sábado, 1 de agosto de 2020

Juanita Mir


En la madrugada del 5 de agosto de 1937,  hace ochenta y tres años de ello, en el muro del cementerio de Derio, se fusiló a Juana Mir García, conocida como Juanita Mir. Un mes antes, el 6 de julio, la detuvieron en Bilbao, la ingresaron en la prisión de Larrinaga y la juzgaron nada menos que por un delito de «adhesión a la rebelión militar» con el agravante de peligrosidad social. Parecería una broma si no fuera por lo macabro de la situación, por la condena a muerte y por la evidente distorsión de la realidad que resulta de tamaña acusación, realizada además mediante consejo de guerra y ejercida por los militares de la denominada tropa nacional que había ocupado Bilbao, liberada la ciudad, según la jerga al uso, tras casi un año de guerra, desde que se produjera la verdadera rebelión, la de tales tropas nacionales.

Pero además difícil es que la periodista navarra afincada en la capital vizcaína fomentara rebelión alguna, menos de carácter violento, dado el pacifismo de sus planteamientos. En su artículo Heroísmo y sacrificio alaba la entrega de dinero y joyas para apoyar la causa de la República, pero no deja de lamentar que se financiara con ello la guerra en vez de fomentar el bienestar social de una población que sufría no pocas limitaciones económicas.

Pero no sólo esto, sino que el agravante de peligrosidad social cae por su propio peso si tenemos en cuenta que Juanita Mir se ganó la vida como periodista, una periodista que trataba temas de carácter social y en favor de la paz, temas sobre la mujer –durante algunos meses tiene una sección en el periódico La Tarde, “la mujer escribe”– y que se había hecho eco de la catástrofe de la guerra. Pero además Juanita Mir era escritora, escribía cuentos de carácter costumbrista y colaboró con ellos en Euskalerriaren Alde o en La Gaceta de Tenerife. Vivió en casa el ambiente periodístico y literario, su padre fue Victoriano Mir, el primer director del diario nacionalista vasco El Correo Vasco y colaborador en prensa tanto en Vizcaya como en Castilla o Andalucía.

Claro que la peligrosidad social pueda venir de tales aficiones a la escritura, al conocimiento. Ese bando nacional que se levantó contra la República deja entrever su naturaleza autoritaria, ya se atisba en su seno el régimen dictatorial que se pudiera dar si consiguiese ganar la guerra, habida cuenta de que uno de sus gritos más repetidos fue el de «muera la inteligencia». El ejército rebelde se queda sin Estado al no lograr afianzar sus pretensiones golpistas, se convierte en un ejército que tiene como objetivo construir un Estado, sin duda a imagen y semejanza de la disciplina cuartelera y el poso ultramontano que lleva en su seno. En este contexto, todo pensamiento es peligroso, cuestiona las certezas y mina las convicciones.

Cierto que se pretendía legitimar la rebelión militar, la verdadera, a partir de ciertas ideologías y posiciones políticas –falangistas, carlistas, monárquicos-isabelinos, entre otros–, pero al final ejercieron más bien una posición decorativa, sobre todo cuando se deja muy atrás la guerra. También es cierto que hubo periodistas, escritores y artistas en general en el bando nacional, algunos afiliados a falange o a otras corrientes políticas. En aquel Bilbao de los años treinta, por ejemplo, donde se da un renacimiento cultural importante, los más proclives a este sector se reunían en el Café Lion d´Or, en torno a Ramón de Basterra o Sánchez Mazas. Pero autoritarismo y cultura no suele ser un binomio cómodo. Incluso no pocos de los afines a aquel movimiento nacional acabaron alejándose, incluso desertando abiertamente con disidencias más que manifiestas en algunos casos.

De ahí ese agravante de peligrosidad social que le atribuyeron a Juanita Mir. Era una mujer que escribía, que pensaba por sí misma, que publicaba. Se pronunció contra algunos de esos valores ultramontanos de la época, contra la lógica de la guerra, que no veía como algo heroico, sino como parte de los grandes intereses económicos; participó de un momento de renacimiento vasco, con reivindicaciones propias; formaba parte además de ese grupo de mujeres que se incorporaban a la vida cultural y social, también en el País Vasco. Ascensión Badiola, que tanto ha escrito sobre Juanita Mir, habla  de Cecilia García de Guillarte, de Ibone de Unda, de Dolores de Ibarruri, de la revista Mujeres.

La rebelión militar y la guerra civil que provocó dieron al traste con una intensa vida cultural en toda España, con un renacimiento cultural en el País Vasco. Frustró también las posibilidades de muchos escritores que ya destacaban en ese momento, como fue el caso de Juanita Mir. El escritor Félix G. Modroño la recupera como personaje en su novela La ciudad del alma dormida, en la que se da una descripción detallada de la vida cultural de Bilbao y de aquellos días de angustia y horror. Es imposible no lamentar aquel golpe funesto que acabó con la vida de una autora que hubiera sin duda aportado mucho más si una guerra, de entre tantas guerras que ella detestaba, no le hubiese sesgado la vida.

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