miércoles, 23 de noviembre de 2022

Lulú en el Rock-Ola

 


Ningún escritor nace por generación espontánea. Nadie decide un buen día ponerse a escribir de la nada y que le salga de buenas a primera una obra de calidad. Para escribir hay que ser primero lector, no hay otra, es imprescindible y básico ser un escritor atento, estudioso, observador. Borges afirmó una vez que estaba más orgulloso de lo que había leído que de lo que había escrito. Fue una boutade, sin duda, pero con una verdad evidente. Y para ser lector se requieren grandes dosis de curiosidad por el mundo, por lo que nos rodea, por el pasado y por el presente, por lo humano y lo divino. También por sí mismo.

Sin curiosidad no hay pasión. Tampoco descubrimiento. Sin curiosidad nadie se adentra en las páginas de un libro.

Pero además todo el escritor se encuadra en una tradición literaria. Pero atención, una tradición no se circunscribe a un idioma o a la historia literaria de un país. Al menos la tradición de la que se empapa un lector atento y que necesitará sobrepasar fronteras, siempre estrechas, acudir a otras tradiciones literarias, imitar, aprender de otras escuelas, de otras culturas más allá de la propia. En todo caso, es importante subrayar que la tradición española posee toda ella, desde el Poema del mío Cid, un carácter realista muy firme.

Sólo así se forma un escritor, leyendo, conociendo la tradición literaria, la propia y la ajena, acudiendo a otras tradiciones en busca de savia nueva.

Almudena Grandes no hubiera sido escritora sin haber sido antes lectora. Lo fue y se dejó cautivar por lo que contaban los libros y eso le ayudó a mirar la realidad y a sí misma. Un día, adolescente, se dio de bruces con una novela de Benito Pérez Galdós, Tormento. Fue en casa de su abuelo. Intuyó que allí, entre las páginas de sus novelas, había algo importante, algo grande. Y comenzó a recorrerlas con ardor y entusiasmo. Una novela le llevó a otra y ésta, a otra nueva. Benito Pérez Galdós fue el principal autor realista, a caballo entre el siglo XIX y el XX, autor de un sinfín de novelas que hablaban de aquella España entre dos siglos. El realismo fue un movimiento literario que se expandió por Europa y que se confrontaba a la realidad de unas sociedades que estaban empezando a cambiar a toda prisa, dominaba la idea de progreso infinito y la economía comenzaba a ocupar cada vez un ámbito social mayor. Karl Marx reconoció una vez que había aprendido más economía en las novelas de Balzac que en los manuales y de los mamotretos de economía de su tiempo. A esto se refería Unamuno cuando hablaba de intrahistorias.

Las novelas de Galdós llevaron a Almudena Grandes a otros autores de la época. De Emilia Pardo Bazán aprendió a relacionar sus historias con la cocina, la comida y el buen comer. La escritora gallega había escrito en 1917 un libro, La cocina española moderna, que era todo un tratado de cómo era la gastronomía del país y de paso cómo era el país. No es casualidad que la comida esté muy presente en la obra de Almudena Grandes. Ni siquiera disimuló la influencia recibida cuando a su saga de novelas sobre la posguerra y tardofranquismo la llamó Episodios de una guerra interminable, a la manera de los Episodios Nacionales. Reconocía así la enorme influencia de este autor, fue su homenaje al maestro.



Almudena Grandes recuperó en gran medida ese realismo que la vincula a escritores que la precedieron. Pero no sólo ella, también muchos de quienes compartieron con ella época y narrativas recuperaron ese realismo tan propio de la tradición española. Empezaron a leer, como Almudena Grandes, en los setenta, conocieron como lectores la pasión por la literatura y en los ochenta comenzaron a publicar sus escritos. Fueron años importantes los años ochenta. Se dieron de bruces con tiempos de pretendida libertad. Y la hubo en cierta manera. La dictadura se había acabado en el 75 y se abrían nuevos tiempos. Se acabó la censura. Se acabó el estrecho corsé en los usos y costumbres del país. En Madrid surgía la movida, una fiesta desenfrenada tanto musical como cinematográfica, artística y de modas variadas. Tuvo, como todo en esta vida, sus claroscuros. Pero esto era otra historia. Lo importante para los escritores es que no había censura y que podían tratar todos los temas sin los estrechos márgenes de una España rancia, aun cuando las cosas habían empezado a cambiar algo antes, en los sesenta.

