lunes, 5 de junio de 2017

El frágil horror

El pasado 24 de mayo se realizó en el puerto de Santurce un acto de homenaje y recuerdo de aquellos niños de la guerra que ochenta años atrás salieron de la localidad vizcaína hacia Gran Bretaña o hacia la URSS. El representante del Gobierno vasco, Josu Erkoreka, afirmó que aquellos niños, algunos de ellos presentes, ya ancianos, en la conmemoración, sufrieron un «episodio duro y dramático» y abogó por «un mañana mejor y más justo» en el que no haya ni «ni guerras ni personas refugiadas». Vicente Cañada, uno de aquellos niños que embarcó en Santurce, fue más concreto y se refirió a los refugiados de hoy, en particular a los sirios, que viven una situación parecida. «Nosotros estuvimos en tal situación ─afirmó─ y creo que debemos solidaridad a estas personas. España no sé si cumple con esa solidaridad, pero debería ser así».

Hay imágenes de toda aquella oleada de refugiados españoles en Europa y en América Latina, miles de personas que huyeron de la violencia de la guerra y también, después, de una represión que amenazó las vidas de muchas personas. A los pocos meses de acabada la guerra civil, comenzó la segunda guerra mundial, que también produjo miles de desplazados. Sin embargo, aquellos primeros refugiados españoles, al igual que hoy los sirios, sufrieron también en muchos casos una política insolidaria en Europa, no así en América Latina, con centros de internamiento en condiciones penosas que nos vienen a la memoria cuando contemplamos los mismos centros en Grecia o en Turquía. Es como si la historia estuviese condenada a repetirse una y otra vez. Y hasta puede que los argumentos de entonces para tanta ignominia se parezcan a los que se lanzan hoy con idéntica e interesada parsimonia.

Sin duda, si queremos conocer en la medida de lo posible, nosotros que no somos refugiados ni nuestras vidas están tan directamente amenazadas, lo que sintieron aquellos españoles que salieron con lo puesto, podríamos preguntarles a los sirios de hoy, a los sudaneses, a los kurdos, a los ciudadanos que han de buscar asilo al escapar de todos los conflictos armados o de las dictaduras que en el mundo hay. Existe una línea invisible que liga a todos esos hombres y mujeres. No obstante, aun cuando las experiencias sean similares, también es cierto que cada caso es particular, único, intransferible, a pesar de los paralelismos y las afinidades.

Como lo son las experiencias de las víctimas de las guerras, la de los concentrados en los campos de concentración nazis, por ejemplo, sean judíos, gitanos o perseguidos de cualquier etnia o ideología. Todas esas víctimas sufrieron un mismo horror, pero cada horror, con toda su crueldad, es diferente. No se trata de buscar quien sufrió más y quien sufrió menos, el sufrimiento no admite gradaciones, hay una base común para todos, pero luego están los detalles, detalles que convierten cada experiencia en única, lo que comporta que el ejercicio de la memoria sea tan importante, sobre todo cuando un conflicto, como hoy el de Colombia, con su propia oleada de desplazados y de muertos, parece dar a su fin.

En este sentido, la literatura permite una aproximación singular, permite expresar esa infrahistoria de la que hablaba Unamuno, esa franja que está por debajo de la Historia y que permite contemplar la realidad, a veces con más precisión y crudeza que los grandes tratados. El escritor italiano Primo Levi escribió buena parte de su obra rememorando esa experiencia de los campos de concentración que él conoció y a la que nos traslada en sus relatos.

Pero lo más tremendo que uno descubre entre líneas en su obra es la aparente cotidianidad, en su sentido de normalidad, con que se vivió todo ese horror. Los relatos cortos de Pretérito Perfecto, reunidos en español en el volumen de la editorial Península con el título Lilit y otros relatos, muestran la tragedia de un modo que aparenta naturalidad, algunas de las historias nos parecen incluso afables, aunque a poco que entrelineemos nos damos cuenta de lo que hay detrás. Y lo que hay es el riesgo de banalizar el mal, de lo que tanto hablaría Hannah Arendt o la silente complicidad de la buena gente, que diría Martin Luther King.

