lunes, 1 de enero de 2024

1984

 


De haber sido real la novela y no una ficción, estaríamos en este 2024 que hoy iniciamos en el cuadragésimo aniversario de un incidente tan turbador como inquietante sufrido por el funcionario Winston Smith. Al escribir su historia, supo Georges Orwell trazar en 1984 la cotidianidad y las contradicciones de un empleado público que cumplía en el Ministerio de la Verdad con la misión de adaptar los vaticinios del poder a la realidad, o tal vez la realidad a los vaticinios del poder, en todo caso adecuar la información, las previsiones y los balances a lo que ocurría, o lo que es lo mismo, dibujar o desdibujar esta realidad, mostrar en todo momento que el Partido acertaba siempre, que conseguía diseñar por completo la sociedad, convertida más en una serie de escenarios en provecho del poder, en beneficio de sus intereses, que en algo existente, sin importar que fuesen reales o no los contenidos de tales escenarios ficticios. En definitiva, la misión de construir la realidad o, como lo diríamos hoy, en una expresión que quizá provocase en el autor británico a la vez hilaridad y abatimiento por haber acertado en sus peores presagios, establecer un relato.

En 1984, escrito entre 1947 y 1949, fecha de su publicación, o sea, al poco de acabada la guerra mundial, cuando comenzó la expansión de la URSS y se mantenían tanto en Portugal como en España regímenes fascistas, Georges Orwell pretendía advertirnos de los peligros siempre latentes del autoritarismo y su perversa maquinaria social. Mostró bien a las claras la capacidad de manipular la realidad mediante el uso perverso del lenguaje, los cambios en la percepción de la realidad, la creación de mecanismos de control, la propia aceptación de la población de todos los cánones de opresión –no en vano, varios lustros después, Malcolm X diría que los medios de comunicación podían conseguir que se amara al opresor. Y si nos lo advertía en ese momento Orwell, cuando el nazismo acababa de derrotarse, es porque veía vigentes aún los peligros del autoritarismo.

El régimen distópico que nos describe 1984 posee rasgos del estalinismo, en plena expansión, y del nazismo, vencido. No hay que olvidar que durante unos pocos años rigió el Pacto Ribbentrop – Mólotov, firmado en agosto de 1939, un pacto de no agresión entre la URSS y Alemania. Aun cuando se trataba de dos regímenes muy diferentes entre sí, con visiones, mentalidades y prismas incluso contradictorios, compartían estructuras autoritarias y medidas que podían intercambiarse de un país a otro sin que notásemos la diferencia. Es cierto en todo caso que para escribir 1984, resulta aún más evidente en otra de sus novelas, Rebelión en la Granja, el autor pensara en el autoritarismo estalinista, aunque sólo sea por una serie de detalles que apreciamos en la novela y que nos recuerdan lo que ocurría en la URSS y el ambiente de terror y de control expandido en todos los ámbitos sociales del imperio del Zar rojo.

No obstante, no se debe caer en la simplificación, Georges Orwell no escribía desde una posición anticomunista, el suyo no era un alegato a favor de las estructuras democrática-burguesas, su posición antiautoritaria partía de una perspectiva socialista revolucionaria y libertaria, tal era su militancia. Su compromiso era sobre todo contra el autoritarismo, pero no había neutralidad ni era ajeno a la emancipación de los explotados y los desfavorecidos, claro que siendo siempre consciente de la naturaleza del poder, de todo poder, del que siempre se ha de desconfiar, aun cuando lo ejerzan los nuestros.

Y sabía bien de lo que hablaba.

