domingo, 24 de mayo de 2020

Camarón de la Isla según Federico García Lorca


No ha pasado desapercibido el final del capítulo tercero, en su cuarta temporada, de El ministerio del tiempo. En él, Julián, el reaparecido agente interpretado por Rodolfo Sancho, lleva a Federico García Lorca, interpretado por Ángel Ruíz, hasta el año 1979 a través de una de las puertas del tiempo y asisten ambos, emocionados,  a un concierto de Camarón de la Isla en el que canta La leyenda del tiempo, uno de los poemas del escritor que pertenece a la obra de teatro Así que pasen cinco años, estrenada en 1931. El personaje de Lorca reconoce que es cierto que se puede viajar por el tiempo y descubre que en ese futuro lejano su figura y su obra aún están presentes. «España se acuerda de mí, he ganado yo», dice el autor, más bien el personaje, y de este modo asume su destino fatal, tal vez también esa necesidad de trascendencia que, dicen, todo escritor posee como deseo.

Hubiera sido un ejercicio bonito y muy literario saber qué hubiera dicho García Lorca de Camarón de la Isla. No lo podemos saber: hay cuarenta y tres años por medio entre una muerte que simboliza como ninguna otra el drama de aquella guerra, aunque sin duda ninguna muerte hubiera debido suceder, y una canción, una de las más bellas sin duda del cantaor gaditano, todo ello en un país que, dicen, posee un espíritu demasiado trágico, aunque yo no me acabo de creer mucho eso de que exista un espíritu colectivo que defina a todo un país. El espíritu, de existir, va cambiando con el tiempo, en los pueblos y en las personas.

Es un final que ha llamado más la atención que el mismo capítulo y la nueva temporada de la serie. Se ha escrito sobre ese breve homenaje a García Lorca y a todas luces ha conmovido, emocionado y sobrecogido. También ha creado alguna que otra polémica sobre el autor, la política y su muerte trágica a manos de quienes se levantaron contra la República y cimentaron una dictadura que ocupó casi todos esos años entre la muerte de Lorca y la canción de Camarón. Claro que no veo el interés por definir al poeta en alguno de los bandos políticos de aquel momento, al fin y al cabo él no se definió de un modo claro, no hizo política, al menos una política militante, como entendemos por lo general cuando utilizamos la expresión hacer política. Conoció, es cierto, a políticos en activo y a personas que optaron por militar, en uno u otro campo. Pero su compromiso social estaba en su obra, en su reflexión sobre la realidad y los seres humanos, muchas veces más importante que el compromiso político en sí mismo. A menudo olvidamos que lo político no se circunscribe a lo institucional o al debate ideológico, sino que tiene que ver también con lo comunitario, con las relaciones entre las personas de una comunidad. Pero no es de esto de lo que hablamos.

Sea lo que fuere, también es verdad que un escritor como García Lorca sólo pudo aparecer en un contexto como el que se vivió en España durante esa edad de plata de las artes y de las letras. Hubo además, desde finales del siglo XIX, un interés enorme por elevar el nivel educativo de la población y surgieron iniciativas de todo tipo por articular una población que pudiera salir del analfabetismo. Hay que tener en cuenta que García Lorca nace en 1898, un año ya de por sí emblemático. Cuando él nace, la Institución Libre de Enseñanza llevaba veintidós años funcionando y seguiría presente durante treinta y ocho años más. En paralelo, surgieron ateneos –tanto los ateneos burgueses como los populares–, sociedades culturales y recreativas, asociaciones y sindicatos que potenciaron, muchos de ellos, la alfabetización de una población desprovista de herramientas educativas. Durante la Restauración y bajo la dictadura de Primo de Rivera se empezó a crear tímidamente un sistema escolar público, hasta entonces en manos de la Iglesia Católica, pero fue sobre todo tras la proclamación de la República, el año de la obra de Lorca con el poema La Leyenda del tiempo, cuando se dio un enorme impulso a la educación.

Sin duda fue el mayor y quizá único logro de aquella República, lo que más le caracterizó. Por desgracia, en unos tiempos como estos en que vivimos en los que no parece valorarse mucho lo cultural y la educación está más bien encauzada a integrar a los alumnos en el sistema económico, más que en dotarles de herramientas propias de conocimiento y decisión, ese esfuerzo educacional de la República pasa más y más desapercibido, nadie lo recuerda ni parece ser objeto de estudio. Quizá sea en varias novelas de Josefina Aldecoa donde podamos conocer algo de aquel sistema educativo.

