jueves, 12 de marzo de 2026

Requiem de guerra

 


«¿Qué fúnebres tañidos se ofrendan / para estos que mueren como ganado? / sólo la ira monstruosa de los cañones… / … y el rápido tartamudeo de los rifles / pueden escupir una apresurada plegaria». Son palabras que aparecen en el Réquiem de guerra, el libreto de Benjamín Britten para la Misa de Difuntos con que se reconsagró en 1962 la Catedral de Coventry. El edificio quedó destruido durante un bombardeo el 14 de noviembre de 1940, en aquella guerra infame, aunque todas las guerras lo son, que produjo millones de víctimas y destruyó medio mundo.

Nadie mejor que el músico británico para ese encargo: pacifista reconocido, antibelicista convencido, se negó a participar en las matanzas, se enfrentó a la maquinaria de guerra, se declaró objetor de conciencia en 1942, tras regresar al Reino Unido después de una estancia en Estados Unidos, y fue blanco de no pocas críticas por su posición contraria a tomar las armas contra los soldados del otro lado, ciudadanos que no eran su enemigo, en absoluto. En aquel momento se recuperaron no pocas proclamas para enaltecer el espíritu bélico. «Dulce et decorum est pro patria mori», había escrito Horacio varios siglos antes, lema esculpido en los frontispicios mentales de las naciones, emblema de los patriotas de todo cuño, sobre todo de aquellos que envían a otros a matar y a morir, «dulce y honorable es morir por la patria», algo que otro británico, el poeta Wilfred Owen, no dudó en calificar de vieja mentira. Supo de lo que hablaba: él mismo acabó muriendo en Francia el 4 de noviembre de 1918, apenas unos días antes del armisticio, durante una batalla, soldado consciente a medida que combatía del mal de las armas. El compositor lo homenajeó al trasladar a su Requiem de guerra algunos de sus poemas, de ese modo unieron los dos conflictos mundiales, ambos en un mismo siglo, hasta el punto de que hay quien piensa que en realidad se trato de un mismo conflicto.

Ambas guerras se calificaron de mundiales, se extendieron ciertamente por casi todo el mundo y participaron, de un modo u otro, buena parte de los Estados del planeta. Además, el desarrollo de la tecnología dio lugar a nuevos instrumentos y nuevas herramientas de muerte: aviación, submarinos, gases mortíferos, bombas cada vez más potentes, armas de mayor alcance. Por si no fuera poco, toda la población se volvió objetivo militar, blanco de unas matanzas que buscaban expandir el terror. Se crearon métodos bien dispuestos para la muerte organizada. Los campos de concentración en Alemania fueron la cumbre de un sistema metódico de asesinato masivo, tan crueles como la experimentación de las dos bombas atómicas lanzadas contra dos ciudades japonesas por los Estados Unidos, por hablar de dos ejemplos brutales, quizá los dos que han quedado más grabados en la memoria colectiva, pero sin duda no fueron los únicos. El Ejército Soviético, el primero en entrar en Berlín, no dudó en emplear prácticas bien crueles mientras liberaba a la población alemana.

 «Dulce et decorum est pro patria mori». No pocos escritores pusieron en palabras, es cierto, la justificación de la guerra. Las loas a los emperadores con sus gloriosas gestas, el ideal caballeresco, tan embellecido por las buenas intenciones, las crónicas de las batallas, el embeleso por los nuevos señores de la guerra, la exaltación romántica de la patria, hasta llegar a nuestros tiempos democráticos, en los que se legitiman las guerras con los discursos justificadores de las matanzas actuales. También con la mentira como instrumento bélico, es evidente. Y descarado. ¿Quién se cree hoy que el objetivo sea liberar a la población iraní en esta nueva fase de locura masiva? No ha pasado tanto tiempo de las armas de destrucción masiva alegadas para bombardear Irak. Y apenas unas semanas de la lucha antiterrorista que se arguyó para arrasar Gaza mientras se delineaban planes de inversiones turísticas en la región.

Estamos de nuevo en un tiempo de sofistas: se confunde la verdad con la conveniencia, la libertad con los intereses.

La primera guerra mundial, no obstante, produjo al mismo tiempo una conciencia pacifista activa y militante. Vera Brittain vivió también de cerca el horror de la guerra. Herman Hesse se negó a ser cómplice de nuevo de la maquinaria del terror. Dietrich Bonhoeffer reflexionó sobre el mal desde el interior de la bestia. Al igual que Benjamín Britten, se enfrentaron a sus propios países, lo que vuelve más heroico su gesto. Es fácil oponerse a guerras lejanas; lo difícil es la resistencia interna, la oposición desde dentro, la del puñado de pacifistas y objetores israelís, la de los palestinos que se oponen al fundamentalismo, la de los iraníes que propugnan otro sistema político realmente emancipador y que poco tiene que ver con los cantos de sirena de quienes los bombardean. Y sin duda es mucho más realista, como cuenta la película Feliz Navidad (2005), que los soldados enemigos jueguen al fútbol e intercambien recuerdos a que se maten en el campo de batalla.

 

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