Porque Georges Orwell, simpatizante en aquel momento de una pequeña organización marxista antiautoritaria británica, el Partido Laborista Independiente, había acudido en diciembre de 1936 a España a luchar en las filas del POUM contra el fascismo. Ambos partidos formaban parte de una pléyade de organizaciones y corrientes que desde la izquierda radical se mostraban críticos con la URSS y se oponían a los Procesos de Moscú de mediados de los años treinta. El POUM era unos de los partidos más activos y fuertes a la izquierda del comunismo estalinista. Además, uno de sus principales dirigentes, Andreu Nin, había estado muy vinculado a Trotsky tras la Revolución soviética, lo cual entrañó que fuera blanco de las iras de Stalin. Lo que explica en gran medida lo ocurrido en España y de lo que Georges Orwell fue testigo directo. Se salvó por los pelos, como quien dice, de ser él también víctima de las purgas en las calles de Barcelona por parte de las direcciones del PCE y del PSUC, por aquel entonces satélites de Moscú, y escribió un testimonio emocionado y amargo de esos días terribles en un libro titulado Homenaje a Cataluña.

Por tanto, 1984 es una denuncia del peligro del autoritarismo, cualquiera que sea el adjetivo que lo acompañe.



Pero el autoritarismo no es sólo un método de opresión por la fuerza, es también un modelo de represión muchas veces más sinuoso y sutil que parte de la manipulación del lenguaje, de los miedos colectivos y de nuevas formas en el sempiterno control social para imponer un consenso que no da cabida a las disidencias y ni siquiera al pensamiento contrastado. Ahora el poder autoritario no se mancha tanto las manos con sangre, incluso ha aprendido a emplear otros métodos más sibilinos.

El filósofo francés Michel Onfray ha logrado exponer de un modo detallado las características del autoritarismo a partir de la exposición de Orwell en esta novela y lo aplica a un contexto en apariencia distinto. Da incluso un paso más y recoge en su ensayo Théorie de la dictadure la tendencia actual a un modelo autoritario de nuevo cuño, o tal vez no tan nuevo, y sus pérfidos mecanismos a un contexto en apariencia democrático, el de la Europa de Maastricht que se convierte en el gran exponente del uso de tales mecanismos orwellianos sin necesidad de acudir al terror, buscando incluso la anuencia de los oprimidos. Llama la atención, y da que pensar, pero sobre todo que temer, que muchas de las características deducidas de la novela las veamos hoy aplicadas en el denominado Jardín Europeo, así lo ha calificado algún gestor de la Unión Europea. Por no faltar, ni faltan los escenarios de guerra fuera de las fronteras, en este caso las europeas, que sirven de consenso interno y que sirven para pretender mantener las hegemonías a las que el Imperio cree tener derecho.  Sus conclusiones son demoledoras y no pierden peso unos años después. Deja la misma inquietud que provoca asistir al deambular de Winston Smith en los estrechos márgenes del autoritarismo avanzado por Orwell. Asusta no poco comprobar que nuestra sociedad actual posee muchos de los aspectos descritos en su novela.

miércoles, 27 de diciembre de 2023

Los ángeles caídos, de Eleine Etxarte

 


Nos mirábamos el ombligo.

Creímos en la posibilidad de ser únicos. Cada uno en particular, en su más absoluta individualidad. No nos dimos cuenta de la soledad que ese gesto entrañaba: romper los lazos con los otros, vivir ensimismados, falsamente orgullosos de los paraísos artificiales que íbamos creando, pero que tan lejos estaban de un paraíso verdadero. Sin querernos dar cuenta, tan ciego era nuestro orgullo, levantamos muros tan altos como un nuevo Babel posmoderno y tan pretencioso como el primigenio.

También fracasamos.

Nos mirábamos el ombligo y, con ello, perdimos el gusto por lo cercano, la posibilidad de contemplar los colores de las flores, de la tierra, de los campos, el lubricán de la madrugada, la hermosura calma de los rayos atravesando las nubes, esa luga que anuncia que el mundo es bello, aun cuando no lo viéramos en la cima de nuestra vanagloria porque apenas nos ocupábamos de nosotros mismos.

Nos creímos creadores de mundos.