Tal vez por ello el personaje de García Lorca, en la serie, se emociona al ver a un cantaor gitano convertir en canto su poema. Puede que vea una continuidad de su grupo de teatro, La Barraca, en ese concierto de 1979, un año complicado también, no exento de tensión y de muerte, la transición no fue al fin y al cabo tan modélica como nos dijeron que fue. Y sí, no hubiera estado mal que García Lorca escribiera sobre Camarón de la Isla, sobre su música que rompió moldes y que tuvo mucho de inconformista y deshizo moldes. No sería descabellado pensar que le gustase ese cantaor de voz ruda y fuerte. Quiero creer, a diferencia de lo que ocurre en el capítulo, que no hubiese pensado tanto en que le seguían recordando cuarenta y tres años después de su muerte, sino en que se pudiera recuperar esa edad de plata cuyo hilo se rompió con la guerra y la dictadura, un hilo que, sin saberlo, retomaba Camarón de la Isla.

viernes, 15 de mayo de 2020

15M


No creo que se vaya hoy a recordar aquel 15 de mayo de hace nueve años que llenó muchas plazas de capitales, ciudades e incluso pueblos de toda España. Inmersos como estamos en los efectos de una pandemia, el pasado se diluye a pasos forzados hasta desaparecer en la neblina del olvido. Puede que sea algo cursi decirlo así, pero al final sólo nos queda la cursilería para expresar este nuevo escalón hacia la nada y que algunos rellenan de épica, pero una épica de cartón piedra. 

Tampoco me parece, por otro lado, que haya muchas ganas de recordarlo, ni siquiera entre sus protagonistas. La nostalgia es casi siempre fruto de una cierta decepción y choca con la necesidad de épica, incluida la épica cartón piedra mencionada. Pero además el pasado, incluso cuando es reciente, no parece interesar mucho entre nosotros, aunque sea para entender algo de lo que pasa en el presente.

Ni qué decir tiene que aquel 15M tuvo bastante de grito desesperado, por mucho que la prensa recogiera las frases ingeniosas escritas en cartones, estética precaria, por supuesto, y que colgaban de farolas o se llevaban a las asambleas y concentraciones, alzándolos con los brazos sobre la cabeza para que se leyeran los lemas y así mostrar tal vez que la rabia no estaba reñida con la poesía. Pero al final sólo quedó el acto en apariencia poético, una y mil veces ensalzado, también se habló del protagonismo de una juventud, la más preparada de la historia, decían, que estaba condenada a la precariedad y a vivir peor que la generación de sus padres, por tanto sin progreso ni prosperidad y con altas dosis de frustración porque dominaba la idea de que, si esto era así, era más bien por ineptitud personal. Lo comunitario parecía haber perdido la partida en los debates.

Olvidaban muchos intérpretes de la realidad que el progreso se había diluido como idea tras las distopías autoritarias del siglo XX, el horror del nazismo, la crisis medioambiental, la globalización, una posmodernidad que ensalzaba el presente, el consumismo, la superficialidad material, el mero discurseo vacuo, todo lo cual se concretaba en la corrupción  cotidiana, una única soflama en las instituciones, unas ciudades que no se constituían ya en centros de sociabilidad y cultura, sino en meros decorados para el disfrute a veces casi único del turismo y de las élites.

En cuanto a la prosperidad, seguía existiendo, pero cada vez más en manos de una minoría que no era en absoluto comedida, muy al contrario, resultaba de un exhibicionismo un tanto insultante, pecaminoso incluso, y a partir del 2008, tras los gloriosos años de expansión económica, ya no hacían ninguna gracia ni los buenos tiempos ni sus gestores, como no la hacía recordar a un ministro socialista que unos años antes afirmaba orgulloso que España era el país de la UE donde más fácil resultaba hacerse rico o veíamos la foto de una alcaldesa de Valencia y un presidente de la Comunidad Valenciana, de signo contrario al ministro, subidos sonrientes en un Ferrari. Los años de gloria se habían difuminado, Marina d´Or se volvía un decorado fantasma frente al mar y los sanitarios, hoy heroicos y aplaudidos, padecían en primera línea las consecuencias de los recortes y las privatizaciones. Había que adaptarse a los tiempos, decían, es lo que hay.

 No, pese a los lemas y a las frases bonitas y ocurrentes, aquellas acampadas no eran poéticas, aun cuando se buscara el sentido real de las palabras. El campo de batalla en que se había convertido el lenguaje las había desvirtuado por completo y por tanto también todo discurso lo estaba, y cuando se ocuparon las plazas se intentó recuperar el sentido de las mismas, pero puede que ya fuese tarde. Lo del lenguaje ha ido a peor, por cierto. Hoy se emplea con total impudor lo de distancia social o inmunidad de rebaño sin que nadie parezca caer en la cuenta de la ambigüedad que entrañan y lo impreciso que resultan en cuanto a su significado. Quizá no sea del todo involuntario.

