jueves, 10 de noviembre de 2016

La distopía de Jack London

En 1908 el escritor norteamericano Jack London publicaba la novela El Talón de Hierro, una distopía en la que se describe un mundo gobernado por grandes corporaciones privadas que controlan la sociedad entera. Manejan los hilos de los Estados, los de sus gobiernos y los de sus aparatos administrativos, los de los tribunales y los de sus cuerpos policiales y militares, los de la salud y el pensamiento, conquistando para ello la universidad y los medios de comunicación y así legitimar su poder mediante el adoctrinamiento, y para ello cuentan con la ayuda inestimable de direcciones sindicales que logran una mínima mejora material de aquellos hombres y mujeres dóciles que admiten este poder, lo normalizan (lo normativizan: lo normal es lo normativo) mientras que lanzan a la periferia social a quienes mantengan un ápice de crítica, los persigue incluso de forma cruenta. Las grandes corporaciones han conseguido, en definitiva, dominar la sociedad entera y también a los individuos que la componen, sin que los focos de resistencia puedan, a corto plazo, transformar la grisácea realidad. La vida, privatizada en beneficio de unos pocos, ha quedado a merced de una plutocracia que consigue asfixiar cualquier discrepancia, creando un discurso y una opinión que no admiten disidencia.

Aquí, tal vez, habría que añadir no sin ironía aquello de que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia o quizá viniera mejor recordar a Oscar Wilde y afirmar que la realidad supera la ficción.

Esta novela mereció unas elogiosas palabras de Trotsky que, en carta dirigida a Joan London, la hija del autor, realzó la figura de un escritor que no dudó en ponerse del lado de los trabajadores, de los campesinos pobres, de los emigrantes que trabajaron de sol a sol en los Estados Unidos, que consiguieron crear riqueza, que elevaron a ese país y lo transformaron en una potencia industrial de enorme peso mundial y cuya clase trabajadora, tras el fracaso de la revolución alemana durante la República de Weimar, tomaba el testigo del movimiento revolucionario mundial y en sus manos dependía que se continuase la labor iniciada en 1917 en Rusia y así izar la bandera de la transformación social.

No en vano la confianza del viejo líder bolchevique se justificaba en un movimiento obrero que, desde finales del siglo XIX, pero sobre todo en los primeros cuarenta años del siglo XX, mostró una actividad enorme y se dotó de grandes sindicatos muy activos, como el Industrial Workers of the world, que impulsó grandes luchas e hizo frente a una intensa represión, como la de las Palmers Raids, redadas policiales que afectaron a muchos de sus militantes y simpatizantes. Hubo también una campaña de intoxicación informativa de los grandes medios de comunicación, en la línea vaticinada por London en su novela, que acusaron a este sindicato de antipatriota. Uno de los dirigentes del IWW, Frank Little, fue víctima de un linchamiento “popular” en agosto de 1917, tras el hostigamiento de la prensa por su actitud militante contra la primera gran guerra y la participación de Estados Unidos en ella.

Este papel de la prensa, de los medios de comunicación, en la creación de opinión, y por tanto de legitimación de la realidad, no pasó desapercibida, evidentemente, ni por los críticos del sistema, como Jack London, ni por supuesto por quienes procuraban sacar provecho del mismo, por esas corporaciones descritas en El Talón de Hierro. En 1941 Orson Welles realizaba su opera prima, Citizen Kane, a partir del guion de Herman J. Mankiewicz y en ella se describe el poder de la prensa y su capacidad de manipulación en favor de quienes controlan las grandes empresas informativas, ligadas a los intereses de grandes grupos económicos.

Contrarrestar esta capacidad de incidencia en la visión del mundo que poseían los mass-medias se convirtió en una labor fundamental para muchos escritores, periodistas, cineastas y guionistas de esta época que pusieron su trabajo al servicio de una descripción de la realidad de manera más fidedigna y por tanto diferente a como lo hacían los grandes medios de comunicación vinculados a las grandes sociedades, las cuales confundían de modo intencionado la información con la propaganda. No es casual que en esta época, aprovechando también la expansión de la radio y del cine, naciera una nueva industria, la de la publicidad, que buscaba -y busca- en gran medida difundir una visión edulcorada y simplista de la realidad, limitando conceptos como los de felicidad, libertad e incluso revolución, que hoy se asocian más a ciertos perfumes, al uso de telefonía móvil o a la posesión de un determinado automóvil.