Pero el mundo estaba ya creado, uno solo, el nuestro, al que no queríamos contemplar, tan encerrados estábamos en nuestra vanidad. Perdimos el placer de la primera maresía, el olor de la tierra henchida, incluso el petricor que provocaba la lluvia cuando de pronto, en la canícula, caían las primeras gotas sobre nuestros caminos empedrados. No supimos apreciar lo que existía ante nuestros ojos. Cegados de soberbia, de ambiciones nulas, ebrios de jactancia y suficiencia.

Perdimos nuestras alas, pero sobre todo perdimos nuestra mirada.

Cuando estuvimos en la cima de la más alta atalaya, descubrimos el horror de nuestra pequeñez. Vimos ríos de humanos que avanzaban en los cauces construidos entre edificios gigantescos. Vimos la tristeza de seres encerrados en sus reductos mínimos, pegados unos a otros, enormes colmenas para hombres y mujeres que vivían solos en compañía. Vimos el sin sentido, el absurdo, la conquista fatua sobre el tiempo inapelable.

Qué hermosas son nuestras ruinas, sin embargo.

Nos mirábamos el ombligo y eso nos convirtió a cada uno de nosotros en una nueva versión de Caín. Vagamos desde entonces, tras descubrir ante el espejo nuestra condición de desterrados, arrastramos la culpa por los caminos, sin entender la razón de tal condición de, a la vez, expulsados y protegidos.

De las ruinas también resurge la belleza, susurramos esperanzados. Lo importante tal vez sea el camino, nada más.

Queremos creerlo. Aunque tal vez seguimos en la actitud de mirarnos al ombligo.

 


jueves, 23 de noviembre de 2023

La vivienda


 

Puede que sea pronto, según las normas no escritas de la cortesía política, para lanzar los primeros dardos de la crítica, aunque a estas alturas ya muchos tenemos la experiencia suficiente como para tomar distancias, o no, respecto a qué partidos, qué gobiernos, qué políticos. Se deja engañar quien no tenga memoria o vivencias bastantes, quien sufre de candor, ingenuidad o incluso de una bobería fruto de la llaneza de espíritu, o tal vez sea simple interés a que las cosas no cambien, entiéndase a mejor. Puede también que se trate de un mero desliz, una de esas afirmaciones inoportunas que se formulan sin pensar, o sin pensar lo suficiente, aunque reflejan, qué duda cabe, una toma de posición, una sensibilidad que se dice ahora.

Que la recién nombrada Ministra de la Vivienda, Isabel Rodríguez, haya dicho en sus primeras horas, casi minutos, de la toma de posesión de su cargo que «defenderemos a los pequeños propietarios» deja cierto remusguillo a posición tomada, y no en favor de una inmensa mayoría, todo hay que decirlo, y no porque los pequeños propietarios puedan no tener sus problemas, sus preocupaciones, sus derechos, pero en un país donde el acceso a la vivienda alcanza, aun cuando no se presente así, se evite la formulación, niveles de verdadero problema, asusta no poco semejante declaración.

Porque los precios empiezan a ser inalcanzables para buena parte de la población, los precios de venta y los precios de alquiler. Que en muchas ciudades los alquileres no bajen de los mil euros, novecientos como mucho, cuando el salario mínimo supera en poco los mil euros, esos mismos mil euros, eso cuando el contrato sea de jornada completa, en un momento de altísima inflación, en competencia también con los pisos turísticos, y que en consecuencia muchos barrios se vayan vaciando por la expulsión de sus vecinos o la imposibilidad de acceder a ellos por jóvenes o recién llegados, o que obliguen a mucha gente, y no sólo jóvenes, a tener que compartir piso, tener que, como obligación, por mucho que se saquen de la manga modas posmodernas de repartir por afición el espacio de un apartamento y sus gastos, que no es voluntario, sino necesidad, pudiera llevar a matizar quien es la parte más débil en este estado de cosas.

