propios y ajenos. Pero qué duda cabe que es un campo interesante también en el que ver lo que fue el país.  

domingo, 24 de marzo de 2019

Mundo cultural, mundo extraño


Parece extraño: la cultura ha desaparecido del debate público, pero al mismo tiempo hay una cantidad enorme de pequeñas iniciativas, actos en barrios, en ciudades pequeñas, reuniones para recitar poemas, para discutir sobre novelas, para escuchar música, para ver y debatir sobre películas. No incluyo aquí las grandes infraestructuras como museos o centros culturales, anunciadas a bombo y platillo, porque tienen bastante intencionalidad turística, sino a los planes culturales tendentes a crear una cierta cotidianidad. Claro que no es del todo cierto, lo reconozco, existen ayudas a la creación, es verdad, y a programas culturales, aun cuando sirvan en parte para justificar la inversión en esas infraestructuras mencionadas. Pero lo cultural no forma parte del debate político, no hay referencias en los partidos políticos de cara a las elecciones, por ejemplo. Ni ha habido en las instituciones públicas grandes ponencias al respecto. Aunque puede que sea mejor así, de este modo nos evitamos la tentación del dirigismo.

Al mismo tiempo, durante el cambio de siglo vimos como las editoriales entraban en una fase de concentración empresarial y hubo un momento en el que parecía que un determinado grupo iba a poseer una mayoría de editoriales españolas, muchas de ellas editoriales míticas de los sesenta y setenta. Lo mismo ocurrió con las librerías, muchas de ellas comenzaron a cerrar no sólo porque se estancaban las ventas –en un país en el que se publica bastante, en los últimos años se han alcanzado y superado los 80.000 títulos, casi un 20% de ellos literarios–, sino porque los alquileres subieron en exceso, sobre todo en los centros urbanos, donde se concentran las editoriales más grandes, y tuvieron que ceder sus espacios a las cadenas de la moda o a restaurantes de comida rápida, que parecen bien insertados en el mundo capitalista actual. Sin embargo, al mismo tiempo han comenzado a surgir pequeñas editoriales, algunas han crecido o estabilizado en el mercado, y también librerías nuevas que se dispersan en las ciudades y se basan muchas veces en la especialización.

Esto aumenta esa sensación de extrañeza. Por un lado, es fácil tender al pesimismo, incluso al fatalismo más profundo (hay que incluir aquí a los índices tan bajos de lectura, la dispersión de ofertas, la confusión entre ocio y cultura, una cierta dejadez en los planes de estudios de ciertas asignaturas), pero, por otro lado, se aprecia un resurgir del interés por acudir e intervenir en actos culturales de tamaño más bien pequeño, próximo, muy alejados a esas grandes infraestructuras a veces inhumanas, interés sobre cosas que son, por ahora, de minorías, amplias pero minorías al fin y al cabo, lo cual permite mantener cierta esperanza: tal vez no todo esté perdido. Claro que también podría tratarse de una remontada antes de la desaparición definitiva de este modelo cultural. Desaparición o quizá cambio de paradigmas, para ser más exactos y puede que menos derrotistas.

Bilbao, una ciudad mediana del norte, puede ser un ejemplo de ello. Hay las grandes cadenas de libros –Elkar o La Casa del Libro– que llevan años ofreciendo libros e interviniendo en la actividad cultural y comparten el espacio con otras librerías que, por fortuna, se han mantenido a pesar de todo –librería Cámara, por ejemplo, tradicional, de las pocas librerías donde aún se puede consultar lo bueno que sale a la venta– y las nuevas librerías de nuevo formato –las librerías Anti y Louise Michel–, todo ello junto a un sinfín de pequeñas librerías que se van extendiendo aquí y allá, a veces incorporando papelería por aquello de asegurarse unos mínimos ingresos para sobrevivir, pero que buscan el fomento de la lectura y de la literatura. Tengo que citar la librería Guantes, en Portugalete, por hablar de una que tengo próxima.

