lunes, 26 de septiembre de 2022

Sobre el azar

 


En 2016 el escritor argentino Eduardo Sacheri publicó La noche de la Usina, con la que ganó el Premio Alfaguara de novela aquel año. El libro cuenta la historia de un grupo de asociados de una zona pauperizada de Argentina que reúnen un dinero para invertirlo en un proyecto cooperativo que sirva para mejorar la vida en la zona. Necesitan sin embargo un pequeño préstamo para conseguir el capital completo. El impulsor del proyecto, Perossi, decide, ante la oferta del director de la sucursal bancaria, planteada no sin urgencia y asegurando que entonces el préstamo sería seguro, ingresar el capital en una cuenta en dólares que le rentaría mejor hasta la compra de una instalación agrícola abandonada que van a necesitar. Pero estamos en 2001, un momento de crisis en Argentina, a las puertas del corralito. Sin embargo, tras el decreto del gobierno que limitaban el acceso a las cuentas bancarias, el grupo se entera de que todos los fondos en dólares se entregaron a Manzi, el oligarca de la zona, en una operación más bien de dudosa legalidad y pocos escrúpulos morales. Ello dará lugar a un plan audaz y bastante frenético para recuperar el dinero.

La novela, y por ende la película La odisea de los giles, basada en ella y con la participación del autor en la escritura del guion, va cosiendo hechos y circunstancias en una acción trepidante, sorpresiva muchas veces, apuntando tal vez al azar como tema del libro. Porque los acontecimientos se suceden sin una lógica que los unan. No hay causas y efectos, sino un tránsito de hechos casuales, tránsito arbitrario, incluso caprichoso. El sentido a toda esa situación se lo da el grupo, que busca resarcirse, pero este sentido parece al margen del cúmulo de casualidades, azares y combinaciones de las cosas.

De este modo, esta novela contribuye al debate sempiterno de si la vida, tanto la individual como la colectiva, es consecuencia del mero azar y somos nosotros, como ocurre en el relato, quienes atribuimos un sentido ajeno a los acontecimientos o si hay un destino fijado de antemano que establece cada paso y lo enzarza en un conjunto del que no podemos escapar. Algunos cuentos de las mil y una noches se basan en esta última opción, nadie escapa a su destino, aun cuando así lo creamos. Un hombre cuyo destino es morir huye de la ciudad donde cree que a producirse tal acontecimiento y muere en el desierto, como estaba previsto. Dios no juega a los dados, afirmó Einstein, con ello indicaba que la física no improvisa, que el universo tiene las piezas bien ensambladas. Marx, por su parte, describió el conjunto de relaciones que van interactuando en la sociedad, aunque dejó claro que los cambios sociales no estaban previamente determinados, lo estaban las condiciones objetivas, pero no las decisiones humanas.



Sin embargo, es atractiva esta posibilidad, que todo responda al mero azar, que nuestras vidas se muevan a partir de hechos no controlados, absolutamente fuera de toda previsión. En su caso más extremo, ni siquiera la experiencia al final sirva de nada, cada circunstancia es novedosa, ocasional, nada se puede deducir para escenarios futuros, cada generación ha de enfrentarse a sus problemas con sus propias herramientas y osadías. Por eso cada desaparición de una generación es en realidad un final de los tiempos.

Sin duda los historiadores no estarán de acuerdo con este planteamiento. Si asumimos que los hechos del pasado nos ayudan a no repetir ciertas experiencias políticas, económicas y sociales, es porque creemos que de cada etapa se pueden desprender lecciones a aplicar. El ascenso del fascismo, del integrismo de todo tipo o de fenómenos como la xenofobia o el autoritarismo dejan entrever, no obstante, que al menos lo de aprender a no repetir experiencias no se da en absoluto. Por otro lado, el fiasco que suele darse en la aplicación de los planes económicos o de los proyectos políticos deja traslucir que no todo está tan controlado o previsto como parece y que el resultado de los planes y los proyectos, al final, parece consecuencia de la mera casualidad.

