miércoles, 8 de febrero de 2023

Soylent Green

 


Cincuenta años han pasado desde la realización y estreno de Soylent Green y aterra pensar que la cinta, dirigida por Richard Fleischer, con guion de Stanley Greenberg basado en una novela de Harry Harrison, apunte a que su vaticinio se esté cumpliendo en la realidad de forma estricta, en algunos aspectos incluso de un modo cuasi preciso. Quizá no veamos en nuestro presente escenas como las que describe la cinta, aunque hayamos llegado al tiempo de la película, Nueva York no ha alcanzado los cuarenta millones de habitantes ni parece, al menos a primera vista, que la cotidianidad se muestre tal cual vemos en los sucesivos fotogramas. Pero esto apenas es una minucia si tenemos en cuenta que sí es real el calentamiento global del que se habla, sí que existe una crisis medioambiental de envergadura y sí que hay millones de hombres y mujeres atisbando la posibilidad de cruzar fallas que ejercen de fronteras, en nuestro caso no entre barrios, pero sí entre países.

Aterra pensar que avancemos hacia un escenario de crisis alimentaria que deje a una mayoría sin alimentación, que lo que ahora comemos con cierta normalidad se convierta en los próximos años en manjares para unos pocos, los más ricos, cada vez más ricos. Pero aterra todavía más que el desenlace de la película, el resultado de esa investigación del detective Robert Thorn, interpretado por Charlton Heston, ayudado por Sol Roth, encarnado por Edward G. Robinson, ya no suene como un despropósito, algo lejano si no imposible, ni siquiera como un argumento estrafalario, estrambótico, sino que, aun cuando ficticio, no nos extrañaría lo más mínimo que llegara a pasar.

La realidad supera la ficción, afirmó Oscar Wilde con razón, al fin y al cabo hay aspectos que aparecen en las novelas 1984, de Georges Orwell, o Un mundo feliz, de Aldous Huxley, que son de una rabiosa actualidad. Así que cómo no vamos a pensar en la posibilidad de un escenario no muy distante al que se plantea en Soylent Green, sin necesidad de alcanzar las anécdotas más escabrosas, vistas como metáforas de lo que está por venir. Tampoco hubiéramos imaginado vivir lo que se cuenta en ficciones de pandemias y lo hemos visto, nos hemos asomado a las ventanas de nuestras casas para contemplar la desolación de las calles, aunque sea unas imágenes que se van diluyendo a pasos agigantados, como se olvidan en estos tiempos sinuosos, líquidos o lo que fueren todo hecho real, ni dos telediarios que se suele decir. Curioso: recordamos las películas, olvidamos la realidad.

Volver a ver Soylent Green ahora, en el tiempo de la película, pero mucho después de su estreno, o años después de haberla visto por primera vez hace tanto tiempo que ya apenas se la recuerda, una más de tantas películas que indujo a pensar en el mundo que estaba por venir, estremece porque ahora no es una posibilidad lejana, sino algo que empieza a sonar más de lo que sería oportuno, conveniente y aconsejable. Existen las grandes corporaciones. Se dan los síntomas. Acaecen las catástrofes. Las advertencias, aunque vengan por medio de la ficción, caen en saco roto. Volvemos a lo mismo si no peor, al mismo sistema prolífico, a una productividad desaforada, al exceso lucrativo, el crucero o la devastación de los pocos espacios verdes mientras nos venden parches ecourbanos que apenas ocultan que la fiesta continúa, aunque la resaca, esta vez, pudiera ser mortal.

En la versión española, por cierto, recibió otro título: Cuando el destino nos alcance. Tampoco estuvo tan desencaminado el cambio.

domingo, 29 de enero de 2023

Marin Ledun

 


¿Hasta qué punto la realidad en unas sociedades complejas como las actuales resulta comprensible en todas sus dimensiones?¿Puede la manipulación, el miedo o los rumores interesados empañar la verdad, hasta el punto de que lo mejor es no saber, mantenerse al margen, si es que es posible mantenerse al margen en algo sin que esta actitud sea al fin un modo de asumir las verdades hegemónicas, a menudo incuestionables, el que calla otorga, aun cuando debieran  éstas ponerse en solfa?¿Quién se equivoca y quién tiene razón cuando los argumentos escapan de todo control e incluso cuando las razones más absurdas se vuelven motivos de peso?¿En qué momento nos convertimos en parte del problema y no en valedores de soluciones?

