miércoles, 30 de marzo de 2016

Literatura y religión

Una vez terminada la Semana Santa es buen momento para plantear la cuestión religiosa en el mundo en general, en España en particular. Habrá quien piense que esto de la religión es cosa del pasado, que ahora se cumple lo afirmado por Azaña en los años de la República, que España ha dejado de ser católica, y a las pruebas nos remitimos: los matrimonios civiles llevan años aumentando y están ahora mismo muy por encima de los matrimonios religiosos, en concreto de los católicos, hasta hace bien poco práctica habitual, por convicción o por tradición, entre las parejas españolas; la práctica religiosa no es ni de lejos mayoritaria en la sociedad española, que se ha vuelto laica por completo; han aumentado por otra parte la presencia de otras confesiones religiosas, sobre todo musulmanas, protestantes y evangélicas de distintas denominaciones, que rompe el monopolio del catolicismo, aunque coincide con la mayor presencia del mencionado laicismo. Cierto que la Iglesia Católica, como institución, posee un peso enorme en las decisiones, se recogen con frecuencia las opiniones de los Obispos en los medios de comunicación, vengan o no a cuento, tengan o no relevancia social, aunque es más un hábito que se mantiene tras lustros de vínculos muy fuertes entre la Iglesia Católica y el Estado español. No se trata de un hecho que se circunscriba sólo a España, ocurre en toda Europa, un continente donde las confesiones religiosas han de acostumbrarse a ser minoritarias, a compartir espacios públicos sin ser las únicas interlocutoras sociales, a aceptar que la fe y la cuestión religiosa, aun cuando posea una dimensión social evidente, no sólo no deben ligarse a la política y al Estado, sino además se tiene que mantener en el ámbito de la privacidad. Los nuevos aires del Vaticano, en cuanto al Catolicismo, parece ir por esta vía.

Sin embargo, la religión ha sido importante en nuestras sociedades y ha tenido una incidencia en la cultura enorme. En este sentido, la literatura ha sido también expresión de las creencias, se compartan o no, y a veces campo de batalla. Podemos circunscribirnos en España como ejemplo a dos siglos en los que la presencia de lo religioso adquirió una gran importancia y dio además obras de una profunda envergadura: el XVI y el XX. No es que otras épocas fueran ajenas a la religión, todo lo contrario, pero esos dos siglos resultan en especial interesantes. No es casualidad que fueran dos siglos en los que surgieron no pocas heterodoxias o formas nuevas de sentimiento religioso: el siglo XVI fue en España el siglo de los alumbrados, de los erasmistas, tan importantes ellos, con figuras como Francisco Ximénez de Cisneros o los hermanos Valdés, de importantes movimientos renovadores en el seno del catolicismo, de los que Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz fueron un ejemplo, de los ilumandos y, en menor medida, de los círculos protestantes de Valladolid y Sevilla. 

El siglo XX, por su parte, dio lugar a un catolicismo más intimista y espiritual, sin que por ello tuviera una repercusión social importante. Este siglo se inició en España con la entrada de una corriente de pensamiento nueva y muy ligada a movimientos de raíz protestante europeos vinculados a un neorreformismo religioso y social: el krausismo. Este movimento tuvo mucha relación con nuevas doctrinas pedagógicas y con la creación, por ejemplo, de la Residencia de Estudiantes. Pero donde hubo un enorme cambio en el catolicismo español fue en la introducción de la duda, en la reflexión íntima de la fe -Unamuno fue en cierto modo el exponente más conocido de esta posición, con San Manuel Bueno Martir como gran novela exponencial-, en la expresión de un existencialismo cristiano en el que el silencio de Dios es el gran tema -el poeta José María Valverde lo reflejaría en gran medida-, la relación con una sociedad nueva que ya no es de una forma monolítica católica, como lo pretende la Iglesia institucional, convertida en muchos momentos en un poder fáctico, y en el que el cristianismo comparte reflexión con la filosofía lacia y materialista. Son interesantes a este respecto dos novelas de Pío Baroja: El árbol de la ciencia y César o nada. En esta última novela, por cierto, Baroja parece acercarse a cierta reflexión religiosa no desde su agnosticismo algo huraño que se le atribuye, sino desde un intento de comprender el pensamiento religioso.

El escritor Miguel Delibes expresa en buena medida esta literatura que expone de un modo íntimo la cuestión de la fe. Se aprecia sobre todo en su novela La Sombra del ciprés es alargada, que resulta un claro ejemplo de la literatura de temática existencial con presencia de una honda reflexión sobre el espíritu, novela en la que en cierto modo desemboca todo ese pensamiento religioso del siglo XX.

