sábado, 12 de enero de 2019

«La guerra empieza aquí»


Fue la experiencia directa de la guerra lo que llevó a Vera Brittain a rechazar la guerra como extensión de la política, la guerra como normalidad en la relación entre los países o como respuesta recurrente respecto a los problemas comunitarios a lo largo de la historia. No sólo eso, sino que repudió el discurso del nosotros y del ellos, la identidad grupal, étnica o nacional frente a un enemigo que diluye a los individuos y los convierte en meras piezas a destruir. De ahí que tras la primera guerra mundial se opusiera a la venganza contra Alemania, a la adopción de medidas que colocara a este país en una situación de castigo colectivo que humillara a sus ciudadanos y los culpabilizara por una guerra que tuvo varios responsables, pero que sobre todo respondió a intereses económicos. Se opuso a la banalidad del mal antes de que Hanna Arendt empleara este concepto para referirse a Eichmann, funcionario alemán cuya actividad permitió la muerte de cientos de personas no porque Eichmann lo deseara en sí mismo, sino porque aplicaba simple y llanamente la ley establecida, sin plantearse nada más, no por maldad o deseo del mal, sino porque lo normal, consideraba, era actuar como actuó. No era para Hanna Arendt sólo una cuestión legal, de decisión política, sino que se centró en la ética más personal, la que llevaba a las personas a actuar individualmente en el marco colectivo. Fue lo que hizo Vera Brittain, se enfrentó a esa lógica perversa que llevó a buena parte de la población británica a desear el castigo a los alemanes, a considerar normal que se impusieran sanciones que impidieran que la sociedad alemana se desarrollase a su vez tras las consecuencias nefastas de la guerra porque, al ser derrotados, esa misma sociedad se convirtió en causante de la guerra.

Una experiencia directa de la guerra muy parecida a la que tuvo Vera Brittain llevó a Amos Oz, que falleció el pasado diciembre, a rechazar la guerra latente que ha enfrentado a palestinos e israelíes desde la creación del Estado de Israel. Participó como soldado en la guerra de los seis días y en la de Yom Kipur, vio los efectos del dominio y el enfrentamiento, también asistió a las consecuencias que provocaron esas guerras en ambas sociedades, y eso le llevó a enfrentarse a la misma lógica del nosotros y del ellos, aun cuando él perteneciera a uno de los dos bloques. Fundó la organización Shalom Ajshar (Paz Ahora) que ha buscado desde entonces un espacio común de rechazo a la guerra y a la lógica de la normalidad de las políticas bélicas.

Hay que tener una capacidad profunda de crítica y de cuestionamiento para poder darle la vuelta a toda esa normalidad y confrontarse a una visión de la realidad que sistematiza determinadas conductas colectivas, que mira hacia otro lado o que se justifica en base a la falsa concepción de que ciertas cosas no tienen relación o que la realidad, en el fondo, se compone de piezas sin vínculos entre sí.

En marzo de 2017 Ignacio Robles, un bombero que pertenece a la dotación de bomberos dependiente de la Diputación Foral de Vizcaya, se negó a realizar las labores preventivas de seguridad de la carga de un barco en el Puerto de Bilbao al saber que la susodicha carga era de bombas y el destino de las mismas era Arabia Saudí, un país que llevaba dos años en guerra contra Yemen. Alegó cuestiones de conciencia que sin embargo tampoco iban a perjudicar las labores preventivas, él no lo haría pero llamó para que le sustituyeran. Lo que hizo fue justo lo contrario a lo que hizo Eichmann: asumió las consecuencias que sus actos tenían y respondió con su abstención a participar en lo que consideró un acto de colaboración con el ataque a la población civil de Yemen, aun cuando su gesto nimio no impidió la prevención, sólo la retrasó.

La Diputación Foral de Vizcaya abrió un expediente contra Ignacio Robles que le podía acarrear una suspensión de empleo y sueldo. Dispuso de una red de apoyo social muy fuerte, aunque también es cierto que buena parte de la sociedad asistió a todo este procedimiento con no poca distancia, no dejaba de ser una anomalía a todas luces incomprensible, al fin y al cabo casi nadie se plantea elegir entre su puesto de trabajo, en los tiempos que corren además, y una actitud de rechazo a algo legal, pero a todas luces nada justo ni mucho menos ético. Por lo demás, tampoco el gesto de Ignacio Robles iba a impedir que se enviaran tales armas, las cuales, por otro lado, son una fuente de ingresos para muchas empresas del País Vasco y que crean puestos de trabajo. Además, la construcción de armamento es una actividad normalizada –se emplean armas fabricadas en el País Vasco desde los tiempos de la toma de Granada, nada menos– y a poca gente se le ocurre asociar tal venta con las imágenes de un Yemen destrozado. Tampoco se consideró normal que Vera Brittain rechazara las medidas contra los alemanes tras la primera guerra mundial y no pocas fueron las voces que consideraron a Amos Oz un traidor por sus posiciones contra la guerra.

De Ignacio Robles y de la campaña que llevó a cabo para que el puerto de Bilbao no fuera punto de salida del armamento bélico se habla en el documental La guerra empieza aquí, dirigido por Joseba Sanz y que apoyaron varios colectivos vascos y de fuera del País Vasco. En el documental intervienen, además de Ignacio Robles, trabajadores de empresas armamentísticas, militantes de movimientos contra la guerra, activistas que trabajan la solidaridad con la población yemení, refugiados de este país –porque otra consecuencia de las guerras, de las de Yemen o de cualquiera otro, son los refugiados– y técnicos que muestran las implicaciones económicas del negocio de la guerra, de la tanatopolítica en definitiva.

No es un tema baladí, el propio gobierno de Pedro Sánchez se planteó no vender armamento a Arabia Saudí por ser un país en guerra, aunque al final cedió ante las presiones y las repercusiones económicas que se plantearon. Al fin y al cabo, se llegó a decir, si no las vende España, las venderán otros países, otras empresas. Habrá incluso quien diga que el documental es parcial, se plantea el tema desde la crítica, desde el movimiento contra la guerra, y es cierto, pero otra vez se miran las cosas por separado, el documental es apenas un mensaje en una botella lanzado al mar. La normalidad, el aparato legal y político, la opinión pública miran hacia otro lado, se asume la venta de armas como una actividad más que nada tiene que ver con las fotos de las víctimas de la guerra por la que podemos sentir lástima y piedad, pero que no vemos como víctimas de esas mismas armas con las que nos lucramos. Ignacio Robles es apenas un nombre que apareció de pasada en algunas páginas de algunos periódicos durante el transcurso de su expediente.

