Javier
Cercas se pregunta en Anatomía de un instante si la ética política no es
en sí misma un oxímoron. Todos somos conscientes, salvo los ingenuos, de que todo
Estado, cualquiera que sea su orientación o sus (pretendidos) principios, está
basado en la violencia, en la arbitrariedad, en gran medida en la injusticia.
Del conflicto en su seno, de las luchas de poder y de la dialéctica de los
intereses particulares dependerán las líneas maestras de quien ejerza el poder.
O los poderes, porque en una sociedad contemporánea, con su complejidad, son a
todas luces varios los poderes existentes, se solapan entre ellos, se muestran
o se esconden con desfachatez o impunidad, con descaro o con discreción.
Fue
en 2009 cuando apareció este libro, Anatomía de un instante, que describe
y analiza los hechos acaecidos durante la transición y que desembocaron en
aquel 23 de febrero de 1981, cuando un grupo de guardias civiles irrumpieron en
el pleno que debía elegir al sustituto de Adolfo Suarez. Javier Cercas da vueltas
alrededor de varias fotos fijas que quedaron grabadas de aquella larga jornada,
la de un Parlamento tomado por sorpresa, la de Suárez o Carrillo inmóviles en
sus escaños mientras zumbaban las balas, la de Gutiérrez Mellado enfrentado a
los guardias civiles, las de un teniente-coronel amenazante, las de un país
paralizado, incapaz de reaccionar, temeroso, las de un Rey que se dirige al
país en la madrugada. Javier Cercas nos da varias claves de los hechos, nos
habla de los diversos personajes con un papel fundamental en aquellas horas, va
perfilando una trama que, es cierto, si no estuviera grabada, si no hubiera
quedado en el recuerdo de quienes lo escucharon por la radio o vieron después las
imágenes, pensaríamos hoy que es pura ficción.
El
autor, de quien conocemos su trayectoria progresista, no lo oculta, tenemos sus
libros, hemos leído no pocos artículos, leer su obra es siempre una discusión
honesta a través de sus escritos, agradable, grata, confirma en gran medida lo
que muchos pensamos, que no fue un golpe duro, que quien decidió los pasos a
dar buscaba más un pronunciamiento, una reordenación del mapa político, no una
vuelta atrás, sólo unos pocos ingenuos de aquel bando se creyeron la dialéctica
bravucona de salvar no sabemos qué, y en cierto modo el libro reafirma un discurso
institucional, ensalza a los protagonistas, pese a sus claroscuros. Claro que
nadie es siempre el mismo. Como el río cuyas aguas no son siempre las mismas,
aunque siga siendo río, cambiaron a lo largo de su trayectoria. Y tampoco es
que Cercas nos dé una imagen edulcorada de los protagonistas, permite que
tengamos nuestras valoraciones, las mantengamos, las perfilemos, las
modifiquemos incluso.
Al
mismo tiempo nos recuerda que ningún hecho surge de la nada, nada sale de la
nada, podemos remontarnos hacia atrás en elementos previos que explican muchas
cosas, así no podemos dar una fecha fija que fuese el origen absoluto del 23
febrero, siempre podemos remontarnos hacia atrás, tampoco acabó con el juicio y
las sentencias y los recursos. Después del 2009, cuando apareció Anatomía de
un instante, supimos cosas que sin duda cambian nuestra perspectiva de los
protagonistas de aquel momento. Que justifican tal vez que la ética política
sea un oxímoron. Que lima muchas de las apreciaciones de aquel instante. Pensar
sobre aquel hecho cuarenta y cinco años después es cambiar lo que sin duda se
pensó nada más sucedido.
Resulta
por tanto inevitable preguntarse si la sociedad actual es la misma que la de
entonces. A todas luces no, en absoluto. Han pasado muchas cosas. Aunque el
Estado autonómico siga estando en candelero hoy, con ese capítulo entre el
absurdo y el histrionismo que fue el procés, que tan bien delinea una
novela, Catalanes todos, de Javier Pérez Andújar. La crisis económica
afecta a millones de personas, a pesar de que la macroeconomía no vaya mal. Descubrimos
que el Rey, que pudo ser firme en aquel instante con su defensa de la legalidad
vigente, escondía a la vez vericuetos no tan honrosos. Y se conserva mal que
bien una democracia basada en el oxímoron mencionado.
Podemos
preguntarnos si la sociedad española sería hoy tan pasiva de tener que
enfrentarse a un reto parecido. Es verdad que hubo un 15m de movilizaciones tan
necesarias, en un momento en que la sociedad desarrollada y del bienestar
parecía derrumbarse a pedazos. Pero muy pronto ese movimiento de protesta se
llevó de nuevo al redil institucional, de vuelta a la desmovilización. Quizá
más que pasividad causada por el temor o el miedo tengamos que hablar de desencanto,
esa palabra que surgió a mediados de los ochenta, cuando los hechos del 23F se
diluyeron en algo parecido a la ficción, un vago recuerdo, apenas un instante,
y que podemos seguir empleando hoy, desencanto por ser meros testigos de la
historia.