jueves, 23 de abril de 2026

Atusparia

 


Cree la protagonista de Atusparia que «no hay que inventar las utopías de cero, las utopías de los vencidos siempre han estado ahí para quien quiera tomarlas». En su novela, Gabriela Wiener nos cuenta el proceso político de una mujer que adopta el nombre de un líder indígena del siglo XIX. Ella forma parte de ese sector de la población peruana, sin duda amplio, que en la historia reciente de su país vive en tierra de nadie, entre límites forjados a lo largo de la historia, en un momento además violento y repleto de incertidumbres. Se compromete políticamente y vive con intensidad los debates, los encuentros y desencuentros, las luchas internas, a veces violentas con la irrupción de las guerrillas, opta ella por la vía política y acaba siendo candidata a la presidencia, siendo víctima de maquinaciones e intrigas.

El trasfondo de la novela está en esa izquierda que contempla la caída del Muro de Berlín, la desaparición de la URSS y sus satélites, la acción virulenta de Sendero Luminoso, que se vuelve un obstáculo sanguinario para la izquierda transformadora, una izquierda que vive envuelta en cismas, discusiones, juegos de artificios que no llevan a ninguna parte, intentos de pureza ideológica o de lo contrario, consensos y mezcolanzas de proyectos, desistimientos de objetivos, clamores por unidades a cualquier precio o nuevas disensiones que tienden otra vez a los cismas. Los últimos años del siglo XX fue en cierto modo un clamor en el desierto para la izquierda, en un momento en que se vaticinó que la historia daba a su fin, el capitalismo había triunfado e incluso podía quitarse la careta de la preocupación social porque nada le hacía contrapeso. Surge así el neoliberalismo, un salto más en el capitalismo tardío que saca de sus prácticas las políticas sociales, todo debía estar en manos del mercado, incluso lo que hasta hace bien poco se concebía como derechos. Milei lo ha dejado claro: la educación no es un derecho, en absoluto. O lo que es lo mismo: quien quiera instrucción que se la pague. Como por el camino hemos disminuido las ayudas sociales, ya sabemos quiénes podrán estudiar bajo su mandato.

Es un fenómeno mundial: el eje se ha desplazado tanto a la derecha que incluso la socialdemocracia parece hoy revolucionaria. De socialcomunista tachan algunos al gobierno de coalición español, formado por el PSOE -un mero repaso a las políticas de este partido en los últimos cuarenta años deja claro su aceptación y defensa del capitalismo- y Sumar -pura socialdemocracia su programa-, mientras las grandes empresas siguen ganando dinero a espuertas, sin que se las haya tocado un ápice de su capital privado, sin atreverse más que de un modo tímido, cuasi vergonzante, a tasar sus beneficios, sin haber intervenido el mercado de la vivienda, sólo medidas que son más bien tiritas para afrontar los precios exagerados, aplicando, es cierto, algunas medidas de ayuda social, sin duda importantes, pero que quedan ensombrecidas por la crisis que se avecina, tan amenazante.

Mientras, la izquierda de esta izquierda socialdemócrata que parece radical en este nuevo panorama político está prácticamente desaparecida, quedan algunos grupúsculos que claman otra vez en el desierto, apenas hay unos pocos focos en Francia, en América Latina, pero sin apenas fuerza, en un momento en el que hasta los sandinistas, una esperanza roja en los ochenta, son hoy una caricatura ridícula alrededor de un egocéntrico Daniel Ortega.

Malos tiempos para la izquierda, podríamos decir, a pesar de los cantos de sirena o de ese llamamiento en España de Gabriel Rufián por unir «a las izquierdas», en una pirueta extraña por su parte, de los pactos con la derecha catalana y la independencia hace apenas diez años a querer encabezar un proyecto estatal que parece más bien un intento de salvar los muebles, aunque es indudable que la amenaza de la extrema derecha, con sus debates inanes y el retroceso que conllevaría, marca una variable a tener en cuenta.

En América algunos gobiernos progresistas ejercen sus gobiernos en contra de esa marea neoliberal. Pero sin duda nada tiene que ver con el trasfondo que vemos en la novela de Gabriela Wiener. Ese tiempo ha pasado. O tal vez no, la pobreza y la amenaza de la guerra siguen allí, la explotación de los más débiles o las políticas imperiales continúan presentes en la realidad, la vida sigue sombría en un mundo de beneficios y ganancias para unos pocos; la cuestión es cómo lo afrontamos, cómo lo vivimos.  Asunción Grass, el personaje de Atusparia que ejerce de contrapeso de la protagonista afirma: «la literatura es donde se vuelve a juzgar la historia, donde se reabre el expediente. ¿Un libro puede ser llave, abrir un calabozo?»

