miércoles, 28 de junio de 2023

Bienvenido, Monsieur Dupont

  


En abril de 1953 se estrenaba en el Cine Callao de Madrid la película Bienvenido, Mister Marshall. Fue la primera película que dirigió Luis García Berlanga él solo, aunque en un principio Juan Antonio Bardem, que fue coguionista junto a Miguel Mihura y el propio director, iba también a dirigirla. Pero hubo desavenencias y Berlanga se encontró ante el reto de dirigir al equipo. Un rodaje, por cierto, lleno de conflictos y problemas, lo que afectó en algún momento a su propia consideración de la película, porque tal vez, pese al éxito y aun cuando se convirtiera en una de las cintas claves de la historia del cine español, ese mal recuerdo llevó a Berlanga a que no siempre tuviese por ella toda la estima que pudiera merecer.

Pasó el control de la censura, no sabemos si porque quien se ocupó de que la película atendiera a las normas de decencia y corrección política no percibió las críticas que contenía entre líneas o tal vez porque hubo un gesto de cierta permisibilidad en un momento en que el régimen de Franco –recuérdese que poco antes del año del estreno España no había sido admitida en la ONU– establecía relaciones diplomáticas con Estados Unidos y el embajador de este país presentaba sus credenciales por esas fechas, lo que exigía de algún signo de apertura por parte de la dictadura.

En todo caso, parecía que la película no iba a durar mucho en cartelera, aunque la buena acogida en el Festival de Cannes con la correspondiente concesión de un par de premios y una mención especial, a pesar, aquí también, de ciertas protestas de algún que otro productor norteamericano por considerar ofensiva alguna escena, cambió las tornas y empezó a ser bien recibida en España, no sólo por el humor que desprendía, también por una mirada general que supo entender la parodia que había tras el tono desenfadado y sarcástico de la película.

En la película se cuentan los preparativos que un alto dignatario provincial solicita, entre otros, al alcalde de Villar del Río para que el pueblo entero reciba a un representante norteamericano de un modo acogedor, solemne y festivo. Es importantísimo que se dé buena imagen, España entera podría recibir las inmensas ayudas que estaba recibiendo Europa occidental para su desarrollo económico, por su parte también el pueblo y sus habitantes iban a ser receptores de regalos que cambiaría por completo la suerte y el destino de la población, quien sabe si también el añorado ferrocarril.

El pueblo se engalana, incluso intenta mostrar una identidad que no se corresponde a la idiosincrasia local, todo para que los norteamericanos se lleven la mejor impresión de Villar del Río y de sus habitantes acogedores y alegres. La imagen que obtengan los visitantes se traducirá en regalos e inversiones que manarán por doquier. Hay que dejar de lado las exaltaciones del pasado heroico e imperial o incluso no se debe de ser tan melindroso con las herejías del otro, los tiempos cambian y es importante que la imagen se fortalezca y atraiga la nueva jauja en los tiempos presentes.

No obstante, el representante norteamericano, junto a su sequito, pasa por el pueblo, sí, pero pasa de largo, ni siquiera se detiene para atender a los habitantes y a su alcalde, el inmenso esfuerzo queda en aguas de borraja y los vecinos han de pagar a escote todo el dispendio.

Setenta años después del estreno de la película, volverla a ver crea no poca ternura y consideración. Apreciamos también otras lecturas, otros detalles que la parodia berlanguiana nos va indicando entre líneas, desde luego nos muestra una España muy diferente a la actual, una España que entonces se debate y forcejea entre el pasado y el futuro, entre el inmovilismo y una prosperidad que se espera con impaciencia. Setenta años después, con circunstancias distintas, conocemos lo que vino después. Hubo un desarrollismo que a menudo no fue ni equitativo ni justo, tuvo mucha precariedad y el sacrificio de muchos no siempre agradecido, pero hubo un giro, una mejora general, el régimen consiguió mal que bien atraer a otros países y a los inversionistas extranjeros para que invirtieran aquí, ciegos todos ellos a un régimen dictatorial que tuvo demasiados claroscuros en su haber, aunque sin duda la España democrática actual, nada que ver con la de entonces, y sus empresas multinacionales actúan hoy de un modo muy parecido con terceros países.



