miércoles, 21 de octubre de 2020

Victoriano Gondra y las expresiones de la fe

 


Es Joseba Zulaika, en su libro Vieja Luna de Bilbao, quien establece un paralelismo basado en la más pura contradicción, tanto de sus actitudes como de sus planteamientos, entre el fraile pasionista Victoriano Gondra, conocido como Padre Francisco o Aita Patxi, y el teniente coronel Wolfram von Richthofen, al mando de la Legión Cóndor, presentes los dos en Guernica durante su cruento bombardeo, el 26 de abril de 1937. El bando y los sentimientos de ambos son claramente opuestos. El militar alemán presta sus servicios en el bando de los militares sediciosos levantados en armas contra la República Española, es un nazi convencido que usa la  Cruz de Hierro y la esvástica en su uniforme, símbolos ambos adoptados por el régimen criminal de Hitler, mientras que el religioso vasco se pone al servicio del bando republicano, usa la Cruz cristiana y el lauburu, es capellán del batallón Rebelión de Sal, formado por gudaris bajo mando del Gobierno Vasco, y presta también su apoyo humanitario al Batallón Rosa Luxemburgo, formado por soldados de filiación comunista y socialista.

Ambos escriben un diario en el que reflejan lo que ven. Sendos diarios son también opuestos entre sí debido a la mirada contradictoria que ambos hombres adoptan ante la guerra incivil y en la que cada cual interviene de un modo tan diferente. El alemán alaba el militarismo y la guerra, halla incluso un esplendor esteticista en la destrucción de la ciudad simbólica de los vascos. Escribe en su diario: «El comienzo del fuego y la caída de algunas casas es un espectáculo muy interesante». El vasco, por el contrario, muestra todo su horror ante el bombardeo, se conmueve ante la desolación y los gritos de los heridos y la tragedia de quienes mueren. Escribe en el suyo: «Empezaron a tirar bombas, a quemar casas y a ametrallar el pueblo. ¡Qué angustia!».

No extraña la actitud del teniente coronel Wolfram von Richthofen, actúa como se espera de un militar nazi, firme partidario del régimen de Hitler y que deshumaniza al enemigo mientras exalta la guerra como espectáculo estético.

Tal vez nos sorprenda más que un fraile tome una actitud tan comprometida a favor de la República y por la independencia de los vascos. «Desertar es pecado», les gritaba a los gudaris y en general a todos los soldados republicanos, nos lo recuerda en uno de sus escritos Iñaki Anasagasti. No podemos olvidar que la jerarquía católica española se comprometió con firmeza con la causa de Franco, la calificó de cruzada, la bendijo y calificó la República de anticristiana. La jerarquía católica estuvo desde su creación muy vinculada al Estado Español, le dio durante siglos la argamasa ideológica con que se intentó unificar el país: un pueblo, una lengua, una religión. Claro que hubo disidencias en su seno desde el comienzo de esta historia, los erasmistas del siglo XVI, con su humanismo y sus deseos de renovación, la reflexión de Baltasar Gracián, la actitud de Bartolomé de las Casas, sin duda también la de muchos católicos anónimos. Pérez Galdós le dio nombre en una novela a uno de esos curas diferentes, Nazarín. Pero no podemos decir que la jerarquía fuese un poder proclive a los más débiles, más allá de una misericordia caritativa muy abstracta.

España era un país católico, y una parte lo era de verdad, otra por mera costumbre y la gran mayoría por decreto. La jerarquía católica tuvo durante siglos el monopolio de la enseñanza y también de la ley, lo que significó ser la única confesión permitida. Sólo a lo largo del siglo XIX se comenzó a abrir el país a la libertad confesional, pero no sin problemas. En la segunda mitad de la década de los treinta Georges Borrow, misionero protestante, recorre el país con fines proselitistas. Escribirá una crónica de su viaje y su misión que llevará el título de La Biblia en España. La traducirá por cierto Manuel Azaña, quien proclamó un siglo después, durante la República, creo que de un modo desacertado, que España había dejado de ser católica. No lo había dejado de ser, aun cuando el posicionamiento político de la jerarquía despertó no pocos odios y fue la excusa esgrimida para algunos excesos a comienzos de la guerra.

La jerarquía y los partidos católicos conspiraron contra la República. Salvo el PNV, partido confesional que contaba con el apoyo de no pocos religiosos y que al mismo tiempo se mantuvo fiel al modelo de democracia existente. De ahí que en el País Vasco no se practicaran esos excesos violentos contra la Iglesia que hubo en otras partes y que los jelkides denunciaron, rechazaron y se opusieron a ellos activamente. Aunque también hubo otras voces contrarias a tales violencias. El escritor José Bergamín, por ejemplo, afín al PCE y católico, fue rotundo en su rechazo a ellas. También hubo lugares donde los comités locales de CNT, UGT o del POUM pedían evitar lo desmanes.



