martes, 25 de septiembre de 2018

Espías y agentes en España


En una ya antigua entrevista, Kim Philby afirmó: «La guerra civil española fue mi verdadera universidad, donde aprendí el arte de ocultar mi pensamiento» (diario El País, 13 de agosto de 1980). El conflicto bélico español, uno de los capítulos de la historia más estudiados y analizados, tal vez el que más, fue a todas luces el precedente de la guerra mundial que estalló a los pocos meses de acabado aquel, puede incluso que forme parte del mismo conflicto. En España no sólo se pusieron en práctica nuevos métodos bélicos, nuevo material de guerra, que supuso, no podemos olvidarlo, miles de muertos y heridos, sino que también se empezó a practicar, como apuntaba el famoso espía, un nuevo modo de espionaje, en un momento en que se puso la primeras piedra de la guerra fría que enfrentó dos formas de entender el Estado y un tipo de espionaje diferente.

España se convirtió durante la guerra civil en centro de tejemanejes entre potencias extranjeras, pero también entre maneras de comprender la política. La Unión Soviética envió a cientos de agentes propios y extranjeros, aprovechando una posición de privilegio con respecto a la República, posición que obtuvo no por méritos propios o por la influencia de los comunistas españoles en la política del país, apenas marginales hasta que empezó la guerra, sino por la omisión de las democracias occidentales, que se movieron más por intereses económicos y tácticas políticas que por la defensa de las libertades. Kim Philby fue uno de ellos, uno de aquellos espías. Bajo el disfraz de un periodista británico en el bando fascista español, este doble agente, en la mejor saga de los espías múltiples, iba a tener la misión de matar al investido ya jefe supremo del bando llamado nacional. Al final no llevó a cabo tal misión, durante mucho tiempo fue un misterio todo este ínfimo capítulo de la guerra y del espionaje, aunque Kim Philby se convirtió a todas luces en uno de los mitos del espionaje internacional, un precedente de los espías dobles y al que el periodista Enrique Bocanegra dedicó en 2017 un estudio, que mereció el premio Comillas: Un espía en la trinchera. Kim Philby en la Guerra Civil española, publicado por Tusquets Editores.

Esta presencia soviética y la influencia de los agentes y espías enviados por la URSS fue también a todas luces determinante en uno de los capítulos más obscuros y brutales de la República, el aplastamiento de la revolución española y la represión que se ejerció contra los anarquistas, pero sobre todo, con especial inquina, contra el POUM, cuyo principal dirigente, Andreu Nin, desapareció a comienzos del verano del 37 y fue asesinado, acusándosele, a él y a su organización, de haber montado una estructura de espionaje y sabotaje al servicio del fascismo. Pasados los años, tales acusaciones se vieron ya como un ejercicio de burda propaganda, salidas del aparato de Estado soviético y del propio Stalin, que convirtió su polémica con Trotsky, al que consiguió asesinar años después mediante un agente español enviado a México con tal propósito, en una campaña de persecución contra todo lo que sonase vagamente a trotskista.

Pero España no sólo fue objetivo del espionaje soviético, también otros Estados enviaron sus agentes a España, principalmente Alemania, Gran Bretaña y los Estados Unidos. Además, no sólo se limitó dicha presencia a los años de la guerra, sino que España siguió siendo, acabada la guerra, un escenario donde campaban los espías a sus anchas, salvo los soviéticos, por razones obvias, ya no podían actuar como lo habían hecho hasta entonces. Hay que tener en cuenta que el régimen franquista se mantuvo neutral durante la Guerra Mundial. En este sentido, también Portugal fue neutral, sin duda por la conciencia del país de ser periférico en Europa, y aquí también camparon a sus anchas las redes de espionaje, más cuando Lisboa se convirtió en el punto de salida de miles de refugiados europeos, muchos de ellos judíos, hacia América.

 En todo caso, no se conoce del todo bien hasta qué punto la neutralidad española fue una imposición del régimen alemán o una maniobra de la dictadura española, en cuyas bases había diferentes posiciones políticas y los filonazis, contra lo que pudiera pensarse en algún momento, no eran mayoría. Una buena parte del falangismo miraba más bien al fascismo italiano como modelo. Los monárquicos de línea Alfonsina, al igual que la derecha republicana que acabó apoyando el alzamiento por cuestiones prácticas (o por el miedo a una revolución social), tenían mayores simpatías hacia los británicos, mientras que los sectores carlistas y católicos ultramontanos tampoco sentían mucha simpatía por todas aquellas diatribas raciales y supremacistas del nazismo. Pero las ideologías y los posicionamientos políticos no pesaron tanto en la toma de decisiones del dictador español y su camarilla de militares, tal como escribió Dionisio Ridruejo en Casi unas memorias, al final y al cabo eran militares y la política como batalla de ideas no les interesó mucho. Sin duda, dejaron hacer a los servicios extranjeros, incluso con la colaboración de españoles, para poderse apoyar en unos u otros cuando fuese conveniente, a espaldas, eso sí, de una población que bastante tenía con sobrevivir a las condiciones de vida tan duras.

