martes, 1 de enero de 2019

Correspondencias de la posguerra española


En esa Europa tan convulsa del siglo XX, ese siglo XX real que Tariq Ali sitúa en Miedo a los espejos entre la Iª Guerra Mundial y la guerra de los Balcanes, en un círculo histórico iniciado y terminado en Sarajevo, España tiene un lugar bastante destacado. La Guerra Civil española es un capítulo esencial en el que se enfrentan varias formas de entender el mundo. Es por ello, sin duda, que el mundo entero contempla a este país donde se está poniendo en juego la difícil estabilidad europea. Sin duda la guerra de España y sus circunstancias están ahora mismo entre las cuestiones más estudiadas de la historia contemporánea.

Esa primera gran guerra con que se inicia el siglo significó para España, de algún modo, un momento de cierta expansión. La no participación del país en el conflicto le valió aumentar sus exportaciones y que algunos capitales extranjeros entraran en España. Sin embargo, eso no se tradujo en una mejora del bienestar generalizado, del mismo modo que el imperio español no sirvió tampoco para una mejora de su población, el dinero se iba en guerras y corruptelas. La situación en el campo –se trataba de un país en esencia agrícola– era pésima, con grandes latifundios en el sur y centro o pequeñas propiedades en el norte, donde el liberalismo, a partir de la desamortización, había privatizado en gran medida las tierras comunales. En las provincias más industrializadas, Madrid, Barcelona o Vizcaya, en menor medida Asturias por la minería y algunas pocas ciudades más, la clase obrera padeció unas condiciones nefastas como reflejan en sus novelas Pío Baroja, Emilia Pardo Bazán, Clarín o Benito Pérez Galdós, entre otros. El sindicalismo pronto entró en España y fue curiosamente el anarcosindicalismo, a diferencia de lo que ocurría en otros países, la corriente que mantuvo una fuerza más amplia en buena parte del país, lo que tendrá su importancia, aunque esto es otra historia.

Hasta la Guerra Civil, que se inicia en 1936, España pasa por tres modelos de organización política: la Restauración, la Dictadura (dictablanda, según algunos) de Primo de Rivera y la República. Será por la distancia temporal, será por una cierta incapacidad española a contemplar su propia historia, estos tres momentos han quedado en gran medida diluidos en el recuerdo, lo que se llama con cierto pedantismo el imaginario colectivo, y eso que la vida en la República se ha reflejado una y mil veces en el cine o escritores como Josefina Aldecoa han tratado algunos aspectos del momento, en su caso los avances pedagógicos. Poco importa que haya habido en los últimos años un repunte del republicanismo español, en ocasiones con cierta tendencia a la idealización, a exaltar las virtudes y olvidar sus carencias, la verdad es que la vida cotidiana de aquel momento se empieza a borrar poco a poco: la memoria, pese a todo, no parece característica muy común, reflejo estereotipado del sanchopanzismo hispánico, tan ávido de permanecer en su rincón y en su presente más inmediato.

Es cierto que la brutalidad de la propia guerra civil, con la salida al exilio de cientos de miles de personas, una buena parte de la intelectualidad entre ellas, contribuyó a que pocas ganas de recordar nada quedasen en el país. Los años de posguerra, además, fueron lo bastante duros como para que la gente se centrara en sobrevivir. Claro que a mediados de los cincuenta las cosas empiezan a cambiar, hay una ligera mejora económica, aumenta la industrialización, aunque, eso sí, ya es más que evidente que la dictadura se mantiene y, más allá de los gestos simbólicos, ningún país cuestiona la situación. En la España del interior parece que hay un punto y aparte respecto al pasado reciente, incluso cuando se refuerza la oposición interior al régimen franquista.

En la España del exterior, la que forman los exiliados, también los emigrados posteriores, hay un recuerdo de España muy vivo, pero a todas luces se trata de una España diferente a aquella en la que viven los españoles del interior: la de los primeros, los exiliados, es la República Española la que se recuerda, esa es su España, su patria en un sentido emocional, la que lleva a Max Aub a sostener que él pertenece a una España que no es la de la Península Ibérica, mientras que los emigrados y la España interior viven en otro país, en este caso en un país más real, sin duda, aunque sólo sea porque es un país que está situado en el presente.

