viernes, 30 de diciembre de 2016

«El Jarama»

Una cuadrilla de amigos jóvenes que salen de Madrid a pasar un veraniego domingo de asueto en el río, los parroquianos de un bar merendero que se reúnen a tomar un vino y comentar la vida cotidiana, la reunión de amigos para comer, el mismo merendero en el que los jóvenes se proveen de vino y por la noche se reúnen en él para escuchar música, estos son los ámbitos y los grupos, los protagonistas colectivos, de El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio, novela escrita entre 1954 y 1955, galardonada con el Premio Nadal en la edición de este último año.

La acción transcurre en 1954, quince años después de una guerra civil que los muchachos apenas recuerdan, eran demasiado pequeños, pero que está presente, pesa demasiado en la sociedad española. Saben incluso que en la cercanía del río hubo una gran batalla, hablan de ella, «Pensar que esto era el frente -reflexiona una de las chicas- y que hubo tantos muertos», «Y nosotros que nos bañamos tan tranquilos», replica uno de sus compañeros. Aquella charla referencial culmina con «Ya. Bueno, y a todo esto, ¿qué hora es?», lo que denota que la guerra comienza a diluirse en la memoria de generaciones que, a diferencia de los parroquianos del merendero, no la vivieron de forma tan directa, que ya no hay mucho interés por ella. Desinterés aparente entre los jóvenes, en todo caso, no tanto entre los parroquianos del bar, mayores ya, que la recuerdan, imposible olvidarla, y late cuando una de las chicas, ocurrida la tragedia que culmina la plácida jornada, estalla ante la frialdad del Guardia Civil. Se asume por lo demás el discurso del régimen, se habla del final de la guerra como la liberación, no olvidemos que la dictadura está más o menos en la mitad de su existencia e incide en una nueva mentalidad que se va imponiendo en la España del interior, cambio de mentalidad que Max Aub, en un viaje que realizará en 1969, percibirá en toda su intensidad. Se habla y se vive de otra manera y ello se percibe a lo largo de las conversaciones, se comienza un nuevo periodo más desarrollista, todos los de la cuadrilla trabajan, y en otra cuadrilla que aparece al final, cuando se produce la tragedia, hay incluso un estudiante de medicina que a todas luces pertenece a esas clases populares que pasan el día en un río. Hay por tanto perspectivas de futuro, el país está en vías de desarrollo y, como ocurre con los países en esta situación, se apunta ya la opción de la emigración económica, surge en la conversación de los parroquianos, aunque se habla de ello con recelo, «Se creen que basta con irse muy lejos para ya mejorar automático», se afirma no sin cierto conservadurismo social que tal vez refleje un enorme inmovilismo entre los más mayores.

Han pasado poco más de sesenta años desde que se publicara El Jarama y llama la atención la empatía que el lector puede sentir hacia cualquiera de los personajes de la novela, empatía tal vez porque no se les siente lejanos, ajenos a uno mismo. Sin embargo, resulta evidente que la sociedad no es la misma, que esa nueva estratificación social que surge en aquellos años se ha desarrollado plenamente y ha ganado en complejidad. España dejó de ser, veintiún años después, la dictadura que fue y el país se integró de forma plena en organismos internacionales, en la novela se apunta vagamente una presencia norteamericana que comienza a ser el inicio de un cambio, consecuencia de un primer acuerdo con los Estados Unidos que sacó a España del aislamiento internacional. La situación económica también ha variado en gran medida, aunque tal vez no sea del todo cierto si nos atenemos a los datos económicos y sociales que afectan a buena parte de la población, unos datos que demuestran la pobreza, las limitaciones y la crisis en amplias capas sociales. Cambian los detalles, permanece lo esencial. No sé, en todo caso, si a este esencialismo se le puede llamar rasgo o espíritu de un pueblo, de un país, de una nación, parece muy determinista creer que algo perdura, esos rasgos nacionales inmutables e intocables a los que con demasiada frecuencia se dan y convierten en debate político y social. Tal vez lo esencial no sean los rasgos inmutables del pueblo, sino las condiciones sociales, lo que hermanaría a todos los pueblos del mundo según nos sugiere un ideario internacionalista no muy vigente hoy.

Claro que estamos, años cincuenta, en un momento de esperanzas para buena parte de la población, aun cuando es imposible no sentir cierto desasosiego ante los cambios, ante unos horizontes sociales que, a pesar de la aparente placidez, no parecen brindar ninguna calma real. Se refleja en la literatura y el cine: una expresión neorrealista que intenta recoger la realidad y transformarla en materia narrativa, en algunos casos porque la expresión certera y objetiva de la realidad ya es de por sí revolucionaria, aunque Sánchez Ferlosio reniega en algún momento del carácter político o comprometido de la novela, aunque todo depende de su lectura, una vez publicada cualquier obra depende de la interpretación del lector, que al leer siempre reescribe con otras intenciones..


Gonzalo Sobejano habla del enorme simbolismo que hay en la novela: el río, las diversas enfermedades que afectan a varios personajes, entre ellos al juez, el tren, la sensación del tiempo y, sobre todo, lo hay en esos largos diálogos en los que resulta tan importante lo que no se dice, tanto o más que lo que se dice.


¿Cómo sería la novela si se escribiera hoy? Sánchez Ferlosio ironizó sobre la pesadez de la novela si él se hubiese acercado a ella como lector; no lo abordaría él, sin duda. En todo caso, puede que cambiasen, como se ha referido, los detalles, habría que hablar, por ejemplo, de latinoamericanos emigrados que pueblan las campas y los parques de las grandes ciudades para comer juntos y pasar los días de asueto, como antaño lo hacían las clases populares españolas, claro que habría también muchos españoles que hoy, pasados los ensueños de nuevos ricos, han regresado a la normalidad. Puede que cambiase también el lenguaje, ese lenguaje tan importante en El Jarama, al que habría que dar un carácter protagonista. Pero no cabe la menor duda de que la novela, escrita hoy, no sería muy distinta a la de 1955.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

«Dentro» de Lara Morgado

Decía Anatole France que toda la ficción, más en concreto el gran número de cuentos de todo el mundo que estudió durante un tiempo, en gran medida se reducía apenas a dos o tres temas. Pero en realidad podemos extenderlo en general a toda la ficción, a la literaria, pero también a la audiovisual: los temas son en efecto muy pocos, lo que varía son los contextos, las anécdotas, las tramas por donde se narran las peripecias y se desarrollan los temas, pero estamos hablando siempre de lo mismo. En este sentido, podemos decir que la serie portuguesa Dentro, escrita por Lara Morgado, trata de la vida, de la soledad y el amor, de las reglas y la identidad personal, del desamparo y la búsqueda de uno mismo, los temas siempre presentes en la historia de la literatura. Que la acción se desarrolle en una cárcel de mujeres no deja de ser una anécdota, al fin y al cabo también en la vida real y en cualquier lugar ocurren las mismas cosas: cambian los detalles, pero hablamos de lo mismo.

Estrenada el 8 de septiembre en la televisión pública portuguesa, RTP, consta de trece capítulos y se narra la incorporación de un psicólogo recién licenciado, Pedro Conrado interpretado por Miguel Nunes, en prácticas en una prisión de mujeres. Allí atenderá a un grupo de reclusas, algunas son fijas y otras varían en cada capítulo, a través de las cuales se desarrollan varios tipos penales, como los malos tratos o la corrupción, los delitos cometidos bajo la alienación de la realidad o el tráfico de droga, pero al mismo tiempo se plantean situaciones vitales comunes a todas las personas, sean cual fueren sus circunstancias, como la soledad, el desamparo, el choque con las reglas o la culpabilidad. De hecho, todo ello afecta tanto a las reclusas como al personal de la prisión. Al fin y al cabo, como dice en un momento dado una de las presas, la verdadera reclusión se halla en la cabeza y en el corazón, mucho más desde luego que en sentencias y en muros.

El psicólogo encuentra su contrapunto en una de las reclusas, Marta Correia, interpretada por Vera Kolodzig. Se trata de una mujer de extraña personalidad, reflexiva y analítica, corrosiva por momentos y misteriosa siempre, será el eco pero también el cuestionamiento de las propuestas del psicólogo, tan lleno de proyectos y novedades, como joven que es, tal como le lanza en ocasiones la directora de la prisión, interpretada por Luisa Cruz, pero que siempre, a pesar de todo, a cierto cinismo de quien se cree a vuelta de todo, apuesta por él.