Resulta difícil ahora, cuando la sociedad española ya no profesa de un modo mayoritario la fe católica, se asume la condición privada de la fe y aun cuando la jerarquía parece actuar como si tuviera un peso fundamental, sin tenerlo ya en absoluto, comprender todas aquellas pasiones. Pero las hubo.

Es en ese contexto en el que vive Victoriano Gondra, que adoptará el nombre de Francisco cuando entra en la Congregación de la Pasión. Es nacionalista vasco, pero se caracterizará también por una profunda reflexión sobre la fe cristiana y la vida cotidiana, que según él han de ir de la mano. Incidirá sin duda en su actitud durante la guerra y después de ella. Se comporta como fraile y consejero espiritual con aquellos soldados que son católicos y como apoyo emocional y sanitario con aquellos que no lo son. Acabó como prisionero en el campo de San Pedro de Cardeña, en Burgos, donde llegó a pedir que le fusilaran a él en vez de un soldado comunista. El Obispo Blázquez compara el gesto con el del sacerdote Maximiliano Kolbe, que murió en Auschwitz en lugar de un judío. Claro que Francisco Gondra no fue fusilado. Murió en 1974 en el hospital de Basurto, después de décadas residiendo, ya en libertad, en el monasterio de San Felicísimo, en el barrio bilbaíno de Deusto, donde Joseba Zulaika fue durante un tiempo seminarista.

martes, 13 de octubre de 2020

Fragilidad

 


La vida entera es frágil. Nos lo ha demostrado de forma muy clara la pandemia que ha puesto patas arriba también un sistema que creíamos inamovible. Nos ha desconcertado no poco, cuando ya habíamos dejado de lado las viejas utopías, los ideales de transformación social, y como mucho mirábamos de reojo otras fórmulas, los pequeños cenáculos donde debatir sobre la vida, las experiencias de colectividades al margen del mercado y de los centros de decisión políticos, incluso buscábamos de vez en cuando alguna forma de cambiar el mundo sin tomar el poder, según la invitación de John Holloway, aunque un aparente baño de realidad de ciertas experiencias políticas que se proclamaban novedosas, nuevas formas de hacer política, nos decían, y que han resultado bien añejas, nos han devuelto al desánimo, al descreimiento, las mejoras concretas aportadas apenas consuelan de la sensación de que no es esto lo esperado.

De pronto la pandemia ha golpeado el sistema y la colleja ha sido sobre todo donde más duele, en el consumo, algo fundamental en el capitalismo actual y esencial en las vidas de quienes vivimos en países con alto grado de desarrollo. Aunque también en nuestra cotidianidad, nos hemos aislado mucho más. Por mucho que se utilizaran algunas fórmulas ñoñas, Saldremos más fuertes, mejores, no dejaremos a nadie detrás, no parece que vayamos a salir ni más fuertes ni mejores, y serán no pocos los que se queden atrás. Es posible incluso que estemos ante una nueva fase del capitalismo, que aprovechando la epidemia se esté superando el neoliberalismo para entrar en un modelo, quién sabe si en una nueva vuelta de tuerca.

Claro que somos muchos los que hemos dejado de mirar el futuro. Como sugiere la poeta brasileña Marilia García, el futuro queda a nuestra espalda, no lo podemos ver, y lo que tenemos de frente, lo que vemos y reconocemos es el pasado.

Tal vez sea cierto que conociendo el pasado podamos avanzar sin cometer errores, sin repetir tropelías. Sobre todo si relacionamos ese pasado con la cotidianidad de nuestras vidas. Por ello tal vez sea tan interesante ese movimiento de memoria que se centra en las víctimas olvidadas, que reclama investigar qué fue de los asesinados en las cunetas, los enterrados en fosas comunes, los torturados en sótanos desvencijados, las víctimas de las violencias. En definitiva, la intrahistoria, pero aplicada a quienes sufrieron la historia. Quién sabe si sólo así se podría conseguir lo del cuento de Zola, que los soldados de la próxima guerra se nieguen a combatir tras soñar con campas encharcadas con la sangre derramada.

Claro que un mero vistazo al panorama sirve para contemplar cierta circularidad del tiempo histórico. Se vuelve a la casilla de partida, a veces incluso sin necesidad de que desaparezcan físicamente las generaciones que conocieron los desaguisados de pasado más reciente. Se vuelve a erigir la bandera como única identidad, aunque en este presente tan extraño la bandera apenas tapa el negocio que hay a su sombra. Al mismo tiempo, una enorme foto de Stalin decoró en Bilbao la contracelebración del 12 de octubre. Para salir corriendo. Claro que nadie confía hoy en que esas ideologías de antaño vayan a construir la utopía en la tierra, ni siquiera quienes ondean la bandera con un histrionismo fuera de lugar y fuera del tiempo.