Imposible analizar en las vidas particulares, donde hay tantas experiencias como casos. Sin duda no decidimos las cartas que nos tocan en la partida de la existencia, a lo sumo es cuestión de maña saber decantar tal partida a nuestro favor. La pregunta es si esa maña es también cosa del azar. O no.

martes, 6 de septiembre de 2022

Toparse con la lengua

 


En las últimas horas vuelvo a escuchar en boca de una ministra y del coordinador de una fuerza política vasca el verbo topar empleado con el significado o como sinónimo de limitar, aplicándose en esta ocasión a los precios de los alimentos y al de los alquilares, respectivamente. No voy a discutir la medida, aunque puestos a opinar me parecería bien que se limitaran, dada el alza de precios y el inalcanzable acceso a la vivienda en nuestras ciudades. Lo que a todas luces chirría es el uso erróneo de topar, que en castellano no significa ni de lejos limitar, ninguna de las entradas del verbo en cualquier diccionario los relaciona, ni siquiera en las variantes más locales. Se trata de un anglicismo evidente, procede de to top, que se refiere, sí, a marcar un fijo por arriba, en la parte superior de algo, en este caso los precios. Existe la palabra tope, que es la parte de un objeto que puede topar, esto es, chocar, con otro o también la pieza que detiene el movimiento de un arma. Ninguno de estos significados deriva en topar como limitar.  Pero así se usa en el discurso político y sobre todo en los medios de comunicación.

En todo caso, si sólo fuera el uso de este verbo, estaríamos en una situación óptima. Me temo que es una batalla perdida, que el uso del idioma en España sea mínimamente preciso y no digamos correcto. Al menos tenemos América Latina, donde se usa con fluidez y concreción, haya o no variantes propias. Es evidente en este sentido que por su incidencia, los medios de comunicación poseen una influencia enorme en el uso de un idioma. Lo es para lenguas minoritarias, cuya presencia en televisión, radios y otros formatos nuevos les aseguraría la pervivencia, pero también para las lenguas más habladas, como el castellano.

Pero los medios de comunicación, salvo honrosas excepciones, parecen contribuir hoy a un uso cada vez más inexacto del castellano. Ya no sólo ahora mismo todo se topa como sinónimo de se limita, y así aparece en portadas y en radios, incluso en aquellos que exaltan valores patrióticos, sino que abundan incorrecciones como el empleo del infinitivo como inicio de la frase, tal como de niños jugábamos a imitar ciertas hablas desconocedoras del español, o empieza a ser habitual que se añada la preposición a entre el verbo y los complementos de objeto directo cuando no se refieran a personas. Pero además se generalizan expresiones que no son incorrectas, pero que se han vuelto verdaderas coletillas, con cierta dosis ahora mismo de inexactitud. Todo arranca a estas alturas, no sólo los vehículos a motor, que sería lo propio, sino también los programas televisivos o de radio, las sesiones parlamentarias, los cursos escolares y universitarios, las medidas sociales excepcionales o cualquier otra cuestión que lleve su tiempo. También se mira a los asuntos, ya sea Ucrania, Polonia, el Próximo Oriente o cualquier territorio en conflicto, que ya son casi todos en el mundo. No digamos ya de la muy extendida poner en valor, que de tanto usarse de forma inadecuada ha perdido su sentido primigenio, que no es otro que el de valorar por primera vez. Un incidente o un sucede coloca por primera vez determinado hecho en la apreciación individual o colectiva. La vuelta al mundo, por ejemplo, hace quinientos años, el 6 de septiembre de 1522, puso en valor las dimensiones de la tierra y aportó nuevas experiencias a la navegación. Antes, hubo otras percepciones del mar. Pero cuando se dice que la pandemia recién vivida ha puesto en valor el sistema sanitario público no es exacto en absoluto, porque se deja entrever que no se valoraba con anterioridad, cuando antes del COVID el tema de la sanidad centraba buena parte del debate público sobre la gestión sanitaria, hubo movilizaciones en su defensa cuando las políticas estatales o autonómicas la reducían. La pandemia ha añadido sin duda valor a la sanidad. Claro que después de su incidencia sufrimos el fenómeno contrario: nada más pasar la pandemia a un segundo plano parece que la sanidad pública haya perdido por completo su valor, se desmantela descaradamente, sin que ni siquiera haya más reacción más allá de la de los propios sectores sanitarios.