Queda, eso sí, en esta posmodernidad contemporánea, la obsesión por la imagen, el mostrar las mejores galas, aunque nos cuesten caras, para obtener futuras prebendas que ensalcen lo nuestro, «el mundo entero nos estará mirando», nos dicen también hoy y lo creemos con firmeza. Justo setenta años después de que don Pablo, el alcalde de Villar del Río, embarque a todo su pueblo en un festejo cordial y afectuoso, un tanto ridículo sin duda, asistimos al inicio del Tour de Francia en suelo vasco y varias instituciones locales se han enredado en una ocasión sinigual para que todo el mundo contemple, en los pocos segundos que dura el paso de los ciclistas por cada rincón afortunado, el territorio que ha de resultar atractivo a los futuros turistas y visitantes que vengan a nuestra tierra, el actual maná del que depende, parece ser, el futuro de nuestro bienestar. El espectáculo del Tour como gran oportunidad colectiva. Cualquier parecido con la ficción es pura coincidencia.

domingo, 11 de junio de 2023

Philomena Franz. Una vida gitana

 


El final de la segunda guerra mundial trajo consigo la evidencia del horror del nazismo, la constatación de que esos campos de concentración se constituyeron como centros del genocidio sistemático de un Estado totalitario y supremacista, construidos, además, en pleno corazón de Europa, que se erigía ya ante el mundo como faro de la civilización y la cultura.

Contamos con imágenes de tales campos de la muerte en muchísimas fotos, algunas reflejan montones de cadáveres abandonados en los campos, pero otras nos muestran también la actitud de todas esas víctimas sobrevivientes que contemplan en silencio la entrada de las tropas liberalizadoras, posan resignadas, inactivas y apáticas, todas ellas con esos uniformes a rayas que no ocultaban la delgadez de los cuerpos.

Las víctimas son indistinguibles, son todas iguales entre sí, nos resulta imposible diferenciar la etnia, la nacionalidad, la ideología, las circunstancias de cada una de ellas.

Pero la historiadora María Sierra nos recuerda que «no todas las víctimas iban a ser tratadas de igual manera». Tampoco recordadas de igual modo, al menos durante mucho tiempo. Los gitanos tuvieron que esperar varios lustros para que fueran reconocidos como víctimas de ese genocidio sistemático y por tanto objetivo como grupo de las políticas criminales del régimen nazi.

En los años setenta del siglo pasado surge un activismo romaní que pretende no sólo el final de la discriminación, sino también que se dejara de tratar la persecución de los sinti, el nombre con que se designaba a los gitanos de Centroeuropa, como una consecuencia de su condición asocial y no por un programa de persecución planificada y arbitraria. Hubo incluso sentencias judiciales, un decenio después de acabada la guerra, que referían que los gitanos eran «propensos a la delincuencia, en especial al robo y al fraude. En muchos casos carecen de impulsos morales para respetar la propiedad ajena porque, como hombres primitivos, tienen un instinto de apropiación descontrolado» (sentencia del Tribunal Federal de Justicia, 1956, mencionada por María Sierra), como si lo sufrido por los gitanos respondiera a otras causas, a esa mala fama que los acompaña siempre, ese tópico que supone su tarjeta de presentación, incluso hoy.

Surgen testimonios que dejan claro que las comunidades romaníes de Alemania y de los países ocupados fueron también víctimas de aquella política criminal, de igual modo que los judíos, los minusválidos, los disidentes políticos o cualquier colectivo o persona que no se adaptaran a los cánones del régimen. Entre estos testimonios, el de Philomena Franz, Entre el amor y el odio. Una vida gitana, publicado en Alemania en 1985 y que en España lo publicó 2021 la editorial Xordica.



La autora nos distingue en su testimonio dos momentos: el de los años previos al nazismo y el inicio de su acceso al poder, cuando Philomena Franz era una joven que empezaba a asomarse a la vida, y el del genocidio, cuando ella mismo es internada en campos de concentración, entre ellos el zigeunerlarger de Auschwitz, el lugar destinado en este campo de concentración a los romanís.