Claro que no es un problema de ahora, sino que ha sido algo latente en muchos momentos. Así lo ha reflejado la literatura, muchas veces empeñada en traer a colación la intrahistoria, la vida cotidiana. Inolvidable resulta la novela de Rafael Azcona El pisito, escrita en 1957 y que dos años después trasladaban al cine Mario Ferreri e Isidoro M. Ferry. El propio autor de la novela comentó que se basó en un caso real leído en la prensa, el matrimonio de un inquilino con la anciana propietaria del apartamento para así asegurarse la vivienda en el futuro. En 1962, la novelista valenciana Concha Alós publicaba Los enanos, ahora recuperada por la editorial La Navaja Suiza, que cuenta la vida en una pensión donde comparten espacio unos personajes que sueñan, muchos de ellos, con adquirir el deseado piso que les permita avanzar en el anhelo de mejorar, salir tal vez de la pobreza y sentirse clase media, aunque nadie sepa muy bien qué es eso de la clase media.

Por tanto, un problema que perdura en el tiempo, de allí que a veces se considere que es algo natural, como las flores en primavera, que la vivienda sea inaccesible bien porque la población es pobre, antaño, o la vivienda es cara hasta el exceso, hogaño. Siempre habrá pobres, se dice a veces como justificación de la omisión de políticas que resuelvan este problema. Siempre será cara la vivienda, afirmarán hoy, aun cuando lo caro no es construir vivienda, sino su especulación. Mientras, se engrandecen los casos de impagos, ocupaciones, maltratos a la propiedad u otros abusos, que son en todo caso bien minoritarios, periféricos, una buena parte de los arrendatarios hacen encajes de bolillo por mantener los pagos a tiempo.

No entramos en formulaciones legales sobre el derecho constitucional a una vivienda digna, que es tema de leguleyos que admite, ya se sabe, interpretaciones varias.

Ha habido, sí, intentos desde varias administraciones de resolver el entuerto, admitamos las buenas intenciones, pero al final han quedado en aguas de borraja, bien por incapacidad, imposibilidad o mera adaptación de los políticos bienintencionados a acuerdos, oportunidades (oportunismos), bien por esa filosofía de andar por casa que se basa en la expresión es lo que hay, muy común por estos lares y que refleja bien a las claras el fatalismo hispánico.

Sobre todo el cine está aprovechando el filón del problema, que recoge como tema central o tangencial la cuestión. Mientras, seguimos a la espera de ver resuelto el problema y que la ministra nos demuestre que lo suyo ha sido un mero desliz.

 

 

miércoles, 18 de octubre de 2023

Adania Shibli

 


Todo empezó el año pasado a raíz de la invasión rusa a Ucrania. La reacción europea contra la agresión rusa conllevó, entre otras delicias, la suspensión de un curso sobre Dostoievski en la Universidad de Milán y que la Filmoteca de Andalucía quitara de su programación la película Solaris de Tarkovsky. Se propuso incluso derribar la estatua del escritor ruso en Florencia, disparate este que por suerte no contó con la anuencia del alcalde de la ciudad, que en un arrebato de sentido común tan escaso en el jardín europeo vio claro el catetismo de este despropósito, por decirlo de un modo suave.

Este año, ante esta nueva fase del conflicto entre Israel y Palestina con una nueva masacre en marcha, la Feria del Libro de Frankfurt ha cancelado la concesión de un galardón a la escritora Adania Shibli, autora de la novela Un detalle menor, ambientada en 1948 en la tierra hoy de nuevo ensangrentada. El director de la feria lo justifica alegando la condena al atentado sangriento de Hamás. Poco importa que Adania Shibli, palestina ella, en efecto, nada tenga que ver con la organización reaccionaria, como tampoco tiene que ver con el fundamentalismo la mayoría de los habitantes de Gaza ni los muchos manifestantes que han reaccionado a esta situación, aun cuando haya quienes vean en estas concentraciones una llamada a la Yihad que sólo existe en unas mentes que amparan un discurso cerrado de bloques, el nosotros y el ellos, que invocan pagar los muertos con más muertos, da igual de donde salgan los mismos.