Entonces, ¿qué hacer?



Se me aparece Irune, la protagonista de la última novela de Txani Rodríguez, Los últimos románticos, una mujer que vive en una población cercana a Bilbao, que trabaja en una fábrica con un conflicto laboral latente, en un momento en el que el sindicalismo pierde fuelle, en una sociedad individualista en la que cada cual va a lo suyo, con amores que ya no poseen el barniz del romanticismo y adquieren canales fríos, distantes. Irune vive en la sociedad de la ansiedad, ansiedad por la vida, por el trabajo, por la salud, por el desasosiego. Una vida que parece no formar parte del hilo de la historia, qué lejos queda el pasado en su biografía. Sin embargo, en Irune están todos los conflictos, todas las esperanzas, todas las cuestiones latentes en la historia del rincón en el que vive y que no son diferentes al de otros rincones y otras vidas. De este modo avanza su pequeña rutina, a pasos breves que sin embargo emprenden grandes rutas que atraviesan toda esta fragilidad.

Quizá abrir brechas no requiera de grandes heroicidades, como creíamos, sino de confrontaciones con una vida que nos agobia. Hubo quien buscó paraísos en las glorias pasadas, pero Irune emprende su propio proceso cercenando la cabeza de su Medusa particular e íntima, sin necesidad de una heroicidad mitológica.

Aunque puede que todo esto no sea más que hablar por hablar.

martes, 6 de octubre de 2020

Imágenes y visiones míticas

 


Ese Bilbao mercantil e industrial que empieza a crecer con rapidez a finales del siglo XIX y que los hermanos Azkona reflejan durante el segundo decenio del XX en algunos de sus documentales parece oponerse a una concepción tradicional de lo vasco, la que está anclada sobre todo en el mundo de los caseríos y también, aunque menos, en los puertos pesqueros. Ambos mundos, el tradicional y el moderno, se construyen en gran medida sobre la base del trabajo, el trabajo duro además, pero a partir de aquí su cimentación mental y cultural, su imaginario, será muy diferente, uno y otro estarán contrapuestos e incluso serán incompatibles, no pueden convivir, lo tradicional y la nueva sociedad mercantil e industrial chocarán con vehemencia y ésta última se impondrá sobre la sociedad agrícola. El capitalismo es cruel, arrasa con todo aquello que no entra en la lógica del beneficio y de un modelo de progreso que sólo entiende de dinero y de intereses. El mundo tradicional de los mayorazgos y los valles melancólicos repletos de leyendas no cuadran mucho con el capitalismo expansivo.

Además, la rapidez con que se transforma todo en Vizcaya despertará no pocos resquemores en uno y otro sentido. Los liberales, acérrimos defensores del nuevo modelo económico, de la industria y de la tecnología, contemplan a los baserritaras, los propietarios de los caseríos, con una particular estructura social anclada en un sistema jurídico propio, como aldeanos zafios e incultos. Surge en Bilbao una literatura costumbrista que se burla del castellano de los caseros, vascoparlantes todos ellos, incapaces de lidiar con las nuevas obligaciones administrativas y con nuevas formas mercantiles. Por el otro lado hay un primer nacionalismo vasco, alentado por Sabino Arana y su primer círculo bizkaitarra, que rechazará los cambios de este nuevo modelo industrial, defenderá con ahínco la vida tradicional, las viejas leyes, el idioma antiquísimo y con elementos legendarios, la religión y la probidad de la etnia frente a la indignidad perversa y vil de los que arriban a la mítica Vasconia para malvivir en las minas y en la industria locales. Claro que pronto llegará una segunda generación de nacionalistas vascos que no ven con desagrado la industrialización, la fomentarán, en buena medida porque muchos de sus defensores forman parte de las élites económicas, como la familia de la Sota, y alentarán un nacionalismo moderno, burgués e incluso social, pero al mismo tiempo transigirán en una visión mítica del pasado donde lo agrícola ocupa buena parte del imaginario.

Habrá también cierto rechazo a la modernidad en el clasicismo de muchos de los escritores del café Lion d´Or que reaccionan contra ella acudiendo a ese pasado mítico de Roma y su esplendor, y desembocan en un patriotismo español al recordar la influencia de la antigua Hispania en tal imperio, lo querrán restaurar. La influencia de Marinetti y el futurismo, aun cuando se contradiga en apariencia con el clasicismo referido, atraerá a muchos de los participantes de la Escuela Romana del Pirineo hacia al falangismo y sus ideales utópicos. Es un grupo esteticista, intelectual, atraído por el lado más erudito de José Antonio, que poco tendrá que ver con la bravuconería que luego conoceremos, con sus huestes mamporreras y sus ansias revanchistas.