Es algo que se aprecia en la novela de Fernando García Pañeda, Todos tus nombres, publicada en Suma de Letras en 2018, donde aparecen varias redes de espionaje investigando el tráfico de obras de arte, pero en el fondo bregando las distintas redes por mantener el control, en un momento en el que el declive de Alemania en la guerra, estamos ya en 1944, ha motivado que el régimen español haya deslizado sus posiciones hacia los aliados. La novela, tal vez en un exceso de datos e información que mengua en gran medida la fuerza del propio relato, pone de manifiesto una atmósfera de intereses y tejemanejes políticos sin duda muy presentes en el momento. El epicentro de esta novela, por lo demás, se sitúa en Vizcaya, en el Bilbao de las familias principales, las de Neguri, cuyos intereses no son estrictamente los mismos que los de los otros bandos que favorecieron el alzamiento, más próximos a los intereses británicos.

No lo dice el autor, pero llama la atención que esa anglofilia coincidiera con la del PNV y la burguesía vasca que no apoyó a Franco en su momento, y que acabó formando su propia red al servicio de Gran Bretaña y de los Estados Unidos, con la vaga esperanza de que algún día ambos países apoyaran un hipotético Estado vasco. Hay que recordar en este sentido a Jesús de Galíndez y la novela que le dedicó Manuel Vázquez Montalbán.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Paisajes industriales


Existe una cierta atracción por los paisajes urbanos e industriales. Atraen cuando están en plena vorágine, pero también, sobre todo, cuando están en declive y se muestran heridos, los edificios se van abandonando y sus rincones aparecen ajados, solitarios. Atraen por la noche, cuando se impone la soledad más absoluta que viene acentuada por esa obscuridad rota que provoca el brillo de un sinfín de luces.

Atraen los polígonos, las grandes fábricas, los almacenes y tinglados, quizá porque nos sugieren un orden, un orden extraño, puede que un orden añorado por las ideas de progreso que ya se han diluido casi por completo: intuimos que el progreso fue un engaño, un mero artificio que creyeron hasta hace bien poco las generaciones pasadas, cuando la revolución industrial abrió la caja de Pandora de la ambición, y los burgueses, herederos de los antiguos comerciantes y de los gremios de artesanos, fueron apropiándose de los mecanismos de poder. Lograron convencer a los trabajadores, emigrados muchos de ellos desde el campo, de que iban a ser partícipes de una gloriosa etapa sin fin. El proletariado se incorporó a un sistema de progreso, aparente e ilimitado, incluso se incorporó a ese concepto de progreso aquel proletariado que vivió bajo el sueño/pesadilla del estalinismo y que se derrumbó al tener los pies de barro para incorporarse de nuevo al capitalismo del siglo XXI. Sí, vale, mejoraron en gran medida, todos ellos, sus condiciones de vida, que no es poco, sobre todo si tenemos en cuenta los millones de personas que han quedado al margen del reparto de bienes, a menudo por la mera suerte de nacer en un lugar o en otro. Pero hablamos de acumulación, no de progreso.

Sea lo que fuere, no parece que sea posible el progreso. Puede que algunos consigan mayores riquezas, los menos, pero no es progreso como el que se creía que iba a haber, progreso como mejora material, cultural y moral, sólo habrá, con suerte, mera acumulación. Claro que de haber mayor progreso, progreso real, el habido hasta ahora, aceptémosle que lo es, sólo el material, a todas luces se volvería –se vuelve ya– contra nosotros en forma de crisis ecológica, destrucción del medio ambiente y cambios bruscos en las condiciones naturales.

Permanece no obstante ese atractivo del paisaje urbano e industrial. Quizá goce de la belleza que le concede la añoranza de lo que pudo ser y no fue, o de lo que sólo se rozó apenas.

En este sentido, Bilbao y toda la cuenca del Nervión es buena muestra de ese desarrollo industrial que perduró hasta finales del siglo pasado y que se mantiene hoy, aunque haya cambiado mucho en los últimos años. Ramiro Pinilla consiguió describir en buena parte de su trilogía, Verdes valles, colinas rojas, el inicio y desarrollo de esa industrialización del Nervión, con la aparición de un sinfín de industrias a lo largo de la ría y que supuso a su vez el crecimiento de las ciudades de la Margen Izquierda –Baracaldo, Sestao, Portugalete y Santurce-, o por su parte, al sur de Bilbao, Basauri, así como de los barrios obreros de la propia capital, como Santutxu, Zorroza, Recalde o Bolueta.

Durante lustros Bilbao y su zona de influencia fue un importantísimo núcleo de trabajo y de capital. Los Alto Hornos ejercieron de enorme faro económico, laboral e industrial. Se vivieron los vaivenes de una realidad no siempre pacífica, a menudo conflictiva, pero que se recuerda con no poca añoranza, esa añoranza del idílico progreso.

