martes, 25 de julio de 2017

Juegos Olímpicos

El mito indica que los Juegos Olímpicos fueron una idea surgida entre los dáctilos, una raza arcaica que la tradición vincula a Hefesto, más en concreto fue Heracles, tal vez primera personalización del héroe, quien propuso unas carreras entre sus hermanos. La historia oficial y objetiva, si es que existe algo de objetividad en la historia, indica que los primeros juegos olímpicos se celebraron en el 776 a. C. Se realizaron en Olimpia, de allí el adjetivo, y una de sus funciones fue la de mantener una mínima tregua en una época de enorme tensión y confrontación entre las diversas ciudades-Estado.

La idea de los Juegos Olímpicos como símbolo y potenciador de paz o de concordia entre los pueblos lo recogieron los mandatarios al reestablecerse a partir de 1886 cada cuatro años. Es evidente que no logró tal objetivo, si es que se lo tomaron en serio: el siglo XX siguió siendo, como los siglos anteriores, violento y vivió incluso dos guerras mundiales. Todo indica, en lo que llevamos de siglo XXI, que por desgracia nada cambia en lo relativo a guerras y violencia.

Pero además los Juegos Olímpicos se convirtieron muy pronto en pantalla de propaganda de los Estados en los que se mostraba bien la superioridad racial, tal como se intentó en los juegos de Berlín de 1936, bien de propaganda política, para el Bloque del Este hasta su desmoronamiento o para los Estados Unidos, una manera de mostrarse al mundo como potencia hegemónica.

No sólo eso, sino que también los Juegos Olímpicos se convirtieron, sobre todo en los últimos decenios, en grandes operaciones urbanísticas. No en vano sabemos todos de los estrechos vínculos entre las empresas y el deporte, sobre todo el deporte de élite. Las Ligas Profesionales de Fútbol, por ejemplo, más que deporte sano y ejemplo social, es un gran negocio que mueve millones en dinero y no escapa en algunos Estados a corruptelas y grandes corrupciones, las corrupciones generalizadas y casi sistémicas, como se ha visto en la FIFA o en la Liga Española.

Por ello, en gran medida, el gran interés de acoger los Juegos Olímpicos tiene que ver más con aprovechar el momento para un cambio en el urbanismo y dar a conocer una ciudad, hoy diríamos incorporarla a los mercados.

En este sentido, que desde las administraciones españolas -catalanas incluidas, no parece que haya aquí grandes discrepancias- se conmemore y celebre el vigésimo quinto aniversario de los Juegos Olímpicos de Barcelona indica hasta que punto no sólo fueron unos juegos ejemplares en lo deportivo y en lo organizativo, sino que sirvió para dar el primer paso en un cambio urbanístico y en incorporar la ciudad a los mercados, a todas luces el gran objetivo a perseguir. Veinticinco años después Barcelona se ha convertido en un parque temático, una caricatura de sí misma para disfrute de los millones de turistas que recorren la ciudad en busca de lo que piensan que van a encontrar. El resultado es una ciudad cara que expulsa a los vecinos de los rincones más apetecibles o si los mantienen, que sea como un atractivo más para el visitante.

Cierto: eso ocurre también en otras muchas ciudades convertidas en polo del turismo, caricaturas de sí mismas también ellas, sean Praga o Paris, o algunos de los nuevos destinos de los Balcanes que ven en el turismo una industria. Se dirá que los Juegos Olímpicos no tienen nada que ver con lo que hoy es Barcelona -¡hasta los propios turistas se quejan del exceso del turismo!-, pero no se puede negar que aquellos Juegos Olímpicos de hace veinticinco años fueron un primer paso para la transformación urbana. Ya hay algunos planificadores urbanos que hablan de Barcelona, por muy bonita que haya quedado, como un modelo lleno de lagunas y defectos.

De este modo, el deporte, que pudiera entenderse como actividad social de convivencia y diversión, de ocio y desarrollo individual y grupal, deviene en aliado de las empresas, un negocio más, un modo incluso con que barnizar la especulación y la concepción de una ciudad como negocio, más que como centro multidisciplinar donde conviven varias actividades, algunas económicas, pero no todas.


En castellano la palabra competencia reúne en su significado tanto la capacidad para el desarrollo de alguna aptitud como la rivalidad entre personas, países o empresas, algo que no ocurre en otros idiomas, que separan claramente ambos conceptos. Parece ser que los Juegos Olímpicos tienen ahora mismo más de lo segundo, de rivalidad entre deportistas y países, que de lo primero, de desarrollo humano de las capacidades. Y deja sus huellas en las ciudades por las que va pasando. 

lunes, 17 de julio de 2017

Manuel Lamana

En marzo de 1947 se produjo una masiva detención de estudiantes universitarios en Madrid. El detonante fue una pintada en un mural de la Ciudad Universitaria. Sin embargo, el objetivo fue neutralizar el movimiento estudiantil que comenzaba a reorganizarse pocos años después de acabada la guerra civil, en aquel primer decenio de la dictadura que fue sin duda el más asfixiante. Muchos de los detenidos, una vez condenados, acabaron en el Destacamento Penal de Cuelgamuros, cuyos presos construirían el Valle de los Caídos en régimen de trabajos forzados.

Entre los detenidos y condenados estaba Manuel Lamana. Hijo de un político republicano moderado, vivió la guerra siendo apenas un niño que salía de la infancia y que vería la realidad sin entenderla del todo, a falta de referencias, de un contexto que comprender. Salió de España y en Francia, al cumplir los 18 años, se vio en la tesitura de que se le llamara a filas ante la guerra que empezaba en Europa, por lo que decidió regresar a España y cursar estudios universitarios. Como menor que había sido, no tenía nada pendiente, pero pronto comienza a cuestionarse la situación del país y participa en la Federación Universitaria Española.

