jueves, 12 de marzo de 2026

Requiem de guerra

 


«¿Qué fúnebres tañidos se ofrendan / para estos que mueren como ganado? / sólo la ira monstruosa de los cañones… / … y el rápido tartamudeo de los rifles / pueden escupir una apresurada plegaria». Son palabras que aparecen en el Réquiem de guerra, el libreto de Benjamín Britten para la Misa de Difuntos con que se reconsagró en 1962 la Catedral de Coventry. El edificio quedó destruido durante un bombardeo el 14 de noviembre de 1940, en aquella guerra infame, aunque todas las guerras lo son, que produjo millones de víctimas y destruyó medio mundo.

Nadie mejor que el músico británico para ese encargo: pacifista reconocido, antibelicista convencido, se negó a participar en las matanzas, se enfrentó a la maquinaria de guerra, se declaró objetor de conciencia en 1942, tras regresar al Reino Unido después de una estancia en Estados Unidos, y fue blanco de no pocas críticas por su posición contraria a tomar las armas contra los soldados del otro lado, ciudadanos que no eran su enemigo, en absoluto. En aquel momento se recuperaron no pocas proclamas para enaltecer el espíritu bélico. «Dulce et decorum est pro patria mori», había escrito Horacio varios siglos antes, lema esculpido en los frontispicios mentales de las naciones, emblema de los patriotas de todo cuño, sobre todo de aquellos que envían a otros a matar y a morir, «dulce y honorable es morir por la patria», algo que otro británico, el poeta Wilfred Owen, no dudó en calificar de vieja mentira. Supo de lo que hablaba: él mismo acabó muriendo en Francia el 4 de noviembre de 1918, apenas unos días antes del armisticio, durante una batalla, soldado consciente a medida que combatía del mal de las armas. El compositor lo homenajeó al trasladar a su Requiem de guerra algunos de sus poemas, de ese modo unieron los dos conflictos mundiales, ambos en un mismo siglo, hasta el punto de que hay quien piensa que en realidad se trato de un mismo conflicto.

Ambas guerras se calificaron de mundiales, se extendieron ciertamente por casi todo el mundo y participaron, de un modo u otro, buena parte de los Estados del planeta. Además, el desarrollo de la tecnología dio lugar a nuevos instrumentos y nuevas herramientas de muerte: aviación, submarinos, gases mortíferos, bombas cada vez más potentes, armas de mayor alcance. Por si no fuera poco, toda la población se volvió objetivo militar, blanco de unas matanzas que buscaban expandir el terror. Se crearon métodos bien dispuestos para la muerte organizada. Los campos de concentración en Alemania fueron la cumbre de un sistema metódico de asesinato masivo, tan crueles como la experimentación de las dos bombas atómicas lanzadas contra dos ciudades japonesas por los Estados Unidos, por hablar de dos ejemplos brutales, quizá los dos que han quedado más grabados en la memoria colectiva, pero sin duda no fueron los únicos. El Ejército Soviético, el primero en entrar en Berlín, no dudó en emplear prácticas bien crueles mientras liberaba a la población alemana.

 «Dulce et decorum est pro patria mori». No pocos escritores pusieron en palabras, es cierto, la justificación de la guerra. Las loas a los emperadores con sus gloriosas gestas, el ideal caballeresco, tan embellecido por las buenas intenciones, las crónicas de las batallas, el embeleso por los nuevos señores de la guerra, la exaltación romántica de la patria, hasta llegar a nuestros tiempos democráticos, en los que se legitiman las guerras con los discursos justificadores de las matanzas actuales. También con la mentira como instrumento bélico, es evidente. Y descarado. ¿Quién se cree hoy que el objetivo sea liberar a la población iraní en esta nueva fase de locura masiva? No ha pasado tanto tiempo de las armas de destrucción masiva alegadas para bombardear Irak. Y apenas unas semanas de la lucha antiterrorista que se arguyó para arrasar Gaza mientras se delineaban planes de inversiones turísticas en la región.

Estamos de nuevo en un tiempo de sofistas: se confunde la verdad con la conveniencia, la libertad con los intereses.