Son reacciones a un mundo nuevo que sin embargo se impondrá. Bilbao se industrializará, pero no sólo la ciudad, también su área de influencia y la provincia entera, también Guipúzcoa seguirá un proceso similar, y con el tiempo Álava, también Navarra. Joseba Zulaika habla ya para los años setenta de un proceso de extrañamiento del mundo rural vasco: lo que había sido nuclear se convierte en periférico, el mundo del caserío pasa a ser un mundo marginal por su peso cada vez menor en la economía vasca, que es a todas luces una economía industrial y mercantil, y aun cuando la crisis de los ochenta, con una reconversión salvaje que afectó sobre todo a Bilbao y a la Margen Izquierda, parecía que iba a trastocarse por completo el panorama económico, el País Vasco recuperó fuelle gracias a la incorporación de las nuevas tecnologías y del sector de los servicios.



Aun así, ha seguido dominando en el imaginario vasco el mundo de los caseríos, pese a que lo agrícola apenas alcance un índice pequeño en el conjunto de las actividades laborales y en la economía del país. Ocurre lo mismo con el ámbito de los arrantzales, los pescadores, sin duda una actividad con más presencia, pero marginal también con relación a la actividad industrial o comercial. Es curioso observar cómo el mundo de la industria o del taller no ha penetrado en el imaginario vasco tanto como los símbolos míticos del caserío o de los arrantzales, a pesar de que la presencia industrial supere el siglo o que Bilbao haya sido desde su origen como Villa, en 1300, una ciudad comercial. A pesar también de contar con un movimiento obrero activo y organizado desde los inicios de la industrialización hasta hoy mismo. No obstante, uno observa en Santurce, ciudad que creció a partir de una aldea de pescadores con un aluvión de inmigrantes que trabajaron en el puerto o en las industrias de la Margen Izquierda, como se rememora el pasado arrantzale que muy pocos de sus habitantes han conocido directamente o lo conocieron apenas sus antepasados, la gente se viste de pescadores en las fiestas locales. No dudo de que haya un gesto de memoria de lo que fue ese rincón de Vizcaya, una voluntad de hilar pasado y presente, pero sospecho también que se fomenta una visión idílica del pasado con fines de conformación de la realidad actual.

Sin duda la literatura y el arte contribuyeron a fomentar esa visión nostálgica del campo tradicional. Domingo Agirre u Orixe fueron escritores en lengua vasca que vivieron entre el siglo XIX y el XX, y recogen en su obra esa vida mítica del caserío y del puerto pesquero. El propio Pío Baroja, poco amigo de elucubraciones que alentasen el tradicionalismo más reaccionario o folclórico, escribe algún cuento de ambiente campestre mítico. El propio poema de Gabriel Aresti Nire Aitaren Etxea (“La casa de mi padre”) tiene una lectura, a pesar de encuadrarse este autor en el realismo social, de defensa del caserío tradicional como foco central de la sociedad. Aunque es una interpretación con la que podemos discrepar y discrepamos muchos. Los actuales escritores parecen ir por otros derroteros, se alejan de la mirada mítica y parten de un presente muy diferente a aquel. Vemos en la obra de Karmele Jaio, de Unai Elorriaga, de Kimen Uribe, de Pedro Ugarte o de Kepa Murua, por citar a unos pocos, un punto de partida más urbano y con menos nostalgia de lo que hubiera podido ser el país.

lunes, 28 de septiembre de 2020

Bilbao en imágenes

 


Los reportajes que realizan los hermanos Azkona durante los años veinte del siglo pasado tienen un fuerte carácter propagandístico. Incluso alguno de ellos estuvieron sufragados por el ayuntamiento de Bilbao. Muestran el crecimiento industrial y mercantil de una ciudad que ha superado sus límites de antaño para expandirse por la planicie de Abando, el Bilbao burgués y elegante, de calles rectas y ordenadas, o por las montañas del sur, el Bilbao proletario y menesteroso, de calles y cuestas un tanto caóticas. En cierto modo, son los iniciadores de la publicidad, al menos en el País Vasco, en el sentido que hoy lo entendemos. Se busca dar una imagen de la ciudad próspera, de hecho la burguesía local, tanto mercantil como industrial, con una banca importante y una voluntad de emular la vida en Londres –la Sociedad Bilbaína– o la de París –los cafés, muchos de los edificios que se construyen–, lo que quiere es propagar una opinión propicia de sí misma a través de la imagen de la ciudad, una ciudad que se pretende moderna en un país tradicional y con dificultad para asumir los cambios. El cinematógrafo ayudará en tal objetivo.

Pero no será, sin embargo, la única imagen que se propaga de un modo interesado. El movimiento obrero pronto se organizará en la ciudad y son varios los nombres que destacan: Tomás Meaba, Facundo Perezagua, Indalecio Prieto o los hermanos Arenillas, entre otros muchos que también escribirán sobre la ciudad en la prensa obrera, pero para dar una imagen bien distinta, la de la explotación en las minas, la de la precariedad en los puertos, con el trabajo duro, sobre todo el de las sirgueras –solían ser mujeres– o la de los descargadores de los barcos, la de unos barrios insalubres y unas pésimas condiciones de vida.