Son algunas de las preguntas que genera la lectura de L´homme qui a vu l´homme, del autor francés Marin Ledun, publicada en 2013. Tales cuestiones son en gran medida el tema de la novela, lo que importa por encima de la trama, en una historia que no nos deja indiferentes porque parte de un conflicto que nos afecta directamente, que lo hemos vivido en la parte sur de los Pirineos, aunque los hechos que se narran suceden al norte de los Pirineos, y que nos han afectado hasta hace bien poco. Lo cual determina sin duda la lectura del libro.

La novela parte de un secuestro, el de una persona vinculada a ETA, aunque no tengamos claro si sigue su militancia en el momento de su desaparición, pero forma parte de un modo u otro de su entramado. El lector conocerá desde el inicio del relato que a los secuestradores se les va de las manos la tortura infringida y muere el secuestrado, comenzando una enrevesada investigación por parte de dos periodistas que se irá complicando porque desde el principio habrá rumores, manipulaciones, amenazas, declaraciones formales, declaraciones interesadas, puntos de vista, justificaciones, intereses velados, todo ello bajo una de esas galernas del Cantábrico que destaca más durante el relato por su simbolismo que por sus consecuencias físicas.

A medida que avanzamos en el thriller nos confrontamos a los hechos, pero los mismos no crean certezas, sino que nos descubre lo difícil que resulta entender y asumir la realidad. Tal es el tema. Poco importa la cercanía del conflicto, es más: la cercanía cercena nuestra objetividad, al fin y al cabo muchas veces vemos la realidad según nuestra propia posición o nuestra forma de ser o de pensar. Tampoco la distancia ayuda en la comprensión, puede parecer más fácil tomar partido, pero no lo es, siempre se imponen los intereses, los prejuicios, las distintas tomas de posición, las ideologías. ¿Acaso es fácil con la guerra de Ucrania y el sinfín de intereses que hay detrás? Intentar simplificar un conflicto tampoco permite dilucidar la cuestión, más cuando sabemos, o deberíamos saber, que ninguna de las partes es inocente.

Pero luego están las mentiras evidentes, las de las armas de destrucción masiva con que se legitimó la segunda guerra de Irak, por ejemplo.

Incide que los argumentos se simplifican hasta el ridículo en estas sociedades complejas nuestras. Puede que sea algo pretendido, que se busque tal hecho para neutralizar las reacciones y las posibles actitudes críticas. Al final, nos parece como a Iban Urtiz, uno de los periodistas de la novela de Marin Ledun, que todo el mundo habla mediante enigmas. Léase los diversos intervinientes en el conflicto.

Una vez más la literatura nos confronta a los mecanismos de comprensión de lo que nos envuelve. La cuestión es tal vez saber si la realidad es la verdad, si ambos conceptos tienen que ver al mismo tiempo con un mismo hecho o si son conceptos desvinculados entre sí, aun cuando sospechemos, lo intuyamos, que lo real tiene algo que ver con lo cierto. Aunque todo indica también que se mata y se muerte por las interpretaciones de lo real, lo cual complica todavía más el problema. Porque tal vez se muera y se mate para nada.

sábado, 14 de enero de 2023

Yasmina Khadra

 


¿Es posible mostrarse equidistante ante los diferentes bandos de un conflicto?¿Y neutral, podemos mantenernos en una actitud de neutralidad cuando el conflicto conlleva tanto el enfrentamiento como un estado de violencia desatado y cruento?¿Hasta dónde llega la necesidad de entender lo que ocurre, lo bueno y lo malo de cada bando, las razones que esgrimen, sin que esa necesidad de entender suponga justificar?¿La equidistancia conlleva siempre debilidad?¿Y el neutral acaba siempre dando la razón al que ejerce el poder aunque solo sea por no querer pronunciarse ante las fallas de un conflicto? Por lo demás, ¿es legítima la equidistancia?¿Y la neutralidad?

Por otro lado, ¿es posible la equidistancia cuando además uno está inevitablemente implicado por pertenecer a cualquiera de los grupos humanos en conflicto, al fin y al cabo esa pertenencia no es algo que dependa de nosotros, no elegimos nacionalidad ni raza ni grupo social o cultural?