La primera guerra mundial, no obstante, produjo al mismo tiempo una conciencia pacifista activa y militante. Vera Brittain vivió también de cerca el horror de la guerra. Herman Hesse se negó a ser cómplice de nuevo de la maquinaria del terror. Dietrich Bonhoeffer reflexionó sobre el mal desde el interior de la bestia. Al igual que Benjamín Britten, se enfrentaron a sus propios países, lo que vuelve más heroico su gesto. Es fácil oponerse a guerras lejanas; lo difícil es la resistencia interna, la oposición desde dentro, la del puñado de pacifistas y objetores israelís, la de los palestinos que se oponen al fundamentalismo, la de los iraníes que propugnan otro sistema político realmente emancipador y que poco tiene que ver con los cantos de sirena de quienes los bombardean. Y sin duda es mucho más realista, como cuenta la película Feliz Navidad (2005), que los soldados enemigos jueguen al fútbol e intercambien recuerdos a que se maten en el campo de batalla.

 

domingo, 22 de febrero de 2026

Impostura

 


Escribe José Ovejero en relación con la novela Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, que su función «(…) no es tanto contar la verdad como mostrar una visión que nos haga poner en tela de juicio las interpretaciones que conocíamos hasta ahora, ayudándonos, una vez más, a desaprender, al revelarnos la probable impostura en la que se basa la historia de toda nación» (“Cormac McCarthy: «Meridiano de sangre»” en La ética de la crueldad). Algo de esto consigue Daniel Guzmán en su última película, La deuda (2025), esa historia de Lucas y María que nos estremece por su dureza, por la crueldad en la que se envuelve esa necesidad de supervivencia a la que ambos se enfrentan y que, tal como indica José Ovejero, nos revela la impostura en que se desarrolla la vida cotidiana, en este caso la del momento actual.

Madrid se vuelve el escenario de esta historia tremenda de unos marginados, de todos esos nadie ocultos tras las fachadas del centro, el centro de Madrid como el de cualquier otra ciudad, rodeados de la opulencia de una capital, de cualquier capital, cuyos gerentes muestran con orgullo como consecuencia de sus políticas, la ciudad de la libertad, proclaman en el caso de Madrid, la libertad de tomarse unas cañas, atribuyéndose el dinamismo de la ciudad, mientras que los responsables del gobierno central, por su parte, de tendencia distinta, se enaltecen de los logros sociales habidos, reales sin duda alguna, pero diluidos en las consecuencias más nefastas del mercado, al que no le tocan una coma.

La belleza de las calles o de los edificios antiguos y modernos o el dinamismo de las avenidas ocultan en la realidad la angustia que tan bien se retrata en esta película. Tal es en buena medida la función de la literatura y del cine, o una de las funciones, la de un arte basado en una crueldad ética que José Ovejero define como «aquella que en lugar de adaptarse a las expectativas del lector las desengaña y al mismo tiempo lo confronta con ellas. Es ética en el sentido de que pretende una transformación del lector».

Lucas, interpretado por el propio Daniel Guzmán, y María, interpretada por Rosario García, que circunstancias que no conocemos han juntado en un piso del centro de la ciudad y sufren las consecuencias de la gentrificación, de la conversión de nuestras urbes en meros parques temáticos, intentan evitar su desahucio, salvar lo único que tienen y sobrevivir en medio de la pobreza, de un sistema económico y una sociedad que vuelven invisibles a quienes no se ajustan a este modelo social de nuevo cuño. No tienen dinero, sólo hay una pensión de jubilación más bien magra y la propiedad del apartamento a punto de perderse. Lucas malvive en la más absoluta precariedad, no sin terror por lo que se le viene encima, a él y a María, a la que intenta salvar, con una culpa evidente en sus gestos, en sus actos, sin duda reprochables, antiéticos, o tal vez éticos si nos atenemos a esa misma crueldad que le envuelve.

Al verlos en su historia, no podemos olvidar los muchos Lucas y Marías que poblaron las calles de España y de tantos otros países durante la crisis del 2008. Los vimos esperar a que sacaran de los supermercados y de los restaurantes las sobras que les alimentaría por unos pocos días. Los vimos desahuciados porque la crisis repentina causada por el mercado, el eufemismo que se empleó para referirse a los especuladores, les dejó sin dinero para afrontar las hipotecas o los alquileres. Los vimos agobiados ya a mediados de mes porque los salarios no cubrían las necesidades, demasiado mes para el final del sueldo, se repetía durante las protestas del 15M.