Es evidente que está reacción sin sentido contra la cultura es apenas una anécdota menor ante la catástrofe de la guerra y el ataque encarnizado contra los civiles, que al final, como en Ucrania o como en cualquier otra parte, son los que sufren las decisiones ajenas, las de los Estados, las de los dirigentes que se arrogan la representatividad, las de los intereses comerciales de la industria de la guerra, que son al fin quienes sacan tajada de todo esto. Quizá porque la cultura es uno de los pocos ámbitos de sensatez que caben ante tanto disparate criminal.

Lo de hacerle pagar a Dostoievski el desatino de ocupar un país, cualquiera que fueran los argumentos esgrimidos, y bombardear un territorio, por tanto a una población civil, es una majadería en toda regla, una patochada, un absurdo que refleja bien a las claras una mentalidad cuanto menos estúpida. El que se suspenda la concesión del galardón sólo porque la autora en cuestión sea palestina supone legitimar a su vez un ataque desproporcionado e injusto a una población que no es responsable del atentado, bastante tiene con sobrevivir en su situación. Las instituciones culturales, en vez de ser puente y permitir la comunicación y el conocimiento, toman partido por la barbarie.

No he leído Un detalle menor, publicada en España por Hoja de Lata, ni siquiera conocía a esta autora, pero sin duda el (mal) gesto de la cancelación es una invitación para leerla, como habría que leer a los autores israelíes, sin duda más interesantes para conocer la realidad que los discursos llenos de odio de parte de los dirigentes políticos y militares locales. O de los silencios cómplices esparcidos por el mundo. Ha quedado claro una vez más que quienes fomentan las guerras no sólo asesinan, también pretenden silenciar las voces que explican las intrahistorias de los pueblos. Da igual de que bando sean.

jueves, 21 de septiembre de 2023

Idiomas

 


Decía Unamuno que un español culto debía por lo menos entender el portugués y el catalán, y sugería que conociese algunas de las lenguas españolas, además de la oficial y de la lengua vecina.

No es mala idea cuando de nuevo la cuestión de los idiomas vuelve a saltar a la palestra tras la aprobación de que se puedan utilizar las lenguas cooficiales en el Congreso, esto es, las lenguas de aquellas Comunidades que las ha reconocido legalmente, utilizadas en la administración e introducidas en los respectivos sistemas educativos. No son todas las que hay, porque además existen otras, a medio camino entre idioma o dialecto, las fronteras son a menudo difusas, en algunos casos consideradas lenguas protegidas –el asturiano, el aragonés, el asturleonés, el extremeño– o en otros situadas en un limbo, como el portugués hablado en la raya de Cáceres y Badajoz, la gacería o el caló, lengua esta última olvidada de pleno porque pesan siempre los prejuicios, parece ser.

El primer debate del Congreso con posibilidad de emplear las lenguas cooficiales tuvo momentos muy esclarecedores. Los representantes de Vox, que tienen como una de sus señas de identidad el patriotismo español, marcharon de la Cámara en cuando se escuchó las primeras palabras en lengua distinta a la castellana o española. Parece ser que en su España tan amada como idealizada no caben los otros idiomas, da igual que existan o no. El PP se opuso también, pero permanecieron en el debate, aun cuando no se pusieron el correspondiente pinganillo. La nota de color la puso su representante Borja Sémper, que utilizó el vasco, aunque fuera para criticar tal uso, en un guiño que nos recuerda en su momento la oposición del PP a la reforma legal para permitir el matrimonio homosexual, que pese a todo se aprobó, y cuya oposición, pese a todo, no fue óbice para que muchos dirigentes del partido acudieran a la boda de Javier Maroto, dirigente del PP, con un hombre tiempo después de la referida votación. Política de hechos, lo llaman.