El escritor argelino Yasmine Khadra plantea en su novela L´attentat (2005), publicado en castellano por Alianza Editorial, muchas de estas cuestiones. Su protagonista, Amine Jaafari, es un médico de éxito, un cirujano afamado de un hospital de Tel-Aviv. Es árabe, posee la ciudadanía israelí, forma parte de la élite profesional del país, vive con desahogo en un barrio bien de la ciudad. Está casado, lleva una vida cómoda, viaja y cuenta con estrechas amistades bien situadas en varios estamentos del país. Parece que el conflicto que afecta a la región le es hasta cierto punto ajeno más allá de las incomodidades en los controles y los check-points debido a su etnia, lo que no parece afectarle en su cotidianidad. Parte, eso sí, de su condición de médico, por tanto de persona que por oficio ha de sanar y cuidar la vida como valor supremo, su principal axioma, su punto de partida para entender la realidad. Hasta que su esposa se convierte en una terrorista-kamikaze en una acción que sesga la vida de los clientes de un restaurante, varios de ellos niños. Necesita entender Amine Jaafari las razones que han llevado a Sihem a cargarse de bombas y realizar esa acción salvaje, a asumir una militancia que él ni siquiera conocía y confrontarse al conflicto que hay detrás de ese atentado, de la muerte de su esposa, lo que no entraña justificar, pero que lleva al cirujano a darse de bruces con un mundo para él desconocido, brutal, muchas veces rechazable, pero también con razones que explican y vuelven visibles otras violencias e injusticias.

Cualquier lector realizará sin duda el mismo viaje emocional, anímico y racional del protagonista, sobre todo si el acercamiento se lleva a cabo, en la medida de lo posible, sin los posibles prejuicios que uno pueda tener a la hora de acercarse a este conflicto concreto. No es baladí señalar que estamos en un momento en que parece que hay siempre que tener una opinión clara y definida sobre cualquier asunto y que las opciones se estrechan a dos únicas gamas de grises, o defiendes a unos o defiendes a los otros, y cualquier puntualización o duda te convierte de inmediato en lo opuesto. Además, la distancia física en que nos situemos tenderá a que lo veamos todo con mayor simplificación.

La lectura de esta novela debería acompañarse con la del ensayo de Amín Maalouf Las cruzadas vistas por los árabes, aparecido en 1983, que nos acercará a otra visión de otro momento histórico, pero muy relacionado con lo que ocurre hoy en la región. En aquel tiempo, además, hubo grupos que sufrieron el hecho de no estar correctamente encuadrados con ninguno de los grandes bandos del conflicto, judíos y cristianos ortodoxos se vieron interpelados y cada uno de esos grandes bandos los acusaba de estar al servicio del otro.

A menudo la realidad es compleja y no admite simplificaciones que desdibujarían las conclusiones a las que podemos llegar. La experiencia de Amine Jaafari, aunque sea ficticia, una realidad literaria, nos permitirá comprender, vía intrahistoria, muchos de esos pormenores que se nos escapan con el mero análisis de la realidad. Ayudará a responderse  las preguntas del principio.

domingo, 1 de enero de 2023

Zorrotzaurre

 


El paseante descubre cuando deambula por Zorrotzaurre, convertido el pequeño rincón de Bilbao en una isla en medio del Nervión, una plazuela que se abre entre los números 57 y 59 de la Ribera de Deusto que lleva el nombre de Yolanda González. Es un espacio discreto, rodeado por casas con miradores, una construcción muy propia de la Villa, en general de las ciudades del norte, y que tiene unos plataneros ahora mismo sin hojas, como desnudos, en medio de la plazuela. Es un lugar apacible y al margen de ajetreo que envuelve el lugar, en fase de regeneración, dicen, quién sabe si en pleno proyecto megalómano, propio de las zonas postindustriales, Bilbao tampoco es una excepción en esta fiebre de muchas ciudades por transformarse, de tan luminosas y refulgentes, en parques temáticos, amables para el visitante, proscritos para aquellos vecinos, nuevos o de toda la vida, que no se adapten a las exigencias sociales de las nuevas urbes. Pero esto, tal vez, sea otra historia.

