viernes, 19 de octubre de 2018

Prometeo


Prometeo y Epimeteo son hermanos y benefactores de la humanidad. Dice Hesíodo que Prometeo es sutil y rico en recursos, sabe transformar la materia y son muchas las veces que busca engañar a Zeus, con quien tiene un desafío luengo y no poco fullero. Al ser hábil con las manos, conoce la importancia de los objetos y posee capacidad para transformarlos en herramientas. De hecho, tal habilidad procede de su facultad para adelantarse al futuro y actuar con previsión. A todas luces goza de un pensamiento anticipado.

Epimeteo, por el contrario, es de pensamiento tardío, actúa sin pensar, o reflexiona después de haber actuado, con lo que ve las consecuencias de sus actos más que los actos en sí. Hesíodo dice de él que es torpe y que desde el principio resulta un mal para la humanidad laboriosa. De hecho, Zeus lo utiliza para su venganza contra la humanidad por haber recibido de Prometeo, al que ha castigado a su vez con el hígado que le crece todas las noches y que come ad aeternum un águila, el fuego que el cronión no quería que poseyera.

Zeus ordena a Hefesto que construya una mujer de enorme belleza y a la que Atenea y Afrodita dotarán de gracia para el arte de tejer y de enorme atractivo carnal. Será Pandora, a quien Argifonte acompañará hasta Epimeteo, que la recibe como regalo de Zeus –hay que tener en cuenta que Pandora es más un objeto construido que una mujer en sí misma, en un tiempo en el que la dignificación de las personas apenas existía tal como hoy lo entendemos y tampoco los seres humanos gozaban del aprecio de los dioses–, y Epitemeo la acepta aun cuando Prometeo le hubiese advertido que de Zeus no había que recibir nada, pues todo aquello que el Olímpico le entregase tendría una efecto negativo para la humanidad. Pandora porta una jarra ocultada con un velo –otras versiones hablarán de una caja­– que al descubrirse esparce a su alrededor todas las preocupaciones penosas que afectan a los seres humanos.

La habilidad de Prometeo y el oficio de Hefesto tienen que ver con la construcción de herramientas, con la tecnología. Mala cosa es que empleen sus destrezas respectivas para el engaño, la trampa y la astucia. Sólo así se comprende que ese fuego entregado a la humanidad, en principio un beneficio con el que poder cocinar o calentarse en las noches frías, acabe sirviendo para la guerra y el estropicio. Tal vez Zeus lo intuyese, que de la humanidad poco bueno se puede esperar. En la Biblia apreciamos la misma frustración. Yahvé crea a Adán y a Eva, y les ordena que se adueñen de la tierra y se expandan, pero pronto verá que aquellas criaturas tienden al mal con facilidad más que notable. El cayado o la piedra sirven para el crimen, la destreza para construir busca más alcanzar un orgullo fútil y vano.

En el tranco VIII del relato el Diablo Cojuelo, Luís Vélez de Guevara nos habla de un espejo que el protagonista de la novela y su acompañante Cleofás utilizan en Sevilla para, en principio, saber por dónde avanzan sus perseguidores, pero que acaba siendo instrumento de diversión banal para ellos y la güéspeda de la hostería donde se alojan, Rufina María, que contemplan a través de él la vida de la Corte, mero chafardeo en pleno siglo XVII no muy diferente al que se da hoy por medio de ese espejo de vanidades que es la televisión e incluso las nuevas tecnologías, ámbitos donde parece aposentarse la más absoluta nadería. Desde luego nada que ver tiene esta curiosidad insana por la vida de los otros con el uso tramposo y a veces sanguinario que se desprende de los relatos mitológicos o de la Torá.

Pero coinciden en dar una imagen puede que simplona, pero en todo caso fatalista de la realidad y sobre todo del ser humano. No hay que olvidar que se da a lo largo de la historia una disputa entre optimismo y pesimismo en el que gana éste la mayor parte del tiempo. De hecho, domina la añoranza por el paraíso perdido y el concepto de utopía, que hoy asociamos a un mañana de esplendor pero que entonces se refería más al pasado, a esos tiempos de la ambrosía y la miel que sin duda no volverán. El presente se  vuelve de este modo una senda dolorosa. De ahí a concebir que el mundo es un valle de lágrimas sólo hay un paso muy sencillo de dar.

Claro que es una visión parcial de lo real y del ser humano. Ha habido adelantos e instrumentos que han beneficiado a la humanidad, le han facilitado la vida, la han mejorado. Otra historia es que no se distribuya con equidad, que una buena parte de esa misma humanidad se mantenga al margen de los avances por cuestiones de intereses acumulativos, lo que dice muy poco de la civilización, pero el hecho es que hay capacidades objetivas que pueden decantar la polémica hacia el lado de los optimistas. El salto tecnológico que se dio con la primera revolución industrial mejoró a todas luces el desarrollo humano, aunque se hiciera finalmente con el trabajo cuasi esclavo de millones de personas y con guerras y colonialismos cruentos. Tal cambio supuso por otro lado que el concepto de utopía ya no tuviera tanto que ver con el pasado y con el paraíso perdido, sino con el futuro y una nueva sociedad más justa, más libre, más equitativa. Fue una percepción que se impuso sobre todo a lo largo del siglo XIX. Claro que hoy nos asomamos a los intentos de construir esas utopías y sentimos cuanto menos un vértigo enorme ante la visión de tantos leviatanes institucionales. Aunque también es cierto que las democracias liberales que, según dicen, son el menos malos de los sistemas surgieron de una revolución francesa que tampoco fue un modelo de concordia y armonía.