Escuchar los medios de comunicación se ha vuelto en gran medida una prueba del estado de la lengua. No es desde luego para saltar de alegría. Escucho todas las mañanas unos informativos en una emisora de radio que ofrecen, consideré al principio, una estructura y un equilibrio adecuado entre lo local y lo global, y aún lo considero así. Sin embargo, abruma la cantidad de errores lingüísticos, tópicos al uso y coletillas empleados con una frecuencia alarmante. Durante unos días incluso se empleó bautizar como sinónimo de comenzar. Se bautizaban programas, edificios públicos o privados, departamentos autonómicos o municipales, sin que ello significara la presencia del Obispo del lugar para tarea tan sacra. Por fortuna, se ha dejado de emplear, advertidos tal vez de lo poco adecuado del término, más en un Estado aconfesional. Y al referirse en el informativo a un accidente laboral se habló «de las muertes en “el tajo”», tal cual, como si el cronista nos contara el suceso, por desgracia frecuente, en la barra de un bar.

Wittgenstein afirmaba que el uso determina el significado, al mismo tiempo es evidente que las lenguas cambian. El idioma no es el mismo el día que nacemos que el día que morimos, se ha modificado. Asumir tales hechos en su grado extremo quizá nos podría ahorrar filípicas como la presente, que roza la pedantería. Las lenguas romances, al fin y al cabo, nacieron en parte de la degradación del latín, del latín mal hablado. Pero me dio envidia escuchar hace tiempo, en un reportaje sobre los desplazados de Colombia, a un hombre sencillo, un campesino, contar su historia con tal fluidez y exactitud que ya lo quisiera yo en estos lares. Quizá haya que empezar a pedir certificados de castellano para ciertos empleos del mismo modo que se solicitan de vasco, catalán o gallego ahí donde estos idiomas son oficiales. Aunque mucho me temo que es un mero trámite, que también sufren estas lenguas el mismo proceso y pobreza que el castellano.

jueves, 4 de agosto de 2022

Marinus van der Lubbe

 


En 1982 Romain Gourpil presentaba un documental, Mourir à treinte ans, centrado en la figura de su amigo Michel Recanati, que se suicidó en 1978, pero su cinta fue además una exposición de toda una generación, la del Mayo del 68, la que se rebeló contra el (des)orden de un mundo siempre en crisis, quizá el último intento de transformación social, que acabó en puro desencanto, cuando no en decepción, se sucumbió a la evidencia de la imposibilidad de cambiar nada, aun cuando tuviera también algunos hitos, como la Revolución de los Claveles en Portugal que dio la vuelta a una normalidad que se pretendió sin alternativa posible, hasta que lo imposible se hizo posible.  

Se ha estereotipado Mayo del 68 como un exceso de idealismo. Tal vez sea cierto. Las revoluciones no son, por el contrario, la mayoría de las veces, fruto del idealismo, sino de la necesidad. ¿Acaso no es mucho más idealista aceptar como si nada la normalidad de la miseria, la opresión, la precarización de la vida, los empleos mal pagados, las muertes de emigrantes en el Mediterráneo como una mera anécdota, los abusivos beneficios empresariales mientras una parte cada vez mayor de la población tiene que adaptarse a medidas restrictivas?¿Acaso no es puro idealismo pretender paliar las consecuencias de la crisis medioambiental sin tocar ni un ápice el actual modelo económico, industrial y social?

La segunda mitad del siglo XX fue una deriva hacia una sociedad del espectáculo, a veces de un modo tan ridículo que da vergüenza ajena. Hablo, evidentemente, de lo que ocurría en una parte del mundo, prácticamente en Europa Occidental y en los sectores más opulentos de los Estados Unidos, el resto del mundo siguió viviendo no en el idealismo, sino en la necesidad, bajo el colonialismo más abyecto, con guerras por la emancipación o meras concesiones de las metrópolis para no cambiar nada, bajo el racismo, incluso institucionalizado, como lo que ocurría en Sudáfrica o en el sur de los Estados Unidos, o bajo una vida gris y opresiva en los regímenes estalinistas. Sin duda, Mayo del 68 fue un grito de protesta ante tanto absurdo, pero han acabado por incorporarlo, me temo, al espectáculo. Claro que éste se acabó de golpe, en forma de burbujas económicas que petaron repentinamente y fundamentalismos de viejo cuño.