En Cuelgamuros coincide sobre todo con presos políticos de diversas tendencias, entre ellos Nicolás Sánchez-Albornoz. Otro estudiante, Francisco Benet, hermano del escritor Juan Benet, que participó en aquel incipiente movimiento de resistencia estudiantil pero que pudo huir a Francia, organizó un plan de fuga que contó con la participación de Bárbara Mailer, hermana del escritor Norman Mailer, y de una jovencísima Bárbara Probst Salomon, con el tiempo también escritora norteamericana. Ambas muchachas iban a ser una tapadera, una tapadera algo extraña por lo chocante que resultaría en aquella España encerrada en sí misma ver a dos mujeres viajar por los alrededores de Madrid. Pero el plan salió bien y la fuga se produjo según lo previsto.

Ya en el exilio, Manuel Lamana rememoraría aquella fuga en una novela, Otros Hombres, que serviría de base para el guion de una película de Fernando Colomo, Los años bárbaros, estrenada en 1998, dos años después de la muerte del escritor.

Es evidente que la guerra civil marcó la vida de Manuel Lamana y determinó sus reflexiones y su obra literaria. No en vano, aquel enfrentamiento, y por ende la posguerra, fue el tema de numerosas novelas y el objeto de bastantes estudios de todo tipo, tanto entre autores y estudiosos españoles como también de todo el mundo, hasta el punto de que el conflicto español ha sido uno de los acontecimientos más estudiados y que más libros ha generado.

Una guerra, además, que todavía crea polémica y debates en la actualidad, que incide aún en la realidad política española, como se ve con la cuestión de la memoria histórica y la demanda de parte de la población de que se dé luz al gran número de fusilados cuyos cuerpos fueron enterrados en cunetas o en fosas comunes, como también que desaparezcan las dedicatorias públicas a los vencedores, en monumentos y nomenclaturas urbanas. Estas propias demandas como la reacción contraria, la de no reabrir viejas rencillas “ya superadas”, dicen algunos, demuestra hasta qué punto el capítulo de la guerra no se ha cerrado, a diferencia de la segunda guerra mundial, tal vez por mor de una política de silencio que al final se demuestra poco eficaz.

En este sentido, la literatura brinda la posibilidad de contemplar toda aquella realidad desde otra perspectiva, más próxima, la perspectiva de la infrahistoria, la visión de una cotidianidad que permite contemplar y entender, hasta cierto modo empatizar, la realidad de otro modo, aunque lo hace de forma diferente entre los escritores, dependiendo del lugar desde el cual escriban. Porque a partir del fin de la guerra los escritores españoles se dividen, más que por su posición durante el conflicto, por el lugar donde vivan, si en España o si en el exilio. Se puede decir que a partir de 1939 hay dos historias de la literatura española, la del interior y la del exilio o destierro, y aun cuando España se haya quedado aislada, lo estará hasta finales de los cincuenta, en lo político y en lo económico, en sus relaciones internacionales, serán los puentes que se mantienen entre los escritores lo que brindará algo de luz a ese país aislado y ensimismado.

Manuel Lamana forma parte de los escritores del exilio. Una vez la fuga acaba en éxito, o sea, en exilio, vive primero en París y en Londres, para luego trasladarse a Argentina, donde morirá. Tuvo ocasión de volver a España y relacionarse con los escritores del interior, pero en el exilio la guerra será en buena medida el tema y el sujeto de su reflexión, literaria y humana.

Cómo no, la guerra como tema y como tragedia, la guerra en sí misma, casi sin entrar en cuestiones ideológicas o de la razón o razones por las que se pelea, sin que por ello haya una injustificada equidistancia, el autor tiene muy clara su posición, pero no puede dejar de pensar en la guerra como fracaso, como locura colectiva: «¿Qué fue al principio? Los hombres con fusil. Los tiroteos repetidos desde los tejados. Los automóviles llenos de hombres armados que pasaban a toda velocidad. Fidel, el vecino del cuarto, le dijo una mañana: -Sabes, ¿ese señor que vivía enfrente de nosotros? Anoche se lo han llevado. Le han dado “el paseo”».

Es un párrafo de Los inocentes, una novela escrita desde la mirada de un muchacho, Luis, Luisito, de catorce años cuando empieza el conflicto y que va descubriendo el mundo a partir de una guerra desde el campo republicano, siendo testigo del horror del otro lado, de esos ataques indiscriminados contra la población civil que el bando sublevado lanza en forma de bombardeos tremendos y que producen, sobre todo, víctimas civiles, inocentes, ajenas a las motivaciones del conflicto. Pero es una violencia que se desata también en la parte republicana, con sus rencillas ideológicas, sus conflictos también armados entre los diversos bandos -se recogen los ecos de la contienda del 37 en el bando republicano- y los ajustes de cuenta de más que dudosa ética.


