lunes, 22 de febrero de 2021

Historias de violencia

 


Durante muchos años las calles del País Vasco fueron el escenario de incidentes violentos. Recibió incluso un nombre, kale borroka, lucha callejera, término genérico que acabó refiriéndose al modo de lucha de las organizaciones juveniles de la izquierda abertzale. Los objetivos de quienes protagonizaban dichos altercados coincidían con las de la lucha armada que se desarrollaba desde principios de los sesenta, la liberación nacional y social de las provincias vascas. A mediados de los ochenta, coincidiendo con la reconversión industrial, se sumaron a la lucha callejera miles de trabajadores afectados por este proceso de cambio industrial.

 El 20 de octubre de 2011 la organización ETA, fundada en 1959 y que pasó por un largo proceso de divisiones, unificaciones y desaparición de alguna de sus ramas en los ochenta, anunció su decisión de cese definitivo de la actividad armada y que culminó en mayo de 2018 con la disolución de la organización. Hubo en este tiempo un cambio en la estrategia de la izquierda abertzale que supuso en gran medida que desapareciera la kale borroka, al tiempo que las grandes movilizaciones del movimiento obrero vasco hacía tiempo que, al parecer, habían pasado a la historia.

Desde luego, no fue la única expresión violenta en el país. La extrema derecha y varias organizaciones de ese espectro político, algunas con conexiones con parte del Estado, actuaron también, aunque más en forma de atentados que mediante la ocupación de la calle, que era monopolio de las organizaciones juveniles abertzales.

Como en cualquier otro lugar del mundo, la policía actuó para disipar, controlar y reprimir los incidentes. En ocasiones hubo comportamientos más que dudosos, algunos de ellos objeto de sentencias judiciales. En todo caso, el Estado, recuérdese, se erige en el único gestor de la violencia porque posee el monopolio de la fuerza. O dicho de otro modo, tal vez más suave, es el único ente legitimado para reprimir y castigar, para usar en definitiva la violencia, del mismo modo que es el Estado el que legitima la extensión masiva de la violencia y la llama guerra. En este sentido, España no participó en las dos guerras mundiales del siglo XX, aunque sí colaboró estratégicamente en la guerra de Irak este siglo, pero esto es tal vez otra historia, aunque no deja de ser importante a la hora de atender ciertas condenas categóricas de la violencia en democracia.



Sea lo que fuere, las calles vascas llevan un par de lustros sin esa violencia callejera, sin atentados, sin enfrentamientos entre policía y manifestantes, se puede contar con los dedos de una mano las veces que se han producido altercados en estos último diez años y llama la atención, lo más sorprendente para algunos, lo rápido que este escenario ha pasado al olvido colectivo.

Porque a decir verdad sólo desde la literatura se rememora esa kale borroka, son varios los autores que se han referido a ella a través de la ficción y cuando se lee parece que de todo esto ha pasado mucho tiempo, tan edulcorados están sus efectos, del mismo modo que la cuestión de los atentados parece ocupar más el discurso político, manteniéndose la población muy ajena a todo ello. Hablo desde luego de la sensación que uno tiene en su rincón de Vasconia, poco más allá que la Margen Izquierda y Bilbao. Pero cuando llega alguien que no conoce la historia reciente del País Vasco cuesta trabajo explicarle esa violencia que la población local ha conocido tan bien y que los más jóvenes del lugar sólo conoce por algunas novelas (en la confianza de que lean), incluso el visitante más ajeno no acaba de creerse que esto haya sido así.

Quizá esto explica que se mire con cierta distancia y extrañeza los enfrentamientos que se dan en otras ciudades del Estado a raíz de la entrada en prisión de Pablo Hasél. En el País Vasco ha habido manifestaciones de protesta por esta situación, pero sólo en una ocasión, de momento, ha habido incidentes, apenas un rifirrafe en comparación con lo que pasa en otras ciudades. Sorprende y llama la atención tal distancia, como si el empacho de violencia que hubo por aquí hubiera vuelto invisibles sus huellas, su recuerdo, como si nunca hubiera ocurrido. Se pasa por encima y la información dada en los medios de comunicación locales lo proyecta a veces como si fuera una peculiaridad más de la Barcelona insurrecta.



En todo caso, no sólo llama la atención este olvido colectivo, como si esto de la violencia fuese en el País Vasco cosa de los otros, sino también, esto ya más general, un tratamiento de la violencia como algo inexistente, ajena a las democracias estables. Por desgracia la historia de la humanidad es la historia de su violencia, de sus guerras, de sus gestas. Desde luego, la violencia que nos suele asustar es la evidente, la de los incidentes en la calle que bloquea la vida normal, que destroza mobiliario y rompe la cotidianidad, una violencia que nadie en su sano juicio niega que habría de extirpar de la vida colectiva. Algunos políticos profesionales, mientras tanto, nos han recordado estos días que en nuestro modelo político y social no cabe estos actos, olvidando tal vez que la revolución francesa, origen de éste nuestro modelo, no fue desde luego un acto pacífico, sino un periodo histórico en cuyas fases más notables de terror se acuñó, no por casualidad, la expresión rodar cabezas y que no tenía entonces un carácter metafórico. Ni la guerra se ve como un acto extremo de violencia, bendecidas muchas de ellas y sólo rechazadas por un puñado de socialistas y anarquistas de la vieja escuela o por pequeñas comunidades cristianas, menonitas o cuáqueros, que las rechazan de plano.