Los escritores que empezaban a publicar en los ochenta quisieran entender lo que estaba pasando en el país, normal que volvieran al realismo, que intentaran comprender la realidad por medio de nuevos modelos de hombres y mujeres. Ignacio Martínez de Pisón partía de las familias para describir la sociedad actual. Las suyas fueron novelas muy centradas en estructuras familiares, las añejas y las nuevas. Almudena Grandes acudió a personajes femeninos para confrontar los cambios sociales. Lo vemos en Atlas de geografía humana, sus personajes femeninos eran mujeres fuertes, con carrera, trabajaban y decidían sus relaciones, se habían emancipado, afrontaban libremente su sexualidad. Quizá no eran representativas de la mayoría de las mujeres españolas del momento, ni siquiera hoy lo serían, salvo en que trabajaban muchas veces sin contratos, de freelance que es el eufemismo al uso, en puestos culturales aunque siempre con el temor de que el final de los proyectos fuera también el final del trabajo, en una precariedad que anunciaba nuevas formas de explotación laboral.



Por otro lado, el fin de la dictadura permitió recuperar un debate político y social que el régimen anterior había distorsionado por completo. También el exilio distorsionó la visión de la realidad, como lo apreciamos en La Gallina Ciega.  Max Aub se había quedado anclado en una España que ya no existía y él mismo se da cuenta cuando, lustros después de la guerra y de su exilio, viaja por España. Los autores que publicaron en los ochenta se interesaron por la guerra, la posguerra y ese pasado reciente que, a decir verdad, había estado presente también en muchas novelas de tales épocas, pero apareciendo de un modo sinuoso, como algo presente pero de lo que no se hablaba. O se hablaba con silencios. Así es en Nada de Carmen Laforet o en El Jarama de Sánchez Ferlosio. La guerra como sombra. Pero los escritores que empezaron a publicar en los ochenta se pudieron acercar a esa historia reciente con total apertura, sin cortapisas, sin corsés ideológicos. Lo cual no significa que fueran neutrales, todo lo contrario, su mirada podía ser subjetiva, incluso militante, pero sin que su opción o nuestra diferencia con la misma sea una cortapisa para leer y apreciar sus obras. Benjamín Prado o Manuel Rivas, por ejemplo, no han ocultado sus simpatías. Otros han acudido a ese pasado con mayor distancia tal vez, que no indiferencia, como Antonio Muñoz Molina.

Realismo, análisis de la sociedad, intrahistoria, recuperación de las historias de los nadie, dominio de la anécdota, fue en gran medida una característica de Almudena Grandes y de los escritores de su tiempo. Pero en la obra de la autora madrileña se da una clara diferencia entre las primeras novelas, que afrontan cuestiones de su momento, y las novelas posteriores, las que recorren las historias de la posguerra y el tardofranquismo. No es difícil recordar a partir de las últimas novelas de Almuneda Grandes las aventis de Juan Marsé. Por cierto, Juan Marsé fue miembro del jurado que en 1989 le concedió el premio La Sonrisa Vertical a Almudena Grandes por Las Edades de Lulú. No es casualidad, sin duda, este encuentro, o quizá el azar juegue con estas coincidencias. En ese jurado estaban también Jaime Gil de Biedma, Fernando Fernán-Gómez y Rafael Conte. Resulta además clarificador que fuera Luis García Berlanga quien le propuso a la editorial Tusquets ese premio. Una relación curiosa de Almudena Grandes con la tradición literaria española más reciente.

viernes, 18 de noviembre de 2022

Fútbol

 


Ni se imaginarían los miembros de la bilbaína Sociedad Gimnástica Zamacois cuando montaron en 1898 un equipo de fútbol local el enorme éxito de esta actividad, que sobrepasaría lo deportivo para volverse un pilar fundamental de la sociedad, algo que iba a incidir incluso en la identidad de la capital vizcaína, un ícono del poderío de la Villa, un estandarte de la nación vasca. El 5 de abril de 1901 se dio forma legal a la iniciativa y se aprobaron en el Café García, sito en el número 8 de la Gran Vía Lope de Haro, céntrica avenida de la ciudad industriosa, los estatutos del que se conocía ya como el Athletic Club de Bilbao.

Sin duda, los participantes en tal iniciativa estaban influidos por los nuevos aires que consideraban el deporte como una actividad beneficiosa para todas las personas. El escritor costumbrista y corredor de comercio Manuel Aranaz Castellanos rompió a favor de todos los deportes una lanza para que se dejasen de considerar una mera actividad propia de señoritos holgazanes y fueran contemplados como esenciales para una vida sana. El progresismo social de la época fomentó el deporte, tanto el individual por su aporte a la salud como el grupal por sus enseñanzas para la cooperación entre los individuos. Incluso entre el movimiento obrero revolucionario el deporte se consideraba algo importante en el proceso de emancipación de la clase trabajadora y de las capas populares, apareciendo una corriente anarconaturista o naturalismo libertario que consideraba la actividad deportiva como algo fundamental.