Pero todo ello sin equidistancia, sin poner al mismo nivel las dos Españas, desde la conciencia de que en el lado republicano estaba la razón y la legitimidad, pero asumiendo esa contradicción de las miradas en los individuos concretos: «Miras por un lado, Luis, y es una cosa. Mírala por el otro, y es al revés. Si la miras de frente, la antinomia te agobia. ¿Tú sabes por qué mata el aviador? Por España, Luisito. ¿Tú sabes por qué luchamos nosotros? Por España también. ¿Y que hacemos entro todos? Reventar a España». Es la reacción del padre de Luis, político republicano, a la muerte de su conductor y de su guardaespalda atacados desde el aire cuando volvían a Valencia, que es donde residen tras salir de un Madrid bloqueado. El hijo escucha estremecido a las palabras de su padre, las dos España. Y sin embargo, aun cuando pudiera llegar algún día a entenderlas, asiste también estremecido y aterrorizado a los brutales ataques de aquellos aviadores del otro lado que tendrán sus razones, pero que se muestran insensibles y brutales ante una población que padece sus bombardeos.

miércoles, 12 de julio de 2017

La vida de Lazarillo de Tormes

Lázaro alcanza cierta estabilidad en Toledo. Trabaja de pregonero, sobre todo de pregonero de vinos: anuncia los distintos tipos de caldo y sus cualidades, una especie de comercial y publicista de la época, y alcanza gracias a ello no poca seguridad material pero también interior, cualquier cosa que sea eso de la interioridad en aquellos tiempos y en cualesquiera otras épocas del mundo o de la historia, en todo caso nada que ver con la vida azarosa que ha llevado. Tal vez su empleo no satisficiera del todo a nadie, pero para él es más que suficiente. Se ha casado y poco le importan las habladurías que desde el principio rodean su relación, un matrimonio el suyo de conveniencia sugerido por el señor para quien trabaja y que le vincula con una criada, dícese que amante del arcipreste, su jefe.

Asiste a su época no sabemos si con interés o como mero observador. Se celebran Cortes en Toledo en 1525, objeto de atención de Francesillo de Zuñiga en sus Crónicas burlescas. Tras la batalla de Pavía el Rey de Francia Francisco I ha quedado bajo regia custodia en la Casa y Torre de los Lujanes, en Madrid. De ello hablará Alfonso de Valdés en sus escritos, en los más literarios y en los más reflexivos, no en vano ha sido dicho consejero del Emperador el autor de la relación de la susodicha batalla.

Tal vez cierto desasosiego o la necesidad de aclarar y aclararse la propia vida, quizá una imperiosa coacción espiritual por justificarse o por dar luz a todas sus cuitas, le llevan a escribir a un destinatario desconocido -o destinataria desconocida, sugiere Rosa Navarro- y en la que da una relación de su vida, una explicación de sus pasos por la vida y por los avatares de la existencia.

En esa escritura de los años transcurridos recuerda no sin añoranza a quien fuera su primer mentor en las cosas de la vida: un ciego que, al contrario de lo que ocurre en los Evangelios, no verá la luz, sino que la transmitirá a su pupilo. «Yo oro ni plata no te puedo dar -le dirá-: mas avisos para vivir muchos te mostraré». Se da cuenta de que quizá cumpliera con la promesa que el ciego le hiciera a su madre de recibirlo no como mozo, sino como hijo y, por tanto, darle luz, darle consejos, darle conocimientos para afrontar la vida dura. Tal vez esa su dureza -tampoco eran aquellos buenos tiempos para los niños, cuya condición nada tiene que ver con la actual, seres que vivían en la periferia social, arrinconados en o de ella y precipitados a un aprendizaje a base de golpes-, esa dureza, decía, fuese al final el fundamento para salir de la simpleza, como el propio Lázaro reconoce cuando recibe el primer golpe engañoso del mentor, calabazada en toda regla contra la piedra en forma de toro que hay en el puente romano de Salamanca, sobre el Tormes.

 «El mozo de ciego un punto ha de saber de más que el diablo», le advierte a Lázaro y de este modo le asesora e introduce en las artes de la oración, con diversas funciones y fines sociales. Rezos, preces y oraciones que tampoco sirven ya para lo estipulado por Jesús en el Evangelio de Lucas, en su capítulo XI. Nada que ver con las peticiones evangélicas e íntimas, paternofiliales, sino meros formulismos retóricos, ritualismo puro y duro que determina ya la vida del cristiano, ritualismo que les permite al ciego y a Lázaro, además de las limosnas, vivir, hasta tal punto que Lázaro desea la rápida muerte de aquellos enfermos por cuya salud rezan para así disfrutar de la comida que se brinda en el entierro. La oración se convierte en algo ritual, algo contra lo cual escribe Erasmo de Rotterdam y advierte Alfonso de Valdés en su Diálogo de Mercurio y Carón. Es un punto más de las muchas discrepancias religiosas que se dan en Europa, nada nuevo, por cierto, en la historia del cristianismo, abundan las escuelas y los cismas, las polémicas y las discordias, pero en 1517 toma todo ello un nuevo rumbo tras la protesta de Lutero.

Castilla será en buena medida, y contra lo que hoy se cree, tierra donde abunda la disidencia. A pesar del ritualismo y de la lejanía que se pretende que exista entre la población y la fe, relación entendida como mera aceptación, hay una enorme búsqueda de espiritualidad y abundan los círculos de iluminados, pietistas, molineristas, erasmistas y también de luteranos y reformados que, dentro o fuera de la Iglesia Romana, pretenden dar respuesta a tantas dudas y búsquedas. Lázaro, aun cuando pueda pensarse que esté al margen de tales cuitas, por formación y por preocupaciones más vinculadas a lo material, a la supervivencia, no es ajeno a la reflexión. No en vano, nada más iniciada la relación de su vida, al hablar a los problemas judiciales de su padre, acude nada menos que al Sermón del Monte, tan importante para algunas de las nuevas corrientes evangélicas, por ejemplo entre los anabaptistas, aunque no hay constancia de la presencia de estos en la península en aquel momento, y recuerda que los perseguidos por la justicia son bienaventurados. Tras el ciego, se pone al servicio de algunos clérigos, y el primero al que asiste parece estar muy lejos de las características de un hombre de fe. Es tacaño con los bienes materiales, posee poca caridad, pero además y principalmente «toda la lacería del mundo estaba encerrado en este (no sé si de su cosecha era o lo había anexado con el hábito de clerecía)». Asiste también a un buldero, recuérdese el fenómeno de las bulas durante los siglos XV y XVI, lo importante que fue este tema para Lutero, y es testigo directo del engaño metódico y alevoso que afecta a la fe de los más sencillos.


