sábado, 7 de marzo de 2020

sobre interpretaciones y fragmentos


El historiador Paul Preston califica el libro de Georges Orwell Homenaje a Cataluña como «una interesante crónica de un testigo parcial de un minúsculo fragmento de la guerra civil española». Dicho de otra forma: le gusta el libro pero destaca la parcialidad del autor. No sólo esto, añade además, lo escribe en un prólogo a un libro de Andrés Trapiello, que el que sea uno de los textos más leídos sobre la guerra civil crea un problema si no se conocen otras obras sobre el conflicto: que el lector saque conclusiones que son erróneas, por ejemplo la importancia de la Revolución y de los hechos del 37 o la responsabilidad del PCE, imagino que por extensión de la URSS de Stalin, en la derrota de la República.

Valga por delante que Homenaje a Cataluña es justo eso, una crónica carente de la imparcialidad que pudiera tener un historiador más o menos objetivo (y si ello es posible de un modo absoluto). Georges Orwell escribe su vivencia particular, subjetiva, es evidente, y por tanto plasma su opinión, no lo oculta, sobre un capítulo de la guerra, parcial, minúsculo, sin duda, pero que resultó importante, tuvo repercusiones y que resultó, por lo demás, especialmente sangriento. Desapareció Nin y sólo ahora sabemos algo del trágico final de este dirigente político, varios militantes del POUM pasaron por checas y por cárceles de la  República, su partido fue ilegalizado y tachado de quintacolumnista y aliado del fascismo, algo que el propio PSUC acabó autocriticando en la década de los ochenta gracias, en buena medida, al escritor Manuel Vázquez Montalbán. Por lo demás, Albert Camus afirmó que «el asesinato de Andreu Nin marca un viraje en la tragedia del siglo XX». Lo elevó por tanto a fragmento trascendental y simbólico de aquella época.

Que los hechos de mayo del 37 sigan creando polémica, y no sólo sobre su mayor o menor importancia, reflejan bien a las claras la dificultad de la objetividad y de la imparcialidad a la hora de afrontar ciertos hechos. Todo pasa por un sesgo interpretativo que resulta, cómo no, de la propia opinión, de prejuicios que siempre arrastramos y respecto a los cuales cuesta marcar distancia, de factores al fin emocionales. Es evidente que unos hechos como los que mencionamos los interpreta de modo diferente un militante trotskista, un convencido marxista leninista de aquellos que antaño se denominaban prosoviéticos o cualquier otra persona con intereses múltiples y variados, tantos como personas haya. Surgen variadas interpretaciones y hasta se formula ahora aquello del establecimiento de relatos que no sé muy bien qué significa.

Es evidente que entender los mecanismos de la realidad no es fácil. Cuando estamos en plena crisis del coronavirus y nadie sabe cómo acabará esto, no parece posible tener una idea de lo que ocurre, ni siquiera parece fácil entender y mucho menos interpretar nada. Uno siente que hay exageración en las medidas y en que parezca que vayamos de cabeza a un desastre económico, algo tan legítimo sin duda como preocuparse hasta el temor ante lo que ocurre, por lo que no queda más remedio que escuchar a los técnicos y dejar en sus manos la gestión de la realidad, por si acaso, porque hay al fin y al cabo personas que se enferman y hasta que mueren, lo que no es ninguna broma. Ya habrá tiempo de establecer criterios cuando pase esta crisis, si es que pasa, y ajustar cuentas.

Desde luego es difícil comparar este problema sanitario con la guerra civil española y por extensión con buena parte de la historia del siglo XX, tan marcado por lo ideológico. Claro que incluso algo como una epidemia, que parece responder a una materia tan objetiva como la ciencia médica, no escapa a la lógica de la realidad, por ejemplo, en este caso, a la de la competencia brutal entre potencias económicas, por tanto cabe un análisis ideológico o incluso asumir el tamiz de intereses no siempre evidentes. No obstante, hay que tener cuidado con las interpretaciones, puede que sea una tendencia insana esta de ver conspiraciones por todas partes, una conspiranoia inspirada por películas de domingo por la tarde.

Tal vez esté cambiando la noción de la realidad y las nuevas tecnologías estén aportando otro modo de entender e interpretar lo real. Sin embargo, mucho me temo que el exceso de información produzca justo lo contrario, la imposibilidad de entender nada y por tanto de conducir la propia opinión hacia una interpretación prudente y correcta. Es como si la estrategia actual del poder, o del sistema, o de quien maneje el cotarro y decida lo que se debe saber, haya optado no por reprimir información y por tanto limitar datos, sino justo en lo contrario, por apabullar con tanta detalle que al final uno se pierda.

Supongo que debe de aplicarse un método que nos evite perdernos por las ramas de la realidad. Paul Preston puede que tenga razón en prevenirnos de tal peligro y que no sepamos discernir lo importante de lo secundario, aunque tal vez haya dado un mal ejemplo al calificar de minúsculo fragmento los hechos del 37, que significaron más cosas que un instante penoso y sangriento de aquella guerra, ya de por sí cruel y dolorosa, y que nunca debió de haber ocurrido. Resulta por lo demás siempre más fácil analizar el pasado que comprender el presente, más cuando el exceso de información nos desmonta cualquier capacidad de análisis.

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