Mientras, del puerto del plácido Bilbao salen armas, construidas muchas de ellas en el País Vasco, con destinos como Arabia Saudí, en guerra contra Yemen, y el Mediterráneo se ha convertido en un cementerio, con limitaciones que rozan lo criminal a la legislación que se pretende humanitaria. De esta violencia no se habla, no se siente como tal, se normaliza y legitima. Es otra historia.

 

jueves, 18 de febrero de 2021

El escultor Rafa Cantera y la memoria obrera

 


La empresa Altos Hornos de Vizcaya ocupó un espacio muy grande en la Margen Izquierda del Nervión. Flanqueaba dos localidades, Baracaldo y Sestao, junto a la ría, y se nutrió durante mucho tiempo del hierro que se obtenía en las minas de Trápaga, Ortuella, Gallarta, Triano o del mismo Bilbao, donde hoy se encuentra el barrio de Miribilla. Formó parte de ese mundo del hierro tan enraizado en Vizcaya, un mundo que dio empleo a miles de operarios, la empresa llegó a disponer del trabajo de cerca de 14.000 personas, empleos directos en su momento más álgido, además de los mineros y toda una serie de oficios que se crearon alrededor de esta industria.

Es difícil hoy, cuando ya no existe, imaginarse la magnitud de tal instalación. El tren de cercanías que unía Bilbao con Santurce pasaba a su lado, al igual que la vieja carretera que salía de Bilbao hacia el norte, hacia el Abra. Cuando pasabas junto a sus instalaciones, veías su interior, contemplabas el fuego de uno de sus hornos e imaginabas de inmediato la dureza del oficio.

A lo largo de la ría había también algún que otro astillero, los hubo también en Bilbao, que tuvo a su vez durante algún tiempo parte de las estibas del puerto. Pero nada era comparable a la grandeza de los Altos Hornos de Vizcaya, que se crearon con tal nombre en 1902 de la fusión de tres empresas: Altos Hornos de Bilbao, la Sociedad La Vizcaya y la Iberia, esta última una fábrica de hojalata. Después se integraría otra sociedad, la San Francisco. Pero mucho antes de esa fecha la industria del hierro empezaba a ser potente en aquel lugar, donde una de las fábricas, construida por la Sociedad Ybarra, instaló en 1854 el primer horno Chenot.

Miles de familias se instalaron en Baracaldo, en Sestao, en Portugalete. Ni qué decir tiene que pronto se convertiría en un foco obrero tan activo como el de los mineros. El sindicalismo de clase tuvo aquí uno de sus principales bastiones.



De todo esto sabe mucho el escultor Rafa Cantera. Fue trabajador siderúrgico y sindicalista, conoció de primera mano el esfuerzo que requería el oficio y también la necesidad de una lucha obrera que a veces se planteaba asaltar los cielos. Nada que ver con el actual sindicalismo. Ahí estuvo trabajando y militando Periko Solaberria, en su época de cura rojo y sindicalista clandestino. Vivió Cantera en Baracaldo, en aquellas calles donde se concentraba una buena parte de la plantilla de los AHV, repartida toda ella entre barrios próximos unos de otros. Era otra época, quien entraba de joven a un empresa sin duda se jubilaba en la misma y convivía día a día con sus compañeros de trabajo. No era extraño que se formaran familias, que algunos se casaran con las hermanas o las primas de otros trabajadores, o con algunas de las primeras empleadas de un mundo masculino. La proximidad laboral y vital creó confianza y se estrecharon lazos, muy necesarios para discutir en tiempos de dictadura y transición de las condiciones de trabajo y de vida.

Sin duda, el escultor nació con el oficio. La hojalata o el acero permiten crear piezas repletas de belleza, sin olvidar por ello el mundo de la siderurgia. Hay además no poca belleza en la fábrica y en el paisaje fabril, claro que no todos las miradas la perciben. Comprometido con su propia condición obrera, ejerce al mismo tiempo con las formas una muy necesaria memoria de la lucha obrera y la huelga, motivo de una parte importante de su obra.



Mediados los ochenta, llegaron los tiempos de la reconversión. El hierro de la provincia se agotaba sin remedio y el carbón de Asturias tampoco era ya de calidad. Se decía también que había imposiciones europeas. Se cerraron los astilleros de la ría y los de Bilbao, las estibas de Bilbao se trasladaron al puerto de Santurce, se hablaba por entonces de un Superpuerto, y se comenzó a desmontar también los Altos Hornos de Vizcaya, que quedaron definitivamente cerrados en julio de 1996. Bilbao perdió casi por completo ese carácter industrial de antaño. La Margen Izquierda guarda no pocas huellas de su pasado fabril, hay una fisonomía en sus ciudades y en sus barrios, quedan los restos de la industria que algunos planes urbanísticos han comenzado a borrar. Las esculturas de Rafa Cantera mantienen, no obstante, la memoria de ese mundo del trabajo y de aquella lucha obrera tan intensa, pero tan diluida hoy en el olvido de este presente nuestro.

sábado, 6 de febrero de 2021

El ruido de entonces. 40 años del asesinato de José María Ryan

 


El 29 de enero de 1981 un comando de ETA Militar secuestraba a José María Ryan, en ese momento ingeniero jefe de la central nuclear de Lemóniz que la empresa Iberduero estaba construyendo a poco más de quince kilómetros de Bilbao. De este secuestro y su desenlace sangriento, el asesinato del ingeniero que apareció muerto el seis de febrero, trata este libro de Anton Arriola, El ruido de Entonces.

