miércoles, 12 de octubre de 2016

Símbolos, identidad e identificación

Es evidente que todos los grupos humanos rememoran hechos y gestas que se constituyen en símbolos de su identidad. Cuando más grandes son dichos grupos humanos, más compleja resulta la construcción de la identidad y el símbolo identitario puede llegar a ser más difícil de homogenizar, pues no todos sus miembros se identifican con él y pierde por tanto su efectividad de significado. Todo esto es más evidente cuando el agente encargado de organizar políticamente el grupo es un Estado, que tiene una historia, una o varias ideología(s) en ciernes y unos intereses grupales nunca homogéneos ni coincidentes. Los Estados modernos comenzaron a organizarse a partir del siglo XVI, siendo España uno de los Estados que iniciaron entonces su construcción, junto a Francia, Portugal y Reino Unido.

Estos Estados nacieron en una época turbulenta. Sus poblaciones estaban lejos de ofrecer una imagen de unicidad absoluta. A excepción de Portugal, en lo lingüístico más unificada, existían diversas expresiones culturales en su seno. Tampoco existía una única religión. No sólo había en los territorios referidos comunidades judías y, en el caso de España y Portugal, moriscas, esto es, musulmanas, el cristianismo era también plural, aunque el Obispado de Roma, Primado del Catolicismo, ya estaba creando a su vez mecanismos de absoluta unidad doctrinal. La reforma religiosa iniciada por Lutero en 1517 creó mayor dificultad a la hora de facilitar esa necesaria unidad que requería el Estado -una lengua, una religión, un pueblo (lo de una sola ley llegaría más tarde, a partir del siglo XVIII)-, a lo que hay que añadir que la libre interpretación de la Biblia, uno de los fundamentos del protestantismo, impidió una unidad doctrinal en esta corriente, al contrario de lo que ocurría en el Catolicismo, donde se crearon mecanismos más férreos de control ideológico.


Por si todo esto no fuera ya suficiente para enmarañar el proceso de construcción del Estado, hay que sumar que se iniciaba un proceso de expansión por el mundo. Los europeos llegaron a América y los cuatro Estados mencionados, junto a los holandeses, pusieron sus miras en ocupar nuevos territorios allende los mares: británicos y franceses en la parte norte y el Caribe, los portugueses en la parte sur y los españoles -en concreto, los castellanos, vascos y navarros incluidos, que los habitantes del Reino de Aragón quedaron durante un tiempo excluidos de la aventura americana- en todo el continente. Portugal, por su parte, también avanzó en ese momento hacia África y Asia, donde colonizó algunos territorios en ambos continentes.

La historia es conocida: dicha expansión supuso en muchos casos la mengua de muchas culturas propias, sobre todo en América, donde incluso desaparecieron etnias y lenguas. Nada nuevo, por otro lado: la experiencia de imperios anteriores, el romano o el persa, por ejemplo, el chino en oriente, supuso también la eliminación de lenguas y culturas, aunque es verdad que hubo una concepción imperial distinta. Los imperios clásicos no buscaban en sí mismo la destrucción de otros pueblos, al contrario, intentaron muchas veces incorporarlos con sus lenguas, religiones e incluso leyes propias reconocidas en su ámbito. Los imperios modernos, los que surgen con el Estado, buscan por el contrario homogenizar, no siempre de un modo pacífico, tal como estaba ocurriendo también en los territorios europeos, hay por tanto una voluntad de conversión de los pueblos a su fe, con la Cruz pero también con la espada, se procura dotarles de sus lenguas respectivas como expresión de cultura. La Historia de la humanidad es en gran medida la historia de sus crímenes.