Pero también hubo sus bajas. Entre ellas, una de las más destacadas y que se recuerda estos días es la librería Verdes, que estuvo situada en pleno centro de la ciudad, en la calle Correros del Casco Viejo, a pocos metros del Teatro Arriaga. La librería Verdes la abrió Emeterio Verdes en 1906. En 1973 dos empleados de la misma, Javier Escudero y Asun Zuloaga, se hicieron cargo de ella, dándole nuevos impulsos y compromisos, sobre todo con la cultura vasca y la literatura en euskara. Eran años bastante revueltos, ya se sabe, arriesgados –sufrieron un atentado en julio de 1980, reivindicado por la extrema derecha–, pero la escritora Laura Mintegi recuerda que era «un espacio de libertad». Ruper Ordorika, por su parte, rememoraba estos días que en esa librería la sección de poesía era la más abundante de Bilbao. Cerró en 2005 y este año se le vuelve a recordar, incluso con cierta añoranza, cuando la cultura en lengua vasca se está recuperando poco a poco y puede ofrecer ahora mismo un espacio enorme y variado.

Sin duda es un reflejo de una tendencia. Puede que en realidad no sea del todo así, que esa sensación de final de época no responda a nada en concreto. Se habla mucho de eso, del cambio de paradigmas, de transformación del modelo social, y quizá sólo sea mero humo. Aunque la idea de que todo siga igual tampoco anima mucho, la verdad. Ya veremos.  

viernes, 15 de marzo de 2019

Stico


En 1985 Jaime de Armiñán realizaba una película en la que un catedrático emérito de derecho romano, Leopoldo Contreras, interpretado por Fernando Fernán Gómez, con problemas económicos y un más que notable hastío por su cotidianidad, se ofrecía a un antiguo alumno, en ese momento abogado afamado y próspero, Gonzalo Bárcena, interpretado por Agustín González, como esclavo según las normas legales del antiguo sistema romano. Sería la solución a sus muchos problemas existenciales, algo además que beneficiaría a ambos, al primero porque vería así el final de su situación apesadumbrada y al segundo porque contaría con un hombre cultivado, con un conocimiento jurídico y clásico enorme, un buen preceptor y consejero para él y para su familia. El abogado, aun cuando admira y estima a su antiguo maestro, rechaza al principio esa propuesta, pero la insistencia del catedrático emérito y el deseo de ayudarle le lleva al final a aceptarla.

De este modo, aplicando las reglas sobre la esclavitud del derecho romano, Leopoldo Contreras renuncia a su libertad y se convierte en esclavo bajo el nombre de Stico, y así Gonzalo Bárcena pasa a tener la domenica potestas sobre él, un dominio pleno sobre su persona, su cuerpo y su vida, y todas las posesiones que pudiera tener el catedrático pasan también a su propiedad. Esta situación no sólo le crea una situación incómoda a él y a su familia, sino que le acaba produciendo verdaderos problemas cuando ese estado de cosas particular pasa a conocerse por la opinión pública. Pero no le resulta tan fácil cambiar tal situación, las normas de manumisión por las que se extinguen los vínculos entre amo y esclavos no son tan sencillas de aplicar.

Stico se estrena en un año importante para España: ese mismo año, en junio, el país firmaba, junto a Grecia y a Portugal, el tratado de adhesión a la Comunidad Económica Europea, la actual Unión Europea, que se formalizaría a los pocos meses, el 1 de enero de 1986. Ello conllevó no sólo que se afianzaran definitivamente los cambios políticos de la transición, en gran medida fue el final de tal periodo, sino que se iniciara también una profunda reforma de la economía y del mundo del trabajo. Era un proceso, se dijo, de modernización enorme, de adaptación a esa Europa próspera y democrática de la que España había estado durante mucho tiempo separada y para lo cual hubo que adaptar un sinfín de leyes. Entre ellas, las laborales, pero también muchas otras que tenían que ver con la cotidianidad de la población.