Se consiguió que el Puerto de Bilbao no fuera punto de salida del armamento, pero salen ahora mismo del de Santander, lo que confirma de cierta manera la tesis de los más derrotistas que asumen que pocas cosas se pueden hacer contra la realidad, sólo una protesta global que apunte lo cruento de esa misma realidad. Mientras, mueren soldados yemeníes, soldados saudíes y personas de toda edad y condición afectadas por la guerra, los intereses económicos y la tanatopolítica. Forma parte, dicen, de la realidad del mundo.

lunes, 7 de enero de 2019

La mirada literaria de Rafael Chirbes


En la correspondencia entre Carmen Laforet y Ramón J. Sender ambos expresan en ocasiones su preocupación de lo que pueda pasar en España, ese país áspero al que Sender no quiere volver del todo mientras siga vivo y en el poder el dictador, y en el que Carmen Laforet, tan distante de la política y de sus disquisiciones, tampoco se encuentra del todo a gusto por no poco desasosiego ante la realidad del mismo. Temen los peligros de nuevos enfrentamientos, de una revolución posible y no pacífica o una reacción aún más retrograda del régimen. No están sin duda al tanto de los contactos que hay entre una parte del aparato del Estado franquista, consciente de la necesidad de un cambio para que no cambie lo esencial -«Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie», según frase escrita por Giuseppe de Lampedusa en el Gatopardo que sufragarían buena parte de los prohombres del régimen– y una oposición considerada mayoritaria, sobre todo la del PCE, cuya dirección lleva años defendiendo una política de reconciliación nacional, y la del PSOE, que ve la posibilidad de un cambio, de una transición a la democracia que no subvierta el orden del país, oposición mayoritaria que se compromete con esta vía transitoria a una democracia, que en el inicio de tales contactos no está aún plenamente dibujada.

Desde finales de los sesenta y sobre todo en los primeros años de la década de los setenta los contactos se han multiplicado entre ambos bandos que otrora se enfrentaron en la guerra y entre los grupos que conforman cada uno de estos grupos, no siempre de acuerdo en todo. Hay sin embargo la sensación de que se ha avanzado en las negociaciones y en los pactos sectoriales o parciales. Puede parecer que todo estuviera, según fórmula al uso atribuida al Generalísimo, atado y bien atado. Sin embargo, nada hay seguro en realidad. El problema de una dictadura es que no siempre es posible conocer la fuerza del contrincante, más si éste actúa en la clandestinidad, y no todas las fuerzas políticas del momento estaban por la labor de una transición negociada.

Además, la muerte en atentado del Almirante Carrero Blanco, en funciones de presidente de Gobierno, a finales de 1973, y la Revolución de los Claveles cuatro meses después en Portugal dejan bien a las claras que no todo está controlado, al menos en el panorama político. Murió el dictador y se inició buena parte de ese proceso, que estaría en ese momento muy en ciernes, se empieza a dibujar, a dibujar de verdad, claro que no estaba en absoluto todo controlado, las piezas se movían con excesiva velocidad y no siempre en la forma deseada. No obstante, el proceso siguió adelante y da la sensación de que el resultado es el que estaba previsto, aun cuando las cosas no se sucedieron del modo ejemplar que se deseó –y que se pretendió hacernos creer– y la violencia estuvo a la orden del día y hubo momentos en que todo podía torcerse sin remedio.

Se impuso una interpretación semioficial, la de la ejemplaridad de la transición, ahora puesta en duda más allá de aquellos ámbitos radicales que en absoluto estuvieron de acuerdo con la misma, bien porque deseaban una ruptura con el franquismo, en sectores de extrema izquierda o del independentismo vasco, bien porque consideraron que el cambio fue en sustancia una traición al alzamiento nacional del 18 de julio. Tras tres decenios en que parecía haberse aceptado la ejemplaridad de la transición, se plantea que tal vez es momento de una segunda transición y de un cuestionamiento de la tesis ejemplificadora de esta misma transición.

Resulta en todo caso difícil hacer un juicio absoluto de lo que ocurrió realmente y de lo que hubiera podido ocurrir si las componendas hubieran sido otras. Tan difícil como revivir lo que ocurrió en las calles de las ciudades y pueblos de España para poder deducir las causas y los efectos de lo que ocurrió en esos años de la transición o para conocer los motivos que llevaron a que las cosas sucedieran del modo como ocurrieron, si es que aceptamos que la historia no está por fuerza determinada y en cada momento hay opciones diferentes que se plantean y la realidad, por variados mecanismos que no siempre apreciamos en su conjunto, se decanta sólo por una de ellas.

Por lo demás, la Historia es siempre interpretativa y salta a la vista que, siendo un hecho tan reciente, cada historiador optará por una interpretación según su punto de vista, la ideología que defienda, la militancia que haya podido tener o por el modo cómo le haya ido en tal proceso.

Una vez más hay que acudir a la literatura para discernir algo de esa intrahistoria de la transición.  Son muchos los escritores, novelistas sobre todo, que escriben sobre esos años de cambio, y sospecho que en los próximos años serán muchos más los que escriban al respecto, aunque sólo sea por cuestión autobiográfica de muchos de los autores de hoy, además del interés que tiene la época, en un momento además en que se pone todo patas arriba.

De entre todos estos autores que han escrito hasta ahora, llama sin duda la atención la mirada de Rafael Chirbes (1949-2015) por recoger en gran medida aspectos muy concretos de esa intrahistoria y describirla de un modo que nos permite comprender no pocos elementos que se estaban viviendo en la cotidianidad del país. Es evidente que se trata de novelas, y las novelas no son tratados de historia, responden a otras lógicas y a otros mecanismos, pero no dejan tampoco de describir en muchas ocasiones lo que está ocurriendo en la realidad, y Rafael Chirbes lo consigue plenamente, desgrana las relaciones entre las personas, entre las clases, entre los diferentes grupos sociales, y a partir de aquí se van apreciando elementos que muchas veces los estudios sociológicos no son capaces de describir en toda su envergadura.