De este modo, las tres lenguas cooficiales, el gallego, el vasco y el catalán, las utilizaron las formaciones nacionalistas, con lo que no nos quitamos esa idea de que dichos idiomas son en buena medida una parte de las reivindicaciones soberanistas, y no una realidad que debiera estás más o menos asumida. Esto es, nos mantenemos en la politización de las lenguas, que invade, tal vez debiera decirse más bien que contamina, la filología. Hay quien reclama desde ciertas posiciones afines al PP que el valenciano es idioma distinto al catalán, lo que defendía el blaverismo de antaño, e incluso en algunos carteles y servicios aparece diferenciado, como si el reconocimiento de ser una misma lengua supusiera la pertenencia a una misma comunidad política, y así dando a la variedad título de lengua. Con dicha lógica debiéramos reconocer al andaluz la condición de idioma. En su momento el filólogo Joan Fuster llegó a solicitar que se recuperara el nombre Llemosí para denominar a la lengua hablada en Cataluña, Valencia y Baleares.

El uso de las otras lenguas en el Congreso y en el Senado tiene un simbolismo sin duda necesario o importante. Positivo, sin duda, porque parte de un reconocimiento social e institucional. Claro que también puede llegar a ser engorroso, ralentiza el trabajo, obliga a tener un servicio de interpretación cuando todos los miembros del Parlamento hablan el castellano. Es una situación diferente la de España a la de Suiza o Bélgica, por ejemplo, donde no hay cooficialidad, sino que cada cantón o las regiones tienen un único idioma, sin que la población pueda llegar a saber, ni está obligado a ello, las otras lenguas del país.



Quizá el paso debiera ser el reconocimiento de dichas lenguas como idiomas también de Estado. Obligaría a que toda la documentación oficial se tradujera para su entrada en vigor. Un gasto, dirán algunos, pero es lo que tiene la pluralidad. Al fin y al cabo se asumen otros gastos sociales imprescindibles para la buena marcha de la sociedad.

Y no quiero ni pensar qué ocurriría si se plantease el reconocimiento del caló, por justicia y acto de desagravio hacia la comunidad gitana, o se tuviera en cuenta otros idiomas aportados por las comunidades inmigradas a España. Se abriría todo un melón, que se dice ahora.

domingo, 6 de agosto de 2023

Declives

 


Lo comenta Irene Vallejo en El infinito en un junco, una de las consecuencias del declive del imperio romano fue el descenso de encargos que recibían los copistas, cuya función era la reproducción para la correspondiente difusión de los escritos literarios y reflexivos que se acumulaban en bibliotecas privadas y públicas. Estas últimas, las públicas, las organizó Roma de un forma que intentaba emular la red creada por el mundo griego. El modelo ideal, a todas luces, fue la Biblioteca de Alejandría, que pretendió recopilar todo el saber del mundo. Pero en el siglo V d. C. la crisis profunda social, política y económica colocó el interés por la cultura en un segundo plano. No sólo se saquearon muchas bibliotecas y se destruyó su contenido, sino que se desatendieron muchas de ellas, sin duda debido también a la pérdida de interés por las muchas materias contenidas en aquellos pergaminos.

No en vano, nos lo cuenta la autora del libro mencionado, el historiador Amiano Marcelino se quejaba del abandono cada vez mayor de la lectura seria, y por ende, imagino, de la curiosidad por los saberes. No es casual que por entonces las ciudades, que siempre son centros de cultura e investigación, de intercambio y difusión cultural, redujeran sus habitantes de un modo brutal. Fueron malos tiempos, sin duda, con una administración debilitada, enormes amenazas en ciernes, miseria extendida –¿qué época no la sufrió?– y sin duda una superficialidad que se expandió por toda la sociedad.