Quizá esa arma cargada de futuro de la que hablaba Gabriel Celaya no cambie el mundo. Pero ayuda a comprenderlo, que ya es mucho en estos malos tiempos, una literatura que nos habla de los vencidos, que nos refleja frente a los cantos de sirena.

sábado, 11 de abril de 2026

Los símbolos


 

«Nada nace de lo que no existe». Lo dice Epicuro en su epístola a Heródoto y, como si pretendiera incidir en la visión de las cosas humanas de su destinatario, el historiador griego, añade: «El universo siempre fue tal como ahora es, y que siempre será así, puesto que no hay nada en que transformarse».

Qué duda cabe de que la segunda afirmación deja un poso de fatalidad si la aplicamos a la realidad humana, a la historia de las diferentes sociedades que componen el mundo, y sin duda lo confirmamos si lanzamos una mirada hacia lo que ocurre ahora mismo, a esas guerras que se extienden, no sin los viejos clichés con que se siguen legitimando los genocidios, las tiranías e incluso las actividades turbias de las democracias decadentes, promovidas por los nuevos sofistas y que han persistido, empeño nefasto, como hasta hace bien poco incluso en países desarrollados, cultos y ejemplares, en esta misma Europa orgullosa, por ejemplo, que se erigen en modelo pero que no puede ocultar bajo sus alfombras lujosas el horror de los crímenes habidos.

Nada nace de la nada, todos los efectos tienen sus causas y todas las causas producen sus efectos.

Aunque le pongamos una fachada ornamentada o redactemos discursos elogiosos, intuimos que detrás no hay nada nuevo, «nada nuevo bajo el sol» en palabras atribuidas al Rey Salomón, no muy distantes en su sentido a las del filósofo griego.

Lo aplicamos a cualquier época y a cualquier lugar, no dejamos de sentir en ocasiones que la realidad es una sucesión de causas y efectos sin remedio, eslabones sin más objeto que mantener la cadena de la historia, quién sabe si sucesión sempiterna o dirigida a un inevitable final de los tiempos.

¿De dónde vienen, por ejemplo, las corrupciones y corruptelas que vuelven a ser tema central en los debates políticos españoles, si es que alguna vez se ha dejado de hablar de corrupción en España? Comienzan dos juicios que afectan a los dos partidos principales en España y se juntan a otro, el del Clan de los Pujol, proceso que está debida y sospechosamente silenciado en los medios de comunicación y en las mesas de los tertulianos mediáticos. ¿De qué son efectos tales casos?¿Hay algo connatural a la historia del país?¿Es específica del actual periodo de democracia, una vez asentada la transición, no en vano todos las etapas habidas han acabado con casos escandalosos y se reproducen además en cada comunidad autónoma, con mayor o menor intensidad?¿Podemos remontarnos a otros momentos de la historia reciente del país?

A la espera de una historia general de la corrupción en España, es plausible acudir a una novela cuasi olvidada del escritor catalán Francisco González Ledesma, Los símbolos. En ella vuelve a describir la Barcelona de los barrios pobres, la de la miseria y la de las resistencias, la de los callejones miserables en los que convivían personas muy peculiares, muchos de ellos retratados por el autor, la de los rincones en los que confluyeron revolucionarios, desalmados, apolíticos, prostitutas, ladronzuelos, buscavidas, chaperos, obreros, modistas, taberneros, artistas; por ahí anduvieron también Jean Genet, Víctor Serge o Georges Orwell.

En su novela, González Ledesma nos habla también de la otra cara de la moneda, la de una burguesía vencedora de la guerra y que vuelve a sus negocios, siempre bajo la protección de un Estado, da igual quien gobierne y bajo cualquier régimen, al fin y al cabo todos ellos logran calmar los temores de esa burguesía a los peligros de la revuelta, de la revolución, del caos. Es esa burguesía que gusta presentarse como innovadora, liberal, culta y europea, pero que no le hace ascos, como se refleja en la novela, al franquismo. Se adapta a cualquier cosa para sacar adelante los negocios.

Y por supuesto en la novela la corrupción está presente en forma de acuerdos turbios, de artimañas empresariales, de tejemanejes, de intereses y artificios. Lo descrito en Los símbolos, publicada en 1987, bien pudiera ser la antesala de nuevos negocios realizados hoy.