El momento que este escritor afronta fue especialmente tenso tanto en el País Vasco como en el conjunto de España. No en vano, el año que había acabado cuatro semanas antes se cataloga como uno de los más sangrientos en ese periodo de tiempo que conocemos como la Transición, y que se ha querido proyectar como un modelo ejemplar de democratización. ETA, dividida en varias facciones, no estaba por la labor de dejar la actividad armada, al menos la facción más convencida de la lucha violenta como única forma de alcanzar sus objetivos políticos. Pero además había otras organizaciones terroristas que actuaban en España y el país sufría, también, la violencia de grupos y grupúsculos de extrema derecha. Un año antes del secuestro de Ryan, una joven vasca, Yolanda González, militante de un partido trotskista, fue asesinada en Madrid por una de estas bandas fascistas, uno más entre los muchos crímenes políticos de esos años, ocurrido además cuatro años después del asesinato de los abogados de Atocha, también realizado por la extrema derecha. Pero la violencia como herramienta política no estuvo circunscrita a grupos descontrolados más o menos organizados, estaba inserta en algunos aparatos del Estado y hubo comportamientos bastante cuestionables.

Como si esto no fuera suficiente, en el momento del referido secuestro el presidente del gobierno, Adolfo Suárez, dimitía de su cargo, en la Casa de Juntas de Guernica los representantes de Herri Batasuna abuchearon al Rey y se preparaba un golpe de Estado, que se hizo palpable a finales de febrero con el asalto del Congreso. A todas luces, la tensión política era gravísima y se añadía por otro lado a una crisis económica latente.

La central de Lemóniz formaba parte de un plan de la Dirección General de Energía, elaborado entre finales de los sesenta e inicios de los setenta, que tenía como fin construir una red de centrales nucleares, otorgándose a Iberduero los proyectos de Deba, de Ispater y de Tudela, además del de Lemóniz, cuya construcción se autorizó en 1972. Formaba parte este plan de esa mentalidad desarrollista muy propia del franquismo y que entrelazó a la administración del Estado y a varias empresas, muchas de ellas de sectores estratégicos para la buena marcha del país. Se trataba un desarrollismo a cualquier precio, en un país que no disponía de las fuentes de energía imperantes en aquel momento.

José María Ryan llevaba trabajando en la empresa eléctrica desde unos años atrás. Era un ingeniero bien preparado, se dedicaba a su oficio con empeño y no parecía inmiscuirse en los debates políticos y sociales del país, más allá de la evidente atención que merecían los acontecimientos importantes de su tiempo. Desde luego, no estaba en los órganos decisorios de la empresa, menos aún influía en las decisiones políticas, era un buen profesional, eso sí, que había ganado prestigio y de allí que se le entregara la responsabilidad técnica de la central.

El libro de Anton Arriola plantea perfectamente aquel suceso, su entorno y ha sabido presentar con toda su envergadura lo que significó para la sociedad vasca. Evidente: el autor parte del más absoluto rechazo del asesinato de José María Ryan, la denuncia del crimen como herramienta política, cualquiera que sea la vida que se sesga y cualquiera que sea el motivo que haya detrás. Incluso el más justo de los fines no puede justificar el asesinato. En el acto de matar a alguien por motivos políticos hay siempre que poner el acento en lo grave que es acabar con una vida y lo indiferente que resultan los motivos políticos. Siempre es necesario referirse a Juan Gelman y su reflexión al respecto y al documental muy esclarecedor de Aitor Merino Asier eta biok, que además proyecta luz sobre el conflicto vasco desde una mirada personal, la del amigo que asiste a la radicalización, comprendiendo y compartiendo los motivos de la misma, pero rechazando según qué métodos. Anton Arriola, en todo caso, muestra en su libro toda la crudeza y la inhumanidad que supuso secuestrar a Ryan, amenazar su vida en caso de no responder a las exigencias reclamadas y ejecutar dicha amenaza, actuando al margen de cualquier circunstancia o razón. Pero las circunstancias, todas ellas, están ahí, es innegable.



No hay que olvidar que el asesinato de Ryan tuvo una enorme importancia. Para muchos conllevó confrontarse con la naturaleza de ETA, que dejaba de tener ese talante heroico de revolucionarios liberadores para convertirse en una vanguardia militarizada, ajena a las dinámicas sociales, que intervenía además en el debate medioambientalista no sin enorme oportunismo.  Ryan, además, podía ser alguien clave en la construcción de la central por su carácter técnico, pero ni de lejos tenía capacidad decisoria. Aisló a todo una parte de la sociedad vasca bajo la bandera épica de una lucha que respondía cada vez menos a unos verdaderos patrones emancipadores. Tenemos además la ventaja del tiempo para entender lo que significó esta dinámica y lo que supuso en la construcción de un país como este.

Por ello este libro, una obra mestiza que une novela y reflexión, no se corta en plantear todo lo que envolvió el caso, los varios dilemas que afectaron al Estado, a la empresa, a la administración vasca en ciernes, a los defensores del medio ambiente, a los nacionalistas, a los partidarios de un desarrollismo extremo y, sobre todo, a cada uno de los ciudadanos interpelados por la realidad y que se adaptaron, sin saberlo seguramente, a lo que Hannah Arendt esquematizó como la banalidad del mal. En la novela paralela que acompaña las reflexiones del narrador se habla a menudo del propio desinterés del personaje, Expósito, alter ego de José María Ryan, por la política, su distancia hacia la misma, lo que no impidió que la política entrara de lleno en su vida, de la forma más brutal, además. Pero sobre todo también quienes asisten a toda aquella cotidianidad, al igual que quienes pretenden incidir en la misma, acaban banalizando el mal, no condenando lo que a todas luces es lo primordial, la necesidad de defender la vida humana y su dignidad por encima de cualquier otra consideración, y por lo tanto rechazar cualquier política de la muerte, la tanatopolítica, aun cuando se practique en nuestro nombre. Existe además la indiferencia de la buena gente que citaba Luther King, a veces más peligrosa que las acciones de la mala gente.  De todo esto habla en definitiva este libro y nos lleva a la memoria tan necesaria para dar luz, comprender y asumir responsabilidades, propias y ajenas.