El hoy olvidado 15M no fue desde luego un acto poético, aun cuando hubiera lemas y frases ocurrentes, pero tampoco fue revolucionario, aun cuando se plantearan dialécticas varias y se discutieran programas y proyectos. Tuvo mucho más de grito por la supervivencia ante una insostenibilidad brutal de toda aquella realidad imperante. Hubo momentos de enorme envergadura, incluso intensos, tan necesitados como estamos, repito, de épicas en esta realidad tan insustancial, en este continente que vive más de viejas glorias que de concreciones presente, en una España más de fachada que de interiores. Pero en gran medida fue una expresión desesperada y de impotencia que ha acabado siendo un mero mensaje en una botella lanzada al proceloso mar del tiempo. Aun así, hay que lanzar más botellas al mar, me temo, con mensajes que tal vez no lleguen a ninguna parte. Nueve años después no parece que estemos mejor, es más, lo que se nos viene encima resulta tremendo.

Para colmo, como si de una broma se tratara, vemos hoy a los patricios salir en Madrid a protestar con énfasis y vehemencia, la revuelta de los cayetanos, la llaman, con gritos épicos (de la épica cartón piedra) que reclaman libertad, con imágenes ridículas. Símbolos de los tiempos, me temo. Un hombre golpea una señal de tráfico con un palo de golf. No hay desde luego ni un ápice del intento de poética de hace nueve años. Verlo nos traslada más bien a Jon Manteca, el cojo manteca, que con sus muletas golpeaba en 1987 otra señal de tráfico, también en Madrid, la misma ciudad donde se inició el 15M, desde una situación diametralmente opuesta, de ahí lo ridículo de la imagen actual. En 1987, por cierto, fue cuando se empezó a hablar de desencanto.

sábado, 9 de mayo de 2020

Pasados


La sociedad que se reanude tras la epidemia, nos dicen, será diferente, incluso la incluyen en una nueva normalidad, una fórmula que inquieta por lo extraña que resulta, influidos como estamos, sin duda, por tantas distopías, el siglo XX estuvo repleto de ellas. Claro que el futuro no lo conocemos, tal vez ni siquiera lo tengamos delante, a la vista, sino detrás, a nuestras espaldas, no lo podemos contemplar, lo ignoramos todo sobre él, como apunta la poeta brasileña Marília Garcia: «(…) o pasado fica diante de nós  à nossa frente: / afinal podemos ver o que lá aconteceu / e o futuro ainda desconochecido / fica atrás às nossas costas / pois não o vemos»; estamos acostumbrados a esa línea trazada por la idea de progreso que va surgiendo sobre todo a partir de la Ilustración, partimos de un pasado en el que fuimos débiles y atrasados; avanzamos hacia la plenitud y la prosperidad, y el futuro, creíamos, estaba ante nosotros, a la espera de convertirnos en mejores. Incluso nuestras vidas individuales estaban imbuidas por esta idea de prosperidad y progreso.

Pero no es así, no parece que sea cierto que toda etapa posterior resulte, por una cuestión de temporalidad, mejor que cualquier etapa anterior. El nazismo, hoy estamos a setenta y cinco años de su derrota, fue a todas luces un retroceso brutal en una nación que destacaba por su cultura y su desarrollo, pero que avanzó hacia la barbarie y la brutalidad. Quizá sea el ejemplo más evidente. La historia no es lineal, sino que va dando curvas, alternando avances y retrocesos. Claro que deberíamos también cuestionar el concepto de progreso, no lo es en todos los casos que así lo considerábamos.

Por tanto, la sociedad que surja de la pandemia puede ser mejor, quizá aprenda de lo ocurrido, se cuestione muchas de las bases que la sustentaron antes que se expandiera la enfermedad, hablan por ejemplo del aspecto medioambiental, de la relación con la naturaleza, pero también de otros valores que, se ha comprobado, no han funcionado; pero también puede ser peor, puede que se reafirmen los nacionalismos más cerriles, se asuma el autoritarismo como forma de gobierno, legitimado además por razones ajenas a la política, se refuercen las fronteras y se diluyan los principios de la cooperación y de la solidaridad. No podemos saber lo que tenemos, como sugiere Marília García, a nuestra espalda, ni siquiera ese futuro a punto de iniciarse.

La pregunta clave es entonces, no lo que nos deparará el futuro, sino qué recordaremos de este presente cuando sea pasado.