No sabemos si el objetivo de Lázaro al escribir su misiva es justificar una aparente sumisión a los hechos de su vida que va acatando, parece ser, con naturalidad, tal vez con “simpleza”, o puede que haya otro fin en sus palabras, un mensaje entrelineado que denota otro objetivo, una velada mirada sobre la realidad repleta de guiños. Otro escritor, Juan de Luna, más definido en las polémicas de la época, escribe lustros después una continuación a esa primera crónica del Lazarillo con un mensaje más evidente. El anónimo autor de la novela, en todo caso, va lanzando algunas pullas que busca la reflexión sobre la actitud de uno mismo ante el mundo, o sea, sobre la ética. «¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mesmos!», exclama Lázaro al principio del relato, todo un alegato de la necesaria misericordia que nace siempre, que ha de nacer, de la propia experiencia vital. 

miércoles, 5 de julio de 2017

Desilusiones viajeras

«¡Singular y lamentable alma del viajero! En vez de alimentarse de realidades lógicas, vive de fantasmagóricas esperanzas y sufre inevitables desilusiones. Lo que no corresponde a su egoísmo sentimental le causa tristeza incurable». Son palabras de Enrique Gómez Carrillo, escritor guatemalteco afincado en Francia, amigo de Rubén Darío con quien colabora, se relaciona también entre otros con Paul Verlaine, con Jean Moréas, con Oscar Wilde, toda una generación de escritores que proyectan otra mirada a lo real.

Viaja, entre varios lugares, a Grecia en busca de las esencias del pasado, de la historia, que espera poder reconocer durante su viaje. No puede menos que sentir cierta desilusión: las cosas no son como se las esperaba, encuentra no el orientalismo con que se había imaginado topar en cada esquina, sino con algo distinto. «Atenas es occidental -afirmará- como una ciudad de Francia, como una ciudad de España».

Escribirá sus impresiones en su libro La Grecia eterna, recuperado por la Editorial Renacimiento en el 2010. Se trata de un bello libro de viajes, cuando había viajeros curiosos y observadores, en la línea de una tradición romántica y posromántica que parece acentuarse a lo largo del siglo XIX. Hay libros muy hermosos de este género. Victor Hugo recorre varios rincones de Europa próximos a Francia y escribirá bellísimas descripciones de sus parajes. Antonio dos Santos Rocha, uno de los pioneros de la arqueología en Portugal y en toda Europa, viaja por Andalucía y la describirá con especial finura y afecto. El príncipe polaco Félix Lichnowsky hará lo propio tras su viaje por Portugal en 1842, en su libro Portugal, Recordações do Ano de 1842. Robert Louis Stevenson, por su parte, recorrió parajes más lejanos y por tanto exóticos, los describió tanto en su obra de ficción como en libros y relatos de viajes.

No sabemos si Víctor Hugo, si António dos Santos Rocha, si el Príncipe Lichnowsky o si Robert Louis Stevenson poseen algo de esa tristeza incurable de la que habla Gómez Carrillo por no encontrar en el lugar de destino aquello con que se habían imaginado, puede que no, su visión no es de sorpresa, de vaga decepción, al contrario, se aprecia no poca admiración por lo que van descubriendo. Pero puede también que su admiración oculte cierta sorpresa por no hallar lo que pensaban. Otros viajeros son más analíticos, como Georges Borrow, que hará un retrato pertinaz sobre esa España a la que pretende evangelizar regalando traducciones del Nuevo Testamento, y es un buen cronista de un país y de unos años que son de virulenta batalla entre lo nuevo y lo viejo, entre conceptos de sociedad enfrentados, como son el liberalismo y el carlismo en liza a lo largo del siglo XIX.

Mientras, hay descripciones horribles, eurocentristas avant la lettre, repletas de tópicos y prejuicios, como las de un joven Gustave Flaubert que recorre el Mediterráneo oriental y que le inspirarán algunos relatos y narraciones, pero quien no pasará a la historia como fino observador de paisajes, y mucho menos de observador del otro.

El viajero del siglo XIX -aún más el del XX, sobre todo el de su segunda mitad, o el actual- no es como el viajero de épocas anteriores, que posee una faceta de descubridor más acentuada, sobre todo cuando se despoja de una visión del mundo demasiado estricta y que va cambiando a medida que se topa con un mundo más plural de lo que pensaba la sociedad en la que vive. Quizá quienes mantienen ese espíritu durante el XIX son los científicos -Humboltd o Darwin, por ejemplo- que observan la realidad de un modo no muy diferente a los viajeros portugueses que dan la vuelta a África por mar y alcanzan Asia donde se enfrentan a culturas tan diferentes, la de India, Mongolia, China o Japón.