Claro que la política, al menos la institucional, no parece estar por la labor, se prefiere elaborar discursos, crear relatos, expresión esta horrorosa cuando se refiere a la visión del pasado y que denota más un fin homogeneizador, y sobre todo se pretende usar el pasado de un modo tendencioso, manipulando la realidad y sus interpretaciones. Todo ello en una sociedad, la vasca, que parece esta vez indiferente a su historia más reciente, hasta el punto de parecer que sólo desde la literatura se afronta la cuestión de un modo sustancial. De ahí lo oportuno de la cita de Javier Cercas que Arriola incorpora a su libro: «La ficción salva, la realidad mata»    

domingo, 31 de enero de 2021

Imágenes y pintura

 


Hay un hilo muy fino que vincula a los pintores Juan de Barroeta (Bilbao, 1835-1906) y Antonio Galán (Ortuella, 1955). No hay entre ambos una coincidencia ideológica o de prisma desde la cual los dos artistas confrontan sus obras, pero ambos reflejan en sus cuadros un paisaje físico y social desde dos momentos muy concretos de la historia de Vizcaya, previo al inicio de la industrialización y los primeros años de ésta, en el caso de Juan de Barroeta; el comienzo del fin de la primacía industrial, en el de Antonio Galán.

Juan de Barroeta es el retratista de la burguesía vizcaína y de sus políticos. Miembro él mismo de una familia burguesa, liberal, culta y sensible, consigue ganarse la vida con la pintura, ganársela muy bien además, gracias a ese puesto de pintor de cabecera de las familias patricias de la ciudad. De sus 350 obras, 270 son retratos y el resto paisajes de una Vizcaya que a punto está de cambiar por completo. Ahí están los cuadros en los que vemos el Abra desde la Margen Derecha o la zona de Portugalete y Sestao en la Margen Izquierda en un instante previo a lo que serán ambas zonas durante el salto de siglo.

El paisaje de ambos lados del Nervión cambiará por completo. La Margen Derecha será el destino de las familias patricias. La Margen Izquierda lo será de miles de trabajadores locales y emigrantes que acuden a ese rincón de Vizcaya para trabajar en las minas de Ortuella, Trápaga y Gallarta, en el puerto de Santurce o en los Altos Hornos de Vizcaya y en los astilleros que se establecen en el último tramo de la ría del Nervión. Nada tiene que ver este paisaje con lo que vemos en los cuadros del pintor bilbaíno.



Juan de Barroeta refleja esos paisajes con sobriedad, con colores claros, de perfiles bien delineados, hiperrealistas. El historiador del arte José Antonio Larrinaga lo considera uno de los mejores acuarelistas del país.



Antonio Galán, por su parte, pintará esa Margen Izquierda industrial y portuaria, se adentra también en la zona minera, que él conoce muy bien, nace en uno de los enclaves principales de las mismas, pero en un momento en que las minas ya no son lo que fueron, van perdiendo fuelle hasta que desaparecen del todo, ya sólo quedan como recuerdo, como huella abierta en la tierra. Con el tiempo, asiste también al fin de la industria del acero, la reconversión de los Altos Hornos de Vizcaya, el cierre de los astilleros, uno de ellos, La Naval, hace bien poco.

No obstante, pese a la reconversión y al cambio en la economía y aun cuando sea con menor peso, la industria sigue siendo muy importante en estas comarcas al norte de Vizcaya, por ende en toda la provincia, pero sobre todo perdura un recuerdo profundo de ese mundo obrero que tan bien supo narrar Ramiro Pinilla, al convertir la historia del Abra en materia de su trilogía Verdes valles, colinas rojas. Galán, en gran medida, lleva a cabo ese mismo testimonio en su pintura.



Es un recuerdo profundo el de Antonio Galán, todo a su alrededor lo rememora, un paisaje que conserva las huellas de la mina, mantiene no pocas de sus heridas en la tierra, minas a cielo abierto, túneles escavados bajo los montes, rieles oxidados por los que no pasan ya los trenes de carga. El doctor Areilza estuvo allí, atendiendo a los mineros, heridos ellos mismos por un trabajo duro y bajo condiciones de trabajo (y de vida) inadmisibles y que una lucha sindical intensa, en ocasiones virulenta, consiguió mejorar en la medida de lo posible.



Las pinturas de Berroeta y de Galán, son por tanto el comienzo y el final de un mundo que convirtió Bilbao y su zona de influencia en un bastión industrial potente, podemos hablar incluso de una cultura obrera, un modo de vivir que es posible entrever todavía hoy en las calles de Sestao, las que descienden hacia la ría, donde estuvo los Altos Hornos, un mundo que fue perdiendo la dureza de los primeros tiempos y que en algún momento alcanzó cierta benignidad y por la que podemos sentir no poca benevolencia, cierta nostalgia incluso. Patxo Tellería y Aitor Mazo rodaron en 2009 una película, La máquina de pintar nubes, que refleja ese mundo obrero e industrial de finales del franquismo, hay algo en la descripción de la cotidianidad que nos lleva a pensar que algo hemos dejado en el camino, que tal vez hayamos superado aspectos negativos de aquellos tiempos, no siempre estamos muy seguros de ello, pero sí que hemos perdido también mucho de los lazos entre las personas, cierta manera de afrontar la vida, que desde luego no era perfecta, pero tampoco lo de hoy lo es, salta a la vista que lo que hogaño tenemos deja también mucho que desear.