En aquellos años ochenta, por tanto, comienzan los primeros cambios legales que afectan a las relaciones laborales. No se debe de olvidar que España venía de una larga dictadura y de una relativa expansión económica, en la década de los sesenta, en la que el país deja atrás la penuria de la posguerra, gracias a una mejora económica generalizada y a las transferencias de la emigración española en Europa. Se desarrolló entonces una legislación laboral sin duda paternalista enmarcada en una visión empresarial que se pretendía armoniosa, decían, para patronos y trabajadores. La crisis de los setenta rompe en parte tal idílica visión, había leyes que amparaban a la clase trabajadora, sí, pero saltaba a la vista que no había tanta armonía entre las clases. La adaptación a Europa requería cambiar esa legislación laboral y comenzar una nueva fase de relaciones laborales, en un momento, además, en que se comenzaba a cuestionar el Estado de bienestar.

Es casualidad –o no–, pero en aquella década de los ochenta también se liberaliza el mercado de la vivienda.

Los noventa fueron también un momento de expansión económica que se adentró en el primer decenio del siglo XXI, por ello tal vez las sucesivas reformas laborales, siempre en clave de absoluta liberalización y desmontaje de todo el sistema de relaciones laborales existente hasta entonces, no contaron con mucha oposición ni sindical ni política. Dominaba el neoliberalismo. Se cuestionó la visión reformista de la gestión pública. La expansión no iba a tener freno. La construcción y el clásico turismo se volvieron las bases de la nueva economía española. Y quien osaba cuestionar tanta maravilla y tanto optimismo era de inmediato acusado de agorero, negador de lo evidente o, peor, nostálgico de ideales añejos pasados de moda.

Nadie vio que aquel milagro expansionista descansaba también sobre miles de trabajadores en precario creados por las sucesivas reformas laborales, porque la imagen que se impuso fue la del sueño de una clase media cuasi opulenta y sobre todo radiante de su paraíso adosado. Nadie vio que en aquel país con la mayor red de alta velocidad ferroviaria había zonas en las que el ferrocarril se demoraba –y se demora– horas para atravesar apenas doscientos kilómetros o en las que comenzaban a fallar los trenes de cercanía, cuando los había. O que los precios de la vivienda, comprada o alquilada, alcanzaba niveles imposibles.

Nadie lo vio entonces, hasta que estalló la gran crisis y saltó a la luz una situación dramática que perdura todavía, aun cuando la intenten ocultar bajo una sucesión de banderas patrióticas, de distintas patrias. Hay un hilo, un hilo que une aquel año de 1985 con el presente, un hilo con sucesivos nudos. Cierto: no todo lo que envuelve ese hilo es negativo. Pero cada nudo representa un empeoramiento, de eso no cabe ninguna duda. Ahora un político, tal vez sin pensárselo dos veces, lanza una idea, que las mujeres extranjeras sin residencia legal en España puedan retrasar su expulsión si donan a sus hijos e hijas a la adopción. Seguro que no se lo pensó dos veces al formular la propuesta de un nuevo nudo en ese hilo. Pero la propuesta me ha hecho recordar aquella película, Stico, en la que una persona renuncia a su libertad porque cree que de esclavo va a estar mejor.

viernes, 8 de marzo de 2019

Lo que importa a la gente


Creo que es la última muletilla de moda en el ámbito político que, me temo, se escuchará mucho durante las campañas electorales múltiples a la que nos enfrentamos (y que padecemos): lo que importa a la gente.

Hace un tiempo apenas se escuchaba, pero la bancada de Podemos la ha rescatado del baúl de las expresiones-tipo, acusando la distancia, a veces enorme, entre discurso político-institucional y preocupaciones de la calle, de la sociedad. Esa distancia existe, no digo que no, y de tal distancia se pueden desprender muchos análisis y conclusiones sobre el modelo político imperante.