En todo caso es un detalle bonito darle su nombre a la plazuela, un homenaje a Yolanda González, una joven destinada a ser una protagonista anónima de la historia, una más, quien sin duda vivió con intensidad aquellos años de transición. El ayuntamiento acordó darle su nombre al lugar en enero de 2016, varias décadas después de su asesinato, cometido en febrero de 1981, recién cumplidos sus veinte años. Era de Deusto, donde vivió hasta que se trasladó a Madrid para estudiar electrónica, trabajar y militar en una corriente del trotskismo, en plena efervescencia política. Sus asesinos, militantes de la extrema derecha, la eligieron por vasca y por revolucionaria. El carácter político del crimen no añade ni quita horror al hecho fundamental del asesinato, siempre execrable.

Está bien que se recuerde su nombre, como se recuerda el de hombres y mujeres que estarían destinados al olvido absoluto si no hubiera un lugar que los evoca. Aunque sea de un modo modesto, como es el caso. Al fin y al cabo perteneció a una de esas familias obreras que convirtieron no obstante Bilbao, desde su anonimato, en uno de los principales focos productivos del norte. La ahora isla, en plena ría del Nervión, formó parte de ese paisaje industrial, sobre todo en la década de los sesenta y setenta, con numerosas empresas en su propio suelo, pero también cerca de los Altos Hornos de Vizcaya, más al norte, a la altura de Barakaldo y Sestao, de varios astilleros y acerías en su entorno y el mismo puerto ubicado entonces en el mismo Bilbao, trasladado después buena parte de su actividad a Santurce, en el estuario de la ría. La Villa tenía entonces una atmósfera plomiza, cargada de humos y grises las fachadas. Tampoco el ambiente le iba a la zaga, estaba enrarecido por la incertidumbre de un periodo confuso, con una crisis económica profunda, desatada una violencia política casi sistémica y la droga afectando en los barrios a numerosos jóvenes y a sus familias.

Fue aquel Bilbao el reflejado en las películas El pico, de Eloy de la Iglesia, o en Salto al vacío, de Daniel Calparsoro. Pero la ciudad no fue sólo ese ámbito de marginalidad brutal, ni el campo de experimentación política que a veces parecía ser, sino que resultó ser también el escenario de vidas rutinarias de unas personas que bregaban por salir adelante, entre la confusión y el desencanto, como lo refleja Pedro Ugarte en su novela Una ciudad del norte.



Ese Bilbao duro, bronco, desapacible y escéptico, con su paisaje gris, parece haber pasado a la historia, aunque sigue estando presente en la aspereza de muchos de sus barrios, aun cuando se hayan suavizado sus formas. Pero es también verdad que resulta irreconocible, quien no haya vuelto en cuarenta años a la Villa se va a encontrar con otra cosa.

Ahora mismo Zorrotzaurre está patas arriba, en plena trasformación, en obras. Comienzan a ubicarse en la isla empresas y centros tecnológicos, va a ser también zona residencial y de ocio. Hay quien compara ya el resultado con un Manhattan bilbaíno, a todas luces una de esas exageraciones un tanto fuera de lugar, muy propias de la fanfarronería que se atribuye a su población, pero es también cierto que se está poniendo a Bilbao en el mapa de las urbes de referencia. Claro que al igual que ocurría con los emperadores romanos, habría que colocar a alguien como voz de la conciencia colectiva y que recordase de vez en cuando que de éxito también se muere.

jueves, 22 de diciembre de 2022

El jardín europeo

 


Es curioso que el escándalo haya pasado a un segundo plano con tanta rapidez. La sospechas de corrupción en el Parlamento Europeo, promovida por Catar, según investiga un juzgado de Bruselas, no parece baladí. Ha quedado sin embargo en la penumbra, a la sombra del propio mundial de fútbol, en un Catar que no es un modelo de derechos sociales mientras que no se deja participar a la selección rusa por la invasión de Ucrania, aquí es posible el boicot, mientras participa Arabia Saudí, que bombardea impunemente Yemen, o a la sombra de la represión en Irán que se contempla también de refilón y que amenaza la vida, entre otros, de un futbolista, sin reacción alguna entre los jugadores de élite, mientras se apunta ya a una nueva época de turbaciones peligrosas en este jardín europeo, Borell dixit, en la que hay de nuevo fisuras que pudieran volverse boquetes.