Cuenta en la primera parte la vida cotidiana de una familia sinti, la tradición y la incorporación al medio, a una sociedad que tiene recelos hacia ellos, pero también admiración por su cultura propia, mientras que asistimos en la segunda parte a una cotidianidad siniestra, la de esos campos donde «se asesinaba a personas en masa, con un procedimiento sistemático y casi industrial».  A renglón seguido, ella misma se pregunta: «¡¿Cómo es posible algo así en este país rico en cultura, historia y sentimiento?!». Edurne Portela nos responde, en su novela Maddi y las fronteras, con una recomendación: «no intentes entender sus motivos». Pero qué duda cabe que necesitamos entender, nunca justificar, aunque lo que importe sean las consecuencias o haya, como ocurre en el caso de Philomena Franz, un intento de pasar página, incluso de perdonar, aunque eso no signifique olvido, como lo demuestra el propio libro o las muchas charlas que dio en escuelas y otros lugares.

Porque su testimonio nos sigue interpelando hoy, cuando persiste el racismo, cuando hay quien pretende cuestionar el horror, cuando surgen partidos y organizaciones que exaltan el autoritarismo o intentan reducir la memoria de sus efectos, cuando se aplican políticas de exclusión. También cuando hablan algunos de un jardín europeo que se muestra inocente y ajeno a la brutalidad del mundo, como si esta no tuviera nada que ver consigo.

lunes, 5 de junio de 2023

El Serantes

 


 

Ya lo comentaba Aymeric Pinaud en el siglo XII, el de los vascos era un país de muchos montes y gente ruda. Abundan en sus montañas la hierba verde, los robles y las hayas, las encinas y los tejos, aunque hace tiempo se introdujeron los eucaliptus, por exigencia sobre todo de la industria del papel, algo que se ha empezado a cuestionar en los últimos años, incluso más allá de los ámbitos medioambientalistas. Lo menciona de pasada, como una reflexión secundaria de su protagonista, Txani Rodríguez en su novela Los últimos románticos.

Pero no sólo las papeleras han modificado la naturaleza, lo sabemos bien en el País Vasco, estamos en una zona industrial, incluso ahora, aun cuando ya no existan los Altos Hornos de Vizcaya o se hayan abandonado las minas. Abundan en el país las fábricas, los talleres, los barrios de edificios altos, las carreteras, los puentes, las vías del tren. Muchas montañas muestran las heridas de su condición, antaño, de canteras o minas a cielo abierto. De momento, el verde es el color que lo domina todo, un verde intenso y vivo. Llueve en abundancia, aunque a todas luces mucho menos que hace unos lustros, quien ya tiene cierta edad lo sabe. Hace más calor y en los últimos meses hemos vivido olas de calor que, aunque cortas, nos llevan a pensar que los ironías de una Vasconia tropical ya no nos las podemos tomar a chufla. Tres cuartas partes de la Península pueden ser en 2050 zonas desérticas y sólo el Cantábrico se salvaría, aunque con un clima que se parecería al que tenía hasta ahora el Mediterráneo. En Álava o en Navarra se empiezan a cultivar frutas que son más bien de otras latitudes, más de secano.   

La crisis ecológica ya está asumida, sólo un puñado de iluminadas la niegan. Ha entrado en la agenda de gobiernos y organizaciones internacionales. Se realizan cumbres en tal sentido. La catástrofe, dicen, puede dar lugar a otras oleadas de emigraciones tan intensas como las que producen el hambre o la miseria. Está en boca de todos lo sostenible o la necesidad de que la producción se adapte a las circunstancias.