En 2009 Patxo Tellería y Aitor Mazo dirigieron una película muy bella, y tal vez simbólica, La máquina de pintar nubes, que narra una historia del tardofranquismo, tan agitado en lo político y lo social, en que Andrés, contable en una nave industrial y pintor aficionado, intenta inculcar el amor a la pintura a sus dos hijos, pero el mayor, el que tiene más posibilidades, no parece muy dado a seguir tal afición, mientras que Asier, el pequeño, el que parece querer pintar, aunque sólo sea para seducir a una muchacha algo mayor que él, padece de daltonismo. Todo está envuelto en una nostalgia por aquel tiempo industrial, con síntomas ya de que la actividad fabril sufre un cierto cansancio, aunque faltará apenas un decenio para que se afronte una brutal reconversión.

Veintitrés años antes Imanol Uribe muestra en una película, Adios Pequeña, un retrato menos amable de ese Nervión industrial, con un trasfondo de ocultación y hampa, de delincuencia violenta y tráficos ilegales. La abogada Beatriz Arteche, interpretada por Ana Belén, de buena familia, de las de Neguri, decide darse de alta en el turno de oficio y pasa a defender a un traficante de poca monta que distribuye cocaína por la Margen Izquierda, en aquellos años ochenta de droga dura en la zona. La investigación que llevará a cabo para afrontar la defensa de su patrocinado le llevará a descubrir algo no esperado y muy cercano.

Pero será sin duda Daniel Calpasoro quien mostrará el lado más hosco y virulento del declive de la industria local y sus efectos. En 1995 dirige su ópera prima, Salto al vacío, que es la historia de Alex, interpretada por Najwa Nimri, que forma con tres amigos una banda delictiva y que trafica con armas y drogas. Estamos en pleno efecto de la reconversión que ha dejado sin empleo a miles de trabajadores que ya vienen a su vez de una crisis profunda. El grupo de Alex es violento, pero más que por las acciones que acometen, que también, lo es porque cada uno de ellos lleva una enorme violencia dentro de sí, una violencia formada por frustración, desesperanza, desasosiego e impotencia. No se enfrentan contra la sociedad, contra el (des)orden del mundo, sino contra sus propias vidas y su destino, lanzan uno y mil exabruptos contra un Dios que apenas es una mención para ellos como signo de que su rebelión es sobre todo interior y estéril.

Ese aparente orden de los polígonos, las grandes fábricas, los almacenes y tinglados oculta, en el fondo, algo obscuro y tenebroso, un lado obscuro que todos tenemos y que vemos reflejado en nuestros entornos industriales. Tal vez sea eso lo que añoramos del paisaje industrial. Cuando la sociedad ha cambiado tanto, o eso creemos, cuando la sociedad postindustrial se decanta por los servicios, por otros tipos de empleos, creemos ver ese orden tenebroso en los restos de las naves industriales. Aunque quizá todo el horror se haya a su vez reconvertido y nos envuelve del mismo modo angustioso, sin sentido ni futuro.

martes, 4 de septiembre de 2018

Sobre identidades y estereotipos


Estamos otra vez de vuelta al debate de la identidad colectiva –cultural, nacional o política, que tampoco está claro de qué hablamos–, si es que alguna vez hemos dejado de hablar de ello. En Alemania vuelven las manifestaciones, de momento minoritarias, de afirmación nacional, muchos Estados europeos bloquean sus fronteras ante la llegada de personas de África o Asia, en los Estados Unidos Trump ganó las elecciones con el deseo/lema de que el país volviese a ser grande y en Cataluña continúa el debate sobre su identidad, en forma más bien de identidad política, esto es, la pertenencia a una colectividad que busca una forma de poder, un Estado.

Hay que aclarar, primero de todo, que no intento poner los ejemplos citados al mismo nivel ni insinuar que todos comparten una misma base, no es así en absoluto. Cada caso, cada modelo y cada conflicto, si lo hay, responde a cuestiones y a bases diferentes, en algunos casos hay una posición reaccionaria, las manifestaciones en Alemania, por ejemplo, rozan y atraviesan las posiciones ultraderechistas, racistas, agresivas contra lo exterior, mientras que en la cuestión catalana, hoy, al otro lado, posee un elemento bien diferente, hay un planteamiento de fondo sobre lo que debe ser la democracia y sus límites e incluso hay en el soberanismo catalán corrientes progresistas, de izquierda e incluso rupturistas y revolucionarias, se debe reconocer, aunque en ocasión todo ello roce cierto ridículo en algunos de sus planteamientos.

