domingo, 5 de abril de 2026

Cartas

 


Vivian Gornick nos habla con nostalgia del tiempo de los «epistológrafos», los que, como ella, como sus amigos, escribían cartas. No tanto por decisión ni por necesidad, sino como forma de vida. A través de las epístolas, de su escritura silente y apasionada, sus escribientes se posicionaban en el mundo, ordenaban las ideas, poseían el tiempo y los espacios abiertos que describían con lentitud, se transmitían unos a otros esa visión de las cosas como experiencia de vida que había que compartir, volvían en común lo que eran percepciones individuales y así se avanzaba en una reflexión comunitaria, enriquecedora, social.

En el capítulo «Escribir cartas» del libro Mirarse de frente, publicado por Sexto Piso, la autora neoyorquina cita a Philip Larkin, que rememora ese mismo mundo de «epistológrafos» en el que «las cartas se reciben con avidez y se entregaban con fidelidad».

«Escribir una carta es estar a solas con mis pensamientos ante la presencia evocada de otra persona», nos dice la escritora, y con ello nos habla de la soledad, del silencio, de la comunicación como formas de sociabilidad que se han perdido en este mundo contemporáneo y de prisas sin sentido, en el que todo pasa con rapidez, los medios de comunicación nos cuentan los hechos al momento, de inmediato, abundan los directos, el tono acucioso, algo bronco y tremebundo, y al instante los olvidan para recoger nuevos hechos que adoptan la misma presteza.

Del mismo modo que Zweig vio desparecer un mundo y surgir otro, Vivian Gornick describe ese cambio del que es testigo. Hay nostalgia, en efecto, la sensación de que lo que brota es a todas luces peor, algo sin duda terrible en quien, como la autora, aspira a una sociedad distinta, mejor. Pero en esos detalles se ve que algo falla y empeora. Claro que es algo propio del paso de las generaciones que van pasando apreciar que las nuevas generaciones se plantean las cosas peor y tal vez no sea tanto la valoración negativa que le damos a las nuevas expresiones lo que importe, sino el hecho de que sólo son diferentes. Ya ocurría incluso en la Grecia clásica. En definitiva, se trata de algo propio de viejunos que van viendo que lo suyo se diluye en el presente y añora entonces lo que fue. Así lo podemos considerar en cierto modo.

Pero es cierto que se han dejado de escribir cartas, en parte por la aparición de nuevos canales de comunicación más inmediatos. También hemos dejado, parece ser, de hablar, de charlar plácidamente, lo menciona Vivian Garnick en su capítulo. Hubo un tiempo de reuniones vespertinas en pueblos y barrios, de charlas de vecindades que compartían impresiones, describían hechos, recuerdos y vivencias. Ya apenas se habla así en nuestras ciudades y pueblos, tal vez en los bares y cafés, pero sin duda ocurre de otra manera, ya no existen las antiguas tertulias, aquellas que nos describía Cansinos Assens en su La novela de un literato, a todas luces una larga epístola en el que nos describe lo que fueron aquellos encuentros. Intercambiar visiones de la vida, es lo que se hacían en los mismos. Era justo esto lo que se daba en Bissau, al anochecer, cuando en el barrio de Antula la gente me describía cosas del país, se hablaba de la vida, no tan diferente a lo que ocurría en otros lares. Sólo cambian los detalles, la esencia es igual en todas partes.

Pero puede que sea todo vana nostalgia. O quizá sea la sensación de haber perdido demasiado por el camino, un efecto de lo que no ha podido ser, la melancolía por lo que no se ha dado, sin necesidad de comparar, un simple echar de menos. Justo esto, dicen, es la saudade, la sodade que cantaba Cesárea Évora, cadencia de toda nostalgia que pasa ineludiblemente de una generación a otra.