A todas luces es el efecto buscado por Primo Levi, que trasciende todo aquel horror y nos lo extiende a todos, a su generación, pero también a las generaciones que le antecedieron y a las que le siguieron, hasta hoy. No hay escapatoria. Advierte: «(…) también nosotros nos hemos dejado deslumbrar por el poder y el dinero de tal forma que hemos olvidado nuestra fragilidad esencial: hemos olvidado que todos nos hallamos encerrados en un ghetto, que el ghetto está precintado, que fuera del recinto se encuentran los señores de la muerte, y que no muy lejos de él nos está esperando el tren».


domingo, 28 de mayo de 2017

Miradas de Plinio

Reflexiona Plinio: «A pesar de tanta mole, de tanto humo amarillo y crecimiento, a pesar de tanta improvisación y caos maquinado por locos y negociantes, todavía conservaba Madrid algo de aspecto clásico, de su estampa a lo Eduardo Vicente. Cúpulas de las viejas iglesias, la mole gris olvidada del Palacio Real, los viejos tejados con chimenea y boardillas del XIX. Torres con veletas, ringlas de árboles y el sol de siempre que hiere los vidrios más altos al huir. El Madrid de 1936, desde lejos tiene aspecto de ciudad provinciana, entre castellana y oriental, con no sé qué pobreza mal disimulada. No dominan los grandes edificios particulares oxidados con la pátina del tiempo. Falta arquitectura de solera. No se aprecia un trazado racional y clásico. Sobre viviendas deficientes y medianas, destaca el vuelo de las iglesias y la altura superdesarrollada de un palacio o edificio oficial. Aspecto de pueblo menestral o medianamente acomodado que no tuvo capacidad ni poder para alzarse más arriba de las torres (…)».

Esta meditada observación de Plinio, sobrenombre con que se conoce a Manuel González, jefe de la policía municipal de Tomelloso, aparece en la novela Las hermanas coloradas, con la que Francisco García Pavón gana el premio Nadal en 1969. En ella, el intuitivo policía viaja a Madrid para buscar a dos antiguas vecinas de Tomelloso residentes en la capital y tanto la investigación como el descubrimiento del misterio nos lleva a perfilar un suceso que se entrelaza con la historia reciente de España, acabada la guerra treinta años atrás, y un presente que parece ya alejado de todo aquello, pero que tal vez, en esa mirada de Plinio, no lo está tanto. Es una reflexión que nos traslada a las conversaciones de Andrés Hurtado con su tío el doctor Iturrioz, descritas por Baroja, tan pesimistas ellas, referidas a la fatalidad y al sometimiento de un país que no pierde su mentalidad de esclavo. El paisaje no varía, edificios oficiales e iglesias gigantescas que anonadan los hogares particulares y que recuerdan en todo momento donde está cada cual.

Sin embargo, por aquellos años Max Aub viaja por España tras treinta años de exilio y él sí ve cambios, tal vez porque pretende reencontrarse con la España que él dejó y que ya no existe, o existe sólo en su cabeza y en las cabezas de la mayoría de los exiliados que quisieran regresar y toparse con el mismo país, el mismo pueblo, y continuar la historia allí donde la dejaron, como si no hubiera habido guerra ni hubieran pasado todos esos años.

Pero si hoy paseáramos por Madrid y leyéramos esa meditación de Plinio, ¿sentiríamos o no algo parecido a lo que sintió el policía, acaso no tendríamos un pálpito semejante, que los edificios oficiales, ahora de bancos y empresas más que de administraciones públicas o de iglesias, dominan a base de superponerse a la ciudadanía, una ciudadanía a la que aún hoy carece de «capacidad ni poder para alzarse más arriba de las torres»?

Da grima atender hogaño a los debates públicos y percibir un sabor añejo porque poco han variado los temas a discutir. Desesperanza la falta de alternativas o lo rápido que se encauzan las energías emancipatorias que en España a veces, muy pocas veces a decir verdad, brotan resueltas, decididas, pero que resultan un espejismo en el que nadie cree a ciencia cierta. ¿Tienen acaso razón Andrés Hurtado y su tío? Tampoco Max Aub, en este sentido, parece entusiasmado por la nueva sociedad española, acaso él mismo vencido por afrontar que pertenece a una España que ya no es.