Podríamos pensar que las crisis sociales traen consigo una pérdida de interés y de la actividad cultural, aunque no es así. La primera mitad del siglo XX fue un ejemplo de crisis absoluta, se desmoronaba la Europa decimonónica y hubo dos guerras mundiales, pero qué duda cabe que se vivió un auge cultural más que notable. Coincidieron en Europa muchas corrientes estéticas, hubo un enorme interés por el arte africano y por la filosofía oriental, al tiempo que la enseñanza se extendía a las capas desfavorecidas de la sociedad. En España se vivió una edad de plata de la cultura y entraron en contacto la literatura de las dos orillas, tras un largo periodo dándose la espalda. Todo ello en un momento de enorme violencia, crisis económica y desasosiego generalizado. Cuando además asistimos en el continente a la barbarie en su grado máximo.

A veces aterra esa coincidencia en un mismo espacio y en un mismo tiempo de lo sublime y lo terrorífico.

Por otro lado, ese interés cultural fue siempre minoritario, quedaron al margen, por razones varias que sería largo describir, muchas capas sociales, a menudo preocupadas más por la mera supervivencia.

Otro factor incidió en aquella crisis del Imperio Romano, el cristianismo se convirtió en religión oficial y, con ello, esta religión se transformó sin duda por completo. En 529 Justiniano prohíbe a los paganos dedicarse a la enseñanza. La Academia de Atenas, que se remontaba a Platón, acaba desapareciendo. Se persigue cualquier idea que se considerase contraria al cristianismo, en una interpretación que es más política que religiosa. El poder empleó también esta religión como argamasa que legitimara sus políticas. No obstante, al mismo tiempo, serán los monasterios los ámbitos donde se conservó la cultura, se mantuvieron no pocos pergaminos que se copiaron en sus estudios y se reflexionó sobre sus contenidos.



Algunos siglos después de aquella caída del Imperio Romano se impuso la idea de progreso y de que la expansión de la educación y de la cultura permitiría sociedades más libres y democráticas. Sin duda, hay una base de verdad en ello, una sociedad sin valores ni referencias, sin debate, no podrá ser una sociedad libre. Pero qué duda cabe que una sociedad culta, con una tradición riquísima en expresiones culturales, no está exenta de la barbarie. Volvemos al siglo XX, a Europa Central, a la brutalidad más tremenda. En el mismo libro de Irene Vallejo encontramos una cita de Walter Benjamin: «No hay documento de cultura que no lo sea al mismo tiempo de barbarie».

Lo dicho, hay un elemento discordante en el género humano, una dicotomía entre polos opuestos que vuelve difícil la comprensión de los mecanismos no siempre claros de toda sociedad. Efecto de las complejidades, tal vez.

Asistimos en nuestro tiempo, por su parte, a un desinterés por la cultura, o por lo menos a una notable infantilización de la sociedad. Hemos asistido en España, por ejemplo, en los últimos meses a dos campañas electorales que se han caracterizado por los discursos huecos, por la inexistencia de mensajes ni contenidos, por la repetición de lemas que, salvo excepciones, se extienden a todas las opciones. Es consecuencia de una demanda nada exigente, nos dicen, la despreocupación por lo público y su consecuencia en el correspondiente debate por parte de la población general conduce a ello. Pudiera ser. Aunque pudiera responder a intereses de las propias élites. Quizá en otras épocas tampoco fuera diferente, tal vez idealicemos el pasado frente al desconsuelo que produce el presente. Pero hay algo de ese fin de época que nos acerca a otros declives. O por lo menos los recuerda bastante. Por ejemplo a esa decadencia romana que nos describe Irene Vallejo al final de su ensayo, un libro que a todas luces habla de nosotros mismos, herederos seguro, también contemporáneos.

domingo, 9 de julio de 2023

Las fronteras de dentro

 


Las fronteras no son sólo los límites de los Estados, las líneas más o menos reales o ficticias que marcan los confines de los países, establecidas siempre por leyes, convenios y acuerdos que a menudo resultan de conflictos armados, guerras que provocan muertos –aunque muchas veces las fronteras estables y ordenadas los siguen provocando, demasiados muertos siempre, sin necesidad de declarar la guerra–, y que en ocasiones son fuente de tensión, de discusión, aunque hay rencillas que han quedado en el olvido, que ya no crean tensiones, las vemos como límites normales entre Estados.