De este modo, un lector atento de aquel tiempo que contemple la pluralidad de medios, y en aquel momento no eran pocos los diarios y revistas, además del cinematógrafo, tendrá una visión variopinta de la realidad. No es por tanto un fenómeno actual, el de la difusión interesada de imágenes, aunque tal vez sea tan intensa en el presente la recepción de información que al final hayamos perdido la capacidad de comprender la realidad. Lo sabemos todo, pero no entendemos nada. Pero además aparece también la información como campo de batalla, una información que a menuda deja de ser tal para convertirse en propaganda.

A su vez las ciudades aprovechan todas estas herramientas para proyectar también una imagen de sí. Desde luego la literatura no es tampoco ajena en la elucubración de imágenes idílicas, sin duda Mme. Bovary no hubiera sufrido los males de la ensoñación enfermiza si antes no se hubiese empapado de libros y artículos sobre París. No obstante los nuevos medios van más allá, hace un siglo doblaron la emisión de imágenes; hoy, la multiplican hasta el infinito. Pero hemos descubierto que esta exageración ya no proyecta una imagen real, ya no nos ayuda a conformar el puzle de las ciudades con sus aspectos positivos y sus aspectos negativos, sino que las han convertidos en meras caricaturas de sí misma, más si se trata de enclaves turísticos, de un turismo que busca más sensaciones que realidades. Venecia o Barcelona se transformaron de este modo en parques temáticos donde muchos turistas ya no llegaban para descubrir rincones, sino para toparse con la imagen forjada a base de imágenes propagandísticas.



Bilbao, a medida que dejaba de ser una ciudad básicamente industrial y mercantil, se añadían atractivos turísticos gracias al Guggenheim, a la Alhóndiga o a Euskalduna, se afamaba como polo gastronómico, frente a San Sebastián, la joya de la corona, corría el peligro de volverse uno de esos polos turísticos, de convertirse en una caricatura de sí misma, aun cuando algunos de los gestores afirmaran que el modelo Barcelona no era el suyo. Pese a todo, también es cierto que ya no era tanto la ciudad burguesa circundante a la plaza Elíptica que había sido, tampoco el proletariado actual es como el de antaño, ni siquiera La Palanca es la de entonces, la que aparece reflejada en el documental Aquella vieja luna de Bilbao, de José Miguel Azpiroz y Antonio Cristobal, no vamos a encontrar tampoco hoy las asperezas de la película Salto al vacío, de Daniel Calparsoro, ya he dicho alguna que otra vez que los bajos fondos actuales, si es posible hablar de bajos fondos, están mejor reflejados en la saga de Touré de Jon Arretxe. Se pretendió dar una imagen, pese a todo, presentar un puzle atractivo, edulcorado, paradisiaco con el que todo nos identificásemos, incluidos los habitantes de Bilbao.

La pandemia, con su dosis aguda de distopía, ha frenado de pleno esta dulcificación de la realidad mediante la difusión de imágenes amables. Todo apunta a que nada será igual, que esta epidemia lo que ha roto es el espejo en que nos reflejábamos y que algunos querían proyectar, el suyo propio, el reflejo ansiado, de un modo general. Siendo optimista, se presenta la oportunidad de reconsiderar ciertas tendencias, rechazar algunas imágenes facilonas y plantear otra realidad. Pero tiendo al fatalismo y me da la sensación de que tal tarea nos la están haciendo sin ni siquiera pedirnos nuestra opinión.

sábado, 19 de septiembre de 2020

Los hermanos Azkona y el cinematógrafo

 

En junio de 1979 un encargado del cine San Vicente de Bilbao le entrega al periodista Alberto López Echevarrieta, lo cuenta él mismo en un artículo, una caja encontrada en el local y que contenía nada menos que una copia algo maltrecha del documental Bilbao, realizado por los hermanos Mauro y Víctor Azcona, y encargado por el ayuntamiento de la capital vizcaína durante los años veinte del siglo pasado. Se consigue restaurar parte del documental, no todo, con imágenes de la ciudad y de sus habitantes, en unos años en que Bilbao está en plena expansión económica, industrial, mercantil y cultural.



Los hermanos Azcona realizan en esa década varios documentales, además del mencionado: Puerto de Bilbao, Vizcaya pintoresca, Caja de Ahorros Municipal de Bilbao, Cincuentenario de “El Liberal”, De Bilbao al Abra en fiestas, entre otros de temática bilbaína y de la margen izquierda de la ría del Nervión. También graban sendos congresos esperantistas realizados en Oviedo y en Madrid, respectivamente. Víctor había aprendido esperanto y fue durante un tiempo un difusor del mismo. También realizan los primeros reportajes publicitarios, siendo los antecesores de los anuncios que tanto modificaría con el tiempo la publicidad comercial.