Y Rafael Chirbes dio en el clavo cuando refleja la posición posibilista y pragmática de la burguesía española ante los cambios que se avecinan, que están ya ocurriendo, intuyéndose sin duda entre quienes no están en el meollo de la política del momento. Es la actitud que adopta Tomás Ricart en La caída de Madrid. Tomás es hijo y heredero de José Ricart, el patriarca empresarial de la familia, antiguo soldado del bando nacional, franquista hasta la médula, atemorizado por la segura muerta del Caudillo –la historia ocurre a lo largo de una jornada, la del 19 de Noviembre de 1975– y los cambios que puedan darse y que sin duda afectarán a su emporio empresarial. Tomas, sin embargo, no comparte los temores de su padre, tampoco sigue los dogmatismos neofranquistas de su hijo menor, Josemari, enfrentando al otro hijo, Quini, comunista de grupúsculo radicalizado, Tomás lo que sabe es que, pase lo que pase, él continuará con sus negocios, con su trabajo, le da igual hacia donde vayan las cosas, no se interesa por disquisiciones que se le escapan, sin duda está convencido de que al final no va a pasar nada que afecte a su cotidianidad.

Este autor consigue describir en su trilogía formada por la novela citada y por La larga marcha y Los viejos amigos, también en otros de sus libros, por ejemplo En la lucha final, esa intrahistoria tras la guerra civil, durante los años de dictadura y en la transición. Refleja bien a las claras los cambios del propio régimen, el peso cada vez menor de los factores más ideológicos –los que sirvieron a la larga sólo para ganar la guerra y aposentar el nuevo Estado, lo refleja muy bien Dionisio Ridruejo–, va ganando terreno los elementos más pragmáticos, y de este modo las historias de la guerra van ocupando apenas algunos ritos del país, cada vez menos, y a partir de los sesenta los empresarios se ocupan de lo suyo, de fortalecer sus empresas, aprovechando los resquicios que brinda el régimen, mientras los trabajadores van dejando atrás también la miseria de la posguerra y muy sutilmente van también aposentándose, el paternalismo del régimen permite que ganen lo justo como productores que también los considera, que compren sus pisos, que se sientan partícipes en lo material de la prosperidad, de este modo se evitarán problemas, ya se sabe que las revoluciones se dan cuando ya no queda nada que perder.

Rafael Chirbes describe ese estado social latente que explica no pocas cosas de ese momento y del actual, al fin y al cabo estamos en la continuidad de lo que fue. Lo consigue también Ignacio Martínez de Pisón –puede que junto a Rafael Chirbes sean los dos autores que mejor han descrito la cotidianidad de aquellos años– y Javier Pérez Andújar en Catalanes todos, recogen bien a las claras un estado de ánimo colectivo, con sus sombras, muchas sombras, bastantes de ellas meras hipocresías de un convencionalismo social que parecen responder vagamente a la máxima de Groucho Marx: tengo estos principios, pero si no le gustan, tengo otros.

martes, 1 de enero de 2019

Correspondencias de la posguerra española


En esa Europa tan convulsa del siglo XX, ese siglo XX real que Tariq Ali sitúa en Miedo a los espejos entre la Iª Guerra Mundial y la guerra de los Balcanes, en un círculo histórico iniciado y terminado en Sarajevo, España tiene un lugar bastante destacado. La Guerra Civil española es un capítulo esencial en el que se enfrentan varias formas de entender el mundo. Es por ello, sin duda, que el mundo entero contempla a este país donde se está poniendo en juego la difícil estabilidad europea. Sin duda la guerra de España y sus circunstancias están ahora mismo entre las cuestiones más estudiadas de la historia contemporánea.

Esa primera gran guerra con que se inicia el siglo significó para España, de algún modo, un momento de cierta expansión. La no participación del país en el conflicto le valió aumentar sus exportaciones y que algunos capitales extranjeros entraran en España. Sin embargo, eso no se tradujo en una mejora del bienestar generalizado, del mismo modo que el imperio español no sirvió tampoco para una mejora de su población, el dinero se iba en guerras y corruptelas. La situación en el campo –se trataba de un país en esencia agrícola– era pésima, con grandes latifundios en el sur y centro o pequeñas propiedades en el norte, donde el liberalismo, a partir de la desamortización, había privatizado en gran medida las tierras comunales. En las provincias más industrializadas, Madrid, Barcelona o Vizcaya, en menor medida Asturias por la minería y algunas pocas ciudades más, la clase obrera padeció unas condiciones nefastas como reflejan en sus novelas Pío Baroja, Emilia Pardo Bazán, Clarín o Benito Pérez Galdós, entre otros. El sindicalismo pronto entró en España y fue curiosamente el anarcosindicalismo, a diferencia de lo que ocurría en otros países, la corriente que mantuvo una fuerza más amplia en buena parte del país, lo que tendrá su importancia, aunque esto es otra historia.

Hasta la Guerra Civil, que se inicia en 1936, España pasa por tres modelos de organización política: la Restauración, la Dictadura (dictablanda, según algunos) de Primo de Rivera y la República. Será por la distancia temporal, será por una cierta incapacidad española a contemplar su propia historia, estos tres momentos han quedado en gran medida diluidos en el recuerdo, lo que se llama con cierto pedantismo el imaginario colectivo, y eso que la vida en la República se ha reflejado una y mil veces en el cine o escritores como Josefina Aldecoa han tratado algunos aspectos del momento, en su caso los avances pedagógicos. Poco importa que haya habido en los últimos años un repunte del republicanismo español, en ocasiones con cierta tendencia a la idealización, a exaltar las virtudes y olvidar sus carencias, la verdad es que la vida cotidiana de aquel momento se empieza a borrar poco a poco: la memoria, pese a todo, no parece característica muy común, reflejo estereotipado del sanchopanzismo hispánico, tan ávido de permanecer en su rincón y en su presente más inmediato.