Y todos esos viajeros son diferentes a los actuales porque hoy poseemos una imagen más concreta de otros países, de otros parajes, los hemos contemplado una y mil veces en fotografías, en reportajes, en películas. Los medios de comunicación tal vez hayan diluido algo el factor sorpresa, la sensación de descubrimiento que se tiene la primera vez que uno pisa tierra diferente. Hay, es verdad, los olores, las sensaciones visuales al contemplar esos otros parajes, el estar allí, aunque hay muy pocos rincones del mundo del que no tengamos ahora una imagen en la retina. Y también el habitante de otros lugares posee una imagen más o menos formada de Europa, como los europeos y todos los habitantes del mundo la tenemos de Estados Unidos, aunque nunca hayamos estado. Eso elimina ese afán de descubrir nuevas visiones, aunque eso sí puede añadir mayor interés por conocer lo otro. También los prejuicios, los estereotipos y los tópicos son hoy diferentes a los que poseían quienes antaño emprendían largos y lejanos viajes.

Porque sin duda perdura en el viajero un empeño de confrontarse a los prejuicios, a los estereotipos y a los tópicos, sean los viajeros de otras épocas, con más preconceptos por carecer de imágenes y sugestiones visuales, sean los de hogaño, donde se impone un modelo de información más detallado, pero también sujeto a elementos ideológicos más disimulados. Pero el viajero busca resolver ese conflicto -el de su mirada frente a la realidad, teniendo muy presente la afirmación aquí también muy aplicable de Anaïs Nin: «vemos las cosas no como son, sino como somos»- con atención y dotes de análisis, y esto es tal vez lo que le diferenciará del turista, que se mueve por otras motivaciones más mercantiles.

No en vano se nos habla del turismo como una importante fuente de ingresos e incluso como una industria. Es consecuencia de una cultura de masas que se ha impuesto de un modo global y que convierte el mundo en un espectáculo al que acudimos no para descubrir nada, sino para saciar la satisfacción de contemplar lo que esperamos. Pero ojo, no es que la diferencia entre un viajero y un turista parta de la consideración del primero como parte de una élite -élite cultural, social o de clase- frente al segundo, más chabacano y populachero, sino de actitud frente al hecho del viaje.

No obstante, algo no funciona cuando cambian algunas ciudades y determinados parajes en beneficio del acomodo que no es ni siquiera del turista, sino de esas industrias del turismo que buscan el beneficio rápido y fácil. Con ello se convierten esas ciudades en un decorado de cartón piedra, un parque temático de sí mismas. Las inevitables desilusiones y la tristeza incurable de las que nos habla Gómez Carrillo perduran, ya no tanto en los turistas más convencionales, sino en quienes buscan otra cosa en sus destinos, aunque no sea tampoco lo que encuentren.

sábado, 24 de junio de 2017

La Europa idílica

El 28 de julio de 1914 un joven nacionalista serbio, Gavrilo Princip, asesinó en Sarajevo al archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero de la corona del Imperio Austrohúngaro. Comienza entonces una guerra cuya repercusión y consecuencias motivarán que se le dé el calificativo de mundial. Será la primera de las dos guerras que recibirán tal consideración, pues al poco de su declarado final, en 1918, en concreto veintiún años después, comenzará otra con efectos aún más devastadores. De hecho, se podría decir que ese atentado de Sarajevo cierra una cierta etapa de paz en Europa, la Europa de la belle epoque, y abre un largo periodo de violencia: en 1917, aún no acabado el primero de esos conflictos, estalla la Revolución Soviética que a su vez conllevará una guerra civil en territorio ruso durante varios años, Alemania vive un periodo de tensión y conflicto social violento que amenaza la estabilidad de la República de Weimar y que dará paso, en 1933, al régimen nazi, uno de los más criminales de la historia, durante esos años treinta se afianza en la URSS un régimen de opresión y terror cuya punta de lanza fueron los denominados Procesos de Moscú, por su parte España inicia en 1936 una guerra civil cruenta que fue la antesala de la segunda guerra mundial, iniciada en 1939 como consecuencia del expansionismo alemán y que terminó en 1945.

Suele afirmarse que en 1945, tras el final de la guerra, se dio paso a un nuevo periodo de paz y estabilidad en Europa. Claro que no es tanto así: perduraban en la Europa del Sur tres países ─España, Grecia y Portugal─ con regímenes dictatoriales que hunden sus raíces en el fascismo de los años treinta y que se mantienen sobre la base de la represión y la socialización del miedo hasta su final, a mediados de la década de los setenta, mientras que en el este europeo varios países se construyen a imagen del autoritarismo estalinista surgido en la URSS hasta que se derrumba ese modelo tras la caída del Muro de Berlín, en 1989. Después, como si se cerrara un círculo de violencia en Europa, estalla en 1991 un conflicto violento, en realidad una serie de guerras cruentas, en la antigua Yugoslavia, con uno de sus epicentros en Sarajevo, la misma ciudad del atentado que motivó la primera guerra en suelo europeo.

Por tanto, no es cierto esa imagen que se tiene a veces, efecto de la propaganda o de una memoria colectiva que selecciona y edulcora los hechos de la historia, de una Europa en paz y tranquilidad frente a un mundo, al resto del mundo mejor dicho, donde abundan las guerras y las dictaduras, por tanto los desplazados y los refugiados, los perseguidos y los condenados por sus ideas o sus disidencias. Europa fue también a lo largo de todo el siglo XX, como lo fue antes, en toda su historia, a lo largo de todos los siglos, escenario de una serie de conflictos, fue territorio de conflicto, por mucho que se imponga una idea hegemónica de paraíso sistémico en la tierra, modelo a seguir y también enemigo a batir por corrientes intolerantes y autoritarias del resto del mundo.