Como suele ocurrir en la vida, a menudo caprichosa, fue casi por casualidad que se quedaran los dos hermanos en Vizcaya: oriundos de la villa de Fitero, en la Ribera de Navarra, iban a Santurce a embarcarse junto a su padre con destino a América, pero el padre, fotógrafo ambulante, cambia de parecer en el último instante, decide no ir y los Azcona se quedan en Barakaldo. Los dos hijos, imbuidos sin duda por el oficio del padre, heredan la afición por la fotografía y van más allá, se interesan por el cinematógrafo, que será el gran arte del siglo XX.

En 1925 ambos constituyen una empresa, Producciones Azkona (con K, euskaldunizando su apellido), y sede en Barakaldo, donde residen, un año después de haber colaborado con Telesforo Gil de Espinar en su película Edurne, modista de Bilbao, participando de este modo en los inicios del cine vasco.

Producciones Azkona se especializa sobre todo en documentales y contribuyen a la difusión de los avances en Bilbao. No en vano, este nuevo arte servirá en gran medida a la propaganda, algo a lo que las administraciones públicas no serán ajenas.

Hay que tener en cuenta que el cinematógrafo, que se inventó en 1895, contribuyó no sólo a difundir la ficción por otros medios, sino también al documentalismo, a recoger la realidad y difundirla. Los propios hermanos Lumière se iniciaron con dos documentales, El mar y La salida de las fábricas Lumière, y por la misma época que los Azcona, un poco después, un jovencísimo Manoel de Oliveira se estrenaba como cineasta con un documental sobre Oporto y el río que lo atraviesa, Douro, faina fluvial. Todos ellos poseen rasgos comunes y se alimentan de las nuevas corrientes estéticas del momento.



En el caso de los hermanos vascos, Víctor será quien se encargue de la cámara mientras que Mauro se ocupa más de los guiones. Viajan por Francia y Alemania, donde experimentan con nuevas tendencias y otros estilos. Sin embargo, en 1928 tienen su primer encontronazo: realizan la película El mayorazgo de Basterretxe, cinta de tema social y reflejo también del tema vasco que trajo algún que otro problema a la hora de plantearse –se prohibió, por ejemplo, la exposición de una ikurriña o recibieron alguna que otra bronca por las exhibiciones folclóricas por las calles de Bilbao–, tuvo cierto éxito a la hora de exhibirse en el País Vasco, pero la aparición del cine sonoro limitó su difusión y la productora no pudo amortizar los gastos, teniendo que cerrar. Muchos lustros después, Julio Medem incorporó algunos fragmentos de esta película en La pelota vasca. La piel contra la piedra.

En 1933 Mauro Azcona se traslada a Madrid, donde crea una nueva productora, ingresa en Cifesa y colabora con varios proyectos cinematográficos. Durante la guerra civil pasa a trabajar en la Sección Cinematográfica del Regimiento de Milicias Populares. Tras la derrota de la República, marcha al exilio, primero en Montevideo y luego, en la década de los 50, en Moscú, donde muere en 1982. Víctor, por su parte, siguió viviendo en Barakaldo, regentando un comercio. Murió en 1994.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Jesús de Sarría



Cuando faltan apenas unos meses para que termine el segundo decenio de este siglo, una mera comparación con los inicios del siglo XX nos puede dar la vaga sensación de un estado de ánimo muy diferente entre ambos momentos. Ante las crisis sucesivas de estos últimos años, acentuada ahora con la pandemia de la que no parece que vayamos a salir en breve, y si salimos tal vez sea en forma de distopía en toda regla, sentimos que, a pesar de la primera guerra mundial, el siglo XX comenzó con una notable esperanza por ser una época de expansión, de desarrollo y florecimiento social. El capitalismo parecía entrar en una fase de crecimiento imparable, mientras que la revolución soviética supuso para amplios sectores obreros y populares una perspectiva nueva que brindaba la posibilidad de romper con la lógica opresora y construir la emancipación social.

Bilbao, en este sentido, refleja esta situación. Se industrializa con especial rapidez gracias a la minería, el hierro y los astilleros; con el cambio de siglo se acaban las obras de canalización de la ría y aumenta la capacidad del puerto al construirse los diques de Santurce y Algorta. Crece también la actividad mercantil y cuando comienza el nuevo siglo, en 1901, ya están constituidos tres grandes bancos, el Bilbao, el del Comercio y el de Vizcaya, que se expandirán incluso por todo el Estado. Surgen en las zonas obreras sindicatos y organizaciones reivindicativas. Hasta ese momento, no obstante, Bilbao no destacaba por su actividad cultural, es más, un incipiente y primerizo nacionalismo vasco, el bizkaitarrismo, reaccionaba ante los nuevos tiempos con un apego a lo tradicional, al tradicionalismo, del que poco a poco se iría distanciando, a lo que contribuyó la aparición de la prensa que fomenta el análisis y el debate, las tertulias en los muchos cafés abiertos en la ciudad e iniciativas prometedoras que surgieron en el ámbito cultural, cumpliendo en cierto modo con la previsión de José Félix de Lequerica: «Sobre el ocio permitido por el bienestar y el dinero anidan el arte y la cultura».