Hubo escritores en aquel momento que optaron por describir la realidad tal cual la contemplaban en las ciudades y en los campos de Estados Unidos, como John Steinbeck, cuyas novelas son escenas obtenidas de la crisis del 29, o una incipiente novela policiaca, que se desarrollaría sobre todo tras la segunda guerra mundial, durante el macartismo, y que a través de un género considerado como menor realizaban una crítica a una sociedad que comenzaba a poseer aún con mayor intensidad los rasgos descritos por la distopía de Jack London. Otros autores fueron más corrosivos en sus críticas y tomaron incluso partido, como John Red, que optó por el periodismo y no dudó en narrar la revolución mexicana y rusa, con simpatías más que notables por ambas revoluciones, sobre todo la soviética, o Upton Sinclair, que llegó a ser candidato del Partido Socialista norteamericano, en cuya fundación, por cierto, estuvo implicado Jack London, o Lillian Hellman, compañera sentimental de Dashiell Hammett, vinculada al Partido Comunista. Hubo también escritores y artistas que adoptaron compromisos progresistas, como Ernest Hemingway o John dos Passos, entre muchos otros, que vieron en la defensa de la República española una denuncia del autoritarismo que se estaba imponiendo en el mundo durante los años treinta.

Por tanto, hubo en aquellos primeros cuarenta años del siglo XX una complicidad conformada por autores y artistas que proyectaron una visión de la realidad emancipatoria y diferente al mundo que se pretendía construir desde los cenáculos del poder económico. El arte sirvió para contribuir mediante el pensamiento a la dignificación de la vida. Fue fundamental en este sentido el papel del cine que, no olvidemos, fue la gran aportación artística y cultural de los Estados Unidos al mundo, aun cuando fuese un invento europeo. Pero el cine se volvió esplendoroso en los Estados Unidos y ahí sí que se convirtió en una “máquina de sueños”, durante aquel tiempo muy vinculado también a otras ramas del arte. Fruto de estas complicidades, existió en Nueva York una Mesa Redonda de Algonquin, un encuentro de escritores, artistas, cineastas, actores y actrices, que durante los años veinte se reunían en la cafetería del hotel Algonquin de Manhattan, encuentros promovidos por la escritora Dorothy Parker, una mujer de humor incisivo que fundaría la Liga Anti Nazi y que durante los años treinta y cuarenta se comprometió políticamente.

Sin duda fueron años de esperanza y de ensueño, de intercambios y desarrollo, una etapa dorada en los Estados Unidos donde la vida se intensificó en todos los ámbitos, social, cultural y político, una etapa con muchos claroscuros, es cierto, pero también una época de cine y de música, de alternativas reales a las injusticias del mundo. Sin embargo, la sombría mirada de Jack London en su novela, aunque fuera descrita con un trasfondo de esperanza de que algún día la realidad fuera diferente a la que describía, se ha ido imponiendo y cuando han pasado cien años desde la publicación de El Talón de Hierro despertar del ensueño supone darse de bruces con una realidad poco edificante en la que aquel lema de hace bien poco, otro mundo es posible, no parece en absoluto real. Despertar hoy es enfrentarse al dominio de las multinacionales que manejan más presupuesto que muchos de los Estados existentes en el mundo y que incluso poseen más poder. Supone también percibir una falta de alternativas, la asunción del cinismo posmoderno que sólo trasluce impotencia para cambiar las cosas cuando no un discurso necesitado de epopeyas que no existen.

Despertamos y asistimos a la victoria de Trump con artimañas ya harto conocidas, las elaboradas por el propio sistema, no ha inventado nada, el viejo discurso patriótico, la exaltación de valores añejos, la defensa de modelos sociales y personales que han mostrado hasta la saciedad su inutilidad para conseguir esa felicidad defendida por la Constitución norteamericana como derecho fundamental, todo eso estaba allí y el candidato sólo lo recogió. El millonario machista y racista gana además, como si fuera una broma, gracias al voto de los trabajadores, de buena parte de las mujeres y de las minorías étnicas, descendientes de emigrantes e incluso de emigrantes afincados.


Tal vez sea una broma macabra del destino. Trotski que, como revolucionario, era un optimista histórico, acertó en sus presagios más negros en lo que se refería al futuro de la URSS si no se lograba derrotar a la burocracia, al final ésta se enquistó en el poder y ahogó el desarrollo de la revolución para devenir una tiranía cruenta y absolutista hasta hundirse por completo y desaparecer. Ahora vemos como los negros presagios de Jack London, otro optimista histórico y de la fuerza de la voluntad, acierta en ese futuro asfixiante que perdura hoy y se afianza. Un paisaje demasiado desolado después de una batalla difícil de entender.

No hay comentarios:

Publicar un comentario