Entramos de golpe en el siglo XXI, cuyo panorama, de momento (terrorismo globalizado, emigraciones masivas, crisis, enfermedad), es harto desolador.

Estos primeros lustros de siglo tal vez resulten bien diferentes a los del siglo pasado, aunque sólo sea porque carecemos de alternativas o éstas no sean de momento tan patentes. Pero estamos reaccionando también a la catástrofe, lo que conlleva no altas dosis de idealismo, sino de necesidad. Al fin y al cabo, en la Revolución de Octubre, que marcó en buena medida el siglo XX, un siglo que acabó con la caída del Muro de Berlín, no fue el ideal lo central ni lo que la impulsó, sino las hambrunas en el campo, la precariedad miserable en las ciudades, la muerte de miles de jóvenes rusos (y de otros países) en una gran guerra que sólo interesaba a los intereses mercantiles que se escondían bajo las banderas. Claro que la atracción de la Revolución de Octubre se acabó bien pronto, cuando la represión se volvió evidente y diez años después hubo una reacción jacobina que transformó el Estado Soviético en una dictadura de partido y en la adaptación de los viejos sistemas de explotación social.



Hay quien intenta recuperar, con la guerra de Ucrania, el viejo enfrentamiento Rusia-Occidente, pero a todas luces como farsa, como bien apuntó Marx respecto a las repeticiones de la historia. Estamos donde siempre estuvimos.

Quizá Marinus van der Lubbe refleje bien la realidad de un siglo XX que se repite hoy. Nacido en 1909 en los ámbitos sociales más empobrecidos de Holanda, tuvo muy pronto que ponerse a trabajar como albañil. No sale de la precariedad más miserable, intuye que la revolución es una necesidad. Se acerca a los comunistas. Tiene un accidente laboral que le deja incapacitado para el trabajo, al borde de la ceguera. Decepcionado por la actitud del estalinismo y de los partidos que lo sustentan de un modo acrítico, se va acercando a posiciones consejistas, una corriente anticapitalista contraria al autoritarismo estalinista, disidente también del trotskismo. Se entrega por completo a la resistencia a la barbarie. Escandalizado por la tibieza del Partido Comunista de Alemania ante el nazismo, acude a Berlín en 1933. Le decepciona que no se responda a la nueva variante de la bestialidad política y que el movimiento obrero no reaccione ante las amenazas fascistas, imbuido como está en la crisis económica. En febrero de 1933 se produce un ataque feroz al Reichstag. Parece un acto desesperado en el que van der Lubbe dice participar, aun cuando los grupos consejistas sean contrarios a los sabotajes individualizados. Lo detienen. Los nazis aprovechan la confusión para acusar a los comunistas de puro terrorismo social y, así, justificar la represión. El Partido Comunista acusa a van der Lubbe de ser un agente encubierto del nazismo. Mientras, no parece que ese joven de veinticuatro años haya podido ser capaz de llevar a cabo el sabotaje. Pero se le condena a muerte y se le decapita en enero de 1934 como su principal artífice.

En 1981 se inicia un proceso de revisión del juicio que le condenó a muerte. Se alega el oscurantismo del caso, aprovechado por los nazis en su propio beneficio, se recuerda el estado mental de Lubbe, desesperado por su enfermedad, y también se sabe que el incendio del Reichstag fue un complot en toda regla. Pero no fue hasta el 2008 que se le absolvió, cuando el siglo XXI va dejando bien claro su deriva. Aunque ahora sabemos que está siendo peor de lo que entonces intuíamos.

domingo, 17 de julio de 2022

Cuando te encuentras a un periodista

 


«¡Cuando te encuentres a un periodista, dale un bofetón!¡Si tú no sabes por qué, él sí lo sabe!»