Quizá la mirada no es nunca hacia fuera, sino hacia dentro, vemos lo que hay dentro de cada uno y no lo que está fuera, del mismo modo que la belleza habita en los ojos que observan, no en los objetos observados. La cuestión es si resulta posible compartir las miradas. 

lunes, 8 de mayo de 2017

Letras y mundos

Ahora que no sólo se coloca la asignatura de literatura en un borde de los planes de estudio de la enseñanza obligatoria y la convierten en un apéndice de la asignatura de lengua o, directamente, se elimina, como ha ocurrido al parecer con la literatura universal de entre las asignaturas troncales, es buen momento para preguntarse qué incidencia e influencia reales tiene la literatura en nuestra sociedad contemporánea o en cualquier época pasada. No me refiero a la intervención de los escritores tipo Émile Zola con su «J´accuse» o Sartre, altavoz en la mano, clamando por la revolución, sino el papel de las obras en la cotidianidad social, planteando cuestiones claves para el debate público y privado, cambiando valores o introduciendo nuevas fórmulas y modos de sentir.

La cosa va más allá de ser un mero ente referencial con relación a la visión de una sociedad o de un sector social, no se trata de que los españoles puedan dividirse entre quijotescos o sanchos, esto es, idealistas o realistas con tendencia al fatalismo, o que atribuyamos cierto bovarismo a la cotidianidad de cierto tipo de esposas atribuladas por el ostracismo burgués (o de clase media hoy), por dar un par de ejemplos, sino que se trata de saber hasta qué punto la literatura sirve para algo más que para lo que parece que se atribuye en la actualidad, un mero entretenimiento, una oferta más del ocio, repartido entre múltiples posibilidades que nos brinda la sociedad de consumo (¿del espectáculo?).

Tal vez sea una pregunta que haya que formularse ahora mismo, en otras épocas no había tanto motivo, aunque puede que la perspectiva del tiempo edulcore mucho el pasado, lo idealice y uno tienda siempre a echar pestes del tiempo que le ha tocado en suerte y desear vagamente haber vivido en otra época. Sin embargo, parece hoy difícil que una novela (o una película, por hablar de una formato narrativo actual) como La Cabaña del Tío Tom, de Harriet Beecher Stowe, pudiera incidir tanto en una polémica social, como lo fue el mencionado relato, en el debate sobre la esclavitud en los Estados Unidos, novela que fue sobre todo determinante para la toma de postura de muchos de sus lectores ante algo tan degradante como fue dicha institución. Tampoco es que no haya ninguna repercusión, es verdad, muchas veces una novela o una película permite fijar un debate, como ocurría en aquel mítico programa de la televisión pública española, La Clave. Pero a todas luces no es lo mismo.

Porque no parece haber hoy una gran incidencia de lo literario en la sociedad. Pero la hubo. El escritor francés La Rochefoucauld afirmó «que pocos se enamorarían si no hubiesen oído hablar del amor», y con ello se estaba refiriendo a la invención del amor como invento literario, que lo fue, en el sentido referido, aun cuando nos pueda parecer algo extraño, que la literatura haya creado, forjado y determinado algo tan cotidiano como el amor. Hoy nos parece normal que el amor guíe a las parejas y forma parte del ideal con que crece casi todo el mundo en Occidente. Pero nada más descabellado durante mucho tiempo que el que una pareja se amase. Hablamos de un amor que no es ágape, ni fraternal, sino que nos referimos a eso que hoy entendemos por amor que incluye la atracción, más vinculado a Eros, y un sentimiento que va más allá del afecto, que era lo que como mucho las relaciones de pareja. Porque a lo sumo eso era lo que debía existir, un maritatis affectio, en esa relación establecida entre dos personas, un hombre y una mujer, y que unía riqueza y dominio, propiedades y poder.

