Vivian
Gornick nos habla con nostalgia del tiempo de los «epistológrafos», los que,
como ella, como sus amigos, escribían cartas. No tanto por decisión ni por
necesidad, sino como forma de vida. A través de las epístolas, de su escritura silente
y apasionada, sus escribientes se posicionaban en el mundo, ordenaban las ideas,
poseían el tiempo y los espacios abiertos que describían con lentitud, se
transmitían unos a otros esa visión de las cosas como experiencia de vida que
había que compartir, volvían en común lo que eran percepciones individuales y
así se avanzaba en una reflexión comunitaria, enriquecedora, social.
En
el capítulo «Escribir cartas» del libro Mirarse de frente, publicado por
Sexto Piso, la autora neoyorquina cita a Philip Larkin, que rememora ese mismo mundo
de «epistológrafos» en el que «las cartas se reciben con avidez y se entregaban
con fidelidad».
«Escribir
una carta es estar a solas con mis pensamientos ante la presencia evocada de
otra persona», nos dice la escritora, y con ello nos habla de la soledad, del
silencio, de la comunicación como formas de sociabilidad que se han perdido en
este mundo contemporáneo y de prisas sin sentido, en el que todo pasa con rapidez,
los medios de comunicación nos cuentan los hechos al momento, de inmediato, abundan
los directos, el tono acucioso, algo bronco y tremebundo, y al instante los
olvidan para recoger nuevos hechos que adoptan la misma presteza.
Del
mismo modo que Zweig vio desparecer un mundo y surgir otro, Vivian Gornick
describe ese cambio del que es testigo. Hay nostalgia, en efecto, la sensación
de que lo que brota es a todas luces peor, algo sin duda terrible en quien,
como la autora, aspira a una sociedad distinta, mejor. Pero en esos detalles se
ve que algo falla y empeora. Claro que es algo propio del paso de las
generaciones que van pasando apreciar que las nuevas generaciones se plantean
las cosas peor y tal vez no sea tanto la valoración negativa que le damos a las
nuevas expresiones lo que importe, sino el hecho de que sólo son diferentes. Ya
ocurría incluso en la Grecia clásica. En definitiva, se trata de algo propio de
viejunos que van viendo que lo suyo se diluye en el presente y añora
entonces lo que fue. Así lo podemos considerar en cierto modo.
Pero
es cierto que se han dejado de escribir cartas, en parte por la aparición de
nuevos canales de comunicación más inmediatos. También hemos dejado, parece
ser, de hablar, de charlar plácidamente, lo menciona Vivian Garnick en su
capítulo. Hubo un tiempo de reuniones vespertinas en pueblos y barrios, de
charlas de vecindades que compartían impresiones, describían hechos, recuerdos
y vivencias. Ya apenas se habla así en nuestras ciudades y pueblos, tal vez en
los bares y cafés, pero sin duda ocurre de otra manera, ya no existen las
antiguas tertulias, aquellas que nos describía Cansinos Assens en su La novela
de un literato, a todas luces una larga epístola en el que nos describe lo
que fueron aquellos encuentros. Intercambiar visiones de la vida, es lo que se
hacían en los mismos. Era justo esto lo que se daba en Bissau, al anochecer,
cuando en el barrio de Antula la gente me describía cosas del país, se hablaba
de la vida, no tan diferente a lo que ocurría en otros lares. Sólo cambian los
detalles, la esencia es igual en todas partes.
Pero
puede que sea todo vana nostalgia. O quizá sea la sensación de haber perdido
demasiado por el camino, un efecto de lo que no ha podido ser, la melancolía
por lo que no se ha dado, sin necesidad de comparar, un simple echar de menos.
Justo esto, dicen, es la saudade, la sodade que cantaba Cesárea Évora, cadencia
de toda nostalgia que pasa ineludiblemente de una generación a otra.