Claro que todo indica que en la práctica estamos más bien inmersos en el ámbito del discurso y las buenas intenciones. La realidad va por otros derroteros. En esta Vasconia donde se dice que el medio ambiente es una de las mayores preocupaciones colectivas aún no hemos llegado a propuestas estrafalarias como la de luchar contra el cambio climático cultivando flores en los balcones, pero se habla de la gravedad del problema mientras se inauguran ramales de autopistas, nuevas autovías que rodean las ciudad –la super sur en Bilbao– o túneles subterráneos para comunicar por carretera los dos márgenes de la ría. No parece que la gestión de las comunicaciones se planteé desde la necesidad de reducir el tráfico de automóviles. Al mismo tiempo, se avanza en el proceso de trasladar Mercabilbao desde su ubicación actual, en Basauri, a las campas de Ortuella, una de las pocas zonas verdes en la Margen Izquierda, que es, recuérdese, una de las comarcas más pobladas del país. Basauri y todo el sur de Bilbao se destina, parece ser, a convertirse en la zona de crecimiento urbanístico del área metropolitana bilbaína, por tanto para la construcción de vivienda.



Si esto no fuera poco, se recuerda una propuesta de la Autoridad Portuaria de Bilbao planteada en enero de 2022: la de modificar el monte Serantes para construir dos superficies en sus laderas para un uso logístico e industrial. Se trataría de que el Puerto de Bilbao ganara casi 150.000 metros, para lo cual se necesitaría retirar dos millones de metros cuadrado de tierra. Todo un corte para un monte cuya silueta se distingue en buena parte de la Vizcaya occidental. Por ahora el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico ha solicitado, dado que los puertos dependen del Estado, un estudio del impacto ambiental.

No tiene que ver con el proyecto, pero ya en abril se llevó a cabo en el Serantes un corte de pinos en la ladera norte del monte, auspiciada por la Diputación Foral de Vizcaya, lo que motivó algunas protestas en Santurce.

El Serantes es uno de los montes más pintados, aparece en numerosos cuadros que podrán alimentar algún día, al paso que vamos, la nostalgia por una naturaleza que habrá desaparecido.

 

viernes, 19 de mayo de 2023

Un lugar donde podrás sacar la mejor foto

 


En su libro Gozo, la escritora Azahara Alonso plantea entre otros temas relativos al trabajo y el tiempo libre (liberado) la cuestión del turismo y sus características actuales en muchas ciudades y parajes. El tema está generando ya a estas alturas bastante debate y cierta reprobación más allá de los sectores críticos que hasta hace bien poco eran los únicos que cuestionaban los modelos turísticos imperantes, incluso algunas administraciones, bien alejadas de planteamientos más o menos radicales de izquierda, comienzan a plantear medidas que buscan reducir los efectos, se entiende que negativos, del turismo masificado en algunas ciudades. Es el caso, por ejemplo, del ayuntamiento de Donostia – San Sebastián, gestionado por el PNV, que ha empezado por no proporcionar más licencias a pisos turísticos.

Azahara Alonso escribe sobre sus reflexiones durante su año sabático en una pequeña isla maltesa. La isla forma parte ya de esa red de lugares convertidos en destino turístico, que hay que conocer y ver, o, como dice la autora, «consumir con los ojos», uno más entre los lugares «donde podrás sacar la mejor foto», como diría alguna que otro eslogan publicitario. El mundo ya no para conocer, sino para fotografiar. Menciona el caso de Xiapu, un pueblo del sur de China reconvertido en mero decorado para que los turistas puedan contemplar y fotografiar un enclave tradicional. Ya no hay vecinos en Xiapu, sino actores que representan escenas de otra época, por supuesto se debe pagar una tarifa para acceder al pueblo y el de guía se ha convertido en un oficio fundamental en él. «La tierra ya no es de quien la trabaja, sino de que la enseña», ironiza la autora.

El ejemplo que menciona en el libro no es desde luego nuevo ni único. Incluso se va más allá y a finales del siglo pasado se construyeron parques temáticos en zonas de turismo masificado para deleite de turistas ociosos en busca de experiencias excepcionales, un viaje de aventura en toda regla, aunque, eso sí, siempre cómodo y seguro. Port Aventura se llama casualmente uno de los, entonces, más novedosos, un decorado para revivir historias del pasado o exóticas, del mismo modo que también se reconvirtieron los escenarios en Almería donde se rodaron no pocos spaghetti westerns.