El autor le confesó a su editor que la novela fue un ajuste de cuentas con sus fantasmas del pasado, los de la posguerra, su forma de poner orden en su memoria, en los recuerdos de esa Barcelona que supo describir a través de sus libros. Pero qué duda de que aquel instante de la ciudad no deja de ser un eslabón más en la historia de la ciudad, del país. Por mucho que hayan cambiado los tiempos y Barcelona sea hoy más bien un parque temático para deleite de turistas y de ejecutivos de las ferias. A pesar también de que se haya querido olvidar esa Barcelona canalla que González Ledesma conoció y describió, o a lo sumo se pretenda presentar como parte del espectáculo actual, por deferencia a artistas e historiadores. Todo sigue teniendo al fin ese aroma a pétalos de rosa de los salones burgueses de toda la vida.

 

domingo, 5 de abril de 2026

Cartas

 


Vivian Gornick nos habla con nostalgia del tiempo de los «epistológrafos», los que, como ella, como sus amigos, escribían cartas. No tanto por decisión ni por necesidad, sino como forma de vida. A través de las epístolas, de su escritura silente y apasionada, sus escribientes se posicionaban en el mundo, ordenaban las ideas, poseían el tiempo y los espacios abiertos que describían con lentitud, se transmitían unos a otros esa visión de las cosas como experiencia de vida que había que compartir, volvían en común lo que eran percepciones individuales y así se avanzaba en una reflexión comunitaria, enriquecedora, social.

En el capítulo «Escribir cartas» del libro Mirarse de frente, publicado por Sexto Piso, la autora neoyorquina cita a Philip Larkin, que rememora ese mismo mundo de «epistológrafos» en el que «las cartas se reciben con avidez y se entregaban con fidelidad».

«Escribir una carta es estar a solas con mis pensamientos ante la presencia evocada de otra persona», nos dice la escritora, y con ello nos habla de la soledad, del silencio, de la comunicación como formas de sociabilidad que se han perdido en este mundo contemporáneo y de prisas sin sentido, en el que todo pasa con rapidez, los medios de comunicación nos cuentan los hechos al momento, de inmediato, abundan los directos, el tono acucioso, algo bronco y tremebundo, y al instante los olvidan para recoger nuevos hechos que adoptan la misma presteza.

Del mismo modo que Zweig vio desparecer un mundo y surgir otro, Vivian Gornick describe ese cambio del que es testigo. Hay nostalgia, en efecto, la sensación de que lo que brota es a todas luces peor, algo sin duda terrible en quien, como la autora, aspira a una sociedad distinta, mejor. Pero en esos detalles se ve que algo falla y empeora. Claro que es algo propio del paso de las generaciones que van pasando apreciar que las nuevas generaciones se plantean las cosas peor y tal vez no sea tanto la valoración negativa que le damos a las nuevas expresiones lo que importe, sino el hecho de que sólo son diferentes. Ya ocurría incluso en la Grecia clásica. En definitiva, se trata de algo propio de viejunos que van viendo que lo suyo se diluye en el presente y añora entonces lo que fue. Así lo podemos considerar en cierto modo.

Pero es cierto que se han dejado de escribir cartas, en parte por la aparición de nuevos canales de comunicación más inmediatos. También hemos dejado, parece ser, de hablar, de charlar plácidamente, lo menciona Vivian Garnick en su capítulo. Hubo un tiempo de reuniones vespertinas en pueblos y barrios, de charlas de vecindades que compartían impresiones, describían hechos, recuerdos y vivencias. Ya apenas se habla así en nuestras ciudades y pueblos, tal vez en los bares y cafés, pero sin duda ocurre de otra manera, ya no existen las antiguas tertulias, aquellas que nos describía Cansinos Assens en su La novela de un literato, a todas luces una larga epístola en el que nos describe lo que fueron aquellos encuentros. Intercambiar visiones de la vida, es lo que se hacían en los mismos. Era justo esto lo que se daba en Bissau, al anochecer, cuando en el barrio de Antula la gente me describía cosas del país, se hablaba de la vida, no tan diferente a lo que ocurría en otros lares. Sólo cambian los detalles, la esencia es igual en todas partes.

Pero puede que sea todo vana nostalgia. O quizá sea la sensación de haber perdido demasiado por el camino, un efecto de lo que no ha podido ser, la melancolía por lo que no se ha dado, sin necesidad de comparar, un simple echar de menos. Justo esto, dicen, es la saudade, la sodade que cantaba Cesárea Évora, cadencia de toda nostalgia que pasa ineludiblemente de una generación a otra.