Cierta nostalgia puede sentirse también en los paisajes de Berroeta, sin duda no buscada por él, no pretendía el pintor tal sentimiento, simplemente buscaba retratar un lugar, un momento, nada más, pero a tenor de lo que vino después hubo quien echó de menos la sencillez de antaño, una naturaleza sencilla y un tanto ingenua. El mundo cambia, sin duda, y a veces se teme lo nuevo, ya sea por la incertidumbre que comporta, ya sea porque rompe la comodidad de lo conocido. Tal vez por ello los cuadros de Antonio Galán, produzcan cierta inquietud, no sé si por los trazos de su pintura o porque nos damos cuenta de que ese mundo reflejado ya empieza a ser, también, pasado.

 

sábado, 23 de enero de 2021

Los refugiados del Vapor Habana

 


En 1937, entre el 6 de mayo y el 13 de junio, el buque Habana, realizó seis viajes desde el puerto de Santurce a Francia y a Inglaterra con el fin de trasladar sobre todo a niños. El barco lo facilitó el Gobierno Vasco que gestionó tal acción para que escaparan de la guerra. Ya en ese momento las perspectivas eran malas para el bando republicano en el frente norte. Navarra y Álava habían quedado prácticamente desde el inicio de la guerra civil bajo el mando del ejército sublevado y ya en agosto de 36 cayó Irún, en Guipúzcoa, el 12 de septiembre se ocupó San Sebastián y cuando Mola decidió detener los avances por cuestiones estratégicas, esta provincia ya estaba bajo mando nacional casi en su totalidad. En enero del 37 se retomó el avance por el norte. Poco después, el primero de abril la aviación italiana bombardeó Durango. Apenas una semana antes del primero de los viajes del vapor Habana se produjo el bombardeo de Guernica, esta vez por la Legión Cóndor alemana, en día de mercado además, lo que causó una verdadera tragedia entre la población.

Había por tanto razones más que evidentes para que se llevara a cabo esta salida de niños. La guerra estaba afectando en especial a la población civil. Los bombardeos se intensificaron e incluso el 13 de junio de 37, coincidiendo con la última de las salidas del Habana, se bombardeaba el centro de Portugalete, a escasos dos kilómetros del puerto de Santurce.

El buque Habana se eligió para tal final por ser uno de los más grandes en aquel momento. Se había construido en Sestao, en el astillero de la Sociedad Española de Construcción Naval, empresa conocida hasta hace bien poco como La Naval, y su botadura fue en 1920, correspondiendo el honor de la misma a Victoria Eugenia, reina consorte. Se trataba de un buque enorme destinado a cubrir la línea de pasajeros entre el puerto vizcaíno de Santurce y Nueva York, La Habana y México. Como si fuera un presagio del triste papel que le correspondería tres lustros después, a los dos meses de su botadura, en noviembre de 1920, hubo un incendio en él, sin que se supiera si se trató de un sabotaje, consecuencia de un conflicto laboral, o si fue un mero accidente, no hubo certeza de ninguna de las dos posibilidades. El destino quiso que el 18 de julio de 1936 el buque estuviera a punto de salir hacia América, lo que se suspendió ante los acontecimientos. Poco después se destinaría a acoger a los refugiados procedentes de Guipúzcoa y también se utilizó como barco-hospital, hasta que el gobierno vasco decidió el traslado de los niños.

La idea era que tal refugio fuese provisional, que durase lo que durara el conflicto armado, aunque ya los acontecimientos bélicos indicaban que las cosas no le eran propicias a la República Española, y que tal vez buena parte de esos niños ya no regresarían al País Vasco. Pocos días después del último viaje del Habana, en concreto a Pauillac, las tropas franquistas tomaban Bilbao y fue cuestión de horas que cayeran Portugalete y Santurce. El buque quedó amarrado en Burdeos durante el resto del conflicto y tras la guerra lo reclamaron las nuevas autoridades españolas. Su capitán, Ricardo Fernández Orsi, extremeño y cuyo padre fue fusilado por las tropas nacionales, se presentó voluntario para la misión de llevar a esos niños al exilio anticipado. Al acabar la guerra, tuvo él mismo que refugiarse en Francia, sin que pudiera regresar ya más.



El capitán Fernández Orsi tenía razones de sobra para saber que no habría garantías jurídicas en la nueva España, lo sabían los miles de refugiados que salieron en las últimas semanas del conflicto, se calcula que entre cuatro cientos y quinientos mil personas cruzaron la frontera con Francia, a los que hay que sumar los que salieron por otros medios o, como aquellos niños vascos, quienes marcharon durante los casi tres años de enfrentamiento bélico, ante la brutalidad de la propia guerra. Lo sabían porque el bando nacional ya mostró su carácter represivo durante el conflicto, en aquellos territorios que iba ganando.

El médico José Luis Arellinas fue también víctima de aquella situación. Durante algunas semanas, mientras el vapor Habana fue barco-hospital, estuvo éste bajo su jurisdicción al ser inspector sanitario del ejército vasco. Logró huir de Bilbao antes de la toma por las tropas de Franco, intentó escapar de Santander en agosto del 37 mientras caía la capital cántabra, pero no pudo salir de la ciudad dado el caos imperante. Fue hecho prisionero y se le juzgó sin que realmente aquello fuera un juicio, debido a la falta absoluta de garantías judiciales. No sólo había ocupado un cargo de importancia en las instituciones gestionadas por el Gobierno Vasco, además era un marxista reconocido y había escrito a favor del derecho de autodeterminación de los pueblos de España. Por si esto fuera poco, había visto como su partido, el POUM, era perseguido y disuelto por la República, aun cuando la mayoría del gobierno no estuviera de acuerdo, su máximo dirigente, Andreu Nin, desaparecía tras detenérsele a la salida de una reunión en las Ramblas de Barcelona, puro centro de la ciudad, y no tuvo tiempo de conocer otro proceso judicial, tan juicio farsa como el suyo, el de la dirección del POUM, que fue juzgada con acusaciones basadas en puras calumnias de quintacolumnismo.