Así que es imposible no simpatizar con Lucas. Es el antihéroe del que habla José Ovejero en el mismo capítulo referido al principio: «(…) ese personaje más cercano al lector que el héroe clásico porque comparte sus defectos y sus miedos». Tampoco tiene esta vez alternativas o canales de reivindicación. Lucas, como nosotros, está solo, lo estamos nosotros, los nadie, solos del todo, porque otros canalizaron las protestas y las luchas hacia un posibilismo institucional o en unos abrazos con quienes eran parte del problema, mero espejismo que acabó rompiendo toda esperanza.

Quizá la crisis actual no se nos aparezca tan extrema como la de hace tres lustros, pero sigue siendo tanto o más cruel porque nos vuelve más solitarios, más impotentes en lo colectivo, más culpables. Ya no nos creemos los cantos de sirena, ni siquiera necesitamos atarnos al mástil para evitar su seducción, hemos dejado de creer en sus intenciones. Estamos además convencidos de que es peor lo que está por venir.

Puede que la película de Daniel Guzmán contribuya a esa necesidad de desaprender. Nos deja un poso de desaliento, pero también nos habla de ese hilo rojo que nos vincula con los demás, que crea cercanías, complicidades, alientos, tan necesarios todos ellos, tan precisos e imprescindibles, tanto que los deberíamos sin duda recomponer, aunque luego todo salga mal.

martes, 20 de enero de 2026

Miradas


 

Parece mentira a estas alturas la irrupción de tanta bestia parda. Surgen de pronto y de lo más siniestro de nuestras sociedades los que no ocultan su odio racial, su rechazo al otro, al que posee una tonalidad de piel diferente o un fenotipo que no concuerda con un nosotros de límites difusos, al que habla idiomas que no son el oficial, el nuestro, o profesa otras creencias y tiene distintos hábitos, come de otra forma, ambiciona una vida mejor o huye de la guerra, de la opresión, de los desastres naturales.

Las redes sociales han dado carta blanca a tales tipejos. Que se vuelvan a sus países, dicen; remigración, claman. Se organizan en partidos y se envalentonan. Asocian inmigración y delincuencia. Poco les importa que los veamos temprano en los buses o en los trenes, camino al trabajo, o por la tarde, de vuelta a sus casas. Que oigamos sus idiomas y sus acentos en las muchas obras de nuestras ciudades. No quieren saber que en las provincias en los que estos racistas de nuevo cuño abundan miles de personas recogen fresas, lechugas, cerezas, tomates, una buena parte de ellos sin residencia legal, cobrando sueldos míseros. Lo llevan en los genes, llegan a decir, su maldad y su inferioridad, sólo quieren vivir de las ayudas, afirman, sustituirnos, apoderarse de lo nuestro, delinquir. Es un supremacismo que desdibuja la realidad.

A veces se muestran benévolos, la benevolencia de quien se siente superior, y aclaran no ser racistas, aceptan al buen inmigrante, al que se asimila a nuestras costumbres, se olvida de su cultura, aunque nunca acabará siendo de los nuestros, salvo que tengan fortuna, los árabes ricos que viven en Marbella, no son moros, los latinoamericanos millonarios del barrio de Salamanca, no son panchos, los negros que juegan en nuestros equipos de fútbol. Tampoco a quienes tachan de terroristas a los musulmanes parece molestarles que la Liga Española se juegue por unos días en Arabia Saudí. Puede que haya en realidad más aporafobia que racismo.

Mientras, nuestras ciudades se llenan de diversidad. Claro que a veces la convivencia no es sencilla. Se levantan muros por ambas partes, hay miradas de desconfianza u otras que cosifican: ¿quién recogerá las cosechas o acompañará a nuestros mayores? «Pedimos trabajadores y llegaron personas», escribió Max Frisch hace más de cincuenta años cuando en Suiza se intentó expulsar a… italianos. Eso sí, a quienes pretendieron tal barbaridad no parecía molestarle los rasgos étnicos de quienes ingresaban en sus bancos sus buenos capitales. Suiza lava más blanco fue el título de un ensayo del sociólogo Jean Ziegler sobre la maquinaria bancaria de su país. Y claro, entre esas personas que nos llegan también hay indeseables.

Hablando de Suiza, sería bueno volver a ver la película Un franco, 14 pesetas (2006) del director Carlos Iglesias sobre trabajadores españoles en aquel país. Sin duda, como suele ocurrir, la realidad supera la ficción. En los años sesenta miles de españoles emigraron. En 1971 Roberto Bodegas realizó la película Españolas en París, un drama con ciertos toques costumbristas que refleja el desarraigo de esa emigración. Las bestias pardas nos contarán que no es lo mismo, nada que ver con lo que tenemos ahora, una idealización de nuestros emigrantes que olvida lo parecidos que son a menudo los procesos migratorios. O los del asilo, el que sufrieron tantos españoles después de la guerra incivil no muy diferentes a los que vienen huyendo de otras guerras.