Pero ni qué decir tiene que en el trasfondo estamos hablando de identidades. O más bien en la proclamación o en la necesidad de reafirmación de la pertenencia a una identidad. Sin querer entrar de un modo pretencioso en disquisiciones antropológicas o de falsa erudición, uno tiene la sensación de que estamos en un momento en que los límites de las identidades se diluyen más y más, debido en gran medida a los nuevos medios tecnológicos, a las mayores facilidades de viajar –el viajar nos cura del nacionalismo, se suele decir, como leer del fascismo; se atribuye a Unamuno, aunque proviene tal vez de Pío Baroja, que se refería, más que al fascismo, al carlismo- y a la sensación de que las sociedades son más multiculturales o multiétnicas. Es el debate de la globalización del que se hablaba a finales del siglo XX frente a lo cual algunos defienden las identidades fuertes.

Puede que algunos debates sobre la identidad sean forzados, respondan a intereses turbios o muestren temores ancestrales. Es un despropósito pensar que ciertas sociedades desarrolladas se enfrenten a un enorme peligro por la llegada de inmigrantes, muchas veces en condiciones sociales inferiores, aunque se han forjado demasiadas leyendas urbanas al respecto.  

Sea lo que fuere, la identidad existe, una identidad que nos viene dada: nacemos en un medio, hablamos un idioma que compartimos con otros individuos, poseemos algunas características físicas mayoritarias en el grupo, nos educamos en determinadas claves y asumimos algunas referencias compartidas, con independencia de que con el tiempo seamos más o menos críticos con éstas. Pero es algo que nos viene dado, no lo elegimos. Claro que la identidad no siempre es un traje a medida, inamovible. Depende mucho, desde luego, del grado de libertad y de amplitud de miras que posea una sociedad determinada. Se acrecientan luego los intercambios con otras sociedades y hay otro factor, este individual, el de las identificaciones con otros valores, otros pueblos diferentes al nuestro, otras culturas.

También hay otro factor que de pronto, en este cambio de siglo, parece haber desaparecido de nuestras referencias: el factor social. La desaparición, aparente o real, de alternativas políticas y sociales ha supuesto que se haya suprimido -¿escamoteado?- de nuestras miradas sobre lo real la pertenencia a las clases sociales, definidas éstas según los modelos del siglo XIX y XX, dos siglos en los que conceptos como lucha de clases o clase obrera y clase burguesa eran dominantes. Hoy se impone una concepción de clase media, cualquier cosa que sea esto.

La escritora británica Zadie Smith plantea en sus novelas esta cuestión de las identidades, coloca el debate sobre su definición y sus límites en el trasfondo de sus narraciones. Lo centra con gran ironía, y con frecuencia consigue mostrar bien a las claras el absurdo de muchos de estos debates. Pero además riza el rizo al contextualizar el tema no en las capas sociales más bajas, los trabajadores, las clases medias y populares, sino en capas altas, adineradas o cultas.

En su novela On Beauty (Sobre la Belleza, traducido al castellano por Ana María de la Fuente) el choque se da en la universidad americana de Wellington, donde da clases el profesor británico Howard Belsey, blanco, culto, liberal (en el sentido norteamericano del término liberal, esto es, progresista) y casado con una mujer negra norteamericana, con quien tiene tres hijos, los dos mayores, Jerome y Zora, universitarios y cultos, mientras que el menor, Levi, activista en favor de los inmigrantes haitianos. Se enfrenta intelectualmente a Monty Kipps, como él británico y profesor universitario, pero negro y conservador, contrario a la discriminación positiva en lo que respecta a las minorías étnicas y poco partidario de que las universidades se muestren “sensibles” a cuestiones extracadémicas.

El resultado es una novela irónica sobre tales debates. Sus intervinientes caen en contradicciones y no pueden a su vez evitar caer en posiciones racistas –hay que destacar los comentarios vertidos en algunos momentos sobre los haitianos, negros pobres, por norteamericanos negros y adinerados- o a todas luces clasistas. Porque muchas veces, se debe reconocer, muchas actitudes no responden a posiciones racistas, sino de aporofobia, ese neologismo tan acertado, acuñado por la filósofa Adela Cortina.

En este sentido, cabe tener en cuenta que entre los inmigrantes arribados este verano a la Comunidad Autónoma Vasca y que muestran no pocas carencias en las políticas sociales de las administraciones autónomas hay varias personas incluso con formación universitaria, pero no se tiene en cuenta ni se sabe, al fin y al cabo todos responden a un mismo estereotipo, el de una condición de miseria de la que escapan, aunque nadie se molesta en conocer las circunstancias. Tal vez sea otro debate, pero allí está el dato.  


sábado, 25 de agosto de 2018

«Lejos del mar»


Resulta difícil saber cómo reaccionaría uno ante el asesinato de un familiar o de alguien cercano, incluso en el caso de que hubiese cumplido el autor su correspondiente pena o castigo social. Casos ha habido de venganza, tal vez comprensible desde el punto de vista personal, humano, impracticable si tenemos en cuenta el conjunto social. Pero también se han dado casos de aproximación, de reconciliación, que parten siempre de la asunción del daño causado.