Azahara Alonso habla de la uniformización de las ciudades, concebidas como mera representación, cuyo eje actual es el turismo de masas. La atracción turística entraña un consumo masivo, gestionado por las mismas cadenas en todas partes. No sólo se compra lo mismo, sino que se tiende a realizar actividades muy parecidas en unas y otras, apenas cambian los detalles. Los habitantes, cuando no tiene que irse al extrarradio por los altos precios de los pisos, se convierten en parte del decorado, en personajes. Su rutina se ha de adecuar a las necesidades del negocio. Hace unos años, en Barcelona, durante una manifestación de 1º de mayo que desembocó en altercados, un turista francés, sin duda con cierta noción del pasado obrero de la ciudad que visitaba, rememoraba aquella Rosa de fuego que fue la ciudad, capital del anarquismo europeo, y sintiese tal vez que estaba ante una recreación de aquel pasado épico.



Hay una subclase en esta categoría de turista que es el turista de crucero, recorre en un barco una ruta marítima concreta y se detiene por unas horas en algunas ciudades portuarias que visitará por unas pocas horas, apenas un tiempo para hacerse una idea del lugar visitado y sobre todo para consumir recuerdos efímeros (souvenirs). Muchas ciudades portuarias fomentan este tipo de oferta turística. Compiten por recibir el crucero más grande, más poblado, más lujoso, poco importa que contaminen aún más los mares ya recalentados por la subida paulatina de temperaturas, que la crisis ecológica no enturbie el decorado glamuroso, aunque se preparen agendas medioambientales que tienen el valor del papel mojado. En el estuario del Nervión, cercano a donde vivo, contemplo los muchos cruceros que paran en el muelle de Getxo, algunos enormes, incluso lo hay que inicia y termina su andadura en Vizcaya, para satisfacción de los gestores locales, en una parodia posmoderna de Bienvenido Mr. Marshall que se pretende exenta de catetismo.

Los dos años de pandemia supuso un freno repentino al proceso de reconversión de muchas ciudades en parques temáticos. En algunos casos, la situación era ya insostenible. En Barcelona hasta los propios turistas se quejaban en algunas encuestas de la presencia absoluta de un turismo abrumador. El Mediterráneo español se había convertido, de un modo mayoritario, en un destino de sol, playa y fiesta todo el día. Acabada la pandemia, volvemos a lo mismo, se añaden otras ciudades y zonas, se incorporan nuevos proyectos, algunos de lujo, como el que se ha sacado de la chistera hace unos días la Junta de Andalucía, un complejo turístico junto a Doñana, donde la sequía aprieta y los daños en ese parque nacional empiezan a ser inmensos. Sobre todo porque el agua escasea y hay que empezar a optar: o turismo o agricultura.

La fiesta, sin embargo, no puede parar. El turismo concebido como industria genera beneficios. Aunque también precariedad laboral y vital para miles de personas, además de consecuencias medioambientales. De los cambios culturales en ciudades y regiones enteras mejor no hablamos. Tampoco lo mencionan, por cierto, los defensores acérrimos de las múltiples identidades existentes, reales o no.

lunes, 24 de abril de 2023

Las hadas de las historias

  


            La escritora francesa Marie Charrel nos relata en su novela Les mangeurs de nuit una historia ambientada en el trato dado a la comunidad japonesa de Canadá a raíz de la entrada de Japón en la segunda guerra mundial.

La autora narra la vida de una nissei, una descendiente de japoneses nacida en la Columbia Británica, y su encuentro, tras sufrir un accidente con un oso, poco tiempo después de haber escapado a un campo de internamiento y sobrevivir junto a otras mujeres en una naturaleza agreste y montaraz, con un hombre canadiense, blanco pero que vivió su infancia en una familia nativa. Él, un solitario que recorre la región para calcular los salmones en los ríos y elaborar los informes con que establecer las cuotas de pesca, se encargará de los cuidados para su recuperación. También deberá aislarla durante su convalecencia para evitar que sufra las consecuencias del racismo y los rumores que corren sobre los japoneses de la región. De este modo, nacerá entre ellos una complicidad estrecha y tendrá mucha importancia el bagaje de las historias, mitos y leyendas que ambos poseen, cada uno de sus respectivas tradiciones, la japonesa y la tsimshian.