Claro que puede ser una visión deformada de la realidad y no sea tan grande la distancia, sino que sea más bien un problema de discurso, de tratamiento. De lenguaje, en definitiva. En todo caso, mucho me temo que esa muletilla, lo que importa a la gente, peca en gran medida de un paternalismo extremo con el cual Podemos, y en general todas las organizaciones políticas, pues todas la han recogido, tratan a la población. Porque lo que están diciendo es que ellos están allí para tratar y solucionar en la medida de lo posible lo que importa a la gente, pero sin la gente, porque tal tratamiento es únicamente institucional (o institucionalizado). Uno esperaba de los partidos convencionales que tal fuera su actitud, hay problemas allí fuera que la institución debe solventar y solucionar, pues para eso son los representantes del pueblo, representan a la soberanía popular o nacional. Pero es Podemos quien la ha recuperado, lo que importa a la gente, olvidando que esta organización surgió al albur del 15M, del clamor del no nos representan y la pretensión de la nueva política.

Al margen del debate político, que al final interesa poco, reconozco que por cierta desgana (desafecto lo llaman), el que sea una muletilla marca hasta qué punto el lenguaje es indicativo de lo que se es en gran medida. Dime cómo hablas y te diré quién eres. Aunque no siempre es así, el lenguaje resulta forzado en ocasiones porque el hablante se oculta tras él. Al igual que con la ropa que se escoge cada día, uno quiere dar una imagen de sí mismo con el lenguaje. Claro que incluso así es posible entonces darse una idea de la persona que se es. Eso se refleja muchas veces, por ejemplo, en las novelas, al acudir a los diálogos que son siempre complicados porque no siempre se acierta con el estilo de los personajes, y entonces no resultan del todo verosímiles, aunque hay autores que consiguen diálogos realmente acertados, bien construidos. Ejemplo de ello, antiguos además, son La Celestina, de Fernando de Rojas, o El Lazarillo de Tormes, anónimo por voluntad de su autor, que reflejaron con el lenguaje una forma de ser y una mentalidad de época.

En este sentido, el concepto gente aparece con frecuencia en castellano, en el castellano de España, en expresiones del tipo muletilla. De más tiempo que el de lo que importa a la gente es Lo que pensará la gente, uno de los temas, por cierto, de El Lazarillo, pues el narrador y protagonista de la novela escribe el libro, que es una carta autobiográfica, por los muchos comentarios que lo envuelven. Lo que pensará la gente. Se lo dicen los padres a los hijos y a las hijas para que atenúen sus actos no por sí mismos, sino por la opinión ajena. Es el reflejo de una sociedad demasiado atenta a la imagen, a lo que pensarán de sí los demás y, en gran medida, para evitar las consecuencias represivas en una sociedad como la española, tan proclive a un poder terrenal obsesionado por imponer reglas homogéneas y bien fijas a sus habitantes. Está presente esa preocupación, lo que pensará la gente, en Nada, de Carmen Laforet. Es un temor social, pero también político y religioso. De ahí también que el autor de El Lazarillo, en una época en que lo político y lo religioso se daban más la mano que ahora, se ocultara tras el anonimato, que es también un lenguaje, en un momento en que la autoría ya era importante, sin duda no quería sufrir las consecuencias de un libro que apuntaba ciertos aspectos de la sociedad.

El lenguaje es al final, como casi todo, un campo de batalla. El problema es cuando nos quedamos en el lenguaje como el único ámbito para cambiar las cosas. Porque el lenguaje no cambia la realidad, sólo la refleja. Y por tanto reflejará una realidad distinta cuando las cosas cambien. En un día como hoy imposible no referirse al lenguaje inclusivo o no inclusivo que se ha vuelto central en el debate de la igualdad y la separación entre hombres y mujeres. Que el lenguaje es machista, salta a la vista, y también es importante visibilizar a través del lenguaje la presencia de las mujeres en muchos ámbitos, pero no es un problema de lenguaje –o sólo de lenguaje–, sino de modelo social en el que, por cierto, clama al cielo que persistan aspectos como la diferencia salarial, que me parece una barbaridad que exista aún. Por mucho que se diga portavoza o lideresa no va a cambiar las diferencias de salario o de acceso a ciertos puestos, sobre todo en ciertos ámbitos menos elitistas. Es de Perogrullo, pero no siempre parece claro. Por suerte, la mayoría del movimiento feminista lo tiene claro. No me parece que sea tanto así en las instituciones, allí donde tanto se debate sobre lo que importa a la gente.