Incluso se podría incluir aquí, para rebatir tal idea, tal idealización, las conexiones de esa idílica Europa en conflictos fuera de sus propios límites territoriales, pero sería largo de contar, sin duda, y daría motivos a una luenga discusión. Sea lo que fuere, esa Europa que se pretende fortaleza ─incluso en cierto sentido literal, por el modo de protegerse de las oleadas migratorias externas─ no ha sido en absoluto un territorio de paz y concordia. Es más, el régimen nazi, por mencionar uno de los más sanguinarios entre los habidos, guarda notables similitudes con otros genocidios que en el mundo ha habido, con la práctica de unos campos de exterminio que, como muy bien apunta el escritor Primor Levi, no se les puede calificar tan sólo de campos de concentración, más suave si cabe en su acepción, porque el objetivo de estos, como el nombre indica, es almacenar prisioneros, con todos los efectos perturbadores en la conciencia colectiva que pudieran tener, mientras que, por el contrario, en aquellos se da un paso más al pretender destruirlos, exterminarlos, diferencia que de partida tiene su importancia.

Sin embargo, Europa ha logrado imponer esa visión idílica de sí misma como un paraíso sistémico, gracias en buena medida a unas mejoras materiales que desde luego no se pueden desdeñar, aun cuando se hayan puesto en peligro por políticas de recortes, pero en absoluto se puede deducir por ello una superioridad moral y sistémica frente al mundo, y sin desdeñar en absoluto los logros y el reconocimiento de unos derechos y unas libertades civiles que a todas luces se deben mantener y extender, pero no por ello deja de ser a su vez fuente de violencia y de notables iniquidades. En todo caso, Europa comparte con el resto de continentes ser también territorio de conflictos y escenario de horrores, pero a veces se dan juicios de valor que rozan el desdén, por no calificarlos de racismo evidente, y que denota la imagen que se pretende dar de sí misma. Hace unos días, con ocasión del atropello intencionado ante una mezquita londinense que produjo un muerto y varios heridos, cometido después de otros atropellos que se calificaron sin la menor duda de actos terroristas, y lo fueron desde luego, un importante diario europeo calificaba aquel en su titular como «ataque de venganza contra los musulmanes de Londres», y con eso se trazaba una línea que procede del clásico nosotros y ellos, con un evidente posicionamiento moral. Partir de esta visión ─ellos atentan, nosotros nos vengamos─ ayuda poco a entender en que punto estamos, sobre todo porque quienes atentan y quienes se vengan son apenas una parte del nosotros y ellos. Porque frente a aquellos, hay una inmensa mayoría que viven y sufren los conflictos, algunos en un silencio y en ocasiones indiferencia que pueden llegar a ser cómplices.

Llegados a este punto, la pregunta es obvia: qué hacen, qué hacemos, el resto de la población, cómo reaccionamos los europeos ante los conflictos que ocasionamos, dentro o fuera de nuestras fronteras, y cómo reaccionan, por ejemplo, quienes habitan en países árabes, por referirnos a un conflicto actual, ante los atentados cruentos, execrables, tan injustos hacia sus víctimas, cometidos además en nombre de toda la comunidad.

Una respuesta nos la proporciona el antes mencionado Primo Levi, cuando acude en su libro testimonio de los campos de exterminio Si esto es un hombre a Eugen Kogon, que afirmó: «¿Qué saben los alemanes acerca de los campos de concentración? A más del hecho concreto de su existencia, casi nada, y aún hoy saben poco. Indudablemente, el método de mantener rigurosamente secretos los detalles del sistema terrorista, indeterminando así la angustia y por ende haciéndola mucho más honda se mostró eficaz». Pocas líneas después añade: «Y, sin embargo… y sin embargo, no había un alemán que no supiese de la existencia de los campos, o que no los considerase sanatorios». Dos son por tanto los mecanismos: por un lado, el secreto de los detalles, bien no haciéndolos públicos, bien a través de un mecanismo más actual, más propio de una tecnología mucho más desarrollada, manteniendo tales detalles ocultos bajo capas de exceso de información, con los mismos efectos que el secreto o la censura; por el otro, un mecanismo de cada uno de nosotros de reducir la gravedad y las dimensiones de las acciones del nosotros, aplicando eufemismos como ese calificativo de venganza a lo que es un atentado, calificativo que, por otro lado, el otro lado también podría emplear para propia justificación.


Convivimos con el horror, lo incluimos en nuestra cotidianidad y de este modo vivimos sin sucumbir al espanto. Si el ojo humano pudiera contemplar todo el mal sobre la faz de la tierra, sería imposible vivir, afirma la Torah. Primo Levi lo muestra en su Trilogía de Auschwitz, los prisioneros se enfrentan a todo el horror, saben dónde se hallan, pero son capaces de crear una realidad cotidiana que les permite confrontar el mal. Otro superviviente de los campos de exterminio, Elie Wiesel, comenta no sin sorpresa cómo muchos prisioneros sobreviven al horror y se suicidan una vez liberados, incluso años después, cuando todo parece haberse dejado atrás. Es como una coraza que nos mantiene fuera de peligro, pero de la que nos despojamos cuando salimos del conflicto y no asumimos el discurso dulcificado del poder político cuando crea la imagen de una Europa modélica y en paz. 

miércoles, 14 de junio de 2017

Daniel Sueiro: «Corte de Corteza»

Nos lo indica Fernando Ángel Moreno en su prólogo a Corte de Corteza: las novelas ambientadas en el futuro no tratan realmente del futuro. Pero, además, aplicándolo a la ciencia ficción, este género -si es que existen los géneros más allá de su interés académico- no tiene tampoco como tema la ciencia, sino su repercusión en la realidad descrita, su influencia en lo colectiva y también en lo individual, y su analogía con el presente, sus consecuencias en la sociedad para la cual se escribe y también para la del futuro. De allí que la visión, por ejemplo, de Blade Runner, la gran película de Ridley Scott, deje siempre que la vemos, incluso cuando repetimos, una sensación agridulce provocada por la duda de que Rick Deckard, y a lo mejor también cada uno de nosotros, sea en realidad un replicante, lo que cuestiona toda la existencia, nuestro sentido de humanidad, nuestro concepto de libertad, de responsabilidad y personalidad, la vida entera en definitiva.