Porque estos relatos y su importancia en las comunidades constituyen uno de los temas esenciales de la novela. No sólo porque el relato esté repleto de pequeñas leyendas y mitos que se intercalan a lo largo de la narración, también porque uno de los temas del libro son las palabras y cómo éstas recrean la realidad. Se va más allá: las palabras tienen el poder de inventar el mundo, dice uno de los personajes en un momento dado. Hasta es posible que la enemistad entre los pueblos nazca de las diferentes palabras que emplean, lo que dificulta muchas veces el entendimiento, aun cuando no deja de ser cierto que todos los seres humanos, al final, sean iguales y respondan a idénticas cuestiones y pulsiones. Pero las formas de asumir la realidad cambian tanto que, en ocasiones, dividen los grupos humanos hasta la confrontación.

Porque además las palabras no sólo sirven para entender el mundo, para establecer marcos de identidad, además se emplean para manipular. La autora incorporará a lo largo de la novela noticias breves de un diario local que acentúan la animadversión contra la comunidad japonesa, en una forma que conocemos bien hoy, ha sido técnica que ha existido y existe todavía, sabemos a la perfección las competencias de manipulación social al uso, aun cuando se cae en ellas una y mil veces, nos siguen delimitando.

De este modo, el lenguaje se convierte también en un arma, en un instrumento de confrontación. Legitima discursos y actuaciones sociales, conforma ciertas conductas y procederes, alimenta la exaltación nacional. De allí que los Estados y sus élites lo empleen con sumo cuidado para crear consensos –las palabras tienen el poder de inventar el mundo, recuérdese– y George Orwell hable de una neolengua en su novela 1984 con la que el poder recrea la realidad. Podemos recordar esa guerra de Irak de hace veinte años en la que la prensa jugó su papel, extendiendo falsificaciones de la realidad cuando no directamente mentiras. Aunque este poder del lenguaje no sólo se da en los ámbitos políticos y de poder, sabemos bien cómo las palabras determinan nuestra cotidianidad, moldean la vida, también hieren cuando se emplean de cierta forma, seamos o no conscientes de ello.

Hannah, el personaje femenino, cuenta que su padre le decía que hay hijas del viento, hadas de las historias, que vagan perdidas en el cielo y que sólo encuentran su destino cuando los contadores de relatos las liberan mediante las palabras. Algo parecido debe de ocurrir con los espíritus malignos que reciben la ayuda inefable de los propagadores de rumores, servidores casi siempre de los poderosos, que necesitan que las palabras dividan para mantener su orden de las cosas.

 

lunes, 20 de marzo de 2023

Entender sus motivos

 


«¿En qué infierno macabro estamos, Dios?», se pregunta Maddi, la protagonista de la nueva novela de Edurne Portela, Maddi y las fronteras. A todas luces, no cabe otra pregunta, el nazismo es ya por sí mismo un horror con su política genocida y su programa espeluznante basado en una ideología nauseabunda de supremacismo y desprecio, de desigualdad absoluta entre los seres humanos. Pero aterra sobre todo que se pudiera poner en práctica ante una permisibilidad generalizada que dio prioridad a los negocios, al orden, en un mundo atribulado que miró hacia otro lado, sin querer ver lo que se avecinaba, lo que ya devino una realidad, que se produjera, además del genocidio sistemático, una nueva guerra mundial veintiún años después del fin de la primera gran guerra.

Lo que a muchos nos desasosiega es que todo siga sonando demasiado contemporáneo.

Aunque a decir verdad sólo han pasado noventa años desde que se iniciara toda aquella crueldad, noventa años nada más de su inicio, forma parte con todas las de la ley de nuestra contemporaneidad. El 24 de marzo de 1933 se le dio a su líder los plenos poderes para aplicar su política. Se crearon los campos de la muerte contra judíos, gitanos, opositores, personas que no se adecuaban a los modelos raciales y humanos del nazismo. Ante un silencio sólo roto de vez en cuando por voces que clamaron en el desierto. El expansionismo llevó a una nueva guerra mundial. A la hecatombe en medio de la cual lo narrado en el libro de Edurne Portela es apenas una parte ínfima, una gota de agua en aquel mar de horror, pero un infierno, el peor escenario posible, para quienes lo vivieron.