De compañera del Imperio, calificó sin embargo Antonio de Nebrija a la lengua castellana. No era por oposición y eliminación de otras lenguas -ibéricas o americanas- que se estableció dicho predominio, aunque es evidente que el castellano no sólo pasó a ser la lengua del Imperio, de sus leyes y de prestigio en su cultura, sino la lengua empleada por sus clases dominantes. Las otras lenguas pasaron a ser de uso privado o, en muchos casos, lenguas asociadas a lo marginal cuando no a lo turbio o a lo bajo. Es interesante observar en la Historia de Catalina de Erauso, escrita por ella misma como los vascos y navarros que intervinieron en la gobernanza de las tierras de ultramar empleaban entre ellos, en sus conversaciones privadas, el vasco mientras que ordenaban la cotidianidad mediante el castellano, la compañera del Imperio. Mientras, el término algarabía como lengua atropellada o ininteligible procede del árabe de los moriscos, de la incomprensión que producía a los no hablantes de dicha lengua hablada sobre todo en el Algarve portugués. En este sentido, con una misma lógica, el barcelonés Juan Boscán traducía al castellano los versos al itálico modo porque el castellano era la lengua de cultura en ese momento. A medida que el Estado español se iba conformando ideológicamente de un modo más homogéneo, más dura y más insidiosa devino la exaltación simbólica, llegando al cénit su plena identificación -el castellano, el catolicismo, ciertas prácticas y costumbres- con lo español durante la dictadura franquista. De un modo análogo se convirtió el inglés en lengua predominante en el Reino Unido y en las colonias de América. El francés, por su parte, se impuso como única lengua de enseñanza y casi de cultura durante el siglo XIX, cuando se volvió efectiva la centralidad legal y política de la Francia de la Revolución. Tanto en el Reino Unido como en Francia han llegado a reducir bastante el predominio de otras lenguas, hasta el punto que muchas de ellas son ahora marginales, inexistentes en buena parte del territorio donde se hablaba, lo que no ha ocurrido en España.

Ante esta historia, ¿cabe mantener la Hispanidad como fiesta identitaria, asumiendo un descubrimiento, algo a todas luces etnocentrista, y sobre todo la parte negativa que tiene todo Imperio, esto es, las masacres, la esclavitud, la explotación? Es evidente que muchos no nos identificamos con ese símbolo identitario tal como ha sido construido. Para suavizar este pasado hay quien habla de encuentro entre culturas, aunque en muchos casos habría que hablar de encontronazo. Por otro lado, aunque no nos guste la forma en que se desarrolló el pasado, aunque no nos identifiquemos con los hechos ni con las exaltaciones patrióticas -y patrioteras- que se derivaron de aquellos, resulta innegable que de una forma u otra forman parte de cierta identidad colectiva. El tiempo es el que es, era el lema en la ficción del Ministerio del Tiempo que guarda a todas luces una enorme verdad. Otra cosa son las interpretaciones, ante las que debemos guardar ciertos reparos, hay mucho de acronía en ellas cuando no intereses políticos que procuran imponer otras identidades basadas en manipulaciones y medias verdades o que buscan a su vez otras identidades, no menos legítimas, aunque con los mismos anhelos homogenizadores. ¿Qué hacer por tanto con la fiesta identitaria?

Francia ha encontrado como gran símbolo de la identidad actual el 14 de Julio, que rememora la toma de la Bastilla, la revolución que permitió la construcción de un Estado burgués, ciudadano e igualitario. Posee un significado a todas luces progresista que no gusta desde luego al cada vez más minúsculo movimiento monárquico-legitimista francés, ni siquiera sostenido por la extrema derecha francesa, que asume y exalta también los valores republicanos (aunque sea para barrer para casa). Pero tampoco gusta a los defensores de los grupos con lenguas diferentes, como los vascos o los bretones, que asocian la Revolución de 1789 con la pérdida de las leyes propias por mor de un republicanismo ciudadano. Tampoco encuentra este símbolo identitario la identificación de muchos ciudadanos franceses de orígenes distintos al europeo que no se sienten tal vez amparados por los valores republicanos derivados de 1789.


Tal vez haya acertado más Portugal, al elegir como fecha simbólica la de la muerte de un poeta, Luis de Camões, que murió el 10 de junio de 1580. Este autor escribir Os Luisadas, un poema épico que narra la aventura de los navegantes portugueses con elementos fabulosos, rememoración de la cultura clásica europea y reminiscencias de la epopeya medieval. Nada mejor que un poeta se convierta en el gran símbolo de la identidad nacional. Al fin y al cabo la literatura contribuye a que nos identifiquemos mejor, de un modo menos sangriento, con el pasado, lejos de una Historia redactada siempre por los vencedores.

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