Poco antes de que se fundara el Athletic Club de Bilbao, el francés Pierre Frèdy de Coubertin, pedagogo e historiador, creaba el Movimiento Olímpico, fundaba el Comité Olímpico Internacional y colaboró para que en 1896 se celebraran en Grecia los primeros Juegos Olímpicos de la edad moderna. Es verdad que en este olimpismo internacional participaron los estamentos más altos de la sociedad, nobleza, gran burguesía, pero también lo es que el apoyo al deporte como actividad positiva para el género humano estuvo muy presente en todas las clases sociales y en las diversas corrientes ideológicas existentes en la época.

¿Cómo fue posible entonces que los Juegos Olímpicos, con sus mensajes de cooperación y de paz internacionales, acabaran convirtiéndose primero en escenario de propaganda de los diversos países y de los diferentes regímenes políticos y económicos, y luego se volvieran la justificación idónea para operaciones urbanísticas que reportaban pingües beneficios a grandes grupos empresariales?

¿Qué ha pasado para que el deporte rey, el fútbol, se haya convertido hoy más que en un deporte de grupo en un espectáculo de masas que mueve enormes cantidades de dinero y los equipos sean pantallas de grandes empresarios y de negocios subalternos en forma de derechos de imagen, especulación y otros negocios?

En 2019 la Real Federación Española de Fútbol, presidida por Luís Rubiales, firmaba con Arabia Saudí un acuerdo por el que se jugarían en este país varios partidos correspondientes a la Supercopa de España, lo que ocurrió por primera vez en 2020, con la final que enfrentó entonces al Real Madrid y al Atlético de Madrid. Al año siguiente la crisis sanitaria del COVID impidió que se pudiera cumplir el acuerdo. Pero en enero de este año varios partidos se realizaron en aquel país. Es decir, equipos españoles que competían por un galardón español jugaron en Arabia Saudí sus partidos. Entre ellos estaba el Athletic Club de Bilbao, fundado 124 años antes. Apenas nadie protestó porque algo tan simbólico en el entramado nacional como es el fútbol se acabara jugando en el extranjero. Desde luego ningún patriota de ningún tipo elevó la voz para defender que la Supercopa de España se jugase en España.

Los negocios son los negocios y Arabia Saudí supo sin duda colocar un dineral en patrocinio de la Supercopa y en cuya negociación participó la empresa Kosmos, del jugador Gerard Piqué. Tampoco hay que olvidar que Arabia Saudí es comprador de tecnología española, que varias empresas invierten en el país y además Arabia Saudí compra armamento español, se lo compra entre otras a empresas armamentísticas sitas en el País Vasco y que salen del Puerto de Bilbao, la ciudad del Athletic.



¿Está Arabia Saudí implicada en una guerra? Lo está. Ese armamento sirve para bombardear Yemen, en una guerra de la que casi nadie habla, que genera muertos, refugiados, daños enormes a una población y, de paso, la muerte también de soldados saudíes. Tampoco se habla mucho de la situación de los derechos humanos en el país, sin libertades democráticas, con represión y persecución a minorías y a disidentes. Claro que la culpa no la tienen los equipos de fútbol españoles que van a jugar a allí un galardón español y tampoco las empresas que hacen su agosto con los negocios en este país. O al menos no son responsables más que de un modo tangencial. Y además todo indica que el espectáculo va a seguir alegrando a los aficionados españoles en unos meses.

Alegría que a todas luces los aficionados al fútbol de todo el planeta van a tener durante estas últimas semanas del 2022 gracias a la Copa del Mundo de Catar, país elegido como sede en 2010 por la FIFA y que en tiempo record, doce años, ha construido estadios, infraestructuras e incluso una ciudad completamente nueva para que el espectáculo no pare. Durante estos doces años se han podido vivir muchas cosas y circunstancias, incluso entre ellas una operación judicial por cohecho, fraude y lavado de dinero contra personas vinculadas a la FIFA y el 27 de mayo de 2015 se detenía en Suiza, nada menos que en un hotel de lujo, a catorce personas, nueve de ellas pertenecientes al órgano rector de la FIFA, operación en la que intervenía, entre otras agencias estatales de seguridad, el FBI.

El espectáculo se va a dar pese a todo en Catar, pese a que algunos artistas internacionales hayan rechazado acudir a la gala de inauguración por la situación de los derechos humanos en el país, pese a los efectos ambientales de haber montado una infraestructura faraónica y muy contaminante en un año que hemos comprobado la gravedad de la crisis del cambio climático, pese a la persecución de minorías, pese a la explotación de personas emigradas al país para trabajar en condiciones nefastas. Claro que las autoridades cataríes han recordado que Europa tampoco puede dar muchas lecciones respecto a esto último, con un Mediterráneo convertido en cementerio y los campos de cultivo del sur de Europa sacados adelante por emigrantes que trabajan largas jornadas por sueldos de miseria. Y no les falta razón.