Maddi y las fronteras es la historia de Maria Josefa Sansberro, o Maria Josefa Nicolas, el apellido de su segundo marido, pero conocida como Maddi, un personaje real, una mujer nacida en Guipúzcoa pero que vivió desde niña al otro lado de la frontera, en el País Vasco Francés, y allí asistió a la guerra de España y después a la entrada del ejército alemán en Francia, mientras vivían imbuidos en la pura cotidianidad, entre chismorreos vecinales, trabajo y un niño adoptado que crecía día a día.

Edurne Portela va rellenando con imaginación, lo explica ella misma, lo que no cuentan los datos confusos a los que accede. En este juego de ficción, verosimilitud y realidad que es la literatura, la representación nos permite afrontar el horror, pero también el valor, que hay en los hechos de la vida, no sólo los del día a día, como solucionar la subsistencia o las relaciones interpersonales, la cotidianidad más próxima, con sus problemas diarios y sus alegrías, cuando las hay, también las cuestiones que parecen estar allí fuera, en las instituciones o en los grandes hechos de cada época, que nos parecen lejanos, qué lejos está París o Berlín cuando se vive en los Pirineos, cuestiones tan ajenas, pero que acaban afectando. Incluso se vuelven un infierno macabro.



Me llama la atención, por otro lado, el silencio extraño que se impone hoy ante el horror sistemático de lo ocurrido en el corazón de Europa. Bueno, quizá no es silencio la palabra adecuada, al fin y al cabo se han estudiado bastante el nazismo y la guerra, los campos y la represión, han sido materia también de un sinfín de novelas y películas. Quizá sea mejor hablar de distancia. O de cómo parece que todo aquello no va con nosotros, con nuestro presente, que sea cosas de otra época, utilizamos esta fórmula, de otra época, para marcar esa distancia temporal y con la idea de que no puede volver a pasar, mientras nos estremece los genocidios actuales, los de África, los que han ocurrido no hace tanto tiempo en Kampuchea, o en Yugoslavia, fuera de la Europa fortaleza, lo que ocurre en definitiva en regiones en las que no se da valor a la vida, lo decimos así, no dan valor a la vida, [ellos]. Mientras, vendemos armas a países en guerra y legitimamos regímenes tiránicos llevándoles mundiales de fútbol o contribuyendo con tecnología ultramoderna, su represión es cosa interna, como lo fue la política del gobierno alemán durante el lustro anterior a la guerra.

Qué rápido hemos pasado página.

Qué fácil olvidamos que el jardín europeo tiene demasiados claroscuros.

Maddi, mujer creyente, católica firme, lanza su diatriba a un Dios que guarda silencio. Elie Wiesel, superviviente de los campos de concentración, se formuló también muchas de las preguntas que se va planteando la protagonista de la novela. Claro que con independencia de las respectivas fes, todo indica que la crueldad, la maldad o el horror tienen una naturaleza demasiado humana. Por mucho que las guerras se bendigan en Iglesias o en Mezquitas y resuene otra vez el grito medieval Dieu le veult, son otras las motivaciones, las razones de tanto desvarío.

Claro que tal vez sea en vano buscar explicaciones o pretender discernir los porqués de tanto horror y lo mejor sea seguir lo que la propia Maddi aconseja, «no intentes entender sus motivos».

jueves, 23 de febrero de 2023

Retórica ante una guerra

 


Vuelve la retórica rancia, la de antaño, como si el tiempo volviera atrás y retrocediéramos más de cien años, a esos primeros lustros del siglo pasado, a ese inicio del XX en el que parecía que el sistema burgués triunfaba y se expandía mal que bien, y se expandió, en efecto, la gran burguesía reflejada en las novelas del XIX salía triunfante, aunque se fuera diluyendo poco a poco hacia una vaga idea vaporosa y etérea de la actual clase media y mediocre, aunque todo apunta a que persiste la gran burguesía y tiene aún la sartén por el mango, tenemos la ventaja, la perspectiva, de vivir en el siglo siguiente, aunque en un ahora que lo resitúa todo bajo la pátina del tiempo, conocemos el final de aquella historia, o la reescribimos a nuestro gusto, o al gusto imperante, más bien, todo un clásico esto de los valores dominantes, siempre tan distorsionadores, pese a lo cual es imposible no tener en cuenta los ecos de un movimiento obrero entonces en ascenso, amenazante, aun cuando roto ya entre moderados o etapistas y radicales o revolucionarios, frente al cual se removía una nobleza de estética imperial que se adaptaba, a pesar de sus galas palaciegas, a la economía liberal, quien no se adapta muere, puro darwinismo social.