Nada cambia, o debería cambiar, cuando la muerte violenta tiene una base política: en el acto de matar a alguien por motivos políticos lo importante está en el matar, lo de los motivos políticos apenas sirve para conocer las circunstancias, explicar tal vez los hechos, nunca para justificar el acto de matar.

Imanol Uribe se plantea todo esto en su película Lejos de Mar (2015), en la que vemos el encuentro en un pueblo costero de Almería entre Marina (interpretada por Elena Anaya), médica en un hospital de la zona e hija de un militar asesinado en San Sebastián, y Santi (interpretado por Eduard Fernández) que recién sale de prisión, tras veintidós años de condena, y que se halla en un proceso de distancia ética, personal, de su antigua militancia armada que le lleva incluso a no regresar al País Vasco tras su salida de la cárcel.

Ambos viven con aquel fatídico día impreso en su interior. Marina porque estaba con su padre en el momento del asesinato; Santi porque no se ha podido olvidar de aquella niña y sin duda ese recuerdo es lo que le permite tomar conciencia del daño de su acción. Lo apreciamos en sus gestos y en sus silencios, en sus miradas, en un sufrimiento que ambos actores consiguen reflejar perfectamente, algo les remueve por dentro y no les permite tener una vida normal, cualquier cosa que sea esto de la vida normal. Marina vive con esa zozobra y ese silencio del que hablan tanto las víctimas de actos violentos,  afecta a todos los ámbitos de su existencia, incluido su matrimonio. Santi, por su parte,  ha cortado sus vínculos con su tierra, incluso con lo más próximo, su familia, sus relaciones, prefiere la compañía del compañero de celda durante los últimos meses, un joven almeriense enfermo al que cuida en prisión. Pero busca la soledad y contempla ese mar que, según Eurípides, cura todos los males.

A partir de aquí el encuentro entre ambos lo acentúa todo. Resurge en Marina un deseo de venganza voraz que llega incluso a canalizar con un gesto violento y que en gran medida significará para Santi volver a sentir que su verdadera prisión no estaba tanto (y sigue sin estarlo, pese a haber pagado su acto) en las cuatro paredes de la cárcel, sino en sus propios remordimientos.

Pero lo que es un relato pausado que describe un proceso encarnizado de rencor se trastoca de pronto y asistimos a un cambio de sentido hacia una situación extraña, mezcla quizá de la necesidad de comprender, y de comprenderse, y de percibir que las cosas no siempre son como uno se espera, o lo esperan los demás. Lo que prevemos que iba a ser una venganza se vuelve otra cosa que no acabamos de entender del todo porque se da en el interior de Marina y Santi, quizá por ello nos resulta tan difícil de asumir lo que les pasa a ambos, de considerarlo incluso verosímil.

Tal vez sea un acierto el que Imanol Uribe haya contextualizado esa relación en un capítulo que está bien presente en la historia reciente de España, el de la violencia en el País Vasco y su repercusión en la vida cotidiana de la gente. Ya lo hizo en La Muerte de Mikel (1984) y en Días Contados (1994), películas que cuentan historias de relaciones enmarcadas en la violencia del País Vasco, sin que esta violencia sea en sí misma el tema de lo que se narra. Podría ser cualquier otro conflicto, pero es éste de la violencia reciente en España que está demasiado próximo, y que sigue creando polémica y despertando no pocos sentimientos a flor de piel. Nadie que vea la película va a ser indiferente y sin duda la verosimilitud o no de lo que vemos va a estar determinada, o deformada, por nuestras opiniones y vivencias respecto al conflicto en sí (o como queramos calificarlo).

Asumiendo que la historia entre Marina y Santi se da en el marco de una ficción, la pregunta que uno se plantea es hasta qué punto en la realidad sería posible establecer una relación entre víctima y victimario. Hemos tenido reuniones privadas y abiertas entre personas afectadas por diversos grados de violencia en el País Vasco y los resultados han sido en algunos casos de comprensión y empatía. No siempre ha funcionado, pero parece más fácil por el sólo hecho de que quien sufre actos de violencia puede llegar a comprender lo que sufre otra víctima, aunque no sea de su bando. Pero desde luego han sido pocos los casos en que la víctima de la violencia haya establecido una mínima relación con el autor de las mismas.

El panorama actual de las calles de la Comunidad Autónoma Vasca y de Navarra es muy diferente al de hace unos años. Quien paseé por sus calles y plazas sin conocer su historia puede llegar a no creer posible que la violencia estuviera tan presente en ellas. Claro que en gran medida ha habido y hay demasiados silencios, esos mismos silencios que se han apoderado de la vida de demasiada gente.


lunes, 20 de agosto de 2018

Amy Tan, «El Club de la buena estrella»


Apreciamos en la obra de Wei Hui como la cultura occidental –la europea y la norteamericana, por restringir algo el concepto– se ha extendido, impuesto y asumido en China, pero también en todo el mundo. La vida en Shanghái no dista mucho de la de otras metrópolis, la de las grandes capitales, pero también en otras ciudades medias han acabado asumiendo ese modelo, hasta el punto de que el modo de vivir, consumir, pensar, crear, divertirse o comer no dista mucho entre unas y otras. De ahí que lo narrado en las novelas de esta escritora china nos resulte familiar, incluso propio.