Es como si la historia se empeñara en mostrar que el único paradigma posible es el del engaño, la trampa y la astucia que ya vimos con el enfrentamiento entre Prometeo y Zeus, y que acabó con el castigo de aquel. Aun reconociendo los avances, nos damos cuenta de que al final tanta tecnología sólo sirve para el crimen o, en el mejor de los casos, la banalidad. No en vano, en 1818, cuando se iniciaba esa época de esperanza y progreso, Mary Shelley perfiló esa historia –que lleva el subtítulo de Moderno Prometeo– sobre las consecuencias de la ciencia en la que un científico crea una criatura que se vuelve contra él y contra la humanidad a la que hubiera podido beneficiar. Víctor Frankenstein, al igual que el Prometeo de los griegos, pierde la batalla y sufre las consecuencias de sus buenas intenciones. Ese relato, fruto de una noche de amistad y de historias compartidas en un paisaje paradisiaco, se convirtió en un aviso en toda regla de lo que ya venía avisado en la historia.

miércoles, 10 de octubre de 2018

«La mujer del anarquista»


En 2008 Peter Sehr y Marie Noëll presentaban una interesante película sobre la guerra civil española, La mujer del anarquista. En efecto, es una película más sobre el conflicto español, un conflicto muy presente en el cine, también en la literatura, con una perspectiva por lo general favorable a los republicanos. En este sentido, el cine español postfranquista se decantó por mostrar de forma casi absoluta una mayor sensibilidad a favor de la República. Bajo el franquismo, por su parte, se realizaron varias películas sobre el conflicto, algunas con un claro carácter propagandístico, aunque hubo otras películas que, aun cuando se realizaron desde la perspectiva del bando vencedor, rezumaron cierta visión crítica y en ocasiones un evidente ánimo de concordia.

Se sabe que la guerra civil española ha sido uno de los capítulos de la historia más analizado no sólo por el arte –el cine y la literatura–, pero también por los estudios históricos y de la ciencia política, y no sólo en España, también en muchos otros países. Tuvo una importancia enorme como preámbulo de la IIª Guerra Mundial y como parte fundamental de ese enfrentamiento que surge con la I Gran Guerra entre modelos sociales y políticos antagónicos. Hay historiadores que defienden que hubo incluso una continuidad entre la Iª y la IIª Guerra Mundial, se trató de un único conflicto bélico conformado por varios conflictos armados a lo largo de los poco más de veinte años que van entre 1918 y 1939, entre ellos el español, el que más simbolizó la división y el choque de los sistemas. Pero tal choque no se dio sólo de forma absoluta, no existió en el interior de cada bloque una homogeneidad rotunda, sino que se dieron desavenencias que en ocasiones desembocaron también en violencias internas.

En España, en los dos bloques, el bando republicano y el bando (mal llamado) nacional, tales desavenencias se mostraron en ocasiones de forma tremenda. Los hechos del 37, la aniquilación de la revolución social por parte de la República, supusieron una tremenda represión cuyas víctimas, anarquistas y militantes del POUM, han quedado doblemente olvidadas. La República aparece por unos meses como dividida frente a un bando nacional sin fisuras. Aunque esto último no es del todo cierto, lo que hubo fue sobre todo disciplina militar, no en vano eran los militares, al final, quienes llevaban la voz cantante frente a falangistas, carlistas, monárquicos isabelinos, republicanos de derecha, militantes de la CEDA, incluso nacionalistas catalanes temerosos de los peligros de insurrección social.

La realidad, al final, admite más matices de los que creemos e incluso vemos. Por ello no podemos hacer del sufrimiento un acto de reafirmación o de legitimidad histórica. Ojo, esto no es equidistancia, no se trata de poner al mismo nivel ambos bandos, aunque sólo sea por el barniz que aporta el tiempo. No caben equidistancias, aunque sea cierto que en ambos lados hubiera altos grados de sufrimiento y víctimas de opresión y de la locura violenta.

Es algo que se aprecia de forma clara en La mujer del anarquista, en cuyo guion, de Marie Noëll y con la asistencia de Ray Loriga, asoman muchas de las sensibilidades de aquel momento. El matrimonio compuesto por Manuela, interpretada por María Valverde, y Justo, interpretado por Juan Diego Botto, tiene una clara filiación, anarquistas, ya de por sí minoritarios dentro del bloque republicano, minoritarios y a todas luces testigos de los muchos desmanes y tics autoritarios, a menudos sangrientos, que acontecen en la cotidianidad, además, de una guerra ya de por sí cruenta. Pero además el hermano de Manuela, falangista, manifiesta su no poca frustración por la marcha de ese Régimen por el que ha luchado y que está muy lejos, al parecer, de los motivos y las razones que le llevaron a defenderlo, muy en la línea que desarrolló en su momento Dionisio Ridruejo. Es cierto que son aspectos muy tangenciales en el relato de la película, pero resultan importantes, fundamentales, y hacen de esta película una cinta especial.