A partir de allí, el cerrado mundo de las reclusas, de las guardias de la prisión, del equipo médico -un doctor y la psicóloga titular-, de la educadora y de la directora, pero también el mundo de fuera de quienes se hallan en libertad -libertad aparente, claro está, no exenta de reclusiones interiores-, sobre todo el del joven psicólogo, se moverá bajo el manto de los miedos, de la inseguridad, de las reglas que sirven en gran medida para tenerlo todo atado y bien atado, reglas existentes en muchos casos para que las dudas no campen cuestionándolo todo, echando por tierra las pequeñas seguridades levantadas sobre todo a partir de los hábitos impuestos y creados.

Los planes no salen como se espera. No siempre los finales son felices ni el éxito está asegurado, como la vida misma, pero se intentan los proyectos, que es lo que importa, y al final, tal vez, aunque nada salga como se hubiera querido, algo queda en el camino, algo se ha aprendido, aun cuando es posible que quedemos atrapados por una capa de amargura o mantengamos la idea de que las cosas, las relaciones y la existencia en definitiva pueden ser diferentes a como las recibimos.


Se puede ver la serie completa en: http://www.rtp.pt/play/pesquisa?q=dentro

lunes, 19 de diciembre de 2016

Caín y Abel

De una lectura atenta y sin prejuicios (a veces leemos en función de interpretaciones previas una y mil veces repetidas y que determinan la apreciación de un texto) resulta inevitable preguntarnos por qué «(…) miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda, pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya (…)» (Gn. 4: 4-5, versión Reina y Valera). No mirar con agrado no significa que haya desagrado en la mirada de Dios: puede que haya una aparente indiferencia; puede que estemos ante una nueva opción caprichosa de un Creador cuyas pretensiones nos resultan inexplicables, tal vez ni siquiera existan en realidad; puede por último que sea una cierta decepción, más cuando poco después Dios le advierte de que «si bien hicieres, ¿no serás enaltecido?». Además, en ningún momento se afirma que lo que ofrece Caín, el hermano mayor, haya sido malo, sino que aporta «del fruto de la tierra una ofrenda», sin más, sin añadir adjetivos que valoren de cualquier forma, positiva o negativa, ese presente otorgado a un Dios temido y amado a la vez, pero también visto como creador de sus propios padres, otorgador de la vida, de la suya propia y la de su hermano, y al que quiere Caín reconocer. No se señala tampoco que su actitud sea otra, que con su ofrenda pretenda algo diferente a un profundo reconocimiento, aunque se trata de un agradecimiento cuya sinceridad interior también desconocemos. Mientras, del cordero ofrecido por Abel se dice que es «de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas», apreciamos por tanto una valoración de la ofrenda que indica cierta satisfacción hacia su otorgante, el hermano menor. De una primera lectura inatenta, un tanto superficial e influida sobre todo por una tradición de desprecio hacia Caín podemos deducir que Caín es el malo, que él mismo motiva el rechazo de Dios, lo merece. A veces leemos atendiendo a factores externos al texto.

Caín, se nos cuenta, es labrador mientras que Abel es pastor de ovejas. No se dice cuál ha sido el criterio para la distribución de las respectivas funciones, parece en todo caso que hubiera estado de antemano decidida según un motivo que, en un principio, desconocemos. Sabemos, eso sí, que el trabajo de la tierra es arduo, se tienen que trazar surcos que reciban en su momento las semillas, hay que saber cuál es el mejor momento para la siembra, para lo cual se requiere probar, observar y analizar la reacción de la tierra, también es menester disponer de un arado o de cualquier otro tipo de herramienta que, al ser el primer agricultor, tuvo Caín que fabricar, como tuvo también que estudiar y preparar un sistema de regadío y selección de las referidas semillas, además de destruir las nocivas malas yerbas que podrían envenenar el terreno así como preparar el mismo para una siembra adecuada que evite encharcamientos y plagas de insectos. Una vez sembrada la tierra, no se detiene allí la tarea de Caín, ha de mantener el cuidado de las plantas, vigilar que no surjan inconvenientes, climáticos por ejemplo, atender a la paulatina maduración de los frutos para, en su momento exacto, recogerlos y después volver a seleccionar semillas para una posterior siembra al tiempo que se vela por que la tierra no haya quedado exhausta con la cosecha. Mientras, Abel ha de recoger el rebaño y llevarlo a una campa donde comen, vigilar que las ovejas no se dispersen ni que las ataque cualquier animal depredador, reunirlas al final de la jornada y llevarlas a los rediles, esquilarlas si es preciso y tener cuidado de las más débiles.

Auerbach nos advierte en Mimesis que el lenguaje de la Biblia es escueto, a diferencia de lo que ocurre en la tradición griega, cuya mitología es descriptiva hasta en los más nimios detalles. La tradición literaria hebrea es parca en palabras y deja mucho espacio a la especulación, a la interpretación interlineal. La griega, en cambio, lo da todo hecho, apenas cabe imaginar nada, todo está descrito hasta la saciedad. Decantarse por un estilo u otro es cuestión de gustos, pero resulta innegable que la parquedad hebrea, su minimalismo, es mucho más literaria, permite al lector mayor juego, incluso una reescritura a partir de la lectura. La contextualización se vuelve clave para el lector, le obliga a conocer no sólo el contexto que queda fuera de la descripción, averiguar todo el mensaje que no está por completo expresado en el texto, sino requerir además de otros elementos que nunca van a estar descritos en el mismo pero que son tan importantes para comprenderlo como lo que está escrito.  

Que el trabajo de labrador es mucho más duro que el de pastor de ovejas es uno de estos elementos. Sobre todo cuando tenemos en cuenta que estamos en los inicios de una sociedad sustancialmente agrícola y en la que la agricultura será importantísima para fijar el desarrollo de las sociedades primitivas y estrechar lazos con la tierra. No olvidemos además el estrecho vínculo del pueblo de Israel, varias generaciones después, con la tierra, eretz, un vínculo que llega hasta hoy y que pasa por largos periodos en que el pueblo elegido carece de tierra propia. No olvidemos tampoco la decepción de Dios que le produce la humanidad y que se paga con el diluvio, esto es, con la desaparición de la tierra bajo las aguas, lo que se interpreta incluso como un castigo. Por tanto, cuando se le atribuyen las funciones, cuando se decide que Caín sea el labrador, el rotulador de la tierra, no estamos ante una decisión cualquier, tomada al tuntún: Caín es el más apto para llevar a cabo dicha función. Es el elegido para iniciar una labor civilizatoria ¿Por qué entonces Dios parece descontento con la ofrenda de Caín, con el fruto de su trabajo, cuando además no queda explícito que la ofrenda sea mala, nada nos lleva a pensar en una mala acción de Caín y en cambio muestra sólo agrado por la de Abel, que ha elegido un bien ejemplar de entre las ovejas primogénitas sin haber invertido tanto esfuerzo? Tal vez esta fuera la pregunta que hubiera tenido que plantearse Caín en ese momento o, lo que sería igual, ¿por qué y en qué le estaba fallando a Dios? No obstante, se deja llevar por los recelos que le empujan a ir contra su hermano, al que acaba asesinando en la soledad de un campo.

El texto bíblico no habla de celos. Pero la respuesta de Caín a la pregunta de Dios, «si bien hicieres, ¿no serás enaltecido?», es matar a su hermano. A todas luces la interpreta como un reproche, como una comparación que le deja fuera de juego, fuera del afecto de Dios y es cuando surgen los celos, la sensación de que hermano le ha ensombrecido y merece morir. Dios, de inmediato, siente la ausencia de Abel, le pregunta por él a Caín que le responde con otra pregunta: «¿soy yo acaso guarda de mi hermano?». No es sólo un intento por su parte de protegerse de la ira de Dios, sino que supone la evidente expresión de una función que estaba allí y de la que era consciente, la primogenitura, su primogenitura, más en quien estaba asignado a la agricultura, a iniciar un modelo de cultura, de civilización. Del mismo modo que Abel ha de ofrecer a Dios una oveja de entre las primogénitas, en Caín recae una función fundamental, un papel de liderazgo, diríamos hoy. Al igual que su madre que sucumbe a la vanidad de comer la fruta del árbol caído con la vaga idea de ser como Dios, Caín peca al no saber entender por completo su función y acusar a su hermano del rechazo de Dios, cuando este rechazo, si lo hubiera habido, lo fomenta él mismo porque no ha entendido todo lo que se espera de él, en todo caso más de lo que realmente da.