Vuelven hogaño las retóricas de antaño. Putin habla de una Rusia invencible, gloriosa y eterna, se dirige a todas las capas de la Gran Rusia, Patriarca inclusive que escucha entusiasmado la defensa de las buenas costumbres y de las esencias patrias, oriente frente a occidente, como si estuviéramos en alguno de los escenarios de la novela rusa de la época, o mejor dicho de los líbelos de exaltación de la patria. Por su parte, Biden acude a la defensa de nuestro modo de vida, de nuestra libertad, libertad a consumir, entiéndase, el mismo concepto defendido por otra política de nuestros lares, y defensa de la democracia que merecen los ucranianos, aunque sea una democracia de encuadre difícil, más limitado, pero democracia al fin, algo que no merecieron los iraquíes, a los que se invadió bajo la excusa de armas tremendas de destrucción masiva que luego resultó, por arte de birlibirloque, que no existían, ni la merecen hoy los yemeníes, atacados con armas, cosas del mercado, construidas bien cerquita, por nuestras empresas armamentísticas, ni tampoco la merecen los palestinos o los saharauis, entre otros muchos pueblos. Mencionarlo tal vez sea demagógico o idealista o inepto para entender los mecanismos de la realidad.

Retórica añeja otra vez, en todo caso, que evalúa las situaciones según convenga, según beneficie a los poderosos de la tierra, Venezuela deja de ser un régimen opresivo para convertirse en un aliado, importa poco que su población siga o no en condiciones paupérrimas o peligren sus libertades como parecían peligrar hasta hace un año. Y lo que pasa en Perú queda en alguna columna mínima, cuando hay sitio en el diario o apenas unos segundos, como mucho, en los informativos de la radio.

Cosa en definitiva de esos discursos solemnes, legitimadores de las más sucias barrabasadas. En 1957 Stanley Kubrick saltaba a la fama con una película polémica, Paths of Glory (“Senderos de gloria”), que contaba un capítulo vergonzante de la primera guerra mundial, la de unos soldados franceses a los que se envía a una acción suicida, la toma de una posición imposible, ante lo cual el regimiento opta por la retirada y se inicia así un juicio incoado por el alto mando militar, que disimula su incompetencia con una retórica de honor y valentía, de exaltación patriótica y defensa de las sacras instituciones. La acogida de la película no fue pacífica, molestó a muchos de los gestores del (des)orden establecido, se prohibió en algunos lugares y en Francia no se proyectó la cinta hasta 1972. Las retóricas y la pompa ceremonial son cosas serias, al fin. Y se siguieron utilizando, mal que bien, un 23 de febrero de hace poco más de cuarenta años, por un teniente coronel que intentó salvar España. Queda incluso coherente como día previo al otro aniversario, el de la invasión de Ucrania para mayor gloria de los sueños imperiales y muerte cruenta para población civil y militar.

Tan serias son las retóricas y la pompas que no dejan lugar a voces disonantes, el pacifista responsable de nuestros días ha de ser, nos dicen, partidario del envío de armas al ejército de Ucrania y el ciudadano ruso de orden ha de estar presto a entrar en filas si así se lo requieren, ya nos hablarán otro día de los beneficios a esa industria armamentística o el negocio que será en su momento reconstruir un país desolado, buen negocio sobre todo para quien resulte vencedor, o para ambos. Entiéndase para sus empresas. Eso sí, quienes claman fervorosamente por la guerra, sea por la patria o para conseguir una extraña paz, difícilmente se les verá en los campos de batalla, salvo visita cordial y televisiva. Que se maten los de siempre, los que no tengan más remedio.