La literatura española del siglo XXI parece, por su parte, completamente ajena a la cuestión religiosa. Claro que sería una afirmación algo tajante que habría que matizar mucho. Sería necesario dejar de pasar el tiempo para aquilatar en toda su envergadura la cuestión. El tema, por lo demás, es lo bastante amplio como para que se pueda exponder de un modo génerico, como se ha hecho aquí. Se trata al fin y al cabo de una reflexión provocada por la Semana Santa y la lectura de algunos de los libros y autores mencionados, un mero entretenimiento de este inicio primaveral.


miércoles, 23 de marzo de 2016

Cruzadas

En 1983 Amin Maalouf publicaba un ensayo, Les croisades vues par les arabes, en que analizaba las cruzadas medievales que organizaron los europeos entre 1096 y 1291. Con el objetivo de liberar los Santos Lugares ocupados por los musulmanes, miles de personas de origenes diversos -francos, sajones, lombardos, teutones, aragoneses, entre otros muchos- cruzaron el Mediterráneo y se lanzaron a una guerra que se calificó de santa y que permitiría la inmediata salvación para quienes murieran durante tal empresa. Sin duda, muchos de quienes se incorporaron a esas huestes creían a pies puntillas, tal vez sin haberlo reflexionado demasiado, que cumplían con una misión que les garantizaría dicha salvación. Pero a tenor de las prácticas llevadas a cabo en Tierra Santa, una buena parte de aquella soldadesca tenían otros objetivos no tan nobles. Se llevaron a cabo macabras masacres y el pillaje fue al mismo tiempo un modo de cobrarse tanto sacrificio.

El concepto de Cruzada, de Guerra Santa, con el correspondiente uso de la violencia organizada y su introducción en el sistema jurídico y de valores, incluidos los valores religiosos, cambió en gran medida la sociedad medieval y el cristianismo occidental, no en vano el mismísimo Obispado de Roma, cabeza de la cristiandad, se decía, llamaba a tomar las armas, lo justificaba y de este modo se alejaba a todas luces del mensaje bíblico por medio de las más variadas argumentaciones, que por fortuna no eran compartidas por toda la comunidad cristiana, surgieron voces discordantes que rechazaban esa violencia y cuestionaban ese alejamiento del mensaje de Cristo. Pero estas disidencias no frenaron ese proceso. El autor libanés, en este sentido, analiza el concepto de derecho que se establece en ese momento entre los cruzados y que ayudaría a reformular el concepto de derecho con que, un par de siglos después, comenzaría a plantearse en las nuevas organizaciones políticas que surgirán en Europa.

En esta época se forja la imagen del otro, en este caso del musulmán. No hay que olvidar que la expansión árabe del siglo VIII significó la ocupación de territorios europeos, como la península Ibérica o Sicilia, los árabes llegarían hasta Poitiers, donde se detuvo la conquista musulmana y comenzó el largo proceso denominado reconquista (no muy justo, por cierto, y bastante cuestionado). También se iniciaría una literatura que narraba estas luchas, como La Chanson de Roldan o el Poema del Mío Cid, obras éstas que resultaban de un sinfín de relatos versificados que contaban con múltiples versiones y que ayudaban a forjar la imagen del otro. 

Las cruzadas tuvieron, por su parte, lo cuenta Amin Maalouf, unas víctimas cuya existencia molestaba en ese intento de disponer de una visión simplificadora de la realidad, tan útil para la guerra que requiere siempre la división sin matices de los bandos: los cristianos ortodoxos. Al igual de lo que ocurre hoy, aunque sin duda con una proporcionalidad diferente, una parte de la población árabe profesaba la fe cristiana. La mayoría eran cristianos ortodoxos, seguidores de las Iglesias que surgieron con el Cisma de 1054 que dividió el cristianismo oriental, de rito griego, y el cristianismo occidental, de rito latino, pero también había otras comunidades cristianas cuyas raíces eran anteriores y que se habían adaptado a convivir con los musulmanes. Muchas de estas comunidades, al igual de lo que ocurre hoy empleaban el árabe en sus ritos. 

Los cruzados no supieron encajar muchas veces a estas comunidades en su estrecha visión del mundo. Por un lado las veían como aliados naturales, eran al fin y al cabo cristianos, pero su convivencia pacífica con los musulmanes y el que compartiesen una cultura con ellos los volvían sospechosos. No pocas fueron las veces que se convirtieron en víctimas de los cruzados. La guerra, ya se sabe, no permite ver las gamas de colores existentes y tampoco interesa. Los musulmanes, por su parte, comenzaron también a recelar de ellos tras lustros de convivencia, esa fe compartida con el enemigo despertaba también sospechas y en ocasiones se les persiguió.