Este envoltorio material(ista) del matrimonio ha sido lo normal (y lo normativizado) durante siglos y en cierto modo lo sigue siendo hoy en gran parte del planeta, aunque es evidente que hoy la hegemonía de los valores es más global por obra y gracia del consumo de masas, e inserto en él el ocio y los productos culturales (porque la cultura se ha vuelto una industria).

Esta institución matrimonial, reflejo de un modelo social, político y jurídico imperante, permitió en el siglo XII a los poetas provenzales que jugaran en sus escritos con una modalidad nueva de amor, heredero de otros formatos, menos convencionales, más libres. La atracción carnal ─que nada tenía que ver con el matrimonio─ se une al sentimiento amoroso y se le da un formato que refleje la sociedad de su tiempo. El poeta corteja a la dama, su domina o dueña, esto es, le hace la corte, porque de lo que se trata es de utilizar el sistema medieval existente, el de la corte ─las cortes de los reyes, tan lejanas, pero también, a pequeña escala, las cortes señoriales o feudales─ para abrir una brecha allí donde la institución del matrimonio no llegaba, a lo sentimental. De este modo, aquello que se rechaza para el matrimonio, según Andreas el Capellán en su Arte Honeste Amandi, esto es, el amor carnal, se establece para el amor de lonh, lo que Gaston Paris denominó siglos después amor cortés, porque imita a la institución.


María de Champaña, hija de Leonor de Aquitania, cuando la poesía provenzal se había extendido por buena parte de Europa ─Fernando Fernán Gómez escribió una novela, El mal amor, sobre la llegada a un señorío fronterizo entre Castilla y Aragón de tal sentimiento novedoso─, encargó a Chretien de Troyes que escribiera las normas del amor cortés, lo que el escritor cumplió con su Tratactus de amore. De este modo, surge un sentimiento amoroso nuevo que brota creada por la literatura, la expanden los poetas y pronto los prosistas, e incluso lo institucionalizan los propios escritores. ¿Sería hoy posible algo así?

martes, 2 de mayo de 2017

«Tiempo sin aire»

¿En qué momento podemos afirmar que un conflicto social, un conflicto que causa dolor y sufrimiento, un conflicto que provoca pérdidas irreparables, resquemores, odios y desesperanzas se cierra de forma definitiva? En España hablamos aún de la guerra civil, de sus víctimas y de sus consecuencias, que aún despiertan encendidos debates y heridas, demasiadas heridas, cuando van desapareciendo las generaciones que vivieron la guerra, no así la larga dictadura que la siguió, aunque empieza a quedar también lejos en el tiempo. Si hablamos de Colombia, el proceso de pacificación está recién iniciado y nadie sabe a ciencia cierta cuando lo podremos cerrar, no los actos de guerra en sí, ya en la práctica inexistentes, sino la batalla más difícil, la de zanjar los odios y diferencias, la del perdón y la reconciliación, la de las víctimas que se enfrentan a su situación de maneras diversas, a veces muy opuestas.

Estos días, mientras se conmemoraba el octogésimo aniversario del bombardeo de Guernica, se entregaba el XIII Premio por la Paz y la Reconciliación al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, y al líder de las FARC, Rodrigo Londoño “Timochenko”, otorgado por el Ayuntamiento de Guernica y Luno, el Museo de la Paz de Guernica, la Fundación Gogoratuz y la Fundación Pública Casa de Cultura. Los dos conflictos, la guerra civil española y el conflicto colombiano, unidos cuando también se habla desde hace tiempo de cómo afrontar el fin de la violencia en el País Vasco, en los tres casos centrados en el tema de las víctimas, tan hiriente y polémico a la vez, cuando en gran medida tampoco está claro el mismo concepto de víctima.

Hay, es evidente, las víctimas directas, las que han vivido sumergidas en la violencia, bien porque la han sufrido en propias carnes, han muerto o han quedado heridos, bien porque han participado de forma activa en ella, han tomado parte de actos violentos, causantes de sufrimiento, sí, pero también, en cierto modo, en grados diferentes, víctimas de esa misma violencia que generan. Hay quienes incluso se convierten en ambos tipos, son víctimas de la violencia ajena pero también de los actos violentos que generan. Los son también, de forma incuestionable, los familiares de quienes intervienen en un conflicto armado, ya sea como receptor de violencia -víctima física- ya sea como generador de actos violentos.