La memoria sirva tal vez para aprender, sacar conclusiones y, en la medida de lo posible, determinar nuestras decisiones, las colectivas y las individuales. Pero a menudo optamos por el olvido o por no plantear ni cuestionar nada. Se lanzan discursos que pretenden recoger la historia, pero son sólo palabras muchas veces huecas que sirven nada más que para aplanar debates. Ahora incluso se habla abiertamente de establecer relatos sobre lo ocurrido, no interpretaciones ni puntos de vista, sino relatos que tienen sus lógicas internas, pero no tienen por qué vincularse a la realidad, a lo que fue.

Puede que esto sea así porque en algunos casos es desde la literatura donde realmente se establece el análisis de la historia, sobre todo de la historia más reciente. El conflicto vasco es, sin duda, uno de los ejemplos más evidentes. Ha pasado un decenio desde que la lucha armada dejó de ser una realidad, el conflicto daba sus últimos coletazos después de lustros de enfrentamientos violentos, los años de plomo lo llamaban. Hoy todo aquello parece no haber existido, uno atraviesa las calles vascas y sólo un observador atento puede darse cuenta de algunas fallas, no son palpables, sino que las aprecian los ojos más dispuestos. No se habla de ello, nadie rememora nada, se pasa a lo sumo de perfil, aun cuando haya incluso instituciones varias que pretendan el análisis con el fin de sacar las conclusiones que sirvan para ir cerrando heridas. Pero lo que se busca, se reconoce incluso, es un relato. Para colmo, quien rompe el consenso y saca el tema lo hace más bien para obtener réditos políticos o desacreditar a oponentes políticos o acuerdos con tal o cual organización. No es en la política, en la prensa o en las referidas instituciones donde se plantea ese pasado, sino en la literatura, son varios autores quienes han comenzado a escribir sobre el conflicto, bien como tema central bien como elemento de fondo. Estoy leyendo La Carretera de la costa, de Kepa Murua, una novela que combina el relato de una historia con la reflexión sobre la Euskal Herria que fue. A partir de una acción terrorista cuyos autores se confundieron de objetivo –de víctima, recuérdese, por muchas matizaciones que se hagan–, este escritor da unas pinceladas de la realidad a todas luces clarividentes. No parece que los analistas más académicos describan tan bien lo que fue. No se equivocó Marx al buscar claves sociales más en las novelas –en su caso de Balzac– que en los sesudos estudios académicos de su época.

Pero no sólo ocurre aquí, en este rincón de un Estado que tampoco ha acabado de asumir su pasado reciente, aun cuando el tema de la memoria haya saltado durante un tiempo a un primer plano y se exija la restitución de las muchas víctimas abandonadas en cunetas y fosas comunes, desaparecidas o torturadas en comisarías. Durante años el pacto de la transición, con el correspondiente establecimiento de la democracia, pareció estar basado en el olvido, en el no recordar, incluso en obviar ciertos privilegios de algunos. No se habla, sólo los familiares directos de las víctimas parecen querer el recuerdo. Por tanto, no son sólo los vascos quienes olvidan, es algo común en España. En Francia, por su parte, ocurrió otro tanto con su historia reciente, la de la guerra y el periodo del Gobierno de Vichy, e incluso el verbo collaborer ha sido durante mucho tiempo evitado por no rememorar aquella etapa.

Una vez más la literatura parece más presta a servir de vanguardia en una reflexión que cuesta desarrollar ante tanto discurso patriótico y una historia que a veces parece escribirse para reafirmar posiciones. Por eso preocupa tanto que la literatura se esté colocando en la parte más periférica de la sociedad y que quede arrinconada entre todas las otras actividades de unas sociedades que están prefiriendo el olvido. A veces resulta molesta por ese afán de sustentar la memoria.

jueves, 30 de abril de 2020

La normalidad del clan


Inquietud. Es la sensación que produce la imagen de la familia Puccio en la película de Pablo Trapero El clan (2015). Una tremenda inquietud que hubiera podido ser todavía peor si este director argentino hubiese optado por ser más incisivo en su forma de contar una historia real de la Argentina de los ochenta, unos años también terroríficos en algún momento, llenos de malestar y zozobra colectiva en toda aquella etapa que deambuló entre la dictadura y la restauración democrática, vía guerra narrada –justificada– con toda la épica posible.

Pero Pablo Trapero se concentró en esa familia y la mostró con toda claridad, de un modo magnífico, acertado, sin misterios ni alharacas, tal cual, con un estilo hiperrealista. El espectador asiste a la cotidianidad modélica de una familia con posibles, de normalísima clase media, ejemplar a veces, comen, rezan, hablan, comparten, se alegran y se apenan con las incidencias de cada uno de sus miembros, y la confronta con esa otra faceta oculta a los demás, a los vecinos y amigos, a los clientes y colegas, la de secuestradores y recaudadores de rescates, la de asesinos sin escrúpulos, y que nosotros, espectadores, vemos compartir en un mismo espacio, el de su casa y escondite de secuestrados, sin que los hábitos familiares se vean rotos por la atención que prestan a sus víctimas.