Se ha extendido un patrón que homogeniza el modo de producir, de comerciar, de sentir y relacionarse, poco importa que el poder esté en manos del Partido Comunista, como en China, Laos o Vietnam, porque la etapa revolucionaria ha quedado atrás, dicen que de forma irremediable, y el capitalismo se impone hasta en el último rincón, salvo tal vez en Corea del Norte, convertido en un museo del despotismo caprichoso y obsesivo. En este sentido, las clases trabajadoras de los respectivos países se van incorporando a la mentalidad consumista y de clase media, cualquier cosa que sea ésta, a la que aspiran también los muchos inmigrantes que desean de un modo u otro, de forma legal o ilegal, acceder a este sistema, esta vez sí, globalizado, que se vuelve más y más global en parte por las tecnologías, nadie escapa ya al canto de sirena de un modo de vida que, sin embargo, tampoco logra satisfacer las necesidades humanas, colectivas e individuales, es más, se vuelve a todas luces angustioso y vacío.

Es evidente el cambio que han supuesto las nuevas tecnologías. Cuando hace poco más de veinte años Douglas Coupland publicó su novela Generación X, en apenas unos días se conoció en buena parte del mundo. Surgió una nueva vertiente del dirty realism, que en España incidió en la llamada generación Kronen, por la novela de Ángel Mañas, Historias del Kronen, publicada en 1994.

Hace apenas unos días, al hablar de música con unos jóvenes africanos recién llegados a Bilbao, me daba cuenta de que conocían a la perfección los distintos estilos que corren por aquí, incluido el reggaetón aportado por la inmigración caribeña o el rap; nada parecía serles ajeno, fueran ellos de capitales africanas o de lugares más recónditos. Europa y Estados Unidos son enormes faros culturales de los que nadie parece quedar ajeno y que a su vez propaga lo que llega a nuestros países.

Pero, ¿es posible hablar del sentido inverso, de la influencia ejercida por otras culturas en los patrones occidentales? Cabe destacar en este sentido que el cubismo no hubiera existido sin la influencia de las máscaras y esculturas africanas, que Picasso conoció de primera mano en París. En los años cincuenta y sesenta la literatura universal descubrió la narrativa latinoamericana que se gestaba entonces, se habló incluso de un boom  de la literatura latinoamericana que influyó y renovó la literatura española, pero también de otros muchas lenguas y países. De un modo análogo a las máscaras y esculturas africanas de la exposición parisina, una buena parte de los escritores latinoamericanos vinculados al boom estaban presentes y vivieron en capitales europeas, de modo que volvió a funcionar un vínculo de ida y vuelta. El punto de inflexión y de difusión, no obstante, se halla aquí, en los países occidentales. En cierto modo también pesa la estrategia comercial en lo cultural.

La clave la da de alguna manera la escritora norteamericana Amy Tan al describir en sus novelas el proceso de cambio entre madres e hijas, por ejemplo en  El Club de la buena estrella: madres que crecen en China durante los años treinta y cuarenta, que huyen de aquel país castigado por la invasión japonesa y después por una guerra civil revolucionaria, que emigran a California y allí establecen sus vidas, trabajan, se relacionan o no con otras comunidades, desde luego conviven con otras personas originarias de China, algunas de esas mujeres se casan con blancos, tienen hijas, hijas que adoptan los patrones culturales y sociales norteamericanos, adquieren el inglés como su lengua de comunicación, con los valores que posee cualquier lengua, se incorporan a la clase media y lo chino, entonces, se convierte en un momento dado en una cuestión de identidad con que se convive no siempre de un modo pacífico. La propia autora es un producto de ese proceso: madre china, hija norteamericana de origen chino (que no es lo mismo que originaria de China).

Podemos realizar de sus novelas una lectura meramente generacional, la relación de madres e hijas cuyas épocas las determinan (se daría el conflicto si madre e hija pertenecieran a la misma cultura), pero también cabe una lectura social –hay que tener en cuenta que la salida de China responde no siempre al deseo de prosperar porque se provenga de la pobreza, cliché habitual cuando hablamos de quienes emigran, sino que en algunos casos vivieron en un medio próspero y huyen de la guerra o de la inestabilidad, toman la iniciativa para desarrollarse en otro lugar, para seguir desarrollando su proyecto de vida– y a su vez cabe sobre todo una lectura cultural, de acuerdo a los conceptos que explica el antropólogo Xabier Etxeberria al establecer los diferentes modos de relación entre comunidades culturales.