miércoles, 27 de febrero de 2019

Cultura y tiempos modernos


En una entrevista realizada estos días en el programa Iflandia, de Radio Euskadi, el escritor Juan Manuel de Prada mostraba su pesimismo ante el panorama cultural actual. El cine, afirmaba, carece de calidad, la literatura es una actividad más y más marginalizada, y lo mismo se podría decir de las demás actividades culturales. No sé si es por mi parte cosa de la edad esto de sentirse fatalista ante lo que nos envuelve, pero me he sentido identificado con esas palabras. También es cierto que cada generación que va dejando tras de sí una mayor amplitud de tiempo, es decir, que empieza a tener una historia y una biografía a sus espaldas, tiende de forma inevitable a sentirse desolada, ocurría ya en la Grecia clásica. Puede que sea así por propia frustración, por un sentimiento íntimo de fracaso porque las cosas no han ido como se deseaba o por la insuficiencia o relatividad de los éxitos, ante lo cual lo que se intenta es disimular tales deficiencias con cantos de sirena sobre la fatalidad del mundo o, también ocurre, sobre las carencias de las generaciones más jóvenes.

Claro que hay síntomas, síntomas objetivos, que denotan que todo ese pesimismo tiene tal vez una base, un fundamento que decían antaño. Lo cultural ocupa cada vez menos espacio en nuestras sociedades. No hay más que ver, ahora que estamos en vorágine electoral, lo poco que se habla de planes culturales, en los programas y promesas partidistas lo cultural es apenas una línea más ornamental que real cuando aparece, cada vez menos. Se confunde ya de un modo absoluta ocio y cultura, y así lo encuadran muchos medios de comunicación que no lo separan, denotando un criterio más que lamentable de que la cultura es en gran medida un entretenimiento más. Y cuando se plantea alguna cuestión cultural es en forma de grandes infraestructuras que busca más la rentabilidad inmediata, vía atractivo turístico.

Pero además, como estamos en un modelo social donde se prima lo inmediato y lo superficial, la imagen que se proyecta de la creación es algo fútil, incluso frívolo. Abundan los concursos de cantantes o de cocineros –démosle a la cocina también una faceta artística o cultural– en los que se muestra una actividad artística como algo entretenido, mientras se concursa, siempre entre risas y pasatiempos, sin hablar nunca del estudio que hay en cualquier actividad de estas, un estudio rutinario, paciente y esforzado que da algún fruto a veces, pero a lo mejor no siempre desemboca, ni tiene por qué, en un éxito social.

Lo cultural como un decorado más o menos bonito. La cultura como un entretenimiento del que podemos desentendernos con facilidad. Pero al mismo tiempo, cuando más se ignora la importancia de la cultura, más allá de lo referido, un pasatiempo o las infraestructuras faraónicas, más personas parecen dedicarse a esto de la escritura, de la música, del cine, de las artes en general. No sé si es por la expansión de la educación o por esa sensación de que cualquier actividad cultural es fácil, según se aprecia en las pantallas televisivas. Tal vez, como nos recordaba un profesor, hay mucha gente que va de artista sin serlo. Claro que no es un fenómeno tan nuevo: en su momento hubo los intelectuales a la violeta.

Tampoco es que uno defienda un criterio trascendente de la cultura en el que se deba ante todo sufrir para elevarse a los grados más altos de sapiencia y sabiduría. Pero sí que hay que saber para dedicarse a ello. Por tanto, como en cualquier labor u ocupación, hay un trabajo, un esfuerzo para avanzar en cualquiera de estas actividades. Lo de las musas no suele funcionar. Si alguna vez llegan, su influencia es inocua si antes no ha habido un esfuerzo detrás. Algo que no parece muy viable en una sociedad en que todo se debe realizar sin apenas esforzarse.