Pero hay otra característica que la hace única: el recoger también una de las consecuencias de aquella guerra, la del exilio. La película es a todas luces una historia de amor entre Justo y Manuela que transcurre en tres momentos concretos: la guerra en sí misma, la posguerra, donde vemos a Manuela desesperada por conocer la suerte de Justo, y el exilio. Manuela sabe que Justo se halla en Francia y lucha por salir, ella y su hija, de España para reunirse con él, lo consigue al fin y vemos a la pareja reencontrada y con la hija, viviendo una cotidianidad no siempre fácil, la de los exiliados, pero también la de una militancia en favor de los viejos ideales. El cine, por lo general, ha contemplado sobre todo el conflicto armado y las consecuencias de la victoria nacional en el interior del país, pocas son las ocasiones de asistir a ese exilio que fue enorme, se cifra en alrededor de 500.000 los españoles que tuvieron que partir de España por razones políticas de forma inmediata al final de la guerra civil, y con vidas no siempre fáciles y momentos dramáticos, allí están los vergonzantes campos de Argelès-sur-mer para demostrarlo.

Más allá de planteamientos políticos que aparecen en la película no sin importancia, llama la atención que la historia que Peter Sehr y Marie Noëll nos proponen toca sobre todo el efecto que tuvo aquel momento de pasión política en la cotidianidad, con sus heroicidades y sus mezquindades, sus contradicciones y sus dudas, unos sentimientos generados que causaron no poco dolor y mucha turbación.

lunes, 1 de octubre de 2018

Visiones del 68


En este año que ya declina se conmemora el 50 aniversario de las revueltas del 68 –el Mayo francés, la Primavera de Praga, el Movimiento de México, las revueltas de Berkeley, entre otras–, sin que la redondez del aniversario haya generado grandes actos de recuerdo, de nostalgia o de estudio. Ha habido, sí, algunos artículos en prensa, algún reportaje en las televisiones, pero más allá de los círculos militantes revolucionarios, y aún aquí tampoco se han explayado, no se puede decir que haya habido mucho recuerdo de lo que ocurrió aquel mítico año, más bien ha pasado sin pena ni gloria.

Tal vez este pasar de puntillas por la fecha tenga que ver con una sensación de desmoralización, de derrota. La clase obrera ha dejado de tener esa centralidad de la acción política que tuvo entonces, ni siquiera se puede hablar hoy en Europa y Estados Unidos de una clase obrera homogénea, y mucho menos consciente de sí misma, combativa o reivindicativa. Se ha impuesto una mentalidad de clase media, una cultura consumista, en grado sumo individualista, en un momento además en que el modelo capitalista ha penetrado cualquier ámbito de la vida, lo ha privatizado todo, ha convertido todas las esferas de la vida en mero negocio.

Veinte años después del 68 comenzó, además, el derrumbe del bloque del Este, el desmoronamiento de la URSS y sus satélites, que aun cuando izasen la bandera del socialismo y la democracia obrera, no era más que una maquinaria de terror, unos Estados autoritarios donde sus trabajadores no controlaban nada en absoluto de la maquinaría del Estado o de la economía, ni siquiera sus vidas las gestionaban plenamente. La Primavera de Praga, en este sentido, fue un último intento por dar un paso para construir un socialismo acorde con sus ideales, un intento que fue aplastado por los tanques. Todo ese bloque desapareció, por sí mismo no fue malo que desapareciera, supuso para millones de personas librarse de maquinarias de opresión. Pero ahondó la sensación de derrota. China, Laos o Vietnam siguen gobernados por Partidos Comunistas, pero sus economías son por completo neoliberales: al igual que en los países capitalistas, el Estado sólo existe para garantizar la seguridad de los mercados. A su vez Cuba reforma su modelo para adaptarse a los tiempos. Queda Corea del Norte, más bien como caricatura lúdica, un régimen iocandi gratia, si no fuera por el terror que provoca vivir bajo un modelo en extremo totalitario.

Prolifera la desmoralización. Ha habido intentos de nuevas formas de hacer política progresista, intentando recuperar en parte el espíritu sesentayochista, pero pronto esa nueva política se ha aclimatado a las formas institucionales o se confronta a las tensiones de una gestión caótica porque el actual capitalismo no deja brecha alguna por donde colarse. Han tenido razón quienes planteaban que no cabían alternativas bajo la lógica del poder y los Estados, que los sistemas son irreformables con un prisma humanista y que sólo caben dos alternativas: o adaptarse al sistema, lo que supone integrarse a él, o crear núcleos al margen del sistema, núcleos en todo caso sin capacidad de expandirse porque se enfrentarían a la lógica del poder.

De ahí que no quede mucho ánimo para recordar aquel año. Ha quedado claro de momento que otro mundo no es posible. El 68 fue una experiencia maja, feliz, que aportó algunos cambios en las costumbres –tampoco es que fuese un fracaso absoluto–, pero sólo queda en eso, en una experiencia juvenil que no estuvo mal, pero que ya ni se cuenta a los nietos.

El director argentino Adolfo Aristarain logró mostrar ese desánimo por el fiasco de las alternativas en su cine. Sus personajes se resisten a asumir plenamente el fracaso de sus rebeliones pasadas, mantienen cierta fidelidad a sus principios de entonces, a no tirar por la ventana todo ese legado emancipador, pero muchas veces ni siquiera eso es posible, el sistema se impone plenamente.