Hay incluso un aspecto muy simbólico en este embolado. Que la vicepresidenta del Parlamento Europeo, Eva Kaili, sea nada menos que de Grecia, cuna emocional, filosófica y cultural de la actual Europa, le da a todo el embrollo un carácter especial, como si insinuara lo que algunos apuntarían ya a todas luces al declive de un continente. Ella podría ser un modelo de la europeidad media, una profesional comprometida, bella y atractiva, un estereotipo que pudiera protagonizar un anuncio laudatorio de esta Europa ajardinada y próspera.

Porque Europa es un jardín, según afirma el Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, frente a un mundo que ofrece buenas muestras de brutalidad y devastación. Guerras, miles de refugiados vagando de aquí para allá, muchos de los cuales esperan en Lesbos, también Grecia (otra vez), a que los gestores del jardín ofrezcan muestras de humanidad, regímenes tiránicos, sin resquicios para las libertades y para los más mínimos Derechos Humanos, cuyo día se conmemoraba hace bien poco, durante la fase final del Mundial de Catar; en efecto, Europa parece un oasis, con sus políticas sociales y democráticas.

Pero la saca repleta de dinero del marido de Eva Kaili, sin duda no muy diferentes a las sacas mencionadas en la investigación del Clan de los Pujol, otro símbolo en su momento del buen quehacer democrático y del oasis europeo, en este caso catalán, nos saca de esa mirada autosuficiente y edulcorada hasta el empalago de la Europa fortaleza. Europa se construye también a golpe de comisión y corruptela, nuestro modelo de vida. Mientras, no han sido infrecuentes las voces que desde Europa, con toda la soberbia del mundo, apuntan y acusan a los países de África o de América de corruptos, de ser este su talón de Aquiles, la causa de su incapacidad para el desarrollo. Claro que esto de la corrupción es peccata minuta si la comparamos con la historia del continente hace nada menos que ochenta años, con el nazismo, el genocidio sistémico, el estalinismo o las brutalidades en las guerras europeas. Parece que haya pasado mucho tiempo, pero no ha sido tanto.

Europa se encuentra otra vez raptada por un toro blanco que a veces, contra lo que dice la leyenda, se disfraza de Zeus. El perro Lélope continúa sin soltar sus presas fuera del continente, vendiendo sus armas de las que obtiene pingües beneficios. Y Talos, desde su esplendor, otea el horizonte, creyéndose seguro sobre sus pies de barro.

 

miércoles, 23 de noviembre de 2022

Lulú en el Rock-Ola

 


Ningún escritor nace por generación espontánea. Nadie decide un buen día ponerse a escribir de la nada y que le salga de buenas a primera una obra de calidad. Para escribir hay que ser primero lector, no hay otra, es imprescindible y básico ser un escritor atento, estudioso, observador. Borges afirmó una vez que estaba más orgulloso de lo que había leído que de lo que había escrito. Fue una boutade, sin duda, pero con una verdad evidente. Y para ser lector se requieren grandes dosis de curiosidad por el mundo, por lo que nos rodea, por el pasado y por el presente, por lo humano y lo divino. También por sí mismo.

Sin curiosidad no hay pasión. Tampoco descubrimiento. Sin curiosidad nadie se adentra en las páginas de un libro.

Pero además todo el escritor se encuadra en una tradición literaria. Pero atención, una tradición no se circunscribe a un idioma o a la historia literaria de un país. Al menos la tradición de la que se empapa un lector atento y que necesitará sobrepasar fronteras, siempre estrechas, acudir a otras tradiciones literarias, imitar, aprender de otras escuelas, de otras culturas más allá de la propia. En todo caso, es importante subrayar que la tradición española posee toda ella, desde el Poema del mío Cid, un carácter realista muy firme.

Sólo así se forma un escritor, leyendo, conociendo la tradición literaria, la propia y la ajena, acudiendo a otras tradiciones en busca de savia nueva.