La identidad es algo colectivo, comunitario. Pero también es algo dinámico. Se transmite, de ahí que las hijas de las que habla Amy Tan no podrán evitar asumirse como chinas. Aunque no lo sean y en ocasiones tampoco lo desean, pero a la vez crecen con los patrones norteamericanos, sean norteamericanas de hecho, y aquí hay que tener en cuenta, además, que en los Estados Unidos es mucho más patente una mayor voluntad de incorporar y asimilar a los inmigrantes que en Europa, que se decanta más por la multiculturalidad, con comunidades que se relacionan pero que no siempre interactúan, más allá de las referencias.

El conflicto se da con frecuencia en el ámbito individual, más cuando el capitalismo posmoderno es profundamente individualista. De ahí que el conflicto de la identidad reflejado en la narrativa de Amy Tan provoca un aturdimiento personal y psicológico del que se alimentan en gran medidas sus personajes.

domingo, 12 de agosto de 2018

«Shanghai Baby» de Wei Hui


A veces hay reacciones extrañas de los poderes políticos, en los de los regímenes absolutos aunque también sucede en las democracias formales, como si quienes los ejercen no las tuvieran todas consigo y dieran meras excusas de salvaguardia de la integridad o de la moral a lo que es, simple y llanamente, sentir que tienen los pies de barro. En abril de 2000 el Estado chino pretendió prohibir, prohibió de hecho, la novela Shangai Baby, de la escritora Wei Hui y llegó a quemar 40.000 volúmenes del mismo. Fue acusado nada menos de ser un libro «decadente y vicioso, y esclavo de la cultura occidental». Resulta cuanto menos curioso, por no decir sardónico, tal acusación cuando las autoridades del Partido Comunista Chino llevan años generando un modelo económico capitalista, en su vertiente más neoliberal, y fomentando un consumismo salvaje, con sus correspondientes víctimas, cómo no, y según un modelo por completo occidental, aunque todo esto es otro debate.

El hecho es que, a pesar de la decisión gubernamental, la novela corrió como la pólvora, no sólo en China, a través de copias piratas, sino en el extranjero. Trata de una joven y atractiva escritora en ciernes, Nike, residente en Shanghái, la ciudad más occidentalizada de China y ahora mismo verdadero centro mundial económico y empresarial, que vive una doble historia de amor con su novio chino, un sensible artista sin muchas ambiciones y enquistado en un profunda crisis personal, y su amante alemán, un ejecutivo afincado en la ciudad y que vive con intensidad la animada vida urbana.  

Asistimos a la trepidante vida de Shanghái, una urbe activa, muy consumista, con una élite cultural y social que nada tiene que envidiar a la de las grandes capitales occidentales, pero también con una libertad sexual que permite vivir con una intensa sensualidad sin atisbo de culpabilidad alguna. Es un mundo de claro dominio femenino, no sólo porque la narradora y protagonista es una mujer, también porque las mujeres parecen dominar todas las escenas de la narración, resuena incluso lo femenino en las muchas referencias musicales y cinematográficas de la novela, desde la mítica cantante Zhou Xuan, que fue célebre en la década de los cuarenta, hasta actrices y cantantes actuales, como Gong Li o Lin Yilian.

Todo ello lo cuenta, además, Wei Hui con un lirismo que permite incluso sentir la sensualidad cotidiana. Pero también con el profundo dolor que hay detrás de las apariencias y de la mundanidad. La escritura se convierte de este modo para la escritora-personaje en una forma de confrontarse a la vida pero también de huir de ella. Se da por tanto una reflexión sobre la escritura, como a su vez sobre la existencia. Pero también, en medio de toda esta vida agitada y consumista de los personajes que rodean a Nike y que ocupan la totalidad del relato, hay lugar a cierta crítica social, recordando a toda una parte de la sociedad china, sobre todo campesina, que brega aún por hallar unas mínimas comodidades en sus vidas.

La novela, pues, no gustó al poder, tal vez por esa mojigatería de algunos regímenes, de todos en realidad, que se escandalizan de que se cuenten según qué cosas mientras no dan mucha importancia a otras muchas realidades, por ejemplo a unos conflictos sociales sin duda latentes, ocultados también, aun cuando surjan con alguna frecuencia, pero que no se afrontan para solucionarlos, sino sólo para esconderlos. En la China y aquí. Tal vez no quisieran las autoridades dar una imagen frívola del país, aunque puede que temieran que la propia población asistiera a ese drástico cambio social en los últimos lustros, quién sabe si por las repercusiones que pudiera tener contemplar determinadas cosas, aunque sea en la ficción.  

Lo cual nos lleva a plantearnos hasta qué punto la literatura puede o no ejercer tanta influencia social como para incidir en la realidad y cambiar el mundo. No en vano muchos autores creyeron con firmeza que la literatura podía potencialmente servir a causas utópicas, nobles o transformadoras, además de ser herramientas de crítica voraz, ser en definitiva esa arma cargada de futuro, que atribuyera Gabriel Celaya a la poesía y cantara Paco Ibáñez. No parece que la capacidad de la literatura sea tanta, menos aún en épocas tan poco literarias como la actual, aunque sí que es verdad que afecta a las mentalidades y algo influye.