Acercarse a la diversidad étnica en una ciudad no resulta fácil. No es difícil en este sentido dejarse llevar por tópicos, estereotipos, buenas intenciones, corrección política o parcialidad. Lo consigue sin embargo Arantxa Echevarría que nos propuso en 2023 la película Chinas, una mirada casi de antropóloga sobre la comunidad china en un barrio de Madrid y las dificultades en la cotidianidad. Nos muestra el conflicto en la familia oriental cuyos padres sacrificados viven con tensión una realidad que les aísla, les desarraiga y les golpea en lo emocional, mientras la hija mayor, Claudia, interpretada por Xing Ye, sufre por estar entre dos mundos en los que no acaba de integrarse ni ser aceptada. Ni siquiera parece aceptarse a sí misma. Su madre, rigurosa, vive sólo para el bazar, apenas habla español y mira con desconfianza a sus clientes, incluso a Amaya, interpretada por Carolina Yuste, que compra por la noche en su tienda y se encariña con la hija pequeña, Lucía, interpretada por Daniela Shiman Yang.

Al mismo tiempo asistimos al conflicto en otra familia, la de Sol (Leonor Watling) y Julián (Pablo Molinero) que adoptan a Xiang (Elia Qiu), llevados por no poca idealización de cómo educarla, creando otro conflicto por lo que se es, no se es y las miradas de cada cual. Tal vez percibamos en algún momento que los rasgos físicos, los fenotipos, no determinan una identidad cultural.

La mirada de Arantxa Echevarría es como un bisturí que nos abre los interiores de los grupos étnicos. Lo consigue también en Carmen y Lola (2018) con respecto a la comunidad gitana y el conflicto que una determinada orientación sexual crea entre sus miembros. No hay juicio de valor, sólo se muestra ese conjunto de creencias, hábitos y emociones en los que a menudo nos categorizamos los humanos y que nos superan, en un sufrimiento difícil de afrontar.

martes, 6 de enero de 2026

Imágenes


 

El escritor Carlos Monsiváis escribió en un capítulo por él redactado de Historia general de México que «al cine van las mayorías no a divertirse, sino a aprender a ser mexicanos, no van a soñar sino a verse y a representarse un país a su imagen». No cabe ninguna duda de que con frecuencia intentamos parecernos a la imagen de nosotros mismos que creemos ver reflejados en los medios de comunicación, pero sobre todo en las películas o en las series que, con una cierta vocación costumbrista, procuran dictar, establecer o extender unos modos de vida determinados con los que la población general se identifican de un modo u otro e intentan imitar.

Sin duda hay mucho de ello en esa percepción de sí mismos como clase media que se da en amplios sectores de la población española, cada vez más. Muchos trabajadores, los beneficiarios sobre todo de convenios logrados tras años de luchas obreras y que se traducen en salarios no sólo dignos, sino elevados, en definitiva, una buena parte de la clase trabajadora en algún momento de los últimos lustros, se encuadran según las encuestas en la clase media cuando se le preguntan a qué clase pertenecen. Ya no es la manera como te ganas la vida lo que te lleva a integrarte en la clase trabajadora, en la burguesía o en otro segmento, clase media incluida, cualquier cosa que sea ésta, sino es la cuantía que percibes o cierto bienestar material del que disfrutas lo que va a determinar dicha percepción. No en vano el actual presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, socialdemócrata, usa a menudo en sus discursos la coletilla clase media trabajadora, creando un espacio en el que confluyen una parte importante del mundo del trabajo, la pequeña burguesía y el funcionariado. Y hay algo de lo anterior, decía, porque sin duda a esta percepción ha contribuido no poco ciertas películas que narran una cotidianidad exenta de conflictos sociales, pero sobre todo series que se emitieron en el cambio de siglo.

Dos destacaron en este proceso de autopercibimiento por su notable éxito: Médico de familia, que se emitió entre 1995 y 1999, y Los Serrano, en emisión entre 2003 y el 2008. En ambas series las familias respectivas habitaban en sendas urbanizaciones de viviendas adosadas, la de estos últimos incluso podía considerarse un chalet, justo cuando el país entraba en un periodo de bonanza en el que la construcción devino uno de los pilares de la economía española, sueño clasemediero que se transformó en pesadilla el mismo año en que acabó la emisión de Los Serrano, con un estallido brutal de lo que se denominó burbuja inmobiliaria.