Cuando han pasado más de siete siglos de la última cruzada, volvemos a padecer las mismas estrecheces de miras. Mantenemos el nosotros o ellos, ellos o nosotros, como base de un discurso belicista, divisorio y de bloques. El horror de los atentados en nombre del islamismo nos hiere y escandaliza por convertirnos a todos en objetivos, somos sin remedio del otro bloque. Pero el otro bloque exige también fidelidad absoluta. Sin duda el discurso del primer ministro francés Hollande tras los trágicos y desgraciados atentados de París, a finales de 2015, tendría su equivalente casi paralelo en cualquiera de las argumentaciones en favor de las cruzadas. Hemos sustituido la defensa de la fe por la defensa de la democracia y de nuestros valores, incluso una diplomática europea en España, en entrevista concedida a Radio Euskadi el pasado lunes 21 de Marzo, apela a razones identitarias para defender las restricciones de entrada de refugiados y migrantes.

Porque ésta es otra, al igual que entonces, en los tiempos de las cruzadas, hoy tenemos otras víctimas que están en medio de los dos bloques y que se convierten también en víctimas de esta locura: huyen de la guerra de Oriente Próximo y de un autoritarismo cruel y cruento, pero no se les permite entrar en el paraíso europeo, se les rechaza y se les tacha además de ser un peligro. Convierte en cierto aquello de que la historia se repite, lo cual es de verdad una desgracia.

lunes, 21 de marzo de 2016

Jean-Christophe Rufin

Jean-Christophe Rufin
Rouge Brésil
Editions Gallimard, 2001


El colonialismo tuvo cosas absurdas, como el intento de que las colonias fueran un reflejo de la
metrópoli incluso cuando saltaba a la vista -o al sentido común, más bien- las diferencias absolutas entre las poblaciones de uno y otro lado, y las muy diferentes que eran las referencias respectivas, lógicas por otro lado ya que se trataban de comunidades distintas. No tenía sentido que los niños de Guinea Bissau o de Angola, por poner un ejemplo, estudiaran como propios los ríos del Portugal europeo o la lista de los reyes portugueses, incluso de aquellos anteriores a los que fueran sus primeros ancestros colonizados. Sin duda, había un motivo que no era otro que la voluntad homogenizadora de los Estados modernos, esto es, los que surgieron tras el Renacimiento y que necesitaban con urgencia una naturaleza única, a diferencia de los imperios clásicos en los que no había esa obsesión por crear un único modelo social y cultural. Un pueblo, una patria, una lengua, una religión, en consecuencia un Estado: podría ser éste el eslogan que guiaba la senda a seguir y que, por desgracia, con el paso del tiempo, causó situaciones terroríficas. 

Claro que hubo casos en los que los colonizadores sí que llegaron a levantar un modelo parecido al de la metropoli. Fue el caso, por ejemplo, de las primeras colonias británicas en América del Norte, pobladas por ingleses y que en ocasiones eran copia exacta del país colonizador. Sin duda fue esa también la voluntad de los españoles que llegaron al denominado Nuevo Mundo y que bautizaban las nuevas ciudades con los nombres de las localidades de orígen. Se trataba, en definitiva, de imponer lo mismo que en Reino Unido, España o Portugal. En este sentido resulta recomendable leer la parte del ensayo Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe en la que Octavio Paz analiza el colonialismo español en América, lo compara al británico y saca sus conclusiones respecto a las consecuencias. 

Tal fue también la idea del vicealmirante francés Nicolas Durand de Villegagnon al partir en 1555 hacia tierras del sur de América y fundar la Francia Antártica en el territorio que hoy ocupa Rio de Janeiro, aventura a todas luces efímera de la que apenas se guarda hoy recuerdo. Esta historia la convirtió en novela el escritor francés Jean-Christophe Rufin, con la que ganó en 2001 el premio Goncourt. Rouge Brésil describe esa llegada de Villegagnon al Brasil con un grupo de hombres que reproducen en ese trozo considerado de Francia, la Francia de ultramar, el conflicto religioso tan presente tanto en Francia como en Europa durante el siglo XVI. Católicos y protestantes se enfrentarán por el dominio del territorio. Pero, al igual de lo que ocurría en Europa, ambos bloques no eran homogéneos, y así vemos como, aun cuando la fracción más puristas del bando hugonote, la más estricta y firme seguidora del modelo calvinista, parece crecer y fortalecerse, no hay una visión homogénea en el mismo, al grupo de anabaptistas que llegan en la primera expedición hay que sumar la actitud de algunos protestantes que intentan mantener la fidelidad al libre albedrío, como Quintin, que no se identifica con la situación, del mismo modo que en el bando católico, más poderosa militarmente, hay quien adopta posiciones eclécticas que también se dieron en Europa, no hay que olvidar a Erasmo de Rotterdam o en España a toda una generación -el Cardenal Cisneros, los hermanos Valdés, Luis Vives y tantos otros nombres- que estuvieron entre dos aguas, intentando entender y aprehender lo mejor, lo más lúcido, de ambos bandos, defendiendo siempre la libertad individual y la fidelidad a los principios sin imponérselos al contrario, es decir, al prójimo, por decirlo de un modo bíblico. 