De todo esto nos habla la película «Tiempo sin aire», de los directores Samuel Martín Mateos y Andrés Luque Pérez, realizada en 2015, cuando se estaba ya negociando el proceso de paz colombiano y faltaba pocos meses para la adopción de los acuerdos entre el Gobierno de Colombia y las FARC, una de las guerrillas del conflicto. Nos narra la historia de María (Juana Acosta), enfermera que pierde a su marido, asesinado por la guerrilla, y a su hija de catorce años, violada por paramilitares y aparentemente asesinada por ellos, y que sale del país con su hijo pequeño hacia España con la idea obsesiva de vengarse de un mercenario español (Félix Gómez), para lo que contará con la ayuda inestimable del psicólogo del colegio donde estudia el hijo, Gonzalo, interpretado por Carmelo Gómez.

Asistimos a la ardua labor de María, que busca por todos los medios posibles a ese mercenario a quien ha visto frente a frente, le ha visto los ojos, crueles y sin piedad, pero al que vemos también a lo largo de la película como ese muchacho por completo normal, tierno, enamorado de su pareja, interpretada por Adriana Ugarte, pareja que va a ser víctima al ser golpeada por un conflicto lejano del que además no sabe nada. Es una búsqueda la de María a todas luces obsesiva, invadida por un odio ilimitado que le mantiene, lo dirá en algún momento, viva, lo único que le da sentido a la vida, una vida en la que no cabe aparentemente el perdón y la reconciliación, algo de lo que se habla mucho en los procesos de paz, fundamental para que la paz sea de verdad y no un mero escenario sin actos violentos, que ya sería importante, pero no es suficiente. Pero asistiremos a un proceso interno de María, en compañía en algún momento de la esposa del mercenario, ambas en busca también de una verdad sobre la que reconstruir su espacio vital.


Se trata de una historia de venganza, pero en el que cabe hablar también de duelo y de perdón, en la que hay también sus secretos, sus partes ocultas, aquello que no se cuenta, que cuesta sacar, que se va descubriendo, cuando se descubre, muy poquito a poco. Se trata de un relato que afecta a Colombia, pero que hubiera podido ocurrir en toda España durante la guerra civil, en el País Vasco hasta hace poco más de cinco años, u hoy en Siria, en Iraq, del mismo modo que ocurrió en los Balcanes o en tantos y tantos lugares. Una vez más lo local se convierte en universal y es atemporal. Condición humana, dirán algunos, no sin bastante razón.

miércoles, 26 de abril de 2017

Guernica

Guernica bullía a esa hora. Era día de mercado, se habían acercado vecinos de otros pueblos y lugares próximos, pero además estaban los desplazados por la guerra que se hallaban en Guernica a la espera de que aquel enfrentamiento bélico desencadenado nueve meses antes se acabara, aunque no había visos de que fuese a terminar pronto. Hacia las cuatro y media de la tarde se inició el bombardeo. Se calcula que pudiera haber 12 000 personas en la que era, además, símbolo del Pueblo Vasco, la ciudad emblemática, la del árbol que representaba y representa las libertades de Vizcaya, y por ende la de los vascos, donde unos meses antes, en octubre, José Antonio Aguirre había realizado su acto de investidura como primer Lehendakari, modelo para los nuevos Lehendakaris una vez reestablecida, varios lustros después, la autonomía vasca.

No fue casual que se eligiera Guernica, aunque no fue la única ciudad bombardeada en el País Vasco: Durango, Otxandio, Lequeitio, Irún, Éibar, Elgeta o Elorrio lo fueron también, y otras muchas atacadas por tierra, como también lo fueron tantas otras ciudades, bombardeadas y atacadas, en España en aquella cruenta guerra. Como muchas otras ciudades en la segunda guerra mundial que la siguió. El sufrimiento no admite gradaciones, el horror de los gernikarras no fue mayor o menor al de otras poblaciones bombardeadas, pero su ciudad quedó destrozada casi por completo, sólo se respetó la zona industrial y las vías del tren, lo que demuestra que el ataque de la Legión Cóndor alemana y la Aviación Legionaria italiana estaba planificado, una vez recibieron, en opinión del historiador Xabier Irujo, la orden por parte de los jerarcas del bando nacional.