José Luis Arenillas murió fusilado en diciembre del 37, cuatro meses después de su detención. Hubo miles de casos similares. Todos los hombres y las mujeres que pudieron salir del país marcharon, cualesquiera que fueran sus circunstancias, su nivel de estudios, su situación económica o profesional, sabían a la perfección lo que dejaban atrás y cuáles eran los motivos de su huida, no albergaban ninguna duda del carácter fascista de quienes ocupaban el poder en España.



No hay desde luego situaciones idénticas en la historia, tal vez podamos establecer a lo sumo similitudes entre circunstancias y momentos diferentes, sobre todo en los casos más personales. Nada se parece más a alguien exiliado que otro exiliado que huye por sobrevivir o por procurar unas garantías de vida que no tiene en su lugar de origen. Es inevitable por otro lado recordar a esos niños vascos que desde Santurce huían de la guerra cuando sabemos de las personas en busca de asilo, menores muchas de ellas, que se amontonan en Lesbos, procedentes de Siria, de Sudán o de Afganistán. Se persiguen ideas, etnias, cuestiones personales, y quedarse en sus lugares de origen, muchas veces, es perder la propia vida.

No pocas veces se ha recordado aquel barco, el vapor Habana, y sobre todo a las personas que marcharon en él. En el 2019 se contó incluso con la presencia de Sabine Lalanne, la nieta de Ricardo Fernández Orsi, aquel capitán de la marina mercante merecedor de tantos honores, y cuyo barco, el Habana, se desguazó en 1978.

domingo, 17 de enero de 2021

Vuestro y de la Clase Obrera

 


Las discrepancias principales de Facundo Perezagua con el PSOE de inicios del siglo XX tuvieron que ver con la importancia que le daba a la lucha obrera y con su oposición a una práctica política que fuera meramente institucional o, peor aún, institucionalizada. Estaba de acuerdo con intervenir en las instituciones siempre y cuando sirviera para mejorar la vida del proletariado, él lo llevó a cabo a rajatabla desde el ayuntamiento de Bilbao, y como propaganda de las ideas por la transformación socialista de la sociedad. En las filas de las Agrupaciones Socialistas del País Vasco chocó con el otro gran dirigente histórico del PSOE, Indalecio Prieto, partidario de las alianzas con los republicanos.

Tales debates y discusiones se dieron en una gran parte de los partidos socialistas del mundo, no eran algo propio de aquí. Todos los partidos agrupados en la primera década del pasado siglo en la IIª Internacional tuvieron que enfrentarse a un debate interno en el que se enzarzaban entre sí un posibilismo que tendía a la política institucional por sí misma y unos objetivos máximos y transformadores que se pretendían alcanzar a medio o largo plazo.

Al mismo tiempo que Perezagua se mostraba crítico en el seno del PSOE con la posibilidad de una política reformista e institucional, crecía en España un sindicalismo de raíces profundas en las posiciones más anticapitalistas del movimiento obrero, el anarcosindicalismo. En 1910 se reorganizan los sindicatos anarquistas y se crea la CNT, que se expandió sobre todo en Aragón, Cataluña y Andalucía, también en otras regiones españolas, aunque en menor medida. En el País Vasco varios sindicatos se adhirieron al Congreso Constituyente de la CNT y crecieron sobre todo en Bilbao y en la Margen Izquierda, siendo muy activa en Barakaldo y Sestao. Competía con la UGT por incidir en el movimiento obrero, aunque hubo periodos de coincidencia y colaboración entre ambos sindicatos.

La primera guerra mundial fue un reto para la IIª Internacional, del que salió debilitada por dos razones: por un lado, muchas secciones no mantuvieron el rechazo a la guerra que antes del conflicto bélico auspició su Internacional, se dejaron llevar por los cantos de sirena del patriotismo y se alinearon con las burguesías nacionales en la confrontación armada; por el otro, la revolución rusa, la primera de carácter obrero que triunfaba en la historia, reforzó a quienes desde los partidos socialistas mostraban una posición más proclive a una toma del poder rotunda, no institucional.

Facundo Perezagua militó en estos sectores que rechazaban el posibilismo más absoluto y que se alinearon con la Revolución Soviética. De ahí su papel fundamental en la fundación del Partido Comunista de España y en su extensión por el territorio vasco. Esta segunda labor no le era extraña, ya había contribuido a finales del siglo XIX en la expansión del PSOE por Vizcaya, ahora repetía su experiencia con la nueva organización.

Mientras crecían las diferencias entre las dos tendencias del socialismo vasco y Perezagua contribuía al surgimiento del PCE, nació y creció José Luis Arenillas. Nacido en 1904, seguramente su interés por la política se despertó a finales del segundo decenio del siglo, al calor de la revolución rusa. La década de los veinte fueron en España los de la dictadura de Primo de Rivera, intensos en lo político, pero con las libertades públicas limitadas, sobre todo para las organizaciones obreras. Mientras Facundo Perezagua actuaba en la clandestinidad, el joven Arenillas estudiaba medicina y debió de estar atento a los debates que se daban en la izquierda.