Tal vez aquí haya que referirse a otra diferencia entre la mitología griega y la hebrea, más en concreto una diferencia que se da en la descripción de los héroes. Los héroes griegos -Heracles, Jasón, Aquiles o Ulises, entre otros- alcanzan no poca perfección, poseen todos los dones: valentía, honestidad, astucia, conciencia, armonía. No en vano están muy cerca de la divinidad, algunos de ellos descienden incluso de algún olímpico o son tan coherentes consigo mismos que, como Ulises, rechaza la propuesta de inmortalidad, en su caso la de Calipso para retenerlo a su lado y que el héroe olvidara su viaje a Ítaca, su compromiso con los suyos. Los héroes hebreos, por el contrario, están repletos de imperfecciones y de miedos, llegan incluso al crimen, como David, que no duda en conducir a Uriel a una muerte segura con tal de poder seducir a su esposa Betsabé, el propio Abraham, el patriarca, tiene miedo una y otra vez, se muestra receloso, incluso desconfiado, ante las propuestas de Dios e incluso, en el Nuevo Testamento, el fiel Pedro reniega por tres veces de Jesús, repitiendo de este modo un esquema habitual en los héroes del Antiguo Testamento, héroes tremendamente humanos, decepcionantes incluso en ocasiones, pero que al final logran volver al redil de su obediencia y su fidelidad hacia Dios.

Caín, por tanto, en un acto de incomprensión de su papel, de negligencia ante lo que le pedía Dios, de desatención de las funciones que él mismo tenía encomendadas, es incapaz de cumplir con su deber, de asumirse a sí mismo y, como consecuencia de ello, mata a su hermano, se esconde al darse cuenta del tremendo gesto, teme la ira de Dios, pero no por su error real, que no es otro que el no cumplir con las expectativas, decepcionar a Jehová, sino por un crimen atroz, sin duda, pero que no llegamos a juzgar del todo bien, encuadrados como estamos en  una lógica judicial que asocia un hecho concreto a una pena proporcionada, cuando el Dios de Abraham, Isaac y Jacob se mueve por otra lógica que no es la de la justicia humana. Comete un crimen, en efecto, pero su Dios puede llegar a perdonárselo, aun maldiciéndole. Hay un castigo -el Dios del Antiguo Testamento es también un Dios de justicia bajo la lógica de pueblos sujetos a una divinidad cuasi tribal- que no deja de ser terrible para alguien sujeto a la tierra: «errante y extranjero serás en la tierra».  Pero aun así, como ocurre con otros héroes posteriores que le fallarán y que, como Caín, mostrarán todo su miedo, Dios no puede evitar protegerlo, estar con él. Jehová le pone una señal, cualquier que le hiciera daño será castigado hasta la séptima generación. Pero además vemos como en la descendencia de Caín se halla Enoc, su propio hijo y fundador de la primera ciudad, y entre los descendientes se halla Jabal, padre de quienes habitan en tiendas y crían ganados -asume por tanto las funciones que tenía Abel, el primer pastor-, y se halla Jubal, padres de quienes tocan el arpa y la flauta, y se halla también Tubalcaín, artífice de las obras de bronces y de hierro. De Caín procede, por tanto, la civilización.


Aun así, haber sido el primer asesino le ha desterrado también del reconocimiento que han tenido otros héroes bíblicos. Caín está ineludiblemente ligado a la traición, a la perfidia, al crimen. El cainismo ha pasado a significar una tendencia -a veces parece incluso natural a la condición humana- que lleva a matarse entre seres humanos. Rafael Narbona lo ha definido como la «rebelión del ser humano contra la posibilidad de un límite moral». Unamuno aplicó este concepto a la cruenta guerra civil, él, que tanto acudió a la figura de Caín en algunos de sus relatos, como Los Otros o Abel Sánchez. No en vano, el mito de Caín y Abel ha inspirado a numerosos escritores, como al español Manuel Vicent en su Balada de Caín o al portugués José Saramago con Caim, que han intentado contemplar esbozos de realidad a partir del mito hebreo. 

lunes, 12 de diciembre de 2016

Carmen Laforet

Una ciudad una y mil veces recorrida, a menudo de noche, a esas horas en las que el silencio es casi absoluto, un silencio apenas roto por el eco de los pasos, la llamada a los serenos, las voces que llegan como susurros aun cuando broten como gritos, apenas roto por el sonido metálico de los tranvías o del tren que cruza la ciudad, entonces a cielo abierto por el centro mismo, una ciudad buscada con ansia, como con hambre de trascendencia, de intensa busca, un hambre más aguda que la propia hambre esencial, una ciudad que se vuelve el escenario de su vida, de su tiempo, aunque sólo sea un periodo breve, sólo un año entre su llegada y su partida, claro que Andrea eso no lo sabe cuando desciende del tren, a una hora intempestiva, con bastante retraso de la hora prevista, sin que nadie le espere porque llega más tarde de lo anunciado, es una ciudad tal vez como cualquier otra, pero es también la ciudad con que ella se enfrenta por primera vez, de noche, al salir de la Estación de Francia, por tanto única para ella, la ciudad como escenario, testigo mudo de un presente que, sin embargo, no puede dejar atrás un pasado que vamos conociendo a lo largo de todo el relato mediante trazos apenas dibujados, pero que perfilamos como figuras en la niebla, a medida que avanza el tiempo, el tiempo también como elemento fundamental de lo que se cuenta, casi un tema más.

Andrea es la protagonista y narradora de su propia experiencia, personaje central de Nada, de Carmen Laforet, un título para una novela que bien podría considerarse aséptico por lo breve e inconcreto, por lo cortante y abstracto, pero a todas luces, a medida que avanzamos por sus páginas, percibimos ya como correcto, tan vinculado a un particular existencialismo que roza el tremendismo o a ese impresionismo con que se va dibujando el relato. Cuando llega a la estación no sabemos nada de ella, ella misma se introduce ya desde la primera línea con un hecho a medio contar, un misterio más, un secreto más de los que se van desparramando a medida que Andrea avanza en el recuerdo de esos meses: «Por dificultades en el último momento para adquirir billete, llegué a Barcelona a medianoche (…)». No sabremos qué dificultades, como no sabremos muchas otras cosas que se van susurrando, pero en ese instante, en esa llegada nocturna, lo importante son las vagas esperanzas no ya de un futuro, sino de un presente nuevo, la esperanza del momento en que todo está por hacer, por construir.

Llega a la casa de la calle Aribau, la vivienda destartalada de su abuela materna -poco sabremos de la madre de Andrea, algunos apuntes de un pasado que presumimos desolador-, donde viven, además de la abuela, dos tíos, Román y Juan, la esposa de este, Gloria, la tía Angustias presente sólo en la parte primera de la novela, mujer que se pretende centro de la familia, viga fundamental sobre la que se sustenta una inexistente ética familiar, ella misma no deja de poseer, como todo el mundo, sus propios secretos y contradicciones, viviendo eso sí, más de recuerdos que de realidades, más de apariencias que de contenidos reales, y además habita una criada, Antonia. El piso al que llega Andrea se parece poco al piso al que llegaron sus abuelos cincuenta años atrás, uno de esos amplios y cómodos pisos del Ensanche barcelonés, con un pasillo largo y espacioso que traba las diferentes habitaciones, sino que a su llegada es la mitad del mismo, la vivienda se ha dividido y se acumulan de un modo destartalado los muebles y los objetos, muchos de los cuales se irán vendiendo por necesidades pecuniarias evidentes. Además, las relaciones entre sus parientes no son buenas, resultan hirientes, agresivas. Hay mucha frustración en los dos hermanos, artistas frustrados que apenas consiguen salir adelante, sobre todo Juan. Hay demasiados misterios que se van adivinando a través de brechas y cuyo origen en gran medida se hallan en la guerra, una guerra demasiado presente en muchas vidas, en la de los dos hermanos, por ejemplo, para los que aquel conflicto pesa demasiado.

Frente a ese sórdido ambiente de la calle Aribau, hay otro mundo más luminoso, sin duda más feliz o al menos esperanzador, el de la universidad, el de los conocidos, pero sobre todo el de Ena, su gran amiga, la persona con quien compartirá tantas cosas y con la cual, inevitable, vivirá sus tensiones. Ena y sus padres estarán muy presentes en la vida de Andrea, más de lo que ella misma llegará a pensar e incluso a desear en ocasiones. Hay además otros personajes que se cruzan en la vida de la narradora y los evoca, como Pons y su grupo de amigos bohemios, bohemios de buenas familias en todo caso, o Jaime, todo ellos con cierta importancia en determinados momentos y que conformarán una experiencia de iniciación para Andrea. Este otro mundo es muy diferente al de la calle Aribau, y ella misma quiere mantenerlos alejados, dos mundos alejados con ella como único nexo de unión, lo que le abre los ojos, pero ahonda también en sus miedos y contradicciones. Porque llegar a la ciudad va a suponer entrar en un mundo de sensaciones desatadas, no siempre controladas, se ahondarán los temores, los propios complejos, dirían los psicólogos hoy, aumentarán los miedos y un profundo desasosiego por ese paso del tiempo y esa soledad que, a pesar de todo, sigue presente en su interior y que necesitará comprender y trascender. No en vano, con frecuencia, hay un gesto característico de Andrea, que lo repite en varias ocasiones, siempre sola y en momentos culminantes, un mirar hacia arriba, hacia la parte superior de los edificios, pero sobre todo cuando pasa por delante del edificio de Ena o en el propio, en el de la calle Aribau, y que a veces parece una necesidad de mirar hacia el cielo, una especie de oración laica o necesidad de luz. Hay por tanto una exigencia de establecer límites, límites internos y límites externos, para al final quedar «desguarnecida de su antigua alma».