El padre, Arquímedes Puccio, interpretado por Guillermo Francella, logra crear una cierta ambigüedad, consigue el actor que veamos al personaje de un modo cordial, incluso tierno, por ese aspecto que a veces nos puede resultar frágil y sensible. Pero vamos viendo también su implicación con el régimen dictatorial, a cuyos servicios de inteligencia ha pertenecido y descubrimos cómo compagina la atención hacia sus hijos –las clases de matemáticas, las alegrías por los éxitos deportivos y personales del hijo mayor– con la preparación y ejecución de los secuestros, con la gestión de estos, con la crueldad fría con que exige los rescates. Y con el terrible acto de matar, que a lo sumo es, en uno de los casos, un contratiempo. Descubrimos que es un manipulador neto, que sabe mover a quienes le rodean, los utiliza como el narcisista que es y que se aprecia en algunas de sus miradas, en algunos de sus gestos, en el tono con que procura siempre justificarse.

La contraparte del padre es Alejandro Puccio, el hijo mayor, colaborador incluso necesario, deportista de éxito y comerciante en ciernes, nos parece un modelo de los ochenta, compagina su liderazgo deportivo con la alegría de la vida entre las clases acomodadas, sabe disfrutar de las fiestas y seduce a una joven y bella cliente de su tienda. Presta sin embargo su apoyo a las actividades criminales del padre, es incluso un sostén imprescindible, aun cuando nadie sea capaz de creérselo y sus propios compañeros o su novia confían en él incluso cuando las evidencias se le ponen en contra. Pero el propio Alejandro Puccio, a diferencia de su padre, duda, tiene remilgos morales, no está del todo seguro de que esa otra vida sea la mejor opción, incluso intenta reaccionar, aunque es incapaz de huir de la culpabilidad inculcada por su padre. ¿Le hace esto mejor?¿Mengua en algo su papel, su responsabilidad?

Lo que impresiona de la película es tal vez que ambas facetas del clan de los Puccio conviven entre sí con absoluta normalidad, asistimos a todo ello desde el principio, como si la cinta fuera en realidad un reportaje naturalista de la vida en vez de una ficción, aunque sea una ficción basada en la realidad. La vida es así, parece querérsenos decir en algún momento; la normalidad es esto, no juzguen, impresiónense si quieren, pero no juzguen. Asistimos al fin y al cabo a esa misma combinación de horror y tranquilidad, de ferocidad y civilidad, en nuestra cotidianidad, todo Estado se mantiene sobre sus cloacas y nuestras modélicas sociedades occidentales se han ido construyendo sobre un pozo sin fondo de crueldad e ignominia. Lo podemos ignorar voluntariamente o asumir, hemos llegado incluso a un punto en que no parece que se acepte la denuncia, aunque sea una denuncia formal, sólo intelectual, sin más efectos que los historiográficos, incluso ésta llega a estar mal vista en nuestros modelos de vida, que son, ya se sabe, los mejores o los menos malos.

De este modo la normalidad se va aceptando a base de frases hechas, de afirmaciones asumidas de un modo acrítico. Lo normal no se cuestiona. Ya ni se interpreta, se acepta un relato de los hechos y la propia realidad se va soportando a veces como si fuese un espectáculo que siempre ha de continuar. Sólo de esta forma se entiende que el terrible doctor Lecter de El silencio de los corderos acabe siendo aceptado como personaje aun cuando se trate de un criminal tremendo y cruel, de igual forma que asumimos todo el horror producido por nuestra propia historia. Que nada nos saque del sosiego de la normalidad, al fin.

La normalidad, de este modo, se convierte en el gran tema, en nuestra identidad. Erich Fromm la llegó a analizar como patología.

La actual crisis del coronavirus nos ha mostrado que nuestro magnífico sistema sanitario sólo funciona de un modo ejemplar cuando nada ocurre, se nos dijo que era el mejor sistema del mundo, incluso podía mantenerse a pesar de recortes y privatizaciones, éstas incluso contribuían a su ejemplaridad. Ha bastado una epidemia de base desconocida para ponerlo todo patas arriba, del mismo modo que el sistema bancario ejemplar previo a la crisis de 2008 –el sistema bancario español goza de buenísima salud, se llegó también a decir –  necesitó ayudas del Estado durante el cambio de decenio.