En la película Un lugar en el mundo (1992) Ernesto rememora su niñez en el campo argentino con sus padres, Mario y Ana, interpretados por Federico Lupi y Cecilia Roth, que salen de Buenos Aires con la idea de crear una especie de falansterio en el campo argentino. Conocen a Hans, interpretado por José Sacristán, un ingeniero hispano alemán, adaptado al sistema, consciente de la imposibilidad de cambiar el mundo, cínico a veces y a menudo sardónico ante los intentos de fidelidad a los principios de sus nuevos amigos, aunque los respete y admire de un modo evidente.

En Lugares Comunes (2002) Federico Lupi trabaja de nuevo con Adolfo Aristarain e interpreta a Fernando Robles, un profesor de literatura con pasado revolucionario e intento de superar el desasosiego con una actitud ética digna, pero que ve como la universidad le jubila anticipadamente. Con Liliana, su esposa, interpretada por Mercedes Sampietro, visita a Carlos, su hijo, interpretado por Carlos Santamaría, que vive en Madrid, tiene un buen trabajo en España, aun cuando para ello haya abandonado su carrera de escritor, lo que provoca roces con su padre. Fernando y Ana regresan a Buenos Aires, se enfrentan a los problemas de dinero consecuencia de su nueva situación y se aventuran a sacar una hacienda en el campo.

Hay un evidente paralelismo entre ambas películas. En ambas existe la nostalgia por ese espíritu rebelde del pasado, nostalgia porque es difícil mantenerlo de un modo íntegro; en ambas el campo se convierte en el espacio un tanto idílico para reconstruir las vidas y evitar el fracaso absoluto; en ambas, los hijos no siguen las sendas de los padres, se adaptan al sistema, con mayor o menor melancolía por lo que pudo ser y no fue, tal vez con la sensación de que ellos mismos se han rendido.

También en ambas películas hay conversaciones que confrontan ese pasado esperanzador con un presente desmoralizante. La fidelidad a los ideales es una pretensión de dignificar el presente, aunque se trasluce en el fondo la imposibilidad de amoldarse a una realidad como la actual, donde no caben alternativas, a veces ni siquiera parece que se puedan mantener las más modestas pretensiones de emancipación. Tampoco quedan muchas ganas de rememorar aquellos años. Como con el 68, hay un mal sabor de boca por cómo se ha gestionado la vida.

martes, 25 de septiembre de 2018

Espías y agentes en España


En una ya antigua entrevista, Kim Philby afirmó: «La guerra civil española fue mi verdadera universidad, donde aprendí el arte de ocultar mi pensamiento» (diario El País, 13 de agosto de 1980). El conflicto bélico español, uno de los capítulos de la historia más estudiados y analizados, tal vez el que más, fue a todas luces el precedente de la guerra mundial que estalló a los pocos meses de acabado aquel, puede incluso que forme parte del mismo conflicto. En España no sólo se pusieron en práctica nuevos métodos bélicos, nuevo material de guerra, que supuso, no podemos olvidarlo, miles de muertos y heridos, sino que también se empezó a practicar, como apuntaba el famoso espía, un nuevo modo de espionaje, en un momento en que se puso la primeras piedra de la guerra fría que enfrentó dos formas de entender el Estado y un tipo de espionaje diferente.

España se convirtió durante la guerra civil en centro de tejemanejes entre potencias extranjeras, pero también entre maneras de comprender la política. La Unión Soviética envió a cientos de agentes propios y extranjeros, aprovechando una posición de privilegio con respecto a la República, posición que obtuvo no por méritos propios o por la influencia de los comunistas españoles en la política del país, apenas marginales hasta que empezó la guerra, sino por la omisión de las democracias occidentales, que se movieron más por intereses económicos y tácticas políticas que por la defensa de las libertades. Kim Philby fue uno de ellos, uno de aquellos espías. Bajo el disfraz de un periodista británico en el bando fascista español, este doble agente, en la mejor saga de los espías múltiples, iba a tener la misión de matar al investido ya jefe supremo del bando llamado nacional. Al final no llevó a cabo tal misión, durante mucho tiempo fue un misterio todo este ínfimo capítulo de la guerra y del espionaje, aunque Kim Philby se convirtió a todas luces en uno de los mitos del espionaje internacional, un precedente de los espías dobles y al que el periodista Enrique Bocanegra dedicó en 2017 un estudio, que mereció el premio Comillas: Un espía en la trinchera. Kim Philby en la Guerra Civil española, publicado por Tusquets Editores.

Esta presencia soviética y la influencia de los agentes y espías enviados por la URSS fue también a todas luces determinante en uno de los capítulos más obscuros y brutales de la República, el aplastamiento de la revolución española y la represión que se ejerció contra los anarquistas, pero sobre todo, con especial inquina, contra el POUM, cuyo principal dirigente, Andreu Nin, desapareció a comienzos del verano del 37 y fue asesinado, acusándosele, a él y a su organización, de haber montado una estructura de espionaje y sabotaje al servicio del fascismo. Pasados los años, tales acusaciones se vieron ya como un ejercicio de burda propaganda, salidas del aparato de Estado soviético y del propio Stalin, que convirtió su polémica con Trotsky, al que consiguió asesinar años después mediante un agente español enviado a México con tal propósito, en una campaña de persecución contra todo lo que sonase vagamente a trotskista.