Se trata de una novela, en cierto modo, de iniciación, que narra a partir de su propia voz, una voz femenina además, un tiempo esencial entre dos momentos, uno obscuro que vamos descubriendo, repleto de heridas y secretos, y el otro esperanzador, y la evocación de ese año realizado por la propia protagonista, por Andrea, nos muestra bien a las claras las dificultades de un proceso tan difícil, repleto de inseguridad, de miedos, de incertidumbres y sentimientos incontrolables a menudo, incomprensibles siempre. Pero además el espacio físico donde se desarrolla este proceso adquiere una importancia enorme. Ese espacio físico está representado por el piso de la calle Aribau, no es difícil asociar la destartalada vivienda en la que vive Andrea con su propia situación anímica, en muchas ocasiones desasosegante, de allí la necesidad de salir de ese apartamento, salir en busca de luz, tanto en el piso de Ena y su familia, en la Villa Layetana, como en el taller de los amigos de Pons, en calle Montcada, pero también en esos recorridos por las calles de Barcelona, calles lúgubres, tristes, a veces angustiosas. De este modo, Barcelona entera se convierte en parte de ese mismo proceso, un testigo mudo pero al mismo tiempo un protagonista más al ser la ciudad un reflejo de lo que siente Andrea y viceversa, ella recoge en gran medida los sentimientos de la realidad urbana.

De este modo, Barcelona es una ciudad sombría, a veces tenebrosa, una ciudad que posee una «una belleza sofocante, un poco triste. A mí me parece triste Barcelona mirándola desde la ventana del estudio de mis amigos, en el atardecer», en la que hasta los faroles parecen «centinelas borrachos de soledad». Curiosamente, uno se encuentra con una sensación parecida en las novelas, escritas veinte años después, a partir de la década de los sesenta, de Juan Marsé, de Manuel Vázquez Montalbán, de Francisco González Ledesma o de Antonio Rabinad, uno se encuentra con una ciudad triste, desasosegante, pero al mismo tiempo creativa porque se trata de una ciudad de verdad. La Barcelona actual es, sin duda, muy diferente a la de entonces, seguramente todas las ciudades han cambiado y tampoco es cuestión de entrar en un ejercicio de nostalgia de épocas que, al fin y al cabo, no fueron ni de lejos muy propicias para una vida buena, no en el sentido superficial, sino en el profundo, el de una vida que permita un desarrollo personal y colectivo amplio e intenso. Porque sin duda en la Barcelona de los años cuarenta había más gente que pasaba por circunstancias parecidas, incluso peores, que las de la familia de Andrea, más que las que se parecían a las familias de Ena o de Pons y sus amigos. Sin embargo, la Barcelona actual ha perdido algo indefinible, habrá podido ganar en prestigio, en luminosidad, en atractivos, pero a veces uno no puede dejar de pensar que ha dejado de ser una ciudad de verdad para convertirse sólo en un parque temático. O corre al menos ese peligro.

Sea lo que fuere, no parece posible que una joven como Andrea pudiera hoy vivir un año como aquel que vivió la narradora, las evocaciones serían a todas luces muy diferentes. Aunque es difícil comprender del todo el mundo de las sensaciones y de los sentimientos, tan importantes en la evocación de Andrea, no tan diferentes, en el fondo, de una época a otra. En todo caso, se trata de una ficción, recordémoslo. Aunque seguro que incluso hoy hay quien siente cierto sosiego y no poca satisfacción porque «la calle Aribau y Barcelona entera quedaban detrás de mí».


Escrita cuando Carmen Laforet tiene veintidós años, Nada es una de esas novelas fundamentales en la literatura, un libro de enorme fuerza tanto por su estilo como por la intensidad de sus personajes y de la propia historia que narra. Obtuvo el Premio Nadal otorgado por la Editorial Destino en su primera edición, la de 1944, cinco años después de acabada la guerra, lo que supuso también un reinicio de la tradición literaria en el interior. Hay que tener en cuenta que la guerra y la posterior dictadura supuso un zarpazo enorme en la tradición literaria española, que se escindió entre los autores del exterior, los que se exiliaron, muchos de ellos para toda su vida, y los escritores que se quedaron en el país, a los que hay que sumar aquellos autores que, como Carmen Laforet, comenzaron a escribir y a publicar en España después de la guerra. Esto da a la novela y a su autora un significado extraliterario de enorme importancia, marcará en gran medida esa reaparición de la actividad literaria en España, lo que no pasará desapercibido ni siquiera entre los autores del exilio, que supieron valorar también la calidad literaria de Nada. En este sentido, hay que tener en cuenta que, aun cuando Carmen Laforet se aislara bastante de los ambientes literarios de la época, recelara de los cenáculos culturales, mantuvo una intensa correspondencia desde los años sesenta con Ramón J. Sender, lo que fue otro puente más entre autores de fuera y de dentro, algo que el régimen dictatorial o los lógicos recelos no pudieron evitar.

martes, 6 de diciembre de 2016

Vittoria Colonna

La mirada de Vittoria Colonna posee no poca tristeza, una tristeza agudizada por ese acontecimiento crucial en su vida, la muerte de Francisco Fernando de Ávalos, su marido, marques de Pescara, napolitano de origen español, oficial del ejército de Carlos V y que cae herido en la batalla de Pavía en 1525, muriendo poco después, antes de que su amada esposa, avisada de la gravedad de su herida, pudiera llegar a verlo. Es una mirada que, sobre todo, se proyecta hacia el interior, que busca por dentro, que observa aquellos paisajes que habitan dentro de sí y que le van a permitir entender los paisajes exteriores, aunque quizá estos sean en realidad reflejos de aquellos, porque tal vez contemplemos la realidad en función de cómo somos. En todo caso puede que el mundo se constituya por la suma de ambos, lleguen a ser reales o no tales paisajes. Sea lo que fuere, habita en un tiempo de búsqueda, de descubrimiento o de redescubrimiento, fundamental todo ello en la comprensión del mundo y de uno mismo, porque en realidad es de uno mismo de quien hablamos, como diría Michel de Montaigne. Es lo que tiene nacer en 1490, que de repente todo adquiere una nueva dimensión. El mundo parece agrandarse, aunque en realidad va a ser Europa la que se agranda.

Es la Europa de los navegantes, la de la observación del mundo en toda su amplitud. Los portugueses y los venecianos llegan a China, estos por las vías tradicionales, las rutas de la seda; aquellos, en cambio, abriendo nuevas rutas, dando la vuelta a África, para alcanzar luego la India, Mongolia, Cipango y Catay. Pronto les seguirán también los holandeses. Por su parte, Castilla abre el camino hacia las Américas; le seguirán Francia, Reino Unido y también Portugal. Hablamos hoy de globalización como de un proceso novedoso. Nos hace falta, sin duda, más humildad: nada es nuevo, al fin y al cabo. Los viajes ayudan a redescubrir el mundo, hay muchas cosas que han quedado olvidadas en la gran distancia que es el tiempo, también a descubrirlo, no son pocas las cosas que aún no se conocen, todavía hoy ocurre, cuando ha habido quien ha sostenido que estamos en el final de la historia. Los escribanos que viajan en las naves portuguesas tardarán un tiempo en darse cuenta de que el mundo es mucho más que esa simplista división en tres del canon occidental: los tres continentes -Asia y África reducidas hasta entonces, en la práctica, a sus costas mediterráneas, centro del mundo europeo-, las tres razas, las tres religiones que son en el fondo las tres religiones de un mismo Libro, el Libro. Los hinduistas, lo van descubriendo poco a poco, no son los cristianos descendientes de aquellos convertidos por el apóstol Tomás -que los había, sí, pero muy minoritarios-, siguen otra religión, otros dioses, otras normas y otra moral; tampoco los chinos carecen de convicciones y creencias, como muy bien pudo deducir Mateo Ricci; los nativos americanos o los negros africanos, por su parte, poseían también un cuerpo doctrinal y una jerarquía de divinidades que responden a sus necesidades de entender el mundo y trascender, aunque aquí se tarda más en asumirlo, no se acaba de reconocer ante la desnudez de esos seres cobrizos o de piel obscura un ápice de civilización. Descubren además una naturaleza en muchas ocasiones agreste, extrema, pero también exuberante, con plantas, metales y animales nunca vistos, y que requieren unas dotes de observación y de sorpresa mucho mayores. Existe todo un mundo natural allí afuera que necesita incluso de palabras nuevas para denominarlo. Y para que haya dominación es menester que haya antes denominación.