Si alguien reflejó a la perfección el espíritu de aquel tiempo y de la ciudad fue a todas luces Jesús de Sarría, al que el poeta Ramón de Basterra calificó de «tesoro de nuestras esperanzas». Aunque nacido en Cuba, como Aranaz Castellanos, la crisis en la isla y la muerte de sus padres motivaron su traslado a Vizcaya, a Algorta en concreto, donde viviría con las dos hermanas de su padre, vascoparlantes. Se especializó en derecho mercantil. Se interesó por la cultura, acudió a la tertulia del Lion d´Or y renovó la vida del Casino de Algorta, de cuya junta directiva formaba parte su tío Alejo. Participó también en otros núcleos, la Sociedad Bilbaína y el Ateneo. Pero sobre todo se le recordará por ser el impulsor de la revista Hermes, ya comentada, una revista de calidad excelsa y alto nivel intelectual tanto por sus contenidos como por sus colaboradores.

Se interesó también por la política, militando en Comunión Nacionalista Vasca, una de las dos facciones en que quedó dividido el PNV durante unos años. Aunque fue el sector moderado que abogaba más por una confederación española, Jesús de Sarría tuvo discrepancias que le llevaron incluso a mantenerse fuera del partido durante algunos meses. Defendía una política más social, atendiendo a los ámbitos obreros, muchos de ellos procedentes de otras zonas de España, y un entendimiento mayor con otros sectores ideológicos.

No en vano fue en los círculos culturales donde existió una mayor unidad, las discrepancias no dieron lugar a la confrontación tensa que se vivió, por ejemplo, en la política y afectó a la vida social.  En las tertulias de café o en los ateneos se mantuvo por lo general la cordialidad, sin que se viese afectados por el choque de las dos Españas, de las que habló Antonio Machado, por ese afán cainita español que se enuncia con frecuencia. Ocurrió durante lustros antes de la guerra (in)civil y también después, entre los escritores del interior y del exilio.

Jesús de Sarría mantuvo ese espíritu y lo trasladó a la revista Hermes, en cuyo consejo de dirección hubo personas de ideologías muy diferentes y se dio cabida a colaboraciones de distinto signo, nacionalistas vascos o defensores acérrimos de la unidad de España, conservadores, liberales e izquierdistas. Acostumbrados como estamos ahora a discursos edulcorados de la historia reciente, que son más una interpretación interesada que además hace aguas por todos los lados, el que se elogie esa capacidad de intercambio puede parecer falso. Pero salta a la vista que en los círculos literarios se dieron gestos que escapaban al tono más y más bronco en la política cotidiana de aquellos años.

La revista Hermes se convirtió en la principal empresa de Jesús de Sarría, empleó incluso su conocimiento mercantil para darle una forma societaria, contó con el apoyo financiero de la familia de la Sota para ello, en este sentido Alejandro de la Sota fue uno de sus más estrechos colaboradores, tanto en lo económico como en lo intelectual. Sin embargo, esos años de expansión y de esperanzas tuvieron también sus lados obscuros, hubo no pocos problemas económicos, el proyecto era difícil de sostener y se dudó de la viabilidad de la empresa.

Nadie comprendió en ese momento aquel gesto último y trágico de Jesús de Sarría a finales de julio de 1922. Lo cuenta Germán Yanke en la biografía que escribió sobre él. No sabemos hasta qué punto le afectó la situación de Hermes o fue un conjunto de causas lo que le empujó al suicidio. El mismo día de su muerte se reunieron en su piso de la calle Correo amigos y conocidos de todos los ámbitos, en torno a la tía que quedaba con vida. Desde Salamanca telefoneó Miguel de Unamuno, a quien Jesús de Sarría tanto admiró.


domingo, 6 de septiembre de 2020

Manuel Aranaz Castellanos


Vicente Blasco Ibáñez escribió a su muerte que «Aranaz Castellanos, no lo dude, es el gran pintor literario de Bilbao». No sólo acertó al perfilar tal definición, las seis series de relatos agrupados en los Cuadros Vascos daban una visión particular a escenas de la ciudad en aquel comienzo del siglo XX, sino que además es posible ir más allá y afirmar que este autor simbolizaba como nadie el espíritu de la Villa, si podemos hablar de un espíritu colectivo en algo tan dinámico como una urbe en pleno proceso de desarrollo y expansión.