Una película gallega refleja a la perfección aquella crisis: Los fenómenos (2014) de Alfonso Zarauza. Formidable es el diálogo que mantienen Lobo (Luis Tosar) y Neneta (Lola Dueñas) en el que ella, al reencontrarse con su excompañero tras un tiempo separados, mientras no puede pagar su hipoteca y se cierne el correspondiente desahucio, lo que ocurría a miles de familias en Estado en el tiempo del relato, le recrimina a él no vivir en la realidad. La respuesta de Lobo deja claro que quien estaba fuera de la realidad era ella al pretender, en su precariedad vital, vivir como la hipotética e hipotecada clase media.

Un político socialdemócrata de aquel momento, José Blanco, al analizar aquella crisis tan acerba, puso el titular del periodo de esplendor previo: «Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades». Fue una expresión que se repitió hasta la saciedad, se volvió un tópico, una frase hecha, una estupidez supina, al fin y al cabo se fomentó ese modelo desde las instituciones, los medios de comunicación, los agentes sociales y económicos, y la mayoría de los economistas afirmaron que la opulencia no podía revertir, que habíamos entrado en el mejor de los mundos y no había marcha atrás. Aquella imagen ideal que se integró en el imaginario político hasta volverse parte de una sociedad instituyente fue objeto de sátira cuando todo se vino abajo en una formidable cinta, también de 2014, dirigida por Isaki Lacuesta: Murieron por encima de sus posibilidades.



El filósofo hispano-colombiano Jesús Martín-Barbero contrapone, al reflexionar sobre el fenómeno urbano a partir de Bogotá, dos formas de mirar y dos modelos de ciudad, pues es la ciudad, al fin y al cabo, la que marca las miradas y las socializa: la ciudad mediada y la ciudad virtual. La ciudad mediada emerge a partir de la imagen que da el cine de las urbes, transforma incluso el modo de percibirse. Ya no hay una mirada opresiva de la vida urbana, por tanto de las clases sociales, sino se tiende a una cierta luminosidad. En palabras de Walter Benjamín, cita Martín-Barbero, «con el primer plano se ensancha el espacio y bajo el retardador se alarga el movimiento». Nueva York es, a todas luces, la ciudad más beneficiada de esta mirada cinematográfica. Frente a ella, la ciudad virtual, en la que las redes audiovisuales inciden de otra manera y hay una nueva diagramación de los espacios e intercambios urbanos. Hay una mayor diseminación en la ciudad. Las pantallas fragmentan nuestras vidas, hasta el punto de que estamos ante nuevos modos de estar juntos. La ciudad virtual no requiere que estemos juntos, actuamos juntos de otra manera. Las etiquetas sociales se modifican de nuevo, inciden en la manera de percibirse. Quienes hemos conocido la vida antes de esta revolución tecnológica tendemos a pensar que todo es peor. Puede que sin embargo sea un error de apreciación o de esa lógica perversa que acusa a lo que viene después de nosotros de pura decadencia.

¿En qué incide todo esto en la mediada percepción de clase media?

La crisis del 2008 precarizó aún más la vida. Aunque la etiqueta clase media se sigue empleando de una manera extendida. Esa clase media trabajadora, sin embargo, sufre el coste de la vida, aun cuando sus salarios hayan mejorado. Trabajan de un modo precario, aun cuando se reforman, nos dicen, las leyes laborales en beneficio de la mayoría. Una serie de 2024, Los años nuevos, de Rodrigo Sorogoyen, muestra la vida de los clasemedieros actuales. Ya no viven en viviendas adosadas ni en chalets, como los de hace un cuarto de siglo, sino en apartamentos que otrora fueron de clase obrera, hogaño han perdido la clasificación social; comparten piso, no con la familia feliz, sino con amigos o con gente de paso; son profesionales, pero sus trabajos apenas les permite la opulencia exhibida por la generación anterior, ya viven peor que sus padres.