Pero hablamos también de una Europa que se busca a sí misma. Se regresa al mundo clásico, el de los griegos -que los árabes, el enemigo sarraceno, han mantenido durante siglos en sus estudios y sus bibliotecas, han leído e interpretado mientras Europa se hundía en la más pura decadencia- y el de los latinos, las obras de un antiguo imperio aún evocado y del que se mantiene todavía ciertos títulos e instituciones, aunque vacías ya de contenido, surgirán nuevas formas de organización política que sustituirán aquellas y que requerirán para constituirse de una homogeneidad que no existe en realidad, pero que se forzará a sangre y fuego. Es la Europa que se plantea de nuevo la fe como elemento central de la existencia individual y colectiva, aunque en esencia no se ha dejado de cuestionar la herencia cristiana que cada generación ha recibido. Lutero cuelga sus 95 tesis, dice la leyenda, en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg y con ello se retoma un debate que tampoco es nuevo, el de la recuperación de aquel cristianismo primitivo que las pompas de Roma han desvirtuado por completo hasta convertirlo en mero engaño o, peor aún, en un antro de inmoralidad. Pero, además, Lutero ha tenido, consciente o no, el don de hacerlo coincidir con las transformaciones políticas de Europa, contempladas y analizadas en parte por Maquiavelo. En todo caso, a Lutero le siguen, complementan, y en algunos casos le discuten y se le enfrentan, Melanchton, Calvino, Zwinglio, Menos, Müntzer, entre otros muchos, que rompen con la Iglesia Católica, y al mismo tiempo le leen otros que se mantienen fieles al Obispo de Roma, pretendida cabeza de la cristiandad, pero con un espíritu nuevo, crítico y humanista. Destaca entre ellos Erasmo de Rotterdam, que, muy a su pesar, como le confiesa a Tomás Moro, tanto influye en España, hay toda una generación que le lee con atención y se fascina por sus libros. Entre los seguidores castellanos se encuentra Juan de Valdés, escritor que a su vez influirá años después en Vittoria Colonna.

Juan de Valdés llega a Roma en 1534. Deja atrás una Castilla que ha vivido unos años de esplendor cultural -destaca la Universidad de Alcalá de Henares, fundada por el cardenal Cisneros, y que reúne a pensadores, gramáticos, poetas, eruditos, todos ellos imbuidos de erasmismo; destaca la nueva poesía al itálico modo que encuentra en Juan Boscán uno de sus máximos propagadores y en Garcilaso de la Vega uno de sus máximos exponentes (por cierto, Garcilaso de la Vega se reencontrará con Juan de Valdés en Nápoles); destacan las escuelas pictóricas y arquitectónicas en Toledo y Valladolid-, esplendor que se verá afectado, sobre todo en el ámbito de pensamiento, por la necesidad que tiene el Estado en formación de homogeneidad ideológica. Se expulsaron a judíos y después a moriscos musulmanes, se acaba con los pocos núcleos mozárabes que quedan aún fieles a sus viejos ritos cristianos, se comienza a perseguir a los erasmistas, sobre todo a partir de la entronización de Felipe II, que su padre fue más bien proclive a Erasmo de Rotterdam, se persiguió a iluminados, a molineristas, pero sobre todo a los núcleos luteranos de Valladolid y reformados en Sevilla. Juan de Valdés fue estudiante en Alcalá junto a su hermano Alfonso, el cual llegó a ser secretario del Emperador Carlos y a punto estuvo de lograr la unidad entre cristianos luteranos y cristianos romanos. Ambos reflexionarán largo y tendido sobre cuestiones teológicas. Ambos son erasmistas (Alfonso se escribe largo y tendido con el propio Erasmo). Juan escribió en 1529 Diálogo de doctrina cristiana y se convertirá en blanco de la inquisición, ya lejos de estar presidida, que lo estuvo, por erasmistas como el mencionado Cisneros o Alonso Manrique. Sin haberse declarado nunca abiertamente protestante, decide poner tierra de por medio y marcha del país, dícese que la prudencia es siempre buena consejera.

En 1535 se establece en Nápoles y entonces abre su casa a invitados con los que discute sobre literatura y religión. Vittoria Colonna frecuenta esas tertulias. Han pasado muchos años desde que sufriera la muerte de Francisco Fernando de Ávalos, que tantas tinieblas le causó, nada menos que diez años ya. Sufrió una profunda depresión y se planteó incluso el suicidio. Poco importa que aquel matrimonio suyo hubiera sido concertado por intereses familiares, que el mismo conviniera a la muy noble familia romana de los Colonna para así emparentarse con los Dávalos, ambos enseguida lograron empatizar y amarse, compartían sus gustos, una cultura profunda y una inmensurable curiosidad por lo que sucedía en Europa y por los ecos que llegaban de otros lejanos lugares. Vittoria Colonna le dedicó no pocos de sus poemas y en las temporadas en las que él se ausentaba de la casa familiar en Ischia, sobre todo durante la deportación de Francisco en Francia, donde permaneció como prisionero, intercambiaron una intensa y proclive correspondencia.

Es esa profunda cultura lo que le ayuda a sobreponerse a la muerte de Francisco. Esa profunda cultura literaria y una intensa búsqueda espiritual le permiten confrontarse a la angustia, superar sus males espirituales y volver a la vida dedicada en cuerpo y alma a la meditación y a la comprensión de todo un mundo, ese mundo interior suyo tan ligado al mundo exterior del que tanto se habla en las tertulias de Juan de Valdés, a la que también acuden conocidos de Vittoria Colona. Por ejemplo, Petro Carnesecchi, a quien le une una gran amistad y conoce cuando se plantea viajar a Tierra Santa para hallar el alivio espiritual que no parece encontrar, viaje que su delicada salud impidió que realizara. Petro Carnesecchi debate con Juan de Valdés hasta el punto de convertirse en uno de sus más allegados discípulos. Se convierte al protestantismo, por lo que se le perseguirá, se le detendrá y, pese a las peticiones de clemencia de altas instancias florentinas, se le ejecutará en los Estados Pontificios por herejía. Acude también Bernardino Ochino, a quien Vittoria Colonna conoció como fraile capuchino -debieron coincidir durante la estancia de la noble poetisa en el monasterio de Ferrara- y que llegó a convertirse en su consejero espiritual, evolucionaron sin duda juntos cuando se centraron en el punto teológico fundamental de la justificación por la fe, concepto que devendrá el eje central en el pensamiento de Vittoria Colonna, también en el de Ochino, que romperá con el catolicismo. Otras mujeres pertenecientes a la nobleza se vinculan también a dichas tertulias, Caterina Cibo, duquesa de Camerino, que a su vez se declarará abiertamente protestante, y sobre todo Giulia Gonzaga, perteneciente a una de las principales familias de Lombardía, que devino la gran valedora de Juan de Valdés en Italia y sin duda una de las mujeres que más le influyeron tanto en lo intelectual como en lo afectivo.

Es en esta época cuando Vittoria Colonna publica en Parma su primera Raccolta de poemas que obtendrá un más que notable éxito y afianza su imagen de mujer renacentista culta, sensible y espiritual. No sólo lo aparenta, lo es en realidad. La vemos reflejada en su propia obra, en sus poemas, en las cartas que se conservan de ella, tanto las dirigidas antaño a su marido como las dirigidas hogaño a quienes comparten con ella intereses y preocupaciones. Pero lo apreciamos también en los retratos, su mirada queda reflejada en el cuadro de Sebastiano del Piombo como la de una mujer madura no por edad, sino por reflexión y experiencia vital. Se trata de un retrato de 1530, cinco años después de la trágica muerte de su marido y cuando está en pleno proceso reflexivo y espiritual. Aún no se imbuye del espíritu evangélico que alcanzará un lustro después, cuando comienza a frecuentar las tertulias napolitanas de Juan de Valdés y haya conocido a buena parte de sus amigos con los que comparte un sediento deseo de conocimiento y espiritualidad. La mirada perdida en un punto cualquier, una taza levantada en su mano derecha, la luz que se proyecta sobre ella por detrás, es el rostro de una mujer que va saliendo de una honda penuria y comienza a elevarse hacia otras regiones, a todas luces mucho más estables y profundas.

