jueves, 18 de febrero de 2021

El escultor Rafa Cantera y la memoria obrera

 


La empresa Altos Hornos de Vizcaya ocupó un espacio muy grande en la Margen Izquierda del Nervión. Flanqueaba dos localidades, Baracaldo y Sestao, junto a la ría, y se nutrió durante mucho tiempo del hierro que se obtenía en las minas de Trápaga, Ortuella, Gallarta, Triano o del mismo Bilbao, donde hoy se encuentra el barrio de Miribilla. Formó parte de ese mundo del hierro tan enraizado en Vizcaya, un mundo que dio empleo a miles de operarios, la empresa llegó a disponer del trabajo de cerca de 14.000 personas, empleos directos en su momento más álgido, además de los mineros y toda una serie de oficios que se crearon alrededor de esta industria.

Es difícil hoy, cuando ya no existe, imaginarse la magnitud de tal instalación. El tren de cercanías que unía Bilbao con Santurce pasaba a su lado, al igual que la vieja carretera que salía de Bilbao hacia el norte, hacia el Abra. Cuando pasabas junto a sus instalaciones, veías su interior, contemplabas el fuego de uno de sus hornos e imaginabas de inmediato la dureza del oficio.

A lo largo de la ría había también algún que otro astillero, los hubo también en Bilbao, que tuvo a su vez durante algún tiempo parte de las estibas del puerto. Pero nada era comparable a la grandeza de los Altos Hornos de Vizcaya, que se crearon con tal nombre en 1902 de la fusión de tres empresas: Altos Hornos de Bilbao, la Sociedad La Vizcaya y la Iberia, esta última una fábrica de hojalata. Después se integraría otra sociedad, la San Francisco. Pero mucho antes de esa fecha la industria del hierro empezaba a ser potente en aquel lugar, donde una de las fábricas, construida por la Sociedad Ybarra, instaló en 1854 el primer horno Chenot.

Miles de familias se instalaron en Baracaldo, en Sestao, en Portugalete. Ni qué decir tiene que pronto se convertiría en un foco obrero tan activo como el de los mineros. El sindicalismo de clase tuvo aquí uno de sus principales bastiones.



De todo esto sabe mucho el escultor Rafa Cantera. Fue trabajador siderúrgico y sindicalista, conoció de primera mano el esfuerzo que requería el oficio y también la necesidad de una lucha obrera que a veces se planteaba asaltar los cielos. Nada que ver con el actual sindicalismo. Ahí estuvo trabajando y militando Periko Solaberria, en su época de cura rojo y sindicalista clandestino. Vivió Cantera en Baracaldo, en aquellas calles donde se concentraba una buena parte de la plantilla de los AHV, repartida toda ella entre barrios próximos unos de otros. Era otra época, quien entraba de joven a un empresa sin duda se jubilaba en la misma y convivía día a día con sus compañeros de trabajo. No era extraño que se formaran familias, que algunos se casaran con las hermanas o las primas de otros trabajadores, o con algunas de las primeras empleadas de un mundo masculino. La proximidad laboral y vital creó confianza y se estrecharon lazos, muy necesarios para discutir en tiempos de dictadura y transición de las condiciones de trabajo y de vida.

Sin duda, el escultor nació con el oficio. La hojalata o el acero permiten crear piezas repletas de belleza, sin olvidar por ello el mundo de la siderurgia. Hay además no poca belleza en la fábrica y en el paisaje fabril, claro que no todos las miradas la perciben. Comprometido con su propia condición obrera, ejerce al mismo tiempo con las formas una muy necesaria memoria de la lucha obrera y la huelga, motivo de una parte importante de su obra.



Mediados los ochenta, llegaron los tiempos de la reconversión. El hierro de la provincia se agotaba sin remedio y el carbón de Asturias tampoco era ya de calidad. Se decía también que había imposiciones europeas. Se cerraron los astilleros de la ría y los de Bilbao, las estibas de Bilbao se trasladaron al puerto de Santurce, se hablaba por entonces de un Superpuerto, y se comenzó a desmontar también los Altos Hornos de Vizcaya, que quedaron definitivamente cerrados en julio de 1996. Bilbao perdió casi por completo ese carácter industrial de antaño. La Margen Izquierda guarda no pocas huellas de su pasado fabril, hay una fisonomía en sus ciudades y en sus barrios, quedan los restos de la industria que algunos planes urbanísticos han comenzado a borrar. Las esculturas de Rafa Cantera mantienen, no obstante, la memoria de ese mundo del trabajo y de aquella lucha obrera tan intensa, pero tan diluida hoy en el olvido de este presente nuestro.

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