«Nada
nace de lo que no existe». Lo dice Epicuro en su epístola a Heródoto y, como si
pretendiera incidir en la visión de las cosas humanas de su destinatario, el
historiador griego, añade: «El universo siempre fue tal como ahora es, y que siempre
será así, puesto que no hay nada en que transformarse».
Qué
duda cabe de que la segunda afirmación deja un poso de fatalidad si la aplicamos
a la realidad humana, a la historia de las diferentes sociedades que componen
el mundo, y sin duda lo confirmamos si lanzamos una mirada hacia lo que ocurre
ahora mismo, a esas guerras que se extienden, no sin los viejos clichés con que
se siguen legitimando los genocidios, las tiranías e incluso las actividades turbias
de las democracias decadentes, promovidas por los nuevos sofistas y que han
persistido, empeño nefasto, como hasta hace bien poco incluso en países
desarrollados, cultos y ejemplares, en esta misma Europa orgullosa, por ejemplo,
que se erigen en modelo pero que no puede ocultar bajo sus alfombras lujosas el
horror de los crímenes habidos.
Nada
nace de la nada, todos los efectos tienen sus causas y todas las causas producen
sus efectos.
Aunque
le pongamos una fachada ornamentada o redactemos discursos elogiosos, intuimos
que detrás no hay nada nuevo, «nada nuevo bajo el sol» en palabras atribuidas
al Rey Salomón, no muy distantes en su sentido a las del filósofo griego.
Lo
aplicamos a cualquier época y a cualquier lugar, no dejamos de sentir en
ocasiones que la realidad es una sucesión de causas y efectos sin remedio,
eslabones sin más objeto que mantener la cadena de la historia, quién sabe si
sucesión sempiterna o dirigida a un inevitable final de los tiempos.
¿De
dónde vienen, por ejemplo, las corrupciones y corruptelas que vuelven a ser
tema central en los debates políticos españoles, si es que alguna vez se ha
dejado de hablar de corrupción en España? Comienzan dos juicios que afectan a
los dos partidos principales en España y se junta a otro, el del Clan de los
Pujol, proceso que está debida y sospechosamente silenciado en los medios de
comunicación y en las mesas de los tertulianos mediáticos. ¿De qué son efectos
tales casos?¿Hay algo connatural a la historia del país?¿Es específica del
actual periodo de democracia, una vez asentada la transición, no en vano todos
las etapas habidas han acabado con casos escandalosos y se reproducen además en
cada comunidad autónoma, con mayor o menor intensidad?¿Podemos remontarnos a
otros momentos de la historia reciente del país?
A
la espera de una historia general de la corrupción en España, es plausible
acudir a una novela cuasi olvidada del escritor catalán Francisco González
Ledesma, Los símbolos. En ella vuelve a describir la Barcelona de los
barrios pobres, la de la miseria y la de las resistencias, la de los callejones
miserables en los que convivían personas muy peculiares, muchos de ellos
retratados por el autor, la de los rincones en los que confluyeron revolucionarios,
desalmados, apolíticos, prostitutas, ladronzuelos, buscavidas, chaperos, obreros, modistas,
taberneros, artistas; por ahí anduvieron también Jean Genet, Víctor Serge o Georges
Orwell.
En
su novela, González Ledesma nos habla también de la otra cara de la moneda, la
de una burguesía vencedora de la guerra y que vuelve a sus negocios, siempre
bajo la protección de un Estado, da igual quien gobierne y bajo cualquier
régimen, al fin y al cabo todos ellos logran calmar los temores de esa burguesía
a los peligros de la revuelta, de la revolución, del caos. Es esa burguesía que
gusta presentarse como innovadora, liberal, culta y europea, pero que no le
hace ascos, como se refleja en la novela, al franquismo. Se adapta a cualquier
cosa para sacar adelante los negocios.
Y
por supuesto en la novela la corrupción está presente en forma de acuerdos
turbios, de artimañas empresariales, de tejemanejes, de intereses y artificios.
Lo descrito en Los símbolos, publicada en 1987, bien pudiera ser la
antesala de nuevos negocios realizados hoy.
El
autor le confesó a su editor que la novela fue un ajuste de cuentas con sus
fantasmas del pasado, los de la posguerra, su forma de poner orden en su
memoria, en los recuerdos de esa Barcelona que supo describir a través de sus
libros. Pero qué duda de que aquel instante de la ciudad no deja de ser un
eslabón más en la historia de la ciudad, del país. Por mucho que hayan cambiado
los tiempos y Barcelona sea hoy más bien un parque temático para deleite de
turistas y de ejecutivos de las ferias. A pesar también de que se haya querido
olvidar esa Barcelona canalla que González Ledesma conoció y describió, o a lo
sumo se pretenda presentar como parte del espectáculo actual, por deferencia a
artistas e historiadores. Todo sigue teniendo al fin ese aroma a pétalos de
rosa de los salones burgueses de toda la vida.


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