Sin duda Facundo Perezagua estuvo también atento a tales debates y a las primeras discrepancias en el movimiento comunista. Rosa Luxemburgo murió asesinada en enero de 1919, en sus notas y apuntes se intuía alguna que otra crítica incipiente hacia el proceso ruso que no tuvo ocasión de desarrollar. Amadeo Bordiga mostró pronto una posición muy crítica hacia la política de la Internacional Comunista que fue calificada de enfermedad infantil por Lenin. Trotski fue sin duda el dirigente cuyas diferencias con la evolución soviética tuvieron más eco, no dejaba de ser uno de los líderes de la revolución, el preferido por Lenin a continuar la labor de construcción del nuevo modelo social, a pesar de su carácter un tanto jactancioso y vehemente. Tuvo que salir de Rusia de muy malas maneras y con su propia vida en peligro, como se vio varios lustros después.

Facundo Perezagua murió en 1935, con setenta y cuatro años de edad y tras haber intentado que el comité vasco del PCE tuviera representación en el Congreso español, sin conseguirlo. No podemos conocer con profundidad la opinión que le merecían las discrepancias en el seno del movimiento comunista internacional, intentar barruntar una posición según su trayectoria sería especular. En todo caso, siguió militando en el PCE cuando ya en España un pequeño núcleo se había separado del PCE, atraído por la Oposición de Izquierdas, afín a Trotsky, y en 1932 se fundó la Izquierda Comunista de España, con críticas hacia el estalinismo al que sus militantes consideraban inmovilista. José Luis Arenillas, que había empezado a trabajar como médico en una cooperativa de pescadores de Bilbao, dio el paso a la actividad política y comenzó a militar en este núcleo.



En septiembre de 1935, unos meses después de la muerte de Perezagua, la ICE se fusiona con el Bloque Obrero y Campesino, fundando el POUM, organización que no tendrá ninguna vinculación orgánica con Trotsky. José Luís Arenillas entrará en su Comité Central y su hermano José María militará también en el nuevo partido. El POUM es sobre todo fuerte en Cataluña, en menor medida en Asturias, Galicia y Extremadura. No hay muchos datos sobre su presencia en el País Vasco, más allá de Bilbao, dista bastante en todo caso de ser mucho más que un pequeño núcleo sin casi presencia, pero José Luís Arenillas, que solía acabar sus cartas políticas con un «Vuestro y de la Clase Obrera», será un teórico importante para toda la organización. 

La guerra civil, además, lo trastocará todo. Corta de lleno el crecimiento del POUM fuera de Cataluña y el apoyo de la URSS a la República aumentará la influencia del PCE, creciendo su militancia. En octubre de 1936 y pese a las diferencias ideológicas, el Lehendakari José Antonio Agirre nombrará a José Luis Arenillas Inspector General de Sanidad del Ejército Vasco. El 16 de Junio de 1937, tres días antes de la caída de Bilbao y cuando están muy presentes los Hechos de Mayo en Barcelona que llevarán a la ilegalización del POUM, se le nombra Jefe de Sanidad. Marcha de Bilbao, primero a Carranza y luego a Santander. No le da tiempo a salir de Santander cuando las tropas franquistas entran en esta ciudad, se le detiene a finales de agosto y se le fusila en diciembre de ese mismo año. Apenas unas semanas después el Consejo de Ministros del Gobierno de la República, pese a la oposición del PCE, se pronuncia por la liberación de los presos del POUM, llegando a haber gestiones en tal sentido por parte de Manuel de Irujo, Ministro de Justicia y militante del PNV, y de los socialistas Julián Zugazagoitia, Ministro del Interior, y de Indalecio Prieto, Ministro de Defensa.

La realidad industrial de Bilbao y por ende de toda Vizcaya creó un mundo obrero que intentó dar respuestas a las muchas injusticias del modelo económico y social. Hubo posiciones diferentes para confrontar toda aquella situación que crearon interpretaciones y modos distintos de entender la emancipación social. No se pudo huir de esa violencia sistémica con la que se quiso impedir un mundo distinto, y se impidió a todas luces, visto el resultado de la guerra civil y después de la IIª guerra mundial. El debate fue intenso, valiente, a pesar de aquel final sin duda aciago en términos humanos y colectivos. No hay duda de que hoy no es posible entender el paisaje humano y social de Vizcaya sin recordar aquellos hechos y a aquellas personas que los protagonizaron.

domingo, 10 de enero de 2021

Facundo Perezagua

 


A pesar de la fama que tuvo La Palanca durante mucho tiempo de ser centro de diversión y libertinaje, de holgura para señoritos a quienes se les permitía cierta vida disoluta, siempre y cuando mantuvieran las apariencias en casa y sobre todo las buenas costumbres burguesas, y luego, ya en los setenta, de ser la parte más degradada y lumpen de la ciudad, lo cierto es que toda esta zona fue sobre todo la del proletariado bilbaíno. Miles de trabajadores de otras zonas del País Vasco y también de España llegaron a sus calles para emplearse en las minas. En la parte más alta se distinguían los respiradores y chimeneas, también un paisaje pedregoso, allí donde hoy se halla el barrio de Miribilla, calles que ascendían desde la ría, con edificios que muchas veces se consideraban los de las casas de goma, donde los mineros o los portuarios se repartían las camas para dormir, edificios pronto envejecidos, aun cuando fueran vecinos a cabarés y salones alegres o hubiese también pisos o bares de alterne.

Buena parte de Bilbao tiene ese aspecto de ciudad proletaria, los barrios del sur de la ciudad o Zorroza, al norte, o más al norte aún las ciudades de la Margen Izquierda. Ese Bilbao proletario bien pudiera tener como himno la canción de Jimmy Muelles Qué hay de nuevo, viejo, todo un canto al proletariado, al mundo del trabajo, a los trabajadores de todo tipo, ya no sólo en Bilbao, sino en buena parte del País Vasco.