Por ejemplo, España tiene varios tipos de fronteras. Unas son exageradas, duras, defensivas: las fronteras de Ceuta y Melilla, convertidas ahora en la frontera sur de Europa, con concertinas durante un tiempo en lo alto de las vallas, sustituidas ahora por barrotes, y fuerte presencia policial. Nada tiene que ver con éstas la frontera de Olivenza, territorio reivindicado por Portugal, país que no reconoce el trazado fronterizo actual, aunque ya dé igual, no existe presencia policial, ambos Estados son firmantes del Tratado de Schenger, sólo la falta del cartel anunciador de que se entra en Portugal indica que algo hubo hasta hace bien poco. Algo parecido ocurre con la frontera del Bidasoa, afectada por varios conflictos –la ocupación de Navarra por Castilla, en 1512, la guerra Hispano Francesa entre 1635 y 1659 y que terminó con el Tratado de Westafalia, la Guerra de Independencia entre 1808 y 1814–, con esa curiosa Isla de los Faisanes cuya soberanía es compartida entre Francia y España. El nacionalismo vasco reivindica, por su parte, la unidad de un País Vasco dividido entre los dos Estados. Hay lugar también a cierto absurdo, como la de la localidad de Riohonor de Castilla, en Zamora, o Rio de Onor en la región de Trás-os-Montes, una misma localidad dividida entre dos países.

Existen también las fronteras asépticas de los aeropuertos, con una zona que no pertenece al país donde estén ubicados, pura ficción, y que suelen ser accesos fríos, parecidos unos a otros, incómodos a pesar del diseño.

Pero las fronteras de las que habla José Miguel Aragón en su libro de relatos Las fronteras de dentro son bien distintas, están formadas por tópicos y prejuicios, por desconocimiento y temores, aparecen en la cotidianidad, a menudo por hechos intrascendentes que dan luz a personas que no son de aquí, no las reconocemos muchas veces, ni los vemos a veces, o las reconocemos de repente, casi por casualidad. Las suyas son historias sencillas, rutinarias, personas con quienes se cruzan todos los días o con las que compartimos espacios –un edificio de viviendas, un equipo de fútbol, una biblioteca, un lugar festivo o vacacional– y tras las cuales, de pronto, discernimos una historia más intensa, profunda y a menudo dolorosa.



José Miguel Aragón se refiere sobre todo a un grupo concreto de emigrantes, los que llegan a la península saltando las vallas o en patera, que deambulan sin papeles, viven una situación irregular, con trabajos sin contrato, cuando consiguen un trabajo, o venta callejera, los Top-manta, el autor los conoce bien a partir de su actividad en la Asociación El Olivar de Madrid, que presta ayuda y techo a algunos de ellos.

La inmigración en España se ha convertido en debate público y tema de campaña electoral. No siempre para bien, el debate se ha enredado de tal forma que se asocia inmigración con inmigración irregular o, peor aún, con delincuencia. Aunque sí, también hay personas extranjeras, entre ellas algunos sin papeles, que delinquen, no hablamos de héroes de cine o de santos sempiternos, no son, al fin, ni mejores ni peores que la gente local, pero ciertos planteamientos oportunistas, interesados y alarmistas quieren dar una visión catastrofista, cuasi terrorífica, aun cuando los que delinquen sean los menos. Mientras, en los cultivos, los servicios y las obras miles de personas inmigradas ejercen sus labores con absoluta normalidad, cualquier cosa que sea esto de la normalidad. La realidad, en consecuencia, admite varias tonalidades, lo que nos lleva a no asumir ni un discurso buenista ni la constante acusación malintencionada de una inmigración siempre conflictiva. Esta evidencia, en todo caso, nos fuerza a plantear el tema en claves de absoluta equidad.

Mientras, los relatos de Las fronteras de dentro nos pueden ayudar a una mirada diferente a la que, por desgracia, se nos impone en estos tiempos aciagos.