Ahora nos hablan de la nueva normalidad que habrá de surgir al final de la epidemia y tras el estado de alarma. No sé, visto lo visto da no poco miedo lo que pueda traer consigo.

martes, 21 de abril de 2020

Literatura (latino)americana vs literatura española


Repasando estos días de cuarentena un libro recopilatorio de artículos en prensa del profesor Joaquín Marco –lo saqué de una biblioteca pública un par de días antes de quedarnos recluidos en casa y a saber cuándo lo devolveré–, leo uno de ellos publicado en 1975 y que habla de las relaciones entre los escritores latinoamericanos y los españoles. Comenta un cierto malestar entre los escritores españoles de aquellos años por la amplia difusión entre los lectores, tanto en España como en la propia en Europa y en Estados Unidos, de los autores catalogados bajo el nombre, a todas luces chirriante y sin duda inadecuado, de boom de la literatura latinoamericana.

No puedo contar, no lo viví, si este malestar existió de verdad y cuáles fueron los escritores españoles que más acusaron tal sensación, pero si el profesor Joaquín Marco lo comenta, es sin duda porque lo debió de detectar. Lo que sí puedo decir, como experiencia personal, que tiempo después del año de publicación del referido artículo, pasó algo más de un lustro, me aficioné a la lectura y aparte de algunos autores españoles que me impresionaron por entonces y a los que voy volviendo con frecuencia –Pío Baroja, Nada de Carmen Laforet, Ignacio Aldecoa, Pérez Galdós, Miguel Delibes–, quienes me aportaron más entusiasmo por la literatura fueron sin duda autores americanos y más en concreto los designados bajo ese apelativo tan cacofónico. Durante unos años los leí con diligencia y pasión: Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro, Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez o Un mundo para Julius, de Alfredo Bryce Echenique. Me abrieron la puerta a otros escritores de la época o anteriores y posteriores, a Miguel Ángel Asturias o a Sergio Ramírez, a Álvaro Mutis o a Gioconda Belli, a Carlos Fuentes o a Bioy Casares, a Manuel Scorza o a las hermanas Ocampo, a Mario Benedetti o a Claribel Alegría, entre tantos otros.

Con el tiempo volví a los autores españoles, fui descubriendo también otros escritores en otras lenguas, pero queda esa introducción que tanto me marcó y sin la cual hoy sería otro tipo de lector. En cierto modo, no vivo la dicotomía escritores latinoamericanos vs escritores españoles, el hecho que todos escriban en la misma lengua, salvo los brasileños, claro, conlleva que no haya un muro entre ambas orillas, es más, la nacionalidad me resulta a todas luces indiferente, y me consta que ocurre lo mismo entre mis amigos y conocidos lectores. Tengo la impresión de que la procedencia de cada uno de los escritores en castellano es a todas luces secundario en general.

Influye sin duda que ese grupo de autores del boom en cierto modo acercaron América a España, a sus escritores pero también sus realidades. Hasta la guerra civil española ambos lados parecían seguir sendas separadas con muy pocas relaciones grupales, apenas algunas individuales. Rafael Cansinos Assens cita en su amplísimo dietario, La novela de un literato, el paso por los cafés madrileños de un reconocido Rubén Darío y el encuentro del propio Cansinos con un jovencísimo Borges, que vivía por entonces en Suiza. César González Ruano, por su parte, entrevistó a César Vallejo en 1931 para el Heraldo de Madrid. La guerra produjo un acercamiento entre las dos orillas, con autores como Octavio Paz que se comprometieron con España.

Da la sensación de que tras la guerra se volvió a levantar el muro entre ambas partes, aunque no fue del todo así: bastantes escritores españoles se establecieron en América Latina y tuvieron mayor contacto que los escritores del interior, es evidente, aunque estos pudieron conocer a algunos porque entre los escritores españoles no se cortaron tanto los contacto entre sí. A partir de los sesenta todo comenzó a cambiar con la llegada de un grupo de aprendices de escritor a España o a Europa en general y se intensificaron los vínculos.

Joaquín Marco también se refiere en su artículo que, fuera de los países de habla hispana, los escritores en español más conocidos son los latinoamericanos, entre otros motivos porque la literatura española del momento, apunta el profesor, en 1975 apenas se conocía y poco se publicaba en otros idiomas, algunas excepciones y en ámbitos muy restringidos, los académicos y poco más. Quiero creer que esto ha cambiado algo, a partir de los noventa se despertó cierto interés por España, más allá de la guerra civil –uno de los hechos históricos más investigados y sobre lo que más se lee–, y eso supuso que se conocieran más autores españoles, a tenor de las traducciones publicadas, que se mantienen hoy si no han crecido, aunque sin duda el peso de las culturas americanas supone que sus escritores se conozcan más y mejor.

