Mariana
Enríquez nos propone en Un lugar soleado para gente sombría doce relatos
en los que el horror convive con lo cotidiano. Todo queda empapado en una
atmósfera en el que la asfixia y la normalidad, sea lo que sea lo normal, se
entrecruzan, se envuelven, se confunden y convierten la vida de los personajes
en un lugar sombrío, abrumador. Todo ello en un ritmo escalonado. Sin duda una
gran parte de los lectores de estos relatos no podrán evitar un escalofrío: se
identificarán con lo descrito, con esa atmósfera que es como una bruma que
desdibuja los rasgos de los objetos y de las personas, que nos impide en gran
medida identificar los límites en los que nos movemos y las razones por las que
vivimos. Si es que las hay.
El
Talmud apunta a que el ojo humano es incapaz de contemplar la vida en toda su
envergadura debido a la imposibilidad de confrontarnos a lo terrible de la
existencia, la parte siniestra del ser humano y de sus acciones, el azar o el
determinismo, no lo sabemos con certeza. En definitiva, nuestros ojos no pueden
contemplar las desgracias que nos rodean y de las que formamos parte, ya sea en
la vida en general, los distintos ámbitos en que estamos enmarcados, ya sea en
nuestros pequeños ámbitos más próximos. Tal vez por ello exista la imaginación
o la ensoñación. Quizá también por eso haya necesidad, quienes puedan, de
rodearse de belleza, de orden, que deje fuera, en el ámbito del olvido a poder
ser, el hedor de la realidad, los errores de cada cual, los remordimientos, las
culpas. Dicen que el modo de organizar nuestro medio más cercano, aquello que
decoramos, guardamos, ordenamos, refleja el estado de nuestro interior. Aunque
puede que sea más bien una manera de no contemplar el caos y el vacío en el que
nos desenvolvemos.
En
este gran teatro del mundo en que vivimos, bajo un decorado opulento propio de
este capitalismo tardío, nos rodeamos de objetos, edulcoramos la realidad, nos
entretenemos mientras dejamos pasar la vida con esa inmediatez que nos supera. Qué
parecido y qué distinto a la vez de la atmósfera que vive Andrea en ese piso de
la calle Aribau de Barcelona o de los rincones sombríos que recorre y que tan
bien nos describe Carmen Laforet en Nada.
Ahora,
una vez más, salimos de una Navidad en la que los regalos, las comidas, los
decorados urbanos, las manifestaciones de buenos deseos han cubierto nuestra
cotidianidad y lo olvidaremos cuando se acabe la primera semana del año. En
cuanto se inicien las rebajas, todo un símbolo de este mecanismo social. Del
mismo modo que nos repetimos en la pandemia, hace cinco años, que saldríamos
mejores. O que la entrada en un nuevo siglo iba a ser una oportunidad
maravillosa de no recordamos muy bien qué. Qué pronto nos hemos olvidado. Qué
evidente ahora que todo puede empeorar más si cabe. Al fin y al cabo, dejamos
atrás este primer cuarto de siglo que nos ha ofrecido un buen abanico de
horrores sociales, políticos, sanitarios, económicos. Si no tuviéramos esa
capacidad de mirar hacia otra parte, de negar la realidad, desdibujarla o
decorarla, nos pasaría lo mismo que al narrador de Le horla de Guy de
Maupassant, que va reflejando en su diario la pérdida de la razón. Aunque en su
caso, como ocurre muchas veces en este proceso de aprehensión de lo real, responde
también a la incapacidad de crear un marco idóneo de comprensión de sí mismo y
del medio.
Nos
llenamos de objetos, igual que nos rodeamos de belleza o de orden, por la misma
razón que acudimos a una imaginación desaforada, por no poder contemplar el
mundo y nuestras vidas. Nadie mejor que Phil Collins para reflejarlo en una
canción, No way out, y que, con una letra en apariencia sencilla, nos
habla de esa eterna anochecida en el que el amanecer no es ya posible, aplicado
ahora a la cotidianidad, a esa misma cotidianidad de la que nos habla Mariana
Enríquez en sus relatos. No hay que acudir a los grandes decorados para
percibir el horror de las pequeñas cosas, de nuestro día a día. Tampoco al
escenario general. Se reflejan mutuamente, inmersos todos en uno de esos
laberintos de espejos de las ferias donde nos contemplamos una y mil veces,
siempre deformados nuestros reflejos.
Claro
que todo esto puede ser al fin un mero sentimiento propio de la fecha en la que
estamos.