Almudena Grandes no hubiera sido escritora sin haber sido antes lectora. Lo fue y se dejó cautivar por lo que contaban los libros y eso le ayudó a mirar la realidad y a sí misma. Un día, adolescente, se dio de bruces con una novela de Benito Pérez Galdós, Tormento. Fue en casa de su abuelo. Intuyó que allí, entre las páginas de sus novelas, había algo importante, algo grande. Y comenzó a recorrerlas con ardor y entusiasmo. Una novela le llevó a otra y ésta, a otra nueva. Benito Pérez Galdós fue el principal autor realista, a caballo entre el siglo XIX y el XX, autor de un sinfín de novelas que hablaban de aquella España entre dos siglos. El realismo fue un movimiento literario que se expandió por Europa y que se confrontaba a la realidad de unas sociedades que estaban empezando a cambiar a toda prisa, dominaba la idea de progreso infinito y la economía comenzaba a ocupar cada vez un ámbito social mayor. Karl Marx reconoció una vez que había aprendido más economía en las novelas de Balzac que en los manuales y de los mamotretos de economía de su tiempo. A esto se refería Unamuno cuando hablaba de intrahistorias.

Las novelas de Galdós llevaron a Almudena Grandes a otros autores de la época. De Emilia Pardo Bazán aprendió a relacionar sus historias con la cocina, la comida y el buen comer. La escritora gallega había escrito en 1917 un libro, La cocina española moderna, que era todo un tratado de cómo era la gastronomía del país y de paso cómo era el país. No es casualidad que la comida esté muy presente en la obra de Almudena Grandes. Ni siquiera disimuló la influencia recibida cuando a su saga de novelas sobre la posguerra y tardofranquismo la llamó Episodios de una guerra interminable, a la manera de los Episodios Nacionales. Reconocía así la enorme influencia de este autor, fue su homenaje al maestro.



Almudena Grandes recuperó en gran medida ese realismo que la vincula a escritores que la precedieron. Pero no sólo ella, también muchos de quienes compartieron con ella época y narrativas recuperaron ese realismo tan propio de la tradición española. Empezaron a leer, como Almudena Grandes, en los setenta, conocieron como lectores la pasión por la literatura y en los ochenta comenzaron a publicar sus escritos. Fueron años importantes los años ochenta. Se dieron de bruces con tiempos de pretendida libertad. Y la hubo en cierta manera. La dictadura se había acabado en el 75 y se abrían nuevos tiempos. Se acabó la censura. Se acabó el estrecho corsé en los usos y costumbres del país. En Madrid surgía la movida, una fiesta desenfrenada tanto musical como cinematográfica, artística y de modas variadas. Tuvo, como todo en esta vida, sus claroscuros. Pero esto era otra historia. Lo importante para los escritores es que no había censura y que podían tratar todos los temas sin los estrechos márgenes de una España rancia, aun cuando las cosas habían empezado a cambiar algo antes, en los sesenta.

Los escritores que empezaban a publicar en los ochenta quisieran entender lo que estaba pasando en el país, normal que volvieran al realismo, que intentaran comprender la realidad por medio de nuevos modelos de hombres y mujeres. Ignacio Martínez de Pisón partía de las familias para describir la sociedad actual. Las suyas fueron novelas muy centradas en estructuras familiares, las añejas y las nuevas. Almudena Grandes acudió a personajes femeninos para confrontar los cambios sociales. Lo vemos en Atlas de geografía humana, sus personajes femeninos eran mujeres fuertes, con carrera, trabajaban y decidían sus relaciones, se habían emancipado, afrontaban libremente su sexualidad. Quizá no eran representativas de la mayoría de las mujeres españolas del momento, ni siquiera hoy lo serían, salvo en que trabajaban muchas veces sin contratos, de freelance que es el eufemismo al uso, en puestos culturales aunque siempre con el temor de que el final de los proyectos fuera también el final del trabajo, en una precariedad que anunciaba nuevas formas de explotación laboral.