Más información en:

https://ongietorrierrefuxiatuak.info/es/2020/03/20/documental-la-guerra-empieza-aqui/

https://lamediainglesa.com/

https://www.youtube.com/watch?v=lUiSATkg8xI

https://www.youtube.com/watch?v=9i4ndb0KjJU

 

martes, 18 de octubre de 2022

Niños robados

 


La guionista y realizadora María Larrea sorprendió este año con la publicación de su primera novela, Les gens de Bilbao naissent où ils veulent, finalista en el Premio de novela FNAC 2022 y que ha publicado la editorial Grasset. En ella narra el descubrimiento de la narradora ya no sólo de su condición de niña adoptada, sino de haberlo sido tras un proceso a todas luces ilegal. La novela cuenta una historia real, la que le sucedió a la propia autora, una mujer nacida en Bilbao y que fue entregada a una pareja de emigrantes españoles en Francia, previo pago. Lo que asombra es que dicho acto se produjera cuando ya se había dejado atrás el franquismo e incluso había culminado el proceso de la transición. Se trata de uno de los hechos más oscuros de esos años de dictadura, cuyo final pactado, la transición, conllevó muchos silencios y la asunción de no pocos olvidos, acordados en pos de una «reconciliación nacional» que contó incluso con el acuerdo de los dos principales partidos de la oposición.

Es sabido que durante los años más duros de la represión franquista, los posteriores al final de la guerra civil y hasta bien entrados los cincuenta, se obligó a muchas presas republicanas a ceder a sus hijos, los cuales se entregaban a familias pudientes afines al régimen. Algunos médicos y también algunas órdenes religiosas se convirtieron en cómplices de este mercadeo de niños y robo de bebés e incluso, con posterioridad, se volvió un hecho sistémico, se extendió a otros ámbitos, no sólo el de las cárceles, sino también al de la asistencia social, y la compraventa de niños se amplió también a otros sectores sociales menos pudientes.

Pero lo que clama al cielo es que esa práctica se extendiera más allá de la dictadura, alcanza incluso a la década de los ochenta, sin duda se amparaban las redes en ese política de reconciliación que supuso no asumir los efectos más terribles del régimen anterior, aquellos que quebrantaban los derechos más mínimos y la dignidad de las personas, como denuncian incluso asociaciones de derechos humanos, entre ellas Amnesty International (https://www.es.amnesty.org/en-que-estamos/reportajes/sustracciones-ilegales-de-bebes-en-espana-durante-franquismo-y-democracia/ ). Es evidente que tales actos se encuadraban en una legalidad vigente, aunque en muchos casos, como el que se cuenta en la novela de María Larrea, ni siquiera se respetaron los procedimientos establecidos, se llevaron a cabo al margen de esa misma legislación, mero mercado negro de personas. Pero es también evidente que esa legalidad era arbitraria y se basaba en la negación de buena parte de la población, perseguida, reprimida y carente de las más mínimas herramientas de intervención social, ni siquiera del control de sus propias vidas.  

Se han creado asociaciones que buscan aclarar las consecuencias de estas prácticas, aunque el tiempo ha pasado, muchos de los responsables han muerto, y sin duda cada vez será más difícil dilucidar lo ocurrido. Surgen, no obstante, los testimonios, como el de esta autora que va mostrando en su libro el desbarajusto emocional que produce la conciencia de lo sucedido. En su caso, el proceso no es en exceso traumático, hay además un desenlace y sin duda una asunción de la historia personal. Aunque puede que no sea siempre así entre los muchos casos, siempre demasiados, existentes.

lunes, 26 de septiembre de 2022

Sobre el azar

 


En 2016 el escritor argentino Eduardo Sacheri publicó La noche de la Usina, con la que ganó el Premio Alfaguara de novela aquel año. El libro cuenta la historia de un grupo de asociados de una zona pauperizada de Argentina que reúnen un dinero para invertirlo en un proyecto cooperativo que sirva para mejorar la vida en la zona. Necesitan sin embargo un pequeño préstamo para conseguir el capital completo. El impulsor del proyecto, Perossi, decide, ante la oferta del director de la sucursal bancaria, planteada no sin urgencia y asegurando que entonces el préstamo sería seguro, ingresar el capital en una cuenta en dólares que le rentaría mejor hasta la compra de una instalación agrícola abandonada que van a necesitar. Pero estamos en 2001, un momento de crisis en Argentina, a las puertas del corralito. Sin embargo, tras el decreto del gobierno que limitaban el acceso a las cuentas bancarias, el grupo se entera de que todos los fondos en dólares se entregaron a Manzi, el oligarca de la zona, en una operación más bien de dudosa legalidad y pocos escrúpulos morales. Ello dará lugar a un plan audaz y bastante frenético para recuperar el dinero.