Sin embargo, las encuestas indican que se mantiene esa percepción de clase media. Cosas de las representaciones, sin duda. O de esta vida descritas al detalle en la última serie citada y cuyo título, los años nuevos, es toda una declaración de intenciones del tiempo en que estamos.

jueves, 1 de enero de 2026

Lugares sombríos



Mariana Enríquez nos propone en Un lugar soleado para gente sombría doce relatos en los que el horror convive con lo cotidiano. Todo queda empapado en una atmósfera en el que la asfixia y la normalidad, sea lo que sea lo normal, se entrecruzan, se envuelven, se confunden y convierten la vida de los personajes en un lugar sombrío, abrumador. Todo ello en un ritmo escalonado. Sin duda una gran parte de los lectores de estos relatos no podrán evitar un escalofrío: se identificarán con lo descrito, con esa atmósfera que es como una bruma que desdibuja los rasgos de los objetos y de las personas, que nos impide en gran medida identificar los límites en los que nos movemos y las razones por las que vivimos. Si es que las hay.

El Talmud apunta a que el ojo humano es incapaz de contemplar la vida en toda su envergadura debido a la imposibilidad de confrontarnos a lo terrible de la existencia, la parte siniestra del ser humano y de sus acciones, el azar o el determinismo, no lo sabemos con certeza. En definitiva, nuestros ojos no pueden contemplar las desgracias que nos rodean y de las que formamos parte, ya sea en la vida en general, los distintos ámbitos en que estamos enmarcados, ya sea en nuestros pequeños ámbitos más próximos. Tal vez por ello exista la imaginación o la ensoñación. Quizá también por eso haya necesidad, quienes puedan, de rodearse de belleza, de orden, que deje fuera, en el ámbito del olvido a poder ser, el hedor de la realidad, los errores de cada cual, los remordimientos, las culpas. Dicen que el modo de organizar nuestro medio más cercano, aquello que decoramos, guardamos, ordenamos, refleja el estado de nuestro interior. Aunque puede que sea más bien una manera de no contemplar el caos y el vacío en el que nos desenvolvemos.

En este gran teatro del mundo en que vivimos, bajo un decorado opulento propio de este capitalismo tardío, nos rodeamos de objetos, edulcoramos la realidad, nos entretenemos mientras dejamos pasar la vida con esa inmediatez que nos supera. Qué parecido y qué distinto a la vez de la atmósfera que vive Andrea en ese piso de la calle Aribau de Barcelona o de los rincones sombríos que recorre y que tan bien nos describe Carmen Laforet en Nada.

Ahora, una vez más, salimos de una Navidad en la que los regalos, las comidas, los decorados urbanos, las manifestaciones de buenos deseos han cubierto nuestra cotidianidad y lo olvidaremos cuando se acabe la primera semana del año. En cuanto se inicien las rebajas, todo un símbolo de este mecanismo social. Del mismo modo que nos repetimos en la pandemia, hace cinco años, que saldríamos mejores. O que la entrada en un nuevo siglo iba a ser una oportunidad maravillosa de no recordamos muy bien qué. Qué pronto nos hemos olvidado. Qué evidente ahora que todo puede empeorar más si cabe. Al fin y al cabo, dejamos atrás este primer cuarto de siglo que nos ha ofrecido un buen abanico de horrores sociales, políticos, sanitarios, económicos. Si no tuviéramos esa capacidad de mirar hacia otra parte, de negar la realidad, desdibujarla o decorarla, nos pasaría lo mismo que al narrador de Le horla de Guy de Maupassant, que va reflejando en su diario la pérdida de la razón. Aunque en su caso, como ocurre muchas veces en este proceso de aprehensión de lo real, responde también a la incapacidad de crear un marco idóneo de comprensión de sí mismo y del medio.

Nos llenamos de objetos, igual que nos rodeamos de belleza o de orden, por la misma razón que acudimos a una imaginación desaforada, por no poder contemplar el mundo y nuestras vidas. Nadie mejor que Phil Collins para reflejarlo en una canción, No way out, y que, con una letra en apariencia sencilla, nos habla de esa eterna anochecida en el que el amanecer no es ya posible, aplicado ahora a la cotidianidad, a esa misma cotidianidad de la que nos habla Mariana Enríquez en sus relatos. No hay que acudir a los grandes decorados para percibir el horror de las pequeñas cosas, de nuestro día a día. Tampoco al escenario general. Se reflejan mutuamente, inmersos todos en uno de esos laberintos de espejos de las ferias donde nos contemplamos una y mil veces, siempre deformados nuestros reflejos.

Claro que todo esto puede ser al fin un mero sentimiento propio de la fecha en la que estamos.