domingo, 11 de noviembre de 2018

Las sombras de Ofelia


Hay un choque tremendo entre la percepción de la realidad y el reconocimiento de las emociones propias que tal percepción desencadena, ocurre en nuestra cotidianidad como ocurre también en la literatura, espejo en cierto modo de la vida. De este modo, en todos los personajes de la obra Hamlet hay una falla enorme entre realidad y emoción, lo que les conduce a la tragedia, a la locura, a la culpa, a un dolor profundo y desesperado, a alejarse más y más de lo real, cualquier cosa que sea esto de lo real. Porque ya ni siquiera podemos fiarnos de las percepciones, como demostró Galileo Galilei, sin que el científico lo pretendiese sin duda, pero confrontándonos de modo irreversible a que la verdad tenga múltiples rostros al contemplarla, los cuales nos enfrentan a su vez no sólo a la verdad exterior, sino a la verdad interior, no siempre grata. La verdad interior, por ejemplo, en el Rey Claudio, a quien Hamlet detesta y contra el que recae su ansia de venganza  por haber matado a su padre, el Rey, y hermano del propio Claudio, por haberse casado también con la Reina Gertrude, la madre de Hamlet, en un acto a los ojos del hijo por completo ignominioso, es una verdad repleta de culpa y remordimientos, lo que modifica a su vez nuestra propia visión del personaje. Sus sentimientos de culpa y sus remordimientos lo humanizan en gran medida, pero no ante el príncipe Hamlet, que decide retrasar su venganza para que las consecuencias resulten más graves al destinatario de la misma.

Pero es Ofelia a quien ese choque entre percepción de la realidad y organización de sus emociones produce una mayor falla, hasta el punto de conducirla a la muerte por la vía de la duda profunda, cada vez más imposible de dirimir, de la desesperación que obscurece su mirada sobre las cosas y por último de la locura. Ofelia no puede asumir lo que le ocurre, ese intento de seducción de Hamlet, esa sumisión a las normas sociales, su adaptación a una sociedad estamental –hoy sería una sociedad de clases, aun cuando las fronteras nos parezcan ahora más laxas–, su pertenencia a un clan patriarcal, su imposibilidad de entender o interpretar la realidad. Todo ello le enfrenta a lo que siente, pero también a lo que debería sentir por su posición en todo el entramado social. La sociedad con su normativismo y su aparato disciplinario penetra por todos los poros incluso en los sentimientos y emociones de los individuos, es más, resulta que en este ámbito es donde la batalla del poder se vuelve más intensa y vehemente.

Shakespeare indica algo que nos parece actual, pero que ocurrió sin duda siempre, que las emociones y sentimientos son un campo de batalla, como lo es el lenguaje que los expresa. Se trata ya no sólo de ocupar territorios por las armas, sino además de legitimar el dominio de la tierra y, sobre todo, de la población, y justificar así también los mecanismos del poder. Y nada más eficaz para tal dominio que invadir mediante la emoción y el sentimiento la opinión y la actuación de las personas. Pero no sólo empleando el sentimiento primario del miedo, muy eficaz siempre, miedo a la sangre, a la represión, a la muerte, sino más allá, miedo a sí mismo, a ser diferente, a disentir, a dudar en definitiva de la propia percepción de la realidad, a sentir además una culpa que no permite la más mínima actuación propia, porque el individuo, al final, se vuelve un ser atormentado, incapaz de la más mínima decisión por sí mismo.

Les ocurre a todos los personajes de la tragedia de Hamlet, pero es a Ofelia a quién más afecta todo este estado de cosas y para quien la disensión realidad-sentimiento resulta más costosa y sufriente, tanto que es ella misma quien llevará a cabo ese gesto absoluto de la propia destrucción. No necesita que el propio Hamlet levante contra ella su espada, tampoco será necesario que lo haga Laertes, su hermano, que también acudirá a la venganza para resarcirse tanto de la muerte de su propio padre a manos de Hamlet, errado en su acto homicida, como el encargado de lavar el honor de su hermana muerta. Todos toman la vía de la venganza, todos deciden la muerte del otro como forma de resolver el caos que produce la realidad en su interior, salvo Ofelia, quien revierte en su interior herido todo su frustración y ese magma de emoción incomprensible.

La mirada sobre lo real es clave para comprender esa dicotomía realidad-sentimiento. Porque estamos hablando, al final, de una interpretación sobre lo que nos rodea. Sentimos al final como forma de comprensión de lo que nos envuelve, hay también una dicotomía razón-emoción. De este modo, no es que existan realidades diferentes, sino que lo que varía son las interpretaciones. De las interpretaciones brotan al fin los sentimientos y las emociones. Por tanto, de lo que se trata es de manipular las interpretaciones para crear sentimientos y emociones. De esto sabe mucho el poder, no hay duda. Es más, ante un mundo que carece ya de alternativas posibles conformar sentimientos y emociones se ha vuelto la tarea fundamental del poder, conformar sentimientos y emociones para crear una épica que nos dé sentido a la vida comunitaria, aunque luego se reconozca sin vergüenza alguna que ciertos empeños épicos no tenían en realidad base alguna. Está pasando con verdadero descaro en muchas sociedades.

De aquí nace, sin duda, esa horrible expresión empleada hoy por políticos, y me temo que por sociólogos y otros estudiosos de lo real, de establecer relatos a partir de la realidad, como si lo real fuera materia para la ficción, que lo es, pero sólo para la literatura, no para el análisis de la realidad. Ante ciertos acontecimientos históricos o políticos no cabe establecer relatos, sino interpretar los mismos. Puede que no quieran afirmar que lo que llevan a cabo son interpretaciones porque hay una asociación de ideas con el concepto de manipulación, que pretenden rehuir. Pero con el establecimiento de los relatos van más allá de la mera manipulación, porque en la manipulación aún está presente la realidad, en cambio en el relato no lo está tanto, la ficción al fin y al cabo parte sobre todo de la verosimilitud, que nada tiene que ver con lo real.

Si Ofelia hubiera establecido un relato a partir de su situación, tal vez se hubiera salvado y no hubiese adoptado ese gesto absoluto final. Si hubiera establecido un relato, tendría sus propias reglas para la vida, aunque nada tuviesen que ver con lo real, por tanto con el sufrimiento que le generó todo ese cúmulo de emociones, sumisiones e incapacidades de asumir e incidir en lo real. Pero intentó interpretar y afrontar una realidad que la consumió en la más dura de las desesperaciones. La más pura realidad.

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