Fue, eso sí, un acto atroz. La guerra ya no iba a respetar, como alguna vez se pretendió establecer, la vida de los civiles, no iban a mantenerse unas mínimas normas bélicas que evitase en la medida de lo posible las matanzas generalizadas. El bombardeo de Guernica fue un avance de lo que ocurriría después en otras muchas ciudades. Se plantea incluso que para la Legión Cóndor el bombardeo fuera un ensayo de nuevas formas de hacer la guerra. El objetivo era extender el daño lo máximo posible, afectar al mayor número de personas, sin importar siquiera las posiciones ideológicas de sus víctimas potenciales. Como recuerda José Ángel Etxaniz, del Grupo de Historia Gernikazarra, en Guernica hubo aquel día una buena parte de la población que incluso simpatizaba con el bando nacional. De lo que se trataba era de instaurar el terror, la guerra como propaganda mediante el espanto y la barbarie, sin más consideraciones, una vez más las personas convertidas en moneda de cambio de los intereses ajenos.

Un mes después Pablo Picasso comenzó a pintar el cuadro con el que se reflejó el horror de aquel bombardeo, convertido en símbolo de todas las víctimas de la guerra. Porque por desgracia el ataque a Guernica no fue único. La Segunda Guerra Mundial fue atroz en víctimas civiles, víctimas colaterales las llamarían hoy en lo que no es más que mero terrorismo, por muy legitimadas que se pretendan las guerras, ocurran en Iraq o en los Balcanes, en Liberia o en Siria. Porque el terror de la guerra no se acabó con la segunda guerra mundial, con las bombas de Hiroshima y Nagasaki.

Porque a los ochenta años del bombardeo de Guernica las guerras siguen produciendo miles de víctimas civiles, en las calles europeas con los atentados terroristas o en las calles de ciudades de todo el mundo, en Alepo o en Bagdad, ya sean por atentados o por bombardeos que también producen sus víctimas y su horror, por muy justificadas que se pretendan los mismos. Pero la guerra, por otra parte, es también un negocio. Se estima en ochocientos millones de euros el valor de las armas vendidas por empresas afincadas en el País Vasco, según cifras de varias organizaciones civiles y pacifistas.

Revertir la lógica de la guerra parece una labor titánica, se trata a la vez de una concepción de Estado -recuérdese, y no es algo ingenuo, que todo Estado se adjudica el monopolio de la violencia y se vuelve a hablar de la defensa de la civilización, del nosotros y/o ellos- y de una lógica de mercado -es una industria más, incluso se apelaría a la defensa de los puestos de trabajo de querer limitar o destruir tal industria-, en definitiva, de unos paradigmas bien instalados en el inconsciente colectivo, si es que existe algo así. Desactivar la lógica de la guerra precisa sin duda también de símbolos, como el del bombardeo de Guernica, que sean claros. Por ello es interesante que Guernica, en el octogésimo aniversario de su bombardeo, acoja una campaña de solidaridad con los refugiados en general, con los sirios en particular.

Plataforma Ongi Etorri Errefuxiatuak: http://bizkaia.ongietorrierrefuxiatuak.info/


viernes, 21 de abril de 2017

Andrés Hurtado

Si la vida de Andrés Hurtado se desarrollase poco más o menos un siglo después de ese final de siglo XIX y comienzo del XX en que la situó Pío Baroja -su novela, El árbol de la ciencia, se publicó en 1911-, sin duda tampoco escaparía a la zozobra, al desasosiego y al sinsentido ante una sociedad y una época agobiantes e indecisas. Puede que incluso se sintiera peor, ya que en su tiempo aún cabía, pese a todo, creer en un progreso que él no creyó posible, pero que estaba allí, latente y en apariencia imparable, aun cuando no la compartiera y su visión fuese negativa o más bien fatalista. Hoy ni siquiera parece posible sostener la utopía como posibilidad de futuro y la pasividad de la sociedad española, ahora como entonces, resulta monumental, incomprensible a tenor de una situación a todas luces deprimente, recomendable objeto sin duda de un profundo estudio que permitiera entender los mecanismos que impiden una reacción a todo lo que sucede alrededor de cada ciudadano, en un estado de cosas que merecería una respuesta frontal, drástica.