Por otro lado, el fin de la dictadura permitió recuperar un debate político y social que el régimen anterior había distorsionado por completo. También el exilio distorsionó la visión de la realidad, como lo apreciamos en La Gallina Ciega.  Max Aub se había quedado anclado en una España que ya no existía y él mismo se da cuenta cuando, lustros después de la guerra y de su exilio, viaja por España. Los autores que publicaron en los ochenta se interesaron por la guerra, la posguerra y ese pasado reciente que, a decir verdad, había estado presente también en muchas novelas de tales épocas, pero apareciendo de un modo sinuoso, como algo presente pero de lo que no se hablaba. O se hablaba con silencios. Así es en Nada de Carmen Laforet o en El Jarama de Sánchez Ferlosio. La guerra como sombra. Pero los escritores que empezaron a publicar en los ochenta se pudieron acercar a esa historia reciente con total apertura, sin cortapisas, sin corsés ideológicos. Lo cual no significa que fueran neutrales, todo lo contrario, su mirada podía ser subjetiva, incluso militante, pero sin que su opción o nuestra diferencia con la misma sea una cortapisa para leer y apreciar sus obras. Benjamín Prado o Manuel Rivas, por ejemplo, no han ocultado sus simpatías. Otros han acudido a ese pasado con mayor distancia tal vez, que no indiferencia, como Antonio Muñoz Molina.

Realismo, análisis de la sociedad, intrahistoria, recuperación de las historias de los nadie, dominio de la anécdota, fue en gran medida una característica de Almudena Grandes y de los escritores de su tiempo. Pero en la obra de la autora madrileña se da una clara diferencia entre las primeras novelas, que afrontan cuestiones de su momento, y las novelas posteriores, las que recorren las historias de la posguerra y el tardofranquismo. No es difícil recordar a partir de las últimas novelas de Almuneda Grandes las aventis de Juan Marsé. Por cierto, Juan Marsé fue miembro del jurado que en 1989 le concedió el premio La Sonrisa Vertical a Almudena Grandes por Las Edades de Lulú. No es casualidad, sin duda, este encuentro, o quizá el azar juegue con estas coincidencias. En ese jurado estaban también Jaime Gil de Biedma, Fernando Fernán-Gómez y Rafael Conte. Resulta además clarificador que fuera Luis García Berlanga quien le propuso a la editorial Tusquets ese premio. Una relación curiosa de Almudena Grandes con la tradición literaria española más reciente.

viernes, 18 de noviembre de 2022

Fútbol

 


Ni se imaginarían los miembros de la bilbaína Sociedad Gimnástica Zamacois cuando montaron en 1898 un equipo de fútbol local el enorme éxito de esta actividad, que sobrepasaría lo deportivo para volverse un pilar fundamental de la sociedad, algo que iba a incidir incluso en la identidad de la capital vizcaína, un ícono del poderío de la Villa, un estandarte de la nación vasca. El 5 de abril de 1901 se dio forma legal a la iniciativa y se aprobaron en el Café García, sito en el número 8 de la Gran Vía Lope de Haro, céntrica avenida de la ciudad industriosa, los estatutos del que se conocía ya como el Athletic Club de Bilbao.

Sin duda, los participantes en tal iniciativa estaban influidos por los nuevos aires que consideraban el deporte como una actividad beneficiosa para todas las personas. El escritor costumbrista y corredor de comercio Manuel Aranaz Castellanos rompió a favor de todos los deportes una lanza para que se dejasen de considerar una mera actividad propia de señoritos holgazanes y fueran contemplados como esenciales para una vida sana. El progresismo social de la época fomentó el deporte, tanto el individual por su aporte a la salud como el grupal por sus enseñanzas para la cooperación entre los individuos. Incluso entre el movimiento obrero revolucionario el deporte se consideraba algo importante en el proceso de emancipación de la clase trabajadora y de las capas populares, apareciendo una corriente anarconaturista o naturalismo libertario que consideraba la actividad deportiva como algo fundamental.

Poco antes de que se fundara el Athletic Club de Bilbao, el francés Pierre Frèdy de Coubertin, pedagogo e historiador, creaba el Movimiento Olímpico, fundaba el Comité Olímpico Internacional y colaboró para que en 1896 se celebraran en Grecia los primeros Juegos Olímpicos de la edad moderna. Es verdad que en este olimpismo internacional participaron los estamentos más altos de la sociedad, nobleza, gran burguesía, pero también lo es que el apoyo al deporte como actividad positiva para el género humano estuvo muy presente en todas las clases sociales y en las diversas corrientes ideológicas existentes en la época.

¿Cómo fue posible entonces que los Juegos Olímpicos, con sus mensajes de cooperación y de paz internacionales, acabaran convirtiéndose primero en escenario de propaganda de los diversos países y de los diferentes regímenes políticos y económicos, y luego se volvieran la justificación idónea para operaciones urbanísticas que reportaban pingües beneficios a grandes grupos empresariales?