Las novelas ambientadas en el futuro o la ciencia ficción nos exhortan a reflexionar sobre la propia vida, la de los lectores y por tanto receptores de los relatos encuadrados en tales clasificaciones. De ahí que 1984, Un mundo feliz o El talón de hierro, por hablar de tres títulos reconocidos e importantes que se encuadran en el futuro, que son a su vez distopías enunciadoras de un mundo tremendo, angustioso, nos induzcan a plantear la realidad circundante, la de los momentos en que se publicaron, y la nuestra hoy, cuando han pasado lustros desde su publicación y podemos percibir hasta qué punto sus autores, Georges Orwell, Aldous Huxley y Jack London, respectivamente, no estaban tan desencaminados.

Hay por tanto un elemento de crítica o reflexión social en este tipo de obras, una reflexión sobre los modelos de sociedad y la incorporación del individuo a las mismas, sea de un modo consciente o no la voluntad de retratar de un modo crítico la sociedad inmediata. Pero además Daniel Sueiro, el autor de Corte de Corteza, es un escritor que se inicia en los años cincuenta, junto a autores como Sánchez Ferlosio, Ángel Crespo, Ignacio Aldecoa, Ana Maria Matute, Alfonso Sastre, Carmen Martin Gaite o Medardo Fraile, por citar algunos nombres entre otros muchos, que comienzan a publicar a mediados del siglo pasado, en la década de los cincuenta, con el recuerdo aún de una guerra civil que duele en lo más profundo pero que se quiere superar para asumir una cotidianidad que no se acaba muy bien de concebir. Es también un grupo de autores que escriben tras un tremendismo literario que antecede a esa etiqueta de realismo social que se les da y que muestra en gran medida una realidad hiriente y complicada.

Pero en estos autores existe también una apuesta estilística de renovación, de experimentación en el estilo, cuya expresión más extrema pudiera ser Carlos Edmundo de Ory, pero que lo poseen todos en una mayor o menor medida, siendo su estilo un aspecto muy importante de su narrativa. El estilo a veces frío, a veces intenso, a veces articulado, como si en ocasiones fuera un informe, de la novela de Sueiro recuerda el de otro contemporáneo del autor, Luis Martín-Santos, que en Tiempo de silencio nos habla de un médico y científico que se enfrenta a la investigación en un país poco dado a las elucubraciones médico-científicas. Claro que la novela de Martín-Santos se desarrolla en la misma época en que la escribe, a inicios de los sesenta, mientras que la novela de Sueiro, escrita a finales de esa misma década, nos remite a un futuro indeterminado, lo cual quizá no sea casual.

Corte de Corteza no sólo es una acronía, un relato fuera del tiempo o en un futuro no concretado, también es a la vez una distopia y una utopía, según se mire, o sea un no-lugar o un lugar formado por múltiples lugares y tiempos, que referencias hay al pasado y a otros lugares. Digo que puede ser distopía y utopía porque en ella se enfrentan una utopía científica, la de la capacidad de asumir y superar grandes retos, avanzar, desarrollar procesos inimaginables, y una distopía social, porque aquellos inciden en la realidad sin que signifiquen, contra lo que pudiera pensarse si nos atenemos sólo a los avances científicos, desarrollo social, no conllevan realmente mejoras en la sociedad, a veces muy al contrario: la ciencia avanza, si, una barbaridad, pero ello se traduce en tremendos procesos sociales y profundas cuitas personales provocados por tales avances, no siempre asumibles, con frecuencia negativos o determinantes en la vida de las personas por poseer un aspecto limitador.

La novela se publicó en 1969, tras ganar el Premio Alfaguara 1968, un año de revueltas en Europa y dos años después de que el doctor Christiaan Barnard y su equipo realizaran, en condiciones de semiclandestinidad, el primer trasplante de corazón de la historia. Por tanto, el debate sobre los límites de la medicina fue intenso y sin duda hubo defensores, pero también detractores y dudas éticas respecto a tales experiencias médicas. Cincuenta años después las ciencias -y no digamos la tecnología- se han desarrollado de un modo brutal, han creado a su vez mayores dudas, hasta el punto de tenerse que desplegar una nueva disciplina, la bioética, que analiza en gran medida el alcance ético de la actividad científica.

De ahí que haya sido muy oportuna la publicación de la novela, relegada a cierto olvido, por parte de la editorial Salto de Página en 2012. No en vano, si la experiencia narrada se produjera en la realidad y en nuestros días, provocaría los mismos debates éticos que se plantean en el libro y que también se dan en torno a otras prácticas médicas permitidas por los referidos avances.