En la novela de Jean-Christophe Rufin hay dos personajes, los hermanos Just y Colombe, a partir de los cuales se construye el relato y que van más allá del conflicto religioso, su presencia nos permite indagar cuál era la actitud de los colonizadores respecto a los indígenas y a aquella naturaleza,que tanto impactó a los europeos que veían por primera vez esa parte del mundo, un mundo que les costó entender y asumir. De este modo, Colombe, que durante un tiempo tuvo que fingir su condición de mujer y actuar como hombre para poder ser trasladada como trujamán al Brasil, se identifica con los hombres y mujeres de aquellos lares, se convierte en una de ellas. No fue empero el único caso de blanco que se inserta en las sociedades indígenas y que deben por ello romper con sus propios orígenes.

En cierto modo la novela alcanza una actualidad brutal si la leemos en clave de los varios conflictos que estallan al mismo tiempo y que requieren, para su superación, de mucho esfuerzo de empatía y negociación, lo que no siempre se da. El encontronazo entre los bloques se da, por tanto, con fuerza y al final parece imposible establecer un ambiente de libertad, por mucho que se hubiese planteado en algún momento. Aquella isla de Serigipe donde desembarca la expedición -y que hoy lleva el nombre de Villegagnon- deviene el símbolo de la Europa de entonces, aunque quizá también de la Europa de hoy, cuyo maltrato a los refugiados que llegan a sus fronteras nos produce a muchos verdaderas
nauseas.

jueves, 17 de marzo de 2016

¿Manuel Vázquez Montalbán olvidado?

Vaya por delante que uno desconoce el funcionamiento de las empresas en estos tiempos de capitalismo calificado como salvaje. Es sabido, aunque no del todo asumido, que el objetivo principal de una empresa es obtener beneficios. Sin ellos no se puede mantener la estructura empresarial, con sus salarios, balances, resultados y cotizaciones, y desde una mera lógica sistémica, es legítimo que así sea. No obstante, uno acaba considerando que, guste o no este sistema económico, se esté o no de acuerdo con sus lógicas, se sea más o menos conservador, reformista o transformador, no todo se debe medir de acuerdo al dinero.

Las editoriales son empresas. Reconocido esto, se debe también asumir que en ellas funciona la referida lógica de los beneficios. Pero al mismo tiempo hablamos de una empresa cultural, donde la materia a producir es la literatura -aclaro que hablo sobre todo de las editoriales centradas en la literatura, las de ficción y poesía, también las que se especializan en el ensayo-, y la literatura no siempre es rentable, al menos desde la lógica de un sistema basado en los beneficios económicos. Por tanto hemos de acudir a otro tipo de beneficios que no se miden de acuerdo a las declaraciones societarias a que todas las empresas se deben. La literatura, y esto puede ser objeto de otra reflexión más larga y sesuda que yo ahora mismo no asumo ni pretendo, aporta a la sociedad un cierto valor cultural comunitario. Sin sus escritores y poetas las sociedades, todas las del planeta, serían más sosas y no habría referencias comunitarias ni simbólicas que permitieran el intercambio de ideas y sensibilidades. Reconocido esto, tenemos también que reconocer que las editoriales, además de asegurarse su continuidad mediante la obtención de los beneficios necesarios, posee otro compromiso con la cultura y deben apostar por mantener viva la herencia recibida, lo cual no siempre es fácil, se choca con unas realidades económicas no siempre gratas.

La larga lista de títulos descatalogados así lo indican. Es cierto que hay autores que están llamados inevitablemente al olvido sin que tengamos que derramar muchas lágrimas de cocodrilo, pero también lo es que a veces eso que llaman el mercado como gestor de nuestras vidas comete injusticias brutales y hay olvidos -o procesos de olvido- que resultan hirientes.

Recomendé a un conocido brasileño de viaje a Barcelona que buscara en las librerías la novela de Manuel Vázquez Montalbán El Pianista. Las razones de dicha recomendación son obvias: se trata de una novela sensible, bien escrita, lírica y bella, de tema histórico reciente y también de ecos políticos a los que mi conocido es muy afín. El que se tratara de un escritor de la segunda mitad del siglo XX, muy ligado a esa ciudad, Barcelona, y a su realidad social y política, una referencia cultural de enorme prestigio además, mencionado con frecuencia en los cenáculos intelectuales y sociales, sobre quien se realizan no pocas conferencias, simposios y alguna que otra investigación universitaria me indujo a pensar que no resultaría difícil encontrar la mencionada novela, sin duda una de las mejores del autor. 