¿Qué ha pasado para que el deporte rey, el fútbol, se haya convertido hoy más que en un deporte de grupo en un espectáculo de masas que mueve enormes cantidades de dinero y los equipos sean pantallas de grandes empresarios y de negocios subalternos en forma de derechos de imagen, especulación y otros negocios?

En 2019 la Real Federación Española de Fútbol, presidida por Luís Rubiales, firmaba con Arabia Saudí un acuerdo por el que se jugarían en este país varios partidos correspondientes a la Supercopa de España, lo que ocurrió por primera vez en 2020, con la final que enfrentó entonces al Real Madrid y al Atlético de Madrid. Al año siguiente la crisis sanitaria del COVID impidió que se pudiera cumplir el acuerdo. Pero en enero de este año varios partidos se realizaron en aquel país. Es decir, equipos españoles que competían por un galardón español jugaron en Arabia Saudí sus partidos. Entre ellos estaba el Athletic Club de Bilbao, fundado 124 años antes. Apenas nadie protestó porque algo tan simbólico en el entramado nacional como es el fútbol se acabara jugando en el extranjero. Desde luego ningún patriota de ningún tipo elevó la voz para defender que la Supercopa de España se jugase en España.

Los negocios son los negocios y Arabia Saudí supo sin duda colocar un dineral en patrocinio de la Supercopa y en cuya negociación participó la empresa Kosmos, del jugador Gerard Piqué. Tampoco hay que olvidar que Arabia Saudí es comprador de tecnología española, que varias empresas invierten en el país y además Arabia Saudí compra armamento español, se lo compra entre otras a empresas armamentísticas sitas en el País Vasco y que salen del Puerto de Bilbao, la ciudad del Athletic.



¿Está Arabia Saudí implicada en una guerra? Lo está. Ese armamento sirve para bombardear Yemen, en una guerra de la que casi nadie habla, que genera muertos, refugiados, daños enormes a una población y, de paso, la muerte también de soldados saudíes. Tampoco se habla mucho de la situación de los derechos humanos en el país, sin libertades democráticas, con represión y persecución a minorías y a disidentes. Claro que la culpa no la tienen los equipos de fútbol españoles que van a jugar a allí un galardón español y tampoco las empresas que hacen su agosto con los negocios en este país. O al menos no son responsables más que de un modo tangencial. Y además todo indica que el espectáculo va a seguir alegrando a los aficionados españoles en unos meses.

Alegría que a todas luces los aficionados al fútbol de todo el planeta van a tener durante estas últimas semanas del 2022 gracias a la Copa del Mundo de Catar, país elegido como sede en 2010 por la FIFA y que en tiempo record, doce años, ha construido estadios, infraestructuras e incluso una ciudad completamente nueva para que el espectáculo no pare. Durante estos doces años se han podido vivir muchas cosas y circunstancias, incluso entre ellas una operación judicial por cohecho, fraude y lavado de dinero contra personas vinculadas a la FIFA y el 27 de mayo de 2015 se detenía en Suiza, nada menos que en un hotel de lujo, a catorce personas, nueve de ellas pertenecientes al órgano rector de la FIFA, operación en la que intervenía, entre otras agencias estatales de seguridad, el FBI.

El espectáculo se va a dar pese a todo en Catar, pese a que algunos artistas internacionales hayan rechazado acudir a la gala de inauguración por la situación de los derechos humanos en el país, pese a los efectos ambientales de haber montado una infraestructura faraónica y muy contaminante en un año que hemos comprobado la gravedad de la crisis del cambio climático, pese a la persecución de minorías, pese a la explotación de personas emigradas al país para trabajar en condiciones nefastas. Claro que las autoridades cataríes han recordado que Europa tampoco puede dar muchas lecciones respecto a esto último, con un Mediterráneo convertido en cementerio y los campos de cultivo del sur de Europa sacados adelante por emigrantes que trabajan largas jornadas por sueldos de miseria. Y no les falta razón.

Más información en:

https://ongietorrierrefuxiatuak.info/es/2020/03/20/documental-la-guerra-empieza-aqui/

https://lamediainglesa.com/

https://www.youtube.com/watch?v=lUiSATkg8xI

https://www.youtube.com/watch?v=9i4ndb0KjJU