Porque lo que plantea Daniel Sueiro en Corte de Corteza es un trasplante de cerebro, nada menos, que pase un cerebro sano de un cuerpo moribundo a un cuerpo sano cuyo cerebro se halla extinto, en muerte cerebral. Será el primer cuerpo, el moribundo, el que se da por muerto, será sobre él que se redactará un certificado de defunción y se le entierra con todas sus consecuencias legales, pero ese cerebro sigue poseyendo sus recuerdos, sus valoraciones, su ética incluso, tan diferentes todos ellos a los recuerdos recreados por los propios sentidos del cuerpo receptor. ¿Quién es al final la persona resultante? Es evidente que la ley dice una cosa, ese cerebro insertado en un cuerpo ajeno pasa a vivir, a intentarlo al menos, la vida de éste, pero los propios médicos no lo tienen claro, tampoco la persona resultante, y no es casualidad que, una vez realizada con éxito la operación, se le llame indistintamente con los nombres de las dos personas interconectadas, Adam y David.


No hay una conclusión, Daniel Sueiro no elabora una tesis, sino que deja entrever varias opciones ante lo que sucede. Eso sí, resulta evidente el caos en que vive el nuevo ente envuelto en grandes dudas de identidad y que la medicina o la ley no parecen saber dirimir. Para él esa revolución médico científica plantea grandes interrogantes, no siempre fáciles de responder.

lunes, 5 de junio de 2017

El frágil horror

El pasado 24 de mayo se realizó en el puerto de Santurce un acto de homenaje y recuerdo de aquellos niños de la guerra que ochenta años atrás salieron de la localidad vizcaína hacia Gran Bretaña o hacia la URSS. El representante del Gobierno vasco, Josu Erkoreka, afirmó que aquellos niños, algunos de ellos presentes, ya ancianos, en la conmemoración, sufrieron un «episodio duro y dramático» y abogó por «un mañana mejor y más justo» en el que no haya ni «ni guerras ni personas refugiadas». Vicente Cañada, uno de aquellos niños que embarcó en Santurce, fue más concreto y se refirió a los refugiados de hoy, en particular a los sirios, que viven una situación parecida. «Nosotros estuvimos en tal situación ─afirmó─ y creo que debemos solidaridad a estas personas. España no sé si cumple con esa solidaridad, pero debería ser así».

Hay imágenes de toda aquella oleada de refugiados españoles en Europa y en América Latina, miles de personas que huyeron de la violencia de la guerra y también, después, de una represión que amenazó las vidas de muchas personas. A los pocos meses de acabada la guerra civil, comenzó la segunda guerra mundial, que también produjo miles de desplazados. Sin embargo, aquellos primeros refugiados españoles, al igual que hoy los sirios, sufrieron también en muchos casos una política insolidaria en Europa, no así en América Latina, con centros de internamiento en condiciones penosas que nos vienen a la memoria cuando contemplamos los mismos centros en Grecia o en Turquía. Es como si la historia estuviese condenada a repetirse una y otra vez. Y hasta puede que los argumentos de entonces para tanta ignominia se parezcan a los que se lanzan hoy con idéntica e interesada parsimonia.

Sin duda, si queremos conocer en la medida de lo posible, nosotros que no somos refugiados ni nuestras vidas están tan directamente amenazadas, lo que sintieron aquellos españoles que salieron con lo puesto, podríamos preguntarles a los sirios de hoy, a los sudaneses, a los kurdos, a los ciudadanos que han de buscar asilo al escapar de todos los conflictos armados o de las dictaduras que en el mundo hay. Existe una línea invisible que liga a todos esos hombres y mujeres. No obstante, aun cuando las experiencias sean similares, también es cierto que cada caso es particular, único, intransferible, a pesar de los paralelismos y las afinidades.

Como lo son las experiencias de las víctimas de las guerras, la de los concentrados en los campos de concentración nazis, por ejemplo, sean judíos, gitanos o perseguidos de cualquier etnia o ideología. Todas esas víctimas sufrieron un mismo horror, pero cada horror, con toda su crueldad, es diferente. No se trata de buscar quien sufrió más y quien sufrió menos, el sufrimiento no admite gradaciones, hay una base común para todos, pero luego están los detalles, detalles que convierten cada experiencia en única, lo que comporta que el ejercicio de la memoria sea tan importante, sobre todo cuando un conflicto, como hoy el de Colombia, con su propia oleada de desplazados y de muertos, parece dar a su fin.

En este sentido, la literatura permite una aproximación singular, permite expresar esa infrahistoria de la que hablaba Unamuno, esa franja que está por debajo de la Historia y que permite contemplar la realidad, a veces con más precisión y crudeza que los grandes tratados. El escritor italiano Primo Levi escribió buena parte de su obra rememorando esa experiencia de los campos de concentración que él conoció y a la que nos traslada en sus relatos.

Pero lo más tremendo que uno descubre entre líneas en su obra es la aparente cotidianidad, en su sentido de normalidad, con que se vivió todo ese horror. Los relatos cortos de Pretérito Perfecto, reunidos en español en el volumen de la editorial Península con el título Lilit y otros relatos, muestran la tragedia de un modo que aparenta naturalidad, algunas de las historias nos parecen incluso afables, aunque a poco que entrelineemos nos damos cuenta de lo que hay detrás. Y lo que hay es el riesgo de banalizar el mal, de lo que tanto hablaría Hannah Arendt o la silente complicidad de la buena gente, que diría Martin Luther King.

A todas luces es el efecto buscado por Primo Levi, que trasciende todo aquel horror y nos lo extiende a todos, a su generación, pero también a las generaciones que le antecedieron y a las que le siguieron, hasta hoy. No hay escapatoria. Advierte: «(…) también nosotros nos hemos dejado deslumbrar por el poder y el dinero de tal forma que hemos olvidado nuestra fragilidad esencial: hemos olvidado que todos nos hallamos encerrados en un ghetto, que el ghetto está precintado, que fuera del recinto se encuentran los señores de la muerte, y que no muy lejos de él nos está esperando el tren».