En 1990 el polémico (y muy cuestionable por ciertas decisiones ideológicas adoptadas en aquel momento) Pierre Guillaume imprimió unas pegatinas con fondo amarillo chillón en las que lanzaba este lema provocador contra los profesionales de la prensa. Cuando acababan los años ochenta y a punto estaba de comenzar la última década de los noventa, el periodismo empezaba a mostrar cierto desgaste y al sector llegaba ya a una crisis provocada por las nuevas tecnologías, entonces aún en sus inicios, también por los cambios geoestratégicos y el triunfo aparente del sistema capitalista, que indujo incluso a pensar que estábamos en el final de la historia.

Claro que debió de ser también determinante, tal vez mucho más, la precarización laboral, muy cruda entre los de este oficio. La precariedad, es verdad, afecta a todos los ámbitos, se acentuó en los noventa y tras el cambio de siglo, pero en una profesión, cuya función, recuérdese, es la de contar la realidad, resulta a todas luces más punzante, sobre todo cuando el periodista se encuentra ante el reto de criticar, informar sobre o azuzar a los poderes políticos y económicos.  

Tampoco podemos olvidar el lado empresarial, sin duda lo que motivó en buena medida la reacción airada del fundador del colectivo y librería homónima La vieille taupe. Los medios de comunicación pertenecen a grupos económicos. Sacar un medio requiere de muchos medios, tanto económicos como técnicos y humanos, al final la rentabilidad se vuelve importantísima, tanto que acaba siendo mucho más fundamental que otros factores, por ejemplo la verdad, algo por otro lado cada vez más etéreo. No digamos la consideración de lo que es importante o no lo eso, lo que es o no prioritario (qué guerras han de conmocionar la opinión pública, a qué refugiados hemos de acoger heroicamente y a cuáles machacar en frontera, qué muertes han de preocuparnos colectivamente, por qué quienes mueren en accidentes laborales, cuantiosos todos los años, merecen menos eco que otras muertes terribles también, etc.).

Orson Welles se anticipó a todo esto en 1941 con su ópera prima, Citizen Kane (“Ciudadano Kane”).

No obstante, el oficio de periodista mantuvo durante mucho tiempo un prestigio enorme, casi heroico. A ello contribuyó sin duda películas y series míticas sobre el sector, por ejemplo Lou Grant, iniciada su andadura televisiva en 1977 y emitida por muchas cadenas hasta mediados de los ochenta, sin duda el detonante de no pocas vocaciones. Alrededor del periodista se creó esa pátina de heroicidad, siempre en busca de la verdad, a menudo a favor de los más endebles, las víctimas de todas las injusticias, enfrentado a conspiraciones tenebrosas de un sistema que no quería dar luz al verdadero poder, el que siempre se agazapaba tras lo formal, el que ponía en peligro al periodista osado, que se mantenía siempre tenaz en su gesta.

Da la sensación de que dicha imagen se diluye en nuestros tiempos. Es verdad que las redes sociales han permitido que surjan iniciativas periodísticas que mantienen vive ese espíritu mítico, pero hay tanta información en las redes que a veces parece nimio el esfuerzo, prevalecen las grandes compañías y el silencio rodea muchas veces la labor de algunos medios.

Además, prevalece más y más el espectáculo. Qué acertado estuvo Guy Debord, cuando en 1967 apuntó el carácter de la sociedad actual. La noria debe seguir girando. Poco importa que se lancen informaciones no veraces, sin contrastar o falsas a conciencias.

Lo ocurrido hace unos días en España con uno de los popes de la información, «más periodismo», y un destacado político ha puesto otra vez en entredicho, tal vez incluso en solfa, una de las profesiones sin duda más atractivas. Sin embargo, una vez más, ha sido polémica por unos días, pocos. Es que vamos acelerados.

viernes, 1 de julio de 2022

Las uvas de la ira

 


En su novela The Grapes of Wrath Las uvas de la ira»), publicada en 1939, John Steinbeck narra la situación de los trabajadores agrícolas en los Estados Unidos, algunos de ellos propietarios de sus propias tierras, luego arruinados y desahuciados, empujados a emigrar a California. Es lo que les ocurre a los Joad. Cuando llegan a su destino, se encuentran con un exceso de mano de obra, excusa perfecta esgrimida y aprovechada por los grandes hacendados de la costa oeste para bajar salarios y reducir los derechos de los trabajadores. Es un tema, el de los problemas del trabajo en el campo, que ya apareció también en otra novela anterior, Of Mice and Men De ratones y hombres»), ámbito que este novelista norteamericano conocía a la perfección por haberlo vivido y sufrido.

