jueves, 1 de enero de 2026

Lugares sombríos



Mariana Enríquez nos propone en Un lugar soleado para gente sombría doce relatos en los que el horror convive con lo cotidiano. Todo queda empapado en una atmósfera en el que la asfixia y la normalidad, sea lo que sea lo normal, se entrecruzan, se envuelven, se confunden y convierten la vida de los personajes en un lugar sombrío, abrumador. Todo ello en un ritmo escalonado. Sin duda una gran parte de los lectores de estos relatos no podrán evitar un escalofrío: se identificarán con lo descrito, con esa atmósfera que es como una bruma que desdibuja los rasgos de los objetos y de las personas, que nos impide en gran medida identificar los límites en los que nos movemos y las razones por las que vivimos. Si es que las hay.

El Talmud apunta a que el ojo humano es incapaz de contemplar la vida en toda su envergadura debido a la imposibilidad de confrontarnos a lo terrible de la existencia, la parte siniestra del ser humano y de sus acciones, el azar o el determinismo, no lo sabemos con certeza. En definitiva, nuestros ojos no pueden contemplar las desgracias que nos rodean y de las que formamos parte, ya sea en la vida en general, los distintos ámbitos en que estamos enmarcados, ya sea en nuestros pequeños ámbitos más próximos. Tal vez por ello exista la imaginación o la ensoñación. Quizá también por eso haya necesidad, quienes puedan, de rodearse de belleza, de orden, que deje fuera, en el ámbito del olvido a poder ser, el hedor de la realidad, los errores de cada cual, los remordimientos, las culpas. Dicen que el modo de organizar nuestro medio más cercano, aquello que decoramos, guardamos, ordenamos, refleja el estado de nuestro interior. Aunque puede que sea más bien una manera de no contemplar el caos y el vacío en el que nos desenvolvemos.

En este gran teatro del mundo en que vivimos, bajo un decorado opulento propio de este capitalismo tardío, nos rodeamos de objetos, edulcoramos la realidad, nos entretenemos mientras dejamos pasar la vida con esa inmediatez que nos supera. Qué parecido y qué distinto a la vez de la atmósfera que vive Andrea en ese piso de la calle Aribau de Barcelona o de los rincones sombríos que recorre y que tan bien nos describe Carmen Laforet en Nada.

Ahora, una vez más, salimos de una Navidad en la que los regalos, las comidas, los decorados urbanos, las manifestaciones de buenos deseos han cubierto nuestra cotidianidad y lo olvidaremos cuando se acabe la primera semana del año. En cuanto se inicien las rebajas, todo un símbolo de este mecanismo social. Del mismo modo que nos repetimos en la pandemia, hace cinco años, que saldríamos mejores. O que la entrada en un nuevo siglo iba a ser una oportunidad maravillosa de no recordamos muy bien qué. Qué pronto nos hemos olvidado. Qué evidente ahora que todo puede empeorar más si cabe. Al fin y al cabo, dejamos atrás este primer cuarto de siglo que nos ha ofrecido un buen abanico de horrores sociales, políticos, sanitarios, económicos. Si no tuviéramos esa capacidad de mirar hacia otra parte, de negar la realidad, desdibujarla o decorarla, nos pasaría lo mismo que al narrador de Le horla de Guy de Maupassant, que va reflejando en su diario la pérdida de la razón. Aunque en su caso, como ocurre muchas veces en este proceso de aprehensión de lo real, responde también a la incapacidad de crear un marco idóneo de comprensión de sí mismo y del medio.

Nos llenamos de objetos, igual que nos rodeamos de belleza o de orden, por la misma razón que acudimos a una imaginación desaforada, por no poder contemplar el mundo y nuestras vidas. Nadie mejor que Phil Collins para reflejarlo en una canción, No way out, y que, con una letra en apariencia sencilla, nos habla de esa eterna anochecida en el que el amanecer no es ya posible, aplicado ahora a la cotidianidad, a esa misma cotidianidad de la que nos habla Mariana Enríquez en sus relatos. No hay que acudir a los grandes decorados para percibir el horror de las pequeñas cosas, de nuestro día a día. Tampoco al escenario general. Se reflejan mutuamente, inmersos todos en uno de esos laberintos de espejos de las ferias donde nos contemplamos una y mil veces, siempre deformados nuestros reflejos.

Claro que todo esto puede ser al fin un mero sentimiento propio de la fecha en la que estamos.

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