Andrés Hurtado -y por ende su autor, Pío Baroja- vive al final de un siglo que ha visto tres guerras civiles, el intento de una profunda reforma liberal y burguesa de las estructuras del Estado que no acaba de cuajar, una guerra colonial que irrumpe provocando un vacuo patriotismo de salón, una brecha enorme entre una población con mentalidad sumisa, de esclavo la calificará Andrés en sus diálogos con su tío Iturrioz, tan fatalista como su sobrino, más volcado tal vez por ello en el cuidado de sí mismo, de su temple interior, población sumisa esta frente a unos gobernantes y burgueses tan inocuos y con los pies de barro que resultan incluso, en ocasiones, ridículos.

Un siglo después el panorama no es mucho más alentador. Los que hemos visto el cambio de siglo, en nuestro caso del siglo XX al XXI, hemos visto acabar un siglo con dos dictaduras, la segunda mucho más larga y con los rasgos absolutistas heredados de los casi cuatro siglos anteriores, hemos asistido a una transición elitista, basada en el olvido y en la aceptación de una normalidad establecida, impuesta y única, tras una segunda etapa de la dictadura que suplió las carencias de las reformas burguesas del Estado, a golpe de pito, eso sí, con la comodidad que le brindaba a la burguesía que las reformas se las materializara la propia dictadura. También tuvimos una etapa de exaltación del patriotismo de salón, por fortuna no en forma de guerra, sino de la mano de los Juegos Olímpicos y la Exposición Universal que situaron a dos ciudades españolas en el mapa y las convirtieron en faros de atracción turística, con tendencia a ser hoy más bien puestos de feria, decorados de cartón piedra para disfrute del ocioso turista, que ciudades de verdad, con habitantes como sujetos de intervención social. La pasividad hoy es también brutal, aun cuando hubo un 15m como oasis, a veces más un mero espejismo visto el desarrollo posterior de aquella energía desatada y poco a poco encauzada, y que no ha podido enfrentarse a una mayor si cabe degradación social y política.

Sesenta y ocho años antes de la publicación de El árbol de la ciencia, otro libro, en este caso un informe del evangelizador Georges Borrow devenido en modelo de libro de viajes, La Biblia en España, da una imagen tremenda de una sociedad cerrada, con una población también pasiva y sumisa a las opiniones oficiales o institucionales. Si a su vez Borrow pudiera volver a realizar su viaje por tierras españolas cien años después, en la década de los cuarenta del siglo XX, tampoco variaría mucho el sentido de su escrito, sólo cambiarían los detalles. Lo tremendo es pensar además que tampoco iría muy desacertado si se refiriera a la sociedad española contemporánea. Dirán que no es así, que las condiciones materiales han mejorado y mucho, lo cual es cierto y no carece de importancia, pero desde luego hay elementos que se mantienen inalterables, incapaces de cambiar, más cuando no hay tampoco alternativas que ahora mismo se pudieran considerar viables mientras a nadie se le escapa que las cosas tal como están no ofrecen mucha salida.

El ejercicio de situar a Andrés Hurtado en nuestros días, contemplando nuestra realidad, asistiendo a las aulas universitarias -¿es posible hablar aún de la Universidad después de la aplicación del plan Bolonia?-, observando la cotidianidad en las ciudades -el campo tampoco parece ya existir más allá de ser un mero extrarradio de las ciudades-, leyendo los actuales diarios, contemplando una ciudadanía convertida en mera comparsa de intereses creados y debates inanes -no hay más que darse una vuelta por los debates anodinos en Cataluña, con argumentos superficiales, parvos, paradigma de todos los debates actuales, aunque cualquiera de ellos sería paradigma de la falta de discusión real, mera tertulia radiofónica-, sería un buen ejercicio tal vez para entender el presente. O para huir de él.