En 1900, cuando contaba veinticinco años, Manuel Aranaz Castellanos consiguió convertirse en corredor de comercio, en un Bilbao que ya se había vuelto un centro mercantil importante, además de una ciudad industrial fundamental, gracias a la minería y a la industria del hierro. Pero seis años antes inició también su carrera periodística, en un momento en que la prensa escrita se volvía esencial y en la misma Bilbao se fundaban varios diarios: El Noticiero Universal, en 1874, el decano de la prensa vasca, El Porvenir Vascongado, en 1881, El Basco, en 1884, El Diario de Bilbao, en 1888, El Nervión, en 1891. Otros muchos llegarían ya en el siglo XX, El Liberal entre ellos, del que Aranaz Castellanos no sólo fue un asiduo colaborador, sino que además dirigió desde 1910.

A su vez pudo desarrollar en prensa su vocación literaria, cuando comienza a repuntar un cierto ambiente cultural, con esos cuadros de carácter costumbrista, género muy extendido a lo largo del último cuarto del siglo XIX, y en el caso de este autor con fortuna muy discutida. Hay quien le acusa de ser un escritor muy de segunda fila, de dudosa calidad literaria y exceso de tópicos muy al uso, aunque los retratos de costumbres juegan siempre mucho con los tópicos. En este sentido, nacionalistas vascos le reprochan el tono burlón con que retrata a los campesinos, los jebos, cuando acuden a Bilbao, a comerciar, a comprar o a pasar la tarde. Jon Juaristi, por su parte, señala que fue un buen observador de las clases ociosas bilbaínas de principios del XX, sector al que le gusta retratar, a menudo con no poco tono crítico por su hipocresía social. Claro que Juaristi le tacha también de ser un moralista intachable sin mucha intención de resolver los problemas sociales. Javier de la Granja destaca a su favor la crítica de la política, la sátira mordaz contra el clero, su ironía con ciertos hábitos cotidianos, la glotonería o el alcoholismo, por ejemplo, o el reflejar en sus escritos el mundo industrial de la ciudad. Por cierto, que el pintor y caricaturista José Arrue ilustra algunos de sus escritos.

Pero no sólo las preocupaciones de Aranaz Castellanos van en paralelo con las de la ciudad en lo que concierne a los negocios y a la prensa, también dinamiza la vida cultural. Participa de la tertulia del Café Lion d´Or, es buen amigo y colaborador de Pedro Mourlane Michelena, admira a Ramón de Basterra. Junto a participantes de esta tertulia, entre otros, forma parte de la comisión que fundará el Círculo de Bellas Artes y Ateneo de Bilbao en 1914. Contribuye también a fomentar el teatro e incluso escribe alguna que otra obra corta que es representada en la ciudad.

Sus intereses nos quedan limitados a lo mercantil, a la literatura y a la cultura en general, sino que se interesa bastante por la actividad deportiva, cuando en muchas ciudades, Bilbao entre ellas, y en no pocos sectores cambia la sensibilidad por las prácticas del deporte. El propio autor recuerda que «en aquel momento las prácticas deportivas eran consideradas propias de señoritos holgazanes sin nada mejor que hacer», percepción esta que comienza a variar durante el salto de siglo, no sólo en ambientes burgueses, también entre el proletariado. En 1905 nace la Federación Atlética Vizcaína, con la contribución de Aranaz Castellanos, se organizan campeonatos de varias disciplinas y contribuye el autor al fomento del boxeo y del ciclismo, este último deporte muy en boga hasta hoy en el País Vasco.

A todas luces las inquietudes intelectuales y sociales del autor parecen coincidir con las de su Bilbao de acogida (Aranaz Castellanos nació en La Habana, de padre español y madre cubana; la familia decide marchar de Cuba por la inestabilidad que se respira ya en la isla y en 1885, cuando el escritor todavía es un niño, se traslada a Bilbao). Se podría decir que vive en el momento oportuno y sabe canalizar sus diversas vocaciones a la par que la ciudad.

Pero el incipiente capitalismo vizcaíno le juega una mala pasada. En febrero de 1925 la entidad Crédito de la Unión Minera entra en suspensión de pagos. Manuel Aranaz Castellanos es el agente de cambio y bolsa de esta sociedad. Se abre una investigación judicial por diversas irregularidades en la gestión societaria. La crisis afecta a numerosos ahorradores, muchos de ellos trabajadores humildes. Al propio autor se le cita a declarar ante el juez, lo que aumenta su propio desasosiego, observado ya por sus amigos y conocidos, sin duda por el cargo de conciencia que le supone la situación y el estado en que puede quedar su propia familia y en general los afectados. El 23 de febrero se suicida de un disparo junto a las vías del tren, en el barrio de Rekaldeberri. Su entierro se vuelve todo un homenaje del mundo cultural, periodístico y social.