Es cierto que la brutalidad de la propia guerra civil, con la salida al exilio de cientos de miles de personas, una buena parte de la intelectualidad entre ellas, contribuyó a que pocas ganas de recordar nada quedasen en el país. Los años de posguerra, además, fueron lo bastante duros como para que la gente se centrara en sobrevivir. Claro que a mediados de los cincuenta las cosas empiezan a cambiar, hay una ligera mejora económica, aumenta la industrialización, aunque, eso sí, ya es más que evidente que la dictadura se mantiene y, más allá de los gestos simbólicos, ningún país cuestiona la situación. En la España del interior parece que hay un punto y aparte respecto al pasado reciente, incluso cuando se refuerza la oposición interior al régimen franquista.

En la España del exterior, la que forman los exiliados, también los emigrados posteriores, hay un recuerdo de España muy vivo, pero a todas luces se trata de una España diferente a aquella en la que viven los españoles del interior: la de los primeros, los exiliados, es la República Española la que se recuerda, esa es su España, su patria en un sentido emocional, la que lleva a Max Aub a sostener que él pertenece a una España que no es la de la Península Ibérica, mientras que los emigrados y la España interior viven en otro país, en este caso en un país más real, sin duda, aunque sólo sea porque es un país que está situado en el presente.

Puede parecer que no hubiera puentes entre aquellas dos Españas, pero los hubo, y fueron los escritores, en general la gente de la cultura, quienes mantuvieron el contacto con más intensidad. Leopoldo Panero, poeta, falangista adscrito durante la guerra, hombre del régimen, pese a todo, será el encargado de poner en marcha en Londres el Instituto de España, llega a la capital británica en febrero de 1946 y desde esa fecha se relaciona con Luis Cernuda, exiliado allí, tal como describe de un modo emotivo y lírico Felicidad Blanc, la esposa de Panero, en Espejo de sombras. Otro falangista y poeta, Dionisio Ridruejo, hará también de puente, no sólo entre escritores, también entre políticos, sobre todo cuando sus diferencias con el régimen se vuelven más y más evidentes, hasta el punto de colgar la camisa azul. Otros escritores menos politizados o de otras corrientes mantuvieron correspondencia. Hay una reflexión sobre la historia reciente del país. Claro que eso no significa que ambos lados estuvieran al mismo nivel. De modo alguno, ni se plantea siquiera: nadie puede olvidar que fue una de las partes la que se levantó contra la otra, la que comenzó la guerra, por muchas que fueran las carencias y las deficiencias del poder establecido en ese momento.

No obstante, no todas las relaciones entre escritores tuvieron como base la confrontación dialogada de la política. En España surgió una nueva generación de escritores que nacieron sin apenas referencias de su generación anterior y que buscarán la forma de reestablecer la conexión literaria rota por la guerra. Es cierto que se quedaron algunos poetas y novelistas que ya tenían su reconocimiento, pero también lo es que muchos se marcharon y que nada fue igual. Con la guerra se acabó la edad de plata de la literatura española y hubo en cierto modo que empezar de cero. Las relaciones se reestablecieron muchas veces desde la más pura cotidianidad y desde la literatura, como Carmen Laforet y Ramón J. Sender, que se conocieron y se escribieron durante años.

Son dos escritores considerados muchas veces como rara avis en el mundo literario español –del interior o del exterior–, parecen vivir un tanto al margen del resto de escritores, aunque no es del todo cierto. Lo que ocurre es que hay una vivencia particular en cada uno de ellos, circunstancias que les lleva a una determinada actitud ante la vida y ante la literatura. Antón Castro habla, en el caso de Ramón J. Sender, de un escritor constante, que escribe como exorcismo personal, con una necesidad de vaciarse, de huir del dolor a través de la creación, mientras que, por su parte, Carmen Laforet parece estar dominada por la inseguridad, da una y mil vueltas a su trabajo, siempre con una necesidad de escapar del lugar donde se halle, un deseo de cambiar de ciudad, de país incluso, aunque no acabe de dar el paso, salvo el periodo de tiempo que pasa en Roma, donde, por cierto, se relacionará con Rafael Alberti y María Teresa León.

Ambos mantienen una correspondencia intensa a partir de 1965, después de conocerse en Los Ángeles, durante el viaje cultural que realiza Carmen Laforet por los Estados Unidos, invitada por algunas instituciones del país. Hasta ese momento, se conocen sólo de oídas y se han leído. Hubo una carta de Ramón J. Sender a Carmen Laforet en 1947 en la que el escritor aragonés le expresa su admiración por la novela Nada, con la que había ganado el Premio Nadal en 1945, pero la escritora no le responde, en ese instante no sabe nada de él, se trata de uno de los muchos admiradores encandilados por su magnífica novela. Lo va descubriendo sin embargo después, cuando empieza a leer alguna de sus novelas. A partir del momento de encontrarse y conocerse, se escriben a menudo, se cuentan sus cotidianidades y rutinas, sus estados anímicos, sus miedos y circunstancias, hablan de sus respectivos trabajos literarios y de un modo tangencial de las respectivas sociedades donde ambos viven, a veces con un sentimiento de aspereza, de desasosiego.

En 2003 la editorial Destino, ambos mantienen una estrecha relación con ella, están muy ligados a esta editorial, publica dicha correspondencia. No pensarían ninguno de los dos escritores que sus cartas salieran publicabas, que fuesen leídas más allá de ellos mismos, las escribieron para un único receptor. A veces uno duda de la idoneidad de que lo privado salga a la luz. Aunque es evidente que las cartas resultan un testimonio de su estado de ánimo y de una mirada sobre su tiempo bastante interesante, aun cuando vulneremos su intimidad, rompamos ese tono intimista creado entre ambos escritores, en un tiempo poco propicio para estas relaciones afables y sinceras, que al final son las más deseadas, las que causan una envidia más que notable.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Tariq Ali, «Miedo a los espejos» y la historia


Organizamos el tiempo en horas, días, semanas, meses, años o siglos, y no hay duda que en gran medida esa organización del tiempo es una convención que parte de la necesidad de organizar nuestras propias vidas, que son temporales sobre todo porque son finitas. Es Cronos, el tiempo del calendario que nada tiene que ver con otros conceptos temporales diferentes, el tiempo de Aion o el tiempo de Kairós.