Pero quien la retrata tanto en bocetos como en versos será el grandioso Miguel Ángel, para quien Vittoria Colonna devendrá su amor platónico. Se habían conocido ya unos pocos años antes, pero será en Roma donde se afianzará su amistad, cuando la noble poetisa regresa a esta ciudad en 1539. Miguel Ángel es un hombre de su tiempo, atraído por numerosas artes y por otros ámbitos, entre ellos el de la espiritualidad. No es de extrañar, es un rasgo de época y el artista no va a ser una excepción, está inquieto, necesita buscar aquí y allá, o como él mismo afirma de sí mismo: «no estando yo en mi sitio ni siendo yo pintor». Esa necesidad espiritual y la influencia de Vittoria Colonna convertirán en Miguel Ángel en el artista que empieza a ser ya en esa década de los cuarenta, a medida que intercambian sus visiones del mundo y de sí mismo. En 1540 la noble poetisa le solicita un cuadro de la crucifixión que le permita concentrarse en sus oraciones. En cierto modo este cuadro se convertirá en el punto de arranque de una profunda conversión del artista de la mano de Vittoria Colonna.

Visto desde nuestro presente, todo ese proceso de aquel siglo XVI produce no poca envidia. Es posible que alguien nos recuerde que aquellos años tampoco estuvieron exentos de horrores, mediocridades y crueldad. No lo estuvo. El propio saqueo de Roma fue a todas luces uno de los actos más crueles de aquel momento, nada que envidiar a este nuestro presente. Nos lo describe el hermano de Juan de Valdés, Alfonso, en su obra Diálogo de las cosas ocurridas en Roma y es imposible no sentirse hastiado por el ánimo cruel de aquel saqueo. El propio Alfonso de Valdés nos habla en otra de sus obras, en el Diálogo de Mercurio y Carón, de los altos grados de corrupción y mediocridad existentes en los círculos de poder de la época, algo muy parecido, sin duda, a lo que padecemos hoy, la humanidad no ha cambiado nada, podemos deducir de todo ello. Y sin embargo, no puede menos que maravillar ese esplendor cultural de la época, esa actitud de un sinfín de individualidades que, como la de Vittoria Colonna, viven con un ansia de conformarse a partir de múltiples piezas que les permite evolucionar y devenir ellas mismas personas completas en consonancia con la época en la que viven.


En 1547 muere Vittoria Colonna. Miguel Ángel acabará un soneto evocándola:

Tal vez a ti y a mí dar larga vida
puedo con el cincel o los colores,
adunando mi amor y tu semblante.
Y mil años después de la partida,
se verán tus hechizos vencedores,
y cuánta razón tuve en ser tu amante

A su vez modificará el cuadro que le pintara siete años antes para incluir la figura de María Magdalena abrazada a la cruz personificada en Vittoria Colonna.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Navidad

Estos días un gran número de ciudades occidentales iluminarán muchas de sus calles y con la ornamentación comenzará de un modo oficial el periodo navideño. La Navidad es ese tiempo de amor, concordia, buenos deseos, solidaridad, rituales religiosos, sabor añejo de turrones y dulces de todo tipo, alimentos especiales, reuniones familiares, comidas de empresa, de estudios, de hermandades variadas, de sonrisas a flor de piel, pero también, contratópico devenido en un tópico más de las fechas, de tristeza, añoranzas, depresiones, angustias ante las obligaciones sociales diversas, broncas familiares al sabor de las comilonas regadas en vinos y espirituosos. La Navidad. Son tantos lustros, decenios e incluso siglos celebrándola que ya casi hemos olvidado la raíz religiosa de la celebración, sobre todo en Europa, donde la práctica de la religión, España incluida, se ha relegado cada vez más a los círculos cristianos a todas luces minoritarios (se tendría consultar los datos de prácticas religiosas en cada país para percibir en qué punto estamos) y que siguen dándole a la fecha un sentido iniciático. Para el resto, las compras -la mercantilización pura y dura- han venido a sustituir por completo los ritos espirituales y religiosos. El cristianismo ocupó anteriores festividades paganas para darle otro sentido, un sentido propio, a las mismas, se adueñó de ellas, y ahora las grandes superficies siguen un mismo proceso para convertir la fiesta en una apología al consumo masivo.

No en vano el inicio del decorado lumínico es objeto de debate público pues hay asociaciones de comerciantes que reclaman que se comience antes: el exceso de luz recuerda que hay que comprar -comprar regalos, comida, decorados, ropa, útiles de temporada- y cuando antes se empiece a comprar más serán los beneficios, sobre todo después de años de vacas flacas. Incluso se elaboran informes sobre la repercusión de la fecha en los índices de empleo -hay más contratos de trabajo, desciende el desempleo-, de consumo, de beneficios empresariales e incluso incide en una mayor captación de impuestos por la actividad económica. La Navidad como agente económico, sin duda.

No, no es cuestión tampoco de valorar, no creo que en otra época, cuando la Navidad era más fiel al objeto de la fiesta, las cosas fueran mejores o peores, sin duda se celebraba la Navidad, aunque fuese una Navidad más pura y auténtica, pero porque era lo que correspondía, lo que imponía la Iglesia, en muchos lugares ejerciente de un intenso monopolio ideológico y cultural. Tal vez fuese más auténtica, menos superficial, pero no estaba exenta de una imposición social, de un hábito que va más allá de los significados. Por otro lado, tampoco es malo que haya un parón en el tiempo y detengamos esa sensación de que los meses corren sin remisión. Hay necesidad de símbolos que establezcan lazos sociales, comunitarios. Lo único que, en una sociedad capitalista como la que tenemos, hasta cierto punto parece normal que el sistema económico imponga su impronta y nos dé a veces la sensación de que todo esto de la Navidad haya sido invento de determinadas cadenas comerciales.

Bueno, tal vez todo esto no sea más que otro hábito más, la de echar pestes de los días que se avecinan y que tanto desasosiego causan a algunos. Es apenas un mes, se pasa rápido y ya está, a otra cosa, a la cotidianidad, a lo de siempre, a apaciguar los ánimos que tanto desestabilizan. Hay desde luego cosas más importantes, graves y puede que hasta más productivas que echar pestes de la felicidad edulcorada, aun cuando sea una felicidad mercantilizada. Puede que, al fin y al cabo, para pasarlo mal, mejor sería despojarse de los malos sentimientos y trasladarse al otro lado, al de los buenos deseos. O simplemente mantener una cierta equidistancia, aunque no está bien visto esto de mantener distancias, se entiende que en cierto modo supone no tomar posición ante las cosas de la vida. Claro que a veces es inevitable: no se tiene una opinión, tampoco es posible adoptar ante la realidad una posición.

En este sentido, en una película de los años 60, La gran Familia, dirigida por Fernando Palacios, hay una escena que, en ese momento, sin duda representaba una idea de la Navidad: el hijo pequeño, Chencho, se pierde en la gran ciudad, Madrid, y la familia pasa un momento de angustia vital. Es invierno. Las avenidas se llenan de bullicio. El reencuentro con el niño invita a pasar una Navidad más feliz y plena, habiendo sido conscientes de la tragedia que pudo haber ocurrido. Sin duda, el espectador de aquel momento, incluso el de hoy, compartiría la angustia del momento y luego se alegraría del final feliz, aun cuando supiera que es sólo una película, una situación creada, porque al fin y al cabo el cine y la literatura no dejan de ser eso, una situación emocional forzada. Y por ende todas las manifestaciones sociales y culturales. Puede que la época produzca sentimientos encontrados, aumente la frustración, sobre todo en quienes tienen motivos para sentirse frustrados, desasosegados, pero en fin, tampoco es peor dejarse llevar por otras alegrías, por falsas y edulcoradas que sean.

Otra película, Smoke, del director Wayne Wang y guion de Paul Auster, refleja por el contrario otro tipo de Navidad, un reflejo más contemporáneo, más vinculado a las grandes ciudades, donde se recoge el fenómeno de la soledad, la soledad real, no la de la sensación de sentirse solo en compañía -existe esa sensación-, sino el verdadero desligamiento con el resto de personas, solo sin contacto humano, una soledad incluso física, como la de la anciana al acabar la película, consciente sin duda de que estaba equivocándose de persona, pero qué más da si al final el error nos arranca un instante de compañía en una cena de Navidad que se presagiaba en soledad.