En ambos relatos John Steinbeck describe una degradación social, económica y laboral consecuencia de las crisis del 29, que afectó a todo el mundo y que desembocaría, a finales de los treinta, en una guerra larga y terrible. En Europa la tensión social provocada por la misma abrió la veda a idearios reaccionarios que tomaron en algunos casos el poder, sin que la izquierda revolucionaria del momento, también muy activa, pudiese parar los pies a ese fascismo que, al contrario que las corrientes de izquierda del momento, no cuestionaba los modelos económicos, es más: los mantuvo vigentes y los potenció.

Es terrible asistir, casi un siglo después de la publicación de las novelas de Steinbeck, a situaciones que si no bien idénticas, sí en cambio resultan bastante análogas. Vemos que se aumentan los flujos migratorios que llegan sobre todo de América Latina, en el caso de los Estados Unidos, y de África y Asia, en el caso de Europa. En la agricultura española miles de esas personas trabajan a destajo, muchas veces en situación irregular, con salarios bajísimos y malas condiciones. En otros sectores como el de la restauración en las zonas turísticas mediterráneas, se tienen problemas para la ocupación plena de los empleos –salarios también muy limitados y largas jornadas de trabajo– y se plantea incluso una relajación de las trabas de regulación de la extranjería para que accedan trabajadores que, se prevé, asumirían tales condiciones.

Al igual que en aquel momento, aparece una nueva extrema derecha en Europa que no cuestiona el capitalismo vigente, pero que tampoco es intervencionista, como lo fueron sus antecesores, asumen el neoliberalismo extremo vigente, manteniendo el discurso de la identidad nacional –referido más bien a la Patria como ente abstracto, no tanto a los derechos de sus ciudadanos, muy relativizados–, también el rechazo al extranjero pobre al que se culpabiliza de todos los males posibles, aunque no parece que moleste mucho cuando trabaja y calla, y una vuelta al militarismo y a la lógica de los bloques y de los imperios.

En este escenario actual, falta esa izquierda combativa y transformadora que puso a veces en jaque el (des)orden imperante entonces, hoy la izquierda no parece muy dispuesta a tomar riesgos ni afrontar el reto de transformar la sociedad, lo que a veces puede parecer positivo, nos aleja de modelos también autoritarios, por ejemplo el de las tiranías estalinistas o de algunos iluminismos sectarios, pero no parece que salga muy bien, frente a ello, su mera gestión de un capitalismo que muestra a su vez síntomas de declive, de saturación, con las correspondientes amenazas de guerra otra vez global, sin que logren acabar con las desigualdades y la precariedad.

Es en este escenario que hemos asistido a un capítulo más de la ignominia de esa frontera sur, con la muerte de un número alto personas que intentaban cruzar la valle que separa Marruecos de Melilla, un nuevo problema de este drama que el presidente español consideró el mismo día  24 de junio «bien resuelto».

Otro escritor norteamericano, Jack London, publicó en 1908 una novela, The Iron Heel El talón de hierro») en la que se describe un sistema político dominado por las grandes corporaciones que mueven todos los hilos de la realidad. Todo está bajo control en ese mundo vaticinado por el escritor, incluidos los planes de rebelión. Fue la primera de las distopías descritas en una serie de novelas escritas en la primera mitad del siglo XX. Asusta percibir hoy las coincidencias de lo que hay con lo que se intuyó. Aterra vislumbrar que la realidad, siempre, supera la ficción.

sábado, 18 de junio de 2022

Paralelo 35

 