Releer una novela no en función de su autor y de la época en que se escribió sino del lector y de la época en que se lee puede ayudar a comprendernos a nosotros mismos y entender el tiempo en que vivimos. Tener a Andrés Hurtado como contemporáneo, con todas sus cuitas, sus posiciones y actitudes, es una colleja en toda regla porque sin duda no variaría ni un ápice en sus posiciones. Nos lleva a plantearnos si es posible el cambio más allá de la mera hipótesis, tanto en lo individual como en lo colectivo. Nos conduce a los mismos interrogantes que hace cien años. El horror es esta sensación de absoluta inmovilidad.

viernes, 14 de abril de 2017

Kanimambo

¿Es posible grabar la cotidianidad?¿La lenta cotidianidad, además, de unas aldeas en un país de África, donde el tiempo pasa lento y nada parece ocurrir, pero ocurre, relatos que se enlazan, que se encadenan a un contexto, que nos remiten a la historia, que nos hablan de gente corriente, tan corrientes sus vidas como las de cualquier otro lugar, como las cotidianidades de otras aldeas o pueblos o ciudades en las que la gente vive, se enferma, muere, se relaciona?

La cotidianidad está muy presente en los tres capítulos o cortos de Kanimambo, realizado en Mozambique en 2012, abriga a los personajes, forma parte de los tres relatos a medio camino entre la ficción y el reporterismo, formato mestizo que logra transmitir el día a día difícil, sin duda, de Mozambique, difícil, sí, aunque la valoración provenga más bien del punto de vista, del lugar físico y metafórico desde donde se vea la película.

El primer corto es «Custodio», realizado por el director y actor ceutí Abdelatif Hwidar, y narra la vida de un padre y su hijo, Custodio, que vela la enfermedad de aquel y su traslado a un hospital, a cinco kilómetros de su aldea, donde le asiste un médico español. La enfermedad, una infección, nos lleva a la guerra de liberación de Mozambique y a la posterior guerra civil, pero cuenta también la relación entre el hijo y el padre en contraste con la relación del médico español con su hijo que se nos insinúa.

El segundo relato es «Madalena», realizado por la directora catalana Carla Subirana, presentado como su propia deuda hacia una mujer, Madalena, que conoció dos años atrás y a quien prometió que grabaría en lo que sería su primera película africana. La correspondencia entre ambas mujeres se corta de repente, Madalena deja de escribir después de tener una hija a la que llama Carla. El corto narra la búsqueda de esa mujer que se encarna en otras mujeres mozambiqueñas.

El tercer corto es «Joana», del director valenciano Adrián Aliaga y nos habla de una huérfana, Joana, acogida por su tía, enfermera del doctor que aparece en la primera parte de la cinta, y que es sorda. Joana se convertirá en la lazarillo de un cantante ciego, un griot, como se les llama en África occidental a quienes narran en sus canciones relatos cotidianos. Se contará su viaje a Maputo para la visita a un especialista.

Las tres historias se enlazan tanto en el lugar de origen, un mismo territorio de Mozambique, como a través de unos personajes que se cruzan sin conocerse. Son historias que reflejan las condiciones duras de vida, pero están exentas del dramatismo al uso en cierto topo de acercamiento a los problemas africanos. La vida, en efecto, es dura si las comparamos a la vida media en Europa o de cualquier país avanzado económicamente, pero sin caer en lamentos o exhibicionismos que buscan conmover. Pero es que podrían identificarse con cada uno de los relatos incluso personas con problemas en cualquiera de esos lugares donde parece que no haya problemas equiparables, pero los hay, hay situaciones complicadas también, porque al final no se trata de ellos y nosotros, sino de un nosotros compuesto por personas que se enfrentan a la vida desde las complicaciones cotidianas, sin duda idénticas en lo esencial, pero diferentes en los detalles, sin que estos detalles carezcan de importancia, que la tienen.


Kanimambo significa gracias en lengua changane, porque lo que hay entre los personajes son pequeñas ayudas, pequeñas en apariencia, que contribuyen a limar las asperezas de esas cotidianidades que a veces adquieren una condición heroica.