La novela, y por ende la película La odisea de los giles, basada en ella y con la participación del autor en la escritura del guion, va cosiendo hechos y circunstancias en una acción trepidante, sorpresiva muchas veces, apuntando tal vez al azar como tema del libro. Porque los acontecimientos se suceden sin una lógica que los unan. No hay causas y efectos, sino un tránsito de hechos casuales, tránsito arbitrario, incluso caprichoso. El sentido a toda esa situación se lo da el grupo, que busca resarcirse, pero este sentido parece al margen del cúmulo de casualidades, azares y combinaciones de las cosas.

De este modo, esta novela contribuye al debate sempiterno de si la vida, tanto la individual como la colectiva, es consecuencia del mero azar y somos nosotros, como ocurre en el relato, quienes atribuimos un sentido ajeno a los acontecimientos o si hay un destino fijado de antemano que establece cada paso y lo enzarza en un conjunto del que no podemos escapar. Algunos cuentos de las mil y una noches se basan en esta última opción, nadie escapa a su destino, aun cuando así lo creamos. Un hombre cuyo destino es morir huye de la ciudad donde cree que a producirse tal acontecimiento y muere en el desierto, como estaba previsto. Dios no juega a los dados, afirmó Einstein, con ello indicaba que la física no improvisa, que el universo tiene las piezas bien ensambladas. Marx, por su parte, describió el conjunto de relaciones que van interactuando en la sociedad, aunque dejó claro que los cambios sociales no estaban previamente determinados, lo estaban las condiciones objetivas, pero no las decisiones humanas.



Sin embargo, es atractiva esta posibilidad, que todo responda al mero azar, que nuestras vidas se muevan a partir de hechos no controlados, absolutamente fuera de toda previsión. En su caso más extremo, ni siquiera la experiencia al final sirva de nada, cada circunstancia es novedosa, ocasional, nada se puede deducir para escenarios futuros, cada generación ha de enfrentarse a sus problemas con sus propias herramientas y osadías. Por eso cada desaparición de una generación es en realidad un final de los tiempos.

Sin duda los historiadores no estarán de acuerdo con este planteamiento. Si asumimos que los hechos del pasado nos ayudan a no repetir ciertas experiencias políticas, económicas y sociales, es porque creemos que de cada etapa se pueden desprender lecciones a aplicar. El ascenso del fascismo, del integrismo de todo tipo o de fenómenos como la xenofobia o el autoritarismo dejan entrever, no obstante, que al menos lo de aprender a no repetir experiencias no se da en absoluto. Por otro lado, el fiasco que suele darse en la aplicación de los planes económicos o de los proyectos políticos deja traslucir que no todo está tan controlado o previsto como parece y que el resultado de los planes y los proyectos, al final, parece consecuencia de la mera casualidad.

Imposible analizar en las vidas particulares, donde hay tantas experiencias como casos. Sin duda no decidimos las cartas que nos tocan en la partida de la existencia, a lo sumo es cuestión de maña saber decantar tal partida a nuestro favor. La pregunta es si esa maña es también cosa del azar. O no.

martes, 6 de septiembre de 2022

Toparse con la lengua

 


En las últimas horas vuelvo a escuchar en boca de una ministra y del coordinador de una fuerza política vasca el verbo topar empleado con el significado o como sinónimo de limitar, aplicándose en esta ocasión a los precios de los alimentos y al de los alquilares, respectivamente. No voy a discutir la medida, aunque puestos a opinar me parecería bien que se limitaran, dada el alza de precios y el inalcanzable acceso a la vivienda en nuestras ciudades. Lo que a todas luces chirría es el uso erróneo de topar, que en castellano no significa ni de lejos limitar, ninguna de las entradas del verbo en cualquier diccionario los relaciona, ni siquiera en las variantes más locales. Se trata de un anglicismo evidente, procede de to top, que se refiere, sí, a marcar un fijo por arriba, en la parte superior de algo, en este caso los precios. Existe la palabra tope, que es la parte de un objeto que puede topar, esto es, chocar, con otro o también la pieza que detiene el movimiento de un arma. Ninguno de estos significados deriva en topar como limitar.  Pero así se usa en el discurso político y sobre todo en los medios de comunicación.

En todo caso, si sólo fuera el uso de este verbo, estaríamos en una situación óptima. Me temo que es una batalla perdida, que el uso del idioma en España sea mínimamente preciso y no digamos correcto. Al menos tenemos América Latina, donde se usa con fluidez y concreción, haya o no variantes propias. Es evidente en este sentido que por su incidencia, los medios de comunicación poseen una influencia enorme en el uso de un idioma. Lo es para lenguas minoritarias, cuya presencia en televisión, radios y otros formatos nuevos les aseguraría la pervivencia, pero también para las lenguas más habladas, como el castellano.