Puede parecer que no hubiera puentes entre aquellas dos Españas, pero los hubo, y fueron los escritores, en general la gente de la cultura, quienes mantuvieron el contacto con más intensidad. Leopoldo Panero, poeta, falangista adscrito durante la guerra, hombre del régimen, pese a todo, será el encargado de poner en marcha en Londres el Instituto de España, llega a la capital británica en febrero de 1946 y desde esa fecha se relaciona con Luis Cernuda, exiliado allí, tal como describe de un modo emotivo y lírico Felicidad Blanc, la esposa de Panero, en Espejo de sombras. Otro falangista y poeta, Dionisio Ridruejo, hará también de puente, no sólo entre escritores, también entre políticos, sobre todo cuando sus diferencias con el régimen se vuelven más y más evidentes, hasta el punto de colgar la camisa azul. Otros escritores menos politizados o de otras corrientes mantuvieron correspondencia. Hay una reflexión sobre la historia reciente del país. Claro que eso no significa que ambos lados estuvieran al mismo nivel. De modo alguno, ni se plantea siquiera: nadie puede olvidar que fue una de las partes la que se levantó contra la otra, la que comenzó la guerra, por muchas que fueran las carencias y las deficiencias del poder establecido en ese momento.

No obstante, no todas las relaciones entre escritores tuvieron como base la confrontación dialogada de la política. En España surgió una nueva generación de escritores que nacieron sin apenas referencias de su generación anterior y que buscarán la forma de reestablecer la conexión literaria rota por la guerra. Es cierto que se quedaron algunos poetas y novelistas que ya tenían su reconocimiento, pero también lo es que muchos se marcharon y que nada fue igual. Con la guerra se acabó la edad de plata de la literatura española y hubo en cierto modo que empezar de cero. Las relaciones se reestablecieron muchas veces desde la más pura cotidianidad y desde la literatura, como Carmen Laforet y Ramón J. Sender, que se conocieron y se escribieron durante años.

Son dos escritores considerados muchas veces como rara avis en el mundo literario español –del interior o del exterior–, parecen vivir un tanto al margen del resto de escritores, aunque no es del todo cierto. Lo que ocurre es que hay una vivencia particular en cada uno de ellos, circunstancias que les lleva a una determinada actitud ante la vida y ante la literatura. Antón Castro habla, en el caso de Ramón J. Sender, de un escritor constante, que escribe como exorcismo personal, con una necesidad de vaciarse, de huir del dolor a través de la creación, mientras que, por su parte, Carmen Laforet parece estar dominada por la inseguridad, da una y mil vueltas a su trabajo, siempre con una necesidad de escapar del lugar donde se halle, un deseo de cambiar de ciudad, de país incluso, aunque no acabe de dar el paso, salvo el periodo de tiempo que pasa en Roma, donde, por cierto, se relacionará con Rafael Alberti y María Teresa León.

Ambos mantienen una correspondencia intensa a partir de 1965, después de conocerse en Los Ángeles, durante el viaje cultural que realiza Carmen Laforet por los Estados Unidos, invitada por algunas instituciones del país. Hasta ese momento, se conocen sólo de oídas y se han leído. Hubo una carta de Ramón J. Sender a Carmen Laforet en 1947 en la que el escritor aragonés le expresa su admiración por la novela Nada, con la que había ganado el Premio Nadal en 1945, pero la escritora no le responde, en ese instante no sabe nada de él, se trata de uno de los muchos admiradores encandilados por su magnífica novela. Lo va descubriendo sin embargo después, cuando empieza a leer alguna de sus novelas. A partir del momento de encontrarse y conocerse, se escriben a menudo, se cuentan sus cotidianidades y rutinas, sus estados anímicos, sus miedos y circunstancias, hablan de sus respectivos trabajos literarios y de un modo tangencial de las respectivas sociedades donde ambos viven, a veces con un sentimiento de aspereza, de desasosiego.

En 2003 la editorial Destino, ambos mantienen una estrecha relación con ella, están muy ligados a esta editorial, publica dicha correspondencia. No pensarían ninguno de los dos escritores que sus cartas salieran publicabas, que fuesen leídas más allá de ellos mismos, las escribieron para un único receptor. A veces uno duda de la idoneidad de que lo privado salga a la luz. Aunque es evidente que las cartas resultan un testimonio de su estado de ánimo y de una mirada sobre su tiempo bastante interesante, aun cuando vulneremos su intimidad, rompamos ese tono intimista creado entre ambos escritores, en un tiempo poco propicio para estas relaciones afables y sinceras, que al final son las más deseadas, las que causan una envidia más que notable.

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