Carmen Laforet se sintió a menudo abrumada por el ambiente sombrío de España. Se lo confiesa a Ramón J. Sender en alguna de sus cartas, durante la larga correspondencia entre ambos escritores. No hay una causa política, social o filosófica para su desasosiego, al menos una causa concreta que explicase o estuviese por su parte analizada o descrita al detalle, se trata más bien de un malestar general, de un estado de ánimo que le provoca asfixia, y que tal vez ni ella misma comprendiese. Se siente mal en el país, limitada por un ambiente con el que no se identifica en absoluto, que le causa desazón, inquietud, y también unos deseos enormes por salir, por viajar, era su forma de escapar. De hecho, reside un tiempo en Tánger, a finales de los cincuenta, aprovechando la corresponsalía de su marido, Manuel Cerezales, en aquella ciudad, tan cosmopolita y bohemia en ese momento, meses de relación con los escritores que residían en ella. También pasará un tiempo en Roma a mediados de los setenta, donde se relaciona con Paco Rabal y Asunción Balaguer, padres de su yerno. Tampoco tuvo una residencia que podamos considerar fija en España, su lugar, aunque de haberlo, tal vez fuese Cercedilla.

Hay quien atribuye esta falta de enraizamiento físico a un sentimiento propio de incertidumbre, de insatisfacción o de inseguridad, en definitiva a cuestiones psicológicas que la autora logró trasmitir en su escritura. Podría ser. Poseería muchos de los rasgos de Andrea, en Nada, pero es una interpretación psicológica, ajena a la literatura, puede que inocua, al fin es su obra lo que interesa, lo que nos dicen sus escritos, lo que desatan en el lector sus palabras. Los libros reflejan o descubren el estado de ánimos de quienes los leen. Se debería estudiar también los motivos por los que algunas obras cautivan a sus lectores, la recepción de un libro más que el proceso de elaboración. El éxito de Nada, más allá del premio y la acogida que tuvo la novela, fue sin duda que supo recoger un estado de ánimo, ese sentimiento de asfixia extendido por todo un país, producida por una sociedad cerrada, hostil, hosca. Incluso setenta y cinco años después de aparecer la novela es posible sentirse como Andrea, nos apabulla como a ella un país, un estado de ánimo general, un ambiente sórdido, aun cuando no vivamos hogaño con esas limitaciones de antaño. Pero permanece un fondo más allá de los detalles.

Tal vez la grandeza de Carmen Laforet fue la de poder transmitir ese sentimiento ante la realidad. La de sentir el desasosiego ante el tremendismo circundante, que no es sólo material, es sobre todo moral y existencial. Estaba sin duda en concordancia con Unamuno, como ella insatisfecho, el eterno insatisfecho en un país en que se exige a cada uno estar siempre en su sitio y mantenerse en él fijo.



En 1965, justo entre su estancia en Tánger y la de Roma, tiene ocasión de viajar por Estados Unidos, invitada por el Departamento de Estado. Miguel Delibes había recibido la misma invitación, le anima al viaje. Son invitaciones a escritores, periodistas, artistas, no sólo de España, también de otros países. La invitación tiene como contrapartida el compromiso de una crónica, como dice Carmen Laforet, «(…) escribir lo que ve». Sin duda, hay por parte de la administración norteamericana una intención propagandística. El contexto es de todos conocidos, la guerra fría y la propaganda como una herramienta fundamental. Fue algo propio de los dos grandes bloques, que se movieron con fórmulas idénticas uno y otro. En todo caso, para Carmen Laforet se trató sobre todo de una nueva posibilidad de viaje, de conocer otras realidades y sociedades. De paso, le dio la posibilidad de reunirse con Ramón J. Sender, verse cara a cara.