La desagradable sorpresa fue saber que dicha novela está en el limbo de los libros descatalogados, que ninguna de las principales librerías de la ciudad guardaba ejemplar alguno del mismo y en alguna incluso se aconsejó acudir a las librerías de viejo, las de segunda mano donde quizá se podría encontrar la novela en cuestión.

¿Manuel Vázquez Montalbán olvidado? Eso parece. O al menos va en camino de ser uno de esos escritores a los que se menciona con frecuencia pero cuyos libros han desaparecido, de momento de las librerías. Ya digo, ignoro los mecanismos internos de las editoriales y las razones de sus políticas de edición, pero que El Pianista no se pueda ya comprar en ninguna librería de esa mejor tienda que es Barcelona, como decía una antigua promoción publicitaria de esa ciudad, le deja a uno por lo menos desencajado.

sábado, 12 de marzo de 2016

Nostalgia

La razón fue un rapto de locura de los dioses, que en un instante efímero dejaron de creer en sí mismos. En ese instante, abandonaron su instinto y permitieron que la lógica dominara sus vidas. Comenzaron por el lenguaje, poco a poco dejaron las metáforas y las parábolas, buscaron explicaciones con las que procuraban una vana satisfacción vital. Pero se sintieron vacíos y, a medida que se imponía la racionalidad, llegaron a sentir el dolor, no del cuerpo, ni de la carne, ni de los músculos, sino de algo intangible pero que a medida que se imponía dentro de sí les hundía en el llanto y la pena. Dejaron de ser dioses. Y los humanos que nos relacionábamos con ellos dejamos de ser héroes.

En ese momento Álvaro se calló y los tres nos quedamos en silencio ante la bahía. Al otro lado, vimos las luces de Santurce y Portugalete. El mar era como un agujero negro. No había luna. Nos estiramos sobre la hierba y Lorena se apretujo a mi lado. Qué triste y qué bello, susurró. Ojalá siempre estuviéramos así, pensé. No sé si lo llegué a decir. Pero al día siguiente de nuevo nos íbamos a separar. Lorena regresaba a Berlín, a su trabajo en una empresa de ingeniería, Álvaro volvía a Londres, a continuar con sus trabajos precarios, a afirmar en sus largas y afligidas cartas que la vida carecía de sentido y sobre todo a escribir, escritor maldito cuando dejaba la mitología y los sentimientos hermosos, mientras que yo partía para Lisboa, a retomar mis clases. Dejábamos de nuevo Algorta, ese rincón de Vizcaya donde habíamos crecido, inseparables los tres. 

Recordé que cerca de allí, en la playa, habíamos prometido nunca separarnos. Estaremos siempre juntos, nos dijimos cuando acabamos el Instituto, pero qué efímeras son las promesas de los humanos, consideré aquella noche imitando el tono lírico-mitológico de Álvaro, nos habíamos separado, forzados por las necesidades, cierto, pero incapaces de mantener nuestra palabra. Nuestra primera despedida fue también triste. El vino y la cerveza apenas disipó la pena. Los besos de Lorena, ya de madrugada, cuando la primera claridad asomaba por detrás de las montañas, me supieron a lágrimas tal como había vaticinado Álvaro con ese toque suyo poético-tremendista: los besos sabrán a lágrimas y se convertirán en sal, había dicho. 

Hacía muchos años habíamos jugado los tres por las calles del barrio viejo, por entre los árboles que bajaban la cuesta hacia la playa. Os acordáis de los helados de Arretche, preguntó de pronto Lorena entre risas, claro que sí, respondimos los tres al unísono, toda nuestra infancia habían sido los helados del Arretche, los mejores helados del mundo, los de limón que quitaban la sed, por lo menos a mí eran con diferencia los que más me gustaban. Sabes a helado de limón, me dijo Lorena la primera vez que la besé. Besarla a ella me dejó un dulce frescor de final de verano, cuando comenzaban las tormentas, deberías de ser un sabor del Arretche, le susurré al oído.

Cuándo volveremos a vernos, preguntó Lorena. Coincidir en verano había sido casualidad. Tal vez en Navidad, comentó Álvaro. Sí, en Navidad, afirmé rotundo. Guardamos silencio. No pude menos que odiar los arranques de locura de los dioses que habían desembocado en toda esta razón desasosegante de nuestros tiempos.