Pero España no sólo fue objetivo del espionaje soviético, también otros Estados enviaron sus agentes a España, principalmente Alemania, Gran Bretaña y los Estados Unidos. Además, no sólo se limitó dicha presencia a los años de la guerra, sino que España siguió siendo, acabada la guerra, un escenario donde campaban los espías a sus anchas, salvo los soviéticos, por razones obvias, ya no podían actuar como lo habían hecho hasta entonces. Hay que tener en cuenta que el régimen franquista se mantuvo neutral durante la Guerra Mundial. En este sentido, también Portugal fue neutral, sin duda por la conciencia del país de ser periférico en Europa, y aquí también camparon a sus anchas las redes de espionaje, más cuando Lisboa se convirtió en el punto de salida de miles de refugiados europeos, muchos de ellos judíos, hacia América.

 En todo caso, no se conoce del todo bien hasta qué punto la neutralidad española fue una imposición del régimen alemán o una maniobra de la dictadura española, en cuyas bases había diferentes posiciones políticas y los filonazis, contra lo que pudiera pensarse en algún momento, no eran mayoría. Una buena parte del falangismo miraba más bien al fascismo italiano como modelo. Los monárquicos de línea Alfonsina, al igual que la derecha republicana que acabó apoyando el alzamiento por cuestiones prácticas (o por el miedo a una revolución social), tenían mayores simpatías hacia los británicos, mientras que los sectores carlistas y católicos ultramontanos tampoco sentían mucha simpatía por todas aquellas diatribas raciales y supremacistas del nazismo. Pero las ideologías y los posicionamientos políticos no pesaron tanto en la toma de decisiones del dictador español y su camarilla de militares, tal como escribió Dionisio Ridruejo en Casi unas memorias, al final y al cabo eran militares y la política como batalla de ideas no les interesó mucho. Sin duda, dejaron hacer a los servicios extranjeros, incluso con la colaboración de españoles, para poderse apoyar en unos u otros cuando fuese conveniente, a espaldas, eso sí, de una población que bastante tenía con sobrevivir a las condiciones de vida tan duras.

Es algo que se aprecia en la novela de Fernando García Pañeda, Todos tus nombres, publicada en Suma de Letras en 2018, donde aparecen varias redes de espionaje investigando el tráfico de obras de arte, pero en el fondo bregando las distintas redes por mantener el control, en un momento en el que el declive de Alemania en la guerra, estamos ya en 1944, ha motivado que el régimen español haya deslizado sus posiciones hacia los aliados. La novela, tal vez en un exceso de datos e información que mengua en gran medida la fuerza del propio relato, pone de manifiesto una atmósfera de intereses y tejemanejes políticos sin duda muy presentes en el momento. El epicentro de esta novela, por lo demás, se sitúa en Vizcaya, en el Bilbao de las familias principales, las de Neguri, cuyos intereses no son estrictamente los mismos que los de los otros bandos que favorecieron el alzamiento, más próximos a los intereses británicos.

No lo dice el autor, pero llama la atención que esa anglofilia coincidiera con la del PNV y la burguesía vasca que no apoyó a Franco en su momento, y que acabó formando su propia red al servicio de Gran Bretaña y de los Estados Unidos, con la vaga esperanza de que algún día ambos países apoyaran un hipotético Estado vasco. Hay que recordar en este sentido a Jesús de Galíndez y la novela que le dedicó Manuel Vázquez Montalbán.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Paisajes industriales


Existe una cierta atracción por los paisajes urbanos e industriales. Atraen cuando están en plena vorágine, pero también, sobre todo, cuando están en declive y se muestran heridos, los edificios se van abandonando y sus rincones aparecen ajados, solitarios. Atraen por la noche, cuando se impone la soledad más absoluta que viene acentuada por esa obscuridad rota que provoca el brillo de un sinfín de luces.

Atraen los polígonos, las grandes fábricas, los almacenes y tinglados, quizá porque nos sugieren un orden, un orden extraño, puede que un orden añorado por las ideas de progreso que ya se han diluido casi por completo: intuimos que el progreso fue un engaño, un mero artificio que creyeron hasta hace bien poco las generaciones pasadas, cuando la revolución industrial abrió la caja de Pandora de la ambición, y los burgueses, herederos de los antiguos comerciantes y de los gremios de artesanos, fueron apropiándose de los mecanismos de poder. Lograron convencer a los trabajadores, emigrados muchos de ellos desde el campo, de que iban a ser partícipes de una gloriosa etapa sin fin. El proletariado se incorporó a un sistema de progreso, aparente e ilimitado, incluso se incorporó a ese concepto de progreso aquel proletariado que vivió bajo el sueño/pesadilla del estalinismo y que se derrumbó al tener los pies de barro para incorporarse de nuevo al capitalismo del siglo XXI. Sí, vale, mejoraron en gran medida, todos ellos, sus condiciones de vida, que no es poco, sobre todo si tenemos en cuenta los millones de personas que han quedado al margen del reparto de bienes, a menudo por la mera suerte de nacer en un lugar o en otro. Pero hablamos de acumulación, no de progreso.

