lunes, 17 de julio de 2017

Manuel Lamana

En marzo de 1947 se produjo una masiva detención de estudiantes universitarios en Madrid. El detonante fue una pintada en un mural de la Ciudad Universitaria. Sin embargo, el objetivo fue neutralizar el movimiento estudiantil que comenzaba a reorganizarse pocos años después de acabada la guerra civil, en aquel primer decenio de la dictadura que fue sin duda el más asfixiante. Muchos de los detenidos, una vez condenados, acabaron en el Destacamento Penal de Cuelgamuros, cuyos presos construirían el Valle de los Caídos en régimen de trabajos forzados.

Entre los detenidos y condenados estaba Manuel Lamana. Hijo de un político republicano moderado, vivió la guerra siendo apenas un niño que salía de la infancia y que vería la realidad sin entenderla del todo, a falta de referencias, de un contexto que comprender. Salió de España y en Francia, al cumplir los 18 años, se vio en la tesitura de que se le llamara a filas ante la guerra que empezaba en Europa, por lo que decidió regresar a España y cursar estudios universitarios. Como menor que había sido, no tenía nada pendiente, pero pronto comienza a cuestionarse la situación del país y participa en la Federación Universitaria Española.

En Cuelgamuros coincide sobre todo con presos políticos de diversas tendencias, entre ellos Nicolás Sánchez-Albornoz. Otro estudiante, Francisco Benet, hermano del escritor Juan Benet, que participó en aquel incipiente movimiento de resistencia estudiantil pero que pudo huir a Francia, organizó un plan de fuga que contó con la participación de Bárbara Mailer, hermana del escritor Norman Mailer, y de una jovencísima Bárbara Probst Salomon, con el tiempo también escritora norteamericana. Ambas muchachas iban a ser una tapadera, una tapadera algo extraña por lo chocante que resultaría en aquella España encerrada en sí misma ver a dos mujeres viajar por los alrededores de Madrid. Pero el plan salió bien y la fuga se produjo según lo previsto.

Ya en el exilio, Manuel Lamana rememoraría aquella fuga en una novela, Otros Hombres, que serviría de base para el guion de una película de Fernando Colomo, Los años bárbaros, estrenada en 1998, dos años después de la muerte del escritor.

Es evidente que la guerra civil marcó la vida de Manuel Lamana y determinó sus reflexiones y su obra literaria. No en vano, aquel enfrentamiento, y por ende la posguerra, fue el tema de numerosas novelas y el objeto de bastantes estudios de todo tipo, tanto entre autores y estudiosos españoles como también de todo el mundo, hasta el punto de que el conflicto español ha sido uno de los acontecimientos más estudiados y que más libros ha generado.

Una guerra, además, que todavía crea polémica y debates en la actualidad, que incide aún en la realidad política española, como se ve con la cuestión de la memoria histórica y la demanda de parte de la población de que se dé luz al gran número de fusilados cuyos cuerpos fueron enterrados en cunetas o en fosas comunes, como también que desaparezcan las dedicatorias públicas a los vencedores, en monumentos y nomenclaturas urbanas. Estas propias demandas como la reacción contraria, la de no reabrir viejas rencillas “ya superadas”, dicen algunos, demuestra hasta qué punto el capítulo de la guerra no se ha cerrado, a diferencia de la segunda guerra mundial, tal vez por mor de una política de silencio que al final se demuestra poco eficaz.

En este sentido, la literatura brinda la posibilidad de contemplar toda aquella realidad desde otra perspectiva, más próxima, la perspectiva de la infrahistoria, la visión de una cotidianidad que permite contemplar y entender, hasta cierto modo empatizar, la realidad de otro modo, aunque lo hace de forma diferente entre los escritores, dependiendo del lugar desde el cual escriban. Porque a partir del fin de la guerra los escritores españoles se dividen, más que por su posición durante el conflicto, por el lugar donde vivan, si en España o si en el exilio. Se puede decir que a partir de 1939 hay dos historias de la literatura española, la del interior y la del exilio o destierro, y aun cuando España se haya quedado aislada, lo estará hasta finales de los cincuenta, en lo político y en lo económico, en sus relaciones internacionales, serán los puentes que se mantienen entre los escritores lo que brindará algo de luz a ese país aislado y ensimismado.

Manuel Lamana forma parte de los escritores del exilio. Una vez la fuga acaba en éxito, o sea, en exilio, vive primero en París y en Londres, para luego trasladarse a Argentina, donde morirá. Tuvo ocasión de volver a España y relacionarse con los escritores del interior, pero en el exilio la guerra será en buena medida el tema y el sujeto de su reflexión, literaria y humana.

Cómo no, la guerra como tema y como tragedia, la guerra en sí misma, casi sin entrar en cuestiones ideológicas o de la razón o razones por las que se pelea, sin que por ello haya una injustificada equidistancia, el autor tiene muy clara su posición, pero no puede dejar de pensar en la guerra como fracaso, como locura colectiva: «¿Qué fue al principio? Los hombres con fusil. Los tiroteos repetidos desde los tejados. Los automóviles llenos de hombres armados que pasaban a toda velocidad. Fidel, el vecino del cuarto, le dijo una mañana: -Sabes, ¿ese señor que vivía enfrente de nosotros? Anoche se lo han llevado. Le han dado “el paseo”».

Es un párrafo de Los inocentes, una novela escrita desde la mirada de un muchacho, Luis, Luisito, de catorce años cuando empieza el conflicto y que va descubriendo el mundo a partir de una guerra desde el campo republicano, siendo testigo del horror del otro lado, de esos ataques indiscriminados contra la población civil que el bando sublevado lanza en forma de bombardeos tremendos y que producen, sobre todo, víctimas civiles, inocentes, ajenas a las motivaciones del conflicto. Pero es una violencia que se desata también en la parte republicana, con sus rencillas ideológicas, sus conflictos también armados entre los diversos bandos -se recogen los ecos de la contienda del 37 en el bando republicano- y los ajustes de cuenta de más que dudosa ética.


Pero todo ello sin equidistancia, sin poner al mismo nivel las dos Españas, desde la conciencia de que en el lado republicano estaba la razón y la legitimidad, pero asumiendo esa contradicción de las miradas en los individuos concretos: «Miras por un lado, Luis, y es una cosa. Mírala por el otro, y es al revés. Si la miras de frente, la antinomia te agobia. ¿Tú sabes por qué mata el aviador? Por España, Luisito. ¿Tú sabes por qué luchamos nosotros? Por España también. ¿Y que hacemos entro todos? Reventar a España». Es la reacción del padre de Luis, político republicano, a la muerte de su conductor y de su guardaespalda atacados desde el aire cuando volvían a Valencia, que es donde residen tras salir de un Madrid bloqueado. El hijo escucha estremecido a las palabras de su padre, las dos España. Y sin embargo, aun cuando pudiera llegar algún día a entenderlas, asiste también estremecido y aterrorizado a los brutales ataques de aquellos aviadores del otro lado que tendrán sus razones, pero que se muestran insensibles y brutales ante una población que padece sus bombardeos.

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