Pero los medios de comunicación, salvo honrosas excepciones, parecen contribuir hoy a un uso cada vez más inexacto del castellano. Ya no sólo ahora mismo todo se topa como sinónimo de se limita, y así aparece en portadas y en radios, incluso en aquellos que exaltan valores patrióticos, sino que abundan incorrecciones como el empleo del infinitivo como inicio de la frase, tal como de niños jugábamos a imitar ciertas hablas desconocedoras del español, o empieza a ser habitual que se añada la preposición a entre el verbo y los complementos de objeto directo cuando no se refieran a personas. Pero además se generalizan expresiones que no son incorrectas, pero que se han vuelto verdaderas coletillas, con cierta dosis ahora mismo de inexactitud. Todo arranca a estas alturas, no sólo los vehículos a motor, que sería lo propio, sino también los programas televisivos o de radio, las sesiones parlamentarias, los cursos escolares y universitarios, las medidas sociales excepcionales o cualquier otra cuestión que lleve su tiempo. También se mira a los asuntos, ya sea Ucrania, Polonia, el Próximo Oriente o cualquier territorio en conflicto, que ya son casi todos en el mundo. No digamos ya de la muy extendida poner en valor, que de tanto usarse de forma inadecuada ha perdido su sentido primigenio, que no es otro que el de valorar por primera vez. Un incidente o un sucede coloca por primera vez determinado hecho en la apreciación individual o colectiva. La vuelta al mundo, por ejemplo, hace quinientos años, el 6 de septiembre de 1522, puso en valor las dimensiones de la tierra y aportó nuevas experiencias a la navegación. Antes, hubo otras percepciones del mar. Pero cuando se dice que la pandemia recién vivida ha puesto en valor el sistema sanitario público no es exacto en absoluto, porque se deja entrever que no se valoraba con anterioridad, cuando antes del COVID el tema de la sanidad centraba buena parte del debate público sobre la gestión sanitaria, hubo movilizaciones en su defensa cuando las políticas estatales o autonómicas la reducían. La pandemia ha añadido sin duda valor a la sanidad. Claro que después de su incidencia sufrimos el fenómeno contrario: nada más pasar la pandemia a un segundo plano parece que la sanidad pública haya perdido por completo su valor, se desmantela descaradamente, sin que ni siquiera haya más reacción más allá de la de los propios sectores sanitarios.



Escuchar los medios de comunicación se ha vuelto en gran medida una prueba del estado de la lengua. No es desde luego para saltar de alegría. Escucho todas las mañanas unos informativos en una emisora de radio que ofrecen, consideré al principio, una estructura y un equilibrio adecuado entre lo local y lo global, y aún lo considero así. Sin embargo, abruma la cantidad de errores lingüísticos, tópicos al uso y coletillas empleados con una frecuencia alarmante. Durante unos días incluso se empleó bautizar como sinónimo de comenzar. Se bautizaban programas, edificios públicos o privados, departamentos autonómicos o municipales, sin que ello significara la presencia del Obispo del lugar para tarea tan sacra. Por fortuna, se ha dejado de emplear, advertidos tal vez de lo poco adecuado del término, más en un Estado aconfesional. Y al referirse en el informativo a un accidente laboral se habló «de las muertes en “el tajo”», tal cual, como si el cronista nos contara el suceso, por desgracia frecuente, en la barra de un bar.

Wittgenstein afirmaba que el uso determina el significado, al mismo tiempo es evidente que las lenguas cambian. El idioma no es el mismo el día que nacemos que el día que morimos, se ha modificado. Asumir tales hechos en su grado extremo quizá nos podría ahorrar filípicas como la presente, que roza la pedantería. Las lenguas romances, al fin y al cabo, nacieron en parte de la degradación del latín, del latín mal hablado. Pero me dio envidia escuchar hace tiempo, en un reportaje sobre los desplazados de Colombia, a un hombre sencillo, un campesino, contar su historia con tal fluidez y exactitud que ya lo quisiera yo en estos lares. Quizá haya que empezar a pedir certificados de castellano para ciertos empleos del mismo modo que se solicitan de vasco, catalán o gallego ahí donde estos idiomas son oficiales. Aunque mucho me temo que es un mero trámite, que también sufren estas lenguas el mismo proceso y pobreza que el castellano.

jueves, 4 de agosto de 2022

Marinus van der Lubbe

 


En 1982 Romain Gourpil presentaba un documental, Mourir à treinte ans, centrado en la figura de su amigo Michel Recanati, que se suicidó en 1978, pero su cinta fue además una exposición de toda una generación, la del Mayo del 68, la que se rebeló contra el (des)orden de un mundo siempre en crisis, quizá el último intento de transformación social, que acabó en puro desencanto, cuando no en decepción, se sucumbió a la evidencia de la imposibilidad de cambiar nada, aun cuando tuviera también algunos hitos, como la Revolución de los Claveles en Portugal que dio la vuelta a una normalidad que se pretendió sin alternativa posible, hasta que lo imposible se hizo posible.  

Se ha estereotipado Mayo del 68 como un exceso de idealismo. Tal vez sea cierto. Las revoluciones no son, por el contrario, la mayoría de las veces, fruto del idealismo, sino de la necesidad. ¿Acaso no es mucho más idealista aceptar como si nada la normalidad de la miseria, la opresión, la precarización de la vida, los empleos mal pagados, las muertes de emigrantes en el Mediterráneo como una mera anécdota, los abusivos beneficios empresariales mientras una parte cada vez mayor de la población tiene que adaptarse a medidas restrictivas?¿Acaso no es puro idealismo pretender paliar las consecuencias de la crisis medioambiental sin tocar ni un ápice el actual modelo económico, industrial y social?

La segunda mitad del siglo XX fue una deriva hacia una sociedad del espectáculo, a veces de un modo tan ridículo que da vergüenza ajena. Hablo, evidentemente, de lo que ocurría en una parte del mundo, prácticamente en Europa Occidental y en los sectores más opulentos de los Estados Unidos, el resto del mundo siguió viviendo no en el idealismo, sino en la necesidad, bajo el colonialismo más abyecto, con guerras por la emancipación o meras concesiones de las metrópolis para no cambiar nada, bajo el racismo, incluso institucionalizado, como lo que ocurría en Sudáfrica o en el sur de los Estados Unidos, o bajo una vida gris y opresiva en los regímenes estalinistas. Sin duda, Mayo del 68 fue un grito de protesta ante tanto absurdo, pero han acabado por incorporarlo, me temo, al espectáculo. Claro que éste se acabó de golpe, en forma de burbujas económicas que petaron repentinamente y fundamentalismos de viejo cuño.

Entramos de golpe en el siglo XXI, cuyo panorama, de momento (terrorismo globalizado, emigraciones masivas, crisis, enfermedad), es harto desolador.

Estos primeros lustros de siglo tal vez resulten bien diferentes a los del siglo pasado, aunque sólo sea porque carecemos de alternativas o éstas no sean de momento tan patentes. Pero estamos reaccionando también a la catástrofe, lo que conlleva no altas dosis de idealismo, sino de necesidad. Al fin y al cabo, en la Revolución de Octubre, que marcó en buena medida el siglo XX, un siglo que acabó con la caída del Muro de Berlín, no fue el ideal lo central ni lo que la impulsó, sino las hambrunas en el campo, la precariedad miserable en las ciudades, la muerte de miles de jóvenes rusos (y de otros países) en una gran guerra que sólo interesaba a los intereses mercantiles que se escondían bajo las banderas. Claro que la atracción de la Revolución de Octubre se acabó bien pronto, cuando la represión se volvió evidente y diez años después hubo una reacción jacobina que transformó el Estado Soviético en una dictadura de partido y en la adaptación de los viejos sistemas de explotación social.



Hay quien intenta recuperar, con la guerra de Ucrania, el viejo enfrentamiento Rusia-Occidente, pero a todas luces como farsa, como bien apuntó Marx respecto a las repeticiones de la historia. Estamos donde siempre estuvimos.

Quizá Marinus van der Lubbe refleje bien la realidad de un siglo XX que se repite hoy. Nacido en 1909 en los ámbitos sociales más empobrecidos de Holanda, tuvo muy pronto que ponerse a trabajar como albañil. No sale de la precariedad más miserable, intuye que la revolución es una necesidad. Se acerca a los comunistas. Tiene un accidente laboral que le deja incapacitado para el trabajo, al borde de la ceguera. Decepcionado por la actitud del estalinismo y de los partidos que lo sustentan de un modo acrítico, se va acercando a posiciones consejistas, una corriente anticapitalista contraria al autoritarismo estalinista, disidente también del trotskismo. Se entrega por completo a la resistencia a la barbarie. Escandalizado por la tibieza del Partido Comunista de Alemania ante el nazismo, acude a Berlín en 1933. Le decepciona que no se responda a la nueva variante de la bestialidad política y que el movimiento obrero no reaccione ante las amenazas fascistas, imbuido como está en la crisis económica. En febrero de 1933 se produce un ataque feroz al Reichstag. Parece un acto desesperado en el que van der Lubbe dice participar, aun cuando los grupos consejistas sean contrarios a los sabotajes individualizados. Lo detienen. Los nazis aprovechan la confusión para acusar a los comunistas de puro terrorismo social y, así, justificar la represión. El Partido Comunista acusa a van der Lubbe de ser un agente encubierto del nazismo. Mientras, no parece que ese joven de veinticuatro años haya podido ser capaz de llevar a cabo el sabotaje. Pero se le condena a muerte y se le decapita en enero de 1934 como su principal artífice.

En 1981 se inicia un proceso de revisión del juicio que le condenó a muerte. Se alega el oscurantismo del caso, aprovechado por los nazis en su propio beneficio, se recuerda el estado mental de Lubbe, desesperado por su enfermedad, y también se sabe que el incendio del Reichstag fue un complot en toda regla. Pero no fue hasta el 2008 que se le absolvió, cuando el siglo XXI va dejando bien claro su deriva. Aunque ahora sabemos que está siendo peor de lo que entonces intuíamos.

domingo, 17 de julio de 2022

Cuando te encuentras a un periodista

 


«¡Cuando te encuentres a un periodista, dale un bofetón!¡Si tú no sabes por qué, él sí lo sabe!»

En 1990 el polémico (y muy cuestionable por ciertas decisiones ideológicas adoptadas en aquel momento) Pierre Guillaume imprimió unas pegatinas con fondo amarillo chillón en las que lanzaba este lema provocador contra los profesionales de la prensa. Cuando acababan los años ochenta y a punto estaba de comenzar la última década de los noventa, el periodismo empezaba a mostrar cierto desgaste y al sector llegaba ya a una crisis provocada por las nuevas tecnologías, entonces aún en sus inicios, también por los cambios geoestratégicos y el triunfo aparente del sistema capitalista, que indujo incluso a pensar que estábamos en el final de la historia.

Claro que debió de ser también determinante, tal vez mucho más, la precarización laboral, muy cruda entre los de este oficio. La precariedad, es verdad, afecta a todos los ámbitos, se acentuó en los noventa y tras el cambio de siglo, pero en una profesión, cuya función, recuérdese, es la de contar la realidad, resulta a todas luces más punzante, sobre todo cuando el periodista se encuentra ante el reto de criticar, informar sobre o azuzar a los poderes políticos y económicos.  

Tampoco podemos olvidar el lado empresarial, sin duda lo que motivó en buena medida la reacción airada del fundador del colectivo y librería homónima La vieille taupe. Los medios de comunicación pertenecen a grupos económicos. Sacar un medio requiere de muchos medios, tanto económicos como técnicos y humanos, al final la rentabilidad se vuelve importantísima, tanto que acaba siendo mucho más fundamental que otros factores, por ejemplo la verdad, algo por otro lado cada vez más etéreo. No digamos la consideración de lo que es importante o no lo eso, lo que es o no prioritario (qué guerras han de conmocionar la opinión pública, a qué refugiados hemos de acoger heroicamente y a cuáles machacar en frontera, qué muertes han de preocuparnos colectivamente, por qué quienes mueren en accidentes laborales, cuantiosos todos los años, merecen menos eco que otras muertes terribles también, etc.).

Orson Welles se anticipó a todo esto en 1941 con su ópera prima, Citizen Kane (“Ciudadano Kane”).

No obstante, el oficio de periodista mantuvo durante mucho tiempo un prestigio enorme, casi heroico. A ello contribuyó sin duda películas y series míticas sobre el sector, por ejemplo Lou Grant, iniciada su andadura televisiva en 1977 y emitida por muchas cadenas hasta mediados de los ochenta, sin duda el detonante de no pocas vocaciones. Alrededor del periodista se creó esa pátina de heroicidad, siempre en busca de la verdad, a menudo a favor de los más endebles, las víctimas de todas las injusticias, enfrentado a conspiraciones tenebrosas de un sistema que no quería dar luz al verdadero poder, el que siempre se agazapaba tras lo formal, el que ponía en peligro al periodista osado, que se mantenía siempre tenaz en su gesta.

Da la sensación de que dicha imagen se diluye en nuestros tiempos. Es verdad que las redes sociales han permitido que surjan iniciativas periodísticas que mantienen vive ese espíritu mítico, pero hay tanta información en las redes que a veces parece nimio el esfuerzo, prevalecen las grandes compañías y el silencio rodea muchas veces la labor de algunos medios.

Además, prevalece más y más el espectáculo. Qué acertado estuvo Guy Debord, cuando en 1967 apuntó el carácter de la sociedad actual. La noria debe seguir girando. Poco importa que se lancen informaciones no veraces, sin contrastar o falsas a conciencias.

Lo ocurrido hace unos días en España con uno de los popes de la información, «más periodismo», y un destacado político ha puesto otra vez en entredicho, tal vez incluso en solfa, una de las profesiones sin duda más atractivas. Sin embargo, una vez más, ha sido polémica por unos días, pocos. Es que vamos acelerados.