Sea lo que fuere, no parece que sea posible el progreso. Puede que algunos consigan mayores riquezas, los menos, pero no es progreso como el que se creía que iba a haber, progreso como mejora material, cultural y moral, sólo habrá, con suerte, mera acumulación. Claro que de haber mayor progreso, progreso real, el habido hasta ahora, aceptémosle que lo es, sólo el material, a todas luces se volvería –se vuelve ya– contra nosotros en forma de crisis ecológica, destrucción del medio ambiente y cambios bruscos en las condiciones naturales.

Permanece no obstante ese atractivo del paisaje urbano e industrial. Quizá goce de la belleza que le concede la añoranza de lo que pudo ser y no fue, o de lo que sólo se rozó apenas.

En este sentido, Bilbao y toda la cuenca del Nervión es buena muestra de ese desarrollo industrial que perduró hasta finales del siglo pasado y que se mantiene hoy, aunque haya cambiado mucho en los últimos años. Ramiro Pinilla consiguió describir en buena parte de su trilogía, Verdes valles, colinas rojas, el inicio y desarrollo de esa industrialización del Nervión, con la aparición de un sinfín de industrias a lo largo de la ría y que supuso a su vez el crecimiento de las ciudades de la Margen Izquierda –Baracaldo, Sestao, Portugalete y Santurce-, o por su parte, al sur de Bilbao, Basauri, así como de los barrios obreros de la propia capital, como Santutxu, Zorroza, Recalde o Bolueta.

Durante lustros Bilbao y su zona de influencia fue un importantísimo núcleo de trabajo y de capital. Los Alto Hornos ejercieron de enorme faro económico, laboral e industrial. Se vivieron los vaivenes de una realidad no siempre pacífica, a menudo conflictiva, pero que se recuerda con no poca añoranza, esa añoranza del idílico progreso.

En 2009 Patxo Tellería y Aitor Mazo dirigieron una película muy bella, y tal vez simbólica, La máquina de pintar nubes, que narra una historia del tardofranquismo, tan agitado en lo político y lo social, en que Andrés, contable en una nave industrial y pintor aficionado, intenta inculcar el amor a la pintura a sus dos hijos, pero el mayor, el que tiene más posibilidades, no parece muy dado a seguir tal afición, mientras que Asier, el pequeño, el que parece querer pintar, aunque sólo sea para seducir a una muchacha algo mayor que él, padece de daltonismo. Todo está envuelto en una nostalgia por aquel tiempo industrial, con síntomas ya de que la actividad fabril sufre un cierto cansancio, aunque faltará apenas un decenio para que se afronte una brutal reconversión.

Veintitrés años antes Imanol Uribe muestra en una película, Adios Pequeña, un retrato menos amable de ese Nervión industrial, con un trasfondo de ocultación y hampa, de delincuencia violenta y tráficos ilegales. La abogada Beatriz Arteche, interpretada por Ana Belén, de buena familia, de las de Neguri, decide darse de alta en el turno de oficio y pasa a defender a un traficante de poca monta que distribuye cocaína por la Margen Izquierda, en aquellos años ochenta de droga dura en la zona. La investigación que llevará a cabo para afrontar la defensa de su patrocinado le llevará a descubrir algo no esperado y muy cercano.

Pero será sin duda Daniel Calpasoro quien mostrará el lado más hosco y virulento del declive de la industria local y sus efectos. En 1995 dirige su ópera prima, Salto al vacío, que es la historia de Alex, interpretada por Najwa Nimri, que forma con tres amigos una banda delictiva y que trafica con armas y drogas. Estamos en pleno efecto de la reconversión que ha dejado sin empleo a miles de trabajadores que ya vienen a su vez de una crisis profunda. El grupo de Alex es violento, pero más que por las acciones que acometen, que también, lo es porque cada uno de ellos lleva una enorme violencia dentro de sí, una violencia formada por frustración, desesperanza, desasosiego e impotencia. No se enfrentan contra la sociedad, contra el (des)orden del mundo, sino contra sus propias vidas y su destino, lanzan uno y mil exabruptos contra un Dios que apenas es una mención para ellos como signo de que su rebelión es sobre todo interior y estéril.

Ese aparente orden de los polígonos, las grandes fábricas, los almacenes y tinglados oculta, en el fondo, algo obscuro y tenebroso, un lado obscuro que todos tenemos y que vemos reflejado en nuestros entornos industriales. Tal vez sea eso lo que añoramos del paisaje industrial. Cuando la sociedad ha cambiado tanto, o eso creemos, cuando la sociedad postindustrial se decanta por los servicios, por otros tipos de empleos, creemos ver ese orden tenebroso en los restos de las naves industriales. Aunque quizá todo el horror se haya a su vez reconvertido y nos envuelve del mismo modo angustioso, sin sentido ni futuro.

martes, 4 de septiembre de 2018

Sobre identidades y estereotipos


Estamos otra vez de vuelta al debate de la identidad colectiva –cultural, nacional o política, que tampoco está claro de qué hablamos–, si es que alguna vez hemos dejado de hablar de ello. En Alemania vuelven las manifestaciones, de momento minoritarias, de afirmación nacional, muchos Estados europeos bloquean sus fronteras ante la llegada de personas de África o Asia, en los Estados Unidos Trump ganó las elecciones con el deseo/lema de que el país volviese a ser grande y en Cataluña continúa el debate sobre su identidad, en forma más bien de identidad política, esto es, la pertenencia a una colectividad que busca una forma de poder, un Estado.