Hoy se habla de ciudad postindustrial, de ciudad de servicios, urbe en plena transformación, algunas voces incluso anunciaban una centralidad tal vez exagerada, una bilbainada cuyas expectativas gloriosas parecen de pronto frenadas por la actual crisis sanitaria y económica, un baño repentino de cierta humildad, tal vez lo único bueno que ha aportado todo este estado de cosas, que nos ha mostrado cuán frágil es en el fondo toda realidad.

Es indudable que el futuro es siempre incierto, ignoto. Quizá ni siquiera exista el futuro. Lo único seguro es el pasado, aunque a menudo ni siquiera lo es de veras, se dibuja o desdibuja a merced de intereses varios y lo vislumbramos a menudo según las miradas que se imponen sin que nos demos cuenta de la tergiversación que las palabras y los discursos entrañan casi siempre. Pero quien recorra San Francisco o las Cortes hoy con ojos atentos percibe con toda claridad el carácter proletario de la zona, del esplendor licencioso no queda el más mínimo recuerdo, tal vez sólo el aspecto más sórdido de aquel entonces, pero sí que se nota que es un barrio de trabajadores, de las capas más humildes de la clase trabajadora.

Quien rasque un poco más hallará ecos de una lucha de clases intensa y combativa. En la Plaza de la Cantera se fundó en 1886 la Agrupación Socialista de Bilbao y en pocos meses se extendió su influencia a otras localidades, a Ortuella y a Gallarta, por ejemplo, zonas también mineras, donde nacen otras agrupaciones socialistas, además de asociaciones sindicales. En 1890, el año de la primera huelga general de Vizcaya, se constituye la Federación Socialista de la provincia, un PSOE con una profunda base obrera. En todos estos hechos tuvo una participación notable Facundo Perezagua, un metalúrgico toledano vinculado al socialismo madrileño y que en 1885 se instala en Bilbao, con veinticinco años, para activar el socialismo vizcaíno.

Se instaló en el número 24 de la calle Cortes y su militancia fue intensa, radical, activa en varios frentes. Poco a poco se ve una línea militante decantada sobre todo hacia la confrontación sindical y que considera que toda actividad política ha de ser paralela al combate obrero. No rechaza la intervención institucional, intervendrá incluso en ella, contará para ello con la colaboración estrecha de los hermanos Laiseca Oronoz, Julián Santiago y Rufino. El primero será en todo momento su gran aliado, mientras que Rufino, con el tiempo, adoptará una línea más moderada en el socialismo vizcaíno. Hay otro hermano Laiseca, Ángel, pero este militará en el nacionalismo vasco. En todo caso, Perezagua llegará a ser concejal a mediados de los noventa en el ayuntamiento de Bilbao, junto a Rufino Laiseca, ambos por el grupo socialista. Lo había intentado en las elecciones anteriores, no obstante no pudo tomar acta de concejal porque no era propietario, pero en el interín abrió una taberna, puerta con puerta, por cierto, con la barbería de Julián Laiseca, y fue considerado comerciante, gracias a lo cual accedió al puesto.



Desde su puesto de concejal impulsó la subida del salario mínimo de los funcionarios municipales, contribuyó a la creación de asilos para ancianos e inválidos y de la casa de la maternidad, al tiempo que, sin duda sensibilizado por su vecindad en las Cortes, planificó el primero servicio de salud para prostitutas del barrio. No fue poco lo que se logró, pero al mismo tiempo crecieron las disensiones en el seno del PSOE. El ascenso de Indalecio Prieto, el otro dirigente principal del socialismo vizcaíno, aceleró la división entre los partidarios de una política más institucional y tendente a una colaboración más estrecha con los republicanos frente a Facundo Perezagua y sus seguidores, que seguían basando su política en la lucha obrera y no tanto en alianzas con fuerzas que consideraban burguesas.

Poco a poco se impuso la posición de Indalecio Prieto, aunque ello no impidió que Facundo Perezagua siguiera teniendo un peso enorme tanto en el partido como fuera de él. En 1914 se le detiene tras un acto político y ello da lugar a un motín en San Francisco, que denota bien a las claras el liderazgo de este dirigente. Crecen las disensiones y se le acusa de fraccionalismo, lo que motiva un expediente interno y su expulsión del partido por un tiempo. Vuelve a militar en el PSOE, sin que haya disminuido su fervor obrerista. Junto a Julián Santiago Laiseca y otros militantes socialistas, se constituye un grupo interno, Los Terceristas, que atraídos por la Revolución Rusa preconizan la incorporación del partido a la nueva Internacional potenciada desde Moscú. Quedan en minoría, por lo que en 1921 salen del PSOE y fundan el Partido Comunista Obrero, que se fusiona al poco tiempo con otra escisión anterior, dando lugar al PCE, partido este que pronto se extenderá por las mismas zonas que veinte años atrás vieron nacer las agrupaciones socialistas.

Pese a todo, el PCE no creció tan rápido como se esperaba. Durante la dictadura de Primo de Rivera quedó ilegalizado y en las elecciones de 1933, en los inicios de la República, no obtuvo representación por Vizcaya. Facundo Perezagua murió en 1935, no pudo asistir por tanto a los acontecimientos históricos que se produjeron en aquellos años, en España pero también en la URSS, y que tanto afectaron al movimiento obrero y a sus organizaciones. También su figura política quedó poco a poco olvidada en esa niebla que a menudo es la Historia.