No soy capaz de percibir si los lazos hoy son tan fuertes como en los ochenta, tengo la impresión de que sí, aunque es más una sensación muy subjetiva, la mía propia o la de amigos y conocidos con quienes hablo de literatura y a menudo salen a colación autores americanos. El despertar en España de un cierto espíritu de exaltación patria puede que haga peligrar los vínculos. Sería a todas luces un craso error. Aunque puede que ese riesgo proceda más bien de un mayor desinterés por la literatura, lo que sería aún peor.

domingo, 12 de abril de 2020

Patrias


Vaya por delante que el concepto patria y todo lo que le rodea me incomoda cada vez más. Me aburre y me cansa, me molesta hasta el fastidio, me exaspera a veces por lo hueco que resulta. No son poco los que claman patriotismo, pero olvidan a las personas que la patria encuadra, a sus ciudadanos; las grandes banderas tienden a sombrearlas tanto que quedan por completo ocultas, desaparecen. Tiene más valor la bandera y la exaltación de valores calificados incluso de eternos que las propias personas a las que se alude con tal término, a las cuales se les llama a veces a defenderla con la propia vida, pero también con la ajena. Quien está dispuesto a morir por la patria también ha de estar muchas veces presto a matar por ella. Se mata –real o simbólicamente – a quienes no entran en tal categoría, a los extranjeros en general, a los de otra nacionalidad en particular, a los tibios del mismo bando que no se entusiasman con esa pasión, todo ello encuadrado en una dialéctica basada en nosotros y ellos.

Me gustaría que fuera absolutamente cierto, como escribió José María Marco, que declararse patriota fuera, en primer lugar, una demostración de mal gusto. Pero a tenor de lo visto últimamente sólo en esta península donde vivo parece que no es así. Volvemos a la exaltación de la patria, de las patrias mejor dicho, porque hay varias y, por supuesto, opuestas según los más puristas. Al final resulta una entelequia que nada tiene que ver con la vida real de sus habitantes.

Claro que esto no quita a que haya elementos que nos unen a unos y nos diferencian de otros. Una lengua (o varias), una historia, una experiencia común, unos hábitos transmitidos generación tras generación y a lo cual se puede estimar como propio porque forma parte incluso del yo más íntimo. Es verdad, lo he conocido, cuando se está lejos del terruño o del país se echan de menos ciertas cosas. También se acaba mirando otras con más distancia. Puede no obstante que esto no forme parte propiamente dicho del patriotismo, o como dijera el escritor uruguayo Jorge Majfud, de «la enfermedad moral del patriotismo».

Me ha dado por pensar en todo esto por las largas horas de cuarentena en casa y porque hoy es el Aberri eguna, el día de la Patria, la vasca evidentemente, que el creador del nacionalismo vasco contemporáneo, Sabino Arana, quiso que coincidiera con el Domingo de Resurrección. Sí, también la religión forma parte en ocasiones del discurso patriota y hasta le transmite mística al mismo.

Llegado a este punto y no sé si con ánimo de contradecirme, el que haya iniciado mi diatriba clamando contra la patria, por tanto contra el nacionalismo, cualquier nacionalismo (hay quien sostiene que siempre se es nacionalista, de una patria o de la otra; yo no lo creo), no significa que afirme categóricamente que el País Vasco, por ejemplo, tenga que formar parte de España. Tal vez sí, tal vez no, hablamos en todo caso de la formación de un Estado propio o de pertenecer a otro, y esto es otro debate porque quizá el concepto patria o nación tampoco precise de un Estado para materializarse. En todo caso será algo que los vascos, entiéndase la gente que vive en el lugar, lo tendrá que decidir algún día, aunque tampoco tal hecho, me temo, solucionará el debate sobre la patria y/o nación. Por cierto, a menudo tampoco yo le deseo un Estado a nadie. Ni el Estado que podamos tener con todas las maravillas que se le atribuyan ni el que tenemos ahora (o padecemos).

Sé que el tema ha merecido ríos de tintas. Por desgracia, también demasiados muertos. Tampoco me interesa ahora mismo el debate político en sí mismo y si ha de plantearse la cuestión de lo qué es España (o cualquiera de sus partes), tal vez habría que volverla a bosquejar como la centrara en su momento inicial la generación del 98, de un modo más cultural que político, con referencias múltiples a sus paisajes y a sus gentes. Con la ventaja de que ahora acumulamos más detalles, más amplios y más ricos, aunque sólo sea porque hay más años de historia sobre la que contemplar la realidad y tantas relaciones o más con el resto de España, me remito a la experiencia de cada cual, e incluso con el mundo. Claro que la Generación del 98, ni tampoco las que la siguieron, llegaron a una conclusión, muy al contrario, el tema se complicó y acabó, ya se sabe, como el Rosario de la Aurora.