Sea lo que fuere, en la cultura siempre hay un elemento de análisis de la realidad, un elemento que permite la crítica. No siempre van ligadas, cultura y crítica, pero qué duda cabe de que la crítica es posible si se poseen elementos de análisis, y tales elementos los suele aportar la cultura, aunque sea en forma de mirada disonante. Y esto es lo que siempre teme el poder, cualquier tipo de poder, incluido el que adopta las formas más democráticas. De allí que las distopías hayan contemplado siempre que la cultura se convierta en el principal enemigo de la tiranía o de la manipulación política, se detesta por tanto esa manía molesta de pensar que pone en peligro el orden establecido. Por eso los artistas se convierten en los enemigos de las dictaduras reales. Ray Bradbury contempló una sociedad, en Fahrenheit 451, en la que los libros estaban prohibidos y se quemaban aquellos volúmenes que existiesen aún.

Pero hay otras formas sutiles de acabar con la cultura o de neutralizarla y que algunas distopías han recogido. Georges Orwell hablaba en 1984 de la neolengua, con la que se simplificaba el idioma y se denominaba las cosas de otra forma para darle otro sentido a la realidad. Aldous Huxley, por su parte, planteaba en Un mundo feliz el manejo de las emociones para que el ciudadano sintiera de forma acorde al conjunto de la sociedad. Hoy tenemos la corrección política, sobre todo en el lenguaje, y también vemos un cine y en menor medida una literatura –será porque se lee menos– basada solamente en sentimientos, una narrativa emocional que se queda a flor de piel.

Parece que los poderes van optando por esto último. Lo de la represión es costoso y sucio, resulta mucho más viable que la cultura sea algo banal, inane, algo que se practica en los ratos libres, a lo sumo un mero pasatiempo para los domingos por la mañana.  

domingo, 17 de febrero de 2019

«Muchos años después»

En la película «Selfie» Víctor García León nos habla de la nadería política y social de nuestro tiempo, de cómo el debate público se ha convertido en un mero espectáculo sin sentido, una mera foto para el consumo rápido e insustancial, para que echemos unas risas, nada más, entre colegas, aunque el espectáculo lo podrá ver, eso sí, redes sociales mediante, todo el mundo, verán nuestras carcajadas y sonrisas en los selfies continuos, porque en gran medida es a todo el mundo a quien acabamos dirigiéndonos, fijando así la regla general de la alegría que hemos de mostrar de un modo acrítico y siguiendo unas normas creadas quién sabe por quien y que nos inducen a que tengamos que sonreír en todo momento, en todas las fotos, siempre, porque lo que importa es la apariencia, aparentar una actitud ante el mundo, ante los demás, ante nosotros mismos. 

Nada se fija entonces en esta realidad tan aparente y ornamentada. No olvidemos, como indica la expresión de moda, tan recurrente ahora, que estamos construyendo un relato. Ya no se trata por tanto de entender el mundo, interpretarlo, articular una opinión, dialogar, convencer mediante el discurso y el debate, por medio de un sentido del raciocinio todo lo vago que se quiera, o dejarnos convencer por las apreciaciones ajenas, si es que lo consideramos oportuno, sino de elaborar un relato a medida sobre la realidad, convencernos de su verosimilitud, coincida o no con lo real, porque de lo que se trata es de mantener el espectáculo vivo, un espectáculo que, por propia lógica con los relatos establecidos, se compone de monólogos que lanzamos en múltiples formatos, aunque siempre como mensajes en botellas lanzadas a la mar. No esperamos ninguna réplica, en parte porque en internet los mensajes se han multiplicado hasta el infinito, como infinitos son los selfies que se envían por doquier. 