martes, 8 de marzo de 2016

Lamia

Le gustaba el silencio del amanecer, temprano, cuando los perfiles de las montañas comenzaban a dibujarse levemente con las primeras despuntadas de la luz, una fina niebla rodeaba los árboles que apenas eran sombras y el frío le mantenía en duermevela y creía a pies puntillas que la felicidad consistía en vivir siempre ese instante. No le afligía la soledad, al contrario, se hallaba a gusto en la sola compañía de las ovejas, sin ver a nadie durante días. Era cuando descendía al valle que se sentía fuera de lugar, a pesar de que apenas lo poblaban unas cuantas familias, dispersas además en varias casas. Se mantenía callado, como desapegado de todos, ajeno a los diálogos entre los vecinos sobre la vida cotidiana, a las crónicas que algún chamarilero contaba de lo que sucedía más allá del río Errobi. Tendrás que buscarte una muchacha, le habían empezado a decir, pero él no hacía caso. Además, a quién iba a conocer si en aquel lugar no vivía apenas nadie, más allá de unas pocas familias, y llegó a dudar que el resto del mundo estuviera realmente poblado, como decían, no puede ser, pensaba incrédulo. Imaginaba el mundo como una sucesión de valles más o menos parecidos al suyo, separados por altas montañas y en las que vivían personas solitarias que no conocían otra cosa que los prados y las campas, el trabajo de la tierra o la compañía de los animales. 
 

Se levantó cuando la claridad le permitió ver más allá de sus narices. Comprobó que estaban todas sus ovejas, no faltaba ninguna. Su perro, Lagun, paseaba tranquilo alrededor del rebaño y movió la cola cuando le vio de pie y él se acercó para acariciarle la cabeza. Comió algo de queso y pan. Dentro de poco habré de bajar al caserío, pensó. Quizá podría dejar las ovejas acompañadas de Lagun y estar en el valle el tiempo suficiente para recoger algunas provisiones. O podía esperar a que su padre o su hermano le subieran algo de comer, lo que podría pasar en tres o cuatro días. Todavía podía mantenerse con lo que tenía y podía recoger frutos del bosque, manzanas de algunos árboles cercanos y leche de sus propias ovejas. Lo decidió así, quedarse, lo prefería. Las ovejas se levantaron a la vez, como si recibieran una orden repentina y se desperdigaron un poco para comer la yerba fresca de la mañana. El perro comenzó a correr a su alrededor e impidió que alguna de ellas se alejara de las otras. Por detrás de la cima más próxima surgió el sol, apenas velado por la niebla que empezaba a dispersarse. 
 
Con la plena luz del sol la niebla se diluyó por completo. Todavía los días eran calurosos, aunque pronto llegarían las tormentas. Pero aún podía disfrutar de las jornadas largas y luminosas. Anduvo un poco, se acercó al límite del bosque junto a la campa y se sentó sobre la raíz enorme que sobresalía de la tierra de un árbol alto como un gigante. Decían, lo contaban los ancianos, que algunos árboles habían sido mucho tiempo atrás gentiles, esos seres que vagaban solos por la tierra, gigantes y fuertes como la naturaleza, presentes en los lugares más recónditos, y que a veces ayudaban a los humanos, aunque los había también con malas intenciones. Él nunca vio a ninguno, ni de los unos ni de los otros. Dudaba por tanto de su existencia, cuentos para niños, tenía para sí, aunque con frecuencia miraba de reojo hacia los bosques o escuchaba con atención en las noches más obscuras los ruidos que llegaban hasta él. 
 
No se asustó cuando escuchó el tintineo de un cencerro. Se sorprendió algo, eso sí, pero sin temor alguno, sabía que a veces alguno de los caseros atravesaba las montañas con algún buey comprado en la feria de cualquiera de los pueblos más o menos cercanos o a algún otro casero que deseaba desprenderse de sus animales. Solía ser al final del verano, en la proximidad del otoño, cuando se daban más transacciones de este tipo y se proveían los caseros de bueyes y vacas que guardar en las estancias durante el invierno. Se levantó y oteó en busca del animal. Lo que le sorprendió es que el tintineo proviniera del interior del bosque. Sabía que había estrechas sendas, pero no solía ser el camino habitual para el ganado. Consideró la posibilidad que fuera un buey perdido, lo que le extrañó todavía más, su precio no era bajo y nadie en su sano juicio perdería a la ligera un animal así. 
 
Penetró en el bosque y el tintineo cada vez más intenso le fue guiando por entre los árboles. No tardó en verla, admirado. La mujer, bella como la noche, se dejaba llevar por el buey, a cuyo lomo se había sentado sin importarle al parecer a donde iban. Parsimonioso, el inmenso animal avanzaba con lentitud mientras ella contemplaba todo lo que les rodeaba, indiferente al destino, ajena al mundo y al sendero tomado. Se acercó él todavía más hasta poderla contemplar a pocos metros, casi la podía tocar si quisiera. Supo en ese instante, sin saberle poner un nombre a lo que sentía, que la amaba, que la amaría siempre. 
 