Hay que aclarar, primero de todo, que no intento poner los ejemplos citados al mismo nivel ni insinuar que todos comparten una misma base, no es así en absoluto. Cada caso, cada modelo y cada conflicto, si lo hay, responde a cuestiones y a bases diferentes, en algunos casos hay una posición reaccionaria, las manifestaciones en Alemania, por ejemplo, rozan y atraviesan las posiciones ultraderechistas, racistas, agresivas contra lo exterior, mientras que en la cuestión catalana, hoy, al otro lado, posee un elemento bien diferente, hay un planteamiento de fondo sobre lo que debe ser la democracia y sus límites e incluso hay en el soberanismo catalán corrientes progresistas, de izquierda e incluso rupturistas y revolucionarias, se debe reconocer, aunque en ocasión todo ello roce cierto ridículo en algunos de sus planteamientos.

Pero ni qué decir tiene que en el trasfondo estamos hablando de identidades. O más bien en la proclamación o en la necesidad de reafirmación de la pertenencia a una identidad. Sin querer entrar de un modo pretencioso en disquisiciones antropológicas o de falsa erudición, uno tiene la sensación de que estamos en un momento en que los límites de las identidades se diluyen más y más, debido en gran medida a los nuevos medios tecnológicos, a las mayores facilidades de viajar –el viajar nos cura del nacionalismo, se suele decir, como leer del fascismo; se atribuye a Unamuno, aunque proviene tal vez de Pío Baroja, que se refería, más que al fascismo, al carlismo- y a la sensación de que las sociedades son más multiculturales o multiétnicas. Es el debate de la globalización del que se hablaba a finales del siglo XX frente a lo cual algunos defienden las identidades fuertes.

Puede que algunos debates sobre la identidad sean forzados, respondan a intereses turbios o muestren temores ancestrales. Es un despropósito pensar que ciertas sociedades desarrolladas se enfrenten a un enorme peligro por la llegada de inmigrantes, muchas veces en condiciones sociales inferiores, aunque se han forjado demasiadas leyendas urbanas al respecto.  

Sea lo que fuere, la identidad existe, una identidad que nos viene dada: nacemos en un medio, hablamos un idioma que compartimos con otros individuos, poseemos algunas características físicas mayoritarias en el grupo, nos educamos en determinadas claves y asumimos algunas referencias compartidas, con independencia de que con el tiempo seamos más o menos críticos con éstas. Pero es algo que nos viene dado, no lo elegimos. Claro que la identidad no siempre es un traje a medida, inamovible. Depende mucho, desde luego, del grado de libertad y de amplitud de miras que posea una sociedad determinada. Se acrecientan luego los intercambios con otras sociedades y hay otro factor, este individual, el de las identificaciones con otros valores, otros pueblos diferentes al nuestro, otras culturas.

También hay otro factor que de pronto, en este cambio de siglo, parece haber desaparecido de nuestras referencias: el factor social. La desaparición, aparente o real, de alternativas políticas y sociales ha supuesto que se haya suprimido -¿escamoteado?- de nuestras miradas sobre lo real la pertenencia a las clases sociales, definidas éstas según los modelos del siglo XIX y XX, dos siglos en los que conceptos como lucha de clases o clase obrera y clase burguesa eran dominantes. Hoy se impone una concepción de clase media, cualquier cosa que sea esto.

La escritora británica Zadie Smith plantea en sus novelas esta cuestión de las identidades, coloca el debate sobre su definición y sus límites en el trasfondo de sus narraciones. Lo centra con gran ironía, y con frecuencia consigue mostrar bien a las claras el absurdo de muchos de estos debates. Pero además riza el rizo al contextualizar el tema no en las capas sociales más bajas, los trabajadores, las clases medias y populares, sino en capas altas, adineradas o cultas.

En su novela On Beauty (Sobre la Belleza, traducido al castellano por Ana María de la Fuente) el choque se da en la universidad americana de Wellington, donde da clases el profesor británico Howard Belsey, blanco, culto, liberal (en el sentido norteamericano del término liberal, esto es, progresista) y casado con una mujer negra norteamericana, con quien tiene tres hijos, los dos mayores, Jerome y Zora, universitarios y cultos, mientras que el menor, Levi, activista en favor de los inmigrantes haitianos. Se enfrenta intelectualmente a Monty Kipps, como él británico y profesor universitario, pero negro y conservador, contrario a la discriminación positiva en lo que respecta a las minorías étnicas y poco partidario de que las universidades se muestren “sensibles” a cuestiones extracadémicas.

El resultado es una novela irónica sobre tales debates. Sus intervinientes caen en contradicciones y no pueden a su vez evitar caer en posiciones racistas –hay que destacar los comentarios vertidos en algunos momentos sobre los haitianos, negros pobres, por norteamericanos negros y adinerados- o a todas luces clasistas. Porque muchas veces, se debe reconocer, muchas actitudes no responden a posiciones racistas, sino de aporofobia, ese neologismo tan acertado, acuñado por la filósofa Adela Cortina.

