lunes, 24 de abril de 2023

Las hadas de las historias

  


            La escritora francesa Marie Charrel nos relata en su novela Les mangeurs de nuit una historia ambientada en el trato dado a la comunidad japonesa de Canadá a raíz de la entrada de Japón en la segunda guerra mundial.

La autora narra la vida de una nissei, una descendiente de japoneses nacida en la Columbia Británica, y su encuentro, tras sufrir un accidente con un oso, poco tiempo después de haber escapado a un campo de internamiento y sobrevivir junto a otras mujeres en una naturaleza agreste y montaraz, con un hombre canadiense, blanco pero que vivió su infancia en una familia nativa. Él, un solitario que recorre la región para calcular los salmones en los ríos y elaborar los informes con que establecer las cuotas de pesca, se encargará de los cuidados para su recuperación. También deberá aislarla durante su convalecencia para evitar que sufra las consecuencias del racismo y los rumores que corren sobre los japoneses de la región. De este modo, nacerá entre ellos una complicidad estrecha y tendrá mucha importancia el bagaje de las historias, mitos y leyendas que ambos poseen, cada uno de sus respectivas tradiciones, la japonesa y la tsimshian.

Porque estos relatos y su importancia en las comunidades constituyen uno de los temas esenciales de la novela. No sólo porque el relato esté repleto de pequeñas leyendas y mitos que se intercalan a lo largo de la narración, también porque uno de los temas del libro son las palabras y cómo éstas recrean la realidad. Se va más allá: las palabras tienen el poder de inventar el mundo, dice uno de los personajes en un momento dado. Hasta es posible que la enemistad entre los pueblos nazca de las diferentes palabras que emplean, lo que dificulta muchas veces el entendimiento, aun cuando no deja de ser cierto que todos los seres humanos, al final, sean iguales y respondan a idénticas cuestiones y pulsiones. Pero las formas de asumir la realidad cambian tanto que, en ocasiones, dividen los grupos humanos hasta la confrontación.

Porque además las palabras no sólo sirven para entender el mundo, para establecer marcos de identidad, además se emplean para manipular. La autora incorporará a lo largo de la novela noticias breves de un diario local que acentúan la animadversión contra la comunidad japonesa, en una forma que conocemos bien hoy, ha sido técnica que ha existido y existe todavía, sabemos a la perfección las competencias de manipulación social al uso, aun cuando se cae en ellas una y mil veces, nos siguen delimitando.

De este modo, el lenguaje se convierte también en un arma, en un instrumento de confrontación. Legitima discursos y actuaciones sociales, conforma ciertas conductas y procederes, alimenta la exaltación nacional. De allí que los Estados y sus élites lo empleen con sumo cuidado para crear consensos –las palabras tienen el poder de inventar el mundo, recuérdese– y George Orwell hable de una neolengua en su novela 1984 con la que el poder recrea la realidad. Podemos recordar esa guerra de Irak de hace veinte años en la que la prensa jugó su papel, extendiendo falsificaciones de la realidad cuando no directamente mentiras. Aunque este poder del lenguaje no sólo se da en los ámbitos políticos y de poder, sabemos bien cómo las palabras determinan nuestra cotidianidad, moldean la vida, también hieren cuando se emplean de cierta forma, seamos o no conscientes de ello.

Hannah, el personaje femenino, cuenta que su padre le decía que hay hijas del viento, hadas de las historias, que vagan perdidas en el cielo y que sólo encuentran su destino cuando los contadores de relatos las liberan mediante las palabras. Algo parecido debe de ocurrir con los espíritus malignos que reciben la ayuda inefable de los propagadores de rumores, servidores casi siempre de los poderosos, que necesitan que las palabras dividan para mantener su orden de las cosas.