El ser consciente del paso del tiempo, no sólo en lo que se refiere a nuestras vidas individuales, aquello que transcurre entre el nacimiento y la muerte, sino como especie, nos conduce a la percepción de la historia, de la Historia de la humanidad, de la Historia de los clanes, de los pueblos, de los países o de los continentes. Durante siglos la Historia era sobre todo una crónica que buscaba muchas veces resaltar al grupo, a un Nosotros que se diferenciaba y a menudo se enfrentaba a otro grupo, el ellos. Era a todas luces una historia parcial, épica, identitaria, que buscaba –busca, en la medida que persiste aún hoy en los discursos nacionalistas– afianzar los lazos entre los individuos, exaltando lo colectivo, sobre todo en una época como la actual, tan individualista y que tiende en ocasiones a reconocer la pluralidad interna de las sociedades, algo que todo nacionalismo rechaza por principio. En este sentido, se uniformiza el pasado para uniformizar también la sociedad y se teje una historia con triunfalismo y exaltación.

Pero el siglo XIX comenzó a variar este concepto de Historia. Se acudió a la objetivación de los datos explicados de un modo concreto, sistemático, basado en datos documentales, aun cuando se mantuvo muchas veces una perspectiva concreta, la del poder, la de los poderosos, la de la casta, el estamento o la clase social que mantuviera en cada momento concreto los aparatos de dominio social. Claro que también surgió un acercamiento a la historia desde diferentes puntos de vista, no siempre el punto de vista de los de arriba, sino el de los de abajo. Se dio sobre todo a lo largo del siglo XX este nuevo acercamiento a la historia, muchas veces con una perspectiva añadida emancipatoria. Ante la objetivación de los datos, lo que se imponía también era la interpretación de la realidad, una interpretación que muchas veces ayudase a entender donde se estaba y lo que cada cual era en esa sucesión del tiempo.

Interpretación que no es invención, hay que tenerlo muy presente, sino una valoración de los hechos. Nada tiene que ver con esa tendencia actual, muy entrado ya a estas alturas el siglo XXI, de establecer relatos a partir de los hechos, porque los hechos los podemos interpretar, pero no establecemos con ellos un relato, lo cual no sería histórico porque a todas luces es un concepto literario. De hacerse así estaríamos hablando de otra cosa, de literatura, no de historia, y menos aún de una historia contemplada con los criterios establecidos en nuestra época.

Claro que, también es cierto, la literatura ha ayudado en muchos momentos a entender mejor ciertas épocas de la historia. Marx manifestó alguna vez que había aprehendido mucho mejor los mecanismos de la sociedad de su tiempo en las novelas de Balzac que en ensayos sesudos que muchas veces reproducían visiones prestablecidas y parciales. Pero con ello no estamos diciendo que la literatura interprete la historia, ni siquiera la literatura realista del siglo XIX, sino que por ese carácter que le brinda el realismo se puede contemplar el mosaico social con una perspectiva diferente y conocer algunas normas sociales. Pero las reglas de todo relato son los de la verosimilitud, no las de la descripción fiel de la realidad.

De este modo, cada época se puede contemplar a partir de dos espejos, uno plano, el de la historia, otro curvo, el de la literatura.

Tariq Ali es, en este sentido, un brillante observador de la realidad del siglo XX y ha escrito sobre el siglo pasado con especial asiduidad. Ha interpretado desde sus posiciones críticas los hechos y las políticas, sobre todo las de finales de siglo. Pero también es un escritor sobresaliente que ha sabido transmitir detalles de la realidad que hubieran pasado desapercibidas si la literatura no las hubiera hecho suyas.

Si las novelas de Balzac nos muestran la sociedad del siglo XIX, la novela Miedo a los espejos de Tariq Ali, escrita en 1998, nos da una perspectiva efectiva del siglo XX. Pero no el siglo XX del calendario, el que comienza el primero de enero de 1901 y termina el 31 de diciembre de 2000, sino el siglo XX real, puesto que, como ocurre con todos los siglos, no hay coincidencia entre las fechas y lo que podemos considerar su esencia secular, aquello que le caracteriza. En gran medida, el siglo XX comienza con la Iª Gran Guerra, que empieza a su vez el 28 de junio de 1914 con el atentado de Sarajevo contra el archiduque Francisco Fernando de Austria, pero sobre todo con la Revolución Soviética de 1917, y termina con la caída del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989 y la guerra de los Balcanes, con Sarajevo de nuevo como ciudad por desgracia protagonista. Los primeros catorce años del siglo XX son un apéndice del XIX y el último decenio del mismo es una tierra de nadie hasta que el atentado de las Torres Gemelas nos mete de lleno en el siglo XXI.

Apreciamos en su novela lo que fue la lucha intensa por la transformación social a partir de unos personajes que viven con intensidad la política europea del momento, todo ello a partir de la perspectiva que nos brinda el narrador, Vlady Meyer, un profesor universitario de literatura que será purgado de la Universidad con los nuevos tiempos pese a sus publicaciones y haber sido disidente político de la República Democrática Alemana, que le cuenta a su hijo Karl, una promesa política de la socialdemocracia tras la reunificación, la vida de su familia desde la esperanzadora pero al final frustrante revolución soviética y ese compromiso fervoroso con el socialismo revolucionario, fervor que en él deviene sobre todo en frustración.

Es por tanto un relato –aquí sí, porque se trata de una novela– que comienza hace cien años y nos marca hasta qué punto los tiempos son diferentes, ahora que estamos abocados a un desencanto permanente y lo que domina como actitud es el posibilismo de Karl, que hoy vemos también en grupos que en algún momento se han proclamado novedosos y rupturistas, pero que en realidad nos reconducen a muchos al mismo sentimiento desencantado de Vlady. Puede incluso que el desencanto político sea en realidad el tema de la novela, un desencanto ante el proceso histórico que les obligó a tomar otra vez partido, desencanto por la solución al final aplicada, desencanto ante cómo han evolucionado las cosas. Es ese mismo desencanto que vivieron quienes actuaron con firmeza por un mundo mejor y vieron arrogarse unas experiencias autoritarias muchas de ellas de una tiranía espeluznante, sobre todo si tenemos en cuenta la voluntad de emancipación que había en aquellos hombres y mujeres activos, militantes y afanosos por ver una Europa tan diferente de la que resultó en su momento y de la que al final ha resultado.