En este sentido, cabe tener en cuenta que entre los inmigrantes arribados este verano a la Comunidad Autónoma Vasca y que muestran no pocas carencias en las políticas sociales de las administraciones autónomas hay varias personas incluso con formación universitaria, pero no se tiene en cuenta ni se sabe, al fin y al cabo todos responden a un mismo estereotipo, el de una condición de miseria de la que escapan, aunque nadie se molesta en conocer las circunstancias. Tal vez sea otro debate, pero allí está el dato.  


sábado, 25 de agosto de 2018

«Lejos del mar»


Resulta difícil saber cómo reaccionaría uno ante el asesinato de un familiar o de alguien cercano, incluso en el caso de que hubiese cumplido el autor su correspondiente pena o castigo social. Casos ha habido de venganza, tal vez comprensible desde el punto de vista personal, humano, impracticable si tenemos en cuenta el conjunto social. Pero también se han dado casos de aproximación, de reconciliación, que parten siempre de la asunción del daño causado.

Nada cambia, o debería cambiar, cuando la muerte violenta tiene una base política: en el acto de matar a alguien por motivos políticos lo importante está en el matar, lo de los motivos políticos apenas sirve para conocer las circunstancias, explicar tal vez los hechos, nunca para justificar el acto de matar.

Imanol Uribe se plantea todo esto en su película Lejos de Mar (2015), en la que vemos el encuentro en un pueblo costero de Almería entre Marina (interpretada por Elena Anaya), médica en un hospital de la zona e hija de un militar asesinado en San Sebastián, y Santi (interpretado por Eduard Fernández) que recién sale de prisión, tras veintidós años de condena, y que se halla en un proceso de distancia ética, personal, de su antigua militancia armada que le lleva incluso a no regresar al País Vasco tras su salida de la cárcel.

Ambos viven con aquel fatídico día impreso en su interior. Marina porque estaba con su padre en el momento del asesinato; Santi porque no se ha podido olvidar de aquella niña y sin duda ese recuerdo es lo que le permite tomar conciencia del daño de su acción. Lo apreciamos en sus gestos y en sus silencios, en sus miradas, en un sufrimiento que ambos actores consiguen reflejar perfectamente, algo les remueve por dentro y no les permite tener una vida normal, cualquier cosa que sea esto de la vida normal. Marina vive con esa zozobra y ese silencio del que hablan tanto las víctimas de actos violentos,  afecta a todos los ámbitos de su existencia, incluido su matrimonio. Santi, por su parte,  ha cortado sus vínculos con su tierra, incluso con lo más próximo, su familia, sus relaciones, prefiere la compañía del compañero de celda durante los últimos meses, un joven almeriense enfermo al que cuida en prisión. Pero busca la soledad y contempla ese mar que, según Eurípides, cura todos los males.

A partir de aquí el encuentro entre ambos lo acentúa todo. Resurge en Marina un deseo de venganza voraz que llega incluso a canalizar con un gesto violento y que en gran medida significará para Santi volver a sentir que su verdadera prisión no estaba tanto (y sigue sin estarlo, pese a haber pagado su acto) en las cuatro paredes de la cárcel, sino en sus propios remordimientos.

Pero lo que es un relato pausado que describe un proceso encarnizado de rencor se trastoca de pronto y asistimos a un cambio de sentido hacia una situación extraña, mezcla quizá de la necesidad de comprender, y de comprenderse, y de percibir que las cosas no siempre son como uno se espera, o lo esperan los demás. Lo que prevemos que iba a ser una venganza se vuelve otra cosa que no acabamos de entender del todo porque se da en el interior de Marina y Santi, quizá por ello nos resulta tan difícil de asumir lo que les pasa a ambos, de considerarlo incluso verosímil.

Tal vez sea un acierto el que Imanol Uribe haya contextualizado esa relación en un capítulo que está bien presente en la historia reciente de España, el de la violencia en el País Vasco y su repercusión en la vida cotidiana de la gente. Ya lo hizo en La Muerte de Mikel (1984) y en Días Contados (1994), películas que cuentan historias de relaciones enmarcadas en la violencia del País Vasco, sin que esta violencia sea en sí misma el tema de lo que se narra. Podría ser cualquier otro conflicto, pero es éste de la violencia reciente en España que está demasiado próximo, y que sigue creando polémica y despertando no pocos sentimientos a flor de piel. Nadie que vea la película va a ser indiferente y sin duda la verosimilitud o no de lo que vemos va a estar determinada, o deformada, por nuestras opiniones y vivencias respecto al conflicto en sí (o como queramos calificarlo).

Asumiendo que la historia entre Marina y Santi se da en el marco de una ficción, la pregunta que uno se plantea es hasta qué punto en la realidad sería posible establecer una relación entre víctima y victimario. Hemos tenido reuniones privadas y abiertas entre personas afectadas por diversos grados de violencia en el País Vasco y los resultados han sido en algunos casos de comprensión y empatía. No siempre ha funcionado, pero parece más fácil por el sólo hecho de que quien sufre actos de violencia puede llegar a comprender lo que sufre otra víctima, aunque no sea de su bando. Pero desde luego han sido pocos los casos en que la víctima de la violencia haya establecido una mínima relación con el autor de las mismas.

El panorama actual de las calles de la Comunidad Autónoma Vasca y de Navarra es muy diferente al de hace unos años. Quien paseé por sus calles y plazas sin conocer su historia puede llegar a no creer posible que la violencia estuviera tan presente en ellas. Claro que en gran medida ha habido y hay demasiados silencios, esos mismos silencios que se han apoderado de la vida de demasiada gente.