Aquel día no se atrevió a acercársele. Pero pensó en ella durante todo el día y estuvo atento a la posibilidad de que volviera a atravesar el bosque. Las horas se le pasaron lentas, más lentas de lo habitual, y sintió no poca zozobra porque no supo cómo iba a llamar la atención de la mujer, si es que la volvía a ver. El anochecer fue para él triste, de una tristeza sin igual. Dónde viviría, se preguntó. Cómo le hablaría, se planteó. Nunca había tenido que dirigirse a mujer alguna para expresarle lo que sentía, tampoco estaba habituado al trato con otras gentes. Por primera vez fue consciente de su soledad, apenas se había relacionado con personas que no fueran las de su casa o del valle. Pero además le dominó un profundo sentimiento de vergüenza, como si no fuera digno de tratar a aquella mujer, como si lo que sentía por ella, además, fuera impropio o no fuera él mismo merecedor de su atención. Se durmió apoyado en un árbol, soñó con ella y a la mañana siguiente, cuando el sol ya estaba alto en el cielo e iluminaba todos los rincones de la montaña, despertó, aturdido, sin muchas ganas de regresar a la cotidianidad. Por suerte su perro Lagun sabía a la perfección lo que debía hacer y cumplía con su misión sin necesidad de que nadie le apremiara a ello. Lo comprobó al ver el rebaño en el prado junto a las rocas habituales, pastando o reposando sobre la yerba fresca. Por esa confianza en su perro, dejó que ese día se ocupara él del cuidado de las ovejas. Se sentó en una piedra, bajo un solitario árbol en la cima de un montículo y sólo de vez en cuando ojeaba el rebaño mientras pensaba en la mujer que había visto unas horas antes y que no sabría si volvería a ver. 
 
La vio, sí, y no tardó mucho, aquella misma tarde volvió a escuchar el tintineo del cencerro proveniente de nuevo del interior del bosque. Se levantó y se introdujo en éste. Se dejó atraer y cuando entre los árboles los descubrió, al buey y, sobre el buey, a la mujer, no lo dudó, se puso delante de ellos y miró a los ojos a la mujer, que no parecía sorprendida al verlo.

Quién sois, dama, que atravesáis el bosque de forma tan extraña –se atrevió a preguntar.
Sólo soy una mujer –le respondió la dama, con una voz dulce que no denotaba ningún temor.
Ayer os vi subida sobre ese mismo buey.
Yo también os he visto, en la campa junto al montículo, cuidando de las ovejas y con una mirada bien triste. 
 
Ambos sonrieron. La mujer encaminó el buey hacia la campa y él, a su lado, le contaba cómo era aquel lugar. Charlaron durante muchas horas y compartieron la poca comida del muchacho. 
 
Se sucedieron los encuentros. Ya no iba él a buscarla al interior del bosque, sino que surgía ella siempre a lomos del buey. Le llevaba frutas del bosque en abundancia, pan y miel como nunca él la había probado. Se resguardaron de las primeras tormentas en alguna gruta cercana y a él, entonces, en aquella penumbra que se creaba cuando el cielo se llenaba de nubes grises, obscuras, le pareció que aquella mujer era aún mucho más hermosa. 
 
Entrábamos en el otoño. Pronto él tendría que bajar al valle. Se preguntaría qué haría ella, dónde se resguardaría de las lluvias y del frío que muy pronto iban a llegar. Se lo dijo una tarde, llevaban mucho rato juntos charlando de los árboles y de las nubes del cielo. 
 
Llega el otoño. Tengo que volver al valle.

Ella guardó silencio y miró hacia las lejanas montañas que se veían por el este, allí donde salía el sol.

Te seguiré viendo –preguntó el muchacho.
Siempre –respondió ella.

Llegó el otoño y bajó al caserío. Sí que la siguió viendo, pero mucho menos, sólo alguna tarde, casi a la anochecida, cuando salía por las campas más aisladas. Aparecía siempre ella, a lomos del buey y esa mirada intensa que él tanto recordaba. Lamentaba siempre, al despedirse, no haberle preguntado dónde vivía, dónde se resguardaba del frío, de la nieve y del viento. Pero cuando estaban juntos sólo pensaba en disfrutar de su compañía.

Una tarde llevó a la vieja Tomasha varios quesos y un saco de manzanas que sus padres le regalaban por la larga amistad que les unía, desde el principio de los tiempos, decían. Ese día él estaba muy abatido. El recuerdo de la mujer y sobre todo su ausencia le causaba no poco desconsuelo. La vieja Tomasha le notó su estado de ánimo bajo, su angustia.

Qué te pasa, muchacho –le preguntó.

Él le habló de otras cosas, ella no insistió en ese momento, pero al cabo de un rato, cuando la visita iba a terminar, le volvió a preguntar.

Qué te pasa, muchacho.

Entonces él no pudo evitarlo, le habló de la mujer y la vieja Tomasha le escuchó en silencio, la mirada perdida en el fuego de la chimenea. 
 
Y dices que siempre va a lomos de un buey.
Así es.