Claro que viendo la realidad circundante no cabe mucha esperanza. La cuestión nacional ha vuelto a ocupar el centro del debate estatal en el último lustro y de nuevo el patrioterismo ha llenado la discusiones, eso sí, con un exceso de épica que tal vez ya ni disimula la carencia de ideas. De todos los bandos, me temo. No es equidistancia, sino constatación. Eso sí, la epidemia nos ha mostrado que las banderas no curan ni sirven al final para forjar comunidades de verdad.




miércoles, 1 de abril de 2020

Sobre las guerras


Lo anunció por radio una voz altanera y jactanciosa: «Parte oficial de guerra del cuartel general del Generalísimo correspondiente al día de hoy, primero de abril de 1939, tercer año triunfal: en el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.» De esta manera se acababa un largo conflicto armado que había durado casi tres años y que dejó el país destruido. Fue una guerra brutal la de España, cruenta, envuelta por una épica gloriosa sin duda excesiva, porque tuvo también mucho de degradación brutal. A todas luces ninguna guerra es heroica, nunca lo será, por muchos actos valientes que se le atribuyan, ni siquiera cuando se las legitima y algunos las justifiquen, como «guerra legal» se quiso incluso considerar una de ellas, la intervención en Yugoslavia, porque se llevó a cabo un debate sobre la misma en las Naciones Unidas y tal institución dio el visto bueno.

En el octogésimo primer aniversario de esa fecha no parece que estemos para recuerdos ni memorias. Todos los debates políticos, sociales, históricos y culturales han quedado relegado a un segundo plano, aun cuando muchas personas se seguirán ocupando de ello, seguro, o pensemos tangencialmente en la fecha durante este confinamiento obligado y necesario. Aunque sólo sea porque, como ya he comentado estos días, se ha pretendido comparar la situación actual con una guerra. Ni de lejos lo es, desde luego, resulta hasta frívola la analogía, y resulta preocupante que sigamos con una lógica bélica a la hora de analizar la realidad y aquellos conflictos que afectan a la población entera. Nada tiene que ver con la contribución que puedan realizar algunos cuerpos militares, sin duda necesaria y de agradecer, a favor de las infraestructuras médicas y a labores de prevención, no se puede confundir lo parcial con lo general.

Esa lógica militar del alzamiento y el conflicto, con su lenguaje bélico y la represión que trajeron consigo, desde luego se mantuvo durante mucho tiempo en la posguerra española. Los efectos de la guerra penetraron en el ánimo de la gente que sufrió su virulencia, una inmensa mayoría de la población. Pero además fueron los militares alzados quienes mantuvieron un control absoluto del país durante el decenio posterior al fin de la guerra, incluso por encima de los grupos ideológicos que apoyaron al bando nacional y cuyos militantes más programáticos se sintieron rebasados por los militares y apartados por completo en la construcción de la Nueva España, que no fue tal. Sólo en los años cincuenta se redujo el lenguaje bélico y se entró en una fase más economicista.

Esa posguerra fue también una época de penuria material, de miseria. Nadie lo ignora y aparece reflejada en muchas obras de la época, en Nada de Carmen Laforet, por ejemplo, de la que conmemoramos el septuagésimo quinto aniversario de su publicación. Es sabido que la guerra todo lo destruye y hay quien la asocia con los propios procesos económicos. El economista Ernest Mandel estudió los ciclos de crisis y su relación con la guerra. Parece que están estrechamente vinculadas.

Respecto a la pandemia actual, todo apunta a que le seguirá una debacle económica que algunos vaticinan tremenda. Sin querer ser agorero, esto pinta bastante mal. Para colmo estos días leo sobre la deducción despachada por Ramón Gómez de la Serna acerca de la necesidad de los españoles de matarse cada cien años, puesto que el inicio de la guerra y el caos cruento que comportó y de la que fue testigo directo el escritor le recordaron unos hechos similares descritos por George Borrow en La Biblia en España que se produjeron en 1836 y que, de ser cierta, nos conduce a una nueva guerra dentro de dieciséis años, salvo que el conflicto bélico nos venga por otro lado y de antemano.

Lo cual supone volver al debate, un tanto juvenil si cabe, sobre la inevitabilidad de la historia o la posibilidad de transformar la realidad. Un dicho aconseja no llorar sobre la leche derramada, o lo que es lo mismo, en boca de Salvador Martí, el irónico subsecretario del Ministerio del Tiempo, el pasado es leche derramada, con lo que sólo cabe centrar todo el esfuerzo en el presente.