Treinta y tres años separan ambas películas, son mundos muy diferentes, la del Madrid de los años sesenta es una sociedad que se aleja de la miseria, que entra en la ensoñación de una pujante clase media, cualquier cosa que sea eso de la clase media, con sus valores y sus manías, su visión de la realidad y sus fantasías, bajo un régimen que entra en una fase de paternalismo autoritario pero que quiere despojarse de la sangrienta tirantez de la posguerra, frente a una gran ciudad que se acerca al final del siglo, una New York tantas veces reflejada en el cine como urbe luminosa, pero en la que existe esa soledad tremenda de seres despojados de lazos. Pero en Navidad ambas se acercan, épocas y mundos parecen idénticos, a la hora de enfrentarse a lo trágico, a la pena, al dolor, a la Navidad.

sábado, 26 de noviembre de 2016

«27 horas»

Hay una escena de la película «27 horas», hacia la mitad, que apenas dura unos segundos pero que es intensa, muy simbólica, descriptiva de dos mundos paralelos que en aquel momento, mediados los ochenta, son los escalones más bajos de la sociedad vasca: Jon, el joven drogadicto y desarrapado, interpretado por Martxelo Rubío, sube al autobús con el mono ya iniciado mientras busca desesperado por San Sebastián su dosis de heroína que no encuentra y, parado el bus ante un semáforo en rojo, contempla sin mirar por la ventana y su mirada perdida da con la de un policía nacional de los antidisturbios que viaja de copiloto en una furgoneta tras disolver una de las muchas manifestaciones que recorren las calles vascas de la época.

Son las dos miradas que se cruzan intensas, expresivas, afectadas. Jon es un marginado social. Se trata de un heroinómano joven que ha abandonado los estudios, aunque sigue recibiendo el apodo de estudiante. Malvive en casa de su tío, un parado sin dinero, uno más en la legión de desempleados que pueblan los cinturones industriales del país, y de su primo, que trabaja en las lonjas donde se reparte el pescado descargado por los arrantzales, los cuales le han dado cobijo al echarle su padre de casa. Jon busca trabajo de descargador de camiones sin mucho éxito, uno más entre un montón de trabajadores de todas las edades que ansían unas horas de faena, muchos para poder tirar adelante, en su caso para poderse sufragar la droga. Por su parte, el policía es un marginado político, forma parte del escalón más bajo de un Estado que se rechaza, que se odia. Cumple las órdenes de disolver y reprimir, sin comprender seguramente qué es lo que está defendiendo, por qué le detestan los de enfrente y sin duda temiendo salir de aquella ciudad muerto, como muchos de sus compañeros de trabajo.  

No sabemos qué piensan, qué sentirán, pero sin duda en ambas miradas hay una indecisa hermandad entre dos seres que sufren su condición de outsiders, de seres fuera de todo circuito, incapaces de salir de su absoluta soledad, de entender el porqué de las puertas que se les cierran, desolado Jon por ver morir a la muchacha que ama, por no poderse costear la droga, ya ni le fían, por no encontrar un camino en su vida y carecer de esperanzas, aviejado ya, cuando recién estrena su juventud; el policía -sólo le vemos en ese momento, en esa escena- atemorizado por vivir aislado en una sociedad que le odia por su condición de policía, asumiendo una tarea que es un trabajo, sí, y pensará tal vez que alguien lo tiene que hacer, pero sin sentido y, en ese momento, sin salida, a las órdenes de un Estado que parece hacer aguas por todos los lados.

«27 horas» es una película de 1986. Trata una historia de esos años ochenta que ahora, treinta años después, se contemplan a veces desde cierta nostalgia, la nostalgia de una sociedad combativa, aunque ya en declive y con demasiadas víctimas que quedaron en las cunetas metafóricas, y a veces reales, fuera del tiempo y de la historia. La dirige Montxo Armendáriz a partir de un guion escrito junto a Elías Querejeta y es curioso cómo, a pesar de que no fue la única película que trataba el tema de la droga en el País Vasco, un fenómeno que pegó fuerte en las grandes y medianas ciudades vascas, que golpeó a muchas familias y afectó a mucha gente, ha quedado no obstante fuera del debate político y social sobre esa etapa, no se habla mucho de ello en este momento, permaneciendo como oculta por la Historia, en la infrahistoria de un conflicto ya encaminado en estos momento hacia su resolución definitiva.

Pero además, si comparamos ambas épocas, si ponemos frente a frente las imágenes del San Sebastián de entonces con la ciudad que es hoy, nos damos cuenta de cómo son dos momentos incluso contrapuestos por lo distinto que es todo, y con toda seguridad las generaciones más jóvenes ahora, quienes tengan menos de cuarenta años, apenas podrán reconocer aquella ciudad: ha cambiado el rostro de la pobreza, no podemos decir desde luego que haya desaparecido, se ha modificado, es ahora sin duda más vergonzosa y vergonzante, pero fue más cruda entonces, aun cuando, si comparamos en estos momentos la situación con el resto de España, la del País Vasco sea a todas luces envidiable, sin echar cohetes; no existe tampoco la imagen de la heroína azotando a tanta gente y por no ser, ni siquiera es la misma la situación política del País Vasco en estos treinta años. De este modo, esta película se convierte en un espejo con el que compararnos. Desde luego, no pretendo sacar conclusiones: ni cualquier tiempo pasado fue mejor (o peor) ni hemos de aceptar el presente porque nos parezca mejor, sigue siendo al fin y al cabo un presente repleto de injusticias y obstáculos. Pero a veces volver a ver ciertas películas produce efectos en la asunción del tiempo, que pasa inexorable, nos da perspectivas que no imaginábamos.

martes, 22 de noviembre de 2016

Pedro Ugarte

Pedro Ugarte
Nuestra historia
Páginas de espuma, 2016

Aristóteles concibe la poesía y todo arte como imitación de la naturaleza. Esto es, el ejercicio de la literatura y en general de cualquier arte supone expresar lo real. El artista, de este modo, pretende proyectar un reflejo de lo que sucede a nuestro alrededor y en nosotros mismos y tal vez esta pretensión del filósofo sea al fin inevitable, puesto que en el caso de la poesía -de la literatura- partimos de la palabra, que está estrecha e inevitablemente vinculada a lo real, cada palabra refleja un trozo, a veces mínimo, de lo que existe y no podemos escapar a esa lógica, construimos nuestro mundo a partir de ese reflejo. Lo mismo ocurre con las imágenes y quizá sea la música la expresión más pura puesto que provoca sentimientos sin que nos basemos para ello en una palabra, en una idea, en una imagen. Claro que la música tiene mucho que ver con el silencio y el ruido, el bombeo del corazón y los sonidos del mundo. Son ideas, en definitiva, productos que heredamos de generación en generación.

Lo que nos lleva a otra inevitabilidad, a la pregunta de qué es la realidad. Se ha impuesto en ciertos ámbitos, la antropología o la teoría de la comunicación, entre otros, hablar de la construcción de relatos que interpretan la realidad, con la que vemos lo que nos rodea, incluso lo que somos. Nos convertimos de este modo en un relato y ello puede dar lugar a cierta confusión puesto que la literatura, que es en gran medida un relato o un conjunto de relatos, se basa en la ficción, es decir, es verosímil pero no siempre real, inventamos unos personajes y unos hechos que han de tener una coherencia interna como relato, aunque no existan en la realidad, no sean palpables en el mundo físico ni haya ocurrido nunca lo que se cuenta. Aunque a menudo los lectores pueden sentirse identificados con dichos personajes y dichos hechos por haber vivido circunstancias parecidas o nos resulten muy cercano a lo que sentimos. Del mismo modo, el autor recoge ámbitos de realidad y los narra de otra forma, juega con ellos o los parcela para volver a construir lo real de otro modo.

Bueno, tal vez todo esto no tenga ningún sentido ni sirva en realidad para mucho, más allá de ser un mero ejercicio de fingida erudición. Al fin y al cabo, lo que importa en literatura es que guste lo que se lea, nos permita pasar un buen rato, no sólo en el sentido del ocio, también del atento ejercicio placentero de la lectura y, tal vez, si tenemos tiempo y algo de ganas, asociemos lo leído a nuestra propia cotidianidad, a nuestra vida en definitiva.  

En todo caso, esta reflexión sobre lo real, lo cotidiano y la ficción es el efecto que me ha producido leer Nuestra historia, un conjunto de relatos de Pedro Ugarte, que es un escritor al que he seguido con no poco interés desde sus inicios por esa manera de coser la cotidianidad en cada una de sus narraciones. Y a todas luces es un encomiable modisto, como se aprecia en este su último libro publicado. Ya en la primera página del primer relato hay toda una declaración o justificación literaria: «Dormir era el único estado en que me sabía a salvo del infierno», afirma el narrador. Todo lo demás es narrable, porque quizá el infierno y sus múltiples contenidos sean por fuerza la materia prima de la literatura. El paradisiaco cielo puede que sea un destino deseable, una buena aspiración, aunque a todas luces de lo que hablemos y lo que narremos en él, si es que llegamos a allí, sea de las sagas del infierno.