Carmen Laforet toma notas en dos cuadernos. Parte de esa crónica se publica bajo el título Paralelo 35, un libro curioso, a veces un tanto ingenuo, pero con notas muy interesantes sobre varios aspectos, la cuestión racial, por ejemplo, y una descripción del paisaje que le sorprende y hechiza. Se entrevista con responsables de los departamentos de español de varias universidades. Visita empresas y escuelas. Pero sobre todo conversa con quien se cruza. Sin duda, el viaje, aquel viaje, le servirá a la autora para (re)situarse ella misma ante su país, su desasosiego y ante el mundo. Dicen que no era muy dada a expresar sus propios sentimientos, a confesar ante los demás las cuitas y las aflicciones, para eso estaba la escritura al fin y al cabo. Sobre todo sus novelas, donde consiguió ser ella misma.

domingo, 5 de junio de 2022

Brillos

 


La muerte nos iguala a todos, qué duda cabe. Ricos o pobres, blancos o negros, cualesquiera que sean los países donde nazcamos, los idiomas que hablemos, las creencias que mantengamos, con sus descreimientos correspondientes, o cualquier otra circunstancia, todos, absolutamente todos, moriremos algún día.

En todo lo demás la desigualdad es evidente. Incluida la desgracia. Podemos pensar no obstante que el sufrimiento también nos iguala, Los ricos también lloran es el título clarificador y puede que intencionado de una teleserie mexicana, cada uno siente lo insufrible de un modo absoluto, es el dolor propio que muchas veces no es posible relativizar, sin que importen por tanto los detalles o las circunstancias. Sin embargo no todas las consecuencias de los sufrimientos se afrontan del mismo modo. Lo saben muy bien los miles de ucranianos que han debido marchar de Ucrania para refugiarse en otros países donde han sido acogidos con los brazos abiertos, disponiendo de medios y de una ola de solidaridad pública y privada, sin duda necesaria, pero tan diferente a los refugiados sirios o afganos, que escapan también a una guerra, o no digamos a los miles de personas que huyen de la miseria, de condiciones de vida nefastas, de circunstancias de violencia o sinrazón. Europa les ha cerrado la puerta, levantan muros y cercas, se les ha reprimido con fuerza cada vez que han intentado cruzar las fronteras, líneas imaginarias pero muy reales, demasiado reales.

Tampoco son iguales las enfermedades o las consecuencias de los accidentes industriales, muchos de ellos radiactivos. No es lo mismo que estos ocurran en un lugar o en otro. Sus víctimas no serán iguales.

La escritora boliviana Liliana Colanzi escribe sobre uno de esos accidentes radiactivos ocurrido en el Estado brasileño de Goiás. Lo expone en su relato breve Ustedes brillan en lo oscuro que da título al volumen de cuentos de esta autora publicado por Páginas de Espuma. En septiembre de 1987 un chatarrero se lleva de un hospital abandonado de Goiânia una fuente radiactiva, la descompone y vende algunas de sus piezas, se esparce un polvo fluorescente, se sabrá después que se trataba de cloruro de cesio, que llama la atención y algunas personas, entre ellas una niña, juegan con él. Mueren seis personas y la radiación afectará a cientos de personas.  

Este suceso apenas recibió en su momento la atención de los medios de comunicación y mucho menos despertó el más mínimo interés por parte de Europa. Son cosas que pasan en esos países, se dirá, sólo los accidentes ocurridos en algunos lugares, los elegidos, los civilizados, recibirán la atención debida sin desprenderse en estos casos ningún juicio ni valoración negativas. Mientras, apenas se habla de los desechos tóxicos que ciertos países trasladan a otros, los dependientes, imagino que a cambio de unas pocas contraprestaciones, y consecuencias en ocasiones nefastas, ocurrió por ejemplo en el Golfo de Guinea, tal como informa la revista católica Mundo Negro (http://mundonegro.es/racismo-medioambiental-africa-basurero-de-occidente/) en 2021, con referencias a un incidente de contaminación en Costa de Marfil que produjo 15 muertos y 100.000 afectados.

Que cada cual lo llame como quiera, consecuencias de relaciones internacionales a todas luces desiguales, neocolonialismo, racismo institucional, inevitabilidad de tales hechos ante el desarrollo tecnológico, orden que asegura el bienestar (aunque sea el de unos pocos) o desastre ecológico, pero al igual que ocurre con el tratamiento diferente de los refugiados, indica bien a las claras una profunda desigualdad y, a la larga, un mundo bastante poco grato, por decirlo suave.