La anciana guardó un denso silencio que no pasó desapercibido al muchacho. Era un silencio expresivo, que tenía un significado. Todos sabían que la vieja Tomasha conocía las viejas historias, era poseedora, decían, de los secretos de la tierra y no eran pocas las gentes que acudían a ella para remedios de sus males, ya fueran físicos o anímicos. Él la respetaba porque siempre había sido con él amable y a veces, de niño, había sentido la preferencia que parecía guardar por él, pero nunca había tenido el más mínimo interés por todos aquellos saberes suyos.

Qué ocurre –le preguntó a la anciana.

La mujer guardó un breve silencio, como si tuviera aún que pensarse lo que tenía que decir. Habló al fin.

Estás seguro de que es una mujer.

Sintió un temblor que le bajaba por la espalda, que le estremeció. Por un lado, no quería seguir hablando del tema, le asustaba que la insinuación de la anciana pudiera ser cierta, porque ya sabía lo que sentía, le había dado un nombre, existía, pero al mismo tiempo era consciente de que le concomía la incertidumbre que la vieja Tomasha acababa de colocar en su interior.

Qué quieres decir.

Sabía de sobras lo que ella quería decir, pero necesitaba que se lo dijera porque las cosas sólo existían cuando se pronunciaban.

Puede que no sea una mujer, sino una lamia.

Aquella noche apenas pudo dormir. Se despertaba con frecuencia, estremecido, con lágrimas, asustado. Sólo son historias, se dijo una y mil veces, pero no por ello disminuyó su angustia.

Al día siguiente fue a la última campa antes de las montañas y esperó largo y tendido a que ella apareciese. Pronto, notó, llegará la primavera. No era la primera vez, aquellos días, que lo pensaba. En efecto, pronto tendría que regresar a las cimas, con las ovejas, y alguna que otra vez se había alegrado ante la posibilidad de retomar una relación más intensa con la mujer una vez estuvieran fuera de la mirada de sus vecinos, aunque, se lo había planteado de golpe poco antes, no supo muy bien por qué habían de huir de las miradas ajenas. Pero ahora la vieja Tomasha le había turbado con sus palabras: por mucho que él no creyera en lamias ni en duendes, en el fondo tal vez no fuese tan descreído, y aun cuando ese mundo nunca lo hubiera visto, cabía la posibilidad de que no se redujera sólo a los nombres que lo conformaban, porque, lo había escuchado también una y mil veces, todo lo que tenía nombre existía de algún modo. 
 
Pensó de pronto que no iba a aparecer y justo cuando decidió regresar a casa escuchó el tintineo del cencerro. El buey se acercó con la parsimonia habitual. Se miraron a los ojos. 
 
Baja del buey –le dijo arisco, después de saludarse.
No, estoy bien aquí.
Baja del buey, por favor.

Los ojos de ella brillaron con mayor intensidad, pero no por la dulzura ni por el encanto del paisaje, esta vez él notó en su mirada temor y tristeza. También duda, mucha duda.

Quiero verte los pies –le dijo.

Ella colocó sus piernas sobre el lomo del buey y en un silencio tenso, angustioso, se quitó los zapatos, primero el izquierdo y luego el derecho. Sólo cuando los dos pies estuvieron al aire se atrevió él a mirar.

Aquella imagen le acompañó toda la noche. Apenas durmió porque las pesadillas le despertaron una y otra vez, pesadillas en las que aquellos pies sin dedos y con escamas se la aparecían sin parar, llegó a verse a sí mismo con pies como aquellos, convertido también él en un ser inexistente. 
 
Amaneció con fiebre, tembloroso. Su hermano fue a avisar al médico, que no pudo dar un diagnóstico. Los remedios que le dio no funcionaron, como tampoco funcionaron los de la vieja Tomasha, que acudió a la casa tan pronto como supo que había enfermado, sólo ella sabía por qué.

Era lo que te dije –le preguntó nada más verlo, cuando parecía que las fiebres se habían calmado y el muchacho estaba algo más sereno, tal vez por la presencia de la anciana.
Era.

Murió el mismo día en que llegó la primavera. En la casa se hizo un silencio tremendo, casi trágico, cómo podía morir alguien con esa edad, nos preguntamos todos, no había consuelo posible.

La iglesia se llenó de familiares y vecinos. Todos acudimos porque, aun cuando no lo conociéramos del todo -¿es posible conocer a alguien del todo en este mundo?-, le apreciábamos y sentíamos su muerte como algo desgarrador. Hasta nuestro pastor de almas habló del misterio de la vida y de la muerte como sólo él podía hablar, aunque con tristeza profunda.

Creo que sólo yo la vi, en un rincón de la iglesia, el rincón más oscuro, inmersa en una obscuridad no obstante que no impedía notar su tristeza y sentir su llanto silencioso. Me llamó también la atención porque se marchó antes de acabar la ceremonia y porque parecía que le costaba caminar.