Hay mucha cotidianidad en los relatos de este libro. También mucho miedo, mucha frustración y mucho desasosiego en el interior de los personajes, en su modo de confrontarse a lo real, incluso a una mera y (en apariencia) inocente anécdota. No es por casualidad que al personaje con más seguridad y entereza, a Verónica de «Verónica y los dones», se le castiga con toda intención a sufrir la incertidumbre, la duda, la incerteza. No en vano en un mundo con tanta vacilación quien posea el don de acertar y saber con absoluta claridad -clarividencia- lo que se quiere ha de ser castigado a que su seguro suelo se tambaleé. Porque nos repele que alguien escape a nuestros miedos.

Intentamos superar esa cotidianidad atribulada y mediocre esforzándonos en que las cosas nos salgan bien de una vez, como el comercial del «Hombre del cartapacio», pero -¡maldición!- la vida conspira contra nosotros y al final nos queda el recurso de esperar a que nuestros hijos sean cuanto menos mejores, como en «Vida de mi padre», aunque en realidad no es así como funcionamos, recuérdese que en la mitología griega la reacción de muchos dioses, héroes y reyes cuando se les anuncia que sus hijos serán mejores que ellos es matarlos, expulsarlos lejos de su presencia o encerrar a sus madres antes de engendrarlos para evitar que nazcan, por lo que en realidad lo que quieren los padres es que se conviertan en lo que ellos no pudieron y desearon ser.


Cierto, la lectura de este libro provoca una cierta zozobra. Tal vez advertirlo, si hay alguien que lea esto, eche para atrás a algunos, aunque se perderían una buena colección de relatos. Claro que la cotidianidad ya aporta buenas dosis de angustia cotidiana y leer estos relatos ayude en algo a afrontar la vida con filosofía.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Literatura

Borges, al escribir Pierre Menard, autor del Quijote, plantea el tema de la relectura y la correspondiente interpretación -¿reescritura?- de una obra de ficción. Qué sentido tiene, nos podríamos preguntar, leer el Quijote hoy -o el Lazarillo, o la Odisea, o el Gargantúa, o cualquier obra antigua o clásica-, cuando han pasado, nada menos, que cuatrocientos años de su publicación y, por tanto, han ocurrido demasiadas cosas, buenas y malas, entre ellas el cambio en el idioma castellano, la modificación política, social, económica, ideológica del país de Cervantes, numerosas guerras, entre ellas dos mundiales, el fascismo, la Ilustración, la aceptación cada vez mayor del matrimonio homosexual, el racismo institucionalizado, la separación Iglesias-Estados, la enseñanza universal, el pacifismo y el antimilitarismo, el absolutismo estalinista, la minifalda, la revolución francesa, la descolonización, el feminismo, las declaraciones de derechos, las utopías que miran al futuro, las guerras carlistas, la esclavitud masiva (taylorista), la revolución industrial, el avance tecnológico, los nuevos roles masculinos, la universalización de la sanidad, el estructuralismo, la amenaza nuclear, el nouveau roman, el surrealismo, etc, etc., todo lo cual nos llevaría a percibir que leer una obra de hace cuatrocientos años pudiera ser un ejercicio cuando menos ornamental, un mero lujo las veces que nos lo podemos permitir en nuestras ocupadas, excitantes y mediocres vidas contemporáneas.

Salta por tanto a la vista: el lector del Quijote de noviembre de 2016 es muy diferente al lector de la obra en noviembre de 1616, cuando Cervantes llevaba ya unos meses fallecido. Incluso el lector de noviembre de 2016 va a cambiar mucho dependiendo la edad, su grado de formación y la experiencia vital y/o literaria (si acaso son distintas) que tenga. Qué sentido, pues, tiene leer El Quijote. La respuesta va a depender en gran medida de que aceptemos que la lectura es una interpretación -o una reinterpretación que tiene en cuenta las lecturas anteriores-, y por tanto una reescritura de la obra leída, ¿estamos entonces ante un Quijote, una sola obra, o ante tantas obras como lectores haya? Pierre Menard escribe el Quijote, las frases son las mismas que las del Quijote de Cervantes, pero no es el mismo libro, entre otras cosas porque Pierre Menard y Miguel de Cervantes no son las mismas personas, obvio, pero no lo son tampoco sus tiempos, sus lecturas, sus intereses culturales y personales, sus vidas, sus experiencias. Como no lo somos los lectores actuales, por eso el Quijote de Menard le resulta forzado al narrador de Borges -«adolece alguna afectación», afirmará- mientras que el estilo de Cervantes es a todas luces desenfadado.

Lo que nos lleva a entender la obra literaria -El Quijote o cualquier otra- no desde su tiempo, con el correspondiente análisis de la biografía del autor y de su época, sino desde las características del momento que en la obra sea leída. En este sentido, la voz femenina de algunas cantigas que cuenta a su madre, y nos cuenta hoy, en galaicoportugués, que había acudido a la fuente y había contemplado cervatillos escandalizaba en el siglo XVII, se ignoraba en el XIX o nos resulta indiferente, moralmente, en 2016: no cambia la obra (ni las circunstancias en que fue escrita), sino la época de su lectura, la de sus receptores. De este modo, tal vez al estudiantazgo escolar y universitario habría que enfocarle la obra no según la época en que fue escrita, sino de acuerdo a la época desde la que se la lee. Sin duda, les sería mucho más útil a quienes se acercaran a la literatura en nuestros días, sobre todo a estudiantes cuya aproximación a la materia literaria tal como se conforma hoy no es, a todas luces, la más acertada, no lo ha sido en mucho tiempo.

Es algo que se plantea Tzvetan Todorov en su ensayo La literatura en peligro, un libro que publicó en 2007 en Francia y que es un breve acercamiento a la literatura y la manera de leerla, acogerla y entenderla más allá de visiones formales -formalistas- y en exceso académicas. Estudiar los recursos retóricos y estilísticos, las figuras, los encadenamientos y fórmulas narrativas está muy bien, pero al final lo que importa es lo que dice la obra al lector, lo que le comunica y lo que le permite entender no de la obra, sino de sí mismo. La pregunta que habría que formular, por tanto, a cualquier estudiante actual no es qué quiso decir Cervantes al escribir el Quijote en función de su propia vida y de su tiempo, sino que le dice el Quijote al estudiante de su propia vida, como lector, si lo es, o como persona. Dicho de otro modo: El Quijote, como cualquier otra obra, no nos habla tanto, que también, de una determinada época, sino que nos puede reflejar el presente si atendemos a la obra como un espejo en el que reflejarnos.

Tal vez sólo así se consiga que la literatura sea apreciada no como una materia erudita ajena a la experiencia vital -es útil estudiar matemáticas, o física, o leyes, o economía, o electricidad o buenos modales, para nuestra vida cotidiana, no lo es tanto, según esta visión, estudiar literatura más allá de un mero divertimento-, sino como algo que lleva a pensar, a pensarse y reflexionar así sobre su medio y su propia existencia. Al fin y al cabo, no es algo nuevo: ya en la Edad Media había los exemplos, aquellos relatos, casi siempre breves, que servían de espejo al lector, un joven que se preparaba para la vida, le enseñaba a pensar, a vivir, a evolucionar y madurar, si es que alguien madura realmente alguna vez. El Conde Lucanor, escrito por don Juan Manuel, sería un bueno modelo de ello. Tampoco son otra cosa muchos de los cuentos infantiles, los actuales y los de toda la vida.


Intentar que un escolar lea El Lazarillo desde planteamientos sólo formales es, en definitiva, matar la obra y el interés que pueda obtenerse de ella: ni se entiende el lenguaje, ni se entienden las figuras retóricas, ni se deducen las cuestiones sociales que entrañaba la obra. Se pierde interés por la obra y al final se perderá la ocasión de percibir la enorme crítica hacia su época y de paso hacia la actual, que también la tiene, de esta novela. En este sentido, el profesor José María Valverde comentaba que si a los jóvenes de escuelas e institutos se les enseñase una hipotética materia de drogas del mismo modo que se les enseña literatura, con toda certeza nadie se drogaría en este país.


Quizá toda esta reflexión haya sido en vano y resulte insustancial planteársela en nuestros días: los planes de estudio parece que le hayan dado una patada a la asignatura y la hayan dejado en un rincón del patio. Hay quien dice que esta marginación de ciertas materias en los programas de estudio forma parte de una estratagema de los poderes de este mundo por forjar individuos sin pensamiento, ni crítico ni de ningún tipo. Puede que ni siquiera llegue a ello: el mundo se ha vuelto, ni más ni menos, anodino y sólo nos queda escoger entre lo malo y lo peor. Tal vez don Quijote nos diga algo al respecto.