El
escritor Carlos Monsiváis escribió en un capítulo por él redactado de Historia
general de México que «al cine van las mayorías no a divertirse, sino a
aprender a ser mexicanos, no van a soñar sino a verse y a representarse un país
a su imagen». No cabe ninguna duda de que con frecuencia intentamos parecernos a
la imagen de nosotros mismos que creemos ver reflejados en los medios de
comunicación, pero sobre todo en las películas o en las series que, con una
cierta vocación costumbrista, procuran dictar, establecer o extender unos modos
de vida determinados con los que la población general se identifican de un modo
u otro e intentan imitar.
Sin
duda hay mucho de ello en esa percepción de sí mismos como clase media que se
da en amplios sectores de la población española, cada vez más. Muchos
trabajadores, los beneficiarios sobre todo de convenios logrados tras años de
luchas obreras y que se traducen en salarios no sólo dignos, sino elevados, en
definitiva, una buena parte de la clase trabajadora en algún momento de los
últimos lustros, se encuadran según las encuestas en la clase media cuando se
le preguntan a qué clase pertenecen. Ya no es la manera como te ganas la vida
lo que te lleva a integrarte en la clase trabajadora, en la burguesía o en otro
segmento, clase media incluida, cualquier cosa que sea ésta, sino es la cuantía
que percibes o cierto bienestar material del que disfrutas lo que va a
determinar dicha percepción. No en vano el actual presidente del Gobierno
español, Pedro Sánchez, socialdemócrata, usa a menudo en sus discursos la
coletilla clase media trabajadora, creando un espacio en el que
confluyen una parte importante del mundo del trabajo, la pequeña burguesía y el
funcionariado. Y hay algo de lo anterior, decía, porque sin duda a esta
percepción ha contribuido no poco ciertas películas que narran una cotidianidad
exenta de conflictos sociales, pero sobre todo series que se emitieron en el
cambio de siglo.
Dos
destacaron en este proceso de autopercibimiento por su notable éxito: Médico
de familia, que se emitió entre 1995 y 1999, y Los Serrano, en
emisión entre 2003 y el 2008. En ambas series las familias respectivas
habitaban en sendas urbanizaciones de viviendas adosadas, la de estos últimos
incluso podía considerarse un chalet, justo cuando el país entraba en un
periodo de bonanza en el que la construcción devino uno de los pilares de la
economía española, sueño clasemediero que se transformó en pesadilla el
mismo año en que acabó la emisión de Los Serrano, con un estallido
brutal de lo que se denominó burbuja inmobiliaria.
Una
película gallega refleja a la perfección aquella crisis: Los fenómenos (2014)
de Alfonso Zarauza. Formidable es el diálogo que mantienen Lobo (Luis Tosar) y
Neneta (Lola Dueñas) en el que ella, al reencontrarse con su excompañero tras
un tiempo separados, mientras no puede pagar su hipoteca y se cierne el
correspondiente desahucio, lo que ocurría a miles de familias en Estado en el
tiempo del relato, le recrimina a él no vivir en la realidad. La respuesta de
Lobo deja claro que quien estaba fuera de la realidad era ella al pretender, en
su precariedad vital, vivir como la hipotética e hipotecada clase media.
Un político socialdemócrata de aquel momento, José Blanco, al analizar aquella crisis tan acerba, puso el titular del periodo de esplendor previo: «Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades». Fue una expresión que se repitió hasta la saciedad, se volvió un tópico, una frase hecha, una estupidez supina, al fin y al cabo se fomentó ese modelo desde las instituciones, los medios de comunicación, los agentes sociales y económicos, y la mayoría de los economistas afirmaron que la opulencia no podía revertir, que habíamos entrado en el mejor de los mundos y no había marcha atrás. Aquella imagen ideal que se integró en el imaginario político hasta volverse parte de una sociedad instituyente fue objeto de sátira cuando todo se vino abajo en una formidable cinta, también de 2014, dirigida por Isaki Lacuesta: Murieron por encima de sus posibilidades.
El filósofo hispano-colombiano Jesús Martín-Barbero contrapone, al reflexionar sobre el fenómeno urbano a partir de Bogotá, dos formas de mirar y dos modelos de ciudad, pues es la ciudad, al fin y al cabo, la que marca las miradas y las socializa: la ciudad mediada y la ciudad virtual. La ciudad mediada emerge a partir de la imagen que da el cine de las urbes, transforma incluso el modo de percibirse. Ya no hay una mirada opresiva de la vida urbana, por tanto de las clases sociales, sino se tiende a una cierta luminosidad. En palabras de Walter Benjamín, cita Martín-Barbero, «con el primer plano se ensancha el espacio y bajo el retardador se alarga el movimiento». Nueva York es, a todas luces, la ciudad más beneficiada de esta mirada cinematográfica. Frente a ella, la ciudad virtual, en la que las redes audiovisuales inciden de otra manera y hay una nueva diagramación de los espacios e intercambios urbanos. Hay una mayor diseminación en la ciudad. Las pantallas fragmentan nuestras vidas, hasta el punto de que estamos ante nuevos modos de estar juntos. La ciudad virtual no requiere que estemos juntos, actuamos juntos de otra manera. Las etiquetas sociales se modifican de nuevo, inciden en la manera de percibirse. Quienes hemos conocido la vida antes de esta revolución tecnológica tendemos a pensar que todo es peor. Puede que sin embargo sea un error de apreciación o de esa lógica perversa que acusa a lo que viene después de nosotros de pura decadencia.
¿En
qué incide todo esto en la mediada percepción de clase media?
La
crisis del 2008 precarizó aún más la vida. Aunque la etiqueta clase media
se sigue empleando de una manera extendida. Esa clase media trabajadora, sin
embargo, sufre el coste de la vida, aun cuando sus salarios hayan mejorado.
Trabajan de un modo precario, aun cuando se reforman, nos dicen, las leyes
laborales en beneficio de la mayoría. Una serie de 2024, Los años nuevos,
de Rodrigo Sorogoyen, muestra la vida de los clasemedieros actuales. Ya
no viven en viviendas adosadas ni en chalets, como los de hace un cuarto de
siglo, sino en apartamentos que otrora fueron de clase obrera, hogaño han
perdido la clasificación social; comparten piso, no con la familia feliz, sino
con amigos o con gente de paso; son profesionales, pero sus trabajos apenas les
permite la opulencia exhibida por la generación anterior, ya viven peor que sus
padres.
Sin
embargo, las encuestas indican que se mantiene esa percepción de clase media.
Cosas de las representaciones, sin duda. O de esta vida descritas al detalle en
la última serie citada y cuyo título, los años nuevos, es toda una
declaración de intenciones del tiempo en que estamos.

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