martes, 29 de enero de 2019

Ejercicios de estilo


Tuvo razón, sin duda, Oscar Wilde cuando afirmó que la realidad supera al arte. Lo fue en su momento, lo es ahora, cuando el espectáculo del mundo provoca una sensación intensa de irrealidad, de mera ficción, de estar ante una gala previamente diseñada, a gusto de quien asiste al engranaje de lo real. Puede que tenga que ver con esa grandiosidad de la naturaleza y que en América condujo al realismo mágico o a novelas donde lo descrito, esa misma naturaleza, cuya fastuosidad deslumbró a los primeros europeos que llegaron al continente, formaba parte de la trama y se constituía en un personaje más, como en la narrativa de García Márquez o de Euclides da Cunha.

Venezuela ha vuelto a primera página con unos hechos que parecen descritos según un guion previo, descritos por unos guionistas que no dudan en lanzar cualquier material, cuando más absurdo mejor. Cuesta entender los detalles, más cuando quienes los interpretan ya no forman parte del mundo de los análisis políticos, sociales, económicos, sino más bien al de la pura ficción (sea dicho, por otro lado, como no podía ser de otro modo, con total respeto a la ficción, único ámbito, al final, donde uno, tal vez, no se vaya a volver completamente loco). Claro que la literatura es ahora mismo un ámbito de mayor sensatez que el de los gestores de lo público.

Ya sabemos, por otro lado, que el lenguaje político, más el lenguaje de las relaciones internacionales, arrastra una enorme hipocresía en su interior. La legitimidad, lo sabemos también, es un material etéreo, cuesta delimitarlo, lo que vale para unos países no vale para otros, lo que se exige a algunos estadistas no se exige a otros, mientras los baremos de medir de quienes toman decisiones varían según, también lo sabemos, los intereses económicos. Por otro lado, tenemos a los medios de comunicación que se han erigido muchas veces en los elaboradores de la realidad, confirmando la afirmación de Nietzsche de que no existen hechos, sólo interpretaciones, lo cual nos lleva a plantearnos la verdad como creación.

Resulta en todo caso cuanto menos curioso que quienes no se preocupan de los derechos democráticos y civiles en algunos países con que se relacionan a menudo y obtienen pingües beneficios del comercio con ellos exijan escrupuloso respeto de los mismos en Venezuela, que se lamenten las muertes en ese país mientras pocos recuerdan la masacre en Yemen. Claro, claro, nada tiene que ver entre sí, no vayamos a caer en meras demagogias. Sin embargo, pese a la asunción de la hipocresía del discurso político, tampoco el malestar en el mundo es óbice para que se diluyan los efectos de la realidad venezolana sobre una población que sufre las consecuencias de determinadas políticas y que ve vulnerado su principal derecho, el de propio desarrollo cotidiano. Pero tampoco podemos quedarnos con lo básico que nos dicen, no todo es atribuible a una mala gestión, es sabido que las economías locales están interconectadas y a estas alturas ningún gobierno es del todo responsable de lo que sucede dentro de sus fronteras. Sea lo que fuere, no sorprende ya nada de lo que ocurre. Como tampoco afectan ya las proclamas revolucionarias: el siglo XX nos ha mostrado que el sueño de la revolución produce monstruos. Claro que no podemos olvidar que los pilares de la democracia que conocemos, la burguesa y civil, la de las declaraciones de los derechos y los pliegos normativos, la democracia real en definitiva, se sustenta en la represión y en la guillotina de 1789, en el trabajo precario de millones de personas a lo largo de los procesos de industrialización, en invasiones coloniales y esclavismos. Es la historia que arrastramos. Una historia de miseria y opresión de la que algunos escritores, no pocos, han dado testimonio, por ejemplo Miguel Ángel Asturias, José María Arguedas o Ciro Alegría, por citar algunos, los que más se recuerdan, y que nos muestran hasta qué punto hay víctimas anónimas en este mundo del es lo que hay.

Mientras, es vox populi, hay una población que amanece todas las mañanas sin saber muy bien cómo va a llegar a la noche, e incluso si va a llegar a la misma. En Venezuela y en tantos otros lugares del mundo, todo hay que decirlo. Sin embargo, no deberíamos quedarnos en el lamento impotente de que siempre pagan los mismos. En este sentido, Buñuel filma en 1950 Los olvidados, en una línea muy parecida a la del reportaje Las Hurdes, tierra sin pan, y que se sustenta en la descripción de la realidad, mostrar los hechos desnudos y que estos sirvan por sí mismo a una crítica de lo real y a su correspondiente consecuencia. Claro que en su caso no es una descripción inocente. La verdad es siempre revolucionaria, afirmó Antonio Gramsci, mostrar tal cual los efectos de un modelo económico y social nos conduce irremediablemente a la necesidad de cambiarlo, de sustituirlo. Sin embargo, los intentos habidos han fracasado, no sin la ayuda de ese mismo sistema. No obstante, ahora mismo, la cuestión es cómo proyectamos esa verdad. Pesa demasiado en tal cuestión que las imágenes que hilvanamos o las palabras que pronunciamos no sean nunca neutrales y menos aún inocentes. Aunque ahora mismo todo se acentúa mucho, me temo, y todo resulta además mucho más interpretable y moldeable. Al final se vuelve imprescindible intentar comprender lo real a partir de las narrativas, literarias y cinematográficas. Siempre será un acercamiento más sano.

Ahora que el cine y la literatura han vuelto a proyectar su mirada sobre la rutina política, si es que alguna vez dejó de hacerlo, tal vez sea necesario que alguien acerque su objetivo o su escritura a lo que pasa en Venezuela. Su pueblo actual lo agradecería, sin duda, como lo hubiera agradecido aquella población venezolana que malvivió durante decenios en un país rico gracias al petróleo pero con bolsas de marginación enormes, cuando nadie, entonces, cuestionaba la salud democrática de sus instituciones. Eran otro tiempo, claro. Mientras, algunos contemplamos la realidad no tanto con equidistancia ni con pasivo interés, sino con la sensación de no saber muy bien qué hacer ni qué aportar en términos de análisis, con el sentimiento culpable, además, de lanzar meros ejercicios de estilo ante la cruenta realidad.

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