martes, 20 de enero de 2026

Miradas


 

Parece mentira a estas alturas la irrupción de tanta bestia parda. Surgen de pronto y de lo más siniestro de nuestras sociedades los que no ocultan su odio racial, su rechazo al otro, al que posee una tonalidad de piel diferente o un fenotipo que no concuerda con un nosotros de límites difusos, al que habla idiomas que no son el oficial, el nuestro, o profesa otras creencias y tiene distintos hábitos, come de otra forma, ambiciona una vida mejor o huye de la guerra, de la opresión, de los desastres naturales.

Las redes sociales han dado carta blanca a tales tipejos. Que se vuelvan a sus países, dicen; remigración, claman. Se organizan en partidos y se envalentonan. Asocian inmigración y delincuencia. Poco les importa que los veamos temprano en los buses o en los trenes, camino al trabajo, o por la tarde, de vuelta a sus casas. Que oigamos sus idiomas y sus acentos en las muchas obras de nuestras ciudades. No quieren saber que en las provincias en los que estos racistas de nuevo cuño abundan miles de personas recogen fresas, lechugas, cerezas, tomates, una buena parte de ellos sin residencia legal, cobrando sueldos míseros. Lo llevan en los genes, llegan a decir, su maldad y su inferioridad, sólo quieren vivir de las ayudas, afirman, sustituirnos, apoderarse de lo nuestro, delinquir. Es un supremacismo que desdibuja la realidad.

A veces se muestran benévolos, la benevolencia de quien se siente superior, y aclaran no ser racistas, aceptan al buen inmigrante, al que se asimila a nuestras costumbres, se olvida de su cultura, aunque nunca acabará siendo de los nuestros, salvo que tengan fortuna, los árabes ricos que viven en Marbella, no son moros, los latinoamericanos millonarios del barrio de Salamanca, no son panchos, los negros que juegan en nuestros equipos de fútbol. Tampoco a quienes tachan de terroristas a los musulmanes parece molestarles que la Liga Española se juegue por unos días en Arabia Saudí. Puede que haya en realidad más aporafobia que racismo.

Mientras, nuestras ciudades se llenan de diversidad. Claro que a veces la convivencia no es sencilla. Se levantan muros por ambas partes, hay miradas de desconfianza u otras que cosifican: ¿quién recogerá las cosechas o acompañará a nuestros mayores? «Pedimos trabajadores y llegaron personas», escribió Max Frisch hace más de cincuenta años cuando en Suiza se intentó expulsar a… italianos. Eso sí, a quienes pretendieron tal barbaridad no parecía molestarle los rasgos étnicos de quienes ingresaban en sus bancos sus buenos capitales. Suiza lava más blanco fue el título de un ensayo del sociólogo Jean Ziegler sobre la maquinaria bancaria de su país. Y claro, entre esas personas que nos llegan también hay indeseables.

Hablando de Suiza, sería bueno volver a ver la película Un franco, 14 pesetas (2006) del director Carlos Iglesias sobre trabajadores españoles en aquel país. Sin duda, como suele ocurrir, la realidad supera la ficción. En los años sesenta miles de españoles emigraron. En 1971 Roberto Bodegas realizó la película Españolas en París, un drama con ciertos toques costumbristas que refleja el desarraigo de esa emigración. Las bestias pardas nos contarán que no es lo mismo, nada que ver con lo que tenemos ahora, una idealización de nuestros emigrantes que olvida lo parecidos que son a menudo los procesos migratorios. O los del asilo, el que sufrieron tantos españoles después de la guerra incivil no muy diferentes a los que vienen huyendo de otras guerras.

Acercarse a la diversidad étnica en una ciudad no resulta fácil. No es difícil en este sentido dejarse llevar por tópicos, estereotipos, buenas intenciones, corrección política o parcialidad. Lo consigue sin embargo Arantxa Echevarría que nos propuso en 2023 la película Chinas, una mirada casi de antropóloga sobre la comunidad china en un barrio de Madrid y las dificultades en la cotidianidad. Nos muestra el conflicto en la familia oriental cuyos padres sacrificados viven con tensión una realidad que les aísla, les desarraiga y les golpea en lo emocional, mientras la hija mayor, Claudia, interpretada por Xing Ye, sufre por estar entre dos mundos en los que no acaba de integrarse ni ser aceptada. Ni siquiera parece aceptarse a sí misma. Su madre, rigurosa, vive sólo para el bazar, apenas habla español y mira con desconfianza a sus clientes, incluso a Amaya, interpretada por Carolina Yuste, que compra por la noche en su tienda y se encariña con la hija pequeña, Lucía, interpretada por Daniela Shiman Yang.

Al mismo tiempo asistimos al conflicto en otra familia, la de Sol (Leonor Watling) y Julián (Pablo Molinero) que adoptan a Xiang (Elia Qiu), llevados por no poca idealización de cómo educarla, creando otro conflicto por lo que se es, no se es y las miradas de cada cual. Tal vez percibamos en algún momento que los rasgos físicos, los fenotipos, no determinan una identidad cultural.

La mirada de Arantxa Echevarría es como un bisturí que nos abre los interiores de los grupos étnicos. Lo consigue también en Carmen y Lola (2018) con respecto a la comunidad gitana y el conflicto que una determinada orientación sexual crea entre sus miembros. No hay juicio de valor, sólo se muestra ese conjunto de creencias, hábitos y emociones en los que a menudo nos categorizamos los humanos y que nos superan, en un sufrimiento difícil de afrontar.

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