No es de extrañar por consiguiente que los conceptos duren bien poco, apenas unos pocos telediarios, y aquello de las nuevas políticas se diluya con rapidez, ya nadie se acuerda, sólo cambian los protagonistas políticos, pero luego todo sigue más o menos igual. En apenas unos pocos años hemos visto cambiar por completo la clase política, calificada durante unos meses como casta, pero hablo sólo de los protagonistas, no de las políticas, dominadas éstas por el mero posibilismo, mientras los viejos dinosaurios aparecen para opinar, tal vez con la intención de que no los olvidemos del todo, tan rápido pasan las imágenes en las pantallas televisivas.   

Puede sin embargo que nada sea nuevo, que siempre haya sido así, un mero absurdo, una nadería. Claro que hubo momentos más sesudos, más profundos en los análisis, tal vez más trascendentes o por lo menos con más sentido de la trascendencia que se andaba buscando con ahínco, aunque eso no quita a que al final todo resulte cuando menos ridículo. No es de extrañar, apenas es un detalle, que haya quien hable en este cuasi decenio tan intenso de una segunda transición, iniciada aquel 15 de Marzo de 2011, qué lejos queda, con la que se rememora aquella primera transición, o la Transición, con mayúscula, en la que todo parecía posible, o al menos tan posible como permitían las circunstancias.  


José Antonio Gabriel y Galán termina en 1990 la que será ya su última novela, Muchos años después, un retrato de época, de esa transición cuyo eje es la muerte del dictador y que abrirá un periodo de grandes expectativas, pero también de enormes decepciones, las mismas decepciones que irán dominando a los dos protagonistas, Silverio y Julián, los irán forjando hasta transformarlos en personajes tétricos, absurdos, aunque puede que siempre lo hayan sido, tétricos y absurdos, por mucho que en un primer momento se tomen muy en serio a sí mismos. Sea lo que fuere, los autores acaban adoptando la misma actitud que la sociedad en general, una actitud basada en la decepción y en la extrañeza, en ese desencanto que sirvió a Jaime Chávarri para titular su reportaje sobre los Panero, los tres hermanos hablando de su padre y convertidos ellos mismos en un símbolo generacional. Ese desencanto que vivió también el propio Gabriel y Galán, que confesaba ser «lo contrario de un triunfador», según cuenta Juan Cruz en un artículo de 1994, al poco de morir el escritor. 


Porque estamos hablando de una generación que se pretendió heroica, y lo fue de algún modo, pero que tuvo que tragar con las decepciones y las renuncias, o del absurdo de su trascendencia, en el caso de los dos protagonistas de la novela. La generación de una época que construyó verdaderos antihéroes al convertir el desencanto en puro pasotismo, que es lo que vivieron muchas personas ante aquellos nuevos tiempos que al final no fueron ni de lejos lo que esperaban. Si el desencanto de los escritores, de los activistas, de los pensadores, de los artistas de aquel momento se reflejó en los hermanos Panero, el pasotismo quedó r
eflejado en el Cojo Manteca, un ser que vivía en los arrabales de la realidad y que fue blanco de las cámaras y de los telediarios durante las protestas universitarias de los ochenta, verdadero protagonista del momento, quedando en un segundo plano los motivos de las protestas, aquellas primeras reformas universitarias, de la enseñanza y laborales. 


Es un desencuentro con la realidad que nos saca de la propia realidad. En 1978 José Antonio Gabriel y Galán publica un libro de poemas con el título Un país como éste no es el mío, un título muy expresivo, el de una sensación de extrañeza, de extrañamiento intenso que aleja de la pertenencia a un país, a una sociedad. Unos años antes Max Aub tuvo la misma sensación, la de no pertenecer a un país que había considerado el suyo pero con el que se dio de bruces al regresar. Sin duda, si nos retrotrajéramos en el tiempo, encontraríamos el mismo sentimiento en muchas personas, señal inequívoca de que nada ha cambiado en realidad, y que el sentimiento descrito al principio, el de la extrañeza ante este tiempo de selfies y sonrisas, no es nada nuevo, se repite una y otra vez ante la decepción por la imposibilidad de cambiar nada.