domingo, 22 de febrero de 2026

Impostura

 


Escribe José Ovejero en relación con la novela Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, que su función «(…) no es tanto contar la verdad como mostrar una visión que nos haga poner en tela de juicio las interpretaciones que conocíamos hasta ahora, ayudándonos, una vez más, a desaprender, al revelarnos la probable impostura en la que se basa la historia de toda nación» (“Cormac McCarthy: «Meridiano de sangre»” en La ética de la crueldad). Algo de esto consigue Daniel Guzmán en su última película, La deuda (2025), esa historia de Lucas y María que nos estremece por su dureza, por la crueldad en la que se envuelve esa necesidad de supervivencia a la que ambos se enfrentan y que, tal como indica José Ovejero, nos revela la impostura en que se desarrolla la vida cotidiana, en este caso la del momento actual.

Madrid se vuelve el escenario de esta historia tremenda de unos marginados, de todos esos nadie ocultos tras las fachadas del centro, el centro de Madrid como el de cualquier otra ciudad, rodeados de la opulencia de una capital, de cualquier capital, cuyos gerentes muestran con orgullo como consecuencia de sus políticas, la ciudad de la libertad, proclaman en el caso de Madrid, la libertad de tomarse unas cañas, atribuyéndose el dinamismo de la ciudad, mientras que los responsables del gobierno central, por su parte, de tendencia distinta, se enaltecen de los logros sociales habidos, reales sin duda alguna, pero diluidos en las consecuencias más nefastas del mercado, al que no le tocan una coma.

La belleza de las calles o de los edificios antiguos y modernos o el dinamismo de las avenidas ocultan en la realidad la angustia que tan bien se retrata en esta película. Tal es en buena medida la función de la literatura y del cine, o una de las funciones, la de un arte basado en una crueldad ética que José Ovejero define como «aquella que en lugar de adaptarse a las expectativas del lector las desengaña y al mismo tiempo lo confronta con ellas. Es ética en el sentido de que pretende una transformación del lector».

Lucas, interpretado por el propio Daniel Guzmán, y María, interpretada por Rosario García, que circunstancias que no conocemos han juntado en un piso del centro de la ciudad y sufren las consecuencias de la gentrificación, de la conversión de nuestras urbes en meros parques temáticos, intentan evitar su desahucio, salvar lo único que tienen y sobrevivir en medio de la pobreza, de un sistema económico y una sociedad que vuelven invisibles a quienes no se ajustan a este modelo social de nuevo cuño. No tienen dinero, sólo hay una pensión de jubilación más bien magra y la propiedad del apartamento a punto de perderse. Lucas malvive en la más absoluta precariedad, no sin terror por lo que se le viene encima, a él y a María, a la que intenta salvar, con una culpa evidente en sus gestos, en sus actos, sin duda reprochables, antiéticos, o tal vez éticos si nos atenemos a esa misma crueldad que le envuelve.

Al verlos en su historia, no podemos olvidar los muchos Lucas y Marías que poblaron las calles de España y de tantos otros países durante la crisis del 2008. Los vimos esperar a que sacaran de los supermercados y de los restaurantes las sobras que les alimentaría por unos pocos días. Los vimos desahuciados porque la crisis repentina causada por el mercado, el eufemismo que se empleó para referirse a los especuladores, les dejó sin dinero para afrontar las hipotecas o los alquileres. Los vimos agobiados ya a mediados de mes porque los salarios no cubrían las necesidades, demasiado mes para el final del sueldo, se repetía durante las protestas del 15M.

Así que es imposible no simpatizar con Lucas. Es el antihéroe del que habla José Ovejero en el mismo capítulo referido al principio: «(…) ese personaje más cercano al lector que el héroe clásico porque comparte sus defectos y sus miedos». Tampoco tiene esta vez alternativas o canales de reivindicación. Lucas, como nosotros, está solo, lo estamos nosotros, los nadie, solos del todo, porque otros canalizaron las protestas y las luchas hacia un posibilismo institucional o en unos abrazos con quienes eran parte del problema, mero espejismo que acabó rompiendo toda esperanza.

Quizá la crisis actual no se nos aparezca tan extrema como la de hace tres lustros, pero sigue siendo tanto o más cruel porque nos vuelve más solitarios, más impotentes en lo colectivo, más culpables. Ya no nos creemos los cantos de sirena, ni siquiera necesitamos atarnos al mástil para evitar su seducción, hemos dejado de creer en sus intenciones. Estamos además convencidos de que es peor lo que está por venir.

Puede que la película de Daniel Guzmán contribuya a esa necesidad de desaprender. Nos deja un poso de desaliento, pero también nos habla de ese hilo rojo que nos vincula con los demás, que crea cercanías, complicidades, alientos, tan necesarios todos ellos, tan precisos e imprescindibles, tanto que los deberíamos sin duda recomponer, aunque luego todo salga mal.

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