Con seguridad no era esa la intención de Wei Hui, cambiar nada, incidir en nada, ejercer influencia alguna más allá de aportar un buen relato a sus lectores. Esto lo consigue a todas luces, se trata de una novela que engancha, que apasiona y da mucho que pensar.

sábado, 4 de agosto de 2018

Las sonrisas de las fotos


Frente a la solemnidad y la pose seria de los daguerrotipos de antaño, hogaño hay como una obligación de sonreír ante la cámara, de mostrarse feliz, divertido, chistoso incluso. Son malos tiempos estos de ahora para la melancolía, para la tristeza, para la infelicidad. Quien es melancólico, triste o infeliz se convierte en un desterrado, en alguien a rechazar, capaz de amargarte el momento que sigue a un formal cómo estás y al que la corrección exige que nunca, nunca, se deba responder con un siéntate, que te cuento. Incluso la palabra infeliz, que describía un estado de ánimo, ha pasado a ser casi un insulto.

Sin duda tiene que ver con un modelo de sociedad que incide en un modo de ser. El imprescindible consumismo del capitalismo actual, tan necesitado de que se compre sin parar para mantener la maquinaria productiva, ha convertido la alegría, la felicidad, la risa, la juerga de un instante en piezas fundamentales de la vida, pero sobre todo del negocio. Consuma, sea feliz, diviértase. Son los eslóganes de un presente en el que todo se reifica o cosifica, en su concepto más marxista. Y quien no es capaz de superar la tristeza, la melancolía o el desasosiego acaba desterrado de la escena o, más sutil aún, se margina él mismo, convencido incluso de ser lo suyo un mal vergonzante.

El turismo es tal vez uno de los ejemplos extremos. Se han popularizado los cruceros en los que todo momento el cliente –hablamos de un negocio, recuérdese– ha de mostrar siempre su mejor cara, la de la sonrisa; más incluso, una risa perenne que nunca ha de desaparecer. Y esto se lleva más lejos aún, a esas ciudades de vacaciones, por lo general costeras, donde la fiesta nunca se interrumpe, es el modelo Lloret, aunque en ocasiones se vista con un tono un poco más solemne, el de ciudades como Venecia o Barcelona, convertidas hoy en meras caricaturas de sí mismas, unos parques temáticos para diversión y placer de los turistas, ajenas a cualquier sufrimiento o infelicidad que se ocultan a base de seleccionar al paseante, foráneo o autóctono, por medio de la pura especulación (se especula con todo: vivienda, ocio, incluso las necesidades más vitales). Añádase una pizca de aporofobia, ese neologismo tan útil para entender tantas cosas que propuso Adela Cortina con gran acierto, y encontramos de pronto los rasgos que definen la sociedad actual de muchos países, los de Europa, por ejemplo.

Por cierto, junto a los cruceros también se han popularizado los parques temáticos.

Pero a decir verdad no es un fenómeno exclusivo de nuestro tiempo. En el siglo XVII, Sieur de Sainte-Colombe rechazó los honores y las dádivas de la Corte, renunció a ser compositor y violagambista del Rey y de los Nobles, en ese mundo feliz y primoroso al que sucumbió su alumno Marais Marin, que pasó a ocupar un lugar destacado bajo la protección de Luis XIV, Rey de Francia y de Navarra. Era aquel, también, un mundo de sonrisas y de formas amables, de diversión y placer. La actitud de Sainte-Colombe era la de un extraño, alguien que se dejó llevar por la melancolía, su esposa había muerto, dejándolo solo, con sus dos hijas y sobre todo con su música, pero había en su actitud un compromiso profundo con el arte: era alguien que rechazaba ir de artista, pretendía serlo de verdad, diferencia esta –ir de artista frente a ser artista– que es a su vez de una rabiosa actualidad. No en vano el compositor era un firme defensor del jansenismo, doctrina que tuvo entre sus pilares la parábola de los talentos (Mt 25: 14-30) y la de las diez onzas (Lc, 19: 11-27), según las cuales cualquier persona está obligado a desarrollar todo el potencial que Dios le ha dado y no puede malgastarlo en superficialidades mundanas.

Alain Corneau dirigió una hermosa película, Tous les matins du monde (1991), sobre este músico.

La historia parece discurrir entre el gesto serio del daguerrotipo y la sonrisa alegre de la foto. Se van sucediendo época tras época. Aunque ninguna de las dos parece garantizar la felicidad, el sosiego o un equilibrio que, dicen, resulta tan necesario. El mundo jovial que aparece en Cabaret (1972), del director Bob Fosse, reflejo de ese intento de recuperar la belle epoque previo a la Iª Guerra Mundial en la Alemania expresionista, no pudo ocultar la tragedia que se avecinaba en ese país. Del mismo modo que Paolo Sorrentino nos muestra en La Grande Bellezza (2013) el profundo hastío que pervive en la mundanidad ociosa y engreída de la gente bien de Roma.