Junto al desencanto general, la Europa del siglo XX se nos aparece también como escenario y protagonista, con toda su grandeza y toda su miseria, con unas generaciones que en su momento central lucharon, sí, con esmero y no poca dignidad, aportando muchas veces lo mejor de sí mismos, pero sin que los frutos de tal activismo consiguiera ni por asomo construir un mundo nuevo, más bien al contrario.


jueves, 13 de diciembre de 2018

Vera Brittain, «Testamento de juventud»


El pasado 11 de noviembre se conmemoraba el centenario del armisticio que daba fin a la primera guerra mundial. Fue una confrontación cruel y, aunque sin duda hubo antes otras guerras igual de funestas y sangrientas, lo que cambió esta vez es que nunca hasta entonces un enfrentamiento armado había adquirido una dimensión tan global: la conflagración que se inició en 1914 afectó a todo el planeta. También nunca se vio tan claro la vinculación de la guerra con los intereses económicos de los países enfrentados, quedó a la vista de todos que lo que la motivó fue la necesidad de expandir el comercio de cada país por encima del de los otros países, la necesidad de crear nuevos mercados y expoliar los recursos de otras tierras.

Desde luego no fue desacertado, con independencia de la evolución posterior, que el movimiento obrero en ciernes, organizado a lo largo del siglo XIX y que con el cambio de siglo se convirtió en un protagonista esencial en Europa y Estados Unidos, llamara a sus secciones a no participar en una guerra que era el reflejo de los intereses de las burguesías nacionales y a intensificar la lucha de clases interna en cada Estado e Imperio con la que romper esa lógica y conseguir la transformación social. Proclamaron para ello el internacionalismo como herramienta de solidaridad de los explotados, que no debían caer en la trampa del patriotismo, el nacionalismo y el chovinismo, que era a lo que apelaron las clases dominantes para convencer a sus pueblos de que se mataran unos a otros. Sin embargo, no fue posible romper con esa lógica nacional que anteponía la idea de la patria a los propios intereses de clase. Millones de trabajadores murieron en una sangría en nombre de la patria y en beneficio de sus respectivas élites.

Pero los efectos tremendos y atroces de la guerra no pudieron dejar indiferente a quienes fueron testigos de las mismas. Hay que tener además en cuenta que, aun sin llegar a los niveles de la segunda guerra mundial, la guerra afectó a la población civil en mayor medida que en guerras anteriores. Pero a su vez el empleo de nuevas tecnologías –por ejemplo, la aviación– o nuevas armas –el gas mostaza entre otros gases mortíferos– produjeron a miles de soldados unas heridas terribles mucho mayores y más horrendas que la de la última guerra conocida en Europa, la que enfrentó a Francia y Prusia, y que llevó a Émile Zola a escribir un cuento sobre unos soldados de ambos lados que se negaron a combatir tras una noche en la que todos ellos vieron en un mismo sueño una campa ensangrentada, ensangrentada con la sangre de sus cuerpos. El pacifismo, que hasta la primera guerra mundial fue algo propio de pequeñas corrientes religiosas –menonitas o sociedades de amigos– o de algunas tendencias anarquistas –los partidos y organizaciones revolucionarias estaban contra aquella guerra por su carácter de clase, pero no desechaban el uso de la violencia para afianzar la revolución–, aumentó considerablemente por la vía de la vivencia y la experiencia.

Vera Brittain fue una de las figuras que, por esta vía de la propia vivencia directa y una profunda reflexión, levantó al terminar la guerra la bandera del pacifismo. De familia adinerada, ella y su hermano Edward se relacionaban con jóvenes ricos y cultos que estudiaron en institutos de élite y soñaban con formarse en la Universidad de Oxford y dedicarse, muchos de ellos, a la literatura. El inicio de la guerra, en 1914, se cruzó en su camino y la lealtad a la patria y un sentido del deber que anteponía su pertenencia a la nación a una reflexión sobre lo que eso significaba hizo el resto. Su hermano, sus amigos, entre ellos el enamorado de Vera Brittain, Roland Leighton, se alistaron en el ejército, con el beneplácito e incluso el aliento de la valiente muchacha, que había superado las trabas de la sociedad británica post-victoriana y se había presentado al examen de ingreso en una escuela universitaria adscrita a Oxford.

Ella misma se incorpora al cuerpo de enfermeras británicas en la Europa Continental y ve el sufrimiento que causa la guerra en los soldados caídos. Asiste incluso a los soldados alemanes heridos y le impresiona la muerte de uno de ellos al que intenta ayudar moralmente. Es una muerte que se produce después de la de Roland, pero anterior a las de sus amigos y su hermano. Vera Brittain no celebra el armisticio con la alegría patriótica de sus conciudadanos, sino que supone para ella el inicio de una reflexión que le llevará a tomar una actitud en los debates sobre lo que hay que hacer con Alemania: no admite el ánimo de venganza que defiende parte de la población británica. Retoma sus estudios, los culmina, pero esta vez su afán por ser escritora le lleva a tomar la pluma en defensa de sus ideas pacifistas. En 1933 publica Testamento de Juventud, que tendrá continuidad en Testamento de amistad (1940) y Testamento de experiencia (1953), trilogía que será una autobiografía y una reflexión sobre lo que es la guerra. No es muy entendida en un momento en que la guerra de España, la de Eritrea y, por último, la segunda guerra mundial exalta sobre todo el mismo ánimo patriótico que existiera unos años atrás.

En 2015 James Kent realizó una película basada en el primero de los libros de la trilogía de Vera Britrain y a la que puso el mismo título, Testamento de Juventud, con la actriz sueca Alicia Vikander en el papel de la autora. No sólo recoge a la perfección el libro autobiográfico de la escritora inglesa, sino que además es de una enorme belleza visual en su primera parte, y de una profundidad tremenda a medida que nos sumergimos en la guerra y asistimos al horror del enfrentamiento. Por último, vemos la evolución interna de la protagonista que le lleva a su compromiso. De este modo, la película, al igual que el libro de Vera Brittain, es un alegato contra la guerra y contra la política entendida como punto de partida para la venganza y el enfrentamiento entre poblaciones, que son siempre las que más pierden en las guerras.

Es también una película ligada a otras cintas que critican abiertamente la guerra y muestran bien a las claras lo absurdo de las políticas basadas en el enfrentamiento entre naciones y pueblos. En 2005 Christian Carlon lleva a la pantalla un hecho acaecido también durante la primera guerra mundial, Feliz Navidad, que narra la decisión de unos soldados británicos, franceses y alemanes de detener por unas horas el enfrentamiento, salir de sus trincheras y pasar juntos la noche de Navidad, algo que escandalizó a los correspondientes estados mayores y mereció el castigo a los oficiales al mando. Y, cómo no, hay que referirse a Senderos de Gloria (1957) en la que Stanley Kubrick nos muestra cómo el fervor patriótico pasa por encima de la vida de unos jóvenes soldados a los que los altos mandos no dudaron en poner en peligro pero a los que el coronel Dax intenta salvar mediante la retirada de sus posiciones cuando ve claro que no tiene sentido mantenerlos allí, por lo que será juzgado. Como en las otras dos películas, destaca el choque entre los ideales patrióticos y la vida de una población que poco o nada tiene que ver con los intereses de quienes tienen el poder. Clama al cielo que en estos cien años desde el armisticio de 1918 no hayamos salido de la lógica chauvinista de las patrias y la guerra como medio de hacer política.

sábado, 8 de diciembre de 2018

Música y visiones de la realidad


Mikel Laboa fue en efecto un punto de inflexión, un cantante que innovó y experimentó, que introdujo nuevos elementos a la música vasca, hasta ese momento muy melódica y popular, muy enlazada a una tradición agrícola y marinera, a una tradición de caseríos y de puertos pesqueros, de arrantzales y de baserritaras como reflejo de la simplicidad de la vida popular vasca de la que se pretendía descender directamente, con una mitología propia mantenida pese a todo, pero sobre todo pese a una sociedad que en realidad hacía tiempo que había dejado de ser de un modo central agrícola o marinera para convertirse en urbana e industrial. Tampoco era el vasco, si alguna vez lo había sido en realidad, un pueblo aislado del mundo. Sin duda es una idea falsa, un tópico, la del aislamiento de los vascos, al fin y al cabo los valles de Vasconia nunca dejaron de ser un espacio surcado por numerosos caminos, un lugar de paso y por tanto de intercambios de todo tipo.

Ni Mikel Laboa ni ninguno de los cantantes del grupo Ez dok amairu fueron por otro lado ajenos a lo que pasaba fuera, a la música latinoamericana o a la más cercana música francesa, ni mucho menos a los cantautores españoles, que en aquel momento, a partir de los sesenta y setenta, se hicieron muy presentes en España, o del Fado portugués, por seguir en la península y en la cercanía del País Vasco.

Pero además,  en los años setenta, surge el llamado rock radical vasco, con un entramado de bandas de estilo bronco y metálico, con letras incendiarias y que se referían al mundo de las industrias y de la crisis de los setenta, crisis mundial pero que en el País Vasco, además, tuvo connotaciones políticas muy importantes, con movilizaciones enormes y unos proyectos revolucionarios, o por lo menos rupturistas, bajo los cuales existió un magma de fatalidad que fue ocupando muchos espacios juveniles, tan afectados por la droga, el pesimismo y la falta de perspectivas personales.

Entre la música tradicional, aunque renovada y con ganas de experimentación, y el rock radical, apareció Itoiz, una banda mítica de rock que surgió en 1976 y que se adentró en los ochenta, que fue sin duda una primera expresión de algo nuevo, sin duda una exigencia de algo nuevo que se estaba necesitando, y que, dicen, sacó a la luz la que se considera la mejor canción de amor de la historia musical vasca, Lau teilatu. Itoiz tuvo un sonido también muy urbano.

No hay que olvidar, aun cuando haya pasado a un segundo plano en las interpretaciones de la historia reciente del país, que hubo un peso industrial enorme y existió una cultura obrera de que la que el rock radical fue un evidente retoño no siempre deseado. Es la Vizcaya reflejada por Daniel Calpasoro en Salto al vacío y de la cual, parece ser, todos reniegan porque parece que los gestores de lo público muchas veces están tentados por volver a la imagen idílica que nos ata a lo tradicional o a lo sumo o a una necesidad de épica que lo reduce todo a la cuestión nacional, no siempre contada además en toda su amplitud, en estos tiempos en que todo se redecora una y otra vez.

Hoy Mikel Laboa y los cantantes del grupo Ez dok Amairu siguen felizmente presentes en la cultura del país. Sale su música en recopilaciones y nuevos formatos, e incluso algunos de los cantantes siguen actuando e influyen sin duda en algunos de los cantantes y grupos actuales. Mientras, da la sensación de que el rock radical vasco ha pasado también a un segundo plano, como la historia obrera de Bilbao y de muchas localidades de Euskal Herria. Supongo que forma parte de un cambio social enorme, nadie en la década de los ochenta imaginaría que el país, treinta años después, sería tan diferente, tan tranquilo y apacible, con sus claroscuros, como todas las sociedades europeas, pero nada que ver con aquellos años cuanto menos virulentos.

Y sí, en efecto, salen nuevos cantantes y nuevos grupos, que se van haciendo su sitio desde los noventa, pero sobre todo con el cambio de siglo. Cantan en castellano y también en euskera, este idioma pasa a ser también un idioma usado y extendido cada vez más en la cultura de los territorios, con influencia de la música tradicional, sin duda, pero no siempre de ella, porque la influencia de otras músicas se hace cada vez mayor y aparecen nuevas melodías y nuevos tonos, también se renuevan los temas que se cantan, que están más ligados a lo cotidiano.

Uno de los grupos que surge con el cambio de siglo es Kerobia. Se trata de una banda navarra que se disuelve en 2014 y que en su camino dejan 6 álbumes, numerosos conciertos y, lo que es también muy interesante, una estrecha colaboración con otros ámbitos culturales, como ilustradores, videógrafos o artistas plásticos, en los que intervienen nuevos formatos tecnológicos, algo muy propio de estos tiempos.

Xabi Bandini, el cantante de Kerobia, marcha a Madrid y se dedica a otros menesteres en ese intenso enjambre cultural de Lavapiés, tan minimalista pero también tan interesante y atractivo, y sobre todo tan variado. No parece que estuviese en su cabeza la idea de seguir su carrera musical, pero uno se imagina que es difícil desprenderse de cualquier modo de expresión artística. En un mundo tan falto de certezas, donde nada es seguro y todo se fusiona, lo cual tampoco es negativo, al final hay que recurrir a la expresión que uno conoce, es inevitable porque es una forma, también, de entender el mundo y entenderse a uno mismo y de seguir vivo.

Graba en su propia casa y salen unas canciones que acaban agrupadas en un disco recién salido, nada menos que a principios de octubre, bajo el nombre de begibakar, que literalmente significa un solo ojo, el modo vasco de denominar al Cíclope, lo que da una idea también de la necesidad de acudir al mito, si es que alguna vez hemos salido del lenguaje mitológico, y por ende poético, para hablar del mundo. Sale de este modo un disco melódico, intimista, con sones que recuerda aquella música a la que se puso la etiqueta –odiosas etiquetas– de indie, tan en boga durante el salto de siglo.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Mikel Laboa y las contraesencias esenciales


Dan no poca pena estos tiempos que confunden ocio y cultura, que restringen lo cultural a una parte del esparcimiento, de la diversión y de la holganza, cuando no lo convierten en negocio, directamente, un mero atractivo para turistas o para el fin de semana, una forma de pasar el tiempo, sin que nada tenga que decirnos, un mero barniz, a lo sumo útil para poder hablar de algo cuando no se tiene nada que decir. Malos tiempos para la lírica, sin duda, y para cualquier cosa que invite a la reflexión. O, peor aún, a la crítica. Claro que tampoco debería ser algo sesudo, y mucho menos elitista. La cultura no es sólo, no debería serlo, para los que tienen dinero y tiempo, para los burgueses de hogaño o los nobles de antaño. Hay también quien sostiene que la cultura es algo así como el alma de un pueblo, algo tremendo si se piensa bien por lo trascedente que resulta, en un momento además en que crecen los discursos identitarios, siempre excluyentes y favorecedores de muros que separan en vez de juntar, unir y mezclar. 

Mikel Laboa, que murió hace justo diez años, se burlaría de estas cuestiones previas sobre la cultura, él que se tomaba sin duda muy en serio la canción, la poesía, lo reflexivo; él que recogió tantos cantos populares de Vasconia y los recuperó incluso para la cultura urbana de unas provincias que ya no eran esa arcadia campestre de txapela, txistu y kaiku, aun cuando la encontremos todavía entre los verdes montes de Zuberoa, en los valles de Navarra o en Carranza, pero también supo innovar y experimentar con el lenguaje, tanto musical como poético, incluso jugar con onomatopeyas y divertirse con la música. También hay lugar para la diversión.

Justo es eso la cultura, un ámbito en que se entrelazan tradición e innovación, se experimenta con las palabras y la armonía, se vuelve atrás para recuperar formas antiguas o se inventan nuevas fórmulas urbanas o puede que gamberras. Mikel Laboa supo caminar por entre sendas muy variadas, algo que a veces no sentó bien a los guardianes de las esencias, que los hubo y los habrá, por desgracia. También acudió a otro factor imprescindible en cualquier cultura que se precie: a lo exterior, a las influencias externas tan necesarias siempre. Toda cultura que se encierre en sí misma muere sin remedio. Cualquier persona que escriba,  que cante o que pinte y que no lea, escuche o contemple lo que se haga en otros sitios está condenada a repetirse una y otra vez, y a apagarse como artista. Mikel Laboa era un admirador de Atahualpa Yupanqui, de Violeta Parra o de Georges Brassens, entre otros. Le gustaba el jazz y no dudó en incorporar al pianista Iñaki Salvador como colaborador en sus conciertos, hasta el final. Le gustaba el flamenco, de ahí que el grupo Sonakay adaptara el Txoria txori y gracias a ellos muchos cantantes gitanos del país comenzaran a incorporar el vasco a sus repertorios musicales. Probó con el fado, con todo tipo de sones que se escucha también por estos lares sin que tengan que hundir sus raíces en lo más profundo y telúrico del suelo vasco.

Sin duda eso sacó a la música vasca de cierto costumbrismo egocéntrico. Hoy se ha ampliado bastante el panorama musical de Euskal Herria. Ya nadie se extraña por escuchar a grupos de pop o de rock en vasco, igual que ocurre con el flamenco local, que ya no sólo es el de Sonakay mencionado atrás, sino que empieza a ser más amplio. Incluso cantantes que emplean este idioma empiezan a participar en esos concursos tediosos de la televisión. Puede que esta necesidad de apertura fuera uno de los ejes en el grupo Ez Dok Amairu, que unió a un grupo de jóvenes cantantes vascos que acabaron innovando el panorama musical y cultural, entre ellos el propio Mikel Laboa, Benito Lertxundi, Xabier Lete o Joxean Artze. Algo parecido estaba pasando en el panorama literario. Gabriel Aresti abrió la espita para una nueva explosión en la poesía, y por ende también en la narrativa en vasco, le siguieron autores que se reunieron en torno a la revista Panpana Ustela y a la banda Pott, entre ellos Bernardo Atxaga, tal vez el autor en vasco ahora mismo más conocido.

Tal arrebato que tuvo mucho de impulsivo se produjo sobre todo en los años setenta, en un contexto poco propicio para el idioma vasco, hasta entonces reducido casi al caserío y con presencia escasa en las ciudades. Era algo que ocurría en las provincias del sur, las de España, que padecieron los efectos de la centralización desde inicios del siglo XX, pero sobre todo la etapa de la dictadura que no fue benévola con las diferencias respecto al modelo imperante de país, pero también en las provincias del norte, las de Francia, donde el idioma quedó relegado al campo y sobre todo a la provincia de Soule (o Zuberoa, en vasco, o Xiberoa, en el dialecto local, el suletino).

Hoy las cosas han cambiado a mejor, el vasco se emplea en muchos ámbitos, incluso el universitario. No diré que se ha normalizado porque el verbo normalizar tiene un tufillo uniformizador que no me resulta muy grato. Más cuando el vasco es muy plural y rico en variantes, y además no sólo el francés o el castellano son también idiomas del país, sino que han llegado otras lenguas a suelo vasco, circunscritas a colectivos más reducidos. No hay que olvidar que Touré, ese detective de ficción de las novelas de Jon Arretxe que recorre las calles de Bilbao como uno más, piensa y razona en wolof, idioma con el que intenta contemplar y entender, casi